Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

«The Ugliest American»

 

Alejandro González Acosta, Ciudad de México, en Cubaencuentro

 

- I -

 

“Me parece gravísimo el que las ideas dominantes sobre Estados Unidos en el resto del mundo sean en tan gran proporción falsas: esto introduce un elemento de error en la vida entera del planeta, el cual vive, ya sólo por eso, aunque no tan sólo por eso, en estado de error”. Julián Marías.

 

De himnos y guarachas

 

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos de América emergió como el gran vencedor de la contienda. De haber sido “el tercero en disputa” (recordemos que en un principio la conflagración fue un “asunto europeo”, donde las Potencias del Eje se confabularon para agredir primero a Inglaterra y Francia, y luego a la Unión Soviética, en la búsqueda de un “espacio vital” propugnado desde la Primera Guerra Mundial o Gran Guerra), pasó a ser el gran protagonista de la historia mundial.

 

La política americana de suministrar trigo y otros alimentos a la naciente Rusia comunista, fue un gesto trascendente pero hoy olvidado. Así ocurrió también con la Ley de Préstamo y Arriendo que hizo aprobar en 1941 el presidente Roosevelt para apoyar el esfuerzo de guerra. Luego, el Plan Marshall (1948-1952) apoyó decisivamente la reconstrucción de Europa; de hecho, este European Recovery Program fue uno de los primeros intentos por lograr una comunidad económica en el Viejo Continente, ablandando las fronteras nacionales, que después dio origen a la Unión Europea actual. Los rusos, por su parte, que se negaron a aceptar el Plan Marshall por la adopción de medidas de liberalización que implicaba, para contrarrestar la creciente influencia norteamericana, crearon el llamado Plan Molotov que luego originó el COMECOM. Ya en los 60, bajo el gobierno de Kennedy, la Alianza para el Progreso que en América Latina quiso borrar la vieja política del Big Steak del primer Roosevelt, y reforzar la del Buen vecino del segundo, dieron paso después a los tratados regionales, como el NAFTA (hoy en precaria condición de incertidumbre), como respuesta económica y comercial a la demolición del Muro de Berlín.

 

La Alianza para el Progreso fue la respuesta estratégica norteamericana a la revolución cubana y paradójicamente, tuvo que aceptar lo planteado por el mismo Fulgencio Batista en su importante -y olvidado- discurso en la Conferencia de Presidentes Americanos de Panamá en 1956, donde llamó la atención de los sordos y cegatos EEUU de lo que estaba gestándose en América Latina.

 

Estados Unidos entró -o lo entraron- en el conflicto bélico, aunque la opinión pública norteamericana estaba muy distante de aprobar esa inclusión. Pero al terminar la guerra con la derrota de la Alemania nazi, la Italia fascista y finalmente el Japón imperial, Estados Unidos dominó la escena global como “El Gran Vigilante” del planeta, aunque competido por el activo y creciente imperio soviético: dos guerras anteriores lo habían no sólo persuadido sino indicado la conveniencia de actuar como tal, papel que después fue llamado peyorativamente “El Policía del Mundo”, pero cuando lo asumen es con general aplauso y aprobación, ante la amenaza del comunismo estalinista. La profecía de Woodrow Wilson en la Conferencia de Paz de París (1919) se había cumplido, y primero la Liga de las Naciones y después la Organización de las Naciones Unidas (concebida en torno a un principio de calidad del voto: aunque en principio iguales, algunos resultaron más iguales que los otros, como los del Consejo de Seguridad, el club más exclusivo de la historia humana), fueron creadas con el propósito primordial de impedir que se produjera otro conflicto mundial, aunque tropezaron con el creciente poderío ruso que plantó cara con su propia geopolítica, originando la llamada Guerra Fría, que fue, más que una confrontación bélica (aunque hubo algunas guerras) sobre todo un enfrentamiento ideológico y propagandístico: fue además la época de oro de los aparatos de inteligencia y espionaje.

 

Desde entonces prevaleció la pragmática geopolítica de las llamadas “guerra de baja intensidad”, que además servían para mantener activo el Complejo Militar Industrial (así definido por el propio Eisenhower), y su contrapartida en el bloque soviético, y un acomodamiento y balance perpetuo del planeta, cuyo antecedente y referente global más distante sería el Congreso de Viena (1814-1815), después de la gran prueba continental que supuso la aventura imperial de Napoleón I.

 

La Unión Soviética se convirtió en 1949 (22 de agosto) en el más temible de sus competidores, siguiendo sus huellas hasta en la producción de un arma atómica, que le permitió parangonarse con las que Estados Unidos había lanzado en 1945 contra dos ciudades del Japón, reticente todavía a rendirse, y así apresurar el ya muy dilatado final inevitable de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, que los kamikazes samuráis de Hirohito se negaban tozudamente a aceptar, después de haberla iniciado con el inicuo ataque traicionero contra Pearl Harbor, “una fecha que vivirá en la historia de la infamia”, y que, como advirtió el sabio almirante nipón Isoruko Yamamoto, “despertó al león”… Y es que ese león, desde los cargadores de té de Boston para acá, aunque suele dormitar, también se despereza si lo molestan.

 

Pero también a partir de ese momento se produjo una reacción de honda visceralidad y se fortaleció el “antiyanquismo” (que ciertamente provenía desde mucho antes) en su forma más desarrollada y activa: hablar mal, criticar, y hasta burlarse de EEUU, se volvió parte de una moda acrítica, numerosas veces impulsada por algunos norteamericanos. Unos por envidia y otros por temor, muchos se incorporaron a esta corriente, incluidos algunos de los más señalados beneficiarios del “injerencismo yanqui”, como el propio De Gaulle en Francia, o los líderes del después llamado Tercer Mundo, y que se agruparon finalmente en el muy desajustado y residuario Movimiento de los Países No Alineados (1955 y 1961). La Guerra de Corea (1950-1953) y luego la de Vietnam (1955-1975), fueron secuelas de la conflagración mundial anterior, y en ambas entró Estados Unidos asumiendo un papel hegemónico, aunque con motivaciones diferentes: la primera fue una consecuencia de la toma del poder en China por los comunistas de Mao, y la segunda resultó una inesperada herencia de los volubles franceses, que pretendían sostener sus colonias en Indochina. Nadie ha explicado mejor ese sentimiento antiyanqui que Carlos Rangel, en su imprescindible y temprano Del buen salvaje al buen revolucionario (1976).

 

En medio de ese ambiente de Guerra Fría, Guerra Tibia y Guerra Caliente, que de todo hubo, sucede el llamado “Triunfo de la Revolución Cubana” el 1 de enero de 1959. Y su entonces líder principal (luego único, cuando fueron desapareciendo los demás, por diversas causas), se inclinó hacia la única ideología que entonces le garantizaba su anhelo máximo de poder perpetuo, alentado desde su tierna niñez: como ya no había fascismo y era mal visto (aunque conocía bien los textos de algunos de sus ideólogos, como Hitler, Mussolini, Malaparte y Primo de Rivera), entonces fue el comunismo la línea a seguir: sorpresivamente para muchos, se declaró “marxista-leninista desde siempre y hasta el fin de sus días”, pero ya con la riendas del poder firmemente aseguradas en sus manos. Tiró las medallas religiosas, los collares de santería y los escapularios con los que se adornaba al bajar de la Sierra Maestra: su madre Lina Ruz González (1903-1963) murió del disgusto, apenas a los 60 años. El mismo día de su fallecimiento (6 de agosto), el todopoderoso hijo expropió la finca donde vivía, “para su Revolución”.

