Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

 

 Dr. Alberto Roteta Dorado, Santa Cruz de Tenerife, España

LA UNEAC, SU CONGRESO Y LOS PAPELAZOS DE DÍAZ-CANEL

 

En enero de 1891, José Martí, el hombre continental, y sin duda, la figura más emblemática de la nación cubana, publicó uno de sus más colosales ensayos políticos. Me refiero a “Nuestra América”, que se dio a conocer primero en la Revista Ilustrada de Nueva York, y luego en El Partido Liberal, en México.

 

Lamentablemente dicho escrito hoy solo se recuerda mediante la evocación de alguna que otra frase, lo que se hace de manera descontextualizada, y casi siempre con el pretexto de utilizar la sabia palabra del también considerado Apóstol y Maestro de manera premeditada y con alevosía para manipular a multitudes desconocedoras de la verdadera esencia de su pensamiento.

 

La frase más difundida y utilizada con tales fines es “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”, la que se ha convertido en un estandarte de los comunistas cubanos, quienes pretenden legitimar sus terribles acciones acudiendo a la sabiduría martiana. La sobreutilización de citas de José Martí, además de ser perjudicial para la imagen del más grande y universal de los cubanos, toda vez que inmediatamente se le relaciona con las fechorías del régimen castrista, distorsiona un tanto la realidad de su mensaje una vez que se ha sacado de su contexto histórico.

 

Pero dejando a un lado el análisis de la manipulación del pensamiento del Apóstol -lo que nos da para un extenso libro de texto, cuyo contenido resulta imposible sintetizar en un trabajo de este tipo-, veamos el porqué acudo a la conocida frase del ensayo Nuestra América.

 

El sabio cubano se refiere a la importancia del intelecto y a la necesaria fuerza del pensamiento en cualquier movimiento revolucionario que pretenda alzarse con la intención de transformar su realidad. Esto es, de nada valen las armas y la fuerza arrolladora de las masas -trincheras de piedra- sin una guía intelectual capaz de sustentar sus acciones -trinchera de ideas.

 

Por estos días en el ambiente intelectual de Cuba vuelve a ser noticia los “debates” de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), institución, que como todos saben, “acoge” a los artistas, escritores y creadores de la isla, y que cuenta con un historial ya bastante extenso, casi en correspondencia con la antigüedad de la llamada revolución cubana. Recordemos que fue fundada en 1961, a dos años de que Fidel Castro se posesionara en el poder de la nación cubana por la eternidad, y que desde sus tiempos iniciales al mando del poeta comunista Nicolás Guillén ya tenía trazados sus planes en relación con lo que se podía o no hacer y decir.

  

Una de las prioridades del dictador Fidel Castro en aquellos convulsos años iniciales de su revolución (porque fue suya y de nadie más) fue la creación de una entidad que sirviera para frenar o ensalzar la creación y la expresión artística.

 

Se obstaculiza mediante la UNEAC todo aquello que esté fuera de la revolución, y se promueve hasta el cansancio todo aquello que esté dentro de los rígidos cánones de la revolución. La calidad y la autenticidad creadora quedan en un segundo plano ante la primacía de estar al lado del castrismo, o al menos fingir que se está del lado del castrismo. Se cumple así la sentencia castrista de que “dentro de la Revolución todo; contra la revolución nada, porque la Revolución tiene también sus derechos”, la célebre frase de corte fascista inspirada en el ideal de Benito Mussolini,* y que fuera pronunciada por el dictador cubano durante su histórico encuentro con la intelectualidad cubana de los años sesenta en la Biblioteca Nacional José Martí.

  

Para poder comprender el motivo por el que Fidel Castro dedicó largas horas de su agenda a debatir con los intelectuales cubanos de los inicios de los sesenta, y a dar las órdenes precisas para la creación de un organismo omniabarcador como la UNEAC, es necesario acudir a la citada frase de José Martí, esto es: “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”. Y es que a Fidel Castro se le puede señalar cualquier cosa monstruosa; pero nadie puede poner en duda su astucia, aunque esta, lamentablemente, la puso al servicio del mal en lo que pudiera ser una evocación al gran conflicto Fausto vs. Mefistófeles, del eminente escritor y pensador alemán Goethe.

