Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

 

 Dr. Alberto Roteta Dorado, Santa Cruz de Tenerife, España

¿Cuál es el San Lázaro de los cubanos?

 

La enseñanza primigenia de las Sagradas Escrituras del Cristianismo. Un Lázaro resucitado de entre los muertos y un Lázaro que alcanzó el reino de los cielos siendo pobre y enfermo.

 

Aun puedo citar de memoria fragmentos de las Sagradas Escrituras del Cristianismo a pesar de que no soy practicante de dicha religión, ni de ninguna fe en particular. Al parecer lo especulativo -en el amplio sentido del término y de modo particular en su aplicabilidad filosófica- se hizo más fuerte y firme, y me condujo por los caminos de la filosofía con más seducción que el sendero de la devoción, ese que se requiere para que el hombre pueda aproximarse a la Divinidad mediante la fe por encima de la razón.

 

Entre estos fragmentos del Cristianismo ocupan un lugar privilegiado el Prólogo del Evangelio de San Juan, el Magníficat del Evangelio de San Lucas, algunas partes de ciertas epístolas del Apóstol San Pablo, y de manera muy especial, tal vez por el aire de misticismo y autenticidad religiosa que le envuelve, una selección del Evangelio de San Juan que más o menos dice así:

 

Entonces Martha dijo a Jesús: Señor si hubieses estado aquí mi hermano no habría muerto. Más también sé ahora que todo lo que pidieres de Dios, te dará Dios. Dícele Jesús: Resucitará tu hermano. Martha le dice: Yo se que resucitará en la resurrección en el día postrero. Dícele Jesús: Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mi, aunque esté muerto vivirá y todo aquel que vive y cree en mi no morirá jamás. ¿Crees esto? Sí  señor, yo creo que tu eres el Cristo, el hijo de Dios que has venido al mundo”.*

 

Siendo este pequeño fragmento el que le confiriere a Lázaro, el hermano muerto de Martha y María, su universalidad a partir del milagro que el Cristo Redentor hizo, con lo cual, no solo lo sacó de las profundidades de la muerte, sino que le ofreció su resurrección más allá del tiempo, por cuanto la perdurabilidad de Lázaro, devenido más tarde -de acuerdo con las tradiciones del Cristianismo-  como primer obispo de Marsella (algunas fuentes lo señalan como obispo de Provenza, lo que sugiere que su episcopado se pudo haber extendido más allá de Marsella y abarcar Provenza y otros sitios del sur de Francia), y muerto como mártir en Francia, está determinada por este milagro narrado por el místico evangelista, quien supo como ninguno de los que contaron acerca de la vida del Cristo, y de la contextualidad en torno a su figura, expresar el sentido trascendente de la personificación de la Divinidad en la figura del Cristo-Jesús.

 

Su veneración es muy antigua. La Iglesia Ortodoxa aun realiza una procesión el sábado precedente al Domingo de Ramos al Lazarium o sepulcro de San Lázaro, lo que fue descrito desde el siglo III de la era Cristiana. Hacia el 890 el emperador León VI construyó una iglesia y un monasterio en Constantinopla, los que estaban dedicados a hacer perdurar la memoria de Lázaro, hermano de María y Martha, en cuyos interiores se depositaron las supuestas reliquias de sus restos que se cree se hallaban en Chipre. La veneración a San Lázaro más conocido por su imagen de hombre con muletas existió y existe aún en algunas iglesias como la de San Nicolás de Bilbao. En La Laguna, Tenerife, perteneciente al Archipiélago Canario, existe un templo edificado en el siglo XVI que lleva el nombre de San Lázaro, aunque en honor al Lázaro de Betania de la Iglesia Católica Romana u Occidental y hasta un pequeño poblado con su nombre, también en recordación al Lázaro de Betania.

