Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

A MEDIO SIGLO DEL ABISMO ( I )

LA CRISIS DE LOS COHETES DE OCTUBRE 1962: GARANTÍA DE LA REVOLUCIÓN

 

En este mes de octubre se cumplen 49 años de la Crisis de los Cohetes de 1962 en Cuba.  Pero como la Crisis bien se puede decir que comenzó después del desenlace de la fracasada invasión de Bahía de Cochinos, de la reunión entre Kennedy y Khrushchev en Viena en junio y de la Crisis de Berlín durante el verano de 1961, en realidad este año se cumple medio siglo de los momentos cuando el mundo estuvo más cerca de una guerra nuclear que nunca antes o después.

 

La Crisis de Octubre (Cuban Missile Crisis) tiene sus orígenes inmediatos a principios de 1962, cuando el premier de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) Nikita Khrushchev, en un discurso secreto en el Kremlin, le anunció a sus colegas que la posición de los soviéticos en la lucha entre los superpoderes era tan débil, que Moscú no tenía más remedio que tratar de sentar el paso en la política internacional.[1] Años antes, como resultado de la Crisis de Suez y su resolución, Khrushchev se había convencido de que su amenaza de usar armas nucleares contra Gran Bretaña y Francia había sido responsable por la retirada de las tropas anglo-francesas de Egipto.[2] 

 

Ese convencimiento fue el germen de la idea tras su gran apuesta para ganar la Guerra Fría introduciendo cohetes nucleares en Cuba para chantajear a EEUU. Meses después de su discurso secreto ante el Presidium en enero 1962, en abril de 1962, Khrushchev primero le planteó la idea al mariscal Rodion Malinovsky, Ministro de Defensa, y luego a su más fiel amigo en el gobierno (pero algunas veces su mayor crítico), el vice premier Anastas Mikoyan, sobre qué les parecía la idea de introducir cohetes atómicos ofensivos en la isla de Cuba.

 

Esta era la única manera, el premier ruso había decidido, en que la URSS se podía igualar a EEUU sin gastos ruinosos para su débil economía. Todo este andamiaje se originó con Khrushchev.  Fue su idea, el plan se elaboró bajo su dirección más meticulosa, y Castro y Cuba no contaron para nada, excepto que Cuba tuvo que aprobar los planes de la introducción de los cohetes nucleares en la isla.

 

Pero antes de describir la génesis y desenvolvimiento de la idea de lo que luego se llamó Proyecto Anadyr, por el río del mismo nombre en Siberia, es necesario describir la motivación de Khrushchev para concebir lo que todavía muchos consideran como un plan demente. Y para esto tenemos que ir al desenlace de la fracasada invasión de Bahía de Cochinos, a la reunión entre Kennedy y Khrushchev en Viena, Austria, en junio de 1961, y a la Crisis de Berlín en el verano de 1961.

 

Si Bahía de Cochinos fue un desastre para Kennedy, Viena fue un “mini” desastre. Y combinado lo que allí sucedió con la “medida” que ya Khrushchev le había tomado al presidente americano por, en las propias palabras de Kennedy, “ser tan joven y con tan poca experiencia para meterme en ese lío (mess) y después no tener el valor suficiente para llevarlo a cabo”, Viena convenció a Khrushchev de que podía hacer su voluntad con Kennedy (have his way with him).[3]

 

Kennedy se había lastimado la espalda otra vez antes del viaje, y sus médicos no querían que lo hiciera, pero si lo hacía, recomendaban que llevara muletas, a lo cual Kennedy se negó rotundamente por no querer parecer un lisiado (la imagen, siempre la imagen). Días antes, en París, se agravó la lesión en la espalda, que ya era crónica desde años atrás.  Ahora en el avión a Viena, adolorido, irritado y posiblemente sobre-medicado por el gran dolor, Kennedy fue advertido específicamente por el ex-embajador de EEUU en la URSS y ahora uno de sus principales “Kremlinólogos”, Llewellyn Thompson, de no entrar en debates ni discusiones sobre ideología con Khrushchev. Llegando a Viena, eso fue exactamente lo que hizo el primer día, con pésimas consecuencias para él y para la reunión. 

 

Todos los presidentes americanos, con las posibles excepciones de Harry Truman y Ronald Reagan, han caído siempre en la trampa de querer dialogar con los comunistas. Todos ellos, desde Franklin Roosevelt, han estado absolutamente convencidos de sus poderes de persuasión y de poder convencer a sus adversarios rusos de ver la realidad, de entender que está en sus mejores intereses cooperar con EEUU, que se pueden poner de acuerdo si cada uno cede un poco. Como creen que están tratando con personas racionales como ellos ¿cómo no pensar de esta manera? Y ahí está el detalle de por qué tantos resultados catastróficos han quedado de estas reuniones de “cumbre”. 

