Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

 

 Dr. Alberto Roteta Dorado, Santa Cruz de Tenerife, España

José Martí, FALSEado por el castrismo, desconocido por el exilio

 

La figura de José Martí constituye un inigualable paradigma no solo dentro de la historia nacional cubana, sino por lo que representa en el contexto latinoamericano, amén de sus aportes trascendentales que le confieren un carácter universal, y aunque al mítico hombre de Dos Ríos algunos le han querido desplazar de su merecido protagonismo, para en su lugar colocar a otras figuras posteriores a él, y que lograron, ¿por qué no admitirlo?, su universalidad  -algo que no necesariamente se conquista por méritos, valores, y virtudes, sino por las antítesis de estos conceptos, y tal es el caso de aquel, cuyo nombre prefiero omitir hoy para que no aparezca vinculado al de José Martí, el verdadero líder histórico de la nación cubana- , jamás lo han logrado, por cuanto, al legendario hombre santo se le respeta y hasta se le venera, algo que tratándose de él lo aceptamos como digno, por lo que representa el colosal hombre que se inmoló, cual redentor de todos los cubanos, en lo que fuera su mayor acto de sacrificio.

 

De ahí que los cubanos lo sentimos muy cerca, como si jamás se nos hubiera ido hacia otras dimensiones, más allá de lo perceptible, al menos los del final del siglo diecinueve que le conocieron directamente o que supieron de su excelsa existencia y de su fugaz paso por el suelo patrio, los de las primeras décadas del siglo veinte, que crecieron bajo la influencia de la enseñanza del inspirador hombre -ya comenzaba pues su mitificación como algo más allá de lo comprensible, de lo terrenal y de lo humano, aunque al propio tiempo comprendido, terrenal y hombre-, y más tarde los que pudieron acercarse a su enseñanza antes de que se apoderan de sus primigenios valores, y los adulteraran de manera desmedida, bajo un nuevo ropaje conveniente para la dura etapa de una patria que dejara de ser nuestra para pasar a manos de la peor dictadura del hemisferio occidental de estos tiempos, y también de aquellos que, a pesar de la manipulación sostenida de su inigualable pensamiento, fuimos capaces de mantenernos leales y firmes al legado del valiente ser que seguirá siendo por la eternidad el más universal y el más simbólico de todos los cubanos, justamente el merecido lugar que le corresponde, y que jamás nadie podrá arrebatarle por mucho que lo intenten.  

 

No hay opciones en una selección de líderes, de maestros, o de guías. Entre tantos, solo un nombre no admite discusión alguna: José Martí.  Cuando se habla de la figura cimera de nuestra patria todos mencionamos, sin duda, a quien es considerado un Apóstol, calificativo no otorgado hasta el presente a nadie más que al genial hombre de “Nuestra América”.  A pesar del respeto que se le tributa a Antonio Maceo, a Máximo Gómez, a Carlos Manuel de Céspedes, y otros tantos héroes y mártires de las gestas independentistas cubanas del siglo diecinueve, ninguno lo iguala en honores, y esto lo distingue y le ofrece una dimensión sin igual en la historia de la nación cubana.

 

A José Martí se le venera. Si es realmente un culto o no, no importa, si es una forma de idolatría o no, da igual. Los cubanos no nos cuestionamos estas cosas, solo lo queremos, y cada cual lo quiere a su forma, como puede, y también como quiere, y aunque estos sean tiempos difíciles para los cubanos, a los que, por desgracia, se les ha conducido a un patológico estado de apatía y de rechazo a todo aquello que tenga que ver con la historia patria -por la asociación que de manera súbita se hace con el régimen comunista-, hacia el hombre enorme que nos enseñó a amar lo nuestro se sigue experimentando un misterioso sentimiento inexplicable, mezcla de curiosidad y respeto, y de admiración y cariño, que lo envuelven cada vez más en un misterio que realza su aureola hasta proporciones cuasi místicas.   

 

De ahí que su vida y el mensaje de su grandiosa obra aparezca en las más diversas manifestaciones del arte, en todos los centros de estudios, y hasta en cada hogar cubano, independientemente de la tergiversación que de manera premeditada y con alevosía se ha hecho de su enseñanza por parte de la dictadura comunista cubana, que de manera  inescrupulosa lo pretenden presentar ante el mundo como el inspirador de las fechorías del régimen castrista, como el antiimperialista por excelencia, y hasta se intentó asociarlo con un socialismo que jamás profesó, y lejos de esto, se pronunció de manera enérgica en su contra.  

