Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

 

 Dr. Alberto Roteta Dorado, Santa Cruz de Tenerife, España

Constitución IMPUESTA: ¿UN REFERENDO PARA QUÉ?

 

Después de la designación de Miguel Díaz-Canel como Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, y de su aprobación cuasi absoluta por los integrantes de la Asamblea Nacional de Cuba -lo que se dio a conocer como la elección de un nuevo presidente en la isla-, el suceso político más comentado de los últimos meses es, sin duda, el referente a la reformas constitucionales que en breve serán igualmente aprobadas para ser puestas en práctica, lo que está previsto que se lleve a consulta popular en barrios, centros de estudio y trabajo del anteproyecto compuesto por preámbulo y 224 artículos, al menos de manera simulada, entre el 13 de agosto y el 15 de noviembre, para luego someterlo a referéndum, cuyos resultados podrían ser manipulados para legitimar dichos cambios constitucionales a partir de una aparente aprobación popular, así como puesto de nuevo a “consideración” de la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba.

 

La idea de realizar cambios constitucionales, enmiendas, referendos, etc., no es nada novedoso, y cuando tienen lugar en determinados países no dejan de ser motivo de comentarios y ciertos análisis, pero no llegan a suscitar tantas expectativas; aunque tratándose de Cuba, cuya rigidez gubernamental ha cobrado dimensiones colosales, lo que en otros lugares puede resultar un hecho relativamente común en la mayor de las Antillas se convierte en todo un acontecimiento. 

 

De ahí que se esté comentando por estos días en los principales medios de prensa, ya sean los considerados oficialistas dentro del país, o por aquellos que suelen tratar el acontecer nacional de modo independiente dentro de Cuba o en el llamado exilio, principalmente en Estados Unidos de América, donde importantes analistas y comunicadores han contribuido a esclarecer algunos puntos con la agudeza necesaria como para que aquellos interesados en estos temas tengan una visión no parcializada del asunto, como sucede cuando nos llegan las noticias propagandísticas que pretenden ofrecer al mundo una imagen democrática, aunque como todos sabemos es tan solo desde la apariencia.

 

Así las cosas, después de haber escuchado o leído algunos análisis en relación con el tema de la nueva constitución cubana, me limitaré a comentar solo algunos puntos que considero de interés y que pueden contribuir a que se tenga una percepción diferente de lo que se está divulgando desde la isla como una carta de presentación que a modo de apertura pudiera sentar pautas en la “democracia” castrista.

 

Gatopardismo castrista

 

En primer lugar, no es una nueva constitución o reformas a modo de enmiendas a lo ya existente lo que necesita Cuba, sino un cambio radical de su obsoleto sistema sociopolítico, algo que ya he tratado antes, aunque lo hice cuando la designación del nuevo presidente al expresar algo similar que puedo resumirlo más o menos de un modo muy parecido a como lo hice entonces: Cuba no necesita un nuevo presidente, sino un nuevo sistema social que sea capaz de sacarla de las ruinas; esto es, mientras exista esa llamada “fuerza superior” por encima de todas las cosas, que cual deidad omnipresente y omnipotente rige los designios de todo el acontecer nacional, de nada valen nuevas imágenes de presidentes, líderes y mandatarios, lo que resulta aplicable a leyes, directrices, esquemas, cláusulas y enmiendas. Entiéndase por fuerza superior  a lo que se expone en el artículo 5 del proyecto de la nueva Constitución referente al partido oficialista, es decir, aquella “fuerza dirigente superior de la sociedad y del estado” que es el Partido Comunista de Cuba.

 

Esto fundamenta lo que expuse antes en relación con la esterilidad de un documento que de antemano será aprobado por la Asamblea Nacional, organismo subordinado también a dicha fuerza superior que es el partido único, y por las multitudes que de manera mecánica respaldarán de modo unánime -como lo han hecho tradicionalmente con todos los caprichos del régimen-  luego de los llamados debates y análisis populares.

 

Las reformas constitucionales se han estado conformando de manera secreta desde hace mucho tiempo; de hecho, la constitución está elaborada de forma íntegra y sin posibilidades de cambios desde hace un buen tiempo. Fue preparada de modo premeditado para ser lanzada justo en un momento de aparentes cambios a partir de la existencia de un nuevo presidente. De modo que ha sido en sí una cuestión estratégica el hecho de presentar el panfleto en el actual contexto matizado por un cambio de imagen presidencial; aunque en esencia se mantiene y se mantendrá la rigidez y el dogmatismo propio de lo que han llamado “fuerza dirigente superior” que desde su trono opera para regir el devenir de la nación.  