 

Castro conocía de la supremacía de los ideales de los hombres, aún por encima de su propio accionar. De ahí que supo cómo crear los mecanismos diabólicos encaminados a ejercer el control absoluto de aquellos que representan la vanguardia del pensamiento, los que, sin duda, son los generadores de todos los procesos insurreccionales y revolucionarios de la historia. Recordemos el caso concreto de la Revolución Francesa de 1789, la que tuvo sus precedentes impulsores en las brillantes ideas del Iluminismo Francés como tendencia o movimiento filosófico de vanguardia de su tiempo.

 

Con la creación de la UNEAC se daba el primer paso para establecer normas, directrices, paradigmas y estatutos acerca de lo que se podía o no hacer, decir, representar y ejecutar. La obra de grandes intelectuales que no estaban al lado de la revolución quedó engavetada en una larga espera hasta tanto ser sepultada en el olvido. Tuvieron que pasar varias décadas para que los poemarios y la ejemplar novela Jardín, de Dulce María Loynaz; los singulares cuentos y obras teatrales de Virgilio Piñera, aquel intelectual que entró en pánico cuando el monstruoso comandante se dirigió a los intelectuales en la Biblioteca Nacional en 1961; o la enigmática novela Paradiso, de José Lezama Lima; sin que olvidemos la extraordinaria biografía de José Martí escrita por el olvidado filósofo cubano Jorge Mañach, fueran editados en su propia patria, por solo citar los casos de los más prominentes escritores, aunque con retraso y a regañadientes. Otros ni siquiera eso:  nunca publicados, como Guillermo Cabrera Infante o Gastón Baquero.

 

Si esto se hizo con los grandes, incluida Dulce María Loynaz, galardonada en España con el premio Cervantes de las Letras Hispanas, qué se puede esperar que ocurra con los jóvenes artistas, siempre henchidos de ideas novedosas muchas veces incomprensibles para los que nos formamos en otros tiempos y tenemos una percepción de la vida un tanto distinta y distante de la suya. Muy sencillo, se les marginó hasta el cansancio, se les subestimó hasta llevarlos al ostracismo, excepto que demostraran su fidelidad a una revolución que dejó de serlo hace mucho tiempo, amén de ser adoradores incansables de las consideradas figuras históricas de la revolución cubana.

  

El reciente congreso de la UNEAC, en el cual tuvo lugar un cambio de su anquilosada y anticuada directiva, constituye un vivo ejemplo de lo que es capaz de hacer un régimen dictatorial y autoritario cuando sabe del fin de su existencia. La sustitución de Miguel Barnet, el presidente vitalicio de la organización oficialista por el funcionario comunista Luis Morlote, el 30 de junio, durante la última sesión del IX congreso de dicha entidad, es una reafirmación de que bajo las garras del comunismo todo es posible, y la “elección” de alguien que jamás se ha destacado como creador, artista o intelectual, aunque si como dirigente partidista y fiel soldado de la revolución cubana, así lo demuestra.

 

Miguel Barnet, si bien muy poco aportó a la literatura cubana, excepto su singular Biografía de un Cimarrón, y tal vez, Canción de Rachel, que en sí se le recuerda por el hecho de haber sido utilizado parte de su contenido a modo de versión cinematográfica para La Bella de la Alhambra, o la extraordinaria interpretación de su canción tema a cargo del gran cantante Miguel Ángel Piña,  más que por la obra literaria en sí, al menos es un intelectual que se preocupó además -sobre todo en su juventud y antes de entregarse en cuerpo y alma como cuadro dirigente y partidista-  por las investigaciones folclóricas y etnográficas.

