Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

 

Por Juan F. Benemelis, Miami 

 

 Saddam Hussein o la sicopatología de un déspota

Detrás de una antigua muralla que bordea la villa iraquí de Qurna, todavía se ve allí un pequeño manzanero de doble tronco -uno de los miles que pululan en todo el Medio Oriente- que se destaca por una placa de bronce donde se anuncia al visitante que se halla en el "Jardín del Edén". Estos reclamos iraquíes, y del Edén bíblico eran partes de la megalomanía de Saddam Hussein.

 Si bien milenios atrás Irak (Mesopotamia) resultó el centro de la civilización, este pasado la impulsó a reproducir tal esplendor. La propaganda de Saddam manipuló, más que glorificó, ese distante pasado (como el famoso ojo por ojo, diente por diente del código de Hammurabi), manifestando una discrepancia entre la realidad actual y las antiguas glorias babilónicas y de las "Mil y una noches", leída en los textos escolares. Saddam buscó recrear aquellos días del Islam medieval cuando Bagdad era el centro de un imperio que se extendía del África norte al Asia Menor. Por eso en Bagdad existía una estatua colosal de dos manos que empuñaban una cimitarra, copias de las manos de Saddam; sus fotos, en todos los rincones de Irak, se colocaban junto a las efigies de Saladino y del rey babilónico Nabucodonosor.

Saddam fue criado por su tío Khairallah Tulfah, quien era miembro destacado de una organización iraquí pro-nazi durante la segunda Guerra Mundial. De él heredó su admiración por los principios nazis, que lo llevaron a unirse al movimiento nacionalista Baas, cuya filosofía descansaba también en la del nacional socialismo alemán y del fascismo italiano.

 Tanto en Bagdad como en Damasco el poder no residirá en el gobierno o en el partido Baas, sino en una suerte de super administración, organizada sobre la base del clan o del parentesco. En Siria, con el clan Assad proveniente de la minoría alawita; y en Irak, con el clan tribal Tikrit de la familia de Saddam Hussein.

 La aureola de Saddam le venía de su pueblo natal, Tikrit, donde nació Saladino, el legendario guerrero kurdo de la era bizantina que derrotó a los cruzados europeos en Jerusalén. La preponderancia del clan Tikrit en posiciones claves del ejército, agencias de inteligencia y partido de gobierno llevó a que el historiador iraquí Hanna Batatu señalase que no era el Baas quien gobernaba, sino los tikriti a través del Baas. Esta lealtad tribal y los vínculos consanguíneos, conformaron una pequeña plutocracia de aliados y familiares que acapararon los altos puestos de la administración, del ejército y la seguridad.

En 1979 Saddam desató una represión sangrienta contra sus opositores dentro del partido Baas y del ejército, y logró expulsar del poder al entonces presidente Ahmad Hassan al-Bakr. En esos acontecimientos dirigió personalmente los pelotones de fusilamiento que ejecutaron a 34 figuras del gobierno y del ejército, así como a íntimos colaboradores acusados de conspirar. A partir de ese momento, nadie cuestionó su legitimidad. En Irak no existía una oposición organizada, o rivales de consideración.

    

Tras ultimar a su mentor, Saddam arrestó a su hermano y ahorcó a su primo. Era costumbre que involucrase a sus ministros y altos funcionarios en los pelotones de fusilamiento de los prisioneros políticos, para así asegurar sus lealtades. Saddam no soportaba la competencia; así, en el año 1969 llegó a ordenar el asesinato de Yasser Arafat al descubrir que muchos miembros del Baas se adherían con más fervor al palestino que a su persona.

En una ocasión Saddam envió un grupo de jeques religiosos a conferenciar con el líder kurdo Mustafá Barzani. Uno de los jeques se complotó para llevar a la reunión una grabadora con una bomba, que explotó cuando el propio Barzani apretó el botón, muriendo los jeques religiosos, pero salvándose milagrosamente el líder kurdo.  También llevó a cabo en 1969, el famoso ahorcamiento de judíos en Bagdad, y en medio de la guerra con Irán, ejecutó a los militares que se destacaron demasiado, como su primo, el general Maher Abdel Rashid, quien conquistó Fao; y durante la invasión al Kuwait  fusiló a 200 oficiales que cuestionaron sus decisiones.

