Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Juan Benemelis y Eugenio Yáñez

 

 

 

   

 

 

                               

                                                                                                                                                            

 

ALLÁ EN LA SIRIA… EN EL CAMINO DE DAMASCO

 

Es muy históricamente prematuro asumir como indisoluble la actual partición en naciones árabes de este parche de terreno enclavado entre los Montes Taurus y los arenales de la Arabia, que antiguamente se apellidó la Gran Siria, que por dos milenios estuvo uncida al carro de guerra de romanos, bizantinos, árabes, mamelucos, selyúcidas y otomanos, y del cual dejaron testimonios estupendos las audaces exploradoras inglesas Gertrude Bell y Freya Stark.

 

La rivalidad anglo-francesa para repartirse esa parte del mundo echó a perder la única entidad nacional que tenía sentido para ese paraje, la Gran Siria, que terminó dividida en seis entidades: mientras el líder turco Mustafá Kemal Atatürk recuperaba un trozo del norte sirio, los secretarios coloniales británicos dibujaban caprichosamente en un mapamundi los mandatos de Irak, Transjordania y Palestina, que se convertirían posteriormente en “naciones”, y los franceses transmutarían su zona, más tarde, en Siria y Líbano.

 

La parte que conservó el nombre de “Siria” fue separada de Turquía por el arco de triunfo romano de Bab-al-Hawa. Si algo diferenció a esa nueva Siria del resto del mundo islámico mesoriental fue que el sentimiento nacional constituye el cimiento de su Estado, siendo una de las pocas entidades nacionales reales en ese territorio. Al igual que los Balcanes, Damasco es parte del mismo mundo que aún no se ha repuesto del colapso del imperio turco, y los conflictos fronterizos que ello generó.

 

El pan-arabismo no es el único patriotismo que ha existido allí; después de todo, mientras que otras “naciones” en el Medio Oriente realmente no lo son, y por resultar productos artificiales de las estrategias geopolíticas, los designios coloniales y los intereses de las compañías petroleras, tienen que aferrarse al pan-arabismo y la justificación y defensa de un discutible e impreciso “mundo árabe” que no es evidentemente demostrable, Siria puede recurrir continuamente a un nacionalismo sólido con cimientos reales e históricos.

 

Pese a que el territorio ha sido cortado por todos los costados, Siria no deja de afrontar sus sectas, cofradías religiosas e intereses tribales parroquiales, enemigos unos de otros, aunque con su localización geográfica específica cada una, pero ello no la hace una versión levantina de los Balcanes.

 

Siria es hoy un “país árabe” atiborrado de templos griegos, anfiteatros romanos, castillos de cruzados, e imponentes arquitecturas árabes antiguas. La urbe de Alepo, al norte y a orillas del legendario río Éufrates, es la Hal-pa-pa de los textos de Ebla que datan de hace 5,000 años; es la segunda ciudad de Siria y una de las más viejas del planeta; fue destruida por los mongoles del Kan Hulagú en el año 1260 y por Tamerlán, el cojo de hierro, en el año 1400.

 

Con sus bazares multinacionales (árabes, turcos, armenios, kurdos), Alepo es la entrada hacia la meseta turca de Anatolia, y conserva vínculos históricos con el norte, Mosul y Bagdad, ambas ahora en Irak.

 

En medio del país se halla el espacio musulmán sunnita de Hama, Homs y Damasco. La región austral está ocupada por la comunidad islámica de los drusos, etnia que se extiende hasta el Líbano. Hacia el poniente montañoso, y contiguo al Líbano, está el núcleo de los alauitas, otra secta islámica que se haría del poder en 1971 con Hafiz al-Assad y su actual heredero Bashir al-Assad.

 

Tanto los drusos como los alauitas (seguidores de Alí) son los remanentes de una ola de shiísmo procedente de Persia y Mesopotamia, que hace un milenio se esparció por sobre la Gran Siria. Pero los alauitas practican una versión desteñida del shiismo, con afinidades “peligrosas” al paganismo fenicio y al cristianismo (navidades, domingo de ramos, pan y vino en las ceremonias), es decir, una religiosidad que no resulta para nada simpática a los ojos de los fundamentalistas musulmanes.

