Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

 

 Dr. Alberto Roteta Dorado, Naples, Estados Unidos

Fracaso centenario y mundial del socialismo comunista

 

El mayor auge del socialismo tuvo lugar a partir del establecimiento de sistemas de gobierno de este tipo en la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS),  y en parte de los países de Europa Oriental que fueron sometidos al yugo soviético a partir del fin de la segunda guerra mundial.

 

En 1917, hace justo cien años, en Rusia se consumaba la idea socialista con el triunfo de la conocida como Revolución de octubre, con lo que comenzaba una nueva etapa en la vida política, social y económica de muchas naciones agrupadas en lo que se llamó Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Desde aquí se extendió a sitios tan disímiles y distantes como Mongolia desde 1924, China desde 1949, Vietnam (del norte) desde 1945, y Vietnam unificado desde 1976, Corea del Norte desde 1948, Laos desde 1975, y Cuba desde 1959, aunque la declaración del carácter socialista de su revolución no se dio hasta 1961.

 

Prolegómenos y orígenes

 

Sin embargo, decir que el origen del socialismo  -al menos como acto consumado con el establecimiento de sistemas de este tipo en varias naciones- tuvo lugar en las cercanías de la segunda mitad del siglo XX, con la adopción de esta tendencia en varias naciones de Europa tras la segunda guerra mundial, es un grave error conceptual. Ya en 1847 el escritor y reformador social de origen francés Étienne Cabet (1788-1856) hizo un llamado para fundar una comunidad real a partir de lo ideado por él en su novela "Viaje a Icaria". Cabet salió desde Francia con un grupo de expedicionarios para establecerse en tierras de Texas, junto al río Rojo, y allí vivir de una forma un tanto excéntrica para su tiempo, y aún del nuestro, mediante un modo de vida según algunas de las normativas establecidas como paradigmas del socialismo actual.

 

En su obra “Viaje a Icaria” Cabet difunde su doctrina basada en la instauración de una sociedad comunista fundamentada en ideales de igualdad, fraternidad, y justicia social, en la cual los bienes son socializados y donde la igualdad entre los sexos es casi total. Se describe además una sociedad ideal en la que la actividad social y económica es supervisada por un gobierno electo.

 

El grado de organización de la sociedad, descrito por su autor, alcanzaba su clímax en la colectivización de los medios de producción -el rasgo más distintivo de la propuesta socialista- y en el establecimiento de bonos de trabajo para adquirir los bienes de consumo, pues el dinero ha desaparecido. La misma ropa para todos, un solo diario oficial y una vida organizada hasta el más mínimo detalle: levantarse a las cinco de la mañana intercalando las actividades con los descansos reglamentarios y fin de la jornada a las ocho de la noche. Esto inspiró a muchos, sobre todo a los de procedencia más humilde. Como era de esperar su proyecto fracasó del mismo modo que fracasaron todos los intentos socialistas posteriores a Cabet, y los colonos volvieron e establecer la propiedad privada, con lo que desaparecía este intento socialista.

 

De igual modo, la idea marxista es tomada muchas veces de manera errónea como referente para establecer el inicio del socialismo. Sin embargo, la palabra socialismo, en el sentido moderno del término, no aparece hasta 1830 en Gran Bretaña y en Francia, casi simultáneamente, para designar las ideas de los seguidores de Robert Owen y Henri de Saint-Simon; aunque la palabra fue empleada por primera vez por el monje Ferdinando Faccginei en 1776 para referirse a aquellos que defendían la doctrina del contrato social como el fundamento de la organización de las sociedades humanas.

 

No obstante, algunos hacen referencia a que el origen del término y las primeras definiciones conceptuales se remontan a la antigüedad. Algunas fuentes involucran hipotéticamente a Platón (427 a.C.- 347 a.C.) con la idea del socialismo, algo que, lejos de compartir, me resulta disparatado, por cuanto, el padre de la filosofía occidental estableció con precisión sus concepciones respecto a una sociedad clasista con una estructura triple, según la cual existirían los artesanos o labradores, los guerreros o guardianes y los gobernantes o filósofos, estos últimos responsabilizados de dirigir según su grado de inteligencia, y formaban la razón del alma de la sociedad; pero su acepción respecto a la armonía entre dichas clases ha sido interpretada muy a la ligera, y tal vez se tomara como una concepción de tipo socialista por la utopía de la igualdad social que propone el socialismo, y que se supone se ponga en práctica con la instauración de este régimen social.  

 

Platón sostuvo la idea de armonía de las clases sociales, pero no en la eliminación de las clases, e igualmente insistió en la idea de que la razón y la sabiduría (episteme) son las que deben gobernar, lo que no equivale a tiranía, despotismo u oligarquía, algo que lamentablemente, en el orden práctico hemos visto como rasgo distintivo en todos los países a los que se le impuso el socialismo como forma de modelo político.

 

No es hasta la Edad Media en que nos encontramos con elementos bien definidos que coinciden con algunas de las propuestas teóricas del socialismo. Sir Tomás Moro (1478-1535) el hombre ejemplar que se enfrentó a Enrique VIII y que fuera sentenciado a muerte por su actitud, tuvo una visión adelantada a su tiempo cuando se refirió a la necesidad de igualdad, de jornadas laborales justas, de superación y repartición equitativa, entre otras características propuestas por los teóricos contemporáneos defensores y difusores del socialismo. En su gran obra “Utopía” (París, 1516), es utilizado por vez primera  el término utopía, que deriva del griego "u", o sea, ninguna, y "topos", que significa lugar o parte.  Utopía significa literalmente: lugar que no existe, pero en realidad la idea de Moro no fue precisamente la no existencia, sino lo inalcanzable o irrealizable, con lo que se anticipaba a la imposibilidad de llevar a efecto lo que desde el punto de vista teórico sería un paraíso.

