Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

 

 Dr. Alberto Roteta Dorado, Fort Pierce, Estados Unidos

José Martí, periodista excepcional, ni antiimperialista ni socialista

 

José Martí, el extraordinario ser que recordamos siempre, aunque de manera especial lo evocamos cada 28 de enero, se graduó de Licenciado en Filosofía y Letras y Licenciado en Derecho Civil y Canónico en la Universidad de Zaragoza, en 1874; aunque inició y cursó los dos primeros años de ambas carreras en la Universidad de Madrid.

 

Se sabe que ejerció el magisterio como catedrático de varias asignaturas, lo mismo en colegios privados de enseñanza elemental y básica que en centros universitarios, al menos en dos países de Latinoamérica: Guatemala y Venezuela, lo que pudo hacer no solo por sus conocimientos de historia, literatura, gramática, oratoria, idiomas, y especialmente filosofía, amén de sus dotes como comunicador, sino gracias a su título de Licenciado en Filosofía y Letras.

 

Hasta el presente no se conoce que ejerciera la profesión de abogado, como tampoco hay referencias acerca de que estudiara materias o técnicas en relación con el periodismo, la profesión que ejerció con mayor intensidad y que le permitiera subsistir durante su prolongada etapa en los Estados Unidos de América.

 

La gran mayoría de los cubanos ha repetido o escuchado esos inspiradores versos suyos salidos del alma, o leyeron algunas de las fábulas, cuentos o breves historias, que también brotaron de las inmensidades de una infinitud a las que solo los grandes seres pueden llegar, y que el sabio hombre nos entregara en su inmortal “La Edad de Oro”; aunque lamentablemente desconocen su grandeza como ensayista ejemplar, como traductor insuperable y como periodista de excelencia.     

 

Su obra literaria, aunque lamentablemente breve, está escrita en un castellano envidiable, con insuperable estilo, y la exquisitez de un aristócrata, a pesar de aquella humildad que lo caracterizó y le acompañó por siempre. Su incursión en la poesía, la novelística, el teatro, la traducción, la crítica literaria y de arte, el periodismo, y de manera especial en la ensayística, lo convierten en el polifacético escritor de talla excepcional que, sin saberlo, estaba revolucionando con su poesía las letras hispanas, pues José Martí fue un poeta de vanguardia, introductor junto al cubano Julián del Casal, el colombiano José Asunción Silva y el mexicano Gutiérrez Nájera, del modernismo como movimiento literario.

 

Sus “encrespados Versos Libres”, constituyen un modelo desde el punto de vista formal -lo que Martí sabiamente llamó “esencia”-  para la poesía de su tiempo, los que junto a Ismaelillo y Versos Sencillos, integran sus más importantes poemarios, versos que son evocados en nuestros días y figuran en las más importantes antologías de la poesía mundial. Su única novela, “Amistad Funesta” o “Lucía Jerez”, sin ser excepcional, es su novela, escrita con sinceridad y la pasión del hombre joven que de prisa redactaba para cumplir con el pedido de entrega semanal para su publicación en diarios de su tiempo; de ahí su estilo un tanto folletinesco, pero aun así, hay un cuidado en el decir y una precisión en la palabra que la engrandecen y la salvan dentro del género. Su obra para teatro “Amor con amor se paga”, logró ser representada con éxito en México en presencia de su autor.

 

Como ensayista nos dejó trabajos hasta hoy inigualables por su forma. Recordemos sus enormes ensayos dedicados a figuras de la ciencia, de las letras, de la religión, de la política o de la filosofía: Darwin, Edward McGlynn, James B. Alcott, Whitman y especialmente Emerson, su más acabado trabajo en este sentido, amén de los artículos: “Ruinas Indias”, “El Padre Las Casas”, “Tres héroes” y “Un paseo por la tierra de los anamitas”, pertenecientes a “La Edad de Oro”, y por supuesto, “Nuestra América”, sin duda, uno de sus ensayos más extraordinarios, y “Lectura en Steck Hall”, considerados verdaderos paradigmas de este género, no solo en lo formal o estilístico, sino como muestra de una vastedad cultural más allá de cualquier posible pretensión y de una erudición inigualable, de la que hacía derroche. 