 

Los alauitas se refugiaron en el secularismo turco propiciado por Kemal Atatürk y la sombrilla preventiva que ofrecía el multi-etnicismo de la sultánica Estambul, para escudarse del fundamentalismo de los islámicos sunnitas. De los alauitas -y de los drusos-, reclutaban fusileros y burócratas tanto los otomanos como los franceses, granjeándose el rencor, que aún perdura, de los árabes de Bagdad, Jordania y Arabia Saudita.

 

Por eso, los sirios fueron y son odiados por sus “hermanos” de religión, aunque no sólo por profesar el mahometanismo de manera sui géneris, sino porque resultan una nacionalidad diferente (al igual que los persas y los bereberes), que en múltiples ocasiones ha guerreado contra sus vecinos. Desde los temibles asirios, como tropa de choque de Alejandro de Macedonia, como componentes de las legiones romanas asiáticas del emperador Vespasiano, como los alfanjes que arrasaron el África norte bajo el estandarte de Okba Ibn Nafi, como núcleo central de los Jenízaros turcos y, por último, como tropa colonial inglesa en el Medio Oriente: el famoso ejército de Glub Pashá.

 

Los alauitas abrazaron el baasismo, un corpus doctrinario transnacional de un “socialismo árabe de la resurrección” inspirado por el nacional-socialismo alemán de la década de 1930, que cobró ímpetu entre los árabes de Damasco, Bagdad, Beirut y Palestina. El baasismo concluyó como una pose intelectual que infló el racismo de los árabes sunnitas contra cristianos y judíos, parió los regímenes dictatoriales en Siria e Irak, e influyó en los militares egipcios que derrocaron al rey Farouk en 1952, y los oficiales yemenitas que establecieron la República en Sanaá en 1963.

 

Siria desarrolla en el siglo XX el primer corpus nacionalista asentado en una ideología que trasciende al Estado islámico de la sharia: el baasismo, y aporta a sus principal teórico: Michel Aflak. Desde el Café Habana, en Damasco, el baasismo sirio se extendería al Irak y llevaría como elementos esenciales la liquidación del Estado teocrático, los derechos de la mujer, la modernización de la sociedad. Modernidad absoluta: sólo que en el mundo islámico, la idea de un Estado “democrático” resulta fuera de contexto.

 

Si algo tuvo el baasismo en Siria (a diferencia de Iraq, donde se expresaba antes que todo como un pensamiento pan-arábigo) es que consistió en un elemento más de consolidación de la nación-Estado. La aspiración de la clase política siria, incluyendo al clan Assad, ha sido el empeño de rediseñar todas las fronteras improvisadas por los europeos para restaurar la añorada Gran Siria. Pero, por ser esta Siria más pequeña que la otra Siria, y mucho menos “árabe” que sus más cercanos vecinos “químicamente puros” árabes, es que no dispone de atractivos políticos para la unificación de todo el Levante.

 

En 1958 la claque rectora siria formó con el Egipto de Gamal Abdul Nasser y el Yemen feudal un experimento de unidad árabe -la República Árabe Unida (RAU)- que se desintegró en 1961, porque la política prácticamente colonial e imperialista del Egipto hacia Siria y Yemen, más el desprecio mutuo entre los alauitas sirios y los sunnitas egipcios, casi provoca un conflicto. Dos años después, el ejército, compuesto principalmente de alauitas, entre ellos Hafiz al-Assad, asumió el poder en Damasco, implantando un Estado policiaco que -similar a Irak-, amarró a la clase política, y amaestró la sociedad civil.

 

El círculo alauita que rige el país ha construido numerosas mezquitas, como un medio para aplacar a los fundamentalistas sunnitas de la Hermandad Musulmana, cuyas aspiraciones por un Estado islámico fueron ahogadas sangrientamente en la década 1980 por Assad padre. Los alauitas, nacionalistas de vocación mucho más que islamistas, y convencidos del Estado moderno tipo occidental, reaccionarían de manera implacable contra la ortodoxia fundamentalista islámica. En lo adelante, el movimiento fundamentalista sirio optaría por la semi-clandestinidad, mientras el régimen ilegalizaba la Internet y los teléfonos móviles.