 

Como también lo fue el poeta Nicolás Guillén, el también eterno presidente fundador de la entidad, quien independientemente de su radical postura izquierdista, fue reconocido como un notable escritor mucho antes de sus andanzas comunistas. Su extraordinaria poesía de amor con un lugar ganado dentro de las letras hispanoamericanas del presente, así como sus encomiables elegías, en las que demuestra ser un experto en el dominio del estilo, así lo demuestran.

 

No obstante, Luis Morlote no ha aportado absolutamente nada como creador para representar a una organización que dice alentar la actividad creadora de los artistas cubanos, y este hecho demuestra la decadencia total de un régimen que intenta asegurar el poder absoluto de todo, pero sobre todas las cosas de esas trincheras de ideas a las que se refirió José Martí en Nuestra América.

 

El régimen cubano siente más temor de la posible influencia de la intelectualidad en el pensamiento de las masas que de una verdadera insurrección popular armada, con lo que se ratifica la colosal enseñanza martiana de que “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”.

 

De lo contrario, ¿cómo se justifica la presencia supervisora del propio presidente no elegido Miguel Díaz-Canel, del ignorante anciano dirigente Esteban Lazo, actual presidente de la Asamblea Nacional, del Ministro de Cultura, Alpidio Alonso, y como siempre ocurre en estas tenidas, de Víctor Gaute, el jefe del Departamento Ideológico del Comité Central del Partido Comunista, único reconocido de forma oficial por la dictadura?

 

En países democráticos con libertades de expresión y de pensamiento los intelectuales, artistas, historiadores, etc. se reúnen a debatir sus directrices de trabajo sin la presencia de toda una red controladora de sus destinos, toda vez que cuando hay libertad no se le teme a las trincheras de ideas; pero como no estamos ante un país democrático a pesar de que cierto personaje que ya no pertenece al reino de los vivos se dedicó a repetir, inmerso en sus acostumbrados delirios magalomaníacos, de que Cuba era la nación más democrática del mundo, entonces tiene que existir un control estricto de todo lo que se piensa, se dice y se ejecuta.

 

Nada mejor que la presencia de toda la maquinaria burocrática controladora del Partido Comunista, de la Seguridad del Estado, del Ministerio del Interior, etc. para “asesorar” a otras tantas entidades en relación con el pensamiento -si es que sigue existiendo un pensamiento- como la Asociación Hermanos Saíz, Sociedad de Historiadores de Cuba, Unión de Periodistas de Cuba, y como es lógico, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), cuyo último congreso recién concluyó en medio de un gran “debate”, mucho más político que intelectual.

 

Aquellos días en la Biblioteca Nacional, un escrito de la doctora Graciela Pogolotti como preámbulo al congreso de la UNEAC  

 

Unas semanas antes -algo premeditado y con alevosía, y quizás ¿por qué no? por encargo del Partido Comunista de Cuba- apareció publicado en los medios oficialistas de la isla un ensayo de la destacada intelectual cubana (que si es de las destacadas a pesar de su tendencia izquierdista) Graciela Pogolotti.

 

Su escrito titulado Aquellos días en la Biblioteca Nacional, constituye un ejemplo desde el punto de vista estilístico de lo que debe ser un ensayo de corte analítico; pero lamentablemente la doctora Pogolotti se dejó arrastrar por la pasión de un servilismo ya imposible de dejar a un lado a sus años, y tal vez, siendo conocedora de lo que es capaz la censura comunista, pecó demasiado en su contenido.