 

Pero no voy a insistir una vez más sobre estos aspectos que, aunque jamás se agotan, ya han sido demasiado tratados, una veces muy bien y con verdadero conocimiento de causa, y otras como lamentablemente suele suceder, desde la óptica del facilismo y la superficialidad, tomando unas tres o cuatro citas martianas y comentando cualquier disparatada concepción, lo que al lado de la elocuencia y la sapiencia del Maestro parece más ridícula aún. Por lo que trataré algunos aspectos muy poco abordados en relación con la influencia y el efecto benéfico que ha causado el autor de “Versos Libres” en ciertas esferas del arte y la literatura, y de modo general, en la cultura cubana, con lo que espero contribuir a la apreciación de la enseñanza del Apóstol de América desde una perspectiva diferente y a su vez amena.

 

La imagen del Apóstol en las artes plásticas

 

En las artes plásticas numerosos pintores y escultores han tratado de inmortalizar a quien en sí no necesita ser inmortalizado; pero lo han hecho magistralmente por aquello de que se le ama y se le venera con toda razón. La extraordinaria pintura de Menocal, el gran artista cubano que plasmara la imagen elegante y un tanto envuelta en el misterio del héroe cubano -lo que pudiéramos definir como el Martí clásico, una de sus imágenes más conocida-, fue cediendo su paso a la contemporaneidad con que Carlos Enríquez, el destacado pintor de la vanguardia cubana de la primera mitad del siglo XX, tratara el tema de la controversial muerte del líder cubano en Dos Ríos -quien no asimile el sentido de la muerte martiana, hecho que siempre ha estado envuelto en el misterio, a través de la extraordinaria obra de Carlos Enríquez jamás llegará a comprenderla.

 

En 1960 Eduardo Abela aborda la enorme figura martiana en un pequeñísimo óleo sobre madera de tan solo 41x34 centímetros, cual símbolo de poder redimensionar su gigantesca imagen en un pequeño óleo, con lo que, tal vez, se propuso destacar aquella humildad y sencillez que lo caracterizaron. Luego, en 1990, Ernesto García Peña lo retrata a través de un Martí campesino, con lo que lo aproxima a las multitudes, lo humaniza -por aquello de una mitificación y mistificación que lo distancian un tanto de los hombres para convertirlo en excelso Avatâra o Arcángel regente. El Martí campesino aparece en la obra de García Peña acompañado de aquel caballo que poéticamente José Lezama Lima resaltó en su poema “La casa del Alibi”. La obra de García Peña recuerda la creación de Jorge Arche, de 1943, en la que pretendió desmitificar un tanto al “Santo de América” a través de su presencia en los campos cubanos.

 

Nueve años más tarde José Miguel Pérez trata al Maestro como maestro, y lo hace a través de un acrílico sobre tela, donde aparece inmerso en las selvas latinas, bañado por las posibles aguas de la vida, en las que se levanta el rostro del bendito héroe. Ya en pleno siglo veintiuno Águedo Alonso lo incluye en su serie “Rostros Latinoamericanos” y Carlos Guzmán retoma el simbólico caballo para su creación del sin par “El caballo mágico”.

 

La monumental escultura de la antigua Plaza Cívica de La Habana, -por desgracia convertida en Plaza de la Revolución, centro de los peores actos sacrílegos del comunismo cubano, (recuérdese que en dicha zona también se encuentra el monumental homenaje al Che Guevara)-, el impresionante monumento del Parque Central de la propia capital cubana, o el de los parques principales de las ciudades de Matanzas y Cienfuegos, por solo citar estas dos en el interior del país, el singular “Martí, de cara al sol” del escultor Pedro Suárez, resguardado en el cienfueguero Oasis Teosófico-Martiano, amén de las tantas y tantas esculturas de todas nuestras principales ciudades, son una muestra de esa necesidad de perpetuar a través de la imagen, no solo la figura del más grande de los cubanos de todos los tiempos, sino de hacer valer su obra; por cuanto, cada creación, en el campo de las llamadas artes plásticas, encierra algo de la enorme obra del maestro.

 

La omisión de ciertos monumentos escultóricos hechos en la segunda mitad del siglo XX no significa desconocimiento del autor, sino no hacer mención a lo que algunos hicieron influenciados por el régimen dictatorial cubano: el ejemplo clásico es el monumento situado en las cercanías de la actual Embajada de Estados Unidos en La Habana, Sección de Intereses en el momento en que fue colocado, en lo que el régimen ha llamado Tribuna Antiimperialista, obra que muestra a un Martí que señala con su mano hacia el norte, por aquello del norte “revuelto y brutal que nos desprecia”, lo que constituye una provocación del régimen cubano y un verdadero sacrilegio a la figura del colosal pensador y político cubano. 

 

La presencia martiana en la música popular y de concierto

 

Pero ese acudir una y otra vez al hombre que lo dio todo por el deber patrio, no está limitado al mundo de la plástica. En la primera mitad del siglo veinte un compositor y pianista de la altura de Ernesto Lecuona le entregaba a una joven cantante, que recién se iniciaba en el arte, una serie de partituras con la musicalización de algunos de los versos sencillos de José Martí: “Por tus ojos”, “Mucho señora daría”, “La rosa blanca”, “Yo pienso cuando me muero”, entre otros, fueron estrenados por la soprano cubana Ester Borja, quien con el transcurso del tiempo se convirtió en el símbolo de la canción cubana.