 

Pero no solo se lanza un proyecto de constitución en medio de cambios aparentes, sino en un momento crítico dentro la gran crisis del régimen comunista cubano que sabe del  inevitable fin de su existencia y pretende sobreponerse con firmeza aunque para ello tenga que hacer lo imposible. La desaparición inmediata de los vestigios remanentes que aun sobreviven de la llamada generación histórica es un hecho inevitable, a lo que se une lo que el dictador Raúl Castro ha denominado el círculo que se estrecha, esto es, en el estado de aislamiento cada vez mayor en que va quedando la isla luego de la derrota total de la izquierda latinoamericana -ya estoy incluyendo a los fracasados sistemas de Nicaragua y Venezuela, amén de Bolivia que jamás ha contado para nada-, sin que olvidemos las situaciones tensas en unas relaciones que jamás llegaron a concretarse del todo con Estados Unidos, y que con la llegada al poder de Donald Trump están destinadas a desaparecer completamente, lo que no le conviene a los viejos partidistas que de un día para otro tuvieron que asimilar ciertas concepciones sobre el llamado imperialismo a partir de ciertos vínculos utilizados por el régimen para pedir y exigir a cambio de nada. 

 

De modo que con la nueva Constitución la camarilla partidista además de impresionar a los menos instruidos a lo que aspira es a legitimarse jurídicamente, tal como lo hizo el dictador Fidel Castro con la versión de 1976, que de manera irrevocable fuera aceptada con unos por cientos participativos y confirmativos que demuestran la sumisión de un pueblo cuando es manipulado, y los engaños del régimen. 

 

Al cambiar la Constitución la adaptan a los nuevos tiempos en los que para ellos, como clase dirigente, sobrevivir los obliga a forzados cambios para más tarde afirmar que dichos cambios son legítimos al estar amparados por una Constitución que se supone fuera aprobada por la voluntad popular.

 

Por desgracia la mayoría de los cubanos están bien distantes del conocimiento de las leyes y de los mecanismos que rigen la nación cubana, ya sea por desmotivación ante el estado de mecanicismo generado y mantenido de manera irreversible, por la enajenación mental en que han llegado a caer muchos, por conveniencia al extraer ciertos beneficios del sistema, y en última instancia porque pueden quedar algunos que de manera aislada sean comunistas convencidos. Ya se ha debatido desde el exilio -me refiero a la diáspora de Miami- la idea de una necesaria alfabetización cívica ante el desconocimiento generalizado de los cubanos acerca de sus derechos y prioridades, algo que ojalá se concrete y no quede en proyectos para minorías, generalmente los que menos lo necesitan.

 

La situación real de los cubanos de la isla es tan precaria que el tema de la constitución no constituye el centro de su atención como está ocurriendo con los de la diáspora. Por encima de posibles cambios constitucionales -que la mayoría no comprende ante la desinformación y la incultura política que reinan por doquier- tienen que resolver sus necesidades mínimas de subsistencia, lo que dificulta una posible instrucción toda vez que grandes masas poblacionales  tienen otros intereses prioritarios, como poder comer, tener donde dormir y encontrar el fármaco necesario para atenuar sus dolencias.

 

Por otra parte la decepción de la mayoría de los cubanos respecto al régimen comunista los conduce a apartarse de todo aquello que tenga que ver con la política, sin olvidar el hecho de sentirse vigilados y perseguidos en todo momento, lo que los obliga a apoyar cualquier toma de decisiones que haga el régimen. Al final las multitudes que siempre han apoyado  -ya sea por temor, ignorancia, no sentirse “señalados”, inercia o  fanatismo- una vez más responderán y darán su consentimiento para la aprobación del documento que de antemano ya está aprobado.

 

Ya se ha afirmado que Cuba se aparta del comunismo de manera oficial al suprimir dicho término de su nueva constitución. De nada vale que se omita un nombre carente de cualquier significado si desde lo alto el partido oficialista sigue en sus andanzas directrices. Con la nueva constitución o no, con la eliminación o no del término comunismo, con un período establecido como mandato presidencial o de manera vitalicia como fuera en los tiempos de Fidel Castro, en Cuba seguirá existiendo una dictadura mientras opere de modo absoluto esa malvada “fuerza dirigente superior” que es el Partido Comunista. 