 

En la segunda parte de su obra Utopía, Tomás Moro describe un estado ideal en  contraposición al estado monárquico de Enrique VIII. En este estado no hay propiedad privada ni dinero, el estado está fundado en la tolerancia religiosa ya que nadie puede ser expulsado de su tierra si profesa otra religión, el fanatismo religioso es castigado con el exilio, la organización militar se justifica solo en caso de existir peligro para el país, el trabajo de seis horas al día es obligatorio, lo que permite cierto ocio y  placer moderados, haciendo olvidar las ansias de obtener cosas superfluas, la pena es proporcional al delito, la educación del pueblo es prioridad para el gobierno de la república de Utopía.

 

El marxismo

 

El término Socialismo Utópico fue manejado desde la primera mitad del siglo diecinueve por el francés Louis Auguste Blanqui (1805-1881), aunque alcanzó notoriedad a partir de los aportes de Marx y Engels en su "Manifiesto Comunista", los que criticaron a los socialistas utópicos por ser “idealistas” y, como fue habitual en ellos, de “ingenuos”, a aquellos que fueron capaces de prever que la doctrina socialista era algo irrealizable que quedaría como idea o proyecto.

 

Para diferenciarse de los socialistas utópicos crearon el término Socialismo Científico, más tarde difundido como Comunismo Científico. El Socialismo Utópico proclamaba la creación de una sociedad ideal y perfecta, en la que el hombre se relacionase en paz, armonía e igualdad y sus fines y objetivos habrían de lograrse a través de su voluntad siempre de manera pacífica, idea que no coincide con los planteamientos marxistas, por cuanto estos defienden las revoluciones, huelgas y manifestaciones por parte de la clase trabajadora en sus luchas antagónicas contra la burguesía.

 

La revelación del “Testamento político de Engels” en su versión completa -sin la exclusión de los puntos más revolucionarios y liberales que ponían en duda algunas de las rígidas propuestas del marxismo- tuvo un significado trascendental. La primera manipulación por parte de los marxistas más ortodoxos se había producido en vida de Engels cuando ciertos escritos suyos, y de modo particular su prólogo a “Las luchas de clases en Francia” de 1895, fueron publicados incompletos, exentos de sus puntos más controversiales. Aquellos “marxistas” pretendieron hacer del compañero de Marx uno más en el coro de los pacíficos justificadores de una vía parlamentaria electoral al socialismo.

 

Engels destacó la posibilidad de aprovechar la legalidad capitalista vigente, específicamente la de sufragio universal, como camino hacia la conquista del poder por la clase obrera, no sólo en Alemania, sino también en otros países europeos. Con esta premisa Engels trataba de adaptar, según este criterio, con los dirigentes social-demócratas, los métodos de lucha de las clases trabajadoras a los cambios de circunstancias que se habían producido en Europa desde los días de las leyes de excepción y de las persecuciones contra los socialistas. De modo que la huella del marxismo, aunque con el matiz muy peculiar de Engels -a quien con frecuencia se le subestima y se le deja a un lado, destacando solo la figura de Marx- quedó plasmada en los partidos socialdemócratas europeos, los verdaderos herederos de la propuesta marxista, y no los bolcheviques con la impronta leninista, como a menudo se suele interpretar y asumir.

 

Las tendencias actuales insisten en dos puntos cruciales para la socialdemocracia. El primero se basa en la idea de una independencia del estalinismo, y en cierta medida del propio marxismo, con lo que la socialdemocracia podría orecer en el presente, al menos, en Europa, donde tuvo su auge. El segundo está basado en el concepto del proyecto de reforma del capitalismo, el que probablemente iba a entrar en un período de agudo declive con el colapso de la Unión Soviética y el n del largo boom económico. Sheri Berman en su “The Primacy of Politics” sugiere que la socialdemocracia -que no es justamente el liberalismo o el marxismo- fue “la verdadera vencedora de la edad de los extremos; pero la amnesia de la izquierda sobre este triunfo histórico ha llevado a una debilitadora pérdida de voluntad”.

 

Dejando a un lado esta excesiva teorización -muchas veces necesaria, por cuanto se suele comentar con frecuencia sin conocerse a fondo las bases conceptuales de aspectos definitorios para el establecimiento del socialismo actual- y tratando de ser algo más prácticos al adentrarnos en las grandes polémicas actuales en relación con este sistema social, lo primero que hemos de cuestionarnos es la eficacia o no de este modelo económico y social que ha llevado al fracaso total desde el punto de vista económico y, ¿por qué no?, desde todo punto de vista -político, social, ético y moral-, a todas aquellas naciones que lo han tenido como tendencia política.   

 

El comunismo leninista

 

Hasta ahora ninguno de los países de Europa Oriental que lograron “zafarse” del comunismo han retomado las riendas de la izquierda; ni siquiera se conoce de la existencia de intentos para hacerlo, lo que no significa que no existan de manera aislada algunos que sigan simpatizando con la tendencia socialista propuesta por Marx teóricamente y llevada a la práctica, aunque a su manera, por Lenin y Stalin en la vieja URSS, o que los partidos simpatizantes con la izquierda o ciertos movimientos “progresistas” estén en extinción total. De hecho, existen partidos socialistas y comunistas en gran número de países de Europa, y la oleada de países de América Latina que asumieron formas cercanas al socialismo, cuyos gobiernos han estado presididos por figuras representantes de partidos de tendencia izquierdista, son ejemplos concretos en este sentido.