 

Este personaje, que pudo o no haber sido histórico**, se aproxima al San Lázaro, el santo sanador, cuyo culto es tan popular entre los cubanos; aunque también tiene que ver con el otro Lázaro bíblico, esto es, el mendigo que aparece en una parábola del Evangelio de San Lucas. De cualquier modo, independientemente de que en la tradición popular sincrética se entremezclan elementos de uno y del otro Lázaro, el San Lázaro que veneran los cubanos es en sí una entidad perteneciente a los cultos de santería popular -y con esto no quiero ser malinterpretado por parecer que esté subestimando lo que de manera tan arraigada está presente en los corazones de miles de fieles y seguidores- y no alguien que alcanzara estados de conciencia más allá del promedio humano, esto es, estados de beatitud suprema que lo eleven a donde tiene lugar la unificación de la conciencia individual con la universal, o que fuera canonizado según los procedimientos convencionales de la Iglesia Católica, institución que no admite al San Lázaro de la tradición cubana entre sus venerados santos oficiales a pesar de las concesiones que tuvo que hacer en relación al desenfrenado culto a la Deidad afrocubana en Cuba.

 

Lo cierto es que en la mayor de Las Antillas San Lázaro es adorado como Babalú-Ayé, y que las multitudes que lo hacen no están muy interesadas en desentrañar el misterio acerca del hermano de Martha y María, a quien Jesús le devolvió la vida, o acerca del hombre pobre de la parábola de Lucas. Las multitudes henchidas de una fe que resulta admirable -independientemente de que se comparta o no el culto a San Lázaro, el sincretismo religioso de ascendencia africana, la adoración a imágenes, la creencia en promesas y milagros, etc.-, aunque desconociendo en su mayoría el posible origen de la veneración a Babalú, cada 17 de diciembre le rinden culto a su entidad providencial, la que, según el testimonio de sus miles de devotos, les concede sus peticiones y les devuelve la salud.

 

Para los miles de fieles que cada año se aproximan a su sitio más emblemático en la capital cubana lo más importante es cumplir las promesas que le han hecho y pedir nuevos deseos que con convicción creen que el santo les concederá tarde o temprano, de una u otra manera, pero se los concederá, de modo muy especial todo lo que está en relación con la salud y el progreso de los hombres. 

 

Contra esta tradición nadie ha podido a pesar de la marcada represión que existe en la isla desde todo punto de vista, y que como es de suponer, todo lo relacionado con el sentimiento religioso, filosófico, idealista, esotérico, etc., jamás escapó de esa delirante persecución que los comunistas cubanos desde los inicios mismos de su llamada revolución hicieron contra todo aquello que se apartara mínimamente de sus cánones establecidos, entre los que no hubo lugar para el culto religioso, toda vez que la nación en manos del dictador Fidel Castro fue declarada como un estado ateo y con una ideología marxista-leninista como única posible forma oficial de filosofía a profesar.

 

No obstante, ciertas tradiciones lograron sobrevivir a pesar de que los templos quedaron relativamente vacíos, que jamás se erigieron nuevos centros de adoración a Dios, que se prohibió la enseñanza religiosa una vez que todos los centros educativos quedaron “nacionalizados”, y sobre todas las cosas, se persiguió despiadadamente a aquellos que profesaran la fe cristiana en sus modalidades de catolicismo, la más difundida en Cuba, y del protestantismo representado por las Iglesias Evangélicas, con menor arraigo en la isla, así como todo aquello que tuviera relación con el más mínimo sentimiento de religiosidad  (instituciones fraternales como la Masonería, Orden de los Caballeros de la Luz, la Sociedad Teosófica, sociedades de espiritismo, Orden de Rosacruces, etc.)

 

Entre estas tradiciones sobrevivientes ocupan lugares cimeros el culto a la Virgen de la Caridad, advocación cubana de la veneración a la Virgen María, la de mayor fuerza en el país, y en segundo lugar el culto a San Lázaro, festividad religiosa que nos ocupa hoy, justamente cuando estamos recordando la fecha escogida para su celebración, la cual coincide con el día en que fue martirizado el Lázaro de Betania inmortalizado en el Evangelio de San Juan; algo que reafirma la idea de que la celebración de carácter sincrético en sí está en relación directa con el personaje bíblico de posible existencia histórica. 