 

Veamos pues algunos puntos de la Constitución, y utilizo el término en todo su sentido por cuanto referirme a un proyecto de Constitución carece de sentido toda vez que, como ya expresé antes, la nueva Carta Magna está confeccionada de manera anticipada como es de suponer, independientemente de cualquier simulacro de referéndum y de sometimiento a consulta popular, y no admite modificaciones una vez que esa “fuerza superior” de su acápite 5 la aprobara con unanimidad antes de que en realidad se diera a conocer como posible proyecto.

 

De nuevo un Presidente de la República y un Primer Ministro, estrategia para la distribución de funciones, aunque siempre bajo el mando del partido único

 

Lo primero que llama poderosamente la atención es la idea de la restitución del puesto de Presidente de la República y la reinstauración del cargo de Primer Ministro, lo que se mantuvo vigente desde antes de “la revolución” y también entre 1959 -fecha referencial que marca el inicio de la etapa castrista- y hasta 1976, en que bajo los auspicios del “eterno comandante” desaparecieron de manera definitiva para ocupar de modo único todos los poderes de la nación como única figura, que además de estos cargos, fundidos en una misma personalidad, también figuraba como Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, rimbombante distinción copiada de manera exacta de las directrices de los antiguos soviets -por aquellos tiempos en su “esplendor” y fuente de inspiración constante de los comunistas cubanos que vieron en la estructura soviética un paradigma inigualable. 

 

Recordemos que el Presidente de la República por aquellos años era el Doctor Osvaldo Dorticós Torrado, convertido en figura decorativa ante la actitud omnipresente del dictador Fidel Castro, entonces Primer Ministro, quien para hacer desaparecer al jurista cienfueguero de su condición presidencial -aunque ya para esta fecha apenas se le mencionaba en su real dimensión- se las agenció para la concepción del puesto de Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros. De modo que no es algo novedoso en sí la idea de la existencia de estos cargos, sino la restauración de lo que ya existía hasta la imposición de la Constitución de1976 durante los años de mayor efervescencia del dictador cubano.  

 

Da la impresión de que la creación del cargo de primer ministro obedece en sí a una estrategia de redistribución de funciones más que a una política franca de necesaria división de poderes. Según lo previsto, el Presidente de la República tendrá las funciones de jefe de Estado, mientras que el Primer Ministro deberá ser el jefe de Gobierno, con lo que se pretende dar la imagen de una separación de estas dos funciones que en la actual constitución están recogidos en uno solo cargo, esto es, el Presidente del Consejo de Estado y de Ministros.

 

No solo se retoman o crean cargos para figuras de la alta cúpula, sino para los dirigentes provinciales y municipales que volverán a ser llamados gobernadores provinciales y tendrán delimitación con sus subordinados de las instancias municipales, lo que han llamado en el lenguaje partidista “distintos niveles de Gobierno”. También está previsto de antemano que estas nuevas terminologías serán “aprobadas por la población” con lo que se reafirma “la necesidad de mayor autonomía y autogestión de los gobiernos locales”.

 

De cualquier modo habrá que esperar a la puesta en práctica del nuevo funcionamiento del complicado mecanismo gubernamental cubano para poder percibir en la práctica los límites divisorios entre ambas figuras, las que de una forma u otra quedan siempre subordinadas a las órdenes del primer secretario del Partido Comunista de Cuba, entidad encargada de monopolizar todo el despliegue sociopolítico de la nación.

 

En el proyecto de Constitución este asunto se va anunciando de manera previa aun antes de abordarse el complicado asunto referente al Presidente y Vicepresidente de la República, correspondiente al capítulo III. Así las cosas, al destacar las funciones de la Asamblea Nacional se hace referencia a la condición de Presidente de la República y Primer Ministro: “Conocer, evaluar y adoptar decisiones sobre los informes de rendición de cuenta que le presenten el Consejo de Estado, el Presidente de la República, el Primer Ministro, el Consejo de Ministros, el Tribunal Supremo Popular, la Fiscalía General de la República, la Contraloría General de la República y los organismos de la Administración Central del Estado, así como los gobiernos provinciales”.

 

Lo que se concreta y se precisa en el capítulo III, en su artículo 123, donde se presentan las funciones oficiales del Presidente de la República cuando se expone: “Corresponde al Presidente de la República. a) Cumplir y velar por el respeto a la Constitución y las leyes; b) representar al Estado y dirigir su política general; c) dirigir la política exterior, las relaciones con otros Estados y la relativa a la defensa y la seguridad nacional; d) refrendar las leyes y decretos-leyes que emita la Asamblea Nacional del Poder Popular o el Consejo de Estado, y disponer su publicación en la Gaceta Oficial de la República, de conformidad con lo previsto en la ley”; sin que olvidemos que: “El Presidente de la República es el Jefe del Estado. El Presidente de la República es elegido por la Asamblea Nacional del Poder Popular de entre sus diputados”.

