Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

A MEDIO SIGLO DEL ABISMO ( I I )

LA CRISIS DE LOS COHETES DE OCTUBRE 1962: GARANTÍA DE LA REVOLUCIÓN

 

Los primeros barcos cargueros (de un total de 85) comenzaron a zarpar para Cuba a mediados de julio desde el Mar Negro. Y para asegurar más el secreto de la operación, Khrushchev le ordenó al agente de la GRU y nuevo confidente de Robert Kennedy, que buscara una reunión con Robert, la cual se celebró en la Casa Blanca el 31 de mayo, pues el Presidente decidió participar.

 

Bolshakov le pidió al Presidente, como un “favor” a Khrushchev y para eliminar “provocaciones”, suspender los vuelos de reconocimiento sobre el Caribe y los barcos rusos en rumbo a Cuba.  Kennedy accedió, aunque los vuelos no fueron suspendidos del todo. Kennedy a su vez le pidió a Khrushchev, por mediación del “canal secundario” favorito de los hermanos, que pusiera la cuestión de Berlín “en el hielo” por el momento, lo cual era parte del plan de Khrushchev de todos modos.[1].

 

Pero en agosto todo cambió. Primero, comenzaron a llegar rumores a EEUU de “tubos largos” moviéndose sigilosamente en la noche por las carreteras de Cuba. Estos rumores provenían de exiliados cubanos recién llegados a Miami y entrevistados en el aeropuerto de Opa Locka por la CIA, aunque también de otras fuentes como agentes de gobiernos aliados. Mas la CIA no le daba mucho crédito a los “inventos” o exageraciones de los cubanos que llegaban diariamente a EEUU. Los nuevos exiliados también reportaban la llegada de más y más tropas rusas (a pesar de que llegaban vestidos de civiles).

 

Sin embargo, a los reportes de los pocos aviones que seguían volando sobre los barcos rusos en camino a Cuba sí había que creerlos, sobre todo cuando confirmaban la presencia de largos cilindros tapados por lonas en las cubiertas de muchos cargueros. Muy pronto, los analistas fotográficos del Centro Nacional de Interpretación Fotográfica (NPIC) de la CIA confirmaron que los cilindros muy probablemente eran SAMs. Y la CIA comenzó a presionar al gobierno de que era necesario reanudar los vuelos de aviones U-2 sobre Cuba para tener una idea más clara de lo que en realidad estaba ocurriendo.

 

Pero una vez más,  Dean Rusk se opuso a vuelos de U-2 sobre Cuba por temor a provocar un incidente internacional en caso de que fueran descubiertos, y Rusk contaba con el apoyo del asesor de seguridad nacional McGeorge Bundy esta vez. Ahora la política doméstica intervino, pues los reportes de cubanos recién llegados encontraron acogida en algunos políticos republicanos que estaban involucrados en reñidas campañas en las elecciones congresionales de noviembre, notablemente los senadores Homer Capehart de Indiana y Kenneth Keating de New York. Los dos senadores comenzaron a denunciar al gobierno por permitir la aumentada presencia de soldados y armamentos rusos en Cuba.  Kennedy y sus ayudantes lo negaban, pero las acusaciones continuaban y las encuestas reflejaban que las duras críticas republicanas estaban surtiendo efecto en los votantes. De manera que después de muchas deliberaciones, un vuelo de U-2 sobre Cuba fue autorizado para el 29 de agosto, el mismo día en que Keating por primera vez denunció la presencia de cohetes en Cuba.

 

Minutos después que las fotos de este vuelo fueron reveladas, los analistas fotográficos de NPIC descubrieron ocho sitios bajo construcción de emplazamientos de SAMs.[2] La sensación causada por los descubrimientos del vuelo del 29 de agosto además levantaron la sospecha de John McCone, director de la CIA, quien correctamente dedujo que la presencia de SAMs en Cuba era precursora de la introducción de cohetes estratégicos.[3]

 

Pero antes de que los cohetes estratégicos fueran eventualmente descubiertos por los próximos vuelos de U-2 autorizados, una verdadera batalla campal fue librada por parte de Rusk y Bundy principalmente, opuestos a la autorización de más vuelos de U-2, por temor de que las misiones fueran descubiertas, o peor, que un U-2 fuera derribado, y analistas de la CIA, incluyendo su director, McCone. Memorias de Girón volvieron con las consideraciones políticas prevaleciendo sobre las de seguridad nacional, ahora increíblemente después de descubrir SAMs en Cuba. 

 

Mas la política doméstica también seguía interviniendo, con otro discurso del senador Keating el 31 de agosto denunciando, con todo lujo de detalles, torpederos rusos en Cuba, desembarco de tropas adicionales, vehículos anfibios, tanques de guerra y múltiples convoyes de camiones cerrados conteniendo posibles cohetes dentro, por la configuración de los camiones. Mucho de esto fue luego confirmado por los próximos vuelos autorizados. Los torpederos, por ejemplo, eran lanchas lanzadoras de misiles cruceros conocidas como KOMAR, y tres bases adicionales de SAMs fueron detectadas en los lugares denunciados por Keating, sugiriendo que su información provenía de fuentes confiables.[4] Pero el Secretario de Prensa de Kennedy, Pierre Salinger, continuaba negándolo todo, y el embajador ruso Anatoly Dobrynin igualmente aseguraba al gobierno americano que la URSS nunca introduciría armamentos “ofensivos” en Cuba. Aún así, un nuevo vuelo de U-2 fue autorizado para el 5 de septiembre, sobre áreas de Cuba no cubiertas en el vuelo del 29 de agosto. Tres nuevos sitios de SAMs fueron detectados, más cinco MiGs 21, los más modernos de la URSS, que podían alcanzar hasta 70.000 pies de altura, poniendo en peligro a los U-2 que volaban a esa altura.[5]

 

Una reunión urgente fue citada en la Casa Blanca el 7 de septiembre, cuando Kennedy fue informado en detalle de los descubrimientos de los vuelos del 29 de agosto y del 5 de septiembre. La mayor preocupación mostrada por Kennedy era sobre si los SAMs encontrados podían ser considerados armamentos “ofensivos’, puesto que esto era lo que había prometido al pueblo americano no permitir en Cuba, y también era lo que la URSS había declarado que nunca haría. El Presidente no quedó satisfecho sobre la cuestión y ordenó terminantemente que nada sobre los descubrimientos de los vuelos fuera revelado, especialmente a los medios informativos, amenazando al general Carter y a Ray Price, sub-director de inteligencia de la CIA, con despedirlos “si leo algo sobre esto mañana en el Washington Post”.[6] Bundy reportó más tarde que “El Presidente le dijo al general Carter que esta información no debía ser incluida en publicaciones de inteligencia pendiente a más exacta determinación y ordenó que ningún reporte sobre armamentos que pudieran ser ofensivos fueran publicados sin su aprobación”.[7]