 

Lamentablemente este conjunto de obras de grandes valores estéticos y de exquisita elaboración, tanto poética como musical, permanecen olvidados y en la espera de que algún cantante lírico los retome y los siga cantando con el mismo ímpetu que la afamada cantante cubana lo hiciera durante décadas. Tal vez el binomio Martí-Lecuona no les guste a los recalcitrantes dirigentes de instancias como la UNEAC o el Instituto Cubano de la Música, por lo que la genialidad de estas composiciones ha pasado al olvido forzado.   

 

En la segunda mitad del siglo veinte una extraordinaria compositora que ya se nos fue a otros mundos, nos entregó un “Ismaelillo”, que cual grandiosa cantata es digna de aparecer entre las obras más logradas de la consagrada trovadora Teresita Fernández. Los tiernos versos renacieron, a veces sutiles e inocentes, a veces enérgicos, y hasta épicos, en el inconfundible estilo de la mítica cantante y compositora, quien con su peculiar cadencia y nostálgica voz nos regaló una obra de altos valores; aunque lamentablemente también olvidada en estos duros tiempos en los que lo bueno pasa a ser fondo museable en la mejor de las opciones -otra sería hacerlos desaparecer.

 

Hacia la década del setenta algunos jóvenes trovadores, miembros del fenómeno musical cubano conocido como la Nueva Trova -independientemente del matiz político a favor de la revolución cubana y de sus participaciones en actos y marchas a favor del régimen-, presentaron sus composiciones utilizando la inigualable poesía del modernismo martiano. Sara González, Pablo Milanés y Amaury Pérez llevaron a la música popular los versos del considerado Apóstol de Cuba; aunque ni por el hecho de que estos artistas se solidarizaron con el régimen dichas obras son recordadas en nuestros días, algo que es imperdonable.

 

Téngase presente que una obra de nuestra música popular campesina ya había recorrido el mundo, y lo sigue haciendo. Me refiero a la “Guajira Guantanamera”, composición de dudoso origen, pero se atribuye su melodía al cantor de música campesina Joseíto Fernández, aunque la versión definitiva con la utilización de los versos martianos, pertenecientes a los primeros “Versos Sencillos” de José Martí, fue popularizada mundialmente por el estadounidense Pete Seeger, a quien también se le ha considerado su autor, olvidando así el mérito del compositor cubano Julián Orbón, quien al parecer fue el que incorporó los versos martianos. Dicha obra, la más universal en relación con la poesía martiana, ha sido interpretada por cantantes líricos, juglares y trovadores, y hasta por músicos ambulantes en el legendario Camino de Santiago, símbolo de peregrinación cristiana, y por cualquier sitio del mundo que usted ande, y se sepa que hay un cubano, siempre aparece alguien que le menciona la mundialmente conocida “Guajira Guantanamera”, o sencillamente “La Guantanamera”, como ha pasado a la posteridad. 

 

Recientemente el joven cantor y compositor cubano Adrián Berazaín, con su estilo y siempre dentro de su cuerda tan juvenil, pero con una originalidad respetable, ofreció una canción inspirada en el genial cubano. Pretendió dar una imagen más cercana y a la vez real, despojada de ese misticismo que muchas veces los menos jóvenes damos al llamado “Santo de América”, algo que, por suerte, logró.

 

Con menos acierto que en la música popular nuestro José Martí ha sido llevado a la ópera. El olvidado compositor cubano Rafael Vega Caso, compuso dos óperas, “Abdala”, basada en el poema dramático homónimo de Martí, y “José Martí”, con textos del propio autor, aunque incluye textos martianos. Al parecer nunca se han interpretado y esperan para ser descubiertas por las actuales generaciones. 

 

El compositor y pianista Hilario González es el autor de una miniópera a capella basada en “Los zapaticos de rosa”. González además utilizó los versos del Apóstol para numerosos lieder, estrenados en Cuba y luego interpretados en otras partes del mundo por la soprano Iris Burguet. También Juan Piñera, utilizó el texto martiano de “Amor con amor se paga” para una ópera en 1987, que al igual que las antes citadas permanecen en un eterno descanso.

 

Dentro de la música coral, se destaca la compositora Beatriz Corona con varias obras en las que ha utilizado los textos martianos. El pianista y compositor César Pérez Sentenat compuso en 1931 sus “Martianas”, dos pequeñas canciones y un poema cantado con texto de José Martí, y Harold Gramatges utilizó textos martianos para varias de sus obras: “Tríptico”, para soprano y orquesta, “Oda Martiana”, para barítono y orquesta, “Dos canciones”, para coro mixto a cuatro voces, y “Tienes el don”, para barítono.

