Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

 

 Dr. Alberto Roteta Dorado, Santa Cruz de Tenerife, España

Al hombre nuevo le queda grande el cargo

 

Algunos pensaron, y otros hasta creyeron, que con un nuevo gobernante en Cuba las cosas cambiarían, aunque fuera de manera progresiva y con lentitud extrema. Nada más distante de la utópica idea que acariciaron los soñadores que aún quedan en la isla, y por qué no, en varios sitios del mundo, desde donde permanecieron como observadores de un posible desenlace que no se ha concretado hasta el presente, y que jamás se materializará dada la ineptitud de un hombre demasiado etiquetado a la usanza fidelista como para poder abrirse a los necesarios cambios radicales que necesitan los cubanos.

 

La imagen de un hombre relativamente joven y sin el uniforme verde olivo que por más de medio siglo se impuso en la jefatura de gobierno de la isla no resulta suficiente. Miguel Díaz-Canel, como ya afirmé hace casi un año, no será el hombre que proporcionará el giro trascendental que Cuba necesita, sino simples remedios paliativos que solo podrán prolongar la agonía de un régimen cuyos directivos saben de la proximidad inminente del fin de su existencia, pero se aferran a mantener lo imposible, aunque para esto tengan que seguir conduciendo a todo un pueblo a un desaliento sin límites.

 

No es cuestión de imagen, sino de voluntad renovadora, de principios, de abrirse a un mundo de modernidad y actuar de acuerdo a la vertiginosa rapidez de estos tiempos, pero desde una perspectiva integrada a los requerimientos de un presente que necesita de la acción y el dinamismo, algo de lo que carece Miguel Díaz-Canel Bermúdez -aunque se le vea con relativa frecuencia entre trabajadores, escolares y gente de barrios, a diferencia de su predecesor que permanecía en su burbuja bien distante de todo contacto popular-, quien, como ya todos saben, no fue elegido por el pueblo cubano, sino seleccionado con premeditación y alevosía por los caducos engendros del Partido Comunista de Cuba, y aprobado por un parlamento antidemocrático que solo cumple de manera estricta las órdenes de la instancia superior de la isla, esto es, de su partido único, según lo establecido, y ahora reafirmado en la nueva Constitución:  “El Partido Comunista de Cuba (…) es la fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado”. (Artículo 5. Capítulo I. Principios fundamentales).

 

Una lealtad y sumisión que resultan prácticamente patológicas caracterizan al hombre elegido. Se formó bajo los efectos hipnotizantes de la dictadura más longeva del hemisferio, lo que trajo como consecuencia la conformación de una serie de elementos que lo convirtieron en un paradigma de eso que el fracasado guerrillero argentino, tan venerado en Cuba, llamó “hombre nuevo”. Un prototipo de ser humano que debe actuar de manera mecánica acorde a los cánones establecidos a modo de inviolables códices. Un hombre convertido en máquina por los efectos adoctrinadores de un régimen que solo pretende extinguir lo mejor del ser humano, esto es, su capacidad única de pensar, de meditar y reflexionar.

 

Pero dejemos a un lado las caracterizaciones del nuevo gobernante cubano y analicemos algunos temas que recientemente reafirman y demuestran mi hipótesis acerca de esa nueva imagen presidencial versus pensamiento y accionar anquilosados del nuevo mandatario en el actual contexto político de Cuba.

 

Díaz-Canel en Nicaragua. “Defender la paz y oponerse a una agresión militar” en Venezuela. Un discurso sobremanera anticuado y poco dinámico, aunque eso sí, demasiado antiimperialista.

 

Recientemente (el 22 de marzo se firmó el acuerdo) los presidentes de América del Sur se reunieron en Santiago de Chile para la creación del Foro para el progreso de América del Sur (PROSUR), una nueva entidad que intentará la reunificación de los países del sur de América Latina bajo su nueva orientación política a partir del radical viraje que experimentó la región con la caída del Socialismo del siglo XXI.

