Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

 

 Dr. Alberto Roteta Dorado, Naples, Estados Unidos

José Martí, el hombre que amó a la patria de Lincoln

 

Decir una vez más que no fue un socialista sería caer en la fórmula reiterativa que pretende salvarlo de las garras de los verdaderos monstruos, aquellos que en su afán de apoderarse de su colosal imagen quisieron presentarlo cual sagrado talismán de las doctrinas proclamadas por Marx, continuadas por Lenin y asumidas en Cuba por Fidel Castro. Ya sabemos que no lo fue, y de haber sido un socialista, tendríamos que reconocerlo y aceptarlo ante la excelsitud de su obra en pos de la amada patria; pero tenemos suficientes elementos para refutar cualquier intento de aproximación a las tendencias socialistas, y aun más, tenemos la evidencia escrita de que no solo estuvo al margen de este sistema; sino que se pronunció contra él.

 

Su valoración sobre un texto de Herbert Spencer llamado La esclavitud futura -haciendo mención al socialismo-, el cual forma parte de un grupo de ensayos que el famoso teórico social inglés publicara con el título El individuo contra el estado, en 1884, ha sido determinante para conocer la valoración que el Apóstol cubano José Martí hiciera sobre esta tendencia sociopolítica.

 

Herbert Spencer quiere enseñar cómo se va, por la excesiva protección a los pobres, a un estado socialista que sería a poco un estado corrompido, y luego un estado tiránico”, escribió Martí -cuyo aniversario de su caída en combate recordaremos este 19 de mayo- hacia el final del siglo XIX, cuando aun no se había extendido como sistema dominante por parte de Europa y Asia. Desde su tiempo fue capaz de predecir con aguda mirada profética los peligros del gran mal de la humanidad para el siglo venidero.  

 

También en su valoración supo ahondar con certeza, y penetrar en las profundidades de la esencia del sistema que luego adquiriría dimensiones inusitadas: “Todo el poder que iría adquiriendo la casta de funcionarios, ligados por la necesidad de mantenerse en una ocupación privilegiada y pingüe, lo iría perdiendo el pueblo, que no tiene las mismas razones de complicidad en esperanzas y provechos, para hacer frente a los funcionarios enlazados por intereses comunes. Como todas las necesidades públicas vendrían a ser satisfechas por el Estado, adquirirían los funcionarios entonces la influencia enorme que naturalmente viene a los que distribuyen algún derecho o beneficio. El hombre que quiere ahora que el Estado cuide de él para no tener que cuidar él de sí, tendría que trabajar entonces en la medida, por el tiempo y en la labor que plugiese al Estado asignarle, puesto que a éste, sobre quien caerían todos los deberes, se darían naturalmente todas las facultades necesarias para recabar los medios de cumplir aquéllos”.

 

Con estos elementos -y muchos más que se pueden encontrar dispersos en su inmensa y extensa obra- no hay posibilidad de declararlo aliado y defensor de aquel sistema, que según su propia caracterización, es un estado tiránico y corrupto, por lo que los comunistas cubanos encabezados por el dictador Fidel Castro -recordemos que desde muy joven lo había invocado durante su autodefensa del juicio por el asalto al cuartel Moncada con pretensiones de relacionar las ideas independentistas martianas con su afán de protagonismo encubierto en su rebeldía emancipadora- tuvieron que acudir a otros recursos en su intento de aproximar al ejemplar héroe de Dos Ríos con el líder de la nueva revolución cubana y con el proceso transformador que se iniciaba en toda la nación.

 

El “antiimperialismo” martiano

 

El infinito odio del tirano Fidel Castro hacia los Estados Unidos -ya no solo hacia sus gobiernos, líderes, mandatarios y políticos; sino a todo lo relacionado con el “enemigo del norte”, incluida la forma de vestir, el tipo de música, su literatura, etc.- hizo que se adueñara de algunas frases escritas y pronunciadas por José Martí, las que hacen referencia a ciertas imperfecciones del sistema político estadounidense en el tiempo en que Martí vivió en esta nación, y que como periodista ejemplar y fiel cronista de su tiempo supo criticar de manera imparcial, como lo hiciera también con el socialismo que describió Spencer en su libro.  