 

Roosevelt pasó años enfrascado en entrevistarse con Stalin, seguro de que podía “hacer negocios con el Tío Joe”, como estúpidamente le llamaba en privado. En sus reuniones, sobre todo en la primera en Teherán, Irán, en 1943 (donde se tomaron todas las decisiones fatales de la post-guerra y no en Yalta, como siempre se ha pensado),[4] Roosevelt se congraciaba con Stalin a expensas de su aliado británico Winston Churchill, tildándolo de imperialista, mientras él y Stalin eran los “demócratas”. Cometía indiscreciones e imprudencias a diestra y siniestra, y por supuesto, estaba rodeado de agentes secretos rusos, quienes le daban informaciones adicionales a Stalin sobre sus verdaderas intenciones.

 

Truman, como era nuevo en el juego y no estaba contagiado por los “diplomáticos” del Departamento de Estado, al principio, se mostró enérgico tanto con Stalin como con su Ministro del Exterior Vyacheslav Molotov. Además, sólo se reunió con Stalin una vez y fue suficiente para “curarse de espanto”. Los presidentes Johnson, Nixon, Ford y Carter, todos padecieron del mismo mal, y consiguientemente, todos básicamente fracasaron en sus negociaciones directas con los líderes rusos. Aún Henry Kissinger, quien bajo Nixon y Ford fue el negociador principal, a pesar de ser un gran diplomático y no padecer de la misma ceguera que todos los presidentes, sufría de un defecto peor: estaba convencido de que el comunismo sería el ganador final, y por lo mismo, sólo trató de conseguir los mejores términos posibles de prolongar la agonía occidental a lo máximo. 

 

Eso resultó en la desastrosa política de détente, que tanto daño le hizo a EEUU, y que trajo como consecuencia directa la superioridad militar de la URSS vis-à-vis EEUU. Reagan fue el único que estaba ideológicamente preparado para dialogar con líderes comunistas de igual a igual, por su vasto conocimiento sobre el comunismo y su experiencia tratando con líderes laborales comunistas americanos en Hollywood durante su larga presidencia del sindicato de actores. Por eso, resistió por años esas reuniones cumbre y no fue hasta que había logrado la plena superioridad militar de EEUU y que Mikhail Gorbachev había tomado las riendas del gobierno ruso, que consintió reunirse.

 

Fue un negociador excelente en las distintas reuniones que tuvieron, pero en la de Reykjavik, Islandia, fue tanta su exuberancia al ver la posibilidad de lograr su sueño de eliminar todas las armas nucleares de ambos bandos, que casi sucumbe a la tentación. Sólo sus férreas convicciones y sus principios enraizados en la libertad, permitieron que se mantuviera firme, insistiendo en la Iniciativa del Espacio, lo cual dio al traste con la reunión y le ganó el oprobio adicional de los “expertos”, pero también fue la razón principal de la bancarrota de la URSS y la caída del comunismo unos años después.

 

El segundo día de la reunión de Kennedy en Viena fue peor. Sin mucho preámbulo, Khrushchev brutalmente le presentó un ultimátum sobre Berlín Occidental (ahora a los 46 años y después de la caída del muro de Berlín y de la reunificación de Alemania, casi nadie recuerda que Berlín Occidental fue el principal punto de contención entre EEUU y la URSS por mucho tiempo; para Kennedy, el tema de Berlín era lo más importante en política exterior). Si no se llegaba a un acuerdo entre las dos potencias antes de diciembre, la URSS firmaría un tratado de paz con Alemania Oriental y las tropas aliadas tendrían que abandonar Berlín, y las vías de acceso a la ciudad serían cerradas. Según Khrushchev, esta decisión era “firme e irrevocable”.

 

Kennedy contestó que era el líder ruso quien quería forzar un cambio, no él. Khrushchev reafirmó que no tenía alternativa sino aceptar el reto. “Tenemos que responder y responderemos. Depende de EEUU si habrá guerra o paz”. Kennedy, obviamente sacudido por la vehemencia del ruso, finalizó: “Si eso es verdad, será un invierno muy frío”.[5] En ese momento fue cuando Khrushchev decidió que podía dominar a Kennedy.

 

Kennedy es quien mejor describe su estado de ánimo después de la fracasada reunión. En una célebre entrevista con el escritor del New York Times James Reston, Kennedy dijo que la entrevista había sido el más duro momento en su vida, continuando,

 

Tengo dos problemas. Primero, entender por qué lo hizo (el brutal ultimátum) y por qué se mostró tan hostil. Segundo, decidir qué podemos hacer al respecto. La primera parte es fácil de explicar. Creo que lo hizo por Bahía de Cochinos. Creo que él pensó que alguien tan joven y tan falto de experiencia para meterse en ese lío (mess) podía ser dominado (taken). Alguien que se metiera [a hacer eso] y no tuviera la determinación de terminarlo, no tenía agallas (guts). Así que acabó conmigo (beat the hell out of me). Tengo un problema terrible. Si él cree que no tengo experiencia y no tengo agallas, hasta que le quitemos esas ideas de la cabeza no llegaremos a nada con él. Así que tenemos que actuar.[6]