 

Los presidentes de Argentina, Mauricio Macri; Brasil, Jair Bolsonaro; Chile, Sebastián Piñera; Colombia, Iván Duque; Ecuador, Lenin Moreno; Perú, Martín Vizcarra; Paraguay, Mario Abdo Benítez; y Guayana, David Arthur Granger, firmaron la Declaración de Santiago, por la cual se constituyó PROSUR, nuevo espacio que pretende reemplazar a la UNASUR, el fracasado organismo fruto de la deliberada maquinación de los desaparecidos Hugo Chávez y Néstor Kirchner. Se abstuvieron solo Uruguay, Bolivia, como era de esperar, y Suriname.

 

Dicho encuentro tuvo como propósito no solo la creación de dicho organismo, sino que constituye una muestra del nuevo sentido sociopolítico que experimenta Suramérica al desprenderse definitivamente de la tendencia socialista impuesta desde los primeros años del nuevo siglo. PROSUR reemplaza a la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), un organismo de carácter regional envuelto en las nefastas influencias del socialismo latinoamericano, cuya existencia -según las opiniones de la mayoría de los presidentes de las naciones que lo integran- dejó de tener sentido dada su excesiva politización defensiva en pos de la izquierda regional.

 

Casi al propio tiempo de esta sonada tenida regional (este viernes 29 de marzo, justo cuando se cumplía el 25º aniversario de la creación de la Asociación de Estados del Caribe) el presidente cubano Miguel Díaz-Canel viajó a Nicaragua para participar en la VIII Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la Asociación de Estados del Caribe (AEC), entidad formada por Antigua y Barbuda, Bahamas, Barbados, Belice, Colombia, Costa Rica, Cuba, Dominica, El Salvador, Granada, Guatemala, Guyana, Haití, Honduras, Jamaica, México, Nicaragua, Panamá, República Dominicana, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Surinam, Trinidad y Tobago, y Venezuela; contando además con naciones como Aruba, Bonaire, Curazao, Guadalupe, Guyana Francesa, Islas Vírgenes Británicas y Martinica, entre otras, como estados asociados.

 

En este encuentro Díaz-Canel convocó a los representantes de dicha instancia a oponerse a una supuesta agresión militar a Venezuela por parte del gobierno de Estados Unidos. En su alocución expresó: 

 

Por encima de diferencias políticas o ideológicas, llamo a todos los Gobiernos del Caribe a defender la paz y oponerse a una agresión militar y la escalada de medidas económicas coercitivas contra Venezuela que dañan gravemente a sus ciudadanos y ponen en riesgo la estabilidad de toda la región”.

 

Es deber de cualquier presidente del mundo defender la paz en su nación y en cualquier sitio del orbe. Pero, ¿cómo es posible que un presidente pretenda hablar de la paz de otro país cuando en su propia nación, si bien no existe una guerra propiamente dicha, las libertades mínimas de todos y cada uno de sus ciudadanos están violadas? ¿Cómo puede pronunciarse a favor de la paz alguien que como presidente permite la existencia de centenares de prisioneros políticos, de arrestos arbitrarios, de torturas sistemáticas, de expropiación de pertenencias de opositores al régimen, de allanamientos de locales sedes de organizaciones opositoras, entre otras tantas violaciones que contribuyen a la no existencia de una verdadera paz?

 

Díaz-Canel debe revisar detenidamente los conceptos de agresión militar, invasión armada e intervención militar. Términos que aparentemente pudieran ser tomados como iguales, pero que difieren en su esencia, y sobre todas las cosas, en sus resultados definitivos una vez puestos en práctica.

 

Como se sabe, aunque no bien se sabe, lo que se está manejando de un tiempo acá es una intervención militar en territorio venezolano, algo que constituye una acción como medida inminente ante la crítica situación que enfrenta la nación caribeña, algo que elude el presidente cubano, quien se muestra sobremanera preocupado por las “consecuencias” de la “agresión”, pero sin ver el verdadero desastre por el que atraviesa el pueblo bajo la verdadera agresión de su mandatario, Nicolás Maduro, auspiciado por las criminales fuerzas coercitivas de la dictadura cubana.