 

No obstante, a pesar de sus méritos como poeta y ensayista, es en su labor como periodista en lo que pretendo insistir en este aniversario de su nacimiento, fecha que,  lamentablemente,  la dictadura comunista que persiste en Cuba se empeña en arruinar a través de una convocatoria para realizar forzadas marchas en las que se gritan las consignas propias de la retórica del caduco régimen, las que resultan contradictorias con aquella sobriedad, distinción y elegancia que identificaron al genial hombre de Dos Ríos.

   

Pero como el propio maestro dijo hacia el final del siglo XIX, cuando la gran oradora inglesa, la Dra. Annie Besant, visitara los Estados Unidos: “Edúquese lo superior del hombre, para que pueda, con ojos de más luz, entrar en el consuelo, adelantar en el misterio, explorar en la excelsitud del orbe espiritual”, es que me propongo cumplir con este reclamo que hiciera aquel a quien hoy recordamos, lo que haré a través de algunos apuntes que más allá de las tenebrosas marchas, de las ridículas consignas y de la vulgaridad propia del hombre nuevo, puedan contribuir a difundir el mensaje del autor de Versos Libres. 

 

Recordemos que como periodista llegó a ser publicado en más de veinte diarios de América. La noticia y la crónica adquirieron elevados matices en sus textos. El crítico y ensayista Pedro Henríquez Ureña, llegó a decir que Martí hizo un “periodismo elevado a un nivel artístico como jamás se ha visto en español, y probablemente en ningún otro idioma”. Mantuvo columnas y secciones en prestigiosas publicaciones como: El Partido Liberal, de México; La Opinión Nacional y la Revista Venezolana, ambas de Venezuela; La Ofrenda de Oro, de New York; La Pluma, de Colombia; La Nación, de Argentina; La República, de Honduras; y de manera especial su joya: La Edad de Oro, la que a pesar de su efímera vida y de su dedicación especialmente para niños y jóvenes, reúne en sus páginas extraordinarios textos dignos de imitar por su estilo.  

 

Justamente un periodismo elevado que llegue a alcanzar  un nivel artístico es lo que nos corresponde hacer a aquellos que nos dedicamos al periodismo en sus diversas modalidades. Hemos de ser muy cuidadosos no solo en los escritos de opinión y analíticos, sino en la entrevista y la noticia, algo que vamos dejando a un lado para dar paso al sensacionalismo y a esa idea de complacer que tanto daño nos está haciendo.

 

Si no queremos estar situados en la línea de la llamada prensa amarilla, aquella que según el destacado escritor y político peruano Mario Vargas Llosa, penetra demasiado en la intimidad y en lo personal para complacer a un público que solo busca el entretenimiento a través de la frivolidad y la superficialidad, entonces hemos de asumir una actitud que, sin llegar a ser distante de aquellos para los cuales trabajamos, no se limite pues a la noticia del momento que de manera rápida se disipa en la inmediatez del tiempo.

 

Por haber sido José Martí tan cuidadoso no solo en sus planteamientos temáticos de carácter social, político, cultural, y hasta científico, sino en su estilo sin igual, es que ha podido trascender hasta nuestros días. Si por un instante pudiéramos separar su legado en el terreno político y literario -algo que resulta imposible- para quedarnos solo con su extensa obra periodística, sin duda, José Martí sigue mereciendo ese sagrado lugar ganado en la historia de la nación cubana y en el mundo. 