 

Kennedy, obviamente, entendió perfectamente como Khrushchev le “había tomado la medida”. Irónicamente, fue su misma actuación en Girón lo que principalmente provocó esta amenazante situación. Ahora se había decidido a actuar. Y así lo hizo (quizás inclusive recordó que ésta no era la primera vez que el líder ruso lanzaba un ultimátum…   para después no hacer nada). No más regresó a EEUU se presentó ante las cámaras de TV nacionales para reportar al pueblo americano sobre su gestión con Khrushchev en Viena. Y sus palabras fueron sombrías, diseñadas para asustar al público, lo que aparentemente logró. Sabía que tenía que contar con el apoyo popular para las medidas que pudieran ser necesarias y éste fue el primer paso.   

 

Pero durante los próximos 15 meses, hasta que se descubrieron los cohetes en Cuba, una serie de eventos, fortuitos esta vez, se presentaron a favor del Presidente, a la vez que todo parecía dificultarse para el líder ruso.

 

Dos asuntos de extrema importancia tenían que ver con informaciones de inteligencia obtenidas por el gobierno americano en este período. Primero, los reportes del espía ruso de la GRU (inteligencia militar), el coronel Oleg Penkovskiy. Segundo, y eventualmente más importante, el tesoro de información obtenido sobre instalaciones militares dentro de la URSS por los revolucionarios satélites CORONA[7], que al fin le hicieron ver a Kennedy que el famoso missile gap (diferencia de cohetes entre los dos países) que con tanta efectividad había sido utilizado durante la campaña electoral contra Nixon (engañando a los votantes sobre la superioridad de la URSS en cohetería intercontinental) no eran más que una ficción.[8]

 

Entre Penkovskiy y los satélites CORONA Kennedy sabía perfectamente que superioridad sí había, pero abrumadoramente a favor de EEUU. Penkovskiy, además, había proporcionado los planos de los cohetes R-12 de alcance intermedio y detalles sobre la inexactitud de los cohetes intercontinentales rusos, los cuales más de la mitad de las veces que habían sido probados habían caído sobre ellos mismos, matando a miles de técnicos y hasta a un Mariscal del Ejército Rojo. También había revelado la pequeña cantidad de cohetes intercontinentales y cabezas nucleares rusas, ambos muy por debajo de los cálculos de la inteligencia americana.[9]

 

Kennedy, tal como le dijo a Reston, comenzó a actuar. Propuso llamar al servicio activo a 200,000 reservistas, presentó un plan nacional para la construcción de refugios nucleares, y puso en marcha el plan de colocar cohetes “Júpiter”, de alcance medio, en Italia y en Turquía, aliados de EEUU en la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte).  Khrushchev, mientras tanto, tenía dificultades continuas con su aliado Alemania Oriental.  Una y otra vez el líder alemán comunista Walter Ulbricht pedía ayuda económica y la situación sólo empeoraba. Conflictos por el liderazgo del mundo comunista continuaban con China y hasta con Albania. La influencia soviética en el “tercer mundo” parecía disminuir. Y la situación económica dentro de la URSS también empeoraba. 

 

Como el resultado de la reunión de Viena fue el ultimátum sobre Berlín, todo ese verano Kennedy estuvo más preocupado con este asunto que con ningún otro. Khrushchev, por su parte, cada vez podía evadir menos las presiones del líder comunista alemán Ulbricht.  La situación de Alemania del Este era en verdad crítica. El drenaje de alemanes orientales que escapaba por Berlín hacia la libertad y la prosperidad de la República Federal Alemana cada semana aumentaba. Eran los profesionales mejor preparados, los científicos, los profesores. Pero también obreros, estudiantes, hombres y mujeres del pueblo, campesinos. El régimen de Ulbricht sencillamente no podía sobrevivir.

 

De una manera similar a Ulbricht, pero por otras razones, el Canciller Konrad Adenauer, de Alemania Occidental, sentía una gran preocupación desde que John Kennedy le había ganado la elección presidencial de 1960 a su amigo Richard Nixon, quien Adenauer hubiera preferido como presidente. Adenauer no confiaba en Kennedy como protector de los derechos de Alemania Occidental frente a las amenazas de Khrushchev, y por muy buenas razones.

 

Para Kennedy, la cuestión de Berlín se había convertido en casi una obsesión desde que era senador en 1958, cuando Khrushchev por primera vez comenzó a presionar a Occidente para “resolver” el problema de Berlín. La posición soviética era que los países occidentales, específicamente EEUU, Gran Bretaña y Francia, debían firmar un tratado de paz con la Unión Soviética y con Alemania Oriental para poner fin a la guerra formalmente. De esta manera, Berlín, la capital de la República Democrática Alemana, sería unificada y el acceso hacia la ciudad sería garantizado y controlado por Alemania Oriental, no por la Unión Soviética.