 

Conceptualmente una intervención militar, denominada también intervención armada, es aquella que realiza determinado estado sobre un territorio extranjero, lo que tiene lugar ante una amenaza o por una ocupación. Aplicando esto al contexto venezolano se podrá inferir que actualmente en Venezuela se dan ambas condiciones como para justificar una intervención militar como medida inminente, algo que se ha demorado demasiado y que de no ponerse en práctica en breve traerá nefastas consecuencias para la oposición, para los integrantes más activos de la Asamblea Nacional (en su mayoría opositores), y de manera particular para su presidente y actual presidente interino del país, Juan Guaidó, figura clave para un posible estado de transición que pueda conducir de modo definitivo a la restauración del orden democrático y constitucional. 

 

Existe una amenaza constante por parte del régimen chavista-madurista hacia el pueblo venezolano, lo que ya sobrepasó los límites conceptuales de amenaza para convertirse en hechos concretos, toda vez que las fuerzas represivas del régimen se han enfrentado abiertamente contra el pueblo venezolano. Los cientos de muertos, heridos, prisioneros y desaparecidos de los últimos meses son vivos ejemplos en este sentido. Según el propio presidente Juan Guaidó:

 

Desde el 23 de enero pasado a esta parte más de 800 venezolanos han sido detenidos, incluyendo a 84 menores de edad. Han ocurrido más 40 asesinatos por parte de los cuerpos de represión que aún son leales a Maduro. Entre 2015 y 2017 se sustanciaron en más 9.200 el número de ejecuciones extrajudiciales por parte de la máquina represiva, más de tres veces el número de desaparecidos en Chile durante la dictadura militar de Pinochet. Hay más de 4 millones de venezolanos que se han ido del país por razones económicas, huyendo de la violencia por persecución política. Eso lo ha hecho la dictadura de Maduro. ¡Por favor! Maduro se debe ir porque él es el obstáculo para superar esa situación y porque desde el 10 de enero se encuentra usurpando la Presidencia de la República”.

 

Mientas que, si de ocupación se trata, el asunto resulta mucho más complicado. Si se considera que el segundo mandato de Nicolás Maduro, el que se supone debió comenzar el pasado 10 de enero del presente año, es totalmente ilegítimo dado el desconocimiento por parte de la Asamblea Nacional de Venezuela, así como por el no reconocimiento casi generalizado de la comunidad internacional, entonces podemos referirnos a una ocupación del régimen chavista en Venezuela. Recordemos las concepciones filosóficas de Rousseau, según las cuales, resulta imprescindible el reconocimiento popular para poder establecer el sentido de la legitimidad (legitimidad fundamentada en el consenso).

 

Por otra parte la presencia militar y de agentes de la contrainteligencia cubana en territorio venezolano, la llegada de un centenar de asesores militares de origen ruso, así como las recientes declaraciones del régimen madurista acerca del posible arribo de otro grupo de “instructores” rusos -la presencia china es controversial y demasiado especulativa, hasta el presente indemostrable y negada por los propios chinos- reafirman la hipótesis de un estado de ocupación patente en el actual contexto político de la nación. De acuerdo a las declaraciones más recientes del embajador del presidente Guaidó en el Grupo de Lima, Julio Borges:

 

La verdadera invasión ya ocurrió y fue la de los cubanos. Pero, esto debe acabar. La comunidad internacional debe detener este saqueo, evitar que se siga consolidando una dictadura con los recursos de los venezolanos”.

 

Las definiciones sobre intervención hacen referencia además a la idea de que en la mayoría de los casos requiere del uso de la fuerza, y es lógico que así sea, por cuanto se trata de exterminar lo que está provocando el conflicto, ya sea por ocupación o por amenaza, o por ambas modalidades combinadas, como es el caso concreto de Venezuela.  

Es justamente esta idea del uso de la fuerza lo que tal vez preocupe a muchos de los presidentes de la región, quienes se han pronunciado contra la posible intervención militar -y no agresión como dice Díaz-Canel, o invasión como también suele interpretarse- para exterminar definitivamente al régimen madurista.