 

Surge entonces una interrogante. ¿Si el San Lázaro de los cubanos es recordado el 17 de diciembre, en correspondencia con la fecha del martirio del Lázaro bíblico, por qué en su personificación popular, esto es, el del culto sincrético, se le representa con perros, muletas y lesiones en su piel?

 

Es precisamente en este detalle que se fundamenta la hipótesis acerca de que en el culto de santería cubana se entrelazan las dos figuras bíblicas, es decir, el Lázaro de Betania, hermano de María y de Martha, y el pobre Lázaro leproso que se conformaba con recoger las migajas de comida que caían de la cena del epulón rico, según se narra en el capítulo XVI, entre los versículos 19 y 31 del Evangelio de San Lucas.

 

En esta parábola de Jesús se cuenta el destino final de dos hombres, uno rico y otro pobre; este último se encontraba leproso, de ahí la asociación de San Lázaro con la sanación de los enfermos, así como con la edificación de leprosorios y otras instituciones médicas a las que se les puso el nombre de San Lázaro, entre las que merece citarse un hospital fundado por Fernando III en Sevilla, cuyo nombre es San Lázaro, y que data del siglo XIII, estando  dedicado desde sus inicios a los enfermos de lepra.   

 

Al morir el Lázaro humilde y enfermo de la parábola cristiana, éste alcanza la gloria celestial, mientras que el hombre rico fue condenado al infierno. La presencia de los perros en su representación está determinada porque en la narración de Lucas se hace referencia a perros que se acercan al hombre pobre para lamerle sus llagas, lo que quedó para la posteridad a través de la inmortalización de la figura de este Lázaro que se ha hecho tan popular en Cuba mediante el culto sincrético.

 

En este sentido, todo parece indicar que de los dos Lázaros el de mayor peso para el culto a la entidad conocida como Babalú-Ayé es este último, al menos por su representación como imagen de hombre pobre y enfermo al que los perros no dejan jamás -la representación de perros lamiéndole las llagas le hacen similar a San Roque, santo patrón de la peste, con el que no tiene nada que ver-; sin embargo, la fecha escogida para su sonada recordación es la que corresponde al martirio de Lázaro de Betania, el personaje del Nuevo Testamento que tal vez fuera histórico a pesar de las contradicciones en las investigaciones acerca de su existencia y de los hallazgos que, en última instancia, lo pudieran demostrar. 

 

De cualquier modo esto no es lo más importante, y si tuviera que decidir cuál de las dos figuras bíblicas es la que mayor influencia tiene en el culto a Babalú-Ayé no soy capaz de pronunciarme categóricamente de manera afirmativa por ninguno de los dos, sino que prefiero admitir la posibilidad de que en Babalú-Ayé o San Lázaro se entremezclan elementos de uno y otro Lázaros bíblicos, adquiriendo una mayor relevancia la representación icónica del hombre pobre y leproso en su figura; aunque sin olvidar la idea del martirio del Lázaro al que Jesús le devolvió la vida, algo que la Iglesia Ortodoxa y los católicos de Rito Oriental conmemoran el sábado anterior al Domingo de Ramos, en tanto que la Iglesia Católica lo celebra el 17 de diciembre, lo que los cubanos asumieron para venerar a su Babalú-Ayé, quien, al igual que el Lázaro bíblico de San Juan, le fue devuelta la vida al ser resucitado de entre los muertos.  

 

Del Lázaro de las tradiciones católicas y las narraciones bíblicas al San Lázaro de las ancestrales costumbres africanas tan venerado por los cubanos

 

Una vez precisado estos aspectos en relación con la similitud entre el San Lázaro, al que se le rende tributo cada 17 de diciembre en Cuba, y los Lázaros bíblicos, resulta necesario conocer por qué en Cuba se prefirió adorar a una entidad procedente de las costumbres religiosas ancestrales africanas y no al Lázaro que la Iglesia Católica le confirió distinciones por su supuesta labor en los inicios del Cristianismo.   