 

Su trascendencia a través de la literatura

 

En la literatura sería interminable la lista de todos los que con sinceridad y devoción, amén de la calidad en el tratamiento de los diversos temas dentro del legado martiano, han tratado la vida y la obra de José Martí. Me limitaré solo a los de mayor trascendencia. En primer lugar la biografía de Jorge Mañach, con sus realidades y sus idealizaciones, con mucho de histórico y algo de novelado, pues el autor dejó que la pasión con que amara al Apóstol cubano le llegara, más que a su intelecto, a su alma; pero de cualquier modo una buena biografía. “Martí: el Apóstol”, la obra de este tipo más completa en su momento; aunque superada más tarde, no por restarle méritos al apasionado autor, sino porque la investigación histórica permitió la obtención de numerosos datos que sirvieron de fundamento a aquellas pocas obras de este tipo que aparecieron más tarde. 

 

El título de esta obra nos ofrece per se el más grande y trascendental significado del autor del “Ismaelillo”, por cuanto, Martí representa un apostolado en el sentido más amplio del término, y es Apóstol, no solo de su patria, sino de América; y esto no es sobredimensionar su excelsitud, sino darle el justo lugar que le corresponde, toda vez que nadie como él supo y pudo comprender, y asimilar, el verdadero sentido de la praxis latinoamericana, el primero en hablar de una América española y una europea, el introductor del término nuestra América, el que vislumbró desde su tiempo y su contexto no solo el peligro que corrían nuestros pueblos, sino la grandeza de su cultura y de sus tradiciones.

 

Mañach, uno de nuestros más grandes intelectuales, olvidado y casi sepultado por el simple hecho de no ser marxista, ni haber militado en el régimen castrista, estudió suficientemente a Martí como para entregarnos una biografía, que es un verdadero paradigma, así como numerosos ensayos dedicados a resaltar uno u otro aspecto de la vida y obra del Apóstol. No obstante, no logró percibir ciertos aspectos de vital importancia dentro del pensamiento martiano, y de manera particular omitió al Martí filósofo, algo que es innegable al analizar el pensamiento martiano. Tal vez se vio atrapado por aquel ímpetu de querer sobredimensionar lo poético, con lo que atenuó lo filosófico, que tanto abunda en Martí. 

 

Pero destacar a Mañach y dejar a un lado a Manuel Isidro Méndez sería injusto. El extraordinario martiano fue otro de los que contribuyeron a difundir el pensamiento del genial cubano, algo que hizo a través de la agrupación de referencias del pensamiento martiano; y no solo esto, sino que es el autor de la primera biografía de José Martí, y está considerado como un especialista en el estudio e interpretación de la obra martiana. En 1938 escribió en Cuba su obra titulada: "Martí. Estudio crítico-biográfico", con la cual obtuvo el segundo lugar en el Concurso Literario Interamericano de la Comisión Central Pro-monumento a Martí, efectuado en La Habana al siguiente año, y publicada en 1941. Su obra “Ideario de Martí”, editado en La Habana en 1930, es la primera recopilación, que a pesar de su brevedad, es un intento de difundir la enseñanza martiana.

 

En 1943 apareció uno de los primeros textos que pretendían ofrecer una selección de citas martianas agrupadas por temáticas. Este primer trabajo fue el fruto de las investigaciones del historiador cubano Carlos A. Martínez-Fortún y Foyo, quien publicó en La Habana su texto: “Código Martiano o de Ética Nacional”, obra que ha pasado a integrar el grupo de los trabajos olvidados, no vueltos a editar en Cuba, no obstante a su valor histórico y práctico. Su autor agrupó numerosas frases tomadas de la obra de José Martí en temáticas, por lo que el lector o estudiante pueden encontrar con facilidad los juicios que hiciera el autor de “Versos Libres” sobre determinados aspectos de la ciencia, la política, la religión, la patria, la literatura, etc.   

 

Un lugar aparte merecen los estudios realizados por el ensayista y profesor Medardo Vitier en los primeros cincuenta años del pasado siglo, quien logró sintetizar en su “Martí: Estudio integral”, lo mejor de su investigación. En dicho estudio por primera vez se trata con sabiduría el tema de la filosofía martiana. Lo no comprendido por Mañach, llega a esclarecerse gracias a la agudeza del gran pensador cubano, lamentablemente olvidado en nuestros días.

 

Destaca su paso por las aulas universitarias españolas, su labor pedagógica en Guatemala como catedrático de Historia de la Filosofía y alguna que otra referencia escrita de su obra, pero insiste en su capacidad filosófica como “forma de aptitud notoria en Martí”. No lo llega a definir como un filósofo; sin embargo, se arrepiente de no haberlo incluido en su texto “La Filosofía en Cuba”.

 

Otro de los autores que debe considerarse al tratar la trascendencia martiana desde la óptica de los creadores es Luis Rodríguez-Embil, quien se destaca con su estudio crítico-biográfico “José Martí, el Santo de América”, obra no vuelta a editar en la Cuba reprimida de estos tiempos. El destacado intelectual cubano encuentra no solo al Martí filósofo que tanto trabajo les costó encontrar a algunos, sino también al místico que pretenden ocultar y otros se niegan a descubrir en nuestros días.