 

El Grupo de Lima, que ha jugado un papel decisivo para que gran parte del mundo centrara su atención en el grave conflicto venezolano, rechaza la propuesta intervencionista, amén que de manera individual figuras claves en la región, como es el caso de Iván Duque, presidente de Colombia, y Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, se han pronunciado contra esta posibilidad, aunque Bolsonaro últimamente se ha mostrado un tanto más abierto sin que se pueda afirmar de modo categórico que defiende a plenitud la propuesta. Otras figuras como Lenín Moreno, primer mandatario de Ecuador, a pesar de sus fuertes declaraciones contra el régimen de Maduro y su posición firme en relación con la defensa del pueblo venezolano, también se opone a la idea de una intervención, mientras que el mexicano Andrés Manuel López Obrador (AMLO) persiste en su postura neutral con sus conceptos de la no injerencia en los asuntos internos de otras naciones.

 

Con el exterminio del chavismo el régimen de La Habana entraría en una hiperagudización de su eterna crisis, lo que constituye la verdadera preocupación de Díaz-Canel, quien busca desde hace algún tiempo posibles opciones para continuar en el eterno parasitismo.

 

No obstante, no es el uso de la fuerza, ni la idea de “defender la paz” lo que preocupa al presidente no electo de Cuba, sino que con el exterminio del chavismo el régimen de La Habana entraría en una hiperagudización de su eterna crisis. Recordemos que Cuba parasita todo su petróleo a Venezuela, cuyo gobierno de manera incondicional le ha estado entregando más de 100,000 barriles diarios de crudo venezolano, según cálculos realizados por Oliver Pieper, publicados en Deutsche Welle; aunque se sabe también que actualmente se ha reducido a la mitad dada la dura crisis económica y financiera que enfrenta Venezuela.

 

La supresión del envío casi gratis del petróleo venezolano presupone para Cuba la inversión de 2,000 millones de dólares anuales para satisfacer su demanda interna de combustible, toda vez que las necesidades de petróleo de Cuba son alrededor de 130,000 barriles diarios, y en la isla solo se producen 50, 000, lo que significa un déficit diario de 80,000.  

 

El presidente cubano se muestra ante el mundo, o mejor dicho (o escrito en este caso) ante una exigua minoría de presidentes y representantes del mundo presentes en el encuentro de Managua, como un mesías, que cual arcángel defensor de la soberanía de un país, se pronuncia con una serie de elementos incongruentes en defensa de lo indefendible, y como es lógico, atacando siempre a la sombra imperial estadounidense que los socialistas siguen viendo por doquier.

 

Detengámonos ahora en la segunda parte de la frase tomada de su mediocre y obsoleta alocución, tan disparatada como su absurda defensa de la no agresión que hemos comentado antes:

 

Oponerse (…) (a) la escalada de medidas económicas coercitivas contra Venezuela que dañan gravemente a sus ciudadanos y ponen en riesgo la estabilidad de toda la región”.

 

Todo parece indicar que está haciendo alusión a las sanciones económicas que el gobierno de Estados Unidos ha venido aplicando de manera sistemática, aunque con mayor énfasis en los últimos meses, al régimen chavista, las que solo tienen como objetivo contribuir mediante sanciones al aislamiento definitivo del régimen venezolano, algo que se ha logrado gracias al rigor en la aplicabilidad de dichas medidas por parte del gobierno de los Estados Unidos, y de modo muy particular a la firme actitud de su actual presidente Donald Trump.

 

Pero si de poner en riesgo la estabilidad regional se trata, entonces habrá que enseñarle a Díaz-Canel que no es precisamente el gobierno de Estados Unidos con sus “medidas coercitivas” quien está contribuyendo a desestabilizar a una región que jamás ha sido estable; aunque ahora el asunto se torna cada vez más álgido como consecuencia directa de los efectos devastadores del régimen de Nicolás Maduro.

 

El fenómeno migratorio venezolano ha afectado sobremanera a varias naciones de América del Sur, entre las que sobresalen por el número ilimitado de migrantes que han recibido de manera temporal o permanente Ecuador, Perú, Brasil, Chile y Colombia, países que han tenido que ofrecer asistencia médica y ayudas alimentarias a venezolanos que llegan con severos efectos de la desnutrición y con muchas enfermedades infecciosas, lo que pone en peligro esa estabilidad a que se refiere Díaz-Canel, aunque el lo enfoca desde su recalcitrante postura antiimperialista según los viejos cánones clásicos del comunismo fidelista. 