 

Anadyr sufrió modificaciones desde casi el principio, cuando los planeados submarinos nucleares no estuvieron listos para la operación. Una vez más, los esperados adelantos tecnológicos no se materializaban, y en el caso de los submarinos nucleares la situación había sido eminentemente peligrosa, pues primero, en una prueba para lanzar cohetes nucleares, el prototipo Proyecto 658, K-19, el primer submarino nuclear ruso, después de varios intentos fallidos de lanzar un cohete, cuando por fin se logró, el cohete cambió de rumbo en el aire y se autodestruyó, sin siquiera alcanzar la mitad de la trayectoria. Peor, regresando por el Atlántico norte a su base en la URSS, el reactor atómico se sobrecalentó y los 128 marinos de su tripulación malamente escaparon con vida al tener que ser rescatados, aunque todos estuvieron expuestos a cierto grado de radiación y algunos murieron tiempo después.[8]

 

De la misma manera, los barcos de guerra rusos necesarios para proteger a los cargueros con sus cohetes, cabezas nucleares y demás componentes de Anadyr, simplemente no existían, gracias a una decisión tomada años antes por Khrushchev. Poco después de asumir sus funciones de jefe supremo de la URSS en 1955, debido a un accidente en el Mar Negro que explotó y hundió el gigantesco barco de guerra Novorossysk, con la pérdida de toda la tripulación de 608 marinos rusos, un enfurecido Khrushchev paró en seco la expansión de la marina rusa ordenada por Stalin en los años 50, y nombró a un héroe de la Guerra Patria (como llamaban los rusos a la Segunda Guerra Mundial), el almirante Gorshkov, nuevo jefe de la marina. Al final de 1957, 350 barcos de guerra habían sido retirados y la construcción de submarinos de petróleo también había sido reducida en favor de submarinos nucleares. Cuando Khrushchev necesitó barcos para escoltar y proteger a los cargueros en ruta a Cuba, no había ninguno disponible. Khrushchev airadamente increpó a Gorshkov: “¿Cómo es posible que no haya barcos?” Gorshkov contestó: “Pero señor, usted ordenó que se destruyeran”. A lo que Khrushchev increíblemente replicó, “¡Yo no ordené tal cosa!” [9] Así era Khrushchev.

 

Así que sólo se pudieron mandar cuatro submarinos petroleros para “proteger” a la gigantesca armada en camino a Cuba en el verano de 1962. Pero con una peculiaridad desconocida hasta hace muy poco: cada uno contaba con un torpedo con cabeza nuclear, el cual podía destruir una flotilla entera de Grupo de Portaviones americano, un área enorme en la superficie del Mar Caribe, y un seguro inicio de una guerra nuclear general si se producía tal ataque submarino. Además, y otra vez increíblemente ¡los cuatro comandantes de los submarinos petroleros clase Foxtrot que iban hacia Cuba estaban autorizados a usar los torpedos nucleares! Así fue la orden del almirante Gorshkov al almirante Rybalko, jefe de la Operación Kama, la porción maritima de Anadyr: “Usted usará estas armas [los torpedos atómicos] si las fuerzas americanas atacan a sus submarinos… o si recibe órdenes de Moscú de hacerlo”.[10] Y todo esto cuando esos torpedos nucleares sólo habían sido probados DOS veces, ambas veces explotando antes de tiempo y antes de alcanzar sus objetivos.

 

La operación Anadyr fue descubierta cuando los vuelos de U-2 fueron finalmente re-autorizados por Kennedy a finales de septiembre, aunque por la nubosidad sobre Cuba, hasta el 14 de octubre no se pudo realizar el que descubrió los cohetes. Dos días después Kennedy fue informado de la evidencia y se le mostraron las fotos por el director de NPIC, Arthur Lundahl.

 

Inmediatamente, un mecanismo para lidiar con la Crisis fue confeccionado por la Casa Blanca, denominado ExComm (indicando Comité Ejecutivo de la Agencia Nacional de Seguridad). Y comenzaron las deliberaciones sobre qué hacer al respecto, después de todas las seguridades a Kennedy de que esto nunca sucedería, desde su asesor de seguridad Bundy, pasando por el director de la Oficina Nacional de Estimados, Sherman Kent (“creemos que el aumento de la capacidad militar rusa en Cuba comenzada en julio no refleja una política rusa radicalmente nueva hacia Cuba”)[11] y, por supuesto, terminando por los rusos, quienes negaron la presencia de cohetes aún después de haber sido descubiertos. Todavía el 18 de octubre, cuando Kennedy malamente se pudo contener de mostrar las fotos que guardaba en su buró, en una reunión con Gromyko en la Casa Blanca, el ministro ruso una vez más le dio al Presidente las mayores seguridades de que las armas y “asesores” rusos en Cuba eran estrictamente para proteger a Cuba.

 

El ExComm se reunió por primera vez el 16 de octubre. En esa primera reunión estaban presentes, además del presidente y su hermano Robert, por el Departamento de Estado, el Secretario  Dean Rusk, los Sub-secretarios Charles Bohlen y George Ball, el Secretario de Estado Asistente para Latinoamérica Edwin Martin, y el asistente presidencial y Embajador at large Llewellyn Thompson. Por el Departamento de Defensa, el Secretario Robert McNamara y sus asistentes Roswell Gilpatric y Paul Nitze. Por la CIA, como el Director McCone estaba fuera del país, estaban el Sub-Director Marshall Carter y el Director de NPIC Arthur Lundahl. El Secretario del Tesoro Douglas Dillon (por ser republicano principalmente), el Asesor de Seguridad presidencial McGeorge Bundy, el ayudante de Kennedy y principal escritor de sus discursos Ted Sorensen, y el General Maxwell Taylor, jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas americanas redondeaban el grupo inicial del ExComm esa primera mañana.