 

Luego de hacer un repaso de los meses iniciales de la Biblioteca Nacional luego de la instauración del régimen comunista en Cuba, entra de lleno en un análisis de aquel famoso encuentro de Fidel Castro con los intelectuales cubanos, justo en abril de 1961, tiempos convulsos en los que, según el criterio de la intelectual cubana, se estaba en la “efervescencia revolucionaria”, con una “multiplicación de la voluntad de aprender y de gran espíritu de superación permanente”. Y cito a continuación sus palabras:

 

Corría el Año de la Alfabetización. Acababa de producirse la victoria de Girón. Después de haber implementado subversión de toda índole: asesinatos de milicianos, la explosión del vapor La Coubre, quema de campos de caña o la distribución de un fraudulento documento según el cual las familias habrían de ser privadas de sus derechos de patria potestad, la conocida operación Peter Pan -que envió a un destino incierto a miles de menores de edad- la invasión confirmaba que el imperio había declarado una guerra a muerte contra una revolución popular, agraria y antiimperialista”.

 

A la doctora Pogolotti le faltó hacer referencia a los cientos de fusilados por el régimen castrista en esos “fervorosos” años, o a las cientos de familias a las que se les expropió sus pequeños negocios privados a partir de la nacionalización absoluta que Castro asumió siguiendo el modelo estalinista de los soviets, o las miles de caballerías de tierras confiscadas a sus propietarios a partir de la puesta en vigor de la ley de reforma agraria.

 

En fin, que su ensayo, el que, como expresé antes, es un modelo en el aspecto formal, eso que el propio José Martí llamó la esencia, es al mismo tiempo un ejemplo de parcialidad defensiva del sistema comunista cubano, si de su contenido se trata. 

 

En su análisis también sostiene la idea de que en aquellos años existía una preocupación marcada por la doctrina estética del realismo socialista, la que fue implantada como política de Estado en la Europa socialista, y de acuerdo con el criterio de la intelectual: “devenida freno de la experimentación en el terreno del arte, con graves repercusiones en la vida y en la obra de personalidades de alta significación”, lo que significa la aceptación de la exclusión por parte de la directiva comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), y de las naciones de Europa Central y del Este, de todo aquello que estuviera fuera de sus revoluciones; algo que se pretendía hacer entonces en la Cuba de los inicios de los sesenta durante el nacimiento de su nueva política revolucionaria aplicada a la cultura. 

 

Pero hay además dos aspectos que no puedo dejar a un lado al analizar este ensayo  - independientemente de que no se trata de un análisis exegético del escrito de la doctora Graciela Pogolotti- toda vez que pueden ser motivo de grandes sesgos interpretativos para aquellos que no sean conocedores de los horrores del régimen, esto es, de algunos que puedan consultar dicho documento y analizarlo desde la distancia, lo que presupone el desconocimiento del accionar de un régimen totalitario.

 

Uno de estos aspectos es el referente a la idea de que el discurso de Fidel Castro al cierre de las jornadas de debate de aquellos tiempos es inclusivo, y que tan solo se margina las posiciones “irreductiblemente contrarrevolucionarias”; lo que demuestra el sentido excluyente, y no inclusivo como señala la autora.

 

La inclusividad no admite fronteras, esto bien lo sabe la intelectual cubana; aunque prefirió seguir siendo una aliada del régimen por la eternidad -a diferencia de su padre, el gran pintor Marcelo Pogolotti, que sí experimentó el efecto devastador del ostracismo intelectual y se refugió en México hasta casi el fin de sus días en que tuvo que regresar a la isla muy anciano para ser cuidado por su única hija.

 

No obstante, fue capaz de cuestionar las políticas rígidas y esquemáticas, aunque con demasiada sutileza y sabiendo que ya a sus años cualquier cosa le puede ser perdonada. Reconoció la existencia de errores en la aplicabilidad de las políticas culturales, y sobre todas las cosas enfatizó en la necesidad de ahondar en el amplio concepto de cultura desde una perspectiva dialéctica.** En este sentido expresó:

 

La historia no recorre una carretera trazada de manera lineal. En el curso de los años se cometieron errores en la aplicación de los lineamientos definidos en aquella etapa inicial. Más que nunca, las expresiones contemporáneas del gran debate ideológico nos sitúan ante la exigencia apremiante de hurgar en lo más profundo del concepto de cultura para definir su alcance verdadero, desde una perspectiva dialéctica que despeje el complejo entramado de sus interrelaciones en el terreno de la sociedad y de los valores”.