 

Naturalmente, los aliados occidentales rechazaron siempre esta posición, y cuando se hizo claro que Alemania no sería unificada por largo tiempo, Adenauer buscó la garantía de la República Federal en la recién creada Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). 

 

La elección de Kennedy trajo cambios casi inmediatos en las relaciones entre la República Federal Alemana y EEUU. Y mientras Ulbricht y Khrushchev continuaban sus presiones para “resolver” el problema de Berlín y cerrar la válvula de escape del comunismo alemán a través de Berlín occidental, Kennedy contemporizaba, para cada vez mayor temor de Adenauer. Kennedy terminó, mediante varios discursos, conversaciones y propuestas directas, dejando muy claro que el único interés americano estaba en Berlín y en Alemania Occidental. Y que, consiguientemente, la Unión Soviética y la República Democrática Alemana podían hacer lo que quisieran en su territorio, siempre y cuando el acceso a Berlín quedara protegido y garantizado por la Unión Soviética, no por Alemania Oriental. 

 

El resultado de esta nueva posición de EEUU hacia Alemania y Berlín Occidental fue la construcción del muro de Berlín en agosto de 1961, una iniciativa de Ulbricht finalmente aprobada por Khrushchev y aceptada por Kennedy. Para Kennedy, al igual que para los dos líderes comunistas, el muro resolvió, de hecho, la situación, y eventualmente alivió casi todas las tensiones causadas por el problema de Berlín.

 

Pero de la misma manera, la aceptación del muro de Berlín por Kennedy reforzó la opinión y la actitud de Khrushchev hacia el presidente americano. Kennedy era un débil y pusilánime presidente y el líder ruso podía, mediante amenazas y chantajes, manipularlo para avanzar la posición comunista en el mundo.

 

El resultado lógico y final de este convencimiento de Khrushchev fue la Crisis de los Cohetes en Cuba a los 14 meses.

 

En Cuba, la situación se hacía preocupante por el enorme aumento de la oposición interna desde el fracaso de Bahía de Cochinos y por el principio del caos económico provocado por las medidas diseñadas por el Ministro de Industria castrista Ernesto “Che” Guevara.  Cuba, como todos los países comunistas desde tiempos de la revolución rusa, por casi dos años y medio mantuvo un standard de vida relativamente estable mientras la revolución consumía los bienes incautados y se exiliaban miles y miles de cubanos.

 

Pero cuando el “botín capitalista” comenzó a mermar, la nueva economía comunizada, siempre incapaz de producir, simplemente sólo pudo contraerse. Los racionamientos comenzaron a mediados de 1961, cuando la zafra de ese año decayó en más de un millón de toneladas.[10]. Y como en Cuba nunca en realidad se adoptó el modelo socialista de producción central planificada, sino que se ensayaban caprichos dementes de Castro y de Guevara como si fueran alquimistas de la Edad Media, pero que en vez de producir oro a partir del plomo, sólo conseguían arruinar la economía cada vez más vertiginosamente, el caso fue peor que en los países comunistas de Europa.[11] Otra preocupación adicional para la URSS y un drenaje adicional de recursos, con la cada vez mayor ayuda económica a la isla, que en 1959 exportaba más alimentos per capita que ninguna otra nación en el mundo.[12]

 

En octubre de 1961, Kennedy decidió públicamente revelar la verdad sobre el poderío atómico de EEUU vis-à-vis la URSS. Se escogió al Sub-secretario de Defensa Roswell Gilpatric para que en un discurso en Hot Springs, Virginia, no sólo sepultara oficialmente el missile gap ante el público americano, sino que se le aclaró muy bien a la URSS que EEUU sabía cual era la verdadera situación. Gilpatric alardeó que “esta nación tiene una capacidad nuclear de represalia de tal magnitud, que un enemigo que se atreviera a atacarnos estaría cometiendo un acto de auto destrucción…pues conocemos el poderío relativo de los dos lados y contamos con decenas de miles de cohetes, tanto tácticos como estratégicos”. [13] Al finalizar 1961, Kennedy le confesó al periodista de Time Hugh Sidey, que “las cosas van mejor… vamos consiguiendo ventajas aquí y allá”.[14] En 1962, la situación seguiría cambiando a favor del presidente americano y las tuercas se le seguirían apretando al líder ruso.

 

En mayo de 1962, escasamente diez meses después de la “victoria” de Khrushchev sobre Kennedy en Viena y la euforia del líder ruso por “haberle tomado la medida” al presidente americano, mucho había cambiado.

 

Y dos eventos adicionales en ese mes convencieron a Khrushchev de lanzarse a su más audaz jugada en octubre de ese año: la introducción de cohetes atómicos en Cuba. Primero, recibió malas noticias sobre el progreso de la cohetería intercontinental rusa, sobre lo que había basado toda su política exterior esperanzado que para 1963, la URSS estaría en condiciones de mayor igualdad con EEUU en cohetería estratégica. Lejos de cerrar la distancia (el missile gap en reverso, es decir, a favor de EEUU), para fines de 1962, EEUU contaba con más de 200 ICBM (cohetes intercontinentales), mientras la URSS tenía entre 20 y 40, de sospechosa certeza (como había informado Penkovskiy).