 

Una de sus más cercanas colaboradoras en esta época, tan próxima como la incondicional Celia Sánchez y quizá más en esa etapa, fue la luchadora de antigua solera (viuda de Pablo de la Torriente Brau) Teté Casuso (Teresa Casuso Morín; Madruga, 1912 – Miami 1994), una gran borrada de la historia oficial revolucionaria, quien percibió de inmediato no sólo el mal sino el origen, y precisó el diagnóstico: incurable. Fidel Castro era un dictador nato, total, convencido, monolítico. Y digna y valientemente se separó de él, renunciando como Embajadora de Cuba ante la ONU el 13 de octubre de 1960 (mucho antes que él se quitara la careta democrática), dejando su estremecedor testimonio Castro and Cuba (Nueva York, Random House, 1961; Barcelona, Plaza y Janés, 1963), donde declaraba que para aquel lo primero era el poder, bajo cualquier signo, porque era un ser carente de ideología, que se mimetizaba convenencieramente como un corpulento Zelig tropical. Así lo vio poco después el propio Woody Allen en Bananas y su esperpéntica representación del barbudo dictador caribeño. Esto se lo guardaron rencorosamente al judío niuyorkino: en Cuba no se exhibieron durante muchos años los filmes de Allen, sólo hasta fecha muy cercana.

 

Pero el pueblo y sus persuasores -los artistas, y muy especialmente los músicos en una nación eminentemente rítmica como la cubana- apoyaron decisivamente para que el encantamiento fuera no sólo absoluto y triunfante sino, además, bailable: cuando el jovial encuentro en New York del premier soviético y el líder cubano disparó las alarmas, los cumbancheros cubiches asumieron jubilosamente una pegajosa guarachita creada por un colombiano[1]: “Dicen los americanos, que Fidel es comunista (se repite), y eso qué tiene que ver, si Nikita es fidelista: Cuba sí, Cuba sí, Cuba sí y yankees no”. Esa tonadita inicial después devino himno triunfante y retador. Poco después, se sumó al coro el criollísimo Carlos Puebla con “Llegó el Comandante y mandó a parar”… Lo que no precisó es que lo que detenía era el país completo, sumiéndolo en la inopia hasta hoy. Y, sotto voce y de profundis, al fondo Nicolás Guillén declamaba con su voz potente “Tengo, vamos a ver…”, poema que sin dudas debe estar prohibidísimo en la Cuba actual. Como ha percibido agudamente Néstor Díaz de Villegas, la famosa “revolución” no ha sido otra cosa que un gigantesco performance, más que tropical, tropicanesco.[2]

 

Y, en efecto, aquella fue la guaracha profética: luego, en la primera coyuntura propicia, como había advertido Casuso tempranamente, el Golem se quitó el antifaz y se declaró -y, de paso, sin molestarse por el nimio detalle de una consulta plebiscitaria, nos declaró a todos (nacidos y por nacer) de igual condición a la suya per seculam seculorum y, además, irreversible- comunista hasta la muerte. Y así estamos todavía, sufriendo aún aquella pegajosa y cumbanchera guarachita.

 

El americano feo

 

Precisamente en esos años, dos periodistas norteamericanos con experiencia diplomática y militar, publicaron un libro que se convirtió rápidamente en un éxito de ventas; tanto, que hasta el propio John F. Kennedy lo obsequió a los miembros del Congreso, para reorientar la política exterior estadunidense: The Ugly American (New York, Norton, 1958), de Eugene Burdick y William Lederer. Era una novela política formada por distintas viñetas alusivas, y que se desarrollaba en una misión norteamericana en un país llamado “Sarkhan”, que lo mismo podía ser Viet Nam que cualquier otro de Indochina donde estaba presente Estados Unidos. Quizá esta obra fue una respuesta a otro libro publicado poco antes por un famoso escritor inglés, Graham Greene: The Quiet American (1955), insoportablemente británico, católico y snob, quien disfrutaba con intenso placer burlarse de todo lo norteamericano. Dos años después de El americano feo, el sociólogo C. Wright Mills publicaría su intenso ¡Escucha, yanqui! (Listen, yankee!, 1960), que sería otra alerta hacia el sur del continente americano, pero mucho más terminante.

 

Burdick y Lederer mostraban la ineficacia de los esfuerzos norteamericanos por mejorar su imagen y difundir lo positivo de su presencia internacional pues, a pesar de todos sus buenos deseos, tropezaban repetidamente con una torpeza casi congénita. En The Ugly American, los autores exponen que para los norteamericanos no bastaba ser buenos: debían demostrarlo convincentemente. Esa novela era una inteligente llamada de atención hacia la errónea política exterior norteamericana, y fue muy vendido, pero al parecer poco seguido. Estados Unidos continuó siendo, a escala planetaria, el villano predilecto. Y no ha cambiado mucho de entonces para acá.

 

Pero ese odio visceral, ese ataque constante, ese recelo permanente contra todo lo norteamericano, logró con el tiempo, el tino de sus propulsores y la hábil persistencia, persuadir hasta una parte importante del propio Estados Unidos y quebrar la imagen edulcorada que de ellos mismos tenían los estadounidenses. Para colmo, cuando en el hemisferio occidental muchos estaban desayunando el 11 de septiembre de 2001, un par de aviones se estrelló contra dos torres emblemáticas en Nueva York, causando más muertos que en Pearl Harbor, y además por primera vez en su propio territorio continental. Se había cumplido por fin la inocente profecía de Enrique Jardiel Poncela.[3] Y la respuesta asombrada fue preguntarse: “¿Por qué nos odian tanto?”.

 

En realidad, debieron quizá cuestionarse también “¿por qué nos odiamos tanto?”, pues desde mucho antes en los propios medios estadunidenses, en las universidades estadunidenses, y con profesores, ideólogos, periodistas y opinadores estadunidenses, estaban llamando desesperadamente a que los odiaran: el odio, como el amor, comienza por casa, decían. Y salían alegremente irresponsables los Noam Chomsky y otros odiadores profesionales en una sucesión ininterrumpida, que llega hoy hasta un grotesco Michael Moore, un patético Sean Penn, y un contradictorio y permanentemente alucinado Oliver Stone (¿será stunt?), pidiendo “por favor, golpéennos, hágannos sufrir”.

 

Entonces, cuando vieron desplomarse las Twin Towers los norteamericanos quisieron que los amaran de nuevo, como en aquellos fugaces días de finales de la Segunda Guerra Mundial, y decidieron elegir a un impensable político pero simpático, risueño y hasta bailador mulato, que por ser ajeno hasta había nacido (así dicen) en una porción insular del país, en la reciente colonia incorporada de Hawai. Tanto pidieron esos que el mundo los amara, que se olvidaron de quererse ellos, el principal mandato cristiano: ama a los demás como a ti mismo.

 

Funcionó entonces un complejo culposo, una cierta conciencia negra aliviada por el tono crepuscular de la piel de su nuevo mandatario. Pero esa culpabilidad asumida fue el resultado de un largo proceso de sutil persuasión, manipulación y adoctrinamiento, en lo que colaboró de forma estrecha y decisiva todo lo que involucra el mundo de Hollywood, esa “máquina de hacer sueños” manejada por tantos diligentes y capaces operarios.

 

Pero tampoco les funcionó. Y por querer agradar a los demás, esa parte de América decidida a que la amaran a cualquier precio se olvidó de la otra, la del reservado, laborioso, productivo y melancólico americano feo, que es quien suele poner los soldados en todas sus guerras, y no el elegante graduado de Harvard, Yale o Princeton, a quien preparan para que opine de todo, y que generalmente queda en la retaguardia, como flamante “capitán araña”.