 

Al principio, todos en el grupo favorecían una solución militar: al menos bombardear las bases. Pero nadie, comenzando por el General Taylor, le podía asegurar al presidente que todas las bases serían destruidas. De manera que en los primeros tres días, además de presentarse y debatirse muchos puntos de vista y alternativas -la esencia del mecanismo del ExComm, diseñado para informar al presidente y ofrecerle toda la posible gama de acciones que podían y debían ser tomadas por la administración- se fueron formando dos bandos que agrupaban a los que preferían alternativas diplomáticas -no violentas- y los que apoyaban acciones militares desde bombardeos hasta una invasión de Cuba.

 

Después de rechazar las alternativas más drásticas, tales como bombardear las bases de los cohetes en Cuba o invadir la isla para destruir todos los cohetes, el Presidente decidió comenzar con una idea sugerida por McNamara el 18 de octubre: impedir la entrada a Cuba de más armas por medio de un bloqueo marítimo, el cual, por las connotaciones de la palabra (un acto de guerra en derecho internacional), fue cambiado a “cuarentena”.

 

Y esa decisión presidencial le fue comunicada al pueblo americano durante un célebre discurso de Kennedy en TV nacional la noche del 22 de octubre. Pero antes del discurso, Kennedy pasó una hora muy incómoda reunido con líderes congresionales. Ninguno aceptó las alternativas diplomáticas, incluyendo la “cuarentena” decidida por Kennedy como respuesta inicial. Y casi todos señalaron lo obvio: el problema no sólo era evitar que entraran a Cuba más armas “ofensivas”, sino cómo sacar las que ya había en la isla, muy especialmente los cohetes de alcance medio, los cuales ni se sabía si estaban listos para ser lanzados sobre EEUU. 

 

Uno de los líderes congresionales, el legendario y poderoso Senador de Georgia Richard Russell, presidente del Comité de Asuntos Militares del Senado, increpó fuertemente a Kennedy, demandando una invasión de Cuba inmediatamente, asegurando que “esta gente [los rusos] ha sido advertida”. “Pero Senador, contestó Kennedy, no podemos invadir a Cuba. Nos hace falta más tiempo. Lo que quiero decir es que tomaremos las medidas necesarias para invadir a Cuba en siete dias”. Russell le gritó que “el destino del mundo depende de su decisión”. Casi todos los líderes congresionales de ambos partidos presentes en la reunión, demandaron acciones militares, incluyendo al apaciguador Senador William Fulbright de Arkansas.[12]

 

Pero Kennedy mantuvo su decisión, a pesar de las severas críticas, y en el discurso, delineó la política de la cuarentena, la cual impediría la llegada a Cuba de más barcos rusos, mediante la colocación de barcos de guerra americanos en un arco de más de 500 millas al noroeste de Cuba. El Presidente demandó que la URSS retirara los cohetes “ofensivos” de Cuba, los cuales habían sido introducidos secretamente después de todas las garantías ofrecidas por líderes rusos. Y terminó extendiendo la doctrina de “represalia masiva” de la Guerra Fría a las naciones del hemisferio, advirtiendo a la URSS que: “Será política de esta nación considerar cualquier cohete lanzado desde Cuba contra alguna nación del hemisferio occidental como un ataque de la Unión Soviética sobre EEUU, necesitando una respuesta en represalia sobre la Unión Soviética por parte de EEUU”.[13]

 

Los eventos de los próximos seis días hasta que la crisis concluyó el 28 de octubre, cuando Khrushchev aceptó retirar los cohetes de Cuba, fueron el resultado de una serie de presiones y contrapresiones que eventualmente llevaron a una resolución pacífica de la Crisis. Por limitación de espacio, aquí sólo se considerarán los más importantes y algunos que han sido revelados hace muy poco tiempo.

 

Por ejemplo, el martes 23 de octubre, Robert Kennedy, quien se sintió personalmente traicionado por su “amigo” Sergei Bolshakov, cuando éste le ocultó la presencia de los cohetes en Cuba (Bolshakov no sabía nada sobre Anadyr), comenzó una serie de visitas al embajador ruso Anatoly Dobrynin que supuestamente llevaron a la resolución de la crisis mediante un acuerdo secreto entre los dos, aprobado por el Presidente, para intercambiar los cohetes en Cuba, más una promesa de no invadir a Cuba, por los “Júpiter” en Turquía. 

 

Esto no fue cierto, como se verá más adelante, pero esa noche del 23 Robert le preguntó al embajador antes de irse qué instrucciones habían recibido lo barcos rusos. Dobrynin contestó que tenían órdenes de ignorar “demandas ilegales” de parar en el mar para ser revisados. Robert contestó: “no sé como terminará esto, pero tenemos la intención de parar sus barcos”. “Eso sería un acto de guerra”, protestó el embajador mientras Robert se despedía.[14]

 

El miércoles 24, se produjo el primer “break” en la crisis, cuando McCone anunció a los miembros de ExComm reunidos en el salón del gabinete de la Casa Blanca que los barcos soviéticos habían parado en el mar o habían cambiado de rumbo en dirección oriental.  Es decir, estaban regresando a la URSS. En este momento se produjo uno de los episodios inolvidables de la Crisis, cuando el secretario Rusk, suspirando con alivio, dijo, “estamos mirándonos a los ojos y el otro tipo acaba de pestañar” (“we are eyeball to eyeball and the other fellow just blinked”)[15] En Cuba, mientras tanto, las preparaciones seguían a toda máquina, no sólo para tener listos los cohetes R-12 (los R-14, los de mayor alcance, nunca llegaron a Cuba), sino para transportar las cabezas atómicas, almacenadas en Bejucal y nunca detectadas.

 

El jueves 25 trajo otro de los momentos célebres en la ONU, cuando el embajador americano Stevenson acusó a la URSS ante el Consejo de Seguridad de haber colocado los cohetes en Cuba, lo cual fue negado, una vez más, por el embajador ruso Valerian Zorin. Stevenson increpó a Zorin, acosándolo para que admitiera la presencia de los cohetes. Zorin resistía, diciéndole a Stevenson que no estaba en una corte de justicia americana y que contestaría “a su debido tiempo”, a lo que Stevenson replicó: “Estoy preparado para esperar su respuesta hasta que el infierno se congele, si esa es su decisión”.[16]

 

Y de inmediato procedió a mostrar ampliaciones de las fotos de los cohetes en Cuba a los miembros del Consejo de Seguridad. Unas horas después, en la noche del viernes 26, en Cuba también se estaba desarrollando un drama que sólo se reveló muy recientemente. Un convoy de camiones se movía lentamente desde Mayarí Alto en Oriente, a las cercanías de la Base Naval de Guantánamo. Pero esto no era nada de risa, como la situación que se produjo en la ONU horas antes. Pues el convoy llevaba misiles cruceros FKR, con cabezas nucleares, que serían emplazados a sólo 12 kilómetros de la Base.