 

¿Acaso la presencia injerencista cubana mantenida durante todos estos años de chavismo, y ahora la existencia del centenar de militares rusos en tierras venezolanas no es una verdadera amenaza para la paz regional?

 

Ya se comienza a teorizar, y no sin razones fundamentadas, lógicas y coherentes, acerca de otro conflicto de misiles y de una segunda “Guerra Fría”, en los que se implicarían sobremanera los gobiernos de Estados Unidos y de Rusia, además del régimen madurista, en el grave conflicto que pudiera desatarse en breve; aún cuando Serguéi Lavrov, ministro de Exteriores ruso, acaba de negar esta posibilidad  en una entrevista publicada por el periódico Moskovski Komsomolets. Igualmente se refirió a la presencia de los militares rusos en tierras venezolanas, afirmando que Moscú no pretende convertir a Venezuela en una segunda Siria.

 

Por supuesto que el mandatario cubano guardó silencio respecto a la presencia rusa en Venezuela durante su estancia en Managua. La penetración cubana en Venezuela es proclamada por el régimen de La Habana como una obra de internacionalismo, de humanismo, de hermandad o cualquier otra absurda idea demasiado anticuada y ya muy poco creíble de acuerdo a las circunstancias contextuales del momento. Se sigue utilizando el mismo discurso anquilosado que desde los tiempos del dictador Fidel Castro fuera el pretexto justificativo para la presencia cubana en tierras bolivarianas.

 

Pero lo que en realidad ha dañado “gravemente a sus ciudadanos” no es la aplicación de las sanciones al régimen chavista por parte del gobierno americano, sino el efecto devastador del propio chavismo sobre el pueblo venezolano. Recordemos los cientos de víctimas mortales -se registraron de manera extraoficial 163 muertes entre el 6 de abril y el 13 de agosto de 2017, según datos del Observatorio Venezolano de Conflictividad Social, OVCS, aunque el oficialismo solo reconoció en igual período de tiempo el fallecimiento de 129 personas- y otras tantas que sufrieron agresión y encarcelamiento durante la prolongada etapa de protestas (el OVCS contabilizó 6.729 manifestaciones desde el 1 de abril hasta el 31 de julio de 2017 en todo el país, equivalente a 56 protestas diarias), no solo en Caracas, sino en gran parte de territorio venezolano, aún esperan por la justicia venezolana e internacional.

 

No obstante, el mandatario cubano insistió en que los planteamientos y las acciones adoptadas por Estados Unidos contra Venezuela “desafían nuestra proclama de la América Latina y el Caribe como zona de paz”, documento firmado en enero de 2014 en La Habana. De igual modo precisó que “nuestras naciones precisan continuar trabajando unidas (…) es nuestro deber proteger, entre todos, la paz y preservar lo alcanzado, seguros de que la situación actual de confrontación y amenazas va a ser superada”.

 

Solo que el defensor del socialismo de “nuevo” tipo en las Américas no tiene clara la idea de cómo la actual situación de “confrontación” y de “amenazas” podrá ser superada, algo que como todos conocen se solucionará con la eliminación del régimen de Nicolás Maduro, y como es lógico, de la dictadura cubana, el cáncer primario responsable de todos los focos metastásicos en la región.  

 

Y así las cosas, y mientras en Managua un reducido grupo de presidentes y representantes de naciones consideradas caribeñas se reunió para replantearse sus mismas recalcitrantes posturas, en Santiago de Chile quedaba constituido el Foro para el progreso de América del Sur (PROSUR), entidad en contraposición a la UNASUR, cuya orientación política ha sido de extrema izquierda, y que, por suerte para la región y para el mundo, quedará sepultada dada su ineptitud y poca funcionalidad.