 

Evoquemos en estos convulsos días en que un republicano asume la presidencia de este país, y aun sin haber comenzado su mandato ya era repudiado por multitudes que han salido a las calles a expresar su inconformidad, unas palabras del llamado Apóstol de Cuba, fruto de su trabajo periodístico como cronista en los Estados Unidos:

 

Ningún partido político tuvo nacimiento más glorioso que el Partido Republicano de los Estados Unidos, porque ninguno se formó con ambiciones más desinteresadas ni con esperanzas más nobles. La Constitución de este país estaba manchada por un vicio original: había transigido con la esclavitud de una raza. El Partido Republicano se fundó verdaderamente para limpiarla de esa mancha. No se componía sólo de los mejores entre los vivos. Puede decirse que se componía también de los muertos ilustres. Las sombras de Washington, de Jefferson, de Franklin, de Hamilton, presidían sus sesiones, y los grandes antepasados de la libertad norteamericana, tomaban parte en espíritu en la obra de refundición en que el oro puro iba a separarse de la escoria”.

 

Lo que demuestra esa habilidad para transmitir una opinión, y hacerlo con esa elocuencia que lo caracterizó, con conocimiento de causa acerca de la política de un país que no era el suyo, pero que conoció en todos sus detalles por respeto a su labor y a sus lectores, en lo que hemos de imitarle para no caer en la simplicidad y en la reiteración de lo que otros han dicho y pretendemos presentar como nuestro. Solo el estudio profundo del tema que vamos a tratar nos permitirá hacer verdaderas apreciaciones que más tarde podrán pasar a la posteridad y no ser desvanecidas en la transitoriedad de lo efímero.

 

Por estos tiempos se refirió también a la encomiable labor de Abraham Lincoln en la abolición de la esclavitud. En su crónica “Filiación Política. El origen del Partido Republicano en los Estados Unidos”, publicada en el diario La Nación, Buenos Aires, el 6 de noviembre de 1884 expresó:

 

En 1860, Abraham Lincoln, el más reposado y sereno enemigo de la esclavitud, un hombre de los que se llaman providenciales, porque responden a todas las exigencias del ministerio que les toca, subió al poder por dos millones de votos, y llevó consigo a la famosa Casa Blanca, la bandera del Partido Republicano. Innecesario es recordar la ira del Sur; el rompimiento del pacto, la miserable conducta de Buchanan, el júbilo de Europa por la mutilación del coloso, las vicisitudes numerosas y extraordinarias de la guerra. El 10 de Enero de 1863, usando de una facultad que la más autorizada interpretación del Derecho Constitucional le reconocía, el Presidente de los Estados Unidos, en castigo de rebeldes y por la dictadura suprema de la guerra, proclamó libres los esclavos del Sur. La pintura, la poesía, la elocuencia nos han conservado la imagen de ese Consejo de Gabinete en que Lincoln de pie lee a sus ministros la proclama, escrita por él mismo en ese estilo que la Historia no tiene que alterar, en que las ideas se graban de una vez”. [1]

 

Se trata de un tema político que con precisión y sin ornamentos literarios Martí describe de manera magistral; no obstante acude a los recursos de la narrativa para limar la aspereza del tema, de ahí que intente recrear el momento en que el querido presidente Lincoln proclama la abolición de la esclavitud y exalte la labor de las artes, de manera particular la pintura, la poesía y la oratoria.

 

Por supuesto que no estamos en los tiempos de José Martí; sino en un mundo de hipermodernidad, de continuos y drásticos cambios, de dinamismo y rapidez, de redes sociales e hiperconectividad;  en un convulso contexto en el que un escrito extenso, con ciertas complejidades, con términos rebuscados y con exquisito cuidado en el estilo, corre el riesgo del fracaso; pero no podemos olvidar que no solo tenemos la misión de informar; sino de enseñar y educar, algo que el colosal cubano ejemplar tenía muy bien definido.

 

Una infinidad de diarios, sitios digitales, blogs, revistas, amén de las llamadas redes sociales, nos invaden cada día con una rapidez cada vez mayor; sin embargo la inmediatez de estos duros tiempos no nos debe envolver en una simplicidad carente de ese toque distintivo que como comunicadores debe caracterizarnos.