 

Pero eso no fue óbice, sino más bien todo lo contrario, para que Siria alentase el terrorismo internacional, ya desde la década 1960. Ella utiliza a los shiítas en el sur del Líbano para atacar y mantener la hostilidad contra Israel; ejerce control sobre el grupo terrorista HizbAlláh, asentado en el valle libanés del Bekaá, a la vez que facilita inteligencia, dinero y el tráfico internacional a organizaciones tipo Al-Qaida.

 

En junio del 2000 murió Hafiz Assad, quien todo el tiempo gobernó con intolerancia y la ley marcial. Al ascenso de su hijo de 35 años, Bashir Assad, los intelectuales, y un cenáculo de políticos independientes capitaneados por Riad Seif, pensaron que tenían ante ellos a un Mijail Gorbachov árabe, y se sintieron confiados para emitir criterios para reformar al ancien regime, como el unipartidismo, privatizar la economía, libertad de expresión. Pero Bashir, apoyado en la vieja guardia baasista, se cuadró ante los reformistas y calificó de invención extranjera el término de sociedad civil.

 

Al asumir el poder el actual dictador Hafiz al-Assad existían dudas de su capacidad para mantener el liderazgo, teniendo en cuenta su relativa juventud y el carácter minoritario de los alauitas en la región. Pero, como mismo sucedió con Jean Claude Duvalier en Haití y Kim Jong Il en Corea del Norte -aunque este último no era tan joven-, el “baby” Assad se las arregló para consolidarse en el poder, aplastando todo cuestionamiento real o potencial a su autoridad.

 

Durante la guerra civil del Líbano en 1976, las tropas sirias irrumpieron para inclinar la balanza a favor de los musulmanes y palestinos, en un proceso que se basaba en el reconocimiento de la “arabidad” del Líbano. Tras ascender al poder Bashir se percató de la creciente vulnerabilidad de su anticuado ejército en el Líbano, sobre todo después que en abril del 2001, los cazas israelitas destruyeron sus principales estaciones de radares.

 

Con sus tentáculos bien afianzados en la política, la economía y el aparato de seguridad libanés, con 25,000 soldados en el valle del Bekaá, y con la complicidad de Occidente, Bashir se dio el lujo de retirar sus tropas de Beirut para una situación que internacionalmente sería presentada como una victoria de Occidente.

 

Aunque con Assad padre la retórica anti-israelita era intensa, con Assad hijo ésta ha llegado a niveles de crudeza tal que incluso el puñado de judíos de Damasco no se atreve a tocar los rollos de Toráh apilados en los rincones de las custodiadas sinagogas. En las cumbres árabes, Bashir se destaca por vilificar a Israel, y ha reanudado las relaciones con Palestina, que había congelado su padre, asegurando que nunca seguiría los pasos de Egipto y Jordania de una paz por separado con Israel.

 

En ocasión del peregrinaje del Papa por los pasos de San Pablo, en el “camino de Damasco”, Bashir aprovechó para expresar que él era un mandatario tolerante en el aspecto religioso, pero que ello no incluía a los judíos, quienes habían traicionado al Profeta Jesús y al Profeta Mahoma, y ofreció a un vacilante Papa una alianza anti-judía.

 

Siria es una entidad política que aunque está congelada en el tiempo, hace que cualquier tratado de paz entre Israel y Palestina, aparte de atraer las consabidas bandas de turistas cazadores de monumentos, desmovilice la supremacía alauita sobre su sociedad. Y la desmovilización de la supremacía alauita sobre la sociedad siria supondría, automáticamente, la pérdida del poder por el clan de los Assad.

