Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS  

     

                                                                                                   Jorge A. Pomar, Colonia, Alemania

 

Paradigmas y fronteras. Al caos con la lógica, de Juan F. Benemelis

Un pase de revista a la filosofía a la luz de la ciencia moderna

 

Primera parte: reflexiones político-ideológicas

 

Por su capacidad didáctica y enfoque interdisciplinario, Paradigmas y fronteras. Al caos con la lógica, de Juan F. Benemelis, es un vademécum capaz de aportarle al lector común con inquietudes filosóficas, en apretada síntesis didáctica, el módulo de nociones indispensables para hacerse una idea desprejuiciada de nuestra época a la luz de diversas corrientes filosóficas sucintamente valoradas y cotejadas por el autor con los desconcertantes hallazgos de las matemáticas, las ciencias naturales modernas y las nuevas tecnologías de la información. Paradigmas y fronteras nos ofrece tres garantías estimables: el autor es del patio con larga experiencia en Cuba y en el extranjero, no es hombre de capilla y cuenta con una cultura enciclopédica

 

Redactado en un estilo al alcance del lector medio, el libro es un convite en regla al banquete platónico con anfitrión del patio en los albores del siglo XXI. Con algunos ajustes de género y las necesarias referencias locales daría un excelente léxico filosófico cubano. Ha sido escrito para un vasto público hispanoparlante, pero con los intelectuales cubanos de la Isla y la Diáspora en mente, quienes arrastramos, del todo o en parte, el lastre ideológico de largas décadas de censura. Una lectura atenta de Paradigmas y fronteras permite contrastar los últimos hallazgos de la filosofía con enfoques a menudo desfasados en muchos ensayos cubanos que, sin perjuicio de sus méritos o deméritos, adolecen de una cosmovisión decimonónica, evidente o subyacente, mal remozada con sofismas posmodernistas. De ahí la importancia del libro de Benemelis.

 

Diplomático en el Medio Oriente a principios de los sesenta, Benemelis fue acusado de espionaje y absuelto por un pelo en La Habana. El proceso pudo haberle costado la cabeza. Años después se licenció en Historia por el Instituto Pedagógico Superior de la Universidad de La Habana. A continuación, fungió como jefe de redacción en la Editorial Arte y Literatura. Desde 1980 reside en Miami, donde ha enriquecido su currículum académico. Cuando lo conocí a mediados de los 60 aún no se había recuperado del susto de aquel auto de fe. Con todo, su pasión por el debate histórico y filosófico lo llevó a romper enseguida la cautela. En su modesto apartamento detrás del cine Arenal en Miramar, creó un club literario informal al que fui asiduo.

 

A la bien surtida biblioteca del anfitrión, debo tempranas lecturas que me ayudaron a romper el circuito cerrado en que se mueven la industria editorial y los planes docentes de la enseñanza superior en Cuba. Nuestras tertulias tuvieron lugar durante el interregno de relativa apertura de 1967 a 1971, que coincide con el segundo enfriamiento (el primero se produjo como consecuencia de la Crisis de Octubre en 1962) de las relaciones de La Habana con el Kremlin y cierra con la clausura de la revista “Pensamiento Crítico”, la cacería de brujas intelectuales durante el mal llamado “Quinquenio Gris” y el abrupto retorno a la ortodoxia marxista-leninista.

 

Durante ese escaso lustro de forcejeo con Moscú y tanteos en busca de sustento ideológico, se ensancha el diapasón filosófico insular para abarcar el estudio de textos escogidos del joven Marx, Feuerbach, Gramsci, Lukáks, Trotsky, Garaudy, Sartre, Althusser, Adorno, Marcuse, Fannon, Mao... De la escolástica soviética pasamos casi de sopetón a las confusas herejías revisionistas de la “Nueva Izquierda”. A la desintegración de la URSS sigue el bandazo en sentido contrario durante el “Período Especial”. Los dogmas posmarxistas, ahora inextricablemente enmarañados con la retórica populista occidental, vuelven a constituir el fast food ideológico del castrismo terminal.