 

Rodríguez-Embil lo llama místico práctico y realista activo,  “de tradición y cultura occidentales, de cepa teresiana y española. Como tal, una de las fuerzas mayores de este mundo”,  que encuentra el camino de la santidad por la “acción, el pensamiento y la aceptación heroica de su destino”, palabras que considero determinantes, y que a modo de códigos, nos permiten tener la verdadera visión del más genuino de los cubanos de todos los tiempos. Su concepto acerca de una santidad a través del sendero de la acción, del pensamiento y de la aceptación de su destino con heroísmo, es tal vez, el de mayor complejidad, pero al mismo tiempo el más completo que se ha dado del héroe cubano.

 

Ningún otro autor llegó tan lejos en profundidad y precisión. Ha limitado la formación y proyección filosófica martiana al occidente, lo que resulta muy acertado. Independientemente del dominio que tenía Martí de las enseñanzas del oriente, es genuinamente occidental en su pensamiento especulativo, tanto en lo formal o estilístico como en su contenido; pero apreció además aquella fuerza española, que no solo llegó al Apóstol a través de sus estudios universitarios en aquel país, sino de su profundización en autores poco usuales, como es el caso de Jaime Balmes o la fuerte influencia del Krausismo, que a pesar de sus raíces alemanas, fue un movimiento de fuerte arraigo español.

 

Investigadores y escritores del continente, como la chilena Gabriela Mistral y el argentino Ezequiel Martínez Estrada han realizado acertadas investigaciones en torno al pensamiento martiano, sin olvidar a Rubén Darío, que lo llamó maestro. La primera lo calificó con pasión como “el mejor hombre de nuestra raza”, y sus escritos sobre “Ismaelillo” han trascendido su tiempo. El segundo, con una visión más pragmática del héroe de Dos Ríos en su libro biográfico y crítico, publicado por “Casa de las Américas” en los sesenta del pasado siglo, “Martí Revolucionario”, trata con sinceridad y sentido crítico, y a la vez con precisión histórica, múltiples matices del Martí hombre, escritor, político y maestro.

 

La segunda mitad del siglo veinte nos sorprende con algunos estudios biográficos de elevada dimensión: me refiero a “Cesto de llamas: biografía de José Martí”, de Luis Toledo Sande, y “Vida y Obra del Apóstol José Martí”, de Cintio Vitier. Ambos con precisiones históricas necesarias, así como valoraciones sinceras y concretas, desprovistas de adornos y sutilezas innecesarias, logran adentrarse en la controversial vida, y ante todo, en la grandiosa obra del maestro. En Toledo Sande resultan significativos los capítulos dedicados a su estancia en España, así como su paso por México. En Vitier se destacan los dedicados a la crítica, al teatro y a la oratoria. 

 

Apartándonos de la influencia que pudiéramos tener al saber de su lealtad al régimen, y dejando a un lado ciertas valoraciones demasiado forzadas que, a modo de complacencia con aquellos a quienes debe obediencia ha hecho, hemos de admitir  que el poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar ha trabajado con profundidad la temática martiana. Un excelente texto dedicado fundamentalmente al análisis de su obra, es “Introducción a José Martí”. Se destacan en este imprescindible texto los ensayos: “Introducción a la Edad de Oro”, “Martí en su (tercer) Mundo”, “Nuestra América: Cien años”, y “Forma y pensamiento en la obra martiana”.

 

Nuestro novelista mayor, Alejo Carpentier, trata en las páginas finales de su obra “La Consagración de la Primavera”, algunos aspectos de la obra martiana y nos evoca su llegada a tierras del oriente cubano en los días que precedieron a su muerte. Resulta significativo que el gran escritor que dijo haber admirado a Martí apenas abordara al héroe cubano en su obra. A través de sus escritos ensayísticos, en sus múltiples entrevistas y conferencias, Alejo Carpentier hace referencia a José Martí; aunque en honor a la verdad no hizo valoraciones concretas y profundas, sino solo lo menciona y lo califica como “hombre continental”, “intérprete de América“, “visionero en todo, vidente, diría profeta”, “el hombre que más profundamente, más ecuménicamente sintió, en su siglo, lo americano”, amén de destacar sus dotes de escritor y de orador.