 

Occidente tiene una situación compleja en Siria: le convendría que Assad cediera el poder, a los efectos de la imagen internacional, pero necesita de ese balance alauita frente a los mucho más duros fundamentalistas que se perfilan en el poder en Egipto para poder sostener el status quo con Israel, pues aparentemente con Bashir en el poder en Damasco es mucho más difícil una alianza anti-israelí con El Cairo. Sin embargo, es de hecho una alianza que hasta ahora funciona de maravillas con Teherán -a pesar de que los sirios no ven nada gustosos los excesos fundamentalistas de los ayatollahs-, conformando un eje que puede poner en peligro no solo la seguridad del Estado judío, sino hasta su propia existencia como nación.

 

Es una balanza donde Siria ejerce el “polo negativo” vis a vis Irán, Arabia Saudita e Israel, que de quebrarse entronizaría un escenario mucho más complejo que el actual y menos controlable para Occidente. Aparte de la retórica anti-israelí, enarbolada fundamentalmente para complacer a los bazares y fumaderos de pipa, y antes de provocarse lo que se ha dado eufemísticamente en llamar “la primavera árabe”, Siria estaba dando pasos positivos para cimentar un entendimiento con Estados Unidos, en el cual se abstendría de tomar parte en cualquier conflicto armado contra Israel.

 

Y, por si todo esto fuera poco, Siria tiene todo el apoyo abierto y claro de Rusia y China, por lo que representa como factor de enfrentamiento y contención a los gobiernos prooccidentales de la región, o al menos a los gobiernos que no se consideran enemigos de Estados Unidos y Europa.

 

A lo que hay que sumar el apoyo “tercermundista” que recibe, además de por parte de su aliado “natural” iraní, desde el resto del mundo “subdesarrollado” y “antiimperialista”, de personajes tan poco recomendables como los tiranos de Zimbabwe, Belarús, Congo o Uganda, y siempre desde La Habana, pero ahora también con Caracas, La Paz, Quito y Managua, a la cabeza de la “solidaridad antiimperialista” y el apoyo a la dictadura alauita.

 

Aunque esa dictadura trata de maniobrar, y acaba de ofrecer una amnistía por supuestos “delitos” cometidos en los últimos diez meses de revueltas en todo el país, el cerco se va cerrando sobre Bashir al-Assad, quien sigue aferrado a mantener a toda costa el status quo y no hacer concesiones reales de ningún tipo. El secretario general de la ONU pidió ayer domingo al dictador sirio

 

“dejar de matar a su pueblo”. (…) “Hoy, le digo de nuevo al presidente Asad de Siria: detenga la violencia, pare de matar a su pueblo. El camino de la represión es un callejón sin salida”.

 

El castrismo insiste en su compromiso histórico moral con el clan de los Assad. No debe olvidarse que ya desde los tiempos de la guerra del “Yom Kippur” (1973) que enfrentaba a egipcios y sirios, con apoyo soviético, con los israelíes, tanquistas cubanos se encontraban en Siria en apoyo para las tropas de al-Assad. Y fue precisamente en el frente sirio-israelí donde se libraron entonces las batallas de tanques más grandes desde la Segunda Guerra Mundial.

 

Ese espíritu de “solidaridad” del gobierno de La Habana con la dictadura siria no ha cambiado en los últimos cuarenta años. Siguiendo esa antigua línea de siempre, el periódico oficialista cubano “Juventud Rebelde” declaraba el pasado domingo 14 de enero, en una peculiar tergiversación de los hechos e interpretación cantinflesca de las realidades:

 

“Estados Unidos, Francia, sus socios de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y los regímenes de Qatar y Arabia Saudita, apuestan todo por derrocar al presidente sirio Bashar al-Assad, o dirigir a la nación mesoriental hacia el punto de no retorno: una guerra civil, que si bien podría poner a arder a toda la región (Siria es una nación compacta, unida y cuenta con un ejército más poderoso que el de Libia y bastante caldeado en la guerra), también sería la inflexión que acabaría por decidir a los buitres a atacar.