 

Todo parece indicar que los africanos que fueron traídos a Cuba para ser convertidos en esclavos tuvieron que ocultar sus creencias religiosas bajo apariencias católicas, con lo que siguieron adorando a sus dioses, pero ahora con los nombres católicos que la colonización española había impuesto, no solo en la isla, sino de manera general en todos los territorios que fueron convertidos en colonias de España, los que no solo sufrieron el  proceso de la colonización en su sentido puramente económico, político y social, sino que de manera paralela se llevó a cabo la llamada evangelización, lo que suponía la asimilación forzada de una forma de religión bien distante de sus identidades.  

 

El hecho de que Babalú-Ayé, ahora devenido en San Lázaro, sufriera el dolor a través de la enfermedad, el rechazo y el aislamiento, según lo aportado por las tradiciones africanas, amén de sus atributos curativos y sus sanaciones milagrosas, lo convirtieron en el estandarte ideal para que el pueblo cubano se apropiara del santo africano hasta hacerlo tan popular como la mismísima virgen de La Caridad. 

 

Según Fernando Ortiz, una autoridad si de estudios etnográficos y antropológicos cubanos se trata, los negros esclavos, a falta de familia y bienes, trajeron consigo sus creencias religiosas, su cultura, sus cantos y sus lenguas; por lo que la memoria del esclavo fue su mayor tesoro para la aportación a la isla de un caudal de conocimientos ancestrales procedentes de varias regiones del continente africano.

 

Desde el siglo XVI hasta nuestros días, la oralidad ha conservado en su esencia las tradiciones religiosas africanas. En la tradición muy bien guardada por los babalochas y santeros cubanos predomina el criterio de que Babalú-Ayé es un orisha de origen arará, subgrupo de los yorubas procedentes de las zonas que comprenden las márgenes del río Odi hasta el curso de agua denominado por los traficantes como Nuevo Calabar. Otras teorías dan a los ijava, también del tronco lucumí, como posibles instructores del culto de Babalú-Ayé.

 

El Babalú-Ayé, según la regla de Ocha de la santería afrocubana, al igual que Lázaro, el hombre pobre de la parábola cristiana, tenía llagas y andaba harapiento, llevaba muletas y se hacía acompañar por perros, algo que también le aproxima al pobre hombre leproso que los perros le lamían sus llagas; de ahí que a San Lázaro se le asocie de manera general con las enfermedades, y específicamente con las afecciones de la piel (lepra y viruelas), con las enfermedades contagiosas (especialmente las venéreas, llamadas actualmente de transmisión sexual) y con las grandes epidemias.

 

En realidad Babalú-Ayé es un título que significa Padre del mundo, el cual se le daba a Chopono o Chakpata, el terrible orisha de la viruela, cuyo nombre no podía pronunciarse. En los territorios Arará, donde resulta ser el santo más venerado, tiene el aspecto de un inválido, minado por un mal deformante, de piernas retorcidas y espinazo doblado, y es justamente esto lo que hace que en Cuba los paralíticos, los que sufren por deformaciones podálicas, los que tienen daños ortopédicos, o todo aquel que presenta lesiones de los sistemas óseo y muscular le pidan para que los sane de sus dolencias. Esto último justifica la idea tan arraigada de arrastrarse por el suelo hasta hacer sangrar sus piernas y sus pies descalzos durante la peregrinación hacia el templo dedicado a la entidad afrocubana en el santuario conocido como El Rincón, en La Habana.  

 

Los males relacionados con las enfermedades de transmisión sexual, específicamente aquellas como la sífilis, que siguen un patrón común de daños en la piel, así como la lepra y la viruela, actualmente son infrecuentes en la isla y en numerosos países del mundo a partir de la existencia de programas de salud que han contribuido a su disminución; no obstante, es posible encontrar en la peregrinación hacia El Rincón a algunas personas que, ocultando su verdadero motivo de devoción al santo, le pidan para recuperarse de algún chancro sifilítico o de las terribles secuelas neurológicas de esta enfermedad, así como de alguna deformidad de su rostro originada por la lepra.    