 

Quizás la frase que se ha llegado a estereotipar con mayor énfasis es la que aparece en la famosa carta inconclusa que Martí dirigió a su amigo Manuel Mercado, conocida como Testamento Político. Aquí el autor de Versos Libres dice textualmente: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas”, lo que ha sido manipulado por los teóricos socialistas cubanos, quienes sacaron la frase de su contexto histórico -el más grave error que se puede cometer al hacer cualquier análisis exegético de un texto- para prolongar ese “monstruo” por más de un siglo y hacerlo coincidir con los sucesos del presente, una vez sacado de la contextualidad, con la caracterización que hiciera el Apóstol en 1895.

 

En primer lugar hemos de analizar el por qué José Martí se refirió al gobierno norteamericano de su tiempo de esa manera. En la propia carta explica que Eugenio Bryson, corresponsal del Herald, le contó acerca de un sindicato yanqui “con garantía de las aduanas, harto empeñadas con los rapaces bancos españoles, para que quede asidero a los del Norte; -incapacitado afortunadamente, por su entrabada y compleja constitución política, para emprender o apoyar la idea como obra de gobierno”-. Pero lo más extraordinario del documento es que el propio reportero le confesó que durante sus conversaciones con Martínez Campos, supo las determinaciones del gobierno español para entenderse con los Estados Unidos “a rendir la Isla a los cubanos”. De ahí la idea del monstruo, si es que sabemos lo que significaba para el héroe cubano la libertad de su patria, por la que se inmoló en gesto emancipador al inicio de la contienda del noventa y cinco, hará justamente este 19 de mayo ciento veintidós años. 

 

De igual modo, refiriéndose a las declaraciones del citado cronista escribió: “me habla de la actividad anexionista, menos temible por la poca realidad de los aspirantes, de la especie curial, sin cintura ni creación, que por disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le pide sin fe la autonomía de Cuba, contenta sólo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en premio de oficios de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante, -la masa mestiza, hábil y  conmovedora, del país,- la masa inteligente y creadora de blancos y de negros”.

 

Por supuesto que los encargados de tergiversar la enseñanza del más extraordinario de los cubanos tomaron la frase -que ya alcanzó la celebridad entresacada de su realidad- y omitieron los verdaderos motivos por los que Martí, con una justificada preocupación ante el peligro inminente de posibilidades de anexionismo, se pronunciara contra lo que consideró “la anexión de los pueblos de nuestra América”, como también habló de un “Norte revuelto y brutal que los desprecia”, haciendo mención a las naciones de “Nuestra América”-.

 

Su firmeza política y sus ansias de ver a su patria libre del colonialismo español, pero no dependiendo para su desarrollo de otras naciones, en este caso Estados Unidos, le llevaron a pronunciarse contra aquellos que en su tiempo fueron partidarios de un anexionismo. La consulta del documento Vindicación de Cuba, publicado por The Evening Post, de Nueva York, en 1889, nos permitirá conocer los detalles de su postura política en este sentido; pero no solo esto, sino que en sus páginas escribió: “Amamos a la patria de Lincoln, tanto como tememos a la patria de Cutting”, lo que al parecer desconoce el oficialismo cubano, que guarda silencio de esta primera parte de la frase y en cambio sobredimensiona la idea de haber vivido en el monstruo.

 

Del Testamento Político es también la idea martiana de ofrecer su vida con ánimo de “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”, lo que de manera aislada -como en el caso de la anterior frase analizada-, y dejando a un lado el entorno histórico en el que Martí escribió este texto, también ha sido utilizada para inculcar lo que han visto más allá de una preocupación del patriota sin tacha ante el poder de una nación que se fortalecía, y daba pasos certeros para llegar a ser lo que hoy es Estados Unidos. 

