Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

  

 INSTITUCIONES Y DERECHOS

                                                         Dr. Armando P. Ribas, Argentina

 

     “Un despotismo electivo no fue por lo que luchamos”. Thomas Jefferson

 

Una vez más, me dispongo a tratar de esclarecer una temática algo confusa que se encuentra como tal en el léxico político. Empezando por el concepto de democracia al que me he referido ya en anteriores oportunidades. En la jerga política, democracia ha pasado a ser como el nirvana de la sociedad y el Olimpo de los políticos. En ese Olimpo prevalecen las "instituciones", que se constituyen asimismo en la divinidad del pueblo y así vivimos en el reino de los universales bajo el manto sagrado de los valores.

 

Ya sé que este exordio deberá aparecer como una herejía frente al dogma democrático y un sacrilegio hacia la nueva deidad, el pueblo. Pero la realidad que se impone por sobre los efluvios de la magia nos muestra que la aparición o reaparición del dogma democrático en nuestro continente al sur del Río Grande está muy lejos de alcanzar la "tierra prometida". Así, atravesando el Mar Rojo de los setenta, la falta de "maná" parece desembocar en un retorno de los nuevos faraones.

 

Puede ser que hasta aquí, además de hereje pueda parecer esotérico y cínico, ya que estoico decididamente no lo soy, por más que las circunstancias me fuercen a soportarlo. Se que estoy entrando en un mundo por demás complejo, que es el supuesto reino del "demo", que en la práctica se convierte en el "mono".Y peor aun, que como escribiera Hayek en su Camino de Servidumbre, porque llegan los peores vamos de la mano de Caronte hacia el Hades de la kakistocracia[1], en manos de los "cacos".

 

Pues bien, creo que es tiempo de que nos percatemos de que el "rey está desnudo" y de que no existe democracia, o sea pretensión de civilización donde no hay seguridad ni justicia. En ese sentido, Alberdi escribió que "la civilización no es otra cosa que la seguridad de la persona". Pero, ahondando en la problemática de las instituciones, ya deberíamos haber aprendido que éstas no tienen otra función que garantizar los derechos individuales. Es en ese sentido que la Constitución Nacional hoy aparece como un papel pintado frente a la realidad "piquetera" y la delincuencia que asuela a la sociedad.

 

Por aquello de que para muestra basta un botón, el gobierno le da la razón a los piqueteros para que violen la propiedad privada. Así, el Subsecretario de la Presidencia, el señor Carlos Kunkel, manifestó una de las falacias más agraviantes que puede soportar la ciudadanía, sedienta de justicia, hoy avasallada por la iracundia de la justicia social. Así dijo: "¿Qué es más valioso, la vida humana o que durante media hora no opere un negocio? El descaro frente a la ausencia del derecho en el país, donde toda idea de "orden" se considera sinónimo de represión, es la causa determinante de la inseguridad que reina, mientras las denominadas instituciones se constituyen en baluartes de impunidad para los funcionarios de turno.

 

Todo el fundamento de las instituciones no es otro que la limitación del poder político a partir de la conciencia de que el hombre es falible y que los gobernantes también son hombres. Y esa limitación del poder político es ejercida fundamentalmente por la Corte Suprema, que es la que tiene a su cargo la defensa de los derechos individuales: la vida, la libertad, la propiedad y la búsqueda de la propia felicidad. En otras palabras, tales derechos no pueden ser objeto de abuso por parte de la mayorías. Este principio ya había sido explicitado por Aristóteles en La Política donde escribió: "Los demagogos sólo aparecen allí donde la ley ha perdido la soberanía.... Tan pronto como el pueblo es monarca, pretende obrar como tal, porque sacude el yugo de la ley y se hace déspota, y desde entonces los aduladores del pueblo tienen un gran partido".

 

Tomando en cuenta esta realidad histórica, James Madison en El Federalista escribió: "Un despotismo electivo no fue el gobierno por que luchamos, sino uno que esté fundado en principios de libertad." Y en ese mismo sentido decía: "La justicia es el fin de la sociedad civil... En una sociedad bajo cuya forma la facción más poderosa puede reunirse y oprimir a la más débil, puede decirse que reina la anarquía como en el estado de naturaleza donde el individuo más débil no está seguro frente a la violencia del más fuerte." Tal criterio era el concebido por Alberdi y en Las Bases, que es el fundamento de la Constitución Nacional, decía: "La propiedad, la vida, el honor son bienes nominales cuando la justicia es mala. No hay aliciente para trabajar en la adquisición de bienes que han de estar a merced de los pícaros. La ley, la Constitución, el gobierno, son palabras vacías si no se reducen a hechos por la mano del juez..." Estos son los principios que determinaron la creación de los Estados Unidos y los que permitieron que Argentina alcanzara los primeros lugares en el mundo a principios del siglo XX.