 

En su estrategia por llevar a que sean los países del patio quienes pidan una intervención, como hicieron en el caso libio, las grandes potencias le dieron el visto bueno a una misión de observadores de la Liga Árabe. Estaban conscientes de que el organismo les favorecería con el informe acusatorio que aún no ha podido lograr el Consejo de Seguridad de la ONU, gracias a la oposición de Rusia y China, que abogan por una mirada más integral del asunto y pujan porque los otros miembros de la máxima instancia internacional reconozcan la existencia de bandas armadas que intentan desestabilizar el país”.

 

Palabrería y propaganda del régimen aparte, siempre basado en la historia de los buenos y los malos, donde los buenos son los que tienen las simpatías del régimen y los malos los que no caen bien en Punto Cero o La Rinconada, no es demasiado fácil que Occidente pase más allá de las presiones diplomáticas y alguna que otra sanción para lidiar con el expediente terrorista sirio y la dictadura de al-Assad, y eso más que todo por su estrecha alianza con el Irán de los ayatollahs.

 

De todo el mundo musulmán, los aliados más cercanos al régimen sirio se encuentran en Teherán, y esto no es por casualidad: son persas, no árabes. Pero, a la vez, resulta una alianza donde los sirios no digieren la retórica fundamentalista de los ayatollahs. Es bueno recordar que pese a diferir en sus políticas respecto a Estados Unidos, Siria resultó el aliado más sólido que tenía el Shah de Irán en el Medio Oriente.

 

No olvidemos que Siria es la nación “árabe” menos árabe de todo el Medio Oriente. Y a la vez, la más “nación” de todas en la zona. Eso explica también la peculiar convivencia con sus vecinos del norte, los turcos: de nuevo, se trata esta vez de la cultura de los otomanos, porque los turcos no son árabes.

 

La coincidencia musulmana de los sirios con persas y turcos -naciones reales y establecidas por centurias- les acerca, por tratarse de verdaderas naciones culturalmente consolidadas, con independencia de las diferencias culturales. No sucede lo mismo con las supuestas “naciones” árabes de la zona, donde los sentimientos de cultura nacional no tienen ni la fuerza ni la tradición que tienen en Siria, Irán y Turquía.

 

Con la otra verdadera nación consolidada del territorio, el milenario Egipto, siempre hubo fuertes diferencias religiosas entre los alauitas sirios y los sunnitas egipcios, lo que se agravaba más aun por las diferencias ideológicas y la militancia en el baasismo de Hafiz al-Assad, opuesto al pan-arabismo de Nasser, que propugnaba una “unidad árabe” en la que Siria no se sentía demasiado comprometida precisamente por su carácter de entidad nacional independiente.

 

A raíz del salvaje atentado de septiembre 11 del 2001 en Nueva York, Damasco se desplazó en dirección contraria a las turbas islámicas, ofreció su “apoyo total” a la alianza occidental, y ha mantenido un silencio auto-protector ante los demonios desatados por Washington en el área. A territorio sirio fueron enviados detenidos acusados de terroristas, que sufrieron todos los excesos de las técnicas de interrogatorio sirias, famosas por su crueldad y su sadismo, mientras Occidente miraba hacia otro lado.

 

Paradójicamente, buena parte, por no decir todos, de los acusados interrogados en las prisiones sirias, se suponía que habían realizado o pretendido realizar acciones terroristas similares a las que eran apoyadas, financiadas y entrenadas por el régimen sirio en todos los grupos terroristas bajo su tutela y la de los iraníes, para actuar fundamentalmente contra Israel y en toda la zona del Medio oriente, pero también en todo el mundo.

 

Resulta imposible, en el orbe islámico, encontrar un régimen benévolo que no aplique la represión masiva contra su población, o que no muestre su rencor y violencia ante Occidente. De ahí que los términos políticos clásicos (en la visión occidental) de “buenos” y “malos” resulten borrosos. Ha sido una norma, y lo es en la actualidad, que los vencedores cobren sangrienta venganza sobre los vencidos, como ha sucedido recientemente en Libia con los bereberes sudaneses.