 

No obstante, e independientemente a esta idea que tanto se ha utilizado intencionalmente, y se ha tratado de imponer fuera de su contexto y adaptada a las actuales circunstancias, José Martí, además de haber escrito que amó a la patria de Lincoln, elogió a varios presidentes norteamericanos, dedicó sendos escritos que exaltan a importantes figuras de la ciencia, la religión, la historia, la filosofía y la política de esta nación, entre los que se destacan: Washington, de quien dijo: “no aprendía en pergaminos, sino en la vida, la política: rogaba en sus cartas, urgía en sus discursos, propagaba en sus viajes, miraba por la unión de los Estados como hubiera mirado por la de sus hijos”; Franklin, quien según Martí, sus defectos no podían “deslucir la majestad de su intelecto y la ternura y pureza con que amó a su patria”; Webster, en quien “fue natural y constante lo grandioso”; Franklin, que “ponía su nombre, limpio de cola y polvos como su venerable cabellera, al pie de aquellas sabias misivas que con su amable influjo esclarecían en pro de la Constitución nueva los entendimientos, y se entraban como cariños por los corazones”, y Lincoln a quien llamó el leñador de ojos piadosos. A esto jamás se hace referencia en Cuba ante el temor de que surja la duda y la incertidumbre en la generaciones de cubanos posteriores a 1959, los que crecieron bajo el adoctrinamiento de un José Martí que dejaba de ser Apóstol por la cercanía del calificativo a la idea de lo religioso, que proclamaron antiimperialista, y experimentaron poder situarlo en los cánones del socialismo, del ateísmo y del marxismo-leninismo, en lo que fracasaron ante las fuertes evidencias que demuestran lo contrario.  

 

La grandeza de su oratoria en tierras de Norteamérica

 

Justamente en las “entrañas del monstruo” escribió o dijo las más extraordinarias enseñanzas de su colosal obra. El veinte de diciembre de 1879 Martí embarcó desde Francia para Nueva York, a donde llegó el tres de enero de 1880. El día 24 del propio mes, a solo veintiún días de su llegada a territorio estadounidense tuvo lugar su primera intervención conocida como Lectura en Steck Hall, que días después apareció como Asuntos cubanos, siendo este su primer discurso -en realidad fue la lectura de un documento- en esta nación, y el primero de gran relevancia, el que más que un discurso es en sí, por su estilo, un notable ensayo.

 

Un público cubano heterogéneo llenaba Steck Hall y quedaba envuelto en la magia de la palabra del Apóstol. Jorge Mañach al comentar el contenido de su intervención precisó entre los temas tratados por Martí: “la evocación conmovedora de la guerra pasada, el contraste entre los cubanos mansos, los teóricos, los poderosos (…) y ellos, los emigrados que le escuchaban, los que habían preferido la labor modesta, llena de fuerza digna”.  La lectura en Steck Hall, además de su significado como discurso inspirador en un crucial momento de la historia de las luchas emancipadoras cubanas -ya había fracasado la gesta del sesenta y ocho-, posee pasajes de una belleza literaria sin igual en la historia de la oratoria cubana.  De igual forma acude al simbolismo, y lo hace a través de una serpiente y un águila en su búsqueda por lograr la unidad entre los emigrados, y para lograr la comprensión de los propósitos de una nueva contienda: “¡Antes de cejar en el empeño de hacer libre y próspera a la patria, se unirá el mar del Sur al mar del Norte, y nacerá una serpiente de un huevo de águila!” 

 

De este primer documento leído por Martí públicamente en los Estados Unidos cito el siguiente fragmento que nos da la medida de la grandeza de su mensaje: “No a hacer destemplada gala de entusiasmo y consecuencia personales vengo, - sino a animar con la buena nueva la fe de los creyentes, a exaltar con el seguro raciocinio la vacilante energía de los que dudan, a despertar con voces de amor a los que -perezosos o cansados- duermen, a llamar al honor severamente a los que han desertado su bandera. Y no cuido del aliño de mi obra, breve y raquítica muestra de la que intento en beneficio de la patria- porque no tiene derecho a los refinamientos de la calma un lenguaje que no ha sabido conquistar aún para su pueblo la calma honrada y libre; ni debe el buen guerrero, en la hora del combate, curar de su belleza sino de ofrecer el pecho ancho, como escudo del patrio pabellón, a las espadas enemigas. Por más que este enemigo a quien  ahora combatimos, luche, más que con espadas, con puñales.”