 

La historia de la URSS y la Europa Oriental es bien conocida por todos, o al menos por muchos, y hasta los menos letrados saben que allí existió el comunismo y se derribó un muro, aunque no sepan en sí donde,  o si era una realidad o tuvo un carácter simbólico; pero saben de su existencia y también de su fracaso; aunque lamentablemente el momento actual exige hombres demasiado prácticos que, envueltos en un pragmatismo que va más allá de lo permisible, viven de espaldas a ciertos hechos definitorios dentro de la historia contemporánea, de los que no se escapa el desconocimiento de la debacle del socialismo en el pasado siglo XX. 

 

En la serie secuencial de pasos, que cual cascada algorítmica tuvieron lugar por estos lares, hubo ejes determinantes, como la llamada Perestroika, en la que jugara un papel decisivo el exmandatario Mijaíl Gorbachov; la sucesión de revueltas populares y rebeliones contra el régimen comunista impuesto en Polonia por Stalin desde 1944, y finalmente la llamada caída del muro de Berlín, tal vez, el punto crucial, o al menos, el más simbólico de todos, que determina la extinción definitiva del socialismo en esta región.

 

Pero la llama no estaba extinguida en su totalidad. Los casos de Corea del Norte, China y Vietnam, y de manera particular Cuba, sobrevivían a la hecatombe europea. El fenómeno latinoamericano tiene sus orígenes a partir de la revolución cubana de 1959 y de las pretensiones expansionistas del dictador Fidel Castro -en relación con sus ideas megalomaníacas-. Para esto fue utilizado el comandante Ernesto Guevara, quien con sus aires de aventurero y su malvado espíritu guerrillero trató de propagar, aunque sin éxito, el socialismo por varios puntos de África y América.

 

El centenario de la Revolución de Octubre y el silencio sepulcral en la propia Rusia

 

"El país que una vez contó su existencia a partir de octubre ahora asiste al centenario con un silencio ensordecedor", resumió el historiador ruso Ivan Kurilla en el diario Vedomosti. El Kremlin ha preferido el silencio y se ha mantenido al margen del centenario de este hecho que, para bien o para mal, no podemos sepultar para siempre y eliminar de la historia contemporánea, por cuanto presupone el inicio de la mayor polarización de las naciones del mundo en dos grandes bandos, el capitalismo y el socialismo; así como la difusión de este último por numerosas naciones en las que impusieron el terrible mal, aunque con un matiz de progreso aparente, de pseudodesarrollo económico, y de libertades y democracias que jamás existieron, con lo que desviaban la atención de aquellas grandes persecuciones, el aislamiento y el ostracismo, el estricto control de todos los medios de producción, la censura, la corrupción, y las múltiples muertes y desapariciones de aquellos que no mantenían una actitud acorde con los principios del régimen.

 

Por estos días en que se está conmemorando el centenario de la instauración del primer estado socialista del mundo a partir del triunfo de la llamada Revolución de octubre,  el gobierno ruso no ha organizado nada oficial para celebrar la fecha, ante el temor de ensalzar un hecho histórico que supuso un cambio de régimen. También para evitar polarizaciones en una sociedad dividida en torno a ello. De igual forma, algunos medios de comunicación electrónicos y televisados transmiten ciertos seriales de tipo histórico o recreaciones virtuales sobre esos acontecimientos que cambiaron el mundo; aunque de un modo discreto. Nada de actos, marchas, veladas, monumentos o condecoraciones.

 

Solo los comunistas rusos evocaron el hecho mediante una marcha por el centro de Moscú para conmemorar el centenario de la Revolución Bolchevique de 1917 que acabara con el régimen zarista y diera inicio a la Unión Soviética. Convocados por el Partido Comunista de Rusia se congregaron en la plaza de Pushkin y marcharon desde ahí con banderas rojas y lazos rojos en las solapas. Participaron comunistas y miembros de organizaciones de izquierda provenientes de una decena de países del mundo.

 

No debe confundirse la gran parada militar de la Plaza Roja, en la que participaron unos 5.000 militares, con la celebración del centenario de la Revolución Bolchevique -algo que han hecho los medios oficialistas cubanos ante la frialdad del gobierno ruso sobre este último suceso-: los militares rusos desfilaron para conmemorar la histórica parada militar que tuvo lugar allí en 1941, en pleno asedio de las tropas nazis, y tras la cual muchos soldados soviéticos salieron directamente hacia el frente.

 

Dicho desfile se hace cada año y no responde a una celebración del centenario de la Revolución, sino que se trata de un acto patriótico sobre la llamada Gran Guerra Patria (en relación con la Segunda Guerra Mundial), una contienda sobre la que no hay divisiones y en la que el papel de los soldados soviéticos es motivo de orgullo nacional. Los participantes en el desfile marcharon con uniformes y armamentos de la época frente a la tribuna de honor en la que se encontraban veteranos de aquella histórica parada que, según muchos historiadores, fue crucial para la defensa de Moscú porque elevó la moral del ejército soviético.