 

Por tanto, el anacronismo de La Habana es sólo aparente. De hecho, a contrapelo de la opinión general, la esperpéntica “batalla de ideas” librada por el Máximo Líder se halla en sintonía con los trastornos conceptuales de la época. Tanto que, desde la otra orilla, en pugna con el demagógico “diálogo de las civilizaciones” del actual inquilino de La Moncloa, el ex presidente José María Aznar ha hecho suya la iniciativa cubana. Por otra parte, el conflicto fundamental de nuestra época no es, como se suele pensar, el terrorismo islámico sino la solapada guerra mediática entre la “vieja” Europa y Estados Unidos, caldo de cultivo del desafío musulmán. En última instancia, a no ser que los ayatolás iraníes logren hacerse con la bomba atómica, el fundamentalismo mahometano nunca pasará de ser un riesgo marginal. La verdadera caja de Pandora para la paz mundial serían las consecuencias de una quiebra definitiva de la alianza transatlántica entre Estados Unidos y Europa Occidental. Vivimos, pues, en tiempos de aguda confrontación ideológica.

 

La izquierda antidemocrática

 

Tras el aparatoso desplome del socialismo autoritario, sobrevino la efímera boga del “socialismo democrático”, basado en una distorsión del concepto de “socialismo liberal” acuñado por el filósofo Norberto Bobbio. La diferencia entre ambos conceptos, lo sabía el italiano, es la siguiente: en la práctica sólo se puede ser socialista y democrático a la vez al interior de un sistema pluripartidista basado en la economía de mercado capitalista. Del seductor oxímoron esgrimido por eurocomunistas reciclados y aluviones del “socialismo real” apenas quedan en pie un par de partidos minoritarios fuertemente eclécticos. La izquierda, y con ella la humanidad, se ha quedado sin utopías.   

 

Navegamos, pues, sin brújulas ideológicas confiables en un mundo en vertiginoso proceso de cambio. La globalización coincide con el apogeo de Estados Unidos y el impetuoso ascenso de China y La India, por un lado, y la decadencia de las antiguas potencias europeas, por el otro. Ahora bien, dado que estas últimas aún detentan el monopolio mediático en un mundo eurocéntrico, los temores existenciales en el Viejo Continente, reflejo de la fuga masiva de capitales y el paulatino desmontaje del estado del bienestar, generan en muchos de sus  intelectuales dos vectores en apariencia discordantes.

 

En una estrategia consciente, semiconsciente o inconsciente, según el caso, hacia dentro se aferran a un conservadurismo que busca a toda costa el mantenimiento de las bondades excluyentes del statu quo de posguerra. Hacia fuera redoblan sus manías globalofóbicas, difundiendo un arsenal de argumentos que van desde el catastrofismo climático, el agotamiento de las reservas naturales del planeta a causa de la rapacidad de los consorcios transnacionales, un pacifismo a ultranza (que paradójicamente condena la guerra y atribuye el terrorismo islámico a injusticias sociales y/o desigualdades geopolíticas), la defensa del multiculturalismo y un capcioso énfasis en el principio de autodeterminación - de los gobiernos, ya no de los pueblos - aparejado a la relativización de los derechos humanos. Son ahora mismo las tendencias dominantes en la ONU, la UE y la mayoría de los foros internacionales.

 

Este seductor tiovivo conceptual gira alrededor de un sólido eje central: el antiamericanismo, con sus corolarios antitéticos neoconservadores y neoliberales. Ahora bien, considerando que “neocons” equivale en la jerga progre a partidario del libre comercio y la economía de mercado capitalista, mientras que “neoliberal” es quien aboga por la expansión de la democracia y el estado de derecho por todos los medios, incluidos los violentos, se arriba a la triste conclusión de que tanto la izquierda antidemocrática como la progresía anticapitalista han echado olímpicamente por la borda a Voltaire y Montesquieu en compañía de Marx y Engels.

 

El efecto de succión de ese naufragio ideológico, reforzado por el ascenso al poder político, mediático y académico de la generación posmarxista y tercermundista del 68, ha absorbido a buena parte de la socialdemocracia, ya de por sí desquiciada por una crisis general del estado del bienestar que le deja como única opción sobre el tapete el retorno a su ortodoxia. Descontando los extremos y la lógica tendencia pragmática a coincidir en el centro, parece haberse operado un vuelco real maravilloso en virtud del cual se trastocaron casi por completo los roles tradicionales de la izquierda y la derecha. Pese a su retórica filantrópica, la izquierda occidental se ha vuelto conservadora por rechazo a las perspectivas de una nivelación económica planetaria en curso que por el momento perjudica a la aristocracia obrera de los países industrializados (es la abanderada de la globalofobia). En cambio, la derecha procapitalista, que hace su agosto con la exportación de capitales a mercados laborales más ventajosos, apuesta resueltamente a la globalización.    