 

Se sabe que entre 1887 y 1891, tanto en el Masonic Temple como en el Hardman Hall, ambos en la ciudad de Nueva York, José Martí, con su sabia palabra y su visión profética protagonizó las grandes reuniones, devenidas en sagrado culto para la evocación a aquellos que emprendieron el camino liberador en Cuba. A solo veinte años de la acción de Céspedes, la que marcara el inicio de la Gesta de los Diez Años, José Martí se dirigió a los cubanos emigrados en Nueva York, desde el  Masonic Temple y se refirió al “ardor inevitable del corazón” y a “las pasiones evocadas por el recuerdo y la presencia de nuestros héroes”.

 

Para José Martí,  la gesta independentista de 1868, a pesar de su fracasado fin, tuvo una connotación trascendente, y el gesto inicial de la contienda que protagonizara Céspedes,  un significado real y a la vez simbólico. Sus reiteradas intervenciones durante varios años en los Estados Unidos de América para recordar el 10 de octubre son una prueba irrefutable.

 

Esas “pasiones evocadas por el recuerdo y la presencia de nuestros héroes” adquirieron un  significado real y trascendente cada 10 de octubre en las reuniones, que no solo eran motivo para la evocación del histórico día, sino para el llamado coloquial que sirviera para la reunificación de los cubanos dispersos en el exilio con ansias libertadoras. José Martí en el citado discurso fue capaz de convocar a los cubanos de su tiempo al expresar:

Miente a sabiendas, o yerra por ignorancia o por poco conocimiento en la ciencia de los pueblos, o por flaqueza de la voluntad incapaz de las resoluciones que imponen a los ánimos viriles los casos extremos, el que propale que la revolución es algo más que una de las formas de la evolución, que llega a ser indispensable en las horas de hostilidad esencial, para que en el choque súbito se depuren y acomoden en condiciones definitivas de vida los factores opuestos que se desenvuelven en común”.

 

Pero su palabra encendida que provocaba en todos sensaciones indescriptibles -según el testimonio de aquellos que ya siendo muy ancianos narraron las proezas de su elocuencia ilimitada-  alcanzó su clímax en estas tierras con sus famosos discursos pronunciados en el Liceo Cubano de Tampa, Florida. El 26 de noviembre de 1891, en la conmemoración por el 27 de noviembre de 1871, fecha del fusilamiento de los estudiantes de medicina, el Apóstol cubano pronunció uno de sus más célebres discursos, el que ha pasado a la posteridad con el nombre de: Con todos, y para el bien de todos.

 

En este imprescindible discurso expresó que a Cuba se le ha de tomar como altar y no como pedestal, lo que presupone que se le tome para ofrendarle y no para levantarnos  sobre ella. Igualmente se refirió a la ley esencial que habría de cumplirse en aquella república anhelada por el héroe: “Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”, lo que en nuestros días lamentablemente resulta paradójico, y los que tergiversan su enseñanza lo omiten al ver el contraste entre las aspiraciones martianas y la realidad cubana del momento, por lo que se refugian en el supuesto carácter antiimperialista de su mensaje.

 

Se ha estado invocando continuamente a Martí a partir de ideas predeterminadas por los gestores del pensamiento cubano, se ha hecho un excesivo énfasis en el símil del monstruo, se le ha inculcado a las llamadas nuevas generaciones el dudoso concepto de un Martí antiimperialista, y se ha omitido esta frase tan aparentemente sencilla acerca de una dignidad plena en una república, cuya consumación ha sido siempre motivo de gran polémica, lo que Martí no pudo ver como realización, y por suerte, no alcanzó a verla en su fase de degradación comunista. 

 

De cualquier modo, como diría también Martí en este discurso: “Para verdades trabajamos, y no para sueños”, y la verdad se acerca aunque lentamente, y al fin llegaremos a poner “la justicia tan alta como las palmas”, y “alrededor de la estrella, en la bandera nueva, esta fórmula del amor triunfante: Con todos, y para el bien de todos”.