 

Para el Kremlin está bien precisado. Las conmemoraciones de la Revolución de octubre deben servir para sacar claras "lecciones" del pasado, entre las que han destacado: 1. Prevenir cualquier atisbo de contestación al poder por parte de la calle, aún más a pocos meses de la elección presidencial de marzo de 2018, en la que nadie duda que el presidente Vladimir Putin se presentará para un cuarto mandato. 2. Cualquier protesta social o política es 'diabolizada' y vista como el trabajo de fuerzas "antipatrióticas" más o menos vinculadas al extranjero.

 

El autismo político actual de los regímenes comunistas latinoamericanos

 

Paradójicamente, mientras en Rusia solo un grupo de comunistas quiso celebrar el hecho, en Cuba, cuyo sistema dictatorial fue el protegido de la URSS mientras duró el comunismo, se ha celebrado con “bombos y platillos” el acontecimiento. Y no solo en Cuba, sino que desde la isla, se dieron las orientaciones oportunas para que los presidentes de Venezuela y Bolivia, los sobrevivientes de la izquierda latinoamericana, se pronunciaran a favor del hecho. 

 

Con la participación de unas 4500 personas se celebró en el Teatro Karl Marx, en La Habana, el acto político-cultural, presidido por el dictador Raúl Castro, y con la presencia  del embajador de la Federación de Rusia en Cuba, además de altos funcionarios y diplomáticos. Las palabras principales fueron pronunciadas por José Ramón Machado Ventura, segundo secretario del Partido Comunista de Cuba (PCC), quien expresó que la Gran Revolución Socialista de Octubre marcó el comienzo de una nueva era para la humanidad y condujo a la creación del primer estado socialista.

 

En Caracas, la capital venezolana, cientos de chavistas marcharon. Algunos, inmersos en su ignorancia y desconocimiento total de la verdadera historia que se esconde tras la propaganda comunista de la vieja URSS, decidieron portar carteles con imágenes de Lenin, de quien nadie se acuerda en su propia patria,  y la hoz y el martillo de la extinta Unión Soviética, símbolo sepultado para siempre en estos tiempos, para conmemorar el centenario de la Revolución Rusa.

 

Como era de esperar, el inculto presidente de Venezuela hizo gala de un desbordante júbilo, en contraste con la indiferencia de Vladimir Putin, como si el hecho tuviera que ver con Venezuela y el contexto latinoamericano. "¡Vamos a gritar que vive Lenin! ¡Vamos a las calles con las banderas de la Unión Soviética!", dijo Nicolás Maduro, al convocar a la movilización hacia el palacio de gobierno. Por su parte la repudiada Delcy Rodríguez, presidenta de la Asamblea Constituyente que rige en Venezuela como un suprapoder, también dio muestras de su ignorancia al escribir en su cuenta de Twitter: "Rendimos honores al pueblo ruso. Fue el primer desafío al orden capitalista". Tal vez la fanática chavista, inmersa en consignas y estrategias macabras para el sostén del régimen madurista, desconoce lo que acontece en el antiguo país de los soviets, y como es lógico la indiferencia total ante el suceso.

 

Pero si de ignorantes se trata, nada más representativo que el mensaje de Evo Morales, quien suele hacer un derroche de sus limitaciones intelectuales que le aproximan con frecuencia a Maduro. En esta ocasión escribió en su Twitter, -muy de moda entre los políticos de estos tiempos-: "Hace 100 años, como hoy, triunfó la Revolución Rusa, campesinos y obreros unidos lograron conformar el primer estado socialista del mundo", (cualquier parecido con una oración de un estudiante de enseñanza básica es pura coincidencia), y se refirió además al hecho como un ejemplo en la lucha contra la tiranía y la desigualdad.

 

La sede de la vicepresidencia boliviana desarrolló el encuentro internacional "A 100 años de la Revolución Rusa", en el que se analizó su influencia en la izquierda de América Latina. El evento que se extendió por tres días, congregó a políticos e intelectuales de Brasil, Perú y Chile, además de incluir una conferencia del vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, en el auditorio del Banco Central, en La Paz. Convocatorias aisladas y sin repercusión alguna tuvieron lugar por parte de algunos comunistas de países como Uruguay y Perú.

 

Cómo acogieron la “nueva” modalidad socialista algunos países de América Latina

 

No es hasta los comienzos del siglo XXI que podemos afirmar de manera categórica que el socialismo de “nuevo tipo” -el que han bautizado como Socialismo del siglo XXI- hace metástasis en Latinoamérica. El 30 de enero de 2005 en su discurso durante la clausura del V Foro Social Mundial, celebrado en Porto Alegre, Brasil, Hugo Chávez acudió de manera reiterada a la necesidad de lograr cambios radicales en el mundo mediante la implementación del socialismo; pero precisó que debería ser un socialismo de nuevo tipo -el llamado Socialismo del siglo XXI, que como es de suponer no es una invención suya; sino que se apropió de lo que teóricamente le enseñara de manera directa el alemán izquierdista Heinz Dieterich, el verdadero autor intelectual de dicha tendencia, quien se relacionara con Chávez desde 1999-, acorde a la realidad latinoamericana y dejando a un lado aquellos aspectos que no funcionaron en la antigua URSS y los otros países europeos que asumieron este modelo.