 

¿Qué tendrá que ver PROSUR en medio de los planteamientos defensivos de Díaz-Canel en la VIII Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la Asociación de Estados del Caribe (AEC)? Pues demasiado, toda vez que mientras en la Cumbre de la AEC se hizo una defensa del régimen chavista-madurista desde la perspectiva de un ataque continuo hacia el gobierno estadounidense, en el Foro de PROSUR quedó excluida la participación de Venezuela, lo que se fundamentó con la aplicación del punto 5 de la Declaración final de los firmantes allí congregados, según la cual:

 

Que los requisitos esenciales para participar en este espacio serán la plena vigencia de la democracia, de los respectivos órdenes constitucionales, el respeto del principio de separación de los Poderes del Estado, y la promoción, protección, respeto y garantía de los derechos humanos y las libertades fundamentales, así como la soberanía e integridad territorial de los Estados, con respeto al derecho internacional”.

 

Aspecto que no cumple no solo el actual desgobierno venezolano, sino la dictadura comunista de Cuba, el prototipo inspirador del chavismo, por cuanto bajo el dominio absoluto de regímenes autoritarios y totalitarios no podrá hablarse jamás de democracias, ni de promoción y garantías de los derechos humanos, amén de la no inserción en la comunidad internacional toda vez que no cumplen con los principios elementales respecto a la soberanía e integridad territorial de sus respectivos Estados en cumplimiento con las directrices del derecho internacional; sin que olvidemos que en ambas naciones se ha violado el principio elemental de la separación de los Poderes Estatales, aunque se pretenda dar una visión un tanto renovadora (solo en apariencia) en este sentido a partir de la nueva Constitución cubana, según la cual: 

 

La Asamblea Nacional del Poder Popular es el único órgano con potestad constituyente y legislativa en la República” (Artículo 103, Capítulo II). “No pueden integrar el Consejo de Estado los miembros del Consejo de Ministros, ni las máximas autoridades de los órganos judiciales, electorales y de control estatal” (Artículo 121, Capítulo II). 

 

Aunque a fin de cuentas, y como ya expliqué al inicio de este trabajo, el Partido Comunista de Cuba rige los designios de todo el acontecer nacional en todos sus aspectos, con lo que la Asamblea, el Consejo de Estado y el de Ministros, con aparentes separaciones sutiles, al final se han de subordinar al partido único oficialista de carácter comunista, lo que se reafirma en la Constitución actual:

 

El Partido Comunista de Cuba (…) es la fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado”. (Artículo 5. Capítulo I).

 

Con la exclusión de Venezuela de la nueva entidad latinoamericana se aísla aun más al régimen madurista del contexto regional, y como es lógico, el desgobierno cubano no podrá verse beneficiado de las posibles “bondades” tan esperadas siempre por el parásito régimen, que tenía sus fuertes lazos con la UNASUR a pesar de no ser miembro oficial de dicha entidad.

 

Lo inconcebible para un mandatario digno de estos tiempos. El apoyo de Miguel Díaz-Canel al régimen totalitario de Daniel Ortega demuestra su acérrima lealtad al castrismo.

 

El presidente cubano, dejando a un lado el álgido asunto del cambio climático,  tema eje del encuentro según lo establecido en la agenda de trabajo, aunque considero que solo fue el pretexto solapado para unir las debilitadas fuerzas de otra organización carente de sentido, también extendió su “mano solidaria” hacia el régimen de Nicaragua, el país anfitrión de la insignificante reunión regional. Así lo dejó saber cuando en su intervención expresó su solidaridad y apoyo al Gobierno de Nicaragua “ante los intentos de desestabilización”, e igualmente elogió el proceso de negociación entre el Ejecutivo de Daniel Ortega y la oposición extraparlamentaria.

 

Es absurdo que un mandatario con un mínimo de coherencia en su pensamiento y de verdadero sentido en su accionar se coloque del lado de un régimen que solo en los últimos meses ha provocado la muerte de cientos de manifestantes pacíficos, así como miles de heridos, encarcelados, torturados y detenidos (325 muertos desde abril, de acuerdo con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), aunque algunos grupos elevan a 561 las víctimas mortales, mientras que el Ejecutivo solo reconoce 199).