 

El otro punto que no puedo dejar de comentar es el referente a la idea acerca de un indisoluble vínculo entre vanguardia artística y vanguardia política, según Graciela Pogolotti: “ratificado en las arenas de Playa Girón, donde la resistencia armada dio lugar a la reafirmación de la unidad entre soberanía nacional y proyección socialista, descolonizadora y tercermundista”, con lo que, lamentablemente “se va del aire” dicho en buen cubano, en lo que no soy muy versado dada mi influencia demasiado tradicionalista.

 

¿Qué tiene que ver Girón con la creación artística o con la proclamación del carácter socialista de la llamada revolución cubana, ahora también tercermundista y descolonizadora? ¿Fallos de la mente propios de su ancianidad? ¿Temor de ser cuestionada por la idea antes presentada respecto a los errores cometidos y esquemas rígidos de las directrices culturales de la nación?

 

Cuidado, o se está con Fausto o con Mefisto; y la intelectual, aún activa, al parecer prefirió lo segundo, por cuanto se acoge a la infame hipótesis castrista acerca de la inspiración martiana en la acción terrorífica del Moncada: “En esas condiciones precisas se configuraba un modelo político afincado en la tradición independentista y en el pensamiento martiano, latinoamericanista y antiimperialista. José Martí había sido el autor intelectual del asalto al cuartel Moncada”.

 

Y así las cosas, se crearon las condiciones preliminares para la realización de un congreso demasiado politizado y siempre evocando el pensamiento del llamado líder histórico y eterno comandante. Esta vez un hombre más joven, aunque envejeciendo cada día al lado de los dinosaurios partidistas que le rodean, demasiado enchapado a la antigua, y con las limitaciones intelectuales del hombre nuevo guevariano, se presentó entre los participantes del encuentro a repetir, una vez más y hasta el cansancio, la misma historia de hace casi sesenta años atrás en que el dictador cubano Fidel Castro, vestido de militar y con su pistola amenazante y desafiante sobre el púlpito, se dirigió a la intelectualidad cubana.

 

Miguel Díaz-Canel en la clausura del congreso. Demasiada palabrería partidista y pocas perspectivas de independencia y creación libre

 

Luego de 58 años el actual presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, sin uniforme verde olivo, sin la excentricidad tan sui generis del dictador Fidel Castro, y sin la amenazante pistola sobre el púlpito, se dirigió también a los intelectuales cubanos reunidos en la clausura del IX congreso de la UNEAC.

 

Ya alguien pretendió establecer un paralelo entre el discurso de ambos, con lo que se cae en el absurdo y el decir por decir sin conocimiento de causa. No encuentro tales semejanzas entre la kilométrica y eufórica intervención de Fidel Castro en lo que luego se conoció como Palabras a los intelectuales, y la sencilla cuasi insignificante y ridícula alocución de Miguel Díaz-Canel, a quien le traicionan sus limitaciones, tal vez por haber dedicado demasiado tiempo a dirigir durante toda su vida, y no a cultivar más su inteligencia para asumir en algún momento la presidencia de un país.

 

De cualquier modo, de presidentes y mandatarios poco letrados está llena la historia de estos duros tiempos, por cierto muy distantes de ese gobernante sabio presto a filosofar que muy bien describió Platón en La República. Díaz-Canel no es pues la excepción dentro de los nuevos bríos que adquieren la gobernación y la diplomacia actuales.

 

La breve intervención de Díaz-Canel, la que, hasta donde puedo valorar, fue redactada por él y no hecha por encargo y dictada a posteriori, es en sí una sumatoria de lo mismo con lo mismo. Con su anticuada y poco funcional retórica se le ocurrió expresar que “construir y defender un proyecto socialista significa defender el humanismo revolucionario”, frase sacada de la prehistoria bolchevique tan arraigada en el pensamiento del nuevo mandatario cubano.