 

Al siguiente día, en este mismo lugar pronunció el otro de sus discursos ejemplares de Norteamérica, Los Pinos Nuevos, en conmemoración del 27 de noviembre de 1871, fecha del fusilamiento de los estudiantes de medicina. Del contenido de dicho discurso también se suele entresacar alguna que otra frase; aunque la mayoría de las veces los “oradores” oficialistas sumidos en su total ignorancia de la obra del maestro,  y los “estudiosos” de la obra martiana tratando de favorecer siempre las propuestas del régimen, se limitan a citar el supuesto nombre del discurso para relacionarlo con los jóvenes del momento en su lucha revolucionaria y antiimperialista, o cualquier otra idea descabellada que vincule aparentemente al autor de Versos Libres con los sucesos del proceso socialista cubano.

 

Como ya expresé antes, cualquier frase aislada de su contexto puede ser manipulada. Téngase presente que el colosal cubano se refirió a verdaderos pinos que había visto durante su viaje de Nueva York a Tampa, ya casi en las cercanías de esta última localidad, lo que al parecer quedó grabado en su sensible mente y lo utilizó como símil para hacer referencia a los jóvenes que formaban parte de su auditorio, es decir, la comunidad de emigrados cubanos en Tampa, en su mayoría obreros, aunque con una cultura y sensibilidad artística que es destacada por Martí en estos discursos, lo que le permitía subir el sentido poético de su radiante palabra mediante imágenes, símbolos y símiles, de ahí la frase final de la alocución: “¡Eso somos nosotros: pinos nuevos!”, con lo que también se incluía en la multitud. En esta fecha Martí contaba con treinta y ocho años, la brevedad de su paso por la tierra quiso que siempre fuera joven; aunque ante la inmensidad de su grandeza nos parezca un hombre en la plenitud de su madurez. 

 

Martí evocó sabiamente el trágico suceso del fusilamiento de los jóvenes cubanos, algo que lo marcara para siempre, lo que resumió con elevado sentido literario y filosófico en la expresión: “Por lo invisible de la vida corren magníficas leyes. Para sacudir al mundo, con el horror extremo de la inhumanidad  y la codicia que agobian a su patria, murieron, con la poesía de la niñez y el candor de la inocencia, a manos de la inhumanidad y la codicia”.

 

Se destacan igualmente sus discursos en la Sociedad Literaria Hispanoamericana de Nueva York, uno en la velada en honor de América Central, y otro dedicado a México; así como el que ofreciera en Cayo Hueso, el 25 de diciembre de 1891, en Duval-House de Madame Bolio, en los que alentó a los cubanos emigrados en pos de su reunificación para la reiniciación de la gesta independentista, y en los que destacara el rol regional de los pueblos de Latinoamérica.    

 

Su producción literaria y periodística en los Estados Unidos

 

No solo su oratoria fue fecunda en territorio norteamericano. Sus numerosos ensayos sobre diferentes temas y figuras de Norteamérica le ofrecen a su obra un privilegiado lugar en las letras hispanoamericanas. 

 

Su ensayo Nuestra América, publicado en 1891, constituye una lección de lo que es el sentido de una identidad verdadera, exenta de adornos y concepciones triviales de una superficial y exótica americanización. La enseñanza de Nuestra América va más allá de lo que somos capaces de asimilar. Martí se nos presenta en su plenitud de creador y acude a todos los recursos expresivos, no solo en el marco del análisis político y social de un continente, sino desde el punto de vista formal, al explotar al máximo las concepciones estilísticas del ensayo como género. Desde el llamado inicial para conocernos con prontitud: “Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos”, hasta la célebre frase tan difundida con exceso en nuestros tiempos: “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”, utilizada de manera premeditada y desconociendo su real significado, se vislumbra esa percepción cuasi mística de una necesidad de unión continental y de un despertar de conciencia unitaria.