 

Además recibió pésimas noticias sobre la economía doméstica. La producción agrícola e industrial en el año había sufrido grandes mermas, las estadísticas siendo tan malas que el gobierno tuvo que considerar aumentar los precios de comestibles a los consumidores rusos, algo nunca intentado en tiempos de Khrushchev. Además, algunas de las limitadas reformas introducidas desde 1956, como pequeños aumentos de sueldos, tendrían que ser abandonadas.  Khrushchev tuvo que ordenar a su equipo económico recortar 3 billones de rublos (como US $3 billones) del presupuesto militar, algo que causó oposición entre los militares y a la vez cambió la estrategia de alcanzar a EEUU en cohetería estratégica en el futuro inmediato.

 

Un mes después, durante los tres primeros días de junio, la situación hizo crisis en Novocherkassk, antigua capital de los cosacos del Don. Se produjo una rebelión popular, en parte por los aumentos de precio, algo todavía prácticamente desconocido en Occidente. La situación fue tan seria que Mikoyan y la mitad del Presidium fueron enviados por Moscú a negociar una solución pacífica, pero al no conseguirse, Khrushchev dio la orden a los tanques del Ejército Rojo de disparar contra las turbas, con un saldo de 25 manifestantes, casi todos jóvenes entre 18 y 23 años, muertos, y 88 heridos. Cientos fueron arrestados y una docena de “instigadores” fueron juzgados por una corte marcial y fusilados[15].

 

Así resolvía todavía, cuando era necesario, los problemas internos en la URSS el antiguo Comisario de Stalin, responsable de la muerte de millones durante la hambruna en Ucrania en los años 30, y más tarde como encargado de la construcción del Metro de Moscú. Khrushchev habría denunciado a su ex-amo Stalin en 1956 (después de muerto, por supuesto), pero los métodos aprendidos bajo la larga dictadura de Stalin todavía eran los mejores para controlar protestas populares.

 

Al mando de las tropas que suprimieron la rebelión de Novocherkassk estaba el General del Ejército Rojo Issa Pliyev, quien se ganó la confianza de Khrushchev cuando obedeció sin titubear su orden de disparar sobre los manifestantes en las calles de Novocherkassk. Khrushchev no lo olvidó, y unos meses después, lo nombró jefe de las tropas que fueron a Cuba en la Operación Anadyr. [16]

 

La segunda mala noticia de mayo fue la introducción de 1,800 Marines en Tailandia, como resultado de las presiones de tropas comunistas del Patet Lao y de Vietnam del Norte en Laos, donde, en violación de los acuerdos tomados desde antes y confirmados en Viena para “neutralizar” al país, los comunistas habían capturado una importante posición en Laos oriental. Esto alarmó mucho a Khrushchev y lo obligó a revisar sus planes para 1962 una vez más, pues al parecer Kennedy seguía mostrando más firmeza que la esperada por el líder ruso.

 

Ya en abril, antes de ir a Bulgaria a una serie de conferencias, Khrushchev le había preguntado al Ministro de Defensa Malinovsky qué le parecía “si le pusiéramos un erizo (hedgehog) a los americanos dentro de sus pantalones”. El hedgehog era el nombre coloquial de un cohete de mediano alcance ruso y “los pantalones americanos” se referían al Caribe, más específicamente a Cuba.[17]

 

Malinovsky contestó que sería posible, pero tendría que ser una decisión política del Presidium en pleno. Durante el viaje de regreso de Bulgaria, Khrushchev se lo planteó al Ministro de Relaciones Exteriores Andrei Gromiko, y al llegar a Moscú, a su colaborador más íntimo, el vice-premier Anastas Mikoyan, quien expresó sus dudas de que EEUU aceptara mansamente la presencia de cohetes rusos en Cuba, para no mencionar a Fidel Castro, a quien Mikoyan conocía y admiraba, y quien Mikoyan no creía que aceptaría los cohetes en Cuba tampoco, por temor a una reacción violenta de EEUU.

 

No obstante, Khrushchev presentó el plan al día siguiente, 21 de mayo, al Presidium, donde fue debatido “en discordia”. Desde el fracaso ruso en Cuba en octubre, cuando tuvieron que sacar los cohetes bajo presión, Khrushchev siempre mantuvo que su única motivación para colocar los cohetes en Cuba era la de “defender a Cuba”. Esta versión ha sido generalmente aceptada por la enorme mayoría de historiadores de la Crisis de Octubre.  Pero es una versión incompleta.  Defender a Cuba era uno de los motivos, pero no el principal. 