 

Esto nunca se supo. En sí, nunca se supo que la URSS contaba con estas armas hasta que Michael Dobbs lo reveló en su libro One Minute to Midnight a principios de 2008. Lo peor es que el jefe ruso de la operación en Cuba, el mariscal Pliyev, tenía la autorización para usar los FKR. De manera que la Base de Guantánamo hubiera sido la primera baja en caso de una invasión americana a Cuba. Hubiera sido vaporizada en dos minutos, y una vez más, como en el caso de los submarinos con torpedos atómicos, esto hubiera seguramente provocado una guerra general. 

 

Sobre este asunto hay otras opiniones. Por ejemplo, las órdenes de usar las armas nucleares tácticas habían, efectivamente, sido autorizadas por Khrushchev. Pero sólo el Jefe de Estado Mayor del Ejército Rojo, el mariscal Zakharov, la había firmado; necesitaba la firma del Ministro de Defensa Malinovsky, quien nunca la firmó. Y cuando Pliyev mandó un cable a Moscú consultando qué hacer en caso de invasión, la respuesta fue que peleara hasta la muerte, pero que bajo ninguna circunstancia usara las armas nucleares.[17]

 

Pero hay que tener en cuenta que, a pesar de esa prohibición absoluta de no usar armas nucleares, primero, Pliyev no estaba al frente de los FKR emplazados cerca de la Base de Guantánamo. Y segundo, desde Pliyev a todos los demás jefes militares rusos en Cuba a cargo de armas nucleares, ya fueran tácticas o estratégicas, en caso de un ataque masivo de EEUU como precursor de una invasión ¿era humano esperar que resistieran hasta la muerte sin usar las armas nucleares? De todos modos iban a morir, así que es muy probable que alguno de ellos hubiera decidido morir matando -a todo el mundo.

 

El viernes 26, después que un avión Crusader de la Marina tomó las primeras fotos a poca altura sobre Sagua La Grande, el piloto, teniente Gerald Coffee, notó algo extraño al sobrevolar la base de cohetes cerca de la ciudad.  En otra vuelta, fotografió varias filas de tanques y camiones camuflageados, pero que al revelarse las fotos el día 26 enseñaron otras armas que la inteligencia americana ignoraba habían sido también colocadas en Cuba: misiles tácticos Luna, con cabezas nucleares de dos kilotones y un alcance de 20 millas, que podían destruir a todas las tropas americanas que desembarcaran en un radio de 1000 yardas (940 metros).

 

Ese día también los submarinos rusos fueron descubiertos y uno de ellos, el designado B-36, fue perseguido hasta que casi no le quedaba aire. Pero logró esperar a la noche, cuando salió a la superficie por un rato y se enteró de la peligrosa situación. Esa noche también se movía otro convoy desde Bejucal a Sagua La Grande, por malas carreteras y bajo fuertes aguaceros, con las cabezas nucleares de los R-12, para acoplarlas a los cohetes y dejarlos listos para disparar. Además, ese día llegó la primera de las cartas de Khrushchev sugiriendo una posible solución a la crisis: si EEUU retiraba su flota del Caribe y prometía no invadir a Cuba, “la necesidad de la presencia de nuestros especialistas militares desaparecería[18]

 

Esta larga carta del día 26, la cual tuvo que ser enviada en cuatro secciones por teletipo de Moscú a Washington, después de ser traducida y codificada, demoró casi 12 horas en llegar. Fue entregada por un mensajero a la embajada de EEUU en Moscú a las 4:42 pm hora local (9:42 am en Washington) y recibida por el embajador de EEUU Foy Kohler. Kohler fue profesor en la Universidad de Miami durante el curso de 1969-70 y en una conferencia en mayo de 1969, expresó su opinión de que la carta era casi incoherente, escrita muy de prisa y por un mecanógrafo malo, llena de errores, borrones y palabras tachadas en tinta púrpura.

 

En su opinión fue escrita por Khrushchev, quizás mientras bebía y mostraba a un hombre desesperado y aterrorizado.[19] Esta impresión fue compartida por Llewellyn Thompson y George Ball en Washington, entre muchos que así opinaban.[20] Y la carta no fue publicada por muchos años, pues de acuerdo con un alto oficial del gobierno, “demostraba una desesperación no digna de un jefe de estado”.[21] Sin embargo, Kennedy le prohibió terminantemente a todo su equipo que se jactara en público de la humillación rusa.

 

Sus planes futuros eran utilizar el resultado de la Crisis para lograr un mayor acercamiento entre las dos grandes potencias. Eso fue exactamente lo que sucedió, después del discurso del Presidente ante la clase graduada de American University en la primavera de 1963, donde ofreció “extenderle una mano amistosa a Moscú”.[22]

 

Unos meses después, un tratado prohibiendo las pruebas nucleares fue firmado entre la URSS y EEUU. Y hasta con Cuba había posibilidades de acercamiento, incluyendo el restablecimiento de relaciones diplomáticas y comerciales. Pero todo terminó abruptamente en Dallas el 22 de noviembre, cuando Kennedy fue asesinado. Mas la política de detente comenzó con Kennedy, no con Kissinger y Nixon años después.

 

El viernes 26 se recibió una segunda carta de Khrushchev, la cual fue hecha pública por Moscú. Esta carta hacía una demanda adicional a EEUU. Exigía la retirada de los cohetes Júpiter de Turquía. Nada provocó más discusiones y más desacuerdos entre los miembros de Excom que esta segunda carta. Kennedy, sobre todo, estaba casi obsesionado con la demanda pública sobre los cohetes Júpiter. Una y otra vez insistía que no tenía sentido contestar la primera carta, ya que Khrushchev había cambiado los términos del debate en la segunda. Al fin de las largas discusiones del sábado 27, Sorensen, su hermano Robert y Bundy convencieron al renuente presidente y este accedió a contestar la primera carta e ignorar la segunda, pero lo hizo convencido de que esta gestión fracasaría. Nadie se sorprendió más que el presidente cuando Khrushchev accedió a los términos ofrecidos por Kennedy en su carta de octubre 27, la cual sentó las bases para el “entendimiento entre los dos países” de un compromiso de EEUU de no invadir a Cuba y resolvió la Crisis.[23]

 

En la madrugada del 27, que se conoció como “el sábado negro”, debido a que fue el día más peligroso por todo lo ocurrido, Fidel Castro también estaba activo. A las 3 de la mañana se apareció en la embajada rusa en La Habana y despertó al embajador Alekseyev. Ya el día antes había ordenado disparar sobre los Crusaders que volaban casi a ras de las palmas tomando fotos continuamente, y había también convencido al mariscal Pliyev de que activara los radares rusos y que autorizara disparar a los U-2 si volaban sobre Cuba.