 

Durante aquella intervención el mandatario venezolano, con sus aires de egocentrismo, y convencido de unos dotes de orador que nunca tuvo, acudió al mensaje del ruso León Trotsky sobre su concepto de que a toda revolución le hace falta el látigo de la  contrarrevolución, y de manera particular, a la idea de que la revolución no puede triunfar en un estado aislado, lo que aplicó al contexto latinoamericano con la pretensión de expandir el socialismo -algo que ya estaba planeado de manera premeditada y con alevosía, y bajo la orientación del dictador cubano Fidel Castro- por Latinoamérica: “el objetivo de la Revolución Bolivariana es extenderse a cada país de América Latina y más allá”.

 

Finalmente se refirió a la trascendencia del capitalismo a partir del socialismo, con lo que imponía la tendencia que parecía estar ya muerta en el mundo: “No tengo la menor duda. Es necesario, decimos y dicen muchos intelectuales del mundo, trascender el capitalismo, pero agrego yo, el capitalismo no se va a trascender por dentro del mismo capitalismo, no. Al capitalismo hay que trascenderlo por la vía del socialismo, por esa vía es que hay que trascender el modelo capitalista, el verdadero socialismo. ¡La igualdad, la justicia!”

 

Unos meses después, en un discurso pronunciado a mediados del 2006, Chávez fue más enérgico al expresar: “Hemos asumido el compromiso de dirigir la Revolución Bolivariana hacia el socialismo y contribuir a la senda del socialismo, un socialismo del siglo XXI que se basa en la solidaridad, en la fraternidad, en el amor, en la libertad y en la igualdad” (…) “debemos transformar el modo de capital y avanzar hacia un nuevo socialismo que se debe construir cada día”, lo que tal vez fue definitorio en el nuevo giro que experimentara, para su mal, la otrora próspera patria de Bolívar.

 

Bajo la influencia de Hugo Chávez varios gobiernos de Latinoamérica se hicieron receptivos a las aparentes nuevas propuestas: Ecuador con Rafael Correa, Argentina con Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, Nicaragua con Daniel Ortega, Bolivia con Evo Morales, Brasil con Lula da Silva y Dila Rousseff, Chile con Michele Bachelet. Cada cual tiene sus peculiaridades: en los casos de Chile, Brasil y Argentina no hubo exceso de control en el aparato gubernamental, si se les compara con Venezuela y Ecuador, donde ha existido una total  radicalización de las leyes que han llevado  a la creación de estados totalitaristas, a partir del concepto de participación ciudadana,  “envueltos en una revolución no surgida desde abajo, sino desde una idealización del líder político, frecuentemente convertido en slogan partidista”.

 

La historia de cada nación con su socialismo de nuevo tipo se supone sea conocida ya por muchos. No es este el espacio para detenernos en las particularidades de países como Brasil, Ecuador, Bolivia, y de manera particular Venezuela, en los que esta tendencia, como ocurrió en la Europa Oriental, fue y sigue siendo un fracaso.

 

Todos los gobiernos socialistas de Latinoamérica comenzaron con numerosos proyectos sociales, aparente protección a los desposeídos, una teatralizada democracia y apertura, entre otras cosas, pero pasado un breve tiempo fueron inevitablemente hacia un mismo punto de estancamiento de sus economías, y lo peor, hacia el establecimiento de una dictadura, que no es justamente la del proletariado que de manera teórica presenta el marxismo.

 

Rasgos comunes de los países latinoamericanos con modelos dicen que socialistas

 

De manera general los países de América Latina en los que se han asumido formas socialistas como modelos económicos y políticos -lo que no significa necesariamente que queden incluidos en la escasa lista de países socialistas del mundo- se distinguen por algunos rasgos, entre los que sobresalen:

 

El totalitarismo. A partir del establecimiento de un partido único de reconocimiento oficial, como en el caso de Cuba, o de la existencia de otros, pero de manera marginada y sin una representación mayoritaria en los puestos y cargos del gobierno y de las Asambleas Nacionales de cada país, se logra una uniformidad estricta en todos los aspectos del desenvolvimiento político, económico y social.

 

Por otra parte, la tendencia a la nacionalización de todo no va dejando espacio a la diversidad representativa. Se establecen así sistemas únicos de educación, de salud, de cultura, de deportes, de instituciones científicas, entre otros, siempre bajo el estricto control del gobierno y del estado, lo que contribuye a la consolidación de estados totalitarios. Esto implica el control de los principales medios de difusión, si no de todos; un solo tipo de enseñanza nacionalizada, y de cualquier modo, una tendencia a establecer formas únicas de procedimientos, de instituciones, de poderes jurídicos y legales, etc.

 

Esto ha desencadenado el establecimiento de verdaderas dictaduras tiránicas que han eliminado todo vestigio de poder democrático en aquellos países que se han visto envueltos en la oleada socialista de nuevo tipo. El caso muy particular de Venezuela con el establecimiento de un nuevo orden constitucional en reemplazo total a su Asamblea Nacional, que ya había logrado una representatividad de la oposición en el poder, constituye un ejemplo muy preciso.

 

La represión marcada y sistemática. El totalitarismo y las dictaduras llevan implícito la existencia de un sistema represor para el dominio de todo el acontecer de las naciones. La creación de instancias encaminadas al espionaje constituye uno de los ejes determinantes para el éxito del control sobre todo y todos.