 

Del proceso de negociación me limitaré a precisar que el 3 de abril concluyó la mesa de negociaciones encaminadas a  superar la crisis que estalló hace casi un año, aunque, según lo publicado en eldiario.es, sin consenso en los temas de justicia y democratización, los más vulnerables que debieron ser resueltos en dicho encuentro; y aunque se ha afirmado que las puertas seguirán abiertas para continuar las conversaciones -mientras las manifestaciones contra Daniel Ortega y su camarilla de gobierno permanecen como cosas comunes en las calles nicaragüenses, y la represión no se detiene- es absurdo que se elogie un “diálogo” que solo condujo a sendos debates y reflexiones sin resultados concretos, excepto la posible liberación de los cientos de prisioneros políticos encarcelados por el régimen de Ortega, para lo que se puso un plazo demasiado prolongado que no justifica para nada la permanencia de los prisioneros por cerca de tres meses más, plazo dado como límite de la culminación del proceso -el 15 de marzo solo fueron liberados 50 presos políticos, de los más de 670* que la oposición exige para continuar el diálogo.

 

Pero más allá de las incoherencias de Miguel Díaz-Canel Bermúdez en su breve intervención de Managua, lo que resulta verdaderamente inmoral es que el encuentro se realizara en Nicaragua, una nación cuyo gobierno constituye un vivo ejemplo de antidemocracia. Al parecer el mandatario cubano no conoce, o no recuerda, que hace algo más de tres años (noviembre de 2015) el dictador Daniel Ortega dio órdenes precisas para reprimir mediante las armas (hubo disparos, golpizas y gases lacrimógenos por parte de un batallón de infantería del Ejército de Nicaragua y Fuerzas Especiales de la Policía Nacional en el puesto fronterizo de Peñas Blancas) a más de 1000 cubanos que intentaban pasar la frontera nicaragüense rumbo a Estados Unidos por las selvas de Centroamérica.

 

Hace solo unos días (17 de marzo de 2019) organismos internacionales y de derechos humanos criticaron la violencia extrema por parte de la policía de Nicaragua cuando impedían una manifestación que terminó con más de 100 personas detenidas. La marcha había sido convocada en Managua por la Unidad Nacional Azul y Blanco, alianza opositora al gobierno de Daniel Ortega formado por más de 40 organizaciones sociales, con el objetivo de pedir la liberación de todos los prisioneros políticos.

 

Y así, mientras en Nicaragua y Venezuela continúa la más terrible represión sin que sus presidentes sean capaces de reconocerlo, el mandatario cubano una vez en la isla, permanece inmerso en sus notas de Twitter atacando al “imperialismo” y convocando a defender la identidad y la cultura nacional, aunque todo un pueblo yace en la desesperación, la incertidumbre y la desesperanza después de más de un año con nueva imagen presidencial, aunque con el mismo obsoleto e incoherente discurso de sus predecesores.

 

Este es el nuevo mandatario, puesto por orden y disposición del Partido Comunista, la suprema autoridad de la isla, quien ya busca “nuevas alternativas” -como suele decirse en el argot de los comunistas cubanos- porque sabe que el fin del régimen comunista de Venezuela está muy próximo, y con seguridad Cuba perderá unos 1.200 millones de dólares anuales que Maduro les regala, lo que representa, según Julio Borges, embajador del presidente Juan Guaidó en el Grupo de Lima, el 20% de la economía cubana.

 

Ratifico lo que hace algún tiempo dije más o menos de esta forma:

 

Cuba no necesita un nuevo presidente mediante un simple cambio de imagen, sino transformaciones radicales que la aparten por completo del comunismo, el peor de los males de la humanidad del presente.

 

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* Según el Comité Pro Libertad de Presas y Presos Políticos, las autoridades de Nicaragua mantenían encarcelados hasta el 14 de marzo a 677 opositores, mientras cambió el régimen carcelario a otros 112, para un total de 762 convictos. En cambio, el régimen de Daniel Ortega solo reconoce 340 detenidos por su participación en lo que consideran un fallido intento de golpe de Estado. Para el oficialismo los manifestantes son considerados terroristas, golpistas y delincuentes comunes.