 

¿Se alejará el régimen cubano de las supuestas influencias comunistas por el hecho de que se suprima la palabra comunismo en el actual proyecto?

 

No puede plantearse bajo ningún concepto la idea de que ciertas sociedades como la cubana se encausen hacia las vías del “comunismo”, por cuanto jamás ha existido el comunismo en el orden práctico, esto es, como acto concretado y puesto en marcha aunque sea de modo experimental. Las absurdas ideas de Karl Marx, generalmente respaldadas por su entrañable compañero Federico Engels, aunque este último hacia el final de su existencia  -una vez que Marx ya no estaba entre los vivos- intentó rectificar algunas concepciones que más tarde fueron ocultadas ante la posibilidad de un escándalo teórico entre los comunistas de su tiempo, jamás se han llegado a consumar, y esto es suficiente como para que cualquier posible especulación acerca de una fase considerada aun superior al socialismo marxista pueda someterse a ser susceptible de desarrollarse a plenitud, excepto por aquellos dejados llevar por la enajenación que con frecuencia acompaña a los partidistas socialistas empeñados en hacer realidad lo inexistente.

 

Es incorrecto referirnos a una nueva Constitución toda vez que se trata de un remiendo del panfleto que proporcionó al dictador Fidel Castro su posicionamiento definitivo en el poder de manera oficial a partir de la legitimación del documento constitutivo de 1976, aun vigente en la isla hasta que entre en vigor el actual, lo que ya es un hecho, por cuanto será “aprobada”, como es de suponer, por la distinguida Asamblea Nacional, integrada en su casi totalidad por militantes “destacados” de esa “fuerza dirigente superior” que es el Partido Comunista.

 

Recordemos que es de esta etapa la aparición del omni-abarcador cargo de Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros y la desaparición del cargo de Presidente de la República. De modo que la novedad es solo tras la apariencia formal para dar la imagen de cambios con la nueva figura presidencial y la retirada parcial -permanece al frente del Partido Comunista de Cuba ratificado en la nueva Constitución- del octogenario Raúl Castro.

 

Pero detengámonos en la idea de si se aparta o no Cuba del comunismo con los cambios de la “nueva” Carta Magna. El hecho de que se “actualicen” ciertos conceptos que se encuentran en total estado de caducidad no significa que el régimen esté cediendo en su empreño por perpetuarse en el poder desde su obsoleta perspectiva socialista. Es un grave error pensar y creer que al suprimirse la idea de que Cuba se prepara para avanzar hacia la sociedad comunista las cosas pudieran experimentar cierto giro que la aproxime a las concepciones capitalistas, de derecha o de centro derecha. Según se expone en el capítulo I, Fundamentos políticos, sociales y económicos del Estado, artículo 5 de la Constitución de 1976: “El Partido Comunista de Cuba, vanguardia organizada marxista-leninista de la clase obrera, es la fuerza dirigente de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”.

 

Según la modificación actual se suprimió lo referente al avance hacia la sociedad  comunista, añadiéndose otra descabellada idea, por cuanto el partido único jamás podrá desarrollar valores éticos, morales y cívicos en los cubanos. El artículo 5 queda pues de esta forma: “El Partido Comunista de Cuba, único, martiano, fidelista y marxista-leninista, vanguardia organizada de la nación cubana, sustentado en su carácter democrático y la permanente vinculación con el pueblo, es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado. Organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia la construcción del socialismo. Trabaja por preservar y fortalecer la unidad patriótica de los cubanos y por desarrollar valores éticos, morales y cívicos”.*

 

Téngase en cuenta que el socialismo se caracteriza, al menos teóricamente y de acuerdo con los preceptos clásicos marxistas, no solo por la posesión por parte del proletariado de los medios de producción, esto es, la supresión de la propiedad privada, sino la negación del pluripartidismo, algo que la Constitución cubana de 1976 deja bien precisado en su artículo 5, y se ratifica en la actual al reafirmar la concepción del “Partido Comunista de Cuba, único, martiano, fidelista y marxista-leninista, vanguardia organizada de la nación cubana…

 