 

Durante dos horas Castro trabajó con Alekseyev redactando una carta que fue al fin enviada al líder ruso al amanecer. Su contenido era escalofriante. Castro, convencido de que EEUU invadiría a Cuba en las próximas 72 horas, escribió que “si la agresión imperialista se produce en forma de una invasión directa… entonces esa sería la hora de pensar en liquidar tal peligro para siempre”. La implicación era que la URSS atacara a EEUU con todo su poderío de cohetes intercontinentales, además de los ya presentes y listos en Cuba. Es decir, que se provocara la Tercera Guerra Mundial -esta vez nuclear.46 Y mientras Khrushchev se había convencido de que EEUU “ya no va a invadir” y comenzaba a dudar de la firmeza de Kennedy, eso era precisamente lo que se estaba planeando en Washington: lanzar una invasión el lunes 29.47

 

Durante ese “sábado negro”, un U-2 se desvió de su ruta y voló sobre la URSS por más de una hora, provocando que MiGs rusos trataran de derribarlo. Afortunadamente pudo regresar a salvo y ese vuelo tampoco se conoció por mucho tiempo, hasta que Michael Dobbs lo reveló en su libro One Minute to Midnight en 2008. Ese día fatídico produjo la única muerte de la Crisis, cuando otro U-2 fue derribado por un SAM sobre Cuba sobre el mediodía. El U-2, piloteado por el mayor Rudy Anderson voló casi por arriba de las baterías FRK que amenazaban a la Base de Guantánamo. Temiendo que los FKR fueran descubiertos, el general Grechko, cuando Pliyev no pudo ser localizado, ordenó el derribo del U-2 sobre Banes, ya casi cuando salía de territorio cubano. Y finalmente, una segunda carta de Khrushchev fue recibida en Washington en la tarde, esta vez con un tono distinto y además, exigiendo no sólo una promesa de no invadir a Cuba por parte de EEUU, sino que los cohetes “Júpiter” fueran retirados de Turquía.

 

Otros dos episodios deben ser mencionados brevemente antes de concluir, pues por muchos años se consideraron cruciales en la resolución de la crisis, sobre todo por los “mitólogos” de los Kennedy. Estas fueron gestiones privadas, una iniciada por el corresponsal de la cadena de TV ABC en Washington, John Scali y la otra por Robert Kennedy con el embajador Dobryin. Scali se reunió con el jefe de la KGB en Washington, Aleksandr Feklisov varias veces desde el 25, y aprobado por Kennedy, los dos acordaron la fórmula de retirar los cohetes rusos a cambio de una promesa de EEUU de no invadir a Cuba. Pero parece que estas gestiones de Feklisov no fueron autorizadas por la embajada rusa en Washington y ni siquiera llegaron a oídos de Khrushchev antes de que la crisis se resolviera. 

 

La otra fue más importante, pero no porque hizo alguna diferencia, ya que Khrushchev había decidido qué hacer antes de recibir reportes de Dobrynin de la oferta de Robert Kennedy. Pero Robert de hecho le ofreció a Dobrynin que EEUU retiraría los cohetes “Júpiter” de Turquía además de la promesa de no invadir. Sin embargo, cuando esta oferta llegó a Moscú, Khrushchev ya había decidido claudicar en la mañana del 28 de octubre.48 Cuando el reporte de Dobrynin llegó horas después, fue recibido con regocijo en Moscú, pero ya Kennedy había contestado la primera carta de Khrushchev, en la que está contenido el “arreglo” entre los dos de EEUU no invadir a Cuba: el famoso “pacto”. No obstante, el acuerdo sobre los “Júpiter” sí fue formal, aunque a petición de Kennedy, fue mantenido en secreto.49 Meses después de la crisis, los “Júpiter” fueron discretamente retirados de Turquía sin ninguna publicidad.

 

Pero la Crisis no terminó el 28 de octubre cuando Khrushchev decidió retirar los cohetes de Cuba. Todavía quedaron dos importantes asuntos que resolver: la retirada de los bombarderos rusos Il-28 de la isla y lo más importante, la verificación de que todas las armas “ofensivas” habían sido retiradas de Cuba.

 

A la segunda, Castro se opuso absolutamente y nada ni nadie (incluyendo una visita de Mikoyan de casi un mes en noviembre) logró que permitiera la presencia de inspectores en Cuba, ni siquiera de la ONU. De manera que Kennedy tuvo que aceptar como verificación (si a esto se le puede llamar así) que los rusos mostraran los cohetes a bordo de los cargueros que los sacaron de Cuba y fotografiarlos o visualmente observarlos acercando acorazados americanos a los cargueros rusos. Lo que fue considerado como una gran humillación por los militares rusos y eventualmente contribuyó a la caída de Khrushchev dos años después. 

 

Mas la negación de Castro de permitir inspecciones en Cuba para verificar la retirada de los cohetes y los bombarderos, en realidad anuló el “entendimiento” entre Kennedy y Khrushchev, pues la verificación era una parte integral del acuerdo para resolver la Crisis.  Por eso es que lo decidido el 28 de octubre nunca tuvo ningún valor legal. Hasta 1970, como se verá más adelante.

 

ANÁLISIS Y CONCLUSIONES

 

Aún desde antes del 28 de octubre, cuando Khrushchev aceptó la retirada de los cohetes de Cuba, ya éste había comenzado su proceso de racionalización sobre el resultado. Hasta durante la reunión en Moscú en la mañana del 28 donde se formalizó el final de la crisis, Khrushchev ya había comenzado a decir que el hecho que Kennedy había “prometido” no invadir a Cuba constituía una “victoria” para la URSS. Y desde entonces eso siempre fue lo que repitió hasta la náusea que había sido la razón de colocar los cohetes en Cuba en primer lugar. Ahora sabemos muy bien la verdad: que toda la Operación Anadyr fue una gran jugada estratégica para terminar la Guerra Fría con la URSS de árbitro final en el mundo. 