 

Ahora se sabe bien lo que sucedió, pues en esa reunión Khrushchev francamente admitió ante el Presidium que “Esta será una política ofensiva”.[18] El Coronel General Semyon Ivanov, taquígrafo del Ministerio de Defensa presente en la reunión, escribió que Mikoyan fue uno de los pocos que se opuso directamente a Khrushchev (según Gromyko en sus memorias, él también se opuso)[19] y la reunión se pospuso por tres días para darle más tiempo a Malinovsky de presentar el plan en detalle.

 

Así se hizo, y después de la detallada presentación de Malinovsky, esta vez todos los presentes la aprobaron, incluyendo Mikoyan. Sólo el embajador ruso en Cuba, Aleksandr Alekseyev, quien mejor conocía a Castro de todos ellos, expresó sus dudas de que el líder cubano aceptara los cohetes. A pesar de ser fuertemente increpado por Malinovsky, la opinión de Alekseyev era respetada, y se decidió esperar por la decisión de Cuba para implementar la Operación Anadyr, como se conoció el plan. Dos días después, Khrushchev envió una detallada carta a Castro con una delegación rusa que voló a la isla.  Nominalmente lidereada por el Ministro de Agricultura R. Radishov, además de Alekseyev, quien regresaba a Cuba como Embajador soviético, iban en el avión el Mariscal Sergei Biryuzov, jefe de las Fuerzas de Cohetería Estratégicas rusas, y el Coronel General del Ejército Semyon Ivanov. 

 

En la carta, Khrushchev, además de “excusar” la deuda de Cuba con la URSS hasta el momento, le admitía a Castro que sus propósitos no eran sólo la protección y defensa de la revolución cubana. Tan importante para él era mejorar la posición estratégica entre Cuba y EEUU. Finalmente, le pedía a Castro que aprobara la propuesta de colocar los cohetes en Cuba lo antes posible.[20]

 

El 29 de mayo, Castro, después de conferenciar con su hermano Raúl, el presidente Osvaldo Dorticós, Ernesto “Che” Guevara y Ramiro Valdés, aceptó la oferta del Plan Anadyr. ¿Por qué lo hizo? Su motivación es más complicada y a través de los años ha ofrecido versiones distintas, incluyendo que la idea de introducir los cohetes en la isla fue de Cuba -y no de la URSS- lo cual se sabe no es verdad.

 

Para Cuba, la operación Anadyr era ventajosa de cualquier manera, sobre todo para los efectos de garantizar la protección de la revolución. Por eso, y para comprometer a la URSS aún más, Castro propuso a Khrushchev que se anunciara públicamente el tratado de defensa mutua a firmarse entre los dos países, y que la URSS abiertamente enviara “armas defensivas” -incluyendo cohetes- a Cuba. De haberse hecho esto, EEUU no tenía bases legales para objetar a un tratado entre dos naciones soberanas como Cuba y la URSS. Khrushchev prefirió conducir Anadyr en secreto y confrontar a Kennedy con un fait acomplit.

 

Durante la Crisis, cuando los cohetes fueron descubiertos antes de estar emplazados, se lamentó de no haber aceptado la propuesta de Castro en mayo. Pero hay que considerar algo muy importante: Castro se creyó la desinformación rusa de que el poderío atómico de las dos superpotencias era similar -no obstante la admisión de Khrushchev de que se buscaba emparejar la ecuación estratégica entre los dos países. Es más, desde que Khrushchev primero amenazó a EEUU en el verano de 1961 con usar el poderío atómico ruso para proteger a Cuba de una invasión americana, Castro siempre estuvo convencido que la URSS no sólo tenía los medios para llevar a cabo esta amenaza, sino que también tenía la voluntad de usar sus cohetes estratégicos en contra de EEUU en caso de una invasión a Cuba. Por eso su enorme decepción cuando Khrushchev decidió retirar los cohetes de Cuba, sin siquiera consultarlo. Nunca perdonó a Khrushchev, y esto trajo grandes consecuencias en las relaciones futuras entre la URSS y Cuba. 

 

¿Qué fue la Operación Anadyr?  Ni más ni menos que un brillante plan ideado por Nikita Khrushchev para GANAR la Guerra Fría en noviembre de 1962. La apuesta más arriesgada y atrevida de un líder ruso supremamente confiado de que tenía dominado a John F. Kennedy, quien mansamente aceptaría la presencia de los cohetes nucleares rusos en Cuba,  a 90 millas de EEUU. La jugada final de un apostador de por vida, que veía en esta operación la única manera de igualar a EEUU en poderío atómico y de imponer su concepto de “coexistencia pacífica” a EEUU y al resto del mundo. En otras palabras, el sueño dorado de todos los líderes comunistas desde Lenin: la dominación de todo el mundo.