 

La profundidad al abordar un tema debe ser la meta que hemos de proponernos. Al hacer un planteamiento debemos ser muy cuidadosos, no podemos permitirnos que aparezcan en los medios que tienen la gentileza de admitirnos como colaboradores, cronistas o analistas, imprecisiones o errores conceptuales, algo que tanto ocurre en nuestros días.

 

Es necesario que sepamos ocupar nuestro lugar y que practiquemos la virtud de la humildad, tal como hiciera el Apóstol. Pero la necesidad de ser el centro dejando atrás la sencillez y la modestia, hace que cometamos errores que no resultan enmendables una vez que se publican.   

 

Indudablemente no todos tenemos esa vastedad cultural de aquel hombre continental que se daba el lujo de tratar lo mismo aspectos de la teoría de la evolución de Darwin que de la poesía de Whitman, por lo que hemos de ser selectivos por respeto a nosotros mismos y a nuestros lectores: si no conocemos a profundidad un tema, pues con humildad hemos de dejarlo para que otros lo aborden. No todos podemos ser expertos, analistas o especialistas.

 

Ceder el paso a otros no significa doblegarnos, sino ser inteligentes y asumir posiciones desde concepciones éticas que nos permitan hacer un periodismo de primera, como el que hizo aquel genial hombre, cuyo nacimiento recordamos hoy.

 

Si analizamos las crónicas, ensayos y artículos que José Martí publicó durante su  corta, pero fecunda vida, al menos en este aspecto podemos vislumbrar a un hombre crítico, preciso, enérgico; pero jamás agresivo e hiriente.

 

En 1890, en la Revista Universal de México,  hizo fuertes críticas a la religión, aunque con medida y justicia, sin burlarse y sin dar lugar al choteo, algo que de manera lamentable resulta tan común en los medios actuales:

 

La forma atrevida y corrompida desconoce la esencia pura que ha abrumado y ha roído. El cristianismo ha muerto  a manos del catolicismo. Para amar a Cristo, es necesario arrancarlo a las manos torpes de sus hijos”.

 

Solo unos años antes, en 1887, publicó en el diario La Nación, Buenos Aires, con el título: “El monumento de la prensa, los periodistas de Nueva York”, un escrito monumental en el que se refirió al reverendo Edward McGlynn, y a la idea de una necesaria iglesia de nuevo tipo en la que se respetaran las libertades individuales del hombre y donde más allá de los templos existieran puertas abiertas para la verdadera redención y el cultivo del pensamiento de los hombres: 

 

Catedral debiera hacerse, -expresó José Martí- porque los edificios grandiosos entusiasman, conservan y educan; pero no catedrales de ritos, a que los hombres sólo se apegan para salvar su hacienda y privilegios en esta hora obscura, y son, más que catedrales murallas, y más que altares, parapetos; sino una arquitectura nunca vista, donde se consagrara la redención del pensamiento humano y fuese el entrar en ella como en la majestad, y sublimarse en la compañía de los héroes, vaciados en bronce; ¡y las puertas siempre abiertas¡ La libertad debiera ya tener su arquitectura”. [2]

 

Ser más agresivos, acudir de manera recurrente a frases del populacho hasta llegar a la vulgaridad, utilizar ciertos giros que más allá de la justificada ironía se convierten en la burla y la bufonada, no nos hace más críticos, ni más enérgicos en nuestro rol de denunciar la injusticia social y política; contrariamente, nos convierte en esos hombres superficiales de la prensa amarilla que ya he comentado antes, algo muy distante de aquel hombre que “tiene tanto de soldado”, según escribiera el Apóstol al director de La Nación, desde Nueva York, en 1887, refiriéndose a los periodistas.

 

Es cierto que trabajamos para nuestros lectores; lo que no significa que  premeditadamente redactemos para complacerlos sobremanera, sino para mostrarles la realidad del mundo y de manera particular de nuestra nación, pero hacerlo desde la óptica del respeto y siendo muy cuidadosos con el estilo, es decir, con la forma, algo en lo que José Martí fue un verdadero maestro, y le llamó -aunque parezca contradictorio- la esencia.