 

Ésta siempre fue la versión aceptada por todos, hasta por los miembros del Presidium cuando depusieron a Khrushchev en un golpe de estado sin derramamiento de sangre en noviembre de 1964. La razón principal que se ofreció para “retirar” a Khrushchev y substituirlo por Leonid Brezhnev fue que Khrushchev había estado considerando “esquemas de cerebro de liebre” (hare-brained schemes) en el caso de Cuba, muy convenientemente olvidando que todos los miembros del Presidium, incluyendo a Brezhnev, habían votado a favor de Anadyr.  De manera que ya por fin se puede decir por qué los cohetes fueron colocados en Cuba50.

 

Sin embargo, también hubo otra razón ya olvidada. Ésta fue la necesidad de “mantener a Cuba quieta”, algo que a través de los años de república en la isla, desde su independencia en 1902, había sido siempre la consideración primordial de la política de EEUU hacia Cuba. En 1962, esto se convirtió una vez más en la razón principal de Castro de aceptar no sólo los cohetes, sino de mucha mayor importancia para él y los dirigentes del régimen, las 50,000 tropas rusas que vinieron con los cohetes. 

 

Esta masiva presencia militar rusa le permitió a Castro concentrar sus tropas y milicias en las montañas del Escambray y “limpiar” a los alzados de la zona, nada más y nada menos que mediante otra “reconcentración” parecida a la implantada por el infame “carnicero” Valeriano Weyler durante la Guerra de Independencia cubana en 1895-1898. Esta nueva reconcentración de campesinos en el Escambray no produjo tantas muertes, pero fue igualmente eficaz en eliminar la resistencia en el área para siempre. Solamente gracias a la presencia rusa en Cuba esto pudo ser logrado.51

 

Sólo queda analizar el arreglo entre Kennedy y Khrushchev que puso fin a la Crisis de Octubre. Para eso es necesario citar la carta de Kennedy a Khrushchev fechada en Washington, el 23 de octubre de 1962 a las 8:05 de la noche. El tercer párrafo dice: (1) “Usted acordaría retirar estos sistemas de armamentos de Cuba bajo la apropiada observación y supervisión de las Naciones Unidas; y encargarse, con las debidas salvaguardas, de poner fin a nuevas introducciones de tales sistemas de armamentos en Cuba”. El cuarto párrafo lee: (2) “Nosotros, por nuestra parte -bajo el establecimiento de arreglos adecuados a través de las Naciones Unidas para asegurar que estos compromisos se continúen y se lleven a cabo- (a) eliminar prontamente las medidas de cuarentena ahora en efecto y (b) dar garantías (assurances) contra una invasión de Cuba y yo estoy confiado que otras naciones del Hemisferio Occidental estarían preparadas para hacer lo mismo”.52 Esto es todo. Por estas efímeras palabras, el régimen de los hermanos Castro se garantizó en Cuba, hasta ahora por 48 años. 

 

Mucho tiempo después, en 1970, cuando los rusos comenzaron la construcción de una base de submarinos en Cienfuegos, el entonces Secretario de Estado de EEUU, Henry Kissinger pidió el expediente (record) de los entendimientos Kennedy-Khrushchev.  Kissinger escribió después de revisar ese record: “Emergió que no había ningún entendimiento formal, ni oral ni por escrito”. De todos modos, continuó: “los soviéticos no habían acordado en 1962 ningún sistema de verificación por la oposición de Castro”.53

 

Como resultado de la “crisis” sobre la base de submarinos en Cienfuegos, Kissinger se estuvo reuniendo con el embajador ruso Dobrynin por varios dias (a espaldas del Secretario de Estado William Rogers) y durante esas reuniones, después de revisar la documentación sobre los “entendimientos” entre Kennedy y Khrushchev en octubre 1962, Kissinger decidió “reafirmar, clarificar y reforzar” lo acordado en 1962.

 

Mediante este nuevo “acuerdo” de 1970, “EEUU obtuvo compromisos rusos de no basar submarinos nucleares en Cuba, mientras que [la URSS] finalmente obtuvo un firme compromiso de EEUU de no invadir a Cuba”.54  (Aunque algunas transcripciones de las negociaciones entre Kissinger y Dobrynin han sido publicadas, la versión escrita del nuevo documento firmado entre los dos, el cual tiene que haber sido aprobado por Nixon y Brezhnev, nunca ha sido publicado; hasta que eso ocurra, no se sabrá como terminó la Crisis).

 

De manera que se puede decir que, en verdad, la Crisis de Octubre no terminó hasta octubre de 1970 ¡ocho años después de la Crisis de 1962! Claro, llámese como se le llame, lo que se acordó el 27 de octubre de 1962 entre Kennedy y Khrushchev y se ratificó más “oficialmente -y por escrito- en octubre de 1970, ha sido respetado hasta hoy. EEUU no ha invadido a Cuba -ni ha permitido que nadie ataque al régimen desde su territorio o desde ningún país de América. Cuba sigue bajo el régimen de los hermanos Castro y nada ha cambiado en estos 51 años de la revolución cubana. Sólo el largo tiempo que ha pasado. Y desgraciadamente sigue pasando.

 

La única conclusión a la cual se puede llegar sobre la Crisis de Octubre es que Kennedy, una vez más, lejos de haber sido el “ganador” en la crisis, desperdició quizás la última oportunidad de eliminar el régimen castrista en Cuba. 

 

Esto es de suma importancia, y no sólo para los cubanos. Como concluyó un reporte del Senado en 1963, “La evidencia es abrumadora que Castro está apoyando, incitando, ayudando y contribuyendo a los movimientos revolucionarios y subversivos a través del Hemisferio Occidental y que tales actividades presentan una grave y ominosa amenaza a la paz y la seguridad de las Américas55 (énfasis mío). Cuba se convirtió en la más grande y peligrosa amenaza para la seguridad de toda América, incluyendo, por supuesto, a EEUU. Y el enorme costo en dinero y en vidas inútilmente perdidas en 51 años de revolución cubana, es incalculable. No queda otro remedio que condenar al presidente John F. Kennedy de la forma más severa, por su responsabilidad en mantener y conservar el régimen de los hermanos Castro en Cuba por medio siglo.