 

Esto es tan importante, que tiene que ser descrito en lujo de detalles y respaldado por la documentación definitiva sobre el asunto. Primero el plan de Operación Anadyr. Una vez obtenida la aprobación de Cuba para colocar cohetes rusos en su territorio, negociada por una misión de altos funcionarios soviéticos que viajaron a Cuba a fines de mayo, Khrushchev convocó la reunión final el 10 de junio, donde se aprobó el plan que sigue:

 

 Cuarenta cohetes nucleares en cinco regimientos, tres con cohetes de alcance medio R-12 y dos con cohetes de alcance intermedio R-14. Las dos categorías de cohetes podían llegar a casi todo EEUU, menos el noroeste y Alaska. La magnitud del plan se puede ver sabiendo que en 1962, la URSS sólo contaba con 20 lanzadores de cohetes intercontinentales, todos basados en territorio ruso, con sus descritos defectos. Para proteger los cohetes estratégicos, cuatro regimientos motorizados, dos batallones de tanques, un ala de MiG 21 de ataque, baterías antiaéreas  y doce grupos de cohetes tierra a aire (SAMs), con 144 lanzadores de cohetes.  Total de tropas: 50,874. Cuarenta y dos bombarderos ligeros Il-28, que podían llegar a Florida, con seis bombas nucleares. Y lo más importante y nunca detectado por la inteligencia de EEUU, dos regimientos de misiles crucero (cruise missiles) FKR, con ochenta misiles con cabezas atómicas diseñados para proteger las costas de Cuba de una invasión americana. 

 

También se contemplaba construir una base de submarinos nucleares, nunca antes vistos fuera de aguas territoriales rusas, con cohetes capaces de alcanzar a toda la costa este de EEUU. Finalmente, doce cohetes atómicos tácticos llamados Luna, con un alcance de 40 millas, para ser usados en Cuba en caso de una invasión de EEUU. Las cabezas nucleares variaban desde un megatón para los R-12, 14 kilotones para los misiles crucero, dos kilotones para los Lunas, y doce kilotones para los bombarderos Il-28. (Un megatón equivale a un millón de toneladas de TNT, un kilotón a 1,000 toneladas de TNT. La bomba que destruyó Hiroshima en Japón para terminar la Segunda Guerra Mundial tenía 15 kilotones).  Esto, pues, era Anadyr. [21]

 

Los autores Timothy Naftali y Aleksandr Fursenko, quienes habían publicado el hasta entonces definitivo libro sobre la Crisis One Hell of a Gamble (New York, Norton, 1997), fueron de los pocos que examinaron en detalle toda la documentación que se abrió de los archivos secretos rusos. Pero además de los archivos, para el libro Khrushchev’s Cold War, escrito casi diez años después, contaron con las notas de los dos taquígrafos presentes en las reuniones del  21 y 24 de mayo y del  12 de junio, el ya mencionado Ivanov y Vladimir Malin, jefe del Departamento General del Comité Central del Partido Comunista de la URSS. Al revisar la documentación abierta en los años 90 y las notas de Malin reveladas en 2003, los autores se convencieron que “Khrushchev vio los cohetes estratégicos nucleares como armas ofensivas primordialmente desplegados para establecer un balance de terror con EEUU”.[22]  Después de esto, ya no existe más nada desconocido sobre la Crisis de Octubre. Y la historia debe estar sumamente agradecida a estos grandes investigadores de haber armado todo el rompecabezas después de cuarenta y cuatro años: El plan maestro de Khrushchev para derrotar a EEUU, ganar la Guerra Fría y dominar al mundo.

 

Además de Añadir, el plan maestro de dominación ideado por Khrushchev contaba con dos elementos adicionales para producir la “sorpresa de noviembre”. Kennedy había sido avisado por un emisario “extraoficial”, el agente de la GRU (inteligencia militar rusa) Georgi Bolshakov, supuestamente un representante de la agencia noticiosa rusa TASS, de que Khrushchev no promulgaría ninguna iniciativa nueva, sobre todo acerca de Berlín, hasta después de las elecciones congresionales de noviembre de 1962.

 

Este mismo Bolshakov había sido preparado por la GRU para que estableciera una relación amistosa con Robert Kennedy, convenciendo al Fiscal General y hermano del Presidente que era mejor tener comunicaciones de canales “secundarios” (back channels) para llegar a Khrushchev más rápido y evadir a la burocracia del Ministerio de Relaciones Exteriores. Y así sucedió, con Bolshakov convirtiéndose en un buen amigo de Robert Kennedy hasta el punto de ser invitado muchos fines de semana a la casa de Robert en Hickory Hills, Virginia, donde participaba en todo tipo de actividades familiares con los hijos de Robert y en los acostumbrados juegos de “touch football”, de los Kennedy.

 

Es decir, un espía ruso de amigo personal del segundo hombre más poderoso en Washington.  Pero así eran los Kennedy, siempre supremamente confiados de que podían actuar en formas diferentes y siempre pensando que todo estaba bajo su absoluto control.

 

Después de las elecciones, sin embargo, y después que los cohetes estuvieran colocados en Cuba y listos para ser usados contra EEUU, Khrushchev planeaba viajar a Cuba, firmar un tratado de alianza y defensa mutua con Castro, y anunciar la presencia de cohetes estratégicos en la isla.