 

Es en la novela “La Consagración de la Primavera”, su gran obra enciclopédica, que Carpentier dedica unas páginas a resaltar la grandeza de José Martí. En su capítulo trigésimo sexto, casi al final de la novela aparece la trascendental figura de las Américas, cual magistral legado carpenteriano, y lo hace a través de Vera, su protagonista: 

 

Y es cultura, asombrosa cultura, la que me llega ahora, asombrosa por su vastedad, en la obra de José Martí, cuyos escritos me va trayendo el médico ahora, día a día, señalándome, lo que más puede interesarme, de inmediato en el mundo del prodigioso cubano, al cual solo me había asomado, hasta el momento, a través de uno que otro poema. Y voy descubriendo maravillada, el pensamiento de un hombre que por tener que buscar símiles en los estratos de mi formación europea - se me asemeja un tanto a Montaigne, por lo enciclopédico de su saber, y también a Giordano Bruno, por la audacia agorera de sus ideas, su inconformismo, su ímpetu, su combatividad. Todo lo sabía. Todo lo había leído. Sus ensayos van, con total entendimiento de hombres y de épocas, de Víctor Hugo a Emerson, de Pushkin a Darwin, de Heredia a Walt Whitman, de Baudelaire a Wagner. Vislumbra en Gustave Moreau lo que, medio siglo más tarde, verán los surrealistas. Exalta a los primeros impresionistas, destacando a Manet y Renoir, señalando cuales habrán de ser sus obras maestras sin un error de elección, cuando ya Zola, defensor inicial de la escuela, abandona una causa que ya rebasa su entendimiento. Escribe un ensayo de fondo -¿Cómo?- Acerca de Bouvard et Pecuchet, varias semanas antes de que empezase a publicarse el texto de la novela póstuma de Flaubert. Y todo esto en una prosa como pocas veces se haya escrito otra igual, tan rica, tan original, tan sonora en castellano. Pero aún no conozco sus discursos, sus textos políticos, su epistolario… “la iré guiando poco a poco” - me dice el doctor- porque así, de entrada, y sin hilo conductor se perdería usted en una profusión de páginas que guardan una relación entre sí por encima de otras que  solicitarían su atención de modo distinto cuando, en realidad, todo se inserta en una inquebrantable unidad de pensamiento… por lo pronto lea estos ensayos” … y me entrega un tomo donde a lápiz ha marcado unos títulos en el índice: “Ahí está  planteada toda la problemática de América Latina”. Empiezo a leer y al cabo de unos párrafos hay frases que se me fijan en la memoria, por lo relacionadas con mi propia experiencia. Sobre todo aquellas en que se habla de dar en estas sociedades, lugar suficiente al negro “ni superior ni inferior por negro, a ningún otro hombre. ¡Sí lo sabré yo! Y aquella otra acerca del  “desdén del vecino formidable que no la conoce” y es “el peligro mayor de nuestra América”…

 

Paso al diario de campaña.- Martí, puesto ya en los umbrales de la muerte, desembarca en este suelo para llevar su ya larga lucha de patriota al terreno inmediato e incierto, del campo de batalla.- Y el 11 de Abril de 1895, apunta, en estilo telegráfico: “nos ceñimos revólveres. Rumbo al abra. La luna asoma, roja, bajo una nube.- Arribamos a una playa de piedras, La Playita”… (Y pocos días después, Martí caería en Dos Ríos.) Pido a mi amigo que me lleve a ese lugar histórico.- Y, a él llegamos, al día siguiente, tras de muchas tribulaciones por caminos enlodados. Junto a unos farallones, hay un paisaje de costa, acaso más adusto que otros vistos aquí desde mi llegada, donde las olas se hacen particularmente sonoras al retroceder sobre las gravas”.   

 

Y como es de suponer, José Lezama Lima, abordó la emblemática figura de José Martí a través del ensayo y la poesía: “Secularidad en José Martí” en el caso del primer género, y “La casa del Alibi”, en el del segundo. Justo en el año del centenario del natalicio de José Martí el célebre autor de Paradiso escribió: “Orígenes reúne un grupo de escritores reverentes para las imágenes de Martí. Sorprende en su primera secularidad la viviente fertilidad de su fuerza como impulsión histórica, capaz de saltar las insuficiencias toscas de lo inmediato, para avizorarnos las cúpulas de los nuevos actos nacientes”.

 

Con lo que destaca la excelsa figura del Apóstol y el impacto generacional de su enseñanza, como muestra de un despertar por el conocimiento y la interpretación de su colosal obra. Lezama Lima tuvo un sentido visionario respecto a aquella universalidad que aún en 1953, independientemente de la repercusión y el impacto de su repentina muerte hacia el final del siglo XIX, y las primeras décadas del XX, le faltaba concretarse como acto, de ahí que en ensayo antes citado expresó también: “Tomará nueva carne cuando llegue el día de la desesperación y de la justa pobreza”, algo que deberá descifrarse -el día de la desesperación, ¿cual pobreza?-; pero con la sapiencia requerida y la profundidad necesaria que resulta imprescindible al abordar la obra de ambos, de Martí y de Lezama.