 

La demagogia internacional ha confundido el rol de las denominadas instituciones y el socialismo y la social democracia se fundamentan en el principio antitético a los derechos individuales que es la razón de Estado. Así se acusa a Estados Unidos de tener un poder hegemónico cuando en la realidad la única hegemonía que tiene es el odio que despierta en el resto del mundo con Europa incluida por haber logrado ese estadio de la civilización que resulta de la seguridad de los derechos individuales. No la mistificación de los derechos humanos que incluyen los privilegios sociales que son en última instancia la violación de los derechos de propiedad y determinan la omnipotencia del Estado.

 

Lamentablemente, Estados Unidos incurre en el error de admitir en el resto del mundo la idea de que la democracia es el resultado del sufragio universal per se. El problema es que en la defensa de sus instituciones libres, hoy amenazadas por el terrorismo internacional y aun desafiadas por países europeos tales como Francia y Alemania fundamentalmente, aparecen como hegemónicos. Hegemonía, conforme a la definición del diccionario (inglés y español), significa supremacía o poder sobre otra nación. Estados Unidos está muy lejos de ejercer supremacía sobre ninguna otra nación con la excepción del caso de Irak. Más allá de si la guerra se justificaba o no. Pero los que más gritan contra la soberanía americana son precisamente los dos países que más le deben, pues a los dos los liberó del nazismo y finalmente del comunismo. En su libro En Defensa de una Europa Decadente, Raymond Aron sostiene el principio de la unicidad de Estados Unidos respecto al resto del mundo, tal como lo había expuesto en mi artículo Estados Unidos no es Imperio.

 

Al respecto dice Aron: "Los Estados Unidos no pueden ser un modelo a seguir por las sociedades históricas, aquellas que han surgido de un largo pasado y continúan cargando con una marca histórica". Según Aron, “esas sociedades no pueden mirar al futuro en la misma  forma que Estados Unidos, porque conocen su origen a través de mitos que lo sienten enraizados en su suelo.” Este atavismo, si así lo podemos llamar, explicaría por qué Estados Unidos en sólo 200 años superó a Europa en todos los campos , ya fuere la política, la economía, la ciencia y el poderío militar. Pero al fin y al cabo, la mistificación del marxismo a la que se refiere Aron como atávica para Europa es de invención posterior a los principios que conformaron a Estados Unidos.

 

Ahora bien, si Europa salvada por Estados nidos en tres oportunidades de los propios europeos (Primera y Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría), qué pueden esperar de un resto del mundo mucho más atrasado cultural, política y económicamente que Europa sino un constante desafío. No sólo a los Estados Unidos como potencia hegemónica, sino a los mismos principios políticos que determinaron la creación de esa sociedad. Admitida, entonces, la unicidad de los Estados Unidos, el llamado unilateralismo en defensa de sus intereses, entre los cuales se encuentran la noción misma de libertad, sería la única alternativa válida para la política exterior americana.

 

Ya sabemos lo que es y han sido las Naciones Unidas, donde se exalta la demagogia internacional y el concepto mismo de soberanía por la votación contraria a la de Estados Unidos. El supuesto Consejo de Seguridad ha sido totalmente inútil. Los únicos que han hecho algo por la seguridad internacional, por más que puedan cometer errores, son los Estados Unidos. El último caso antes de Irak fue Yugoslavia, o sea en el centro de la propia Europa, hoy Unión Europea, y tanto Francia como Alemania desconocieron su responsabilidad.

 

            Nuevamente se pretende que las instituciones sean la razón de ser misma de la civilización. Pero, lamentablemente, éstas no son nada cuando se convierten de hecho en la concepción ética per se que garantiza la impunidad y la incapacidad para cumplir con los propósitos de su existencia. Desconocer a las Naciones Unidas, precisamente por conocer la demagogia e incapacidad burocrática que reina en ellas es un sacrilegio en la política internacional que es el unilateralismo de americano. Por su parte, reconocer la violación paladina de los derechos constitucionales por los gobiernos de turno, implica de por sí una confrontación con la magia democrática latinoamericana, que fracasa por doquier, pues es la demagogia apoderada del poder a través de las mayorías. Fue Alberdi quien dijera que la conspiración sólo existe donde no hay lugar a la discrepancia.