 

En Nicaragua la situación de los trabajadores y sus derechos sindicales son severamente violentadas.  Según sindicalistas, en los últimos tres años se ha dado la penalización de la protesta sindical con la detención y acusación contra trabajadores de zona franca, los mineros en Mina El Limón, los cañeros en Chichigalpa y los recolectores de basura en Managua. En este mismo país en la intensa lucha en protesta contra la puesta en práctica del canal interoceánico, a pesar de no haberse contabilizado con exactitud el número de víctimas por las acciones represivas del régimen de Daniel Ortega, al menos ha habido tres hechos en los que la violencia policial por impedir que los campesinos se expresen ha dejado unas sesenta personas golpeadas, lesionadas y otras decenas encarceladas.

 

Pero donde resulta patente con mayor fuerza la represión marcada y sistemática es en Cuba y Venezuela. Las detenciones arbitrarias que cada día tienen lugar en Cuba deberían ser bien conocidas en el mundo. La agresión a opositores y el consecuente encarcelamiento son hechos denunciados en instancias internacionales. Las recientes declaraciones del Observatorio Cubano de Derechos Humanos (OCDH), en las que se denuncian 2.149 detenciones arbitrarias en los 5 primeros meses de 2017 en Cuba, amén de otras tácticas represivas, que incluyen, entre otras, presiones y agresiones directas a hijos y familiares de activistas, confiscación o robo de bienes personales o de medios de trabajo a los integrantes de grupos de la sociedad civil, y fabricación de delitos penales comunes para intimidar o encarcelar a opositores, son elementos más que convincentes que demuestran la fuerte represión en la mayor de las Antillas, que ha sido dominada por el comunismo por casi sesenta años.

 

El caso de Venezuela con las recientes marchas y otras acciones pacíficas de protesta en contra del régimen de Nicolás Maduro, y de manera particular, con la imposición de la llamada Constituyente, lo que dejó más de un centenar de muertos, lamentablemente todos muy jóvenes, es tal vez el ejemplo más concreto y reciente de represión comunista.  Sin embargo, el régimen se mantiene impune a los hechos. La cantidad de prisioneros por causas políticas, las violaciones del orden constitucional, la manipulación de los resultados de elecciones locales, amén de todo el fortalecimiento del aparato militar con asesoramiento de la dictadura castrista cubana, constituyen pruebas de todo lo que un sistema totalitario puede hacer como muestra de represión.

 

La corrupción. Este mal constituye uno de los rasgos más definitorios del sistema socialista. No ha habido un solo país, desde la primigenia URSS, en su etapa de aparentes logros, hasta Bolivia en nuestros días, país no considerado oficialmente socialista a pesar de las múltiples tentativas de su errado presidente, que no se haya visto implicado en graves escándalos de corrupción. Ya lo había anticipado el cubano José Martí desde el final del siglo XIX, cuando con visión profética se pronunció contra dicho sistema, precisando desde entonces sus puntos débiles, los que lo llevarían inevitablemente a la corrupción. 

 

Los hoy exmandatarios que abrazaron la idea socialista y se les ha asociado a escándalos de corrupción son bien conocidos. Recordemos los casos en Brasil de Dilma Rousseff, destituida de manera escandalosa del cargo de presidenta del país más grande de América Latina, toda vez que fuera acusada en el Congreso por violación de normas fiscales, con lo que “maquillaba” el déficit presupuestal, independientemente de sus implicaciones al dictar tres decretos y ampliar gastos sin aprobación legislativa, ignorando las metas fiscales aprobadas previamente por el Congreso, así como de Luiz Ignacio (Lula) da Silva, declarado culpable y condenado a prisión por corrupción y lavado de dinero en julio de 2017. 

 

Evo Morales, de Bolivia, y Raúl Castro, de Cuba, han sido cuestionados recientemente sobre una presunta implicación en el narcotráfico. El diario boliviano Los Tiempos reseña una historia que aparece publicada en la revista brasileña Veja donde se afirma que la Agencia Antidrogas de Estados Unidos, DEA, tiene información de que Cuba es un centro importante para el envío de cocaína boliviana a México y los Estados Unidos, independientemente de las serias implicaciones del régimen cubano en múltiples delitos de corrupción; aunque con la suerte siempre de su lado por no haber sido sentenciados debidamente, y continuar difundiendo ante el mundo los llamados “logros” de la revolución cubana, en los que muchos siguen creyendo.

 

En Ecuador tiene lugar en estos momentos una de las más grandes polémicas en torno al caso de Jorge Glas, el vicepresidente del país, suspendido de sus funciones y prisionero en espera de juicio político por sus implicaciones en el caso del escándalo de la constructora brasileña Odebrecht, acusado además de autor por los delitos de peculado, enriquecimiento ilícito, cohecho, delincuencia organizada, y lavado de activos, y como coautor por testaferro. Mientras Rafael Correa, aunque sigue libre y sin acusación directa, ya los líderes de los pueblos Motuvios,  de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador, y de la Confederación Kichwa del Ecuador (Ecuarunari), solicitaron a la Fiscalía General del Estado (FGE) que inicie una investigación contra el expresidente por los casos de corrupción que involucran a obras estratégicas y a la constructora brasileña Odebrecht.

 

La perdurabilidad en el poder. Ya sea mediante una presidencia vitalicia, como ocurrió en los sistemas totalitarios de la URSS y Europa Oriental, y luego en Cuba, en los que se simula una modalidad muy sui generis de “democracia participativa” y de “elecciones populares”; mediante un continuismo político a través de algún líder de izquierda del propio partido político oficialista, como se pretendió en Ecuador recientemente, donde Rafael Correa preparó el camino a su sucesor Lenín Moreno, se ocupó de la campaña electoral y hasta propició un fraude electoral gigantesco del que ya apenas se dice nada, pero existe documentación suficiente y elementos muy sugerentes de la veracidad del engaño en los pasados comicios; o sencillamente, violando todo poder constitucional, como ha ocurrido en Venezuela con la imposición de la llamada Asamblea Nacional Constituyente promovida por Maduro, aunque ideada por el régimen cubano desde La Habana, como se afirma; o como pretende Evo Morales para su postulación por un cuarto período, ilegal e inconstitucional, a partir de 2019.