 

El americano más feo

 

Y finalmente, después de un largo sopor y aunque pensaron que ya no existía, ahí seguía ese americano feo (the ugly american), cuando levantó su cabeza de nuevo, como lo hizo en Normandía, en Guadalcanal, en Bunker Hill, Charleston, Saratoga, Yorktown y en la Loma de San Juan: aquí estoy, dijo con fuerte, alta y clara voz. Y “logró lo que imposible parecía”: colocar en el primer puesto de mando al americano más feo de todos, the ugliest american, pero que les habló claro, y directo al rostro para decirles rudamente y sin asomo de tacto o delicadeza: “Estamos mal y si seguimos así estaremos peor. Y si a pesar de todo lo que hacemos no nos quieren, entonces que nos teman”.

 

A los incautos y exaltados hay que advertir que Trump no es la enfermedad: es el síntoma. La causa de su ascenso es mucho más profunda, y se encuentra en las hasta entonces calladas, sufridas y pacientes multitudes (rurales y fabriles), que hartas de no ser tomadas en cuenta, salieron masivamente a votar como no lo hacían desde hace más de 40 años, contradiciendo todos los pronósticos, descalificando todas las encuestas, ridiculizando a los más preclaros especialistas. Como nadie contaba con esto, tomaron a todos por sorpresa, en primer lugar, a los partidos políticos -los dos-, a las encuestadoras y los medios de comunicación. La voz de la América profunda habló y de qué manera. Y se entendió entonces que como dijeron resignada y melancólicamente hace años dos españoles, “el futuro ya no es lo que era”.[4] En realidad, cada día lo es menos. Quizá esta sorpresa marque no un suceso aislado sino el síntoma de algo mucho más profundo, el principio del fin de “lo políticamente correcto”, el cual, aunque así lo criticaba, pretendió imponerse como “pensamiento único”. Podrá gustarnos o no, convenirnos o no, la elección realizada por los norteamericanos de acuerdo con su peculiar, establecido, antiguo y aceptado sistema de votación, pero es un hecho que hay que aceptar no sólo por irreversible -a pesar de los pataleos de malos perdedores sorprendidos en su falsa confianza del triunfo fácil- sino porque (como mismo pedimos que ellos hagan con nosotros) se debe respetar la voluntad de aquellos que les corresponde decidir: el pueblo americano habló. People spoked.

 

El Tea Party (2009) y todavía antes Ross Perot (1992 y 1996), aunque ya casi nadie los menciona, y menos aún los frustrados opinadores y todavía menos las desacreditadas encuestadoras, fueron tempranos avisos de lo que venía, de aquello que estaba germinando en un creciente sector de la sociedad norteamericana. Todo esto que vemos hoy viene de muy atrás. Los risueños liberales no vieron o no quisieron ver lo que se acercaba, y siguieron forzando la partida, gobernando en el período más reciente de Obama, al mejor estilo de las republiquitas bananeras subdesarrolladas, por decretazos. Trump, por el contrario, cambió la corrección por la sinceridad y en el fondo de su discurso el mensaje es tan claro como el de William Wallace, el héroe escocés interpretado por Mel Gibson, cuando lo suplician: Freedom. Libertad, decir “mi” verdad, aunque sea incorrecta y hasta esté equivocado. Porque, además, los conceptos de bueno y malo son muy relativos y cambiantes: muchas veces lo que ayer era pernicioso hoy es benéfico. Y le funcionó. Logró la empatía con esa mayoría silenciosa y olvidada. Ahora sólo queda esperar -y reaccionar respetuosa, sensata e inteligentemente- a ver qué saldrá de todo esto. Hoy 20 de enero se rompió el corojo: así que ya lo sabremos, malgré tout. Desde que a las 12 del día y 15 segundos (Hora del Este), cuando terminó su juramento, Donald John Trump es el Presidente 45 de Estados Unidos de América.

 

 

- I I -

 

“No tengo ideología, porque tengo biblioteca”. Arturo Pérez Reverte.

 

El punto de equilibrio

 

Una de las lecciones que ha dejado la historia más reciente del mundo, después de tantas guerras y revoluciones que asolaron el siglo XX y lo que va del XXI, es que los pueblos como comunidades humanas, disfrutan de mayor estabilidad -que es una premisa para la ansiada “felicidad”- cuanto más cerca están de la esencia de la condición humana: mientras más humanos se aceptan, con todas sus limitaciones, virtudes, cualidades y defectos, más dichosos son. El conflicto y el trauma proceden de la negación de esa esencia.

 

La mayor parte de los conflictos actuales tienen su origen en las famosas “ideologías” (que son, precisamente, creaciones artificiales resultado de las lucubraciones de los “ideólogos”, quienes adolecen del arrogante vicio de la predicción, siempre o generalmente fallida), las cuales jalonean hacia un extremo u otro del espectro político, que hemos convenido en llamar, por decirle facilonamente de algún modo, “izquierda” y “derecha”, y cuyo origen se remonta apenas a finales del siglo XVIII, cuando dependió fortuitamente de la ocurrencia de dónde eligieron sentarse los miembros del parlamento francés o Estados Generales, en una cancha de tenis como improvisada convención.

 

Esos emocionantes, pero no por eso menos engañosos “cantos de sirenas”, terminaron por fracasar estrepitosamente, y ningún “ideólogo” se ha sentido todavía en la obligación moral de solicitar perdón por su irresponsable arenga movilizatoria. De haber sido así, en la lápida del cementerio londinense de Highgate donde reposa Karl Mark (aquel que, en palabras de su incondicional amigo y generoso patrocinador Engels, “fue grande porque descubrió que antes que pensar los hombres deben comer y vestirse…” gran descubrimiento, por cierto aunque los mismos comunistas suelen olvidarlo), deberían en vez del “uníos” que dedica a todos los proletarios del mundo, poner una sencilla y lacónica palabra: “Perdonadme”…

 

Todas las peregrinas ocurrencias sobre el “hombre nuevo”, de origen apocalíptico y milenarista, utopía distópica abrazada igualmente por los fundamentalismos de varias épocas, lo mismo religiosos (cristianos o musulmanes, por citar sólo dos), que ideológicos (comunistas y nazis[5]), se han derrumbado. La Inquisición de Torquemada, la Gestapo de Himmler, la Checa de Dzerzhinsky y el G-2 ñicolopista y guevarista, han fracasado estrepitosamente en su propósito “creador”, aunque en su momento hayan prevalecido durante un tiempo mediante la fuerza, la imposición, la tortura y el terror. “Lo peor de algunas utopías -decía sabiamente Berdiaev- es que pueden hacerse realidad”.

 

Causa cierto asombro que al enfrentarse con la posibilidad real de morir, Fidel Castro no aprovechó la oportunidad -como otros gobernantes a través de la historia- de dejar un testamento personal destinado a ese posible “hombre nuevo”. No me refiero, claro, al prontuario ahora difundido hasta la náusea de “ser revolucionario”, pues eso es panfleto y folleto político, sino a la ocasión de legar su mensaje humano, su postrera lección como un simple ser mortal… Extraña que un hombre tan obsesionado con la Historia haya pasado por alto -y que nadie se lo haya recordado- semejante gesto trascendente. Su partida fue gris, anodina. El armón encangrejado y el seboruco monolítico son apenas la culminación de un grotesco espectáculo que comenzó con el desfile falsamente compungido ante una foto, sin “cuerpo presente”, ni siquiera la urnita con sus supuestas cenizas. Fue su última burla para un pueblo al que en el fondo despreciaba profundamente.