No existirá un espacio legal que permita la participación de la oposición en la vida política del país. Contrariamente a lo que algunos pudieran creer, en el preámbulo a los artículos de la Carta Magna propiamente dicha se expone: “la nueva Constitución de la República, forjada por el pueblo para dar continuidad a la Revolución y al socialismo”. Y en su artículo 3 se insiste en que: “La defensa de la patria socialista es el más grande honor y el deber supremo de cada cubano. 33. La traición a la patria es el más grave de los crímenes, quien la comete está sujeto a las más severas sanciones. 34. El socialismo y el sistema político y social revolucionario, establecidos por esta Constitución, son irrevocables. 35. Los ciudadanos tienen el derecho de combatir por todos los medios, incluyendo la lucha armada, cuando no fuera posible otro recurso, contra cualquiera que intente derribar el orden político, social y económico establecido por esta Constitución”, con lo que se quedan justificados de manera legal, toda vez que estará legitimado con la pronta aprobación de la Constitución, los ataques y persecuciones, las acciones terroristas, la falsificación de acusaciones y todo aquello que de modo sistemático se realiza cada día contra los opositores al régimen en la nación cubana. 

 

Con esto no queda lugar para la participación de otros partidos políticos legalizados, o sea, con personalidad jurídica que les permita competir en procesos eleccionarios junto al eterno partido oficialista, lo que no se resuelve en las “reformas” actuales. Esto significa que si bien el término comunismo no fue utilizado -algo muy bien pensado para que el decadente régimen y su partido único no sigan siendo el hazmerreír de aquellos que aún piensan en el mundo con un mínimo de decoro- no es sinónimo de un distanciamiento de los cánones socialistas que durante varias décadas ha estado exponiendo el régimen ante el mundo.

 

Para replantearnos el concepto de salida del comunismo hemos de considerar ciertas pautas, entre las que no pueden ser omitidas el derecho a la libertad de expresión, la posibilidad de elegir al presidente del país de manera democrática y no a través de una complicada simulación preconcebida de modo premeditado, la legalidad del pluripartidismo, así como la plena libertad de los medios de comunicación y no en manos del partido único como órganos oficiales de sus fechorías, entre otras tantos aspectos que, en última instancia, son los que hablan a favor de la instauración de una democracia, independientemente que en lo económico se restablezca la propiedad privada sobre los medios de producción.      

 

Ahora que ya no está el “eterno” e “invicto” viejo comandante podrá haber límite de duración para el período presidencial

 

Este es uno de los temas que más interés tiene no solo para los cubanos -quienes lamentablemente no suelen interesarse demasiado en algo de lo que se harán copartícipes-, sino para aquellos que desde otras partes del mundo ponen su mirada de vez en cuando en los asuntos más controversiales de la isla. El paradigma de la eternidad establecido por Fidel Castro es todo un estandarte, mezcla de mito, fantasía, prepotencia, delirio y maldad que jamás podrá desprenderse de la realidad cubana de los duros tiempos del castrismo más acérrimo.

 

Castro fue uno de los dictadores de mayor permanencia en el poder si consideramos su mandato desde su toma del poder en 1959, independientemente de que por aquellos tiempos era el Primer Ministro, aunque dominando desde su cargo todo el poder de la nación hasta que en 1976 se eliminaron los cargos de Presidente de la República y de Primer Ministro para refundirse en el omni-abarcador Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros.

 

Sus casi cinco décadas en el poder -entre 1959 y hasta el 2008 cuando ya apenas podía hacer nada y se vio prácticamente obligado a renunciar a sus funciones- superan los largos mandatos de figuras mundialmente conocidas por sus extensos períodos al frente de regímenes dictatoriales, entre los que se destacan algunos líderes del llamado bloque socialista de Europa Oriental y Central y la desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, como Iósif Stalin, con cargo cuasi vitalicio de secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética entre 1922 y 1952, y de presidente del Consejo de Ministros entre 1941 y 1953; Leonid Ilich Brézhnev, quien presidiera en la URSS desde 1964 hasta su muerte en 1982, es decir por dieciocho años como secretario general -uno de los más largos, solo superado por el de Stalin, aunque no más prolongado que el récord de Fidel Castro-; Erich Honecker, jefe de estado de la República Democrática Alemana entre 1976 y 1989; Alexandr Lukashenko, Presidente de la República de Bielorrusia con más de veinte años en el poder; sin que olvidemos a varios de los caudillos africanos actuales que llevan entre 20 y 30 años en el poder, y a los latinoamericanos izquierdistas Evo Morales, Daniel Ortega y Nicolás Maduro.