 

¿A quién que esté en la plenitud de su sano juicio se le ocurre construir un proyecto de tipo socialista en estos tiempos? ¿Cómo hacer referencia a un humanismo revolucionario en una nación deshumanizada en su totalidad, donde cada día son violados los derechos humanos, precisamente en nombre de ese proyecto revolucionario?

 

En lo adelante ya podrán imaginar los lectores la secuencia de disparates pronunciada por alguien que, se supone, sea capaz de ofrecer un impulso renovador al legendario “legado” castrista, y hacerlo en el marco del congreso de la organización de “vanguardia” de los intelectuales cubanos. Más que un análisis de convocatoria para la necesaria renovación del pensamiento de los creadores de la isla parece ser una clase de catequesis socialista para adoctrinar a los serviles congresistas.

 

Díaz-Canel logró entrelazar alguna que otra conceptualización acerca del rol de los creadores cubanos dentro del actual contexto con una fuerte dosis de palabrería panfletaria a lo socialista radical; pero concretamente nada más, y como siempre las acostumbradas exhortaciones y los ataques al considerado imperialismo brutal, amén de los gastados calificativos de abnegación, fervor revolucionario, continuidad, historicidad, etc. siempre colocados en medio de una alocución nada significativa que será olvidada en breves días dada su intrascendencia. 

 

Hizo una evocación a Palabras a los intelectuales, sin que por ello podamos percibir que posea un dominio del discurso de Castro, sino que lo utiliza de modo premeditado para lograr cumplir con su conocido slogan de “somos continuidad”.

 

Se refirió a mercenarios culturales para evocar a aquellos que, según el, están “dispuestos a linchar a cuanto artista o creador exalte a la Revolución o les cante a las causas más duras y a la vez más nobles en que están empeñadas las fuerzas progresistas de nuestra región y del mundo”, con lo que demostró su prepotencia y su verdadero rostro, el de la exclusión; y en esto si recuerda un tanto la concepción excluyente y discriminatoria del viejo dictador, que por aquellos tiempos no era viejo, pero si malvado, cuando insistió en la frase devenida en momento clímax de su discurso: “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”.

 

Frase en la que se detuvo el actual presidente no elegido; aunque invitó a que todos los intelectuales y líderes partidistas conocieran el discurso completo de Fidel Castro, y digo conocer, y no conocer con profundidad, toda vez que ya sería pedir demasiado a una intelectualidad decadente, como es decadente el régimen en sí, y la cultura, es pues, un  reflejo de dicha decadencia.

 

Al parecer Díaz-Canel, quien también solo tiene dominio de la citada frase, percibió el desconocimiento generalizado de lo que los comunistas cubanos deberían considerar como su manifiesto comunista cultural; aunque en realidad, y dada la desinformación y la incultura generalizada que reina por doquier en el país, apenas se tiene idea del alcance en su real dimensión de aquellas reuniones en la Biblioteca Nacional de Cuba, en las que se definiría la rigidez de una creación, ya fuera literaria, escultórica, pictórica, danzaría o musical, por parte de la intelectualidad cubana de aquellos tiempos. Y esto apenas ha cambiado. Los pronunciamientos del poeta Miguel Barnet, quien fuera sustituido durante este evento, así como las propias palabras del presidente no elegido del país, así lo demuestran.

 

Igualmente afirmó que “como en los tiempos de Palabras a los intelectuales, la Revolución insiste en su derecho a defender su existencia que es, también, la existencia de un pueblo y de sus creadores e intelectuales”, lo que en sí es una evocación a la continuidad de la célebre frase castrista, esto es: 

 

Contra la Revolución nada, porque la Revolución tiene también sus derechos; y el primer derecho de la Revolución es el derecho a existir. Y frente al derecho de la Revolución de ser y de existir, nadie  -por cuanto la Revolución comprende los intereses del pueblo, por cuanto la Revolución significa los intereses de la nación entera-, nadie puede alegar con razón un derecho contra ella”.