 

Por otro lado, se puede decir que algo valioso resultó de la peligrosidad de la crisis, aunque este “logro” no sea remotamente meritorio en comparación con el riesgo que se corrió: la mayor parte de los problemas que se presentaron en tratar de resolver la crisis fueron debidos a la lentitud de las comunicaciones entre Washington y Moscú. En verdad, hasta la falta de comunicaciones en algunos casos, como con los submarinos rusos, que fue el peligro máximo durante la crisis, ya que no había comunicación posible y los comandantes de los submarinos ni siquiera sabían lo que estaba sucediendo en el mundo de la superficie. Después de la crisis se estableció lo conocido como la “línea caliente” (“hot line”) entre Washington y Moscú para mejorar y apurar las comunicaciones directas entre los líderes de ambos países (curiosamente, la terminal de Washington por mucho tiempo no estaba en la Casa Blanca sino en el Pentágono).

 

Una de las grandes ironías del desenlace de la Crisis de los Cohetes fue la neutralización de Berlín como punto focal en las relaciones entre Occidente y el Bloque Comunista. La Crisis de Berlín del verano de 1961, la cual surgió del primer ultimátum de Khrushchev a Eisenhower en 1958 (ignorado por Eisenhower y sin consecuencias) y terminó siendo una de las principales razones que llevaron a Khrushchev a colocar cohetes nucleares en Cuba 14 meses después (debido a la reacción de Kennedy, al permitir, entre otras cosas, la construcción del Muro de Berlín), desapareció después del “entendimiento” entre el presidente americano y el premier soviético de octubre 28, con la consiguiente mejora en las relaciones entre EEUU y la URRS.

 

Khrushchev, quien pensaba culminar su carrera ante la ONU en New York en noviembre 1962 anunciando la presencia de cohetes nucleares en Cuba y reanudando su ultimátum sobre Berlín, el cual esta vez sería aceptado por Kennedy, terminó engavetando a Berlín como la principal cuestión política entre Occidente y el mundo comunista. Eso también fue uno de los resultados permanentes de la Crisis de los Cohetes, pues ningún otro líder de la Unión Soviética volvió a colocar a Berlín como punto focal en las relaciones entre los dos bloques. El Muro cumplió su cometido hasta que fue derribado en 1989.

 

¿Hubo algunas lecciones de la Crisis de Octubre? Definitivamente no las lecciones que nos quisieron legar los apologistas de los Kennedy, tales como Ted Sorensen y Robert McNamara, quienes además de propagar a los cuatro vientos la gran victoria de Kennedy gracias a su serenidad y su ¡sabiduría! (para no mencionar su moderación al no eliminar la presencia de los cohetes en Cuba y mucho menos en invadir la isla para derrocar el régimen castrista, lo que fue la obsesión de Kennedy por tres años), también pronosticaron en 1965 que los soviéticos abandonarían su esfuerzo por ganar la carrera armamentista y que implícitamente aceptarían la superioridad de EEUU.

 

McNamara llegó hasta el punto de predecir en 1965 que “no hay indicación de que los soviéticos estén buscando el desarrollo de una fuerza nuclear tan grande como la nuestra”. Para 1970, la URSS no sólo había alcanzado a EEUU en poderío atómico y militar, sino que se había ido adelante.

 

Con profetas así se llegó a Vietnam y los “mejores y más brillantes” nos llevaron a la primera derrota militar de EEUU en su historia. Pero en realidad quizás la gran lección de la Crisis fue como los tres principales protagonistas, Kennedy, Khrushchev y Castro, cometieron tremendos errores de apreciación y de juicio, los cuales contribuyeron más que nada a la Crisis.

 

Kennedy, por las razones que fueran, negligentemente ignoró -y permitió- que la Operación Anadyr prosiguiera a través del verano de 1962 y casi tuviera éxito, ignorando todo tipo de advertencias de muchos expertos y hasta de hombres de su mayor confianza, como su hermano -quien primero previno de la posibilidad de que la URSS introdujera cohetes nucleares en Cuba ¡desde fines de abril 1961! Además, estaba convencido de la presencia e influencia de “fuerzas siniestras” en el Kremlin que impulsaron a Khrushchev a tomar la fatídica decisión, cuando fue el líder ruso -y nadie más que él- quien tomó todas las decisiones que llevaron a la Crisis. Inexplicablemente, ignoró en gran parte la magnífica información que tenía sobre el verdadero estado de la cohetería nuclear soviética (en buena parte proveniente del espía Penkovskiy, cuyos reportes leía ávidamente, pero también de los satélites CORONA) y no utilizó esa enorme ventaja para presionar más a Khrushchev y lograr una resolución final en las relaciones entre la URSS y EEUU.

 

Khrushchev, por supuesto, cometió el más serio error al creer firmemente que Kennedy era un hombre débil a quien podía dominar y quien se sometería a su chantaje atómico.   Khrushchev también estaba convencido que detrás de Kennedy había “fuerzas oscuras” que lo controlaban: el Pentágono, la CIA, Wall Street. Los dos, por supuesto, estaban equivocados, y partiendo de esas bases, cometieron varios errores de cálculo que afectaron las políticas de sus dos países. 

 

Pero Castro fue quien más se equivocó, pues creyó firmemente en el poderío de la cohetería nuclear soviética y en su voluntad de utilizarlo contra su archienemigo, EEUU. Su mal cálculo casi cuesta la destrucción total de Cuba y una posible guerra nuclear.

 

¿Hubo tanto peligro de una guerra nuclear como por tanto tiempo se ha creído? Desde que escribí mi disertación doctoral en 1971, ni yo ni muchos otros autores nunca lo pensamos. Había, ya entonces, muchas razones para pensar así. Kennedy puso las probabilidades de guerra tan altas como una en tres. Pero uno de los mejores analistas del Departamento de Estado las consideró remotas, no más de una en 100.56 Pero según se reveló más documentación, sobre todo después que los archivos del partido comunista de la URSS se abrieron por un tiempo en los años 1990, las dudas aumentaron.

 

Personalmente, solamente en los últimos tres o cuatro años me he convencido que sí hubo peligro y mucho. Pero no porque Khrushchev hubiera ido a la guerra. Esa no fue nunca su intención, ni tampoco la de utilizar los cohetes introducidos en Cuba. Sobre esto no hay dudas después de las revelaciones hechas por Fursenko y Naftali en 2006 y de Michael Dobbs hace unos meses. 

 

El gran peligro fue que por un accidente, lo más probable en referencia a la situación con los submarinos, pero casi seguramente en caso de una invasión a Cuba, sí se hubieran utilizado armas nucleares. En ese caso Cuba hubiera quedado vaporizada, que eran los deseos macabros de Castro, para así “inmolarse” para siempre.