 

A este santo se le representa vestido de color morado obispo, en tanto que en Umbanda y Candomblé se suele caracterizar a Babalú-Ayé cubierto de unos vestidos de paja, lo que los cubanos transmutaron en saco, y que forma parte de los símbolos que se utilizan como vestimenta en el día de su celebración en Cuba. 

 

Detengámonos ahora en algunos aspectos relacionados con Babalú-Ayé, nombre que en Yoruba es Obalúayé, cuyo significado es Padre, Señor de la tierra, de ahí su poderío  inconmensurable que lo hace temible en algunas naciones africanas como Nigeria. De manera general en África se lo conocía bajo la denominación de Samponá o Sakpatá, por ser la viruela y la lepra enfermedades mortales. Recordemos su representación bajo el aspecto de un ser enfermo con llagas en su cuerpo.

 

Se le considera hijo de Naná Burukú, pero en Abomey (África) sus padres son Kehsson y Nyohwe Ananou; aunque otras fuentes atribuyen su nacimiento directamente de Obatalá. Además de las muletas y los perros, sus otros atributos son una campanilla o matraca, instrumentos medievales que tenían que portar los leprosos para anunciar su presencia y la gente se alejara, lo que también demuestra cómo se mezclan elementos procedentes de la tradición cristiana y de las religiones africanas. 

 

Su culto viene de Dahomey (Benin), donde recibe el nombre de Azojuano (Azowano), Rey de Nupe, territorio de los Tapa. Según la tradición Babalú-Ayé era muy mujeriego y siempre estaba de fiestas hasta que todo el mundo le perdió el respeto, incluida la propia Ochún, que era su mujer, quien lo abandonó. Un Jueves Santo, Orula le advirtió: “Hoy domínate y no andes con mujeres”. Desobedeciendo el consejo de Orúmbila, esa noche se acostó con una de sus amantes y al siguiente día amaneció con el cuerpo todo cubierto de llagas purulentas, lo que sugiere que pudo haberse contagiado con sífilis; aunque la tradición sincrética no lo especifica, quedando las llagas como elemento que lo hace ver como enfermo de la piel sin saberse en realidad con exactitud la patología propiamente dicha.  

 

Esto hizo que la gente se apartara de él por temor al contagio y sólo lo seguían algunos perros, a los que les gustaba lamerle las llagas, elemento que pasó al simbolismo actual del venerado santo. Por mucho que suplicó, Olofi se negó a perdonarlo y, al fin, Babalú-Ayé murió. Pero a Ochún le dio lástima y gracias a sus plegarias consiguió que Olofi le devolviera la vida, en lo que se aproxima al relato bíblico narrado por el místico evangelista San Juan, toda vez que Jesús con sus poderes sobrenaturales le devolvió la vida a Lázaro. 

 

Ahora Babalú-Ayé había pasado por la experiencia del sufrimiento del enfermo, con lo que aprendió la lección y por eso regresó tan caritativo y misericordioso, aspectos que son elementos claves en la adoración al santo que los cubanos idolatran casi como a la virgen en su advocación como la Caridad del Cobre.

 

¿Cómo se ha mantenido tan viva la veneración a San Lázaro en una nación tan reprimida, donde todo lo relacionado con cualquier sentimiento de religiosidad se convirtió en un pecado comunista?

 

Se sabe que el régimen cubano ha incrementado su represión en los últimos tiempos. El cambio de gobernante lejos de haber atenuado los encarcelamientos, allanamientos de casas de opositores, las detenciones arbitrarias, y los inventos de posibles causas penales que justifiquen la detención de aquellos en inconformidad con el sistema comunista de la isla, ha facilitado un notable incremento de la represión, lo que se puede demostrar al consultar los reportes del Observatorio Cubano de Derechos Humanos, entidad que ha logrado informar con seriedad y confiabilidad un considerable número de casos que merecen ser exonerados de los supuestos delitos que el régimen castrista les atribuye.  