 

Los pueblos son más dichosos en la medida que se alejan menos de ese “centro de equilibrio”, que responde auténtica y coherentemente a sus intereses y necesidades como animales racionales (así nos calificó Aristóteles, para cualquier posible reclamación). Ese es el antiguo concepto llamado derecho natural, que es la expresión más auténtica y desnuda de afeites de su esencia humana. O dicho en una sola palabra, La Verdad, lo cual nos hace volver otra vez a los clásicos, esos impertérritos guardianes de la sabiduría desde la antigüedad, expresado en el lema de la máxima perfección, según Platón en La República: lo bueno, lo útil y lo bello. Cuanto se ha dicho después sobre el tema, es su glosa, quizá sin anotar la referencia.

 

Cuando ese difícil equilibrio se quiebra -generalmente por decisiones humanas animadas por pasiones individuales y sujetas a programas ideológicos- a la larga se paga un enorme precio de sufrimiento, dolor y tristezas, aunque en el momento de la ruptura se muestre un estado de euforia irresponsable, un bombardeo de endorfinas desatadas, que hace proferir insensateces como “paredón, paredón”, “elecciones para qué”, “pa’lo que sea, pa’lo que sea”, “comandante en jefe, ordene”, y otros desatinos suicidas, los cuales se olvidan prontamente cuando se restablece el equilibrio hormonal en los organismos saludables (hay otros que están muy enfermos, sin curación posible, pero de estos no hablo ahora). Esos momentos de locura colectiva transitoria se conocen también como “revoluciones”, pero tienen una secuela imborrable, generalmente irreversible.

 

Todos los “asaltos al Cielo” han terminado con la caída y el derrumbe. Los “revolucionarios” exaltados han terminado, como Ícaro, precipitándose a la caída y la muerte… arrastrando con frecuencia a sus seguidores más fervorosos. Compulsados por los extremos, los seres humanos suelen moverse, como dijo el gran poeta cubano Emilio Ballagas, “del azafrán al lirio”, o según decreta la sabiduría popular, “de palo pa’ rumba”.

 

Quizá la excepción más gloriosa y ejemplar de esa nefasta relación sea precisamente la Revolución de las Trece Colonias de 1776, pero sobre todo porque tuvieron muy presente la condición humana para elaborar su proyecto de nación. Aunque en la Declaración de los Derechos preparada en Virginia el 12 de Junio de 1776 sus autores señalaban entre otros puntos el derecho “a la búsqueda y obtención de la felicidad”, poco después, el 4 de julio del mismo año, en la Declaración de Independencia, los redactores -seguramente los atinados Jefferson y Franklin- ya había advertido el despropósito de garantizar lo imposible, y sólo dejaron “la búsqueda de la felicidad”, es decir, la ley permitía buscarla pero no garantizaba encontrarla, con un hondo sentido de comprensión de la condición y la realidad humanas. Ese sentido común prevalece en los documentos fundacionales de la nación y resultan su base más sólida y estable. Aceptaron lo que había y a partir de ahí construyeron, pero no quisieron edificar una estructura ficticia sobre bases irreales ni se propusieron crear un “hombre nuevo” sino sólo “un buen ciudadano” aceptable.

 

Finalmente, en el mundo actual ha influido mucho más la tecnología que la ideología en esa utopía del “hombre nuevo”. Los jóvenes de hoy están más cercanos a una noción de lo que podría ser (para bien o para mal) ese preconizado hombre nuevo, por contraste con sus antecesores, pero lo han logrado no con los manuales sino con los gadgets. En la misma medida que los humanos se mantienen más próximos a ese “centro natural” no son necesariamente más felices, sino más plenos, precisamente porque son más humanos. O como dijo aquel filósofo-presidente español, Don Manuel Azaña: “La libertad no hace ni más ni menos felices a los hombres. Los hace, sencillamente, hombres”.

 

Por eso retomo lo que antes dije, que Trump no es la enfermedad, sino el síntoma, de una sociedad que en una gran parte se sintió forzada hacia un límite que no aceptó como “natural”, y asumió esto como algo violatorio de sus derechos sagrados (en su Constitución se invoca a Dios y en su moneda también), y expresaron con su voto de peso definitorio su firme deseo de regresar a ese centro en el que estaban antes que empezara la orgía de una conga que los llevó a los bordes de la siniestra izquierda; de nuevo a ese espacio violado, que resultó irresponsable y poco dosificadamente alterado por una acción ideológica -no natural- hacia lo “políticamente correcto”, pero de forma artificial: su propia reversibilidad exhibe y demuestra esa misma artificialidad. Los estrategas de lo correcto fueron orfebres fallidos, aprendices de mago que después no supieron qué hacer con las fuerzas que habían convocado, con sus temerarias acciones desde la superestructura manipulable (sospecho que desde Highgate Marx sonríe complacido), pero nunca por un auténtico cambio NATURAL y PROGRESIVO, como parte de la propia EVOLUCIÓN, en la base estructural. Y como resultado de todo esto, en su decisiva mayoría efectiva (la de los votos electorales), los americanos se cansaron de ser “buenistas”.

 

Ahora, según todo indica, van a ser, sobre todo, americanos. Y al elegir a Trump no les importó que los llamaran “feos” porque ya están dispuestos anímicamente para ser, además, “feísimos”.

 

Fueron numerosos años de incomprensión y de torpeza de muchos en el mundo. Animados quizá por un complejo de inferioridad y además con la innata capacidad humana para la ingratitud, demasiado le negaron a Estados Unidos su papel salvador en numerosas ocasiones y hasta falsearon su historia y sus motivos. Todas las ayudas fueron minimizadas, desvirtuadas y finalmente silenciadas y olvidadas. Se hartaron, o como dijo Nicolás Guillén, “me canso, dice mi abuelo blanco; me muero, dice mi abuelo negro…” Porque, por cierto, los opinócratas olvidan (y quieren que olvidemos) que gran parte de los votos que recibió Trump, procedieron de esa América Negra tan olvidada y preterida.

Volviendo al principio, en la Segunda Guerra Mundial murieron alrededor de 220.000 norteamericanos en una guerra que inicialmente no era de ellos -los metieron- y de esos, 9.387 soldados cayeron en las playas de Normandía. Sin embargo, un joven general francés algún tiempo después, se permitió la indelicada observación en un cónclave de la OTAN -¿dónde quedó la finesse gala?- de sugerir que los americanos habían ido a Francia para apoderarse de su territorio. El veterano general americano Colin Powell, cuando escuchó esto, le soltó de inmediato: “La única tierra francesa que hemos reclamado para nosotros en este país es la que ocupan las tumbas de nuestros soldados, que murieron para defender el derecho de Francia a ser libre. Esa es la única tierra que nos pertenece.” Y Powell no es un wasp, que digamos…

 

Esta incomprensión y tanta ingratitud, han terminado por cansar a los americanos: ya estuvo bueno, dijeron.

 

Las despedidas son tristes

 

Aunque cronológicamente ha durado lo mismo que las otras anteriores, esta despedida presidencial de ahora fue al parecer la más “larga” y azarosa de la historia americana, con los contendientes golpeándose hasta el último minuto. Esta transición de un gobierno a otro ha ocurrido en medio de múltiples tropiezos y zancadillas. Tal parece que como ya no podían triunfar por knockout ante un resultado irreversible, buscaron ganar por puntos. Es evidente que en Estados Unidos hoy prevalecen demasiada crispación y tirantez y se han transgredido las normas habituales. Ante esto se impone urgentemente la sensatez y la moderación.

 

Gran parte de la responsabilidad de esta cargada atmósfera la tienen los medios de comunicación y no precisamente desde ahora sino desde mucho antes, pues han asumido un progresivo escalamiento de agresividad. Si bien es cierto que la masividad de los medios permite hoy que absolutamente todo sea opinable y cuestionado, también existe poco discernimiento de la validez y certidumbre de las informaciones. Comunicólogos como Marshall McLuhan y Umberto Eco advirtieron de esto hace tiempo, a partir de observaciones y reflexiones muy atinadas y que adquieren plena vigencia.