 

Enroque reaccionario

 

Un buen ejemplo de este enroque reaccionario de la izquierda, siempre demasiado propensa a silenciar las voces disonantes en el campo propio, es la polémica entre Jean-Paul Sartre y Raymond Aron, recordada el año pasado con motivo del centenario del natalicio (1905) de ambos filósofos franceses. En la década de los 50 los “hermanos enemigos”, como se les conoce, sostuvieron un debate que terminó en enemistad. Medio siglo después, la historia ha zanjado el pleito dándole la razón en toda la línea a Aron, frío y racional en su lúcida defensa del estado de derecho y su minuciosa demolición de los mitos de la izquierda, frente a un Sartre incorregible en sus sucesivos entusiasmos y desencantos respecto a todos los movimientos antidemocráticos contemporáneos: desde la Rusia de Stalin, pasando por la China maoísta de la Revolución Cultural, hasta la Cuba de Fidel Castro.

 

El asunto no sería más que un dato curioso si no fuera porque tantos intelectuales de izquierda prefieren seguir “equivocados con Sartre a tener la razón con Aron”. Lo prueba el hecho de que el autor de El ser y la nada sea aún hoy el gurú de la izquierda, mientras que el de El opio de los intelectuales es el gran olvidado, censurado a cal y canto en vida y después de muerto. Poniendo a un lado el mecanismo de afinidad gregaria, el efecto mediático entre nosotros es éste: nuestros intelectuales conocen al dedillo todas las obras del primero, gracias a incontables reediciones, pero la mayoría de ellos no ha leído el célebre ensayo de Aron.

 

Un desdén similar rodea a Revel, Furet, Finkielkraut, Bukovski, Ruyer o al Camus de El hombre rebelde (ensayo, por cierto, anatematizado en su momento por Sastre) y otros pensadores antitotalitarios. E incluso, si uno osa mencionar a Betrand Russell o Karl R. Popper en ciertos medios académicos, recibirá por toda respuesta entrecejos fruncidos o gestos despectivos. Resumiendo: la literatura filosófica proveniente del Viejo Continente viene ya previamente filtrada por los gremios editoriales.

 

Dios ha muerto, del inefable Roger Garaudy, uno de los libros que me prestó Benemelis, ilustra otro de los riesgos que implica cualquier lectura acrítica de la ensayística o la solidaridad occidental: la frivolidad filosófica. Garaudy debutó como epígono de Kierkegaard (el teólogo danés veía la existencia como un fenómeno irracional y subrayaba el papel decisivo de la subjetividad humana), y más tarde ingresó en el PC francés, en el que pronto estuvo mal visto por sus enfoques maoístas. En esa fase herética, invitado a La Habana por Fidel Castro, ayudó a elaborar los primeros planes docentes y manuales de filosofía de la Revolución. Y ahora mismo está acabando sus días como... ¡musulmán practicante!

 

A veces el círculo vicioso opera a la inversa: un fenómeno histórico equis en América Latina encuentra puntualmente su filósofo europeo que racionaliza la experiencia en una flamante tesis revolucionaria. Es el caso de Régis Debrays con su manual Revolución en la revolución y la teoría del foco guerrillero, que sembró de cadáveres ciudades y serranías sudamericanas. Un ejemplo más reciente: el autoproclamado filósofo alemán Heinz Dietrich se ha trazado la estrafalaria meta de establecer los fundamentos teóricos del “socialismo científico del siglo XXI” para su mecenas venezolano Hugo Chávez.

 

Estrategias de poder

 

¿A dónde vamos con este largo exordio?  Resumamos: detrás de las teorías de muchos autores occidentales de izquierda afloran, ora entrelíneas, ora desembozadamente, estrategias de poder que, en su proyección geopolítica, tienden a imponer soluciones contraproducentes a los problemas específicos del Tercer Mundo. Al ser asumidas sin crítica por nuestros intelectuales como modelos rectores aplicables sin más a realidades nacionales disímiles, tales enfoques oportunistas foráneos, amén de desvirtuar la situación concreta del país en cuestión y alejarlo de soluciones razonables, instrumentan los conflictos.