 

De igual forma es bien conocido por todos que los movimientos opositores que existen en la isla son motivo de preocupación para una dictadura que sabe que su fin se acerca, aunque como es lógico, jamás se da por vencida y en sus intentos de supervivencia hace todo lo posible, y también lo imposible, por afianzarse a lo inexistente, aun cuando para esto tenga que reprimir, encarcelar, golpear y torturar, y luego proclamarse ante el mundo, no solo  como un gobierno que respeta los derechos humanos, sino que reclama que se respeten en otros países democráticos, que sin ser prefectos, al menos se convoca a elecciones libres y se respeta la libertad de expresión.  

 

Esta represión no se limita a los líderes y grupos opositores. En Cuba la mayor parte de la población está vigilada y controlada por un fortísimo aparato represivo que incluye a miles de colaboradores del régimen que de manera encubierta se encargan de “informar” cada uno de los movimientos, de las palabras pronunciadas, y hasta de los pensamientos de todos; amén de los que de manera oficial, esto es, sin que oculten su identidad se encargan de la supervisión y control de todo el acontecer de la nación como integrantes de los Órganos de la Seguridad del Estado y del Ministerio del Interior. 

 

Esto presupone que las instituciones religiosas, los movimientos espiritualistas, las hermandades fraternales y todo aquello que tenga que ver con cualquier sentido de religiosidad esté fuertemente controlado por las fuerzas represivas de la tiranía castrista. De modo que la gigantesca peregrinación hacia El Rincón está estrictamente vigilada por la dictadura, y entre los miles de peregrinos están infiltrados cientos de agentes policiales que se encargan de que no se produzca ningún incidente de tipo “contrarrevolucionario”.

 

Ya se sabe que todas las concentraciones constituyen un buen caldo de cultivo para la aparición de manifestaciones en contra del régimen; pero también el régimen sabe que no es justamente entre estos devotos, que se guían por un sentimiento de tipo instintivo y con carácter devocional más que por un elevado pensamiento intuitivo, de donde pueden surgir verdaderas acciones de protesta contra el castrismo.

 

Así las cosas, la peregrinación por el día de San Lázaro no constituye una seria amenaza para la dictadura castrista. Un sistema de contrainteligencia y de seguridad del estado tan poderoso tiene dominio absoluto del acontecer de cualquier manifestación de carácter religioso y conoce perfectamente acerca del posible alcance de sus intereses, los que, casi de manera absoluta solo están encaminados hacia sus súplicas, sus promesas y la espera de que Babalú-Ayé, el Padre del Mundo, ponga su mano sanadora sobre ellos y pueda variar con su mágico poder los designios que el destino les ha deparado, al menos en relación con sus dolencias mediante su poder sanador; aunque dada la terrible situación de pobreza en la isla seguramente múltiples peregrinos suplicarán por sus penurias, las que son una consecuencia directa del efecto devastador de una de las tiranías más terribles del mundo durante más de medio siglo.

 

No obstante, entre las condiciones del culto a San Lázaro está la idea de guardar el silencio respecto a las peticiones de los fieles, y también el secreto de sus promesas. Por lo que las fuerzas represoras del régimen solo encontrarán a los devotos arrastrándose en sus actos de flagelación corporal y llevando todo tipo de ofrendas, pero siempre desde el silencio por respeto al santo sanador y protector de los pobres y los enfermos.

 

Tal vez por esto la sanguinaria dictadura castrista no ha suprimido el culto a San Lázaro en Cuba. Ya he afirmado en otros escritos que contra las tradiciones nadie puede, esto es, que siempre perdura la idea de lo que durante años, y a veces siglos, el hombre ha expresado hasta llegar a formar parte de la identidad de los pueblos, aún cuando las fuerzas represivas de los sistemas dictatoriales hayan intentando silenciar para siempre.