 

En esa progresiva crispación general los medios han ocupado un lugar importante, además, porque hace un buen rato que no intentan presumir de la imparcialidad ni la objetividad de otros tiempos. Hoy juegan con todo lo que tienen y se lanzan a fondo. Toman partido abiertamente sin el mínimo rubor y sus redacciones y oficinas en muchos casos se han convertidos en war room de campañas políticas de todos los niveles. Cada medio tiene “su candidato” y no lo niegan.

 

Y esto no es algo nuevo: ya en tiempos de George W. Bush (y aún antes, con su padre) una gran parte de la prensa se dedicó desembozadamente a ridiculizarlo para quebrar la solidez de la institución presidencial, aliándose sin darse cuenta (quiero suponerlo así), con los siempre vigilantes enemigos de América. Ese ataque cerril debilitó la cortina protectora del país ante sus adversarios. La prensa se ensañó con él desde muy temprano: además de recordar insistente e indelicadamente un pasado de excesos alcohólicos como playboy, acudieron hasta a las asociaciones fraternales universitarias a las que habían pertenecido su padre y él mismo, como Skull & Bones. Nada se le perdonó y sí mucho se le inventó.

 

Obama, en cambio, desde el principio de su meteórica carrera ha gozado de un trato preferencial por la mayor parte de la prensa: siempre lo muestran por su lado más fotogénico, y escogen las imágenes más conmovedoras para presentarlo al pueblo.

 

Si Obama es lírico, Trump es épico: dos estilos totalmente diferentes. Basta comparar sus respectivos discursos cuando juraron el cargo para comprobarlo. A Barack se la ha llegado a llamar Poeta. A Donald, en cambio, se le reconoce como un Guerrero: Homero y Aquiles, enfrentados.

 

Durante esta transición tan ardua, puede apreciarse mejor por contraste la estatura de Bush. A pesar de sus limitaciones reales o ficticias, al menos Bush demostró en su momento un adecuado talante de buen perdedor, con más clase y elegancia que el saliente Obama, conservando sobre todo la dignidad de la institución presidencial. Cuando el resultado de las elecciones fue desfavorable para su candidato, no armó perretas ni amenazó con desatar sus rayos y centellas, sino que republicanamente aceptó el mandato expresado por la voz popular, y dispuso todo para que el traspaso se realizara serena y ordenadamente; también desplegó numerosos detalles de elemental cortesía junto con su esposa Laura, para recibir adecuadamente a los ocupantes sucesores en The White House. Hoy mismo se mantiene en un decoroso retiro, alejado de la política, cuidadoso de no entorpecer con alguna declaración imprudente al mandatario en curso, lo mismo que su padre de muy avanzada edad. Su atildada presencia en la tribuna hoy sirvió además para disculpar la ausencia de su padre en condición delicada.

 

Obama, en cambio, en su turno de ceder el sitial, ha resultado por el contrario la antípoda de Bush. Ya ha declarado -advertido- que se mantendrá activo y vigilante, custodiando no sólo su “legado” sino la misma democracia, que a partir de sus perturbadoras palabras puede suponerse está en peligro, lo cual es un indicador preocupante.

 

Debe apreciarse que hasta en el momento de ceder el poder, hay un estilo muy diferente entre los expresidentes demócratas y republicanos: los primeros asumen un activismo que expresa su añoración por el poder, desde Carter en adelante; mientras que los republicanos adoptan un discreto segundo plano, y se retiran prudentemente de la escena política, escribiendo sus memorias y compartiendo con amigos los “buenos tiempos” en tranquilas veladas particulares. Al dejar la silla presidencial, los demócratas no ocultan que la añoran y los republicanos más bien se sienten aliviados. Unos se resignan a que su tiempo pasó, y los otros suspiran y pretenden revivirlo y prolongarlo.

 

El relativismo que impera en la vida contemporánea -rasgo señalado por líderes como el mismo Papa Francisco- también está presente en la política. Hoy, y no sólo en Estados Unidos, el resultado de las elecciones suele desconocerse si no coincide con los deseos de algunos participantes en la contienda, y nunca faltan argumentos de diversa solidez para cuestionar su misma legitimidad. Pero esto, siendo tan grave, apenas es advertido y menos señalado. Antes había al menos mejores perdedores, que responsablemente aceptaban: dura lex; sed lex. Sin duda esta es una frase muy superada en los tiempos de hoy.

 

Si alguien no entiende esto muy bien es el saliente presidente americano Barack Obama. Sus múltiples “despedidas” lacrimosas y lacrimógenas, son parte de un dilatado finali operístico con mucho de miserere. “Quien mucho se despide, pocas ganas tiene de irse”, decía mi abuelo.

 

En cada palabra de sus numerosas despedidas (no recuerdo otro que se despidiera tanto), Obama se mostró desembozadamente decidido a “convertir el revés en victoria”. Todo parece indicar -lo ha jurado- que seguirá activo y presente en la política americana, cual una suerte de atento vigilante, una condensación de la “conciencia nacional”, un minuteman avizor, como una potencia ética.

 

¿Aprendieron algo de todo esto los medios y sus subsidiarias, las encuestadoras? Tal parece que no. Si de algo ha servido todo esto es para mostrar hasta dónde puede llegar la prensa en las condiciones de la más amplia libertad posible: han llegado hasta a sugerir el asesinato del recién investido mandatario, algo inconcebible en Estados Unidos. Los medios parecen decir que ellos están en lo cierto y que quienes se equivocaron fueron los lectores y los electores, lo cual, aunque es probable, ya fue. Uno puede expresar lo que hubiera deseado, pero no cuestionar lo que ya ocurrió. Aunque el margen es amplio, no todo es opinable en la vida: la Ley de la Gravedad es una de ellas.

 

Los simpatizantes demócratas han sido buenos luchadores -hasta el último minuto- pero pésimos perdedores, lo cual se vale en las condiciones de una democracia, pero como dijo aquel filme cubano de 1984 dirigido por Tomás Gutiérrez Alea, “hasta cierto punto”. Estas son sin dudas las elecciones más ríspidas en la historia americana reciente. Los perdedores continúan neciamente imperturbables en su línea de combate, sin un mea culpa o al menos una disculpa: Game is over.

 

También otro de los saldos que ha dejado esta contienda es un evidente desgaste de las palabras: con grave irresponsabilidad y extrema ligereza, lo mismo se ha llamado comunista a Obama que fascista a Trump. Como en toda guerra, y ésta lo ha sido, con palabras como granadas de fragmentación, la primera víctima ha sido la verdad. Sin embargo, NO es cierto que all is well in love and war: hay límites, aquellos que marcan la prudencia y la aceptación de las reglas en un fair play.

 

Y esa evidente y chocante visceralidad de la despedida, ocupado minuciosa y obsesivamente de sembrarle piedritas en el camino al inesperado vencedor, indica y demuestra que con toda probabilidad ya había previamente una agenda establecida para que los mandatos que se gestionaban a favor de Hillary Rodham Clinton, resultarían parte de una rocambolesca continuación del obamato en su secuela III y IV. Pero “el pueblo habló” fuerte y claro, y la pretendida excusa que ahora esgrimen los derrotados y fracasados estrategas del Partido Demócrata de que, aceptando a regañadientes, “fue porque Hillary era una mala candidata”, además del plañidero recurso del pataleo, indica que a pesar de la complicidad casi unánime de los medios, de un activísimo y talentoso Hollywood con todos los recursos disponibles que ahora es el Ministerio de Propaganda gobbeliano pero sin el éxito del alemán, el pueblo parece ser más listo de lo que ellos creían. Esa sugerida falta de idoneidad de la candidata previamente seleccionada y luego derrotada, no puede explicar por qué la debacle se extendió también al Congreso, la mayoría de los estados y numerosas alcaldías importantes.