 

En su poco conocido poema “La casa del Alibi”, entre símbolos, números, imágenes y símiles, y con su acostumbrada abstracción -algo muy arraigado en Lezama- nos traslada a un hermético mundo donde renace triunfante la figura del Apóstol: “Pues José Martí fue para todos nosotros la última casa del Alibi, que está en la séptima luna de las mareas y la penetran los ejércitos y se deshace penetrándonos”.

 

Dulce María Loynaz, la fina escritora cubana que olvidaron en su propia patria, en 1951, cuando apenas había transcurrido poco más de medio siglo de la muerte del más extraordinario de los cubanos, resaltaba la grandeza de José Martí. En la ciudad de La Laguna, en Tenerife, Islas Canarias, durante un acto en el que la poetisa dictara una breve conferencia, devenido ensayo literario, y conocido como “Mujer entre dos islas”, calificaba al genial cubano como “uno de los espíritus más puros que han florecido sobre la tierra, uno de los más hermosos ejemplares que dan todavía razón y destino a la humanidad”.

 

En el mismo ensayo precisó que Martí fue nuestro, es decir, de los cubanos, pero la autora de “Un verano en Tenerife” fue mucho más lejos al sobredimensionarlo -con aguda justicia y exquisita valoración, y no por cumplidos y halagos superficiales- y afirmar que “hoy pertenece ya al acervo común de todos los hombres honrados de la tierra”, y al enseñarnos que “José Martí es el alma de una doctrina de amor y de fe que se hizo para un país; pero que sirve para el mundo entero”. 

 

De igual forma, la Loynaz, justo en el año del centenario del natalicio martiano, en la Universidad de Salamanca ofreció una lectura de su ensayo “Influencia de los poetas cubanos en el Modernismo”, en el que hace una valoración crítica sin igual sobre los aportes de Martí a las letras hispanoamericanas, y de modo particular al Modernismo.

 

La tergiversación de su legado y la manipulación de su enseñanza

 

Decir que todo lo que se ha hecho, se ha escrito, o se ha dicho sobre Martí es excepcional, sería mentir, y no voy a caer envuelto en la trama de la pasión por el hecho de ser un fervoroso martiano. He destacado lo que considero correcto, bueno, y por qué no admitirlo, lo de excelencia -el colosal Ismaelillo musicalizado por Teresita Fernández o la pintura de Carlos Enríquez sobre su muerte-; pero prefiero omitir todo lo malo, lo disparatado, lo tergiversado, lo adulterado, lo grotesco, etc., que se ha hecho, o dicho, sobre el más extraordinario de los cubanos de todos los tiempos; y en este sentido, sigo la propia enseñanza del Maestro, quien destacó y tuvo palabras de elogio para todo lo bueno que percibió, pero supo guardar silencio antes de agredir con su sabia palabra y su pluma sin igual toda la mediocridad que también pudo contemplar por doquier.   

 

Una sumatoria de citas martianas entresacadas de su contexto y moldeadas a capricho para defender alguna tesina universitaria, o para presentar en algún concurso estudiantil no es digno mencionarse en un estudio de este tipo, y por tanto, quedan excluidos de este análisis, limitado a destacar aquellas investigaciones trascendentales.

 

El cine pretendió tratar la infancia de José Martí y lo intentó, pero solo fue eso: un intento de aproximación. Un padre sobrevalorado, escenas innecesarias relacionadas con la cotidianeidad del Martí adolescente -que como es lógico hizo lo que todos los adolescentes- entre otros desaciertos, caracterizaron al malogrado filme “José Martí: el ojo del Canario”, obra que pasó sin penas ni glorias, y por lo tanto sí merece ser sepultada en el olvido.

 

La utilización de frases y citas sacadas de su contexto de forma reiterada en discursos políticos, actos públicos, etc. es otro de los males que deben ser suprimidos, si es que queremos verdaderamente a Martí. Una frase repetida y traída alejada de su contexto no nos hace martianos, y no nos aproxima a la grandeza de la obra del genial cubano. Por ejemplo: “Con todos y para el bien de todos”, “Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”, “Viví en el monstruo y le conozco las entrañas”, “el norte revuelto y brutal que nos desprecia”, por solo citar algunas de las más utilizadas y manipuladas. 

 

Afirmar que Martí hizo de todo y habló de todo porque sabía de todo, es otra de las terribles euforias que matizan a algunos, que tal vez, con buena intención, pero con desconocimiento del pensamiento del Apóstol,  intentan tratar temas como Martí y el deporte, Martí y la economía, Martí y la geografía, y hasta Martí y el turismo, lo que resulta risible, y solo nos da la medida de la mediocridad a la que se ha llegado en nuestros días. 

 

Convocar a eventos que tienen que ver con la protección medio-ambiental, la globalización, el neoliberalismo, etc., utilizando el nombre del cubano universal, es otro de los males. Estos temas, llamados con frecuencia “temas de actualidad” pudieran resultar de importancia en el terreno social o político, y por lo tanto deben ser abordados; pero no es necesario que se utilice el pensamiento martiano para desarrollarlos.