 

Aquí Díaz-Canel intentó asumir la retórica castrista desde una perspectiva un tanto actualizada; pero como en la isla comunista no hay nada que se pueda actualizar sin el consentimiento de los consabidos asesores y jefes del Departamento Ideológico del Comité Central del único partido oficial, su mensaje quedó definitivamente como el de aquellos viejos tiempos en que el “eterno comandante” en tono amenazante expresó:

 

El problema que aquí se ha estado discutiendo -y que lo vamos a abordar- es el problema de la libertad de los escritores y de los artistas para expresarse.  El temor que aquí ha inquietado es si la Revolución va a ahogar esa libertad, es si la Revolución va a sofocar el espíritu creador de los escritores y de los artistas. Se habló aquí de la libertad formal.  Todo el mundo estuvo de acuerdo en el problema de la libertad formal.  Es decir, todo el mundo estuvo de acuerdo -y creo que nadie duda- acerca del problema de la libertad formal. La cuestión se hace más sutil y se convierte verdaderamente en el punto esencial de la cuestión, cuando se trata de la libertad de contenido. Es ahí el punto más sutil, porque es el que está expuesto a las más diversas interpretaciones.  Es el punto más polémico de esta cuestión: si debe haber o no una absoluta libertad de contenido en la expresión artística. Nos parece que algunos compañeros defienden ese punto de vista.  Quizás el temor a eso que llamaban prohibiciones, regulaciones, limitaciones, reglas, autoridades para decidir sobre la cuestión”.

 

Lo demás ya es historia conocida. Lo mismo en el aspecto formal, esto es, en la modalidad o estilo literario, pictórico o musical utilizado para expresar lo creado; pero sobre todas las cosas, tal y como enfatizó el dictador Fidel Castro: “si debe haber o no una absoluta libertad de contenido en la expresión artística”, esto es, en su contenido en sí, las prohibiciones no se hicieron esperar.

 

El régimen, que ya se había anticipado en nacionalizar muchas de las pequeñas empresas privadas, y que más tarde completó la eliminación total de la privatización, se adueñó de todo y ejerció el poderío absoluto sobre los medios de comunicación. La prensa escrita, las cadenas de la radio y televisión, las salas teatrales, las bibliotecas, las editoriales, etc. pasaron a manos del castrismo, cuyos controladores funcionarios surgidos de la nada, muchas veces casi analfabetos, aunque “revolucionarios”, para determinar lo que podía o no publicarse, informarse y ejecutarse en lo que consideraron una nueva Cuba.

 

Pero donde Díaz-Canel pecó en extremo fue al afirmar que los comunistas encargados de permitir o no la promoción de lo realizado no iban a limitar la creación. No obstante, inmediatamente agregó que “la Revolución que ha resistido 60 años por haber sabido defenderse, no va a dejar sus espacios institucionales en manos de quienes sirven a su enemigo, sea porque denigran cualquier esfuerzo por sobreponernos al cerco económico o porque se benefician de los fondos para destruir a la Revolución”.

 

Entonces, ¿se limitará o no la creación? ¿Por qué tanta ambigüedad cuando lo que se pretende es esclarecer el camino a seguir dentro de una institución que debe renovarse en su totalidad para que represente verdaderamente los intereses de los artistas y escritores cubanos?

 

Con esto Díaz-Canel no hizo otra cosa que asumir la misma actitud que Fidel Castro hace casi 60 años atrás cuando expresó:

 

Permítanme decirles en primer lugar que la Revolución defiende la libertad, que la Revolución ha traído al país una suma muy grande de libertades, que la Revolución no puede ser por esencia enemiga de las libertades; que si la preocupación de alguno es que la Revolución vaya a asfixiar su espíritu creador, que esa preocupación es innecesaria, que esa preocupación no tiene razón de ser”.