 

Pero de lo que no existe duda alguna es de esa ambición por perpetuarse en el poder, un poder que les garantiza una continuidad política para seguir enriqueciéndose bajo la  apariencia de las obras y los proyectos sociales, lo que facilita el sometimiento de sus pueblos. Como diría el escritor y político peruano Mario Vargas Llosa: “Me indigna el doble discurso de obligar a los demás a vivir en las penurias socialistas, mientras ellos saborean las mieles del capitalismo”; o como se precisa en la página Corrupción Chile a propósito del artículo “Socialistas Capitalistas. Una nueva tendencia en Chile”: “Ser socialista no necesariamente significa ser pobre, sino que apelamos a la inconsecuencia de privar de lujos al resto de población mientras que el gobernante “del pueblo” disfruta de los placeres capitalistas”.

 

Hugo Chávez ocupó la presidencia de Venezuela desde 1999 hasta su muerte en 2013, es decir por un período de catorce años, siguiéndole Nicolás Maduro, quien ha garantizado el continuismo político hasta el presente, con lo Venezuela lleva dieciocho años de dictadura comunista. Evo Morales lleva once años en el poder y pretende continuar a partir de 2019 por un nuevo período de cuatro años más, en lo que sería su cuarto mandato, lo que de lograrse sumarían dieciséis años en la presidencia. Daniel Ortega, el ya anciano presidente de Nicaragua, ocupó el cargo durante el periodo 1979-1990, y desde 2006 hasta el presente. Con su reelección su mandato se prolongará hasta el 2021, con lo que logrará un total de veintisiete años en el poder, algo que le convierte en el mandatario latinoamericano de mayor trayectoria en sus funciones, solo superado por el dictador cubano Fidel Castro, quien se mantuvo por cuarenta y nueve años, entre 1959 y 2008, y el mexicano Porfirio Díaz, con treinta y cinco años, entre 1876 y 1911, reelecto en nueve ocasiones, y finalmente Rafael Correa, en Ecuador, que solo en una década llevó a su país al abismo, y pretendió garantizar un continuismo político a través de Lenín Moreno, pero las cosas le salieron completamente diferentes y la nación andina se desprende del gran mal de Latinoamérica.

 

La tendencia a modificar las constituciones del país.  Ya sea a través de revisiones de la mayoría de sus acápites, o a través de las enmiendas que se van añadiendo progresivamente. Esto conduce inevitablemente a la perdurabilidad en el poder de los mandatarios, los que se las agencian para establecer cláusulas que permitan una reelección indefinida -como sucedió en Ecuador con la enmienda que se hiciera sobre la Carta Magna de Montecristi en 2015 o en la Venezuela de Chávez, forzando poderes inconstitucionales para lograr reelecciones por varios mandatos, aunque no lo admita la constitución, y por lo tanto sean ilegales. Tal es el caso de Bolivia con el tercer mandato de Evo Morales y sus intentos para el cuarto período a pesar de la no aceptación de los votantes mediante un referéndum, las críticas severas de la oposición, y la inconformidad de grandes sectores poblacionales, o estableciendo ciertos pasos dudosos incomprensibles e inconcebibles por todos, hasta por aquellos que los establecieron en sus estatutos  -tal es el caso de Cuba con su simulacro de una Asamblea Nacional con poderes para determinar la aprobación de un presidente vitalicio no elegido por nadie y sin candidatos opositores. 

 

El adoctrinamiento excesivo y forzado. El estatismo mental inducido. Los sistemas comunistas tienen establecidos ciertos mecanismos para garantizar la total sumisión de aquellos que han de vivir bajo su dominio. El adoctrinamiento a través de un sistema educacional único, al que de manera obligatoria han de acudir todos los ciudadanos desde etapas bien tempranas de sus vidas, constituye una de las tantas formas de poder ejercer un poderío que contribuirá, a mediano y largo plazo, a conservar una condición de estatismo -el término es utilizado en filosofía y psicología política- a partir de una inercia mental inducida.

 

Manipulando la mente humana se puede lograr no solo la obediencia que los hace ovejas sumisas, sino que las multitudes adoren a los dictadores, a los que ven como grandes héroes en el menor de los casos, pues con frecuencia les confieren un carácter semidivino y sobrenatural, lo que recuerda a los hombres-dioses de las epopeyas homéricas; esto es, los ven como dioses, que cual avatares de la Divinidad, han de ser venerados.

 

Esto último se logra a través de la imposición de un ateísmo desmedido que despoja a las masas de posibles formas de adoración a los dioses, santos o ángeles, lo que resulta sustituido por un culto a la personalidad del líder del momento, a quien gradualmente van dotando de poderes mágicos y de facultades sobrenaturales. La idea de lo invencible y de lo eterno se va acrecentando cada vez más, hasta llegar a expresiones inusitadas que los hacen afirmar en medio de su ateísmo, que no creen en Dios, pero si alguna vez creyeran, lo harían en su líder quien representa el poder supremo, la bondad infinita, y todas las virtudes solo conferidas a los grandes santos y dioses. Recordemos de manera particular los casos de Hugo Chávez, quien es adorado en ciertos sectores venezolanos bajo el nombre de San Hugo Chávez, y en el caso de Cuba, la adoración sin límites hacia Fidel Castro, el dictador más cruel del hemisferio occidental, a quien muchos, a pesar de estar inmersos en un ateísmo acérrimo, lo declaran su único Dios.