 

Después de más de medio siglo, resulta un tanto difícil poder borrar de las estáticas mentes de muchos cubanos la idea de que el ejemplar Maestro fuera el “autor intelectual” de determinados sucesos relacionados con las luchas y enfrentamientos de los “rebeldes” contra los gobiernos de la primera mitad del pasado siglo veinte; no obstante, con el transcurso del tiempo se irá borrando la absurda expresión, porque las nuevas generaciones -me refiero solo a los que pueden pensar y saben pensar- tienen una perspectiva muy diferente de las cosas y están asumiendo con responsabilidad la interpretación del legado martiano; aunque por desgracia solo lo hace una exigua minoría.

 

La imposición del castrismo. Una “sociedad cultural” se apodera del Maestro

 

Ante el fracaso de los movimientos juveniles martianos, los talleres y círculos de interés, entre otros tantos simulacros, que más allá de la enseñanza del Apóstol, tienen el objetivo de adoctrinar, a su forma, a las nuevas generaciones de cubanos, y siempre desde la óptica de un socialismo jamás encontrado en la enseñanza martiana, a las autoridades encargadas de “encausar” el pensamiento colectivo de la nación no les quedó otra opción que tomar las riendas del ideario martiano con mayor rigor.

 

Determinaron crear una sociedad cultural con el nombre del hombre de Dos Ríos. La Sociedad Cultural José Martí, es un instrumento político dirigido por la alta jerarquía comunista de Cuba, los que utilizando la figura del doctor Armando Hart, ya muy anciano en el momento de la creación de dicha sociedad, se las agenciaron para tener otra forma de desvirtuar el pensamiento del extraordinario cubano.

 

La Sociedad Cultural José Martí, tras la “consulta” a los miembros de su Comité Nacional y en cumplimiento de lo establecido en los Estatutos de esta organización, y a propuesta de su presidente, el Dr. Armando Hart Dávalos, eligió y designó como vicepresidente a  René González Sehwerert,* considerado en Cuba un héroe, pero acusado en territorio norteamericano de espía y agente extranjero no declarado, por lo que cumplió prisión en cárceles de alta seguridad de Pensilvania y Carolina del Sur.

 

Con estos directivos, además de otros líderes comunistas, está de más detenernos en analizar el carácter y los propósitos de esta institución que ha estado utilizando el nombre de nuestro Apóstol durante sus veintidós años de existencia, - fundada el 20 de octubre de 1995 - y aunque se insiste en su autonomía, su carácter “no gubernamental” y su misión divulgadora del pensamiento martiano, también han establecido como prioridad  “defender el derecho a la palabra, la crítica, la participación y el debate franco y  constructivo dentro y con la Revolución”.

 

Necesidad de mostrarlo en su real dimensión 

 

Para poder amar a Martí -lo que realmente merece por ser bendito, por la pureza de sus ideales, por su nobleza, por su total entrega, no solo para lograr la independencia patria, sino por enseñar un camino de rectitud y de lealtad- hay que redescubrirlo e intentar encontrarlo en su real dimensión. Solo estudiando a Martí directamente, esto es, consultando la grandeza de su enseñanza en su estado virginal, desprovista de las adulteraciones y manipulaciones forzadas que el régimen comunista cubano ha hecho, podremos llegar a comprenderlo en su esencialidad. 

 

Es cierto que, tal vez, lo hemos idealizado demasiado  -por lo que, injustamente, no le perdonamos lo que es propio de los humanos-, y con mucha razón y sobrados motivos. José Martí seguirá estando presente en la pintura, en la escultura, en el cine, en la música popular y de concierto, en la literatura, y ojalá pudiera estar también en los colegios, los hogares, las calles y las plazas; pero en su verdadero sentido, bien distante de aquellos conceptos que a la fuerza, y de manera despiadada, los encargados de velar por el pensar de los cubanos han estado tergiversando y manipulando por casi seis décadas.

 

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* René González es piloto e instructor de vuelo, lo que estudió entre 1979 y 1982 en Pinar del Río -según las diferentes fuentes que he consultado-, por lo que se trata de una carrera técnica de solo tres años y no una universitaria, independientemente de que el medio oficialista cubano Ecured lo clasifica como universitario; pero esto no es lo más importante, sino el cargo que le han designado completamente ajeno a su perfil.  Quizás los múltiples directivos con que cuenta esa organización oficialista -totalmente politizada y controlada por el régimen cubano- al saber las posibles lagunas del piloto en relación con el pensamiento martiano, le han designado que se ocupe de aspectos tan insignificantes como los encuentros con diferentes instituciones martianas, y los Ministerios de Cultura, Educación Superior y Educación, para atender la labor con los niños y jóvenes, así como el trabajo de los clubes martianos, los consejos municipales y las Juntas Provinciales de dicha Sociedad, lo que resulta ser un invento que queda plasmado en actas y documentos, aunque jamás de lleguen a concretar como acto.