Saddam inició dos guerras sangrientas y lanzó constantes amenazas públicas, exhortando al derrocamiento de los gobiernos de Arabia Saudita, Kuwait e Irán.  Pese a las alarmas israelitas sobre las intenciones antisemitas de Saddam, éste sería visto en Occidente como un mal menor porque serviría a sus intereses estratégicos al desgastar las ambiciones del ayatolá Jomeini y del sirio Hafiz el-Assad. Así, la guerra con Irán calificaría como la más salvajes guerra de los tiempos modernos, en la cual Saddam llegó a utilizar contra ciudades iraníes  armas químicas, prohibidas por las leyes internacionales, dejando morir incluso a 70 000 prisioneros iraníes.

    

Saddam manipuló las imágenes televisadas que sobre el Irak veía el mundo, fabricando tragedias y sufrimientos, culpando de las mismas al Occidente, como cuando atribuyó el hambre y la crisis médica, causadas por él mismo, a la ONU, a Estados Unidos y a sus aliados. Asimismo, colocó a simples ciudadanos en puntos militares peligrosos, como escudos humanos durante la guerra del Golfo, ubicando equipos militares aledaños a mezquitas y monumentos culturales.

Según Max van der Stoel, ex relator especial de la ONU para Irak, el gobierno de Bagdad era “la dictadura y el régimen totalitario más despiadado que jamás se vió en el mundo desde la Segunda Guerra Mundial”. La Comisión de Derechos Humanos de la ONU, Amnistía Internacional y Human Rights Watch, denunciaron por muchos años a esta maquinaria implacable de prisión, tortura y ejecuciones a desafectos, clérigos y militares, a familiares de los desertores y disidentes políticos. Saddam desencadenó una cruzada contra los dirigentes religiosos y adeptos de la mayoría shií musulmana, y trató de socavar la identidad de las minorías cristianas (asiria y caldea), y la de los yazidíes. Luego de la insurrección de 1991 en el sur, la ofensiva desatada por Saddam provocó la muerte de unos 60,000 shiítas.

Se halla documentado el uso del mortífero gas mostaza en Halj Umran, en Panjwin, en la isla Majnoon, y en Umm ar Rasas; del gas tabún, en Al Basrahm, en las marismas de Hawizah, y en Al Faw; y de gases neurotóxicos en Sumar-Mehran y en Halabja. Entre 1987 y 1988 Saddam lanzó ataques con gas contra objetivos kurdos iraquíes, que dejaron miles de muertos. En febrero de 1988, desencadenó la “operación Anfal” contra los kurdos y ante un mundo horrorizado, el 16 de marzo de 1988, atacó con gases letales la aldea kurda de Halabja, en la que perecieron más de 50,000 personas.

Las operaciones de “limpieza étnica” contribuyeron a desplegar por todo el país un estimado de un millón de personas, y elevaron el número de exiliados a cuatro millones de iraquíes, llegando a ser la segunda población refugiada del planeta.

Occidente no se hizo eco de la conmoción de horror y consternación que recorrió el mundo islámico en ocasión de la persecución, los asesinatos y las ejecuciones de clérigos shiítas y de sus seguidores, entre ellos los ayatolás más prominentes, desatada entre 1998 y el 2000, y dirigida personalmente por Saddam.

Saddam manipuló la entrega de alimentos a la población recompensando aquellos que apoyaban su régimen, y negándola a sus opositores. No solamente coartó la libertad de expresión, de prensa (unos 500 periodistas ejecutados), y no toleró la oposición política, sino que criticarle era punible con la pena capital, y la identidad personal o étnica era objeto de ataques arbitrarios.  La ONU había documentado más de 16,000 casos de personas desaparecidas. En agosto del 2001 Amnistía Internacional describió el uso sistemático de la tortura contra los opositores políticos, y la práctica de decapitar a las mujeres acusadas de prostitución, la de torturar a los prisioneros con hierros candentes, con choques eléctricos, con golpizas y fracturas de extremidades, con violaciones de mujeres, derramando ácidos en la piel. Se violaba a las mujeres de sus familias de los detenidos, y el costo de las ejecuciones tenía que ser abonado por los parientes más cercanos.