 

En el caso de Cuba se impuso de manera premeditada una desmedida eliminación de todo vestigio religioso. La instauración de la enseñanza del marxismo-leninismo vendría a reemplazar definitivamente una instrucción guiada en gran medida por el catolicismo y en menor escala por las variantes evangélicas. La nacionalización emprendida facilitaba la expropiación de todos los bienes particulares con el consiguiente dominio por parte del estado oficialista de todo, incluido, como era de esperar, el noble y difícil proceso de la enseñanza, que ahora se vería matizado por nuevas variantes que, a mediano y largo plazo, facilitarían la hipnotización del pensamiento del llamado hombre nuevo.  

 

Los sistemas dictatoriales totalitaristas ejercen de manera brutal un control estricto sobre el pensamiento de los hombres. Los ejemplos de los regímenes dictatoriales de los países socialistas de la Europa Oriental durante varias décadas del pasado siglo XX constituyen verdaderos paradigmas en este sentido, sin que olvidemos el caso de Cuba, con la declaración del carácter socialista de su revolución a solo unos meses de haber asumido el poder el dictador Fidel Castro, con lo que copiaba el modelo de la ya desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, no solo en el aspecto económico, en su forma o estilo de gobierno, sino también en las posibilidades de adoctrinar a las masas desposeídas que fueron vilmente engañadas desde los inicios mismos del llamado proceso revolucionario.

 

Nadie podrá negar que a través de la historia han existido mentes brillantes dentro del mundo de la ciencia, el arte, la filosofía, la política, la historia o la literatura, los que se han destacado entre las multitudes ignorantes, que siempre han existido también, y dada su condición de ignorantes han sido sumisos y explotados por aquellos que han ejercido su poderío para mantenerlos en ese estado de estatismo, que no solo significa inmovilidad de lo que permanece estático, sino que va mucho más allá, hasta implicarse en la política, por cuanto es además una tendencia que destaca todo el poderío del poder estatal en todos los órdenes, o al menos, así se nos enseña en filosofía política. 

 

Sería interminable analizar detenidamente todos los rasgos definitorios del socialismo de nuevo tipo, o tradicional, esto es, el establecido desde mediados del siglo XX en parte de Europa y que Rusia se anticipaba unas décadas. Los antes expuestos solo constituyen algunos ejemplos determinantes que distinguen a un sistema social que solo ha conocido reveses y derrotas; aunque se resisten a admitirlo, y como el populismo también los identifica, prefieren culpar a otros que desde el exterior se encargan, según ellos, de desestabilizar su noble proyecto revolucionario. 

 

A modo de epílogo

 

De cualquier modo, el ensayo latinoamericano que con tanto ímpetu defendió Chávez, no solo para su país, sino como posible engendro metastásico para Latinoamérica, ha sido un verdadero fracaso, como si siguiera los pasos de Cabet con su fantasía de la Icaria, y de la URSS y la Europa socialista. Aun está por ver el presente y futuro de Bolivia y Nicaragua, cuyos mandatarios han violado reglas constitucionales y manipulado los resultados de los comicios. Y, como es lógico, de las anquilosadas Cuba -que es un caso aparte, cuya dictadura se ha sostenido en el poder por más de medio siglo en total impunidad, aunque desacreditada ante el mundo- y de manera particular Venezuela, cuyo presente es sombrío y su futuro incierto e impredecible.

 

Habría que cuestionarse entonces qué sentido tiene continuar ensayando con el establecimiento de comunidades socialistas tras el fracaso total del bloque europeo y de las naciones de Latinoamérica que lo asumieron o se lo impusieron. ¿Se puede mencionar algún país socialista que haya podido llevar a cabo con éxito la propuesta de modelo económico y político según los cánones de ese sistema? Algunos pudieran mencionar el caso de China, y es cierto que su economía no solo es estable, sino que crece y el país se ha mantenido en la delantera como uno de los más desarrollados del mundo; pero téngase en cuenta que China cuenta con una modalidad de economía de mercado,  al igual que Vietnam y Laos, a pesar de su dependencia desde el punto político de un partido de carácter socialista. Es decir, no son “socialismos” puros en el campo de la economía.

 

Los intentos continuarán mientras existan líderes inescrupulosos que saben lo que puede representar para los desposeídos necesitados y para los ignorantes manipulables la idea de un “paraíso terrenal”, cuya perspectiva cambia por completo una vez que se logran posesionar en el poder. La fórmula podrá cambiar; de hecho, el contexto histórico del final de la primera mitad y la etapa inicial de la segunda parte del pasado siglo XX ha sido completamente diferente a las condiciones de América Latina en el inicio del nuevo siglo.

 

Pero al final ambas regiones fracasaron, y lo peor, llevaron a sus naciones a un deterioro total, no solo en el aspecto económico, sino en múltiples aristas, que incluyen la pérdida de los valores éticos y morales elementales, lo que se refuerza con la aplicación del llamado populismo como instrumento defensivo de la idea socialista, algo que ha resultado mucho más patente en el caso de Latinoamérica.