 

Su visión del socialismo desde su labor periodística

 

Gracias a su trabajo periodístico es que hemos podido conocer sus planteamientos sobre el socialismo. En La América, Nueva York, en abril de 1884, hace referencia al padre de la antropología y la filosofía evolucionista, el teórico social inglés Herbert Spencer, en la primera parte del escrito, y luego a través del subtítulo “La futura esclavitud”, en la segunda parte -la que más se ha difundido por lo polémico del tema-,  es que Martí insistió en los desaciertos de este sistema social.

 

Martí evoca un texto de Spencer dedicado al socialismo, en el que lo define como la futura esclavitud de la humanidad, cuyo título es: “La esclavitud futura”, y forma parte de un grupo de ensayos que publicó Spencer con el nombre: “El individuo contra el estado”, en 1884. Es Spencer, y no Martí, quien se refiere al sistema socialista de esta forma. Martí asume la idea y la frase textual para comentar particularmente sobre este ensayo. 

 

En la introducción, José Martí, no solo nos ubica en el tema a tratar, sino que hace gala de su brillantez estilística en el ensayo breve como género: 

 

Por su cerrada lógica, por su espaciosa construcción, por su lenguaje nítido, por su brillantez, trascendencia y peso, sobresale entre esos varios tratados aquel en que Herbert Spencer quiere enseñar cómo se va, por la excesiva protección a los pobres, a un estado socialista que sería a poco un estado corrompido, y luego un estado tiránico. Lo seguiremos de cerca en su raciocinio, acá extractando, allá supliendo lo que apunta; acullá, sin decirlo, arguyéndolo. Pero ¡cómo reluce este estilo de Spencer! No sea ese estilo de púrpura romana de Renán, sino cota de malla impenetrable, llevada por robusto caballero. Muévese su lenguaje en ondas anchas, como las que imprime en el océano solemne un imponente vapor trasatlántico. (…) Se inflama a ocasiones en generoso fuego; pero la llama, que brilla entonces intensa, dura poco. Es un estilo de cureña de artillería, hecho como para soportar las andanadas certeras que desde él dispara el pensamiento. Habla, como otros en cuadros, en lecciones; tanto, que a veces peca de pontífice. Como en una idea agrupa hechos, en una palabra agrupa ideas. Sus adjetivos le ahorran párrafos, El funcionarismo, que tiene intereses comunes, es “coherente”; el público, que anda suelto y se pone raras veces al habla, es “incoherente”. “Agencias” son las fuerzas sociales. Ve el flujo y reflujo periódico de la vida en los pueblos, como un anatómico ve en las venas el curso de la sangre. Escarda cuidadosamente, entre los hechos diversos, los análogos; y los presenta luego bien liados y en hilera, como soldados mudos, que van defendiendo lo que él dice. Anda sobre hechos”.  [3]

 

No obstante, mucho antes, en sus años de juventud, José Martí hizo referencia a las modalidades de socialismo que precedieron al modelo propuesto por Marx, lo que si  conoció muy bien, aunque algunos se empeñen en afirmar lo contrario para justificar la no afiliación de Martí a este sistema. “Todos ellos -refiriéndose a las clases de socialismo- convienen en una base general, el programa de nacionalizar la tierra y los elementos de producción”. Se refirió a la variante de la Icaria cristiana de Cabet, al mutualismo de Prudhomme, al familisterio de Guisa, al Colinsismo de Bélgica, y hasta a  los llamados jóvenes Hegelianos de Alemania, entre los que había militado Marx en sus años mozos.

 

Pero de manera enérgica insistió en su análisis sobre el texto de Spencer dedicado al socialismo, en la idea de que “en ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre, que a la comunidad entregaría todo su trabajo”, y con su peculiar estilo que define, caracteriza, pero no agrede y su inigualable sabiduría, llega a afirmar que el hombre en el socialismo se convierte en esclavo:

 

De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, iría a ser esclavo de los funcionarios. Esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre él; y en ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre, que a la comunidad entregaría todo su trabajo”.