 

Así las cosas, en el nuevo panfleto se establece un límite para ocupar la presidencia, cuya duración es de solo 5 años, aunque se precisa que: “El Presidente de la República puede ejercer su cargo hasta dos períodos consecutivos, luego de lo cual no puede desempeñarlo nuevamente”, o sea, no hay reelección indefinida como en los tiempos de Castro I. Pero de nada valen estas modificaciones, tal vez las más significativas de la Constitución, si inmediatamente se aclara que: “El Presidente de la República es elegido por la Asamblea Nacional del Poder Popular de entre sus diputados, por un período de cinco años, y le rinde cuenta a esta de su gestión. 402. Para ser elegido Presidente de la República se requiere el voto favorable de la mayoría absoluta”, con lo que no se resuelve la forma tan controversial -que no es solo de Cuba, sino que otros gobiernos la practican, aunque en el seno de la asamblea de estos hay pluripartidismo y diversidad representativa- de este engendro tan fácil de poder ser manipulado y donde todas las propuestas son aprobadas por unanimidad.  

 

Cubanos residentes en el exterior podrán hacer llegar sus opiniones sobre el proyecto de Constitución

 

Según informó a medios oficialistas cubanos el director de Asuntos de Cubanos Residentes en el Exterior (DACRE), del Ministerio de Relaciones Exteriores del régimen, a través de la red social Twitter, cubanos residentes en el exterior podrán hacer llegar sus opiniones sobre el proyecto de la nueva Constitución al gobierno de la Isla.

 

¿Qué está tramando el régimen con esta inesperada postura? Lo que los comunistas cubanos de la élite castrista creen que será un hecho “inédito en la historia de la Revolución” no es más que otra de sus tantas acciones que buscan esa legitimidad a la que he estado haciendo referencia. De esta manera aunque los exiliados cubanos den sus puntos de vista, los que, como es de esperar, no serán precisamente muestra de reafirmación de los caprichos de los autores del panfleto constitucional, desde la óptica de la opinión internacional será visto como algo positivo, por cuanto se trata de la posibilidad participativa de la diáspora.

 

Esto no debe interpretarse como una posible apertura democrática del régimen, sino como un recurso al que se ha acudido de modo premeditado en esa desesperada búsqueda de legitimar todas las posibles directrices y acciones que en lo adelante el régimen continuará haciendo bajo el respaldo de una Constitución en la que todos, incluyendo a los exiliados y otros que viven fuera de la isla sin esta condición, han podido “participar”.

 

Además, y como efecto derivado de esta maniobra diversionista, esa maquiavélica invitación a participar a los cubanos “de la diáspora” contribuirá a enfrentar y dispersar aun más a los grupos y organizaciones que se oponen al régimen desde el exterior, y a dividir las opiniones de los cubanos de a pie en Estados Unidos, España, Puerto Rico, Canadá, México, Suecia, y el resto del mundo.

 

Es un hecho, y no una simple especulación, que las opiniones de los cubanos residentes en el exterior de la isla no serán tenidas en consideración, excepto las de aquellos que se encuentran como colaboradores a través de las llamadas misiones, o las de aquellos cubanos “amigos de Cuba”, es decir, del régimen, que le hacen el juego a la dictadura desde el exterior, opiniones que como es de esperar han de estar acordes a lo establecido por la cúpula partidista cubana.

 

De modo que esta “inédita” invitación no es más que una profunda maniobra estratégica bajo la cual la cantaleta de la “nueva” Constitución cobrará un mayor revuelo, toda vez que aparecerá como que no habrán excluido de la consulta a ningún cubano, aunque sus opiniones en contra sean desaparecidas o no tenidas en cuenta.  

 

El régimen sigue rechazando a los homosexuales, como desde inicios de la revolución, aunque ahora  pretenda ofrecer ante el mundo una nueva imagen de tolerancia

 

La novedad del asunto radica en que sea precisamente en Cuba donde se hagan modificaciones respecto al matrimonio con la liberalidad de que dicho acto sea una unión consensuada entre dos personas, con lo que adquiere legitimidad el matrimonio entre personas de un mismo sexo, algo nada novedoso si tenemos en cuenta que actualmente un número considerable de países lo han admitido de manera legal y hasta se hacen intentos para que la Iglesia Católica asuma el reto de poder llevar el juramento ante Dios desde sus templos, asunto demasiado polémico, controversial y delicado como para detenernos en un análisis que nos apartaría de nuestro tema en cuestión, que no es las implicaciones del matrimonio homosexual en lo jurídico, lo sociopolítico y hasta en lo ético y religioso, sino la aprobación de esta modalidad de unión en la nueva Constitución cubana. 

