Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

 

 Dr. Alberto Roteta Dorado, Santa Cruz de Tenerife, España

El circo electoral cubano

 

Un grupo de países de América Latina tendrán elecciones presidenciales y parlamentarias durante este año. Se esperan grandes cambios, ya sea para bien o para mal, pero no hay dudas de que habrá cambios, por cuanto todo proceso eleccionario presupone la presencia de nuevos mandatarios en la presidencia del país o en su parlamento, los que han de asumir la responsabilidad de conducir a sus naciones.

 

Cuba no será pues la excepción. Tendrá en breve un nuevo presidente y ya la Asamblea Nacional tuvo sus comicios este 11 de marzo. Pero si bien no es la excepción, y visto desde la distancia, y sobre todas las cosas, desconociendo el modus operandi del régimen castrista pudiera interpretarse como algo correcto dentro de lo que normalmente debe ocurrir en cualquier nación. Sin embargo, nada más distante de la realidad si analizamos detenidamente el proceso eleccionario cubano, algo que resulta extremadamente difícil toda vez que su diseño constituye una “obra maestra” para manipular a unos, engañar a otros, destituir a quien no les convenga ya, y vanagloriar a los que desde la apariencia pudieran desempeñar aquellas funciones convenientes a un sistema decadente y corrupto que lleva más de medio siglo sin elecciones verdaderas.

 

Pero antes de adentrarnos en cifras, datos estadísticos, comparaciones y otros detalles de lo que recientemente acaba de ocurrir en la nación caribeña conviene precisar algunos conceptos para poder comprender, o al menos intentar entender, el por qué de mi afirmación respecto al diseño de un modelo devenido en “obra maestra”.

 

Sin teorizar demasiado me limitaré a precisar que el desaparecido dictador cubano Fidel Castro necesitó en un momento histórico de su “revolución”  justificar ante la opinión pública y la comunidad internacional su permanencia absoluta en el poder. Recordemos que Castro no fue elegido jamás por nadie. Su asunción al poder podemos enmarcarla desde el propio inicio de la llamada revolución en 1959 a pesar de que en los primeros años junto con el líder rebelde había un supuesto  presidente como figura decorativa, algo que se encargó de suprimir mediante la invención del cargo de presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, cargo que invalidaba el de presidente del país, y que además sería designado por una Asamblea Nacional, pero jamás por el pueblo.

 

En los años iniciales de la dictadura castrista el gobierno asumió todos los poderes de la nación al concentrar en sí las facultades legislativas, ejecutivas y administrativas. El precedente del ficticio parlamento cubano tuvo su origen experimentalmente en la ciudad de Matanzas con la creación de los Órganos del Poder Popular, algo que se extendió más tarde a los 169 municipios y las 14 provincias del país. En 1976 quedó constituida la Asamblea Nacional del Poder Popular desde cuyo seno se designa al Consejo de Estado, su Presidente y Vicepresidentes, así como al Consejo de Ministros.

 

Y es justamente cuando surge el gran conflicto acerca del carácter “democrático” de este complicado mecanismo que diferencia a Cuba de la mayoría de los países del mundo, por cuanto los electores jamás participan directamente en una votación que permita elegir al  presidente del Consejo de Estado y de Ministros, lo que equivale a decir al presidente del país.

 

De este primer dilema se van derivando una serie secuencial de aspectos que resultarán incomprensibles para aquellos no han vivido de cerca esa “democracia participativa” que difunden los comunistas cubanos por doquier.

 

El primero de ellos es el desconocimiento que tienen los cubanos acerca de una candidatura, en la que se supone figuren, por lo menos, dos aspirantes que se enfrenten como candidatos a la presidencia del país. Esto tiene como fundamento la existencia de este mecanismo figurativo mediante el cual una asamblea es quien determina mediante su elección  -que siempre es de forma unánime- al presidente absoluto, independientemente de que este acto tiene lugar de modo cuasi secreto y sin que previamente se conozca de la existencia de una candidatura, algo que ocurre, de acuerdo con las leyes cubanas impuestas por el régimen castrista, ante la “inexistencia de campañas electorales discriminatorias, millonarias, ofensivas, difamatorias y denigrantes”, amén de que “los candidatos no pueden hacer campañas a su favor” - las campañas carecen de sentido al no existir una oposición dentro del seno del propio parlamento. 

 

Pero este aspecto resulta extremadamente ambiguo, toda vez que, independientemente de que “los candidatos no pueden hacer campañas”, no existen candidatos establecidos optando por la presidencia del país, sino que esto se refiere a los candidatos a las asambleas municipales del gobierno, que en realidad son por los únicos que vota el pueblo, es decir, que la participación popular queda limitada a este primer peldaño que  han denominado elecciones parciales, y que de acuerdo a la Ley No. 72 de 1992, de la Ley Electoral, en dichas elecciones parciales se elige a los delegados a las Asambleas Municipales del Poder Popular y sus Presidentes y Vicepresidentes, proceso que tiene lugar cada dos años y medio.

 

Esta Ley establece además las elecciones generales, en las que se elige a los Diputados a la Asamblea Nacional del Poder Popular, su Presidente, Vicepresidente y Secretario, al Presidente, Primer Vicepresidente, Vicepresidentes, Secretario y demás miembros del Consejo de Estado, a los Delegados a las Asambleas Provinciales y Municipales del poder Popular y a su vez Presidentes y Vicepresidentes; proceso que tiene lugar cada cinco años, y que es justamente el proceso que Cuba acaba de tener este 11 de marzo.

 

El diseño del sistema cubano está hecho para manipular toda posible determinación que garantice un continuismo político, y al propio tiempo engañar al pueblo mediante una participación limitada a este primer peldaño al que hice mención en la larga secuencia de aspectos del enmarañado sistema.

 

Actualmente resulta patente un descontento generalizado de la población cubana en todos los aspectos de su acontecer, y como es lógico, las esferas sociales y políticas no son la excepción. Si hacemos un paralelo retrospectivo de la participación popular en los llamados comicios cubanos desde el año 1976  -en el que tuvieron lugar las primeras elecciones de este tipo- hasta el presente llama la atención la marcada disminución de la participación en los últimos años, lo que demuestra que a pesar de la represión los cubanos cada vez participan menos de sus falsos comicios.

 

En 1976 hubo un 95.2%, en 1981, 97.2%, en 1986, 97.7%, en 1993, 99.57%, en 1998, 98.35%, en 2003, 97.64, en 2008; 96.89 y en 2013, 90.88, y en 2018 el 82.90%, o sea, que no votó el 17.10%, casi un 20%, siendo la cifra más baja de la historia.

 

Las elecciones municipales muestran igualmente una decreciente participación, lo que es, sin duda, un paso de avance significativo, independientemente que resulta insuficiente toda vez que se espera que los cubanos de la isla dada su situación tan precaria desde el punto de vista económico, el incremento de la represión, y la posibilidad, aunque aún muy limitada, de insertarse en el resto del mundo mediante la comunicación, sean capaces de no presentarse a los colegios electorales, y de hacerlo por temor, dañar su boleta para que resulte anulada.

 

¿Cuál es la situación real de Cuba respecto a la actitud de sus ciudadanos?

 

Actualmente se logra percibir un estado de indiferencia, de apatía, de desinterés total y de desmotivación generalizada. Esto no debe confundirse con una actitud de rebeldía, algo que resulta completamente diferente. Tampoco podemos referirnos a una cultura política de los cubanos promedio toda vez que en realidad lo que existe es un marcado grado de desorientación y desconocimiento en relación con el maquiavélico sistema eleccionario.

 

Se sabe perfectamente que gran parte de los cubanos asiste a sus simulados comicios por:

 

1. El temor a ser señalados por el régimen, algo que los compromete en sus puestos de trabajo al poder ser relegados, excluidos y llevados al ostracismo. Se incluyen en esta categoría a los trabajadores del sector privado, llamados en la isla -que para todo tiene términos diferentes al resto del mundo- cuentapropistas, los que han asumidos actitudes participativas en actos, desfiles, marchas patrióticas, etc., para mantener sus negocios en armonía con un gobierno que los reprime y explota constantemente. Esta condición es válida para estudiantes con edades que le permitan ejercer el voto y que los puede comprometer desde el punto de vista político en sus centros de estudios. La no asistencia a este tipo de actos los perjudica a la hora de ser ubicados desde el punto de vista laboral una vez concluida sus carreras, amén de cargar con la cruz del “negativismo” durante sus años de estudio.    

 

2. Actuar de manera mecánica y como consecuencia de lo que he llamado en otros trabajos estatismo mental inducido -condición que de manera premeditada y con alevosía se va estableciendo en las masas con el objetivo de ser manipuladas con facilidad dejándolas sin la capacidad de pensar reflexivamente y actuando de modo mecánico según los cánones preestablecidos. En estos casos se acude a las urnas sin saber ni siquiera el porqué lo hacen, por quien votarán, qué utilidad pudiera traer el acto que realizarán o realizaron. Simplemente hay que acudir a votar porque hay “elecciones”, aun cuando desconocen lo que están haciendo y sin comprender el sentido de sus acciones, y lo peor, ni siquiera son capaces de cuestionarse acerca de la posible veracidad o no de un complicado mecanismo establecido con la finalidad de confundirlos. 

 

Como es lógico hay una parte de la población cubana que continúa aferrada a ciertas posiciones izquierdistas y que apoyan incondicionalmente al régimen. Estos son ya la minoría, pero excluirlos en un análisis de este tipo sería injusto. Hay que admitir que existen defensores del comunismo en cualquier parte del mundo y Cuba lejos de ser la excepción ocupa un lugar privilegiado. En esta condición existen muchos que se pueden insertar en la categoría antes comentada y que actúan de esta forma como resultado de su estado de inercia mental conformada durante décadas de labor promocional del castrismo.

 

No obstante, la cifra de participantes en estos simulados comicios nos permite vislumbrar que al menos hay un paso de avance que, aunque efímero y sin trascendencia alguna, ya es en sí un logro toda vez que por primera vez en la historia de esta farsa política se maneja de manera pública una cifra que, si bien no podemos asociarla a un estado franco de rechazo al régimen, si demuestra esa condición de apatía inherente al pueblo cubano que se viene percibiendo en los últimos años, y que guarda una relación directa con la agonía de un régimen que sabe de su pronta desaparición.

 

El domingo 11 de marzo de 2018 votó el 82.90% de los electores cubanos, lo que significa que casi un 20% dejó de hacerlo -exactamente el 17.10%, y esto es algo histórico para la nación cubana si se compara con los por cientos de participantes en los comicios precedentes, de modo particular con las casi absolutas cifras de los años 1993 y 1998, independientemente de que como todos sabemos los datos estadísticos jamás resultan confiables en Cuba, y que estas cifras pudieran ser mucho más negativas pero se falsifican para continuar mostrando una apariencia de apoyo popular ante el mundo.

 

De cualquier modo, e independientemente del lugar que ocupen dentro de las categorías que he establecido para facilitar la comprensión del fenómeno de la actitud de los cubanos ante sus comicios, hemos de detenernos en la responsabilidad y en la dosis de culpabilidad que tienen aquellos que de una u otra manera, con o sin conocimiento de los diabólicos mecanismos parlamentarios y eleccionarios contribuyen al sostenimiento de un régimen que los explota y oprime despiadadamente. 

 

Cada vez que el pueblo cubano ha apoyado al régimen -independientemente de las razones de intimidación, amenazas, chantajes, etc., a los que se han visto sometidos para hacerlo- ha contribuido a afianzar su terrible presente y a labrar su sombrío futuro.

 

El estado de caos de la nación cubana no solo ha tenido como responsables directos al régimen comunista que han encabezado los Castros desde 1959, sino al propio pueblo cubano que ha participado en marchas, desfiles, peregrinaciones, trabajos voluntarios, jornadas de preparación para la defensa, o cualquier maquiavélico invento del régimen, incluidas las agresiones a sus propios compatriotas; y aunque es muy cierto que lo han hecho bajo la amenaza de ser relegados, marginados y llevados al ostracismo, lo han hecho, y no todos han sufrido la amenaza, sino que han actuado porque a pesar de todo continúan apoyando a la dictadura castrista.

 

Es por esto que con el voto ofrecido este 11 de marzo, ese 82.90% de los cubanos - suponiendo que el dato sea cierto-  está determinando sus designios, su porvenir incierto y su autoaniquilación. Y como por ley toda causa tiene un efecto, ese 80.44% que plasmó en sus boletas la aceptación por todos los candidatos será responsable junto al régimen de un abismal hundimiento que los conducirá a situaciones cada vez más precarias desde todo punto de vista. 

 

Lo que desde la apariencia parece ser un modelo democrático constituye el punto álgido de un diseño totalmente antidemocrático.

 

Todo lo que puede representar fortalezas del diseño del sistema parlamentario y electoral cubano para el régimen – entiéndase todo aquello que permite la manipulación de las masas poblacionales y sus trucos para garantizar el continuismo político – lo podemos considerar como debilidades o fallos desde el punto de vista de lo que conceptualmente debe ser en sí una realidad democrática.

 

Veamos algunos aspectos en este sentido:

 

1. La no existencia de pluripartidismo como premisa absoluta del modelo político cubano niega per se todo vestigio de democracia. El régimen cubano -como todo sistema totalitario y absolutista- determinó marchar en un sentido unidireccional, con lo que se opone al pluripartidismo, por lo que no puede hablarse de elecciones en un país donde no existe o no está permitida la contrapartida. Para que exista democracia es necesario que haya una oposición parlamentaria, en términos de gobernabilidad -algo que no existe en Cuba. Como consecuencia directa habrá entonces movimientos de oposición de la sociedad, aunque desde el silencio y desde la sombra, por cuanto se les ha privado de una participación legal en el seno de la vida política de la nación, y esto no es bueno para la imagen de cualquier país que se supone pretenda llevar a la práctica las concepciones teóricas de lo que debe ser una democracia.

 

2. No existe un ambiente adecuado previo a las elecciones, por cuanto no tiene sentido la existencia de una campaña en una nación donde no existe una candidatura, al menos que se conozca, para la elección de un presidente y vicepresidente del país como ocurre en la mayoría de los países del mundo - el hecho de que esto sea una realidad en muchas naciones no les da “el aval” de verdaderas democracias toda vez que en cualquier parte del mundo se cometen fraudes y se violan las normas mínimas que garanticen una transparencia de los procesos comiciales, aun en aquellas que se creen portadoras de las mayores democracias del mundo; pero al menos saben de la existencia de una candidatura y tienen derecho a ejercer el voto. De ahí que las leyes cubanas no contemplan tampoco la existencia de campañas electorales de los candidatos a las asambleas municipales al considerarlas discriminatorias, millonarias, ofensivas, difamatorias y denigrantes.

 

3. El pueblo desconoce quién será su futuro presidente toda vez que esto es algo que permanece en un secretismo absoluto y solo se maneja de manera privada en el seno de la Asamblea Nacional, entidad encargada de “decidir”, en realidad corroborar, de manera simbólica lo que ya está decidido previamente de manera premeditada. El carácter unánime de dicho respaldo es la mayor prueba de la manipulación de este organismo por parte de las altas esferas de la cúspide castrista.

  

4. La población cubana no es quien emite su voto para la elección del Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, sino una asamblea constituida por individuos fieles y leales al régimen que se supone fueron los elegidos por el pueblo. En el seno de dicha Asamblea Nacional no hay contrapartida, por cuanto no existen de manera oficial partidos opositores al sistema, y como se sabe la participación de figuras de la oposición cubana fue vetada desde los comicios municipales en esta última jornada, en la que varios líderes opositores pretendieron tener participación como delegados a las elecciones municipales.      

 

5. Todo este montaje garantiza un continuismo político a la vez que permite hacerle creer a las masas ignorantes y sumisas que están siendo copartícipes de algo que han tenido el cinismo de llamar el “sistema más democrático del mundo”. De esta forma Fidel Castro fue capaz de imponer un modelo que le sirvió para perpetuarse en el poder y decir al mundo que en realidad si existen elecciones en Cuba, aunque no se trate justamente de elecciones presidenciales si tenemos en cuenta, como ya expliqué antes, que no es el pueblo quien elige al presidente, sino aquellos en los que se supone ellos depositaron su confianza para hacerlo.

 

El aislamiento de Cuba y la poca atención de las instancias internacionales ante el grave conflicto cubano.

 

Los comunistas cubanos han repetido tanto la idea del bloqueo, embargo o como se le quiera llamar -según ellos la causa de todos los males de la isla, entre los que se encuentra su aislamiento del resto del mundo-, que cual potente efecto mántrico les ha funcionado. Cuba ha quedado totalmente aislada del resto del mundo y no precisamente por el embargo económico, sino por la existencia en sí del propio sistema comunista. 

 

Esto no solo se demuestra con su escasa participación en asuntos políticos, sociales y económicos de verdadera importancia -sus vínculos con algunas naciones caribeñas de pobre desarrollo y los protocolares aparentes lazos con otros países de situación más aventajada no cuentan para nada-, sino con la poca atención que ciertos organismos internacionales le prestan al tema cubano y de modo particular a su grave crisis económica, la marcada represión de su gobierno dictatorial y las múltiples violaciones del orden constitucional.

 

Mientras que Luis Almagro, Secretario General de la Organización de Estados Americanos, OEA, acaba de afirmar durante el recibimiento de su Premio de la Libertad por parte de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales, FAES, que “la peor sanción para Venezuela serían seis años más de dictadura”, y que “la democracia en Venezuela es un imperativo fundamental para la reconstrucción del país”, amén de haber  dedicado gran parte de su tiempo en los últimos meses a luchar en pos del restablecimiento de la democracia y del orden constitucional en Venezuela, apenas se ha pronunciado respecto a la caótica situación del pueblo cubano, que no es peor que la situación de Venezuela; aunque parezca diferente tal vez por esa capacidad adaptativa que desarrollaron los cubanos para subsistir en medio de la adversidad durante décadas. 

 

Ya sabemos que Cuba no forma parte de la OEA desde su histórica expulsión, algo que no importa tratándose de una nación de la región que está en franca crisis humanitaria desde hace décadas. No obstante, la pequeña nación caribeña es dejada a la deriva mientras sus líderes corruptos se enriquecen y se implican cada vez más en terribles acciones que constituyen serias amenazas para el mundo.

 

El Grupo de Lima que agrupa a los representantes de la mayoría de los gobiernos de la región -Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, México, Panamá, Paraguay y Perú- y a otros como Canadá, los que se han unido en pos de las gestiones para el logro de la democracia y la paz de la nación suramericana, han jugado un papel determinante en relación con el despertar o el fortalecimiento de muchas acciones en diversas partes del mundo que demuestran el interés por el tema venezolano. Sin embargo, no existen grupos de este tipo en el mundo capaces de ejecutar acciones eficaces que logren sensibilizar a la comunidad internacional respecto a la dramática situación del pueblo cubano.  

 

Los miles de cubanos que han muerto durante décadas en sus terribles travesías por el mar, y más recientemente, a través de las selvas centroamericanas cedieron su protagonismo al más de un centenar de muertos en las manifestaciones venezolanas, a la situación alarmante de su salubridad o a los elevados índices de criminalidad nacional. Sin embargo, en ambos países el elemento desencadenante es el mismo, aunque en contextos diferentes. La existencia de un régimen comunista totalitario con una fuerte maquinaria represora es el elemento común en ambas naciones, algo que la comunidad internacional debe repudiar con la misma fuerza.

 

Algunos podrán afirmar que se trata de diferentes circunstancias, y esto es cierto; pero de cualquier modo, no resulta comparable el número de víctimas de la isla caribeña con el de Venezuela, y no solo el total de vidas perdidas; sino la persecución mantenida hacia todo aquello que se aparte de los cánones establecidos por la dictadura comunista de Cuba durante casi seis décadas, algo que resulta mucho más trascendental si se le compara con  las acciones represivas del gobierno venezolano durante su etapa de Revolución Bolivariana a partir de 1999 con la asunción del poder por Hugo Chávez.