 

Por lo que estamos presenciando con cierto azoro en la febril actividad de Obama en su despedida, todo parece indicar que América se libró además de una dictadura potencial progresiva manipulada desde los medios, difícilmente compatible con las instituciones establecidas. Hubo un tratamiento muy diferente y para nada imparcial no sólo con Trump sino desde mucho antes, con George H. W. Bush Senior; a éste tampoco se le perdonó nada: por ejemplo, cuando ingenuamente reveló que no le gustaba el brócoli se armó una campaña nacional, como si hubiera confesado un crimen imperdonable, y se le motejó casi de traidor a la patria y de pervertidor de la infancia norteamericana. No satisfechos con adulterar y exagerar, los medios también acudieron a la mentira y la falsificación, como aquella imagen trucada de su hijo también presidente, donde se le mostraba leyendo un periódico invertido. Todo lo que decía era convertido en polémica y finalmente en burla. La campaña más reciente reafirmó esta tendencia y hasta la acentuó.

 

Con Obama, sin embargo, el encantamiento enamorado fue instantáneo y poderoso: todo se le celebraba y enaltecía. Su pose fotogénica, sus escapadas a comer hamburguesas, y su actitud sumisa hacia su esposa eran destacadas y reiteradas, pero se borraron rápidamente sus meteduras de pata, como aquella estruendosa que protagonizó en el Palacio de Buckingham, y que mereció que la propia reina de Inglaterra le reprendiera suave y cortésmente.

 

Los todopoderosos druidas del encantado “Bosque Sagrado” (Holly-Wood) decretaron que era el indicado, “El Elegido” de una poderosa Matrix contemporánea, echaron a andar su poderosa maquinaria, y les funcionó un par de veces. Pero a la tercera fue la vencida: con Trump no resultó, pues los escarmentados votantes ya habían sospechado el engaño y la taimada manipulación. Ahora Hollywood llora desconsolado la pérdida de sus prebendas y su placentero acceso al poder. Ya no tendrán el versallesco derecho de picaporte en The White House: tendrán que formarse como cualquier otro visitante. Como un ejemplo exitoso de su desempeño, hacía muchos años que los druidas del celuloide habían ido preparando subliminalmente a Estados Unidos para un presidente negro, desde Morgan Freeman y Danny Glover hasta Jamie Foxx. Y ya estaban preparando también a la candidata, Mrs. President…

 

Los políticos, en una democracia aceptable, a pesar de sus limitaciones y errores, al menos son elegidos. No son perfectos, pero ya es algo. Los periodistas, no. Estos llegan al puesto por otras y muy diversas vías. Dominan sus medios como feudos medievales y desde su altura dictan inapelablemente sentencias condenatorias, emiten profecías de nulo cumplimiento y se permiten decirle a la gente cómo deben pensar: como ellos. Sus “votaciones” son el raiting, pero éste es más manipulable que la más desaseada de las elecciones. La única justificación que pueden tener en su desempeño no es estrictamente la inteligencia (muchos, los más, se equivocan lastimosa y estruendosamente y las pruebas están a la vista), sino las virtudes muy olvidadas hoy de la integridad y la imparcialidad. Esta campaña y lo que le sigue, han dejado en risible evidencia a la mayor parte del sector. La gran mayoría de sus escribidores han demostrado lo que en otras circunstancias se llamaba la intransigencia revolucionaria: contra toda lógica y razón, MI verdad es superior a las otras, decían. Sólo les faltaron en el decorado de los setsLos Mangos de Baraguá.

 

Las redes han compensado esa falibilidad de los grandes medios de comunicación, que asumieron desembozadamente su papel como manipuladores, alterando -todavía hoy- las cifras reales de las preferencias. Quizá estamos también ante el comienzo del fin de los medios periodísticos tradicionales: el viejo periodismo agoniza. Y lo saben, por eso andan tan desesperados. La tecnología, una vez más, dice la última palabra, desde Wutemberg para acá.

 

El propio triunfador explica su éxito con una sencilla frase que marca el triunfo de su causa sobre la ideología: el sentido común. El mismo sentimiento que impulsó a los rebeldes en Boston para lanzar un cargamento de té al mar y emprendió el difícil camino para ser una nación de libres y un nido de valientes. Bienvenida, pues, América, again, America reborn, renacida, cuando parecía que el último grito de libertad se iba a apagar: como el Fénix, resurgida de las cenizas de las banderas quemadas por jubilosos y orgiásticos hippies, para bien o para mal, the good old America está aquí, de nuevo, y habrá que contar con ella, guste o no.

 

Muchos estudiosos de la historia reconocen en ella un cierto movimiento pendular que transita a través de las épocas: como nada se encuentra quieto e inmutable, los acontecimientos suelen balancearse de un extremo al otro del espectro ideológico. Quizá ahora nos encontramos ante uno de esos momentos inaugurales en que el péndulo empieza a avanzar en el sentido opuesto al que llevaba, en el regreso a un centro imposible. Si el grito de las Trece Colonias tuvo sus ecos inmediatos en Europa y América y marcó todo un siglo, probablemente ahora vuelva a provenir del mismo lugar una llamada mundial, que al parecer ya se escucha en otras regiones. Trump es una campanada de esto, pero supongo que vendrán otros repiques. Y es muy sugerente que esto ocurra justamente en el año del centenario de aquella Gran Revolución de Octubre, aquellos “diez días” (y setenta y tantos años) “que conmovieron al mundo”, de una “revolución que terminaría con todas las revoluciones”, la gran panacea universal, aquel sueño donde se declaraba que “el futuro pertenece por entero al socialismo” y que, al despertarse abruptamente, se desmerengó. Empezó muy mal aquella revolución, pues llamándose “de Octubre”, comenzó en Noviembre. ¡Cuánta agua ha pasado bajo los puentes en estos cien años!

 

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Del populismo de izquierda al populismo de derecha

 

Lo que no deja de ser llamativo es que hoy los contrincantes se acusan unos a otros de lo mismo: los de la izquierda a los de la derecha (si tienen aún vigencia esas divisiones artificiales) se dicen populistas. Todos se pasan la candente pelota. Y nadie se reconoce como “populista”, sino como “popular”, lo cual viste mucho mejor. Porque los astutos políticos han aprendido que tienen pocas posibilidades de triunfar en una democracia si declaran toda la verdad, pues esta resulta generalmente dolorosa. La gente necesita que la engañen: ¡Basta de realidades, queremos promesas!, decía un grafiti parisino del 68.

 

El acierto de los políticos triunfadores es decirles a los votantes precisamente aquello que desean escuchar, y eso lo entendió muy bien el perceptivo y sagaz Donald J. Trump, constructor de rascacielos, balnearios, casinos y ahora, de un Muro.

 

El futuro que viene: el Muro de Trump

 

Han existido algunos muros célebres en la historia del mundo: la Gran Muralla de China (que Marco Polo nunca vio), el Muro de Adriano y el Muro de Berlín. Este más bien no era para impedir que entraran, sino que salieran los alemanes. El Muro de las Lamentaciones en Jerusalén, en realidad no es muro, sino una pared del antiguo templo de Salomón. Donald Trump, de quien se dice que es un empresario exitoso, dudo que sepa —quizá me equivoque— de estos muros, pero seguramente tendrá eruditos asesores que se lo expliquen. Si algo han tenido en común todos estos muros es que, lejos de proteger a sus constructores, terminaron encerrándolos: no los guardaron, los aislaron. El mismo emperador Adriano, que era un filósofo (me permito dudar nuevamente que Trump sepa la acepción de este concepto), procuró poner un límite a la expansiva pasión imperial de los romanos, señalando el final de sus conquistas: “De ahí para allá, están los bárbaros”… que serían los después escoceses (antepasados maternos de Trump, por cierto).