 

Para ello, el artículo 68 de la nueva Carta Magna dejará claro que el matrimonio es la unión consensuada "entre dos personas", sin especificar sexo, con lo que se elimina la excluyente fórmula acerca de que se trata solo de un proceder legal de una pareja  formada por hombre y mujer como se establece en el Capítulo III que se dedica a la familia, en su Artículo 35 de la Constitución aun vigente donde se expone: “El matrimonio es la unión voluntariamente concertada de un hombre y una mujer con aptitud legal para ello, a fin de hacer vida en común. Descansa en la igualdad absoluta de derechos y deberes de los cónyuges, los que deben atender al mantenimiento del hogar y a la formación integral de los hijos mediante el esfuerzo común, de modo que éste resulte compatible con el desarrollo de las actividades sociales de ambos”.

 

Esta nueva propuesta no sanará las graves laceraciones de aquellos que fueron expulsados de las universidades cubanas a partir de 1959 y hasta bien entrados los años noventa cuando hubo un mínimo de “apertura”, y si bien jamás se les toleró por la clase partidista que se mantenía al acecho de jóvenes con “desviaciones” de los patrones considerados dentro de la normalidad, al menos se les permitió asumir el rol de estudiantes universitarios y poder graduarse de diversas carreras. No obstante, se les siguió marginando a la hora de optar por plazas como docentes, como jefes de cátedra o de departamentos, entre otras opciones en que se les siguió viendo como entidades venidas del más allá.

 

Tampoco podrá atenuar el sufrimiento de aquellos que fueron señalados de manera pública en medio de asambleas estudiantiles por presentar “debilidad de carácter” -el concepto que se utilizaba en aquellos terribles tiempos de manera oficial según los estatutos de la bochornosa organización llamada Unión de Jóvenes Comunistas- que era la manera más decente de decirle al término que ya todos saben que se usa despectivamente para citar a los homosexuales de sexo masculino en la isla. El lesbianismo era menos manifiesto y podía ser disimulado tal vez con mayor facilidad por las que se inclinaban a amar a las de su mismo sexo o mostraban un aspecto poco femenino, esto último no es necesariamente sinónimo de homosexualidad. 

 

Ni creo que los que fueron recluidos en los campos de concentración para que el trabajo forzado y la vida en prisión los forjara y los convirtiera en hombres ahora se sientan agradecidos por esta “ofrenda” tan “generosa” que los comunistas de la isla les hacen después de casi cincuenta años de una dura agonía de exclusión dentro de la sociedad.

 

En fin, sería interminable referirnos a las violaciones de los derechos mínimos de aquellos que sienten atracción por personas de su propio sexo, algo que científicamente hace mucho tiempo se ha postulado que forma parte del gran abanico de opciones y tendencias consideras dentro de la normalidad, independientemente de que podamos o no estar conformes con dichos criterios, aunque lo cierto es que nadie merece ser excluido por su postura filosófica, su forma de creencia, su raza, su cultura, su sexo, su identidad sexual o sus preferencias sexuales.   

 

Es demasiado tarde para premiar ahora a aquellos que fueron considerados por Che Guevara como enfermos y despreciables, y como desviados por los malévolos integrantes de la Unión de Jóvenes Comunistas y del Partido Comunista de Cuba. De cualquier modo, no es un documento, un acápite o una cláusula, sino una actitud inclusiva lo que se necesita en Cuba, donde científicos, intelectuales, artistas, y todos quienes se destacaron sobremanera en sus respectivas áreas de desempeño a pesar de haber sido rechazados y en muchos casos proscritos por el hecho de ser catalogados de homosexuales, la mayoría de la veces no porque lo declararan de manera pública los atacados, sino por simple apreciación de sus acusadores, quienes muchas veces de manera equivocada los encasillaron como tales solo por la apariencia externa de sus comportamientos.

 

Privatización y reformas económicas aunque con un marcado incremento del control estatal

 

Como no soy un experto en cuestiones de economía, y como bien dije antes en algún punto de este escrito que ya comienza a hacerse extenso, ya otros analistas de reconocido  prestigio han tratado el asunto con decoro, por lo que me limitaré a unas breves observaciones en este sentido, donde no faltarán aquellos acápites de la reformada Constitución que se refieren al tema del sector privado en Cuba.  