 

El resultado suele ser la perpetuación de la tragedia nacional, como en el caso notorio de Palestina, menos víctima de Israel que de la aviesa solidaridad de  intereses extranjeros (árabes incluidos), siempre dispuestos a batirse contra el sionismo “hasta el último palestino”. O el apoyo a la eternización del castrismo so pretexto del manido (en Europa es un sonsonete) que, sin los Castro, la Isla caería en manos del gran Satán yanqui. El caso más actual es el de Irak, donde cada degollina, cada atentado suicida en mezquitas, plazas del mercado o autobuses, es registrado por la progresía eurooccidental como una victoria más de la “resistencia”.

 

Las víctimas corren también a la cuenta de los ocupantes. Y por descontado, las fuerzas democráticas iraquíes (incluidos los comunistas locales, que antes fueron reprimidos a sangre y fuego y hoy están lógicamente por el estado de derecho), o no son tenidas en cuenta en absoluto o se les tilda de marionetas de Bush. Idéntico juicio les merecen a la progresía los exiliados del régimen de Saddam Hussein. Con esa misma vara mide al exilio cubano. La historia, sin embargo, aplica otros parámetros. Lo demuestra el recibimiento con bombo y platillo a Bush en Vietnam, que está punto de ingresar en la Organización Mundial del Comercio. Eso todo el mundo lo sabe.

 

Lo que muy pocos saben - la noticia sólo fue publicada en Europa por el Corriere della Sera (20-04-2006) - es que el legendario héroe de Dien Bien Phu, el anciano general Vo Nguyen Giap, recientemente les haló las orejas a los miembros de la nomenclatura en Hanoi al abogar en público por más transparencia y democracia. Paradojas de la historia: Vietnam derrotó a Estados Unidos en el campo militar, pero a la postre el régimen de Hoh Chi Minh sucumbió en el campo económico y ya se oyen en el país fuertes clamores de libertad y democracia. Ídem en China. Y en Nicaragua el belicoso Daniel Ortega ha llegado al fin al poder tras varios intentos fallidos metamorfoseado en un pacato burgués de traje y corbata que asiste religiosamente a misa todos los domingos. Moraleja: el socialismo es, en efecto, un camino más largo hacia el capitalismo (que cuesta millones de muertos). Hay algo de juego en este asunto.

 

El grueso de Sudamérica ya dejó atrás hace rato lo peor del calvario guevarista. Pero Cuba, Venezuela, Bolivia y México aún podrían verse de nuevo enfrascados en guerras civiles recrudecidas por esa solidaridad internacional interesada. Una ojeada a los titulares de La Jiribilla, la revista digital de la UNEAC, bastaría para hacerse una idea de la cantidad de intelectuales del patio y el extranjero que están por esa labor vicaria de dar batalla con sangre ajena a cuenta de un tercero sonriente: la izquierda antidemocrática occidental.

 

El ejemplo más escandaloso de esa doblez es el gobierno socialista de José Luis Zapatero que - ya lo recordamos en un artículo anterior pero nos place insistir en el detalle - ve en Estados Unidos y no en los Castro a su enemigo principal en La Habana. Y encajando una cuña diversionista entre la oposición pacífica, respalda selectivamente a la disidencia “antiimperialista” en la Isla. Es también la actitud de numerosos intelectuales izquierdistas peninsulares. Por otro lado, visto que la globalofobia no es nada popular en Europa Oriental ni en Asia y que Chile, el país más neoliberal de América del Sur es a la vez el más próspero, es obvio que muchos intelectuales latinoamericanos razonan “para el inglés”. Kierkegaard estaba indudablemente en lo cierto al conceder la primacía al factor subjetivo.

 

Una simple comparación entre el tratamiento mediático de Irak y Cuba no deja lugar a dudas: si la prensa occidental concediera al presidio político cubano

- cuyo delito se reduce a hacer uso de su derecho a la palabra y reunirse con fines pacíficos - tan sólo una fracción significativa de la cobertura que le está dando a los talibanes recluidos en la Base Naval de Guantánamo, probablemente los nuestros ya estarían en libertad o jamás la habrían perdido. Ambos casos se explican por un común denominador: el antiamericanismo.

 

Segunda Parte: especulaciones metafísicas

 

De la lectura de Paradigmas y fronteras... se deduce que aquel linchamiento neomarxista de Dios, ya ejecutado por Nietzsche en el siglo XIX, se ha diluido en dos hipótesis verificables. La primera es la relatividad del espacio, el tiempo y el movimiento, una noción que ya con Einstein viraba de cabeza el aparato conceptual, cuestionando la validez del sentido común y la lógica tradicional. “De acuerdo con la física einsteiniana - escribe Benemelis - nada puede viajar más rápido que la velocidad de la luz, pero incluso esta extraordinaria supervelocidad consume el tiempo que tarda la información en trasladarse de un lugar”.