 

Casi todas las antiguas grandes ciudades medievales tuvieron muros y terminaron por demolerlos para dar espacio y avance a la modernidad. Hoy sus restos en Cartagena de Indias, Campeche y La Habana, se exhiben como piezas arqueológicas. El propio muro protector en la antigua isla de Manhattan levantado por los pioneros holandeses de la Nueva Ámsterdam contra los indios y los ingleses, dio paso luego a la calle más abierta y comercial del mundo: Wall Street. Trump, que es neoyorquino de cepa, debe saberlo: lo que empezó siendo Muro, terminó siendo Bolsa.

 

Cada día, con sus palabras, Trump levanta ese muro unos pies más: ¿terminará como la Torre de Babel, desplomándose por la confusión de sus mismos constructores? Pero ahora incluso su incondicional encargado de la seguridad doméstica, un estratega avezado y con sólida preparación militar, el general de cuatro estrellas jubilado John Kelly, le advierte que sólo ese muro no contendrá la avalancha de migrantes que se dirigen hacia la antigua tierra de promisión, y habrá que construir además una serie de olas defensivas escalonadas hacia el interior del país, o “filtros migratorios”, como sucesivas Líneas Maginot, y que seguramente recordarán también la lucha de trincheras en el frente de Verdún durante la Primera Guerra Mundial. Por otra parte, los naturalistas advierten que el sellado de esa frontera, como pretende el mandatario, afectará los flujos migratorios naturales de especie autóctonas que no reconocen los límites impuestos por los hombres: los bisontes no saben, ni les interesa, si pastan en Texas o Coahuila.

 

Trump tendrá que vérselas hasta con la naturaleza. El muro hermético que propone y promueve resultará, además de antipolítico y posiblemente irreal, también antiecológico, pues alterará el hábitat de un enorme territorio. Pero habrá que ver qué inventan para remediar esto, porque en realidad el problema, no es fácil.

 

Lo evidente es que según puede suponerse, la invasión hormiga continuará: en medio de tan colosal organismo, nunca faltarán las grietas para que los insectos logren encontrar un microscópico resquicio para introducirse. Lo peor que pueden tener algunas leyes -así lo dicen los tratadistas más serios- es su inaplicabilidad, pues quiebran la legitimidad de todo el sistema. Una ley no cumplible en su totalidad es una ley fallida.

 

Para la causa democrática cubana, Trump tendrá, entre otros resultados, un efecto paradójico: para la comunidad cubano-americana será un apoyador más decidido -por sus convicciones y sus intereses políticos- pero a nivel internacional su política logrará paradójicamente fortalecer por contraste la presencia del régimen de Castro. Por ejemplo, México, para reforzar su rechazo de Estados Unidos presidido por Trump, tácticamente se volverá, aún más, hacia el régimen cubano, el cual ha logrado convertirse -quizá su mayor logro global- en la condensación actual más emblemática (y la más firme actuación como aliado en todos los foros internacionales), junto con Corea del Norte (pero esta no tiene buena imagen), del sentimiento antiyanqui ultravisceral.

 

“Dadme a los pobres, los enfermos, los cansados…” es un bello poema, pero ya demodé según Trump. Debían borrarlo de la tablilla que sostiene la Estatua de la Libertad, que hasta ayer al menos daba la bienvenida en la entrada del puerto de New York. ¿Llamará Trump a David Copperfield para que la vuelva a desaparecer, pero ahora ya definitivamente? Por lo pronto, ya Obama se le adelantó y como parte de su precipitado “legado”, autorizó la acuñación de una moneda de $100 donde el perfil de la conocida obra de Bartholdy ahora aparece alterado por un rostro negroide con leves toques asiáticos… Si en la filatelia hubo el black penny, ahora en la numismática se tendrá además el black dollar.

 

Este Trump, entre otras cosas, tiene levemente mal puesto su apellido: descendiente de migrantes “buenos” (alemanes y escoceses) su apellido es un metaplasmo por paragoge de Trompeta (Trumpet) y recuerda, por oposición, aquellas que sonaron en Jericó, pero con el contrario resultado que las susodichas derribaron muros y este pretende construirlos. O, más bien, terminarlos, porque ya desde Bill Clinton se empezó esta millonaria tarea para proteger legítimamente a Estados Unidos, según hace cualquier otro país (como hace el mismo México) con sus fronteras. Pero debe recordársele que hay “modos” y “maneras”, Mr. President. Como dijo el ideólogo mexicano Don Jesús Reyes Heroles, “en política, la forma es fondo”.

 

Ante los dudosos chistes o macabras especulaciones que circulan sobre el cumplimiento íntegro de su período de gobierno (el factor Dallas), la continuidad del mandato está protegida: si por alguna causa Trump no pudiera terminarlo, su vicepresidente exhibe un apellido que casi indica con certidumbre la prolongación de la política del mandatario: Pence, muy cercano a Fence, que en inglés es valla o cercado. Así que, en cualquier caso, el relevo está garantizado.

 

Quizá una parte del problema sea que estas líneas de linderos son relativamente modernas: a diferencia de los países europeos, cuyos límites actuales están más o menos establecidos desde la formación de los Estados nacionales, a partir de la desintegración (¿desmerengamiento?) del Imperio Romano en los albores del feudalismo, las fronteras de EEUU son un asunto apenas de antier. Es un país joven, con apenas poco más de dos siglos de existencia.

 

El último estado en incorporarse a la federación fue Hawái el 21 de agosto de 1959 (le dio tiempo para nacer en él a Barack Obama un par de años después). Apenas en 1912, hace poco más de un siglo, fueron admitidos New Mexico (6 de enero) y Arizona (14 de febrero) como estados plenos, pues antes fueron “territorios” administrados por la Unión.

Sin embargo, aunque se dice hasta el cansancio, Estados Unidos NO robó esos territorios a México, sino que por el contrario, respondió a una guerra de conquista (repugnante para nuestras soberanistas convicciones actuales, pero entonces legítima según el derecho internacional de la época), y fue admitido por su entonces Presidente, Antonio López de Santa Anna, mediante el Tratado de Guadalupe-Hidalgo (precedido por el Tratado de Velasco, que en realidad, más que tratado fue una rendición y rescate), y luego tácitamente ratificado por el Tratado McLane-Ocampo, aprobado no por cualquier mandatario azteca sino por el mismísimo Benemérito de las Américas, el acrisolado y casi santificado Don Benito Juárez (en parte, dicen, por recomendación de su yerno -por cierto cubano- Pedro Santacilia).

 

En gran medida, uno de los errores más grandes históricamente de Estados Unidos, como dijeron los autores de El americano feo, es su falta de una política consistente y coherente de “relaciones públicas”, de difusión y de persuasión. No basta poner el huevo, hay que cacarearlo, dicen los campesinos. Quizá esto se deba a uno de los males congénitos de la democracia, donde el Gobierno entrante trata de descalificar al anterior (si fue opositor), y por eso resulta débil ante la consistente campaña propagandística de los totalitarismos, que en ese aspecto son indudable e insuperablemente superiores y más efectivos. Como los gobiernos totalitarios no tienen que congraciarse con sus súbditos, los cuales sólo obedecen y no se les solicita su voto libre, pueden tener mayor coherencia y constancia en su mensaje. En democracia, el político debe acudir muchas veces a la descalificación del contendiente para lograr persuadir el voto a su favor. En los sistemas totalitarios no existe esa necesidad, ni hace falta. Los ciudadanos no cuentan, por eso en muchas ocasiones son más efectivos esos sistemas. Esa es una debilidad consustancial de las democracias, que sólo se mantienen por el común acuerdo de las partes involucradas, y el pacto civilizado entre sus miembros.