 

La Siria de los Assad, sin dudas, es condenable por muchas razones. Sólo que a la hora de un análisis no pueden descontarse las peculiaridades que la hacen más compleja y sui géneris. No por gusto la Liga Árabe, en su sirio-fobia, ha condenado únicamente a Damasco, mientras guardaba silencio ante los desmanes de un Khadafi o de un Saddam Hussein, y guarda silencio actualmente ante la represión desatada por los kuwaitíes, los omaníes, y los propios sauditas, contra las manifestaciones populares.

 

La ironía estriba en que los regímenes que se alzaron con una doctrina nacionalista, dispuestos a modernizar sus Estados, convencidos de que el fundamentalismo y la ortodoxia coránica implican el atraso y el anti-modernismo, han sido victimados por la aplastante mayoría los medios de prensa occidentales, debido a su posición respecto al “affaire palestino”: el Egipto de Hosni Mubarak, el Iraq de Saddam Hussein, la Siria de Bashir Assad, la Libia de Muamar el Khadafi. Ninguno de ellos era arcángel, pero tampoco podían reducirse solo a demonios, estando en un mundo donde los contornos del purgatorio son demasiado imprecisos para marcarlos con banderas de colores o definirlos con criterios occidentales solamente.

 

No sabemos cuál es mejor o peor, el remedio o la enfermedad. No por gusto las últimas palabras del egipcio Hosni Mubarak cuando hacía entrega del poder fueron: “después de mí… la Hermandad Musulmana”.

 

La cúpula de poder siria de los alauitas, agrupada en torno al clan de los Assad, es la más taimada y consolidada en todo el Medio Oriente. No se trata aquí de la debilidad institucional del Túnez de Ben Alí, la agrupación feudal de tribus bajo el puño de hierro de la Libia de Khadafi, el caudillismo corrupto de los militares egipcios durante todo el período de la independencia, las monarquías feudales del Golfo, o las satrapías de Yemen o Mauritania.

 

En Siria se trata de una élite hipócrita y marrullera con tentáculos en todo el tejido nacional de la nación, con una cierta cultura política y humanista para nada lejana a la “occidental”, intereses muy bien definidos en todo el entramado de la economía nacional, y la suficiente sagacidad para saber balancearse entre los poderes occidentales y sus contrapartidas mundiales desde tiempos de la Guerra Fría. Asimismo, Damasco constituye, junto con El Cairo, los dos centros de mayor creación intelectual del mundo islámico, y el nivel educacional de los sirios es el más alto del Medio Oriente. De ahí la sofisticación de su élite política y el alto nivel de sus mandos militares, en comparación con el egipcio o el iraquí.

 

Aun sin tener petróleo bajo su suelo ni abundantes recursos minerales estratégicos, se las ha ingeniado durante muchos años para actuar como punto pivote en la región y hacerse necesaria para todas las partes, sin comprometerse definitivamente con ninguna.

 

La “primavera árabe” que se espera quizás con demasiada ansiedad para ese país por parte de los observadores y la opinión pública extranjera no será como se imaginan muchos: con toda la presión en su contra desde Occidente y ahora también desde la misma Liga Árabe, Bashir el-Assad será sacado del poder en Damasco mucho más temprano que tarde. Las más recientes declaraciones en la Liga Árabe dejan claro que, aunque éste no sea el momento más apropiado, la expulsión por la fuerza del dictador, si no acaba de entregar el poder, es solamente cuestión de tiempo. Aunque la Liga Árabe no haya recibido todavía una solicitud o sugerencia oficial para enviar tropas árabes a Siria, el emir de Qatar, jeque Hamad bin Khalifa al-Thani, dijo hace pocas horas que:

 

“No hay sugerencias oficiales de enviar tropas árabes por el momento (...) No ha habido un acuerdo árabe o no árabe respecto a una intervención militar en Siria por ahora”.

 

Lo que veremos tras la salida del poder de al-Assad será una “primavera siria” mucho más que una primavera árabe al estilo tunecino, egipcio o libio: ni fundamentalistas musulmanes en el poder absoluto en un estado islámico aplicando la Sharia, ni una democracia de raíces occidentales intentando una copia parisina de la “Liberté, Egalité et Fraternité”.