 

Dicho ensayo fue publicado por primera vez en la Revista Ilustrada, en Nueva York, recién concluida la Conferencia Internacional Americana y las reuniones de la Comisión Monetaria, a manera de síntesis de las ideas dispersas en las crónicas sobre la Conferencia, en el Informe sobre los resultados de la Comisión y en otros escritos como el discurso pronunciado en la Sociedad Literaria Hispano-Americana de Nueva York, el 12 de diciembre de 1889, ante los delegados latinoamericanos a la Conferencia, conocido como Madre América.

 

En esta etapa norteamericana (1880-1895), además del citado ensayo, Martí escribió sobre la temática latinoamericana: Respeto de nuestra América (1883), Mente latina (1884), Las guerras civiles en Sudamérica (1894) y Madre América (1889), este último considerado también como una de sus más grandes intervenciones en tierras de Norteamérica.

 

En su carta dirigida a Gonzalo de Quesada y Aróstegui, fechada el primero de abril de 1895, conocida como testamento literario, Martí recomendó cierto orden en su papelería para posibles tomos a publicar, dando prioridad a su producción en los Estados Unidos. El orden es el siguiente: I. Norteamericanos, II. Norteamericanos, III. Hispanoamericanos, IV. Escenas Norteamericanas, V. Libros de América, VI. Letras, Educación y Pintura; lo que ha sido respetado, hasta donde ha sido posible, en las diversas ediciones de sus obras; pero llama poderosamente la atención que insistiera en un grupo de personalidades de esta nación, entre las que destacó en primer lugar al filósofo, poeta y ensayista Ralph Waldo Emerson, mencionando además a Cooper, Phillips, Grant, Sheridan y Whitman.

 

Veneró a Ralph Waldo Emerson, a quien dedicó uno de sus más ejemplares ensayos, con una prosa envidiable y un estilo inigualable hasta nuestros días. Martí destacó el aspecto creador de Emerson a partir de una concepción inicial del proceso, que luego se transforma en virtud de una ideación, para culminar en la expresión de la idea, idea devenida, cual experiencia mística. Como trasfondo sustentador de todo el proceso creacional está la naturaleza y la divinidad expresada en ella, lo que recuerda en cierta medida el carácter panteísta de la filosofía martiana; no obstante, Emerson está considerado como un trascendentalista de los primeros, junto al predicador Theodore Parker, el pedagogo Bronson Alcott y el escritor y naturalista Henry David Thoreau, a los que también se refirió Martí.

 

Por la lectura y análisis de este ensayo sabemos que Martí se identificó con las enseñanzas del legendario filósofo, poeta y ensayista norteamericano, y por lo tanto, con esta corriente filosófica. El colosal ensayo dedicado a Emerson y el breve, aunque de gran valor histórico y filosófico que dedica a la muerte del también trascendentalista Bronson Alcott, constituyen testimonios convincentes en este sentido.

 

De este último artículo citado es la siguiente idea, en la que podemos encontrar su conocimiento acerca del movimiento trascendentalista: “Escribió ideas que parecen luces en aquel histórico Dial, donde la filosofía trascendental quedó más bella cuando él la dotó -refiriéndose a Alcott-, con sus Versículos Orféicos; al filósofo ilustre entre los trascendentalistas, que quisieron conformar los accidentes del mundo a su esencia, el hombre al Universo y la vida a su fin”.

 

La frase final del siguiente fragmento del ensayo dedicado a Emerson nos ofrece, a modo de resumen, el sentido de la grandeza de Emerson, según la valoración martiana: “No obedeció a ningún sistema, lo que le parecía acto de ciego y de ciervo; ni creó ninguno, lo que le parecía acto de mente flaca, baja y envidiosa. Se sumergió en la naturaleza, y surgió de ella radiante. Se sintió hombre, y Dios, por serlo. Dijo lo que vio; y donde no pudo ver, no dijo. Reveló lo que percibió, y veneró lo que no podía percibir. Miró con ojos propios en el Universo y habló un lenguaje propio. Fue creador, por no querer serlo. Sintió gozos divinos, y vivió en comercios deleitosos y celestiales. Conoció la dulzura inefable del éxtasis. Ni alquiló su mente, ni su lengua, ni su conciencia. De él, como de un astro, surgía luz. En él fue enteramente digno el ser humano”.