 

            La idea de que Europa se enfrenta a Estados Unidos como consecuencia del aprendizaje de su propia historia, como si Estados Unidos fuera la nación bélica por antonomasia, no resiste el más somero análisis. La guerra para los europeos ha estado siempre en función de sus intereses, que a diferencia de los Estados Unidos, los han considerado como contrarios al interés de los otros. Esa es la actitud respecto al mismo comercio, que después de desvalorizarlo por siglos en el aura de la gloria, hoy lo considerarían igualmente en términos “bélicos” o mercantilista con Colbert y Litz a la cabeza. Así, la oposición a la guerra de Irak tiene un doble objetivo: el primero es la demagogia interna, ya que como he repetido hasta el cansancio, el pensamiento político-económico (franco-germánico, encarnado en la social democracia) es la antítesis del que construyera a Estados Unidos; el segundo es que creen que de esa forma pueden evitar el terrorismo islámico, que se dirigiría sólo contra el invasor.

 

            En el caso de América Latina, que es y ha sido una farsa de la tragedia europea, el antiamericanismo es el fundamento de nuestras democracias sumergidas en la demagogia y en la inseguridad jurídica. El sistema socialista que impera hoy en la Unión Europea y que se sustenta en las mayorías y en la razón de estado ha colocado a sus economías al borde del colapso; para los países subdesarrollados de América Latina ésa es la razón de ser de la inseguridad jurídica, de la omnipotencia del Estado, o sea del gobierno que lo compone y la determinante de la pobreza.

 

            Hoy nos encontramos con el caso de China, cuya economía después de haber superado la debacle del gran salto hacia delante y de la revolución cultural bajo la égida del pensamiento europeo imbuido en de Mao Tse-Tung, viene creciendo del 10% por año. No cabe la menor duda de que está regido por un gobierno autoritario, pero que ha aprendido la lección, en tanto que nosotros seguimos sin aprender e ignoramos paladinamente que bajo que yugo de las instituciones basadas en el pueblo, soportamos un gobierno autoritario e incapaz de cumplir con su principal función que es el mantenimiento del orden público. América Latina muestra las heridas de la demagogia, y cuanto más poder político a favor de los pobres, más pobres y mayor diferencia en la distribución de la riqueza. Y como decía mi amigo García Venturini, en manos de la kakistocracia.

 

 

POPULISMO, ETAPA SUPERIOR DEL SOCIALISMO

 

 

            En una nota anterior me referí al “populismo como etapa superior del socialismo”. En la misma, no expliqué la naturaleza, o más bien la razón de ser, de este aserto. Me siento pues en deuda con mis lectores, y me propongo saldarla en esta oportunidad. Como se sabe, Lenin, que se podría definir como el político de la ideología de Marx, y que como consecuencia creyó “fehacientemente” en la teoría de la explotación como carácter del capitalismo, y así como la razón de ser de las contradicciones internas que habrían de destruirlo como un fatalismo de la razón en la historia, escribió Imperialismo, etapa superior del capitalismo. En este epopéyico ensayo, plagado de cifras proveniente de Hilferding sobre las inversiones extranjeras en el mundo, Lenin llegó a la sabia conclusión de que a partir de cierto momento las posibilidades de explotar a los trabajadores de los países imperialistas se reducían y había que buscar otros horizontes para lograr las ganancias que se derivaban de la explotación de los trabajadores, o sea de la llamada plusvalía. Por la misma razón, veía la guerra entre los países imperialistas como la imperiosa necesidad de lograr nuevos mercados y así como de recursos naturales para su expansión capitalista.

 

            Tanta sabiduría, por supuesto, fue de alguna manera absorbida  en América Latina y así surgieron la teoría de la dependencia (Furtado) y la teoría del deterioro en términos del intercambio (Prebish). La explicación a la política latinoamericana, por la cual la responsabilidad por nuestro bienestar había sido alienada por la dinámica de la razón en la historia, determinó en gran medida el “éxito” económico que aun disfrutamos en el medio de la “orgía” democrática que, en nombre del sufragio universal, constituyen “los laureles que supimos conseguir”.

 

            Pero hablando de laureles, creo vislumbrar en la historia una luz en mi camino, que fuera la Argentina que dando un salto cuántico en la historia saltó en 1852 de la Edad Media regida por religión o muerte (¿les recuerda algo al terrorismo musulmán de hoy?) a la civilización de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Se aceptó ese principio ético fundamental del “derecho del hombre a la búsqueda de la felicidad, prevaleciente de Locke y expuesto brillantemente por Jefferson en la Declaración de la Independencia de Estados Unidos.