 

En virtud de la barrera del tiempo, el universo quedaba reducido a una miríada de galaxias inaccesibles entre sí incluso viajando a la velocidad de la luz. El hombre moderno empezó a resignarse a la idea de estar encerrado en un sistema solar hermético. Pero, cuando ni los más perspicaces han sacado todas las conclusiones posibles de la tesis del físico judío, un audaz experimento valida el Teorema de Bell sobre la existencia de una “conexión supraluminal” instantánea. Además, ciertas partículas nucleares “inteligentes” podían, según la genial intuición de Thomas Young, variar a discreción sus trayectorias, observando un comportamiento aleatorio, típico de los llamados “fermiones”, en contraste con el instinto gregario, mimético, de los “bosones”.

 

Leamos lo que escribe Benemelis sobre este microcosmos: “La conexión supraluminal de Bell [...] subvierte el principio de que el mundo está compuesto de objetos individuales cuyas propiedades no están relacionadas, mostrando que las zonas del universo [...] se hallan realmente enlazadas de una forma íntima e instantánea en el tiempo sin importar las distancias”. Un postulado que, paradójicamente, viene a reivindicar la vieja tesis de la unicidad del universo cuando ya se hacen conjeturas fidedignas sobre la existencia del “multiverso”, o sea, de multitud mundos paralelos capaces de interactuar unos con otros. La hipótesis ha sido lanzada, entre otros, por David Deutsch. Pionero de la computación cuántica, el británico asegura que ya ha sido verificada en el laboratorio. 

 

La segunda hipótesis no es menos sensacional. Se trata de la desaparición de la materia, certificada experimentalmente por la física cuántica a partir de Max Planck: “La solidez de la materia... - nos mastica Benemelis el abstruso tema - es sólo una ilusión. Las propiedades fotónicas y electromagnéticas de los cuerpos [...] impactan nuestra retina de tal forma que éstos nos parecen sólidos, cuando en realidad es un semillero de corpúsculos... firmemente conectados por la fuerza electromagnética. De tal forma, el espacio entre las partículas que componen una masa, ya sea nuestro cuerpo, una silla o una roca [...] es mayor que la distancia entre el sol y la estrella más cercana”. Y el párrafo cierra con una frase que parece sacada de un cuento de ciencia ficción: “De no existir esta fuerza electromagnética, nada impediría que atravesáramos una pared”. 

 

Entretanto, el 3 de mayo de 2006 The Guardian dio a conocer que dos científicos, Graeme Milton, de la Universidad de Utah, y Nicolae-Alexandru Nicorovici de la Universidad de Tecnología de Sidney, demostraron experimentalmente la posibilidad real de hacer desaparecer un objeto por medio de un metamaterial. Los “superlentes”, que “borran” la luz refleja, sólo surten efecto a ciertas frecuencias y si el objeto se halla muy cerca del dispositivo emisor. Producen esa ilusión óptica emitiendo una luz refractada “distinta de la que conocemos” que crea alrededor del objeto un escudo similar al de los comics y películas de ciencia-ficción. Hasta ahora el sistema sólo funciona en dos dimensiones, pero los investigadores están trabajando en una versión tridimensional. Por lo pronto, se piensa utilizarlo en nanotecnología y aparatos para burlar los radares. El “Hombre Invisible” de los relatos de ciencia-ficción, aseguran ambos científicos, está a la vuelta de la esquina.  

 

En el apretado recorrido interdisciplinario que hace el autor de Paradigmas y fronteras... por la historia de la ciencia y la filosofía, un lector atento a los matices se percata con asombro de que, no sólo ciertas especulaciones lúdicas de la ciencia-ficción, sino también antiguas corrientes filosóficas irracionales o “idealistas subjetivas”, como las clasificaban los manuales de marxismo-leninismo, e incluso religiones, mitos y supercherías, contienen atisbos geniales. Ni siquiera el solipsismo, la teoría de que sólo existe “mi” mente, del mundo como mi representación (Schopenhauer) o mi voluntad (Nietzsche), puede ser descartado por absurdo, pues la llamada “realidad objetiva” sólo existe en la medida en que “yo” la percibo, y si yo muero...