 

Finalmente, viajaría a New York, donde ante la ONU anunciaría el ultimátum definitivo sobre Berlín. La alternativa para EEUU era la aceptación de todo el “gran diseño” o la guerra. Khrushchev estaba convencido de cual sería la decisión de Kennedy: rendición incondicional.

 

Se la jugó, se equivocó, y perdió su gran apuesta para ganar la Guerra Fría de una tirada de los dados cósmicos.

 

(continuará)

 

NOTAS:

[1] Aleksander Fursenko and Timothy Naftali, Khrushchev’s Cold War (New York: W.W. Norton, 2006), p. 5.  Este discurso se mantuvo en secreto por más de 40 años, hasta que los autores lo descubrieron en un archivo controlado por la Oficina del Presidente de la Federación Rusa en 2003

[2] Ibid., pp. 132-137.  No podia haber estado más equivocado.  Aunque Francia se impresionó con la amenaza rusa, en los británicos no tuvo efecto.  Sólo la caída de la libra esterlina obligó al premier inglés Anthony Eden a retirarse de Suez.  Eisenhower, sintiéndose traicionado por Eden al lanzar la operación a sólo dias de la elección presidencial de 1956, rehusó apuntalar la libra esterlina y Eden se vio obligado a retirarse de Suez, seguido por los franceses y los israelíes.  Los americanos, quienes sabían que la USSR no contaba ni con bombarderos ni con cohetes capaces de alcanzar siquiera a Londres, hicieron caso omiso a las amenazas del líder soviético

[3] Estas citas y todo lo demás que sigue sobre la reunión de Viena está en el libro de Michael R. Beschloss, The Crisis Years: Kennedy and Khrushchev 1960-1963, (New York: Edward Burlingame Books, 1991), pp. 192-236. Pero todo el material viene de los archivos secretos y de las notas, minutas, memoranda y entrevistas celebradas entonces, que fueron hechas públicas, después de cuatro décadas, gracias al autor

[4] John T. Flynn, The Roosevelt Myth, (New York: Devin-Adair, 1948), pp. 351-360

[5] Beschloss, op. cit., pp. 223-24

[6] Ibid, p. 225

[7] Para una descripción del proyecto de los satélites CORONA, primero autorizado por Eisenhower, pero que hasta mayo de 1961 no produjo resultados concretos, ver Derek Leebert, The Fifty Year Wound, (Boston: Little, Brown, 2002), pp. 216-17. Este es un libro inprescindible para entender la Guerra Fría, quizás el mejor sobre el tema

[8] Fursenki and Naftali, op. cit., pp. 370-71

[9] Oleg Penkovsky, The Penkovskiy Papers, (Garden City: Doubleday, 1965), pp. 331-348

[10] Diego Trinidad, The Cuban Policy of the Kennedy Administration, unpublished dissertation (Houston: Rice University, 1971), p. 20

[11] Jorge A Sanguinetty, Cuba: Realidad y Destino ( Miami: Ediciones Universal, 2005) pp. 32-37

[12] Jesús Marzo Fernández, citando cifras de reportes de  la ONU y Ministerio de Comercio Interior de Cuba, en conversaciones con el autor durante 2007

[13] Fursenko y Naftali, op. cit., pp. 409-10

[14] Hugh Sidey, John F. Kennedy, President, (New York: Atheneum, 1964), p. 218

[15] Vladislav Zubok Y Constantne Pleshakov, Inside the Kremlin’s Cold War (Cambridge: Harvard University Press, 1995),  p. 263

[16] Ibid., p. 264

[17] La única versión de esta conversación la ofrece el Coronel General Dimitri Volkogonov en su libro The Rise and Fall of the Soviet Union (New York: Harper-Collins, Free Press, 1998), p. 236. Volkogonov, además de un excelente historiador con biografías de Lenin, Stalin y Trotsky en su haber, fue asesor principal del presidente ruso Boris Yeltsin y tuvo acceso exclusivo a los archivos políticos y militares durante la época comunista en la URSS y después bajo Yeltsin

[18] Todos los datos de esta reunión vienen de las minutas y conversaciones tomadas por dos taquígrafos rusos presentes. Fursenko y Naftali, op. cit., p. 435 y notas 78-86, p. 610

[19] Gromyko no era miembro del Presidium y no estaba presente en la reunión del 24 de mayo pero sí expresó su oposición al plan en privado a Khrushchev. General Anatoly Gribkov and General William Y. Smith, Operation Anadyr (Chicago: Edition Q., 1994), p.14

[20] Aleksandr Fursenko and Timothy Naftali, One Hell of a Gamble (New York: Norton, 1997), p. 188

[21] Aleksandr Fursenko and Timothy Naftali, Khrushchev’s Cold War (New York: Norton, 2006), p. 188

[22] Ibid., nota 80, p. 610