 

Los siguientes fragmentos del mismo escrito son sugerentes de la postura del Apóstol respecto a sus concepciones sobre el socialismo, lo que está en correspondencia con la actitud asumida  por José Martí:

 

Teme Spencer, no sin fundamento, que al llegar a ser tan varia, activa y dominante la acción del estado, habría este de imponer considerables cargas a la parte de la nación  trabajadora en provecho de la parte páupera. Y es verdad que si llegare la benevolencia a tal punto que los páuperos no necesitasen trabajar para vivir -a lo cual jamás podrían llegar-, se iría debilitando la acción individual, y gravando la condición de los tenedores de alguna riqueza, sin bastar por eso a acallar las necesidades y apetitos de los que no la tienen”.

 

“Todo el poder que iría adquiriendo la casta de funcionarios, ligados por la necesidad de mantenerse en una ocupación privilegiada y pingüe, lo iría perdiendo el pueblo, que no tiene las mismas razones de complicidad en esperanzas y provechos, para hacer frente a los funcionarios enlazados por intereses comunes. Como todas las necesidades públicas vendrían a ser satisfechas por el Estado, adquirirían los funcionarios entonces la influencia enorme que naturalmente viene a los que distribuyen algún derecho o beneficio. El hombre que quiere ahora que el Estado cuide de él para no tener que cuidar él de sí, tendría que trabajar entonces en la medida, por el tiempo y en la labor que plugiese al Estado asignarle, puesto que a éste, sobre quien caerían todos los deberes, se darían naturalmente todas las facultades necesarias para recabar los medios de cumplir aquéllos”.

 

En este extraordinario escrito Martí no solo fue capaz de valorar los desaciertos de este sistema social y modelo económico, sino que con agudeza y visión de futuro supo predecir los males que aquejarían a las naciones como resultante de los vicios  engendrados por dicho sistema. Algo patente en la Cuba de nuestros días, donde se intentó eliminar toda forma de religión, e imponer un materialismo forzado a partir de la declaración del carácter socialista de la revolución cubana que protagonizara el dictador Fidel Castro, en abril de 1961:

 

Preocupar a los pueblos exclusivamente en su ventura y fines terrestres, es corromperlos, con la mejor intención de sanarlos. Los pueblos que no creen en la perpetuación y universal sentido, en el sacerdocio y glorioso ascenso de la vida humana, se desmigajan como un mendrugo roído de ratones”. 

 

Imposible pretender abordar su extensa obra periodística. Me he limitado solo a unos ejemplos representativos que demuestran su grandeza como periodista ejemplar. Acudir a su enseñanza y descubrirle en su real dimensión es nuestro deber. Hagámoslo de manera libre, sin ataduras, sin ideas preestablecidas, dejando a un lado esa maléfica influencia causada por la manipulación comunista, que olvidando a un hombre quasi santo, a un extraordinario, profundo y polifacético pensador, a un humanista sin par, intentan mostrar a medias y de manera tergiversada solo su labor política.

 

Recordarle hoy, no como simple cumplido por motivo de un onomástico, sino como sagrado deber, es algo que como cubanos no podemos dejar de hacer. Imitarle es imposible, intentar aproximarnos a su excelsitud es una utopía;  pero tomar su periodismo como paradigma sí puede ser una realidad, algo muy necesario en estos tiempos; nuestros lectores lo agradecerán por siempre.

 

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[1] Martí, J. Obras Completas. T. 10. Ed. Ciencias Sociales. La Habana, 1975. pág. 97.

[2] Martí, J. Obras Completas. T. 11. Ed. Ciencias Sociales. La Habana, 1975. pp.202.

[3] Martí, J. Obras Completas. T. 15. Ed. Ciencias Sociales. La Habana, 1975. pp.387-392.