 

El 17 de mayo de 1887 Martí publicó en El Partido Liberal de México el conocido escrito dedicado al poeta Walt Whitman, y un mes más tarde, el 26 de junio del propio año en el periódico La Nación, de Buenos Aires. José Martí hizo una valoración de aspectos esenciales del contenido de la obra del gran poeta norteamericano. Trató de llamar la atención de sus lectores sobre la sutil diferencia entre lo lírico personal y el yo real del poeta y en este sentido señala: “así parece Whitman con su persona natural, con su naturaleza sin freno  en original energía”, y también describe  al “hombre padre, nervudo y angélico”. 

 

El poeta norteamericano es enjuiciado desde diversas aristas por Martí. Se refirió a una multitud de intelectuales y críticos  norteamericanos que por diversas causas, pero sobre todo por incomprensión, no apreciaron en su medida la obra de Walt Whitman, al extremo de llegar a prohibir su libro Hojas de hierbas, el que Martí consideró poseedor de un conocimiento a la altura de  “los libros sagrados de la antigüedad por su profético lenguaje y robusta poesía”.

 

He dejado para el final, y no por ser precisamente lo menos importante, sino por el contrario, dada su trascendencia, y por lo que más se conoce a Martí, junto a sus Versos Sencillos. Me refiero a La Edad de Oro, esa revista, cuyos únicos cuatro números contribuyeron a realzar la ya ganada universalidad del héroe cubano. Cuando José Martí publica el primer número de su revista para los niños, en el mes de julio de 1889, en la ciudad de Nueva York, ya había tenido varias experiencias como maestro,  primero al ser nombrado en Guatemala, en 1877, profesor de la escuela normal en la cátedra de Literatura y catedrático de literatura francesa, inglesa, italiana y alemana, así como de Historia de la Filosofía en la Universidad, y cuatro años más tarde, al ejercer el magisterio en Venezuela, en los colegios Santa María, y en el Villegas, donde dio clases de gramática francesa y literatura, y literatura y oratoria, respectivamente, en 1881. Tal vez estas incursiones en la enseñanza para niños y jóvenes contribuyeran a que la revista, devenida en libro, sea no solo el texto que le permitió a Martí “conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros del mañana”, sino la oportunidad de motivar el interés por la lectura, por cultivar la inteligencia y por ofrecer a través de la fábula, del poema o del relato, valores éticos y morales. De cualquier modo siempre despertar, como la aurora, “la esposa hermosísima del Sol”, que “se levanta más temprano que él para cerciorarse por sí misma de que todo está preparado, de que nada falta y de que el señor puede salir”; como diría el poeta, narrador y ensayista mexicano Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895), al comparar el alba con las páginas albas de la revista martiana.

 

Para Gutiérrez Nájera: “El trabajo que en él se emprende y cumple es el trabajo del alba: despertar. Pero despertar suavemente; despertar besando…como ella”. Nada más cercano a la idea del alba, que precede aún a la salida del Sol, de la encarnación de la Divinidad, adorado desde tiempos inmemoriales a través de cultos solares, y los instantes previos a su aparición por el oriente, -de donde surge la luz-, son tan sagrados como la aparición misma del venerado astro. Así, los niños y jóvenes que estudien La edad de Oro, irán despertando gradualmente lo que está de manera potencial en ellos, todas las cualidades y nobles virtudes que los harán hombres de bien en el futuro. La “Edad de Oro”, es pues, nuestro sol, con su aurora que le precede, y que prepara su advenimiento para que pueda brillar y despertarnos.