 

Para luego dejar bien establecida la famosa sentencia acerca de que “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”, y lo peor, que fue capaz de declarar a los indefensos intelectuales reunidos en la Biblioteca Nacional:

 

Los contrarrevolucionarios, es decir, los enemigos de la Revolución, no tienen ningún derecho contra la Revolución, porque la Revolución tiene un derecho: el derecho de existir, el derecho a desarrollarse y el derecho a vencer. ¿Quién pudiera poner en duda ese derecho de un pueblo que ha dicho iPatria o Muerte!, es decir, la Revolución o la muerte, la existencia de la Revolución o nada, de una Revolución que ha dicho ¡Venceremos!?  Es decir, que se ha planteado muy seriamente un propósito, y por respetables que sean los razonamientos personales de un enemigo de la Revolución, mucho más respetables son los derechos y las razones de una revolución”.

 

Comencé asumiendo la frase martiana “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra” para destacar el temor del régimen cubano a las ideas que pudieran ser emanadas de la intelectualidad, como es de suponer, de una intelectualidad verdadera desprejuiciada de los anquilosados cánones del absurdo socialismo cubano. Concluyo también con una frase del genial político y escritor cubano José Martí, tomada de su colosal ensayo Nuestra América, la cual debe analizarse en días convulsos como estos en los que se supone que los artistas y creadores de la isla se dispongan a trazarse nuevas metas, y al propio tiempo emprendan nuevos proyectos emancipadores en pos de cambiar los rígidos esquemas de una institución como la UNEAC. La frase tal y como la escribió Martí dice: “Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”.

 

Esta idea bien la hubiera podido citar y comentar, muy a su manera, Miguel Díaz-Canel; sin embargo prefirió optar por la también expresión martiana “no hay proa que taje una nube de ideas”, muy fácil toda vez que se trata de la continuidad de la idea del Apóstol, esto es, no tuvo que analizar detenidamente el extenso documento conocido cono Nuestra América, sino citar dos frases entresacadas del mismo párrafo, lo que a los ignorantes que le siguen les pudo parecer una brillante idea, cuando en realidad no es más que un recurso facilista para enredar a sus oyentes.

 

Y así las cosas, terminó un congreso que ha dejado estupefactos a todos, no solo por la “elección” del desconocido nuevo presidente, quien, repito con toda intención, no cuenta en su historial con una obra destacada dentro de la intelectualidad cubana, aunque sí con una vida dedicada a servir de cuadro partidista, sino además por el exceso de politiquería barata expresada tanto por el presidente saliente, Miguel Barnet, cuyas palabras omití en esta ocasión para no extender demasiado este análisis, como por el propio presidente del país, Miguel Díaz-Canel.

 

Retomando al verdadero padre de los cubanos y al más extraordinario ser que estuvo de modo transitorio durante la brevedad de su vida por las tierras cubanas: “Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”.

 

Ojalá que los intelectuales de Cuba logren interiorizar el verdadero sentido de esta sentencia martiana para que puedan marchar unidos hacia esa hora del recuento que, lamentablemente, aún no está próxima.

 

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*La frase del político y periodista fascista italiano Benito Mussolini (1883-1945) es: “El pueblo es el cuerpo del Estado, y el Estado es el espíritu del pueblo. En la doctrina fascista, el pueblo es el Estado y el Estado es el pueblo. Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado”.

**No necesariamente de la dialéctica marxista toda vez que la formación de la intelectual a la que hago mención tuvo una esmerada educación académica, demasiado amplia y profunda, en las mejores instituciones de Europa como para encasillarse en la rigidez marxista, aunque el marxismo ejerció su impronta tanto en ella como en su padre, el pintor y crítico de arte Marcelo Pogolotti (1902-1988), el primer pintor de vanguardia reconocido fuera de Cuba.