En mayo del 2000 su gobierno torturó hasta la muerte a la madre de tres desertores en represalia. En diciembre de 1996, arrestó a su propia esposa Sajida, y a sus hijas, ante la sospecha de que se habían conjurado para asesinar a su hijo primogénito Uday Hussein. Según Amnistía, las cabezas de las mujeres decapitadas fueron expuestas en estacas frente a sus casas durante varios días. En 1997 Saddam resolvió el problema de los hacinamientos en las cárceles mandando a ejecutar de un golpe a 3,000 prisioneros, y en 1995 unos 1,600 presos comunes fueron utilizados para perfeccionar las armas biológicas y químicas.

Saddam brindó a las organizaciones terroristas la información de inteligencia para sus operaciones en Europa, así como el entrenamiento especializado en la manufactura y colocación de explosivos, infiltración de áreas sensitivas, amén de amplios recursos en dinero, documentación falsa y códigos de comunicación. En abril de 1969, sus servicios secretos crearon el Frente de Liberación Árabe, encabezado por Waddi Haddad.  Saddam facilitó la ascensión del tenebroso Abú Abbas. Por la misma época,  albergó a connotados terroristas como Ahmed Jibril, Salem Abú Salem, Abú Iyad, jefe de la conocida "unidad 17", a Abú Ibrahim, el mago de los explosivos. Allí, también, se ubicarían los cuarteles generales de Abú Nidal, autor de incontables ataques terroristas en más de veinte países, con más de 900 muertes. Septiembre Negro encabezado por Mohammed Yussuf el-Najjar, recibía entrenamiento y asesoría de los servicios secretos iraquíes, de Cuba y de la KGB. En los meses anteriores a la primera guerra del Golfo, Saddam restauró sus lazos con organizaciones terroristas como Imad Mugniyah, el brutal operativo de Hizballah, así como los marxistas palestinos George Habash y Nayel Hawatmeh localizados en Jordania, amenazando con golpear con grupos terroristas a Darhan y Arabia Saudita.

Saddam nunca cesó de rivalizar con Damasco y Trípoli en el afán de manipular al ejército del terror, dentro de la nebulosa de grupúsculos que a nombre de la resistencia Palestina cambiaban de denominación al ritmo de sus operaciones. En 1993, Saddam montó un intento de asesinato que falló contra el ex presidente norteamericano George Bush y el emir de Kuwait utilizando un automóvil cargado de gran cantidad de explosivos. En junio de ese año, el presidente Bill Clinton autorizó una ofensiva militar contra posiciones militares iraquíes como represalia al intento.

En abril del 2002 el propio Saddam de manera pública aumentó de $10,000 a $25,000 dólares la suma para compensar a las familias de los dinamiteros suicidas palestinos en territorio israelí. Cuando la coalición desalojó al Talibán del Afganistán, Abu Mussab al-Zarqawi, lugarteniente de Osama bin Laden, trasladó la estructura de mando y campamentos de entrenamiento de Al-Qaeda al nordeste del Irak, y desde allí coordinaría todo el movimiento de la red.

Francia, Alemania, Ucrania y Rusia fueron cómplices del rearme iraquí, y se beneficiaban de su comercio ilegal con el petróleo, infringiendo el embargo y violando sus propias resoluciones como miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, y por eso encabezaron la lista de quienes rechazaron estructurar nuevamente la coalición aliada en el Oriente Medio. No había “moderación” ni visión “civilizada” en sus cancillerías. La permanencia de Saddam en el poder podía traer sorpresas más dolorosas. Los países y fuerzas políticas que rechazaron el desarme iraquí por la fuerza, pasaron por alto que las sanciones y las inspecciones no frenaron su carácter represivo, su apoyo al terrorismo y su rearme. Las consecuencias eran demasiado serias para descansar sólo en medidas de “contención” que nunca funcionaron con Saddam.

Desde Nuremberg, nunca existió un prisionero de guerra cuya ejecución fuese más justificada.