 

            Y digo una luz en mi camino, pues eso lo logró la Argentina sin convertirse al protestantismo y mucho menos lograr una transmutación genética para hacerse anglosajona. Aun más, después de que en sólo 50 años se convirtiese en uno de los ocho países más ricos del mundo y alcanzar un PBI mayor que todo el resto de América Latina junta, todavía en 1930 se encontraba delante de Canadá y Australia. Es decir, de los países que como Uds. recuerdan, son protestantes y anglosajones y pertenecían al Commonwealth. No obstante esta realidad sin precedentes, por la cual he llamado a la Argentina “un milagro de la historia”, el argentino fue inducido a pensar que su riqueza dependía de la pampa húmeda. Un vistazo al mapamundi nos puede mostrar que Rusia, que ocupa cerca de 1/6 de la superficie terráquea, tiene 10 veces más pampa  húmeda y más recursos naturales que Argentina y ha sido y sigue siendo un país pobre, gracias a la luminaria del antiimperialismo.

 

            Detalles al márgen, es necesario que tengamos en cuenta que el socialismo ha sido un producto de las mentes brillantes europeas que surgieran durante el denominado Iluminismo. Así, podría decir que la señora Carrió tiene su estereotipo antecedente en el Se. Babeuf que a la luz de la mente sublime de Rousseau y ante el espectáculo luminoso de “El origen de las desigualdades del hombre” intentó el partido de los iguales, que le costara la cabeza, pues Robespierre era algo más igual que otros.

 

            Es cierto que, algo más tarde, otras luminarias del pensamiento europeo tomaron conciencia de la falsedad de la profecía marxista del colapso del sistema capitalista. Fue así que Eduard Bernstein, alemán también, por cierto, descubrió que a través del sufragio universal se podría lograr el paraíso previsto por Marx sin necesidad de revolución. A este criterio se opuso por supuesto Lenin, y así escribió Estado y Revolución para discutir tanto la democracia socialista de Bernstein como la predicción anárquica de la sociedad sin clases previstas por Marx y Plekhanov.

           

            A los propósitos de Bernstein y Lasalle se opuso igualmente otro héroe del pensamiento político franco-germánico, el Sr. Adolfo Hitler, y así después del acuerdo con Stalin, la operación Barba Roja, préstamo y arriendo mediante y la colaboración de los tanques Sherman, determinaron la rendición de Alemania en 1945. La intervención americana impidió que gracias al iluminismo, el mundo hubiese sido nazi o comunista, y así comenzó la recuperación de la Europa Occidental, mientras Yalta se hacía cargo de que el nirvana “socialista” prevaleciera bajo el imperio soviético en la Europa Oriental.

 

            La caída del Muro de Berlín hizo concebir al Sr. Fukuyama, cuyos estudios hegelianos en japonés lo llevaron a predecir el fin de la historia, y el triunfo de la democracia liberal o del capitalismo sobre el socialismo. Nada más lejos de la realidad que hoy observamos a más de 15 años de la derrución del Muro. Europa, de la mano de la social democracia, ha logrado dejar de crecer mientras los gobiernos se apoderan de cerca del 60% de los respectivos PBI en Francia y Alemania. Otros, tienen más, como los “vikingos”, pero hasta ahora los había salvado el petróleo del Mar del Norte, pero no es el caso de los nuevos propulsores del nuevo “Sacro Imperio Romano-Germánico”, a través de la Unión Europea.

 

Creo llegado el momento de explicar el porqué del “populismo, etapa superior del socialismo”. Como se sabe, el socialismo es un producto racionalista de los de los intelectuales europeos que, como bien señala Schumpeter en Capitalismo, Socialismo y Democracia, son los determinantes de la palabra hablada y escrita, en tanto que carecen de responsabilidad, por los hechos que determinan las palabras. Por supuesto, es el mundo del resentimiento intelectual que provoca estas actitudes utópicas en la búsqueda del hombre nuevo y, como señala Karl Popper, “la utopía es la madre de la violencia.”

 

Pues bien, el populismo, entonces, es la etapa en que los políticos se enteran de que la utopía, sufragio universal mediante, les permite alcanzar el poder en nombre del “pueblo”. Como bien dijera Lamartine, refiriéndose a Marat, “amaba al pueblo y odiaba a los hombres.” Pero la realidad es que esa búsqueda del poder político resulta en que la teoría de la explotación toma una nueva forma. Así, es la explotación de los habitantes individualmente considerados en nombre del pueblo. Como bien dice Alberdi, es el despotismo del Estado. O sea, el pueblo explotado o en nombre del pueblo. En ese mismo sentido se había pronunciado Alexander Hamilton en El Federalista y dijo: “Una peligrosa ambición más a menudo acecha detrás de la especiosa máscara del celo por los derechos del pueblo que bajo la prohibida apariencia del celo por la eficiencia y firmeza de los gobiernos.” En fin, bajo la máscara del pueblo se enriquecen los políticos a costa de los que producen y se perpetúa o se incrementa la pobreza colectiva.

 


 

[1] Vocablo inventado por García Venturini a partir del prefijo kakistos, superlativo de kakos, malo.

 

 

                                                                                                                    Dr. Armando Ribas, Argentina