 

Pero esto no es precisamente lo que ocurre con la festividad de San Lázaro. No podemos creer que se trate de un respeto a la libertad de culto y a la libertad de reunión, derechos humanos universales de los que el régimen cubano se ha burlado demasiado durante sesenta años en el poder. A las fuerzas represoras de la tiranía les puede preocupar mucho más un pequeño grupo de intelectuales reunidos en una simple tertulia de ocasión que la multitudinaria peregrinación al Rincón para rendirle culto a San Lázaro.

 

Pero el aparato de seguridad del régimen no puede olvidar el fantasma de Timisoara y la caída de Nicolai Ceacescu en Rumania. Desde una tertulia se puede gestar con inteligencia una revuelta anticastrista, toda vez que a través de los siglos todos los procesos revolucionarios que han entrado en la acción propiamente dicha han estado precedidos por fuertes movimientos intelectuales capaces de encausar, o al menos, prender la llama, de las verdaderas insurrecciones populares. Recordemos de manera particular la influencia del Iluminismo francés del siglo XVIII, un movimiento de verdadera renovación intelectual dentro del campo de la filosofía, aunque con marcada repercusión en la literatura, la historia, la ciencia, el arte y la sociedad en general, en la Revolución francesa de 1789.  

 

De ahí que el régimen ponga un especial énfasis en la vigilancia de grupos de estudios filosóficos apartados de los patrones del marxismo-leninismo como las sonadas reuniones del Oasis Teosófico-Martiano (de elevado y profundo mensaje filosófico, religioso, ético y martiano en su verdadero sentido; prohibidas por casi dos años y luego reiniciadas pero vigiladas), en las tenidas de la Sociedad Teosófica (de gran alcance intelectual y con preferencia por temas orientalistas y esotéricos) y de las Logias Masónicas (por lo de sus participaciones activas en las luchas insurreccionales), entre otras organizaciones e instituciones de este tipo, más que en la peregrinación por el culto a San Lázaro, donde la mayoría de los participantes solo pretenden que su Obalú-Ayé les reconforte su salud gracias a sus poderes sanadores. 

 

Si el castrismo se hubiera propuesto acabar con la sagrada tradición de la veneración a San Lázaro lo hubiera hecho sin importarle el significado de las tradiciones o la represión que hubiese costado, sin reconocer la importancia que los cubanos le confieren a su santo sanador y dejando a un lado cualquier posible confrontación con la idiosincrasia de una nación que, como la mayoría de ellas, es eminentemente religiosa, aun después de la debacle de estos casi 60 años de irrespeto a los sentimientos de religiosidad de los cubanos.

 

Pero como ya expresé antes, al parecer a la dictadura no le ha preocupado demasiado la gigantesca peregrinación de pobres, enfermos, necesitados, desesperados, o simplemente, curiosos, que cada año acuden a la obligada cita del 17 de diciembre, día del martirio de Lázaro, el obispo de Marsella y Provenza y personaje bíblico inmortalizado por San Juan, pero para los cubanos devotos de Babalú-Ayé, el día de “su” San Lázaro.   

 

De cualquier modo, e independientemente de que se comparta o no la adoración a santos, el sincretismo, la práctica de formas ancestrales de cultos o cualquier otra modalidad en relación con el instinto de religiosidad en los hombres, la festividad de San Lázaro en Cuba constituye un verdadero fenómeno social capaz de movilizar cada año a casi 15,000 hombres que en actitud de sumisión y guiados por su profunda fe acuden a la obligada cita con su santo sanador, y al parecer nada podrá extinguir esa manera tan peculiar de recordar a un Lázaro que adquirió matices peculiares en una nación profundamente religiosa que ha sobrevivido en medio de la adversidad.