 

“La propiedades físicas del mundo exterior [...] -afirma categóricamente Benemelis- están involucradas en nuestras propias percepciones, y ello cuestiona nuestro principio de realidad objetiva, de sentido común [...] Al ser partes de la naturaleza, es imposible eliminarnos del cuadro experimental”.

Se ha llegado a la conclusión de que la parapsicología (telepatía, telequinesia, clarividencia, viajes astrales, espiritismo y demás), la metempsicosis, los arquetipos neoplatónicos, la existencia del “multiverso”, los viajes al pasado o al futuro, el concepto de lo real objetivo como un continuum, una totalidad holográfica de infinitos presentes instantáneos coexistentes en dimensiones imperceptibles a nuestro aparato sensorial, todo ello podría no carecer de fundamentos científicos y ser otras tantas manifestación de lo incognoscible, de la “cosa en sí” kantiana. Las consecuencias harían palidecer hasta a las más desaforadas especulaciones de la ciencia-ficción. La realidad, sea ésta lo que fuere, supera a la fantasía.

 

Soltémosle riendas a la imaginación... Según David Deutsch (“El mundo es bizarro”, Der Spiegel, 11-2005), si en efecto existió un proceso por el cual los dinosaurios se convirtieron en tierra, entonces de algún modo debe de ser posible ejecutar la operación en sentido contrario, es decir, convertir tierra en dinosaurios.  De estar Deutsch en lo cierto, igual sería técnicamente factible la resurrección de los difuntos. Pura cuestión de técnica, no más. Ya sin eso, estoy a punto de convencerme - según mi particular interpretación del multiverso como una especie de baraja inacabable abierta en abanico con infinitas cartas separadas entre sí por infranqueables barreras sensoriales, cada una de las cuales conserva el reflejo holográfico de un instante mínimo concreto de nuestro entorno individual , a la manera como la luz de las estrellas refleja el pasado continuo de astros que hace miles, millones de años, ya no están ahí donde los vemos - de que alguna vez volveré a jugar, o acaso sigo jugando a perpetuidad en infinitos mundos, en el patio de mi abuela, bien lejos del naipe fatídico donde comienza el exilio.

 

Añadiendo una pizca de fantasía científico-técnica, igual me atrevo a predecir que el hombre moderno acabará descartando los riesgos del uso pacífico de la energía atómica. Y esto no sólo porque, como antaño el dominio del fuego - cuyo torpe aprendizaje de seguro provocó pavorosos incendios que aterraron al hombre primitivo al extremo de dejar acuñada en todos los idiomas la frase “jugar con candela” -, la tecnología sea perfeccionable sino porque intuimos que, en caso de catástrofe planetaria, en el multiverso podrían existir infinitas copias de La Tierra, todas ellas con su humanidad a cuestas, y las correspondientes réplicas de cada uno de nosotros y de nuestros antepasados cercanos y remotos, en infinita secuencia. Conclusión: de algún modo somos eternos.

 

Bromas especulativas aparte, de las religiones con su antropocentrismo, de la geometría de Euclides y la física mecánica de Newton, de la experimentación como criterio de la verdad, de la Ilustración, el positivismo y el marxismo con sus leyes inmutables y su concepto del progreso ininterrumpido de la humanidad, del existencialismo con sus negaciones sistemáticas y del estructuralismo con sus esquemas funcionales, hemos transitado bruscamente a las crípticas certezas de la física cuántica, la geometría “fractal”, y la teoría del caos. Según esta última, “el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tormenta en Nueva York”. Aquí viene a colación el Elogio de la locura, de Erasmo.

 

Pero, como insinúa Benemelis, aunque unas más novedosas que otras, todas estas teorías, y hasta la parapsicología y los mitos religiosos, son claves, según Benemelis, para explicar el mundo en sus propios términos amorfos y caóticos.  

“El caos - nos dice - es la predisposición al desorden, a la complejidad y a lo impredecible. [...] La naturaleza, como lo convalidan las partículas, es un mundo de caos, de prolífica confusión, administrado por un cuerpo de leyes de conservación que [...] sólo especifican lo que no puede suceder. Allí no existen leyes sistemáticas y racionales [...]: allí se quiebra nuestra clásica visión de un orden por encima del caos.” 

 

Ciñéndose más a lo humano, el autor aplica el “efecto mariposa” a la historia