 

¿Y la URSS?  Hubiera sido totalmente devastada pues, como ya se sabe, malamente se podía defender y muy difícilmente hubiera podido ni lanzar algún que otro ICBM que diera en el blanco en EEUU. Aún así, las probabilidades de una catástrofe a nivel mundial son demasiado espeluznantes para siquiera considerarlas sobriamente.

 

Así que en conclusión, la verdadera y única lección de la Crisis de Octubre fue que NUNCA se debe llegar tan cerca del abismo, y que en una guerra mundial no habría ni ganadores ni perdedores.  Afortunadamente para el mundo, así ha sido desde que se llegó a ese abismo por primera y única vez en octubre de 1962.57

 

NOTAS
 

[1] Ibid., pp. 448-49

[2] Dino A. Brugioni, Eyeball to Eyeball: The Inside Story of the Cuban Missile Crisis ( New York: Random House, 1990), p. 104. La mayor parte de la documentación sobre los vuelos de U-2, los distintos descubrimientos revelados por las fotografías tomadas y el descubrimiento final de las bases de cohetes estratégicos en Cuba proviene de este magnífico libro, el mejor sobre lo que los U-2 encontraron en Cuba

[3] Ibid, p. 105

[4] Ibid, pp. 112-13

[5] Ibid, pp. 116-17

[6] Ibid, p. 125

[7] Ibid, pp. 126

[8] Peter A. Huchthausen, October Fur ( Hoboken:Wiley, 2000), pp. 12-13. Este es el mejor libro sobre la Operación Anadyr con referencia a los eventos en el Mar Caribe, los submarinos rusos y destroyers y fuerzas caza-submarinos de E.U. en la superficie. Las descripciones son vívidas y emotivas y por vez primera se revela lo cerca que se estuvo a un accidente nuclear por estas actividades durante la Crisis, algo que todavía casi no se conoce

[9] Ibid., p. 5

[10] Ibid., p. 19

[11] Brugioni, op. cit., pp. 145-46

[12] William Doyle, Inside the Oval Office (New York: Kodansha International, 1999), pp. 129-30

[13] Dobbs, op. cit., p. 50

[14] Ibid., p. 73

[15] Ibid., p. 88

[16] Ibid., p. 131

[17] Leebaert, op. cit., p. 279 y notas 62, 63 y 64, p. 674.  Ver también Fursenko and Naftali, One Hell of a Gamble, p. 243

[18] Dobbs, op. cit., p. 165

[19]  Trinidad, op. cit., p. 40, nota 11

[20] Dobbs, op. cit., p. 165.  Sobre el miedo y desesperación de Khrushchev esa noche ya no hay dudas, después de abrirse los archivos rusos.  Un alto oficial del Ministerio de Estado, Vassily Kuznetzov, hasta declaró que el Premier ruso “se defecó en los pantalones”.  Zubok and Pleshakov, op. cit., p. 266

[21] Henry M. Pachter, Collision Course (New York: Praeger, 1963), p. 50. 

[22] Fursenko and Naftali, One Hell, p. 336

[23] Ver el magnífico libro de Sheldon M. Stern, The Week the World Stood Still (Stanford: Stanford University Press, 2005), pp. 133-196.  Este libro es el único que ofrece una version total de las deliberaciones de ExCom, analizando las grabaciones y las minutas, además de incluir entrevistas con muchos de los participantes.  El libro tambien revela que la política de EEUU, después de decidir sobre la Cuarentena, fue de hacer—NADA.  No se tomaron ningunas decisiones para obligar a la USSR a retirar los cohetes de Cuba, y  a veces parecía que buscaban por todos los medios como NO tomar ninguna decisión. Solamente el temor de Khrushchev a un ataque americano, el cual incluiría una invasión de Cuba, provocó su decisión de terminar la Crisis retirando los cohetes

46 Dobbs, op. cit., p. 204

47 Ibid., pp. 198-99

48 Fursenko y Naftali, Khrushchev, pp. 489-91

49 Ibid, p. 489, nota 83, p. 616

50 La teoría de la “defensa de Cuba” como la principal motivación de Khrushchev, sin embargo, se niega a morir.  El mismo Michael Dobbs considera—aún después de revisar la evidencia en los archivos rusos—que esa fue la principal motivación, aunque no la única.  Pero ver Graham Allison & Philip Zelikov, Essence of Decision: Explaining the Cuban Missile Crisis (New York: Longman, 1999), pp. 78-109, para una explicación minuciosa de por qué esta conclusión NO es aceptable.  Ofrecen cinco razones totalmente convincentes que invalidan esta teoría, pero por falta de espacio, no es posible incluirlas aquí

51 Trinidad, op. cit., pp. 20-21, 35.  De acuerdo con un reporte del Comité de las Fuerzas Armadas del Senado “la fuerza soviética-cubana era capaz de suprimir cualquier rebelion interna”.  Interim Report, Senate Committee on Armed Services, U.S. Senate, 88th Congress, 1st Session, Washington, Government Printing Office, 1963, pp. 4, 7

52 Mark J. White, The Kennedys and Cuba: The Declassified Documentary History Chicago: Ivan R. Dee, 1999), p. 236

53 George Will, The Lessons of the Cuban Crisis, Newsweek, Octubre 11, 1982

54 Raymond L. Garthoff, Reflections on the Cuban Missile Crisis (Washington, Brookins Institution, 1989), pp. 140, 145-47.  Ver también Seymour M. Hersh, The Price of Power (New York: Summit Books, 1983), pp. 250-57.  Pero a pesar de que esta vez SI hubieron acuerdos por escrito, todavía se mantienen secretos.  ¿Sabremos algún día que se acordó y por qué se han respetado los acuerdos por casi 48 años?

55 Comité de las Fuerzas Armadas, Interim Report, U.S. Senate, 88th Congress, 1st Session, 9 de mayo de 1963, Washington, Government Printing Office, 1963, p. 4

56 Garthoff, op. cit., pp. 190-91

57 Además de todo lo dicho al respecto, hay que considerar lo primitivas que eran las comunicaciones en aquellos tiempos, sobre todo en la URSS,  y el hecho—inusitado y todavía mayormente desconocido—que las armas nucleares tácticas de ambas superpotencias, a veces estaban controladas, en el sentido de quien decidía cuando usarlas, por meros tenientes.  Todo esto hubiera podido definitivamente contribuir a un accidente no intencionado. Thomas C. Reed, At the Abyss: An Inside History of the Cold War (New York, Ballantine Books, 2005), pp. 322-25