 

El artículo 21 es explícito en este sentido al exponerse: “Se reconocen las formas de propiedad siguientes: 89. a) socialista de todo el pueblo: en la que el Estado actúa en representación y beneficio de este como propietario. 90. b) cooperativa: la sustentada en el trabajo colectivo de sus socios propietarios y en el ejercicio efectivo de los principios del cooperativismo. 91. c) mixta: la formada por la combinación de dos o más formas de propiedad. 92. d) de las organizaciones políticas, de masas y sociales: la que ejercen estos sujetos sobre sus bienes. 93. e) privada: la que se ejerce sobre determinados medios de producción, de conformidad con lo establecido. 94. f) personal: la que se ejerce sobre los bienes que sin constituir medios de producción contribuyen a la satisfacción de las necesidades materiales y espirituales de su titular. 95. La ley regula lo relativo a estas y otras formas de propiedad. El Estado estimula aquellas de carácter más social”.

 

Esto no es nada nuevo, y de hecho, lo que se intenta explicar en esta jerigonza se ha estado practicando de una forma u otra en Cuba durante los últimos años con la pretensión de actualizar una y otra vez un arcaico modelo económico que se resiste a toda enmienda, toda vez que lo que se necesita en sí es un cambio radical de su forma y de su esencia y no aparentes experimentos entresacados de fracasados sistemas que utilizan como modelos paradigmáticos.

 

Lo que es significativo es lo que aparece en el artículo 22: “El Estado regula que no exista concentración de la propiedad en personas naturales o jurídicas no estatales, a fin de preservar los límites compatibles con los valores socialistas de equidad y justicia social”, con lo que se retoma el gastado slogan del socialismo para hacerles ver de manera precisa a los integrantes del sector privado que el Estado no les permitirá bajo ningún concepto un mínimo de concentración de capital, con lo que se contradice sobremanera las aparentes “aperturas” económicas.

 

Lo que se reafirma luego en los artículos 26 y 27: “La empresa estatal socialista es el sujeto principal de la economía nacional. Dispone de autonomía en la administración y gestión, así como desempeña el papel principal en la producción de bienes y servicios. 108. La ley regula los principios de organización y funcionamiento de la empresa estatal socialista. 109. El Estado dirige, regula y controla la actividad económica nacional”.

 

A modo de resumen

 

El decadente régimen busca a toda costa una legitimación de todos sus actos, para esto ha acudido a unos “cambios” mínimos que solo los menos ilustrados y los más fanáticos podrán asumir como reales, aunque al final las multitudes, por temor, por falsedad o por lo que sea, aprobarán su nueva Carta Magna, con lo que el gobierno tendrá un amparo legal para salirse del eje central de la filosofía política, esto es, que todos los gobiernos sean legítimos.

 

Pero dado que la legitimidad sólo es posible que proceda de la voluntad popular, al menos teóricamente, se debe ampliar la democracia de forma tal que el debate público se enriquezca con la mayor cantidad de perspectivas posibles, que deberán ser además representativas del sentir popular nacional, y no impuestas. No es admisible que pueda existir una democracia exclusivista. Toda forma de democracia excluyente es una pseudo-democracia, algo que se demuestra en la mayoría de los artículos del “nuevo” documento cubano.

 

Si el único fundamento posible de su legitimidad es el consenso, no puede admitirse una democracia que discrimine, que sea excluyente y que justifique la agresión “popular” contra aquellos que piensen de otra manera diferente a los cánones de la llamada sociedad socialista. Esto contradice su esencia, y este es el caso de la Constitución cubana que en breve entrará en vigor, con lo que contradice el aspecto fundamental de la filosofía política, algo que seguramente desconocen el nuevo presidente y su séquito de figuras octogenarias considerados líderes históricos, y otros ya no tan históricos de la revolución cubana.

 

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*Lo destacado en negrita es lo que se ha añadido a la Constitución de 1976.

 

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Nota necesaria.

1975: Se somete a discusión pública el anteproyecto de la Constitución de la República. 1976: Se celebró un referendo donde el 98% del padrón votó. Fue aprobado con el 97,7%.

Febrero 1976: Se proclama la nueva Constitución.

1992: Reforma constitucional para ajustarla a la realidad de la caída del socialismo en Europa

2002: Se ratificó el contenido socialista de la Constitución y quedó consignado como irrevocable.

Julio 2018: El Parlamento de Cuba aprobó el proyecto de reforma de la Constitución que será sometido a consulta popular.