 

En sus páginas se destacan ensayos como: Las Ruinas Indias, El Padre Las Casas, Tres héroes, La historia del hombre contada por sus casas, Músicos, poetas y pintores, y de manera particular, dado su profundidad y estilo impecable, Un paseo por la tierra de los anamitas, los que pueden ser considerados verdaderos paradigmas de este género -a pesar de que fueran dirigidos al público infantil-, no solo en lo formal o estilístico, sino como muestra de una vastedad cultural más allá de cualquier posible pretensión, y de una erudición inigualable, de la que hacía un derroche, lo mismo al describir los detalles constructivos de los antiguos palacetes, de la torre Eiffel o de las viviendas indígenas primitivas, que al abordar las características del teatro vietnamita y la utilización de los instrumentos musicales típicos del lejano oriente, que al referirse a los últimos avances de su tiempo en el campo de la ciencia, la literatura, la pintura y la música.

 

No es posible hacer un análisis de toda su creación en los Estados Unidos, por lo que quedarán siempre aspectos de su obra pendientes de abordar. Su poesía también adquirió dimensiones de carácter universal con la publicación del conjunto de poemas que conforman sus libros Ismaelillo y Versos Sencillos, lo que por su importancia nos daría para otro escrito de este tipo.

 

El periódico Patria que mantuvo desde su primera edición en 1892 hasta su muerte en 1895 -aunque continuó en activo hasta 1898 con la publicación del número 522- constituye otro ejemplo de su labor en este país. Desde las páginas del modesto periódico sostenido gracias a las contribuciones de los emigrados cubanos José Martí mantuvo el aliento de aquellos que permanecieron en el exilio, siendo determinante para la labor del Partido Revolucionario Cubano.  

 

Es justamente en suelo norteamericano donde se aprueban las “Resoluciones tomadas por la emigración cubana de Tampa”, consideradas como el preámbulo a las Bases del Partido Revolucionario Cubano, fundado por Martí, documento necesario en el que el maestro da muestras de su habilidad en lo estratégico. Pero aún más, sus capítulos y acápites están matizados de una enseñanza donde se percibe lo filosófico como trasfondo de cada sentencia, de cada propuesta y de cada cláusula, lo que le aproxima a Montesquieu, la figura más prominente de la filosofía política dentro del Iluminismo Francés.

 

A modo de epílogo

 

Haber vivido en “las entrañas del monstruo” al parecer fue verdaderamente inspirador para José Martí, lo que no destacan los medios oficialistas cubanos empeñados en hacer prevalecer absurdas ideas que han acomodado a su conveniencia. Esta  muestra de su quehacer en tierras del “norte revuelto y brutal” son una prueba más que convincente para demostrar que la inmensa mayoría de sus ensayos, discursos y escritos periodísticos, fueron escritos en esta tierra que lo acogió, y le permitió ser reconocido como una de las figuras más influyentes de su tiempo, tanto en el terreno social y político, como en lo literario y lo filosófico.  Aquí pasó la mayor parte de su vida, y lejos de haberse sentido deprimido, decepcionado y eclipsado, encontró el medio que le inspirara para entregarnos sus enseñanzas, llevadas a un nivel de perfección y a tan elevado sentido de profundidad como pocos en el mundo de las letras hispanoamericanas han podido hacerlo.

 

Que se refirió a un norte revuelto y brutal, a un monstruo, y a un sentido expansionista, es cierto: ocultarlo sería caer en el mismo plano de los comunistas cubanos; pero hacer una exaltación más allá del tiempo y lugar, esto es, sacarlo de su contextualidad histórica, constituye una tergiversación de la bendita enseñanza del Apóstol, lo que han estado haciendo aquellos que adueñándose de la palabra del más genuino de los cubanos de todos los tiempos le han manipulado, y lo peor, presentan esa imagen ante el mundo como si fuera verdadera. Recordemos que expresó en su escrito Vindicación de Cuba que amaba a la patria de Lincoln, lo que el régimen mantiene en silencio, por cuanto contradice por completo la tan difundida idea del monstruo.

 

Solo un estudio profundo que nos conduzca al análisis detallado, y a la exégesis deliberada de su extraordinaria obra, nos permitirá enfrentarnos, cual apologetas de estos modernos tiempos, en defensa de aquel, que según diría la poetisa y pedagoga chilena Gabriela Mistral, es el hombre más puro de la raza.