 

El error más reciente ha consistido en que muchos migrantes mexicanos, olvidados de esa “verdadera historia de la conquista”, y con demasiada soberbia y exceso de exultante franqueza, confundieron la gimnasia con la magnesia, y ya declaraban pública y abiertamente que habían ido a California y otros estados antiguamente parte del Imperio español y del Primer Imperio Mexicano (sólo brevemente, del México Republicano Independiente), para recuperar los mismos, y que eran sus legítimos y únicos dueños, así que deportarían a los usurpadores wasps que los inundaban hasta ahora. Esto disparó las alarmas de los descendientes de David Crockett, Stephen S. Austin y Samuel Houston… y de Lorenzo de Zavala, patriota mexicano independentista, y también primer vicepresidente de la República de Tejas, lo cual explica que numerosos chicanos apoyaran a Trump, porque ya son y se sienten, parte de América.

 

Los últimos días de la expirante presidencia del saliente Obama exhibieron evidentemente una visceralidad tan marcada en su precipitación de “gobernar hasta el postrer minuto” (en oposición a la tradicional cortesía entre presidentes norteamericanos, como ocurrió en el ríspido pero educado traspaso entre Truman y Eisenhower), que muestra sin lugar a dudas una agenda trazada para cumplirse, si hubiera triunfado la que resultó una candidata, finalmente perdedora contra todas las expectativas: su gobierno, de haber triunfado, habría sido Obama 2.0, Barack reloaded. Pero no lo fue. Y por eso el marcado interés de Obama y su equipo de dejar su huella hasta el último momento, contrario a las formas y costumbres.

 

Contradictoriamente, las últimas medidas de Obama en su morosa y reticente despedida, logaron que la única disposición quizá de todo su mandato que despertó cierta empatía en parte del exilio cubano fue la derogación de la política “Pies secos/pies mojados”, aunque no lo hizo pensando en ese activo sector, sino todo lo contrario: no fue por amor a los cubanos sino por odio a Trump, un odio, verdaderamente, africano. Y aunque el régimen insular declare -para afuera, hacia la galería- que aplaude la medida, para adentro saben que es un Caballo de Troya del hawaiano. Sin la menor duda, él no nos quiere, “ni tantico así”.

 

Obama, con sus indultos recientes a ritmo de urgido bombero a Manning y a Óscar López Rivera, lo marca muy claramente: por los mismos motivos que exhibió para justificar esa decisión, que para muchos tiene visos de ser “antinorteamericana” y contraria a sus intereses -vaya despedida, como azotando la puerta- perdió la oportunidad no sólo de tener al menos un gesto con el exilio cubano, al declinar acoger en la misma medida a Eduardo Arocena, sino de ser congruente.

 

Es un hecho que contra Trump se voltearon todos los cañones, desde la grafología y la morfopsicología, hasta la escatología en su sentido más corporal. Y hasta hoy, incluso contra la meteorología. Pero, contrario al pronóstico del clima, NO llovió hasta el final de la ceremonia de traspaso.

 

El “legado” de Obama sigue en entredicho, pero su resultado más poderoso es el mismo Trump. La pataleta de los demócratas, gozosamente encabezados por el presidente saliente (Hillary ha sido, aunque perdedora, más elegante, al alejarse con cierto recato), desautorizan e irrespetan la decisión de los votantes. Contradictoria actitud para un partido que presume de “democrático”. Trump -lo repito una vez más- no es la enfermedad, sino el síntoma, y de hecho, sólo un síntoma más dentro de una patología detectable a escala mundial: el Brexit, el sorprendente resultado del plebiscito colombiano, Marina Le Pen en Francia, Matteo Salvini en Italia…

 

Los demócratas americanos hoy están aún en la fase de negación. Luego, después de la ira actual, vendrán inevitablemente las otras etapas en todo proceso de duelo: la negociación y la aceptación. No les queda otro remedio.

 

Trump es quizá “el hombre nuevo” capitalista, antisistémico y triunfador contra todos los pronósticos (recuerdo que la primera vez que escuché declarar su decisión de contender por la presidencia fue en el programa Roast de Comedy Central en 2011, entre hilarantes carcajadas por su “chiste”). Trump conmovió el sistema y es lógico que el sistema, herido no sólo lama sus heridas, sino que se lo cobre. No tendrá una presidencia fácil, pero él parece ser el hombre que se crece ante los retos. Habría que considerar el escollo que representa para el New World Order y qué piensan de él en el discreto, pero poderoso Consejo de Relaciones Exteriores, esa enigmática corporación siempre a la sombra, pero tan decisiva.

 

Trump puso en evidencia el divorcio de los políticos profesionales con el sentir profundo de los pueblos. El escandaloso fracaso de las encuestas y las campañas viscerales de los medios, fueron despojos triunfales para el túmulo de su victoria. Si antes de él muy pocos creían aún en los políticos y las firmas encuestadoras, ahora mucho menos, El descrédito es total y al parecer sólo pretenden recuperarlo a través del insulto, el falseamiento y la descalificación, sin una necesaria introspección y una autocrítica profunda y sincera.

 

A pesar de todos los pesares y de los vientos que soplan en estos tiempos, la golpeada democracia sigue siendo el mejor o menos malo de los sistemas políticos, aunque está enferma y aparentemente en fase terminal por el virus de la oclocracia.

 

Hoy le critican todo a Trump, y recuerdo la anécdota de un iletrado millonario hispano-cubano, José López Rodríguez, el legendario Pote, quien al sorprender a los altos ejecutivos de su compañía burlándose de su ignorancia, sólo les dijo: “¿Cómo seréis vosotros cuando yo soy su presidente, eh?”.

 

Vienen tiempos difíciles, “los años duros” como dijo Jesús Díaz. La sorpresa será el signo de esta época. Trump condensa el sentimiento predominante de los americanos hoy que le dieron el triunfo: si no nos quieren, que nos respeten.

 

Por tercera y última vez lo digo: Trump es el síntoma, no la enfermedad. Hay que buscar las raíces de todo esto en lo más profundo del organismo, no en la epidermis. Hay 62.979.879 razones para hacerlo. Los americanos ya se cansaron de ser buenos: ahora van a ser, sobre todo, americanos. America first. ¿Qué nos espera ahora a todos? ¿Un segundo Camelot? ¿Otro Dallas? ¿Chi lo sa?

 

Posiblemente estemos ante el nacimiento de una nueva época, pero eso solamente podrá confirmarlo esa dama voluble y sorpresiva que es la Historia.

 

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[1] Alejandro Gómez Roa (1935-2014).

[2] Néstor Díaz de Villegas, Cubano, demasiado cubano. Bokeh, 2015.

[3] En 1935, al llegar por primera vez a Estados Unidos para ser guionista en Hollywood, el célebre -hoy casi olvidado- autor humorístico español, dijo que esa ciudad “parece que siempre está esperando un ataque aéreo”, por sus incesantes reflectores.

[4] Felipe González y José Luis Cebrián, El futuro no es lo que era. Madrid, Aguilar, 2002.

[5] Suele olvidarse que otro de los puntos de contacto entre Fidel Castro y Adolfo Hitler no es sólo el cierre del Mein Kampf y La Historia me absolverá, sino esa pretensión de crear un “hombre nuevo”, que propagaron sus acólitos Himmler, Goebbels y Guevara, respectivamente.