 

Téngase en cuenta que el drama venezolano ha alcanzado su clímax en los últimos años a diferencia de la agonía cubana, la que se inició justamente con la toma del poder por el dictador Fidel Castro y sus acólitos barbudos, quienes comenzaron la brutal aniquilación de cientos de cubanos a través de fusilamientos masivos.

 

Sin embargo, en el presente todas las miradas se dirigen a Venezuela, a su crítica situación y de modo particular a esa violación del orden constitucional, y a unos comicios que pretendieron adelantar y que gracias a las acciones de la OEA, sin que olvidemos el  impulso del Grupo de Lima, al régimen de Nicolás Maduro no le quedó otra opción que posponer, algo que no ocurre con Cuba, país que ha quedado totalmente aislado, y donde la situación de su democracia no es diferente a la de Venezuela.

 

¿Qué recibirá en breve el nuevo presidente?

 

Quien quiera que pueda ser el sucesor de Raúl Castro -dado el secretismo al que nos hemos referido antes- recibirá un país totalmente destruido. Entiéndase por destrucción no solo el estado de caos de la economía cubana, el deterioro de unas edificaciones que en otros tiempos fueron envidiables, o las múltiples necesidades materiales de un pueblo que se encuentra inmerso en la más espantosa miseria, sino la crisis de su sistema educacional, la pérdida de los valores éticos y morales de una gran parte de su población, y lo peor, el estado de decepción y desmotivación generalizada, amén de la pérdida del verdadero sentido de la vida, elementos propios de sociedades decadentes.   

 

Según Pavel Vidal, economista cubano residente en Colombia donde ejerce en la Filial de Cali de la Universidad Javeriana: “la economía cubana todavía no logra superar la capacidad productiva y el ingreso per cápita de pre crisis (la de 1989)”. En su estudio titulado: “¿En qué condiciones llega la economía cubana a la transición generacional?”, hace un análisis detallado de algunos aspectos del estado de caos de la economía cubana actual.

 

Según él, de 1989 a 1994 el PIB cubano, medido en dólares corrientes PPA (tanto por el lado del gasto como por el lado de la oferta), sufrió una caída de poco más del 50%. Esta caída es mayor que la contracción de 35% que ofrecen las estadísticas oficiales en pesos cubanos debido a que la tasa de cambio PPA se deprecia de 0,24 a más de 0,64.19.

 

En este mismo tiempo, el valor en dólares corrientes PPA de las exportaciones, las importaciones y la absorción interna cayeron 51%, 69% y 66%, respectivamente. Lo que en Cuba se suele llamar “período especial” es en realidad una muy aguda depresión económica sin precedentes entre las economías latinoamericanas. En el período 1970- 2011 ninguna otra economía de América Latina tuvo una caída tan drástica en el nivel de ingresos, cuando se mide en dólares corrientes PPA, algo que se ha venido arrastrando hasta el presente, y que durante el mandato de Raúl Castro, a pesar de sus propuestas imaginarias de nuevos modelos económicos socialistas, lejos de superarse se agudizó, y por tanto deja como herencia al nuevo mandatario. 

 

Se refirió además a que Cuba es un país deprimido económicamente y que  los diez años del octogenario gobernante se han caracterizado por “cambios lentos y demasiado conservadores”, los que han dejado su impronta en la política económica del país. “Las reformas no crearon empleos de calidad y eliminaron medio millón de puestos de trabajo formales”, precisó.

 

Pero como ya he dicho no solo se trata de un caos en el orden económico, sino de una decadencia generalizada que se hace patente en la degradación de su cultura, en la  involución de su sistema educacional y en la pérdida de los valores éticos y morales elementales.

 

De ahí que Cuba no solo necesite un cambio de presidente, sino un cambio radical de sistema social que le haga marchar en un sentido diferente y que le garantice una apertura  al resto del mundo, algo que no se alcanza con un simple simulacro electoral en el cual se involucran todavía miles de cubanos carentes de la percepción de vulnerabilidad que crean cuando ejercen su voto por quienes, se supone, los representen en la toma de decisión para elegir a un sucesor, que aunque esta vez al parecer no será de la estirpe de los Castro, si será alguien que les garantice el continuismo político y la permanencia en el poder.