 

Si es fanatismo o no, si no es un verdadero santo de acuerdo a los cánones del Cristianismo tradicional, si las multitudes han convertido la devoción en fetiche, si hay realidad o no en los poderes sanadores de Babalú-Ayé, o si simplemente los fieles acuden a su peregrinación guiados por un impulso instintivo rudimentario más que por una verdadera convicción sustentada en un análisis especulativo acerca del Señor del mundo, no creo que sea lo más importante ahora. Los hombres son religiosos por naturaleza, por necesidad o por convicción; pero lo son, aun cuando algunos se creen ateos. 

 

Lo cierto es que el culto a San Lázaro llegó desde lejanas tierras para quedarse por siempre entre los cubanos. El más grande de los seres que anduvo por nuestra tierra patria afirmó:

 

Todo pueblo necesita ser religioso. No sólo lo es esencialmente, sino que por su propia utilidad debe serlo. Es innata la reflexión del espíritu en un ser superior; aunque no hubiera ninguna religión todo hombre sería capaz de inventar una, porque todo hombre la siente. Es útil concebir un GRAN SER ALTO; porque así procuramos llegar, por natural ambición, a su perfección, y para los pueblos es imprescindible afirmar la creencia natural en los premios y castigos y en la existencia de otra vida, porque esto sirve de estímulo a nuestras buenas obras, y de freno a las malas. La moral es la base de una buena religión. La religión es la forma de la creencia natural en Dios y la tendencia natural a investigarlo y reverenciarlo. El ser religioso está entrañado en el ser humano. Un pueblo irreligioso morirá, porque nada en él alimenta la virtud. Las injusticias humanas disgustan de ella; es necesario que la justicia celeste la garantice”. *** 

 

Tal vez las sabias palabras de José Martí nos permitan llegar a comprender el porqué de ese fenómeno sociocultural tan sui generis que es la festividad de San Lázaro, la que miles de cubanos celebran cada 17 de diciembre como muestra de su devoción, pero sobre todas las cosas, por esa necesidad de religiosidad que precisa el Apóstol de Cuba.  

 

------------------------

 

*Evangelio de San Juan 11:21-27.

 

**Actualmente la primera tumba de Lázaro en Betania sigue siendo un lugar de obligada peregrinación para los seguidores del buen hombre resucitado por Jesús y hermano de Martha y María. Se supone que fuera esta tumba la que en realidad lo acogiera antes de ser resucitado, y por lo tanto la única que en realidad puede considerarse auténtica. Sobre la supuesta tumba de Lázaro en Chipre se levantó la iglesia bizantina de Agios Lázaro, que era el edificio de mayor trascendencia de la antigua Kittin, actual Lárnaca.

Según la tradición de las iglesias orientales era la sede de un obispo y se edificó después de la segunda muerte del santo. Hacia 890 se encontró una tumba con la inscripción "Lázaro, el amigo de Cristo", cuya lápida de mármol se encuentra en el Sancta Sanctorum de la iglesia. Las reliquias fueron trasladadas de Chipre a Constantinopla en 898; no obstante, en 1972 se encontraron restos de un sarcófago con elementos óseos bajo el altar, los que podrían corresponder a la tumba original y a una parte de reliquias que quedaron. Se dice que dichas reliquias fueron robadas de Constantinopla por los cruzados durante 1204 y luego llevadas a Roma de donde fueron trasladadas a Milán. Finalmente fueron llevadas a Francia como botín de guerra. Se depositaron en la Sainte-Chapelle de París, de donde desaparecieron durante un saqueo en medio del apogeo de la Revolución Francesa.

Sin embargo la tradición de Provenza afirma que Lázaro viajó a la Galia y murió martirizado en el lugar de la plaza de Lenche de Marsella, y enterrado fuera de la villa, en una antigua cantera que servía como necrópolis, cerca del Port Vell. Aún hoy se muestra una antigua confessio en una cripta del siglo VI, la que se cree que fuera el lugar de enterramiento. Cerca fue enterrado, en el siglo IV, San Víctor de Marsella y sobre la tumba se edificó el monasterio que llevaba el nombre de este santo.

 

***Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, 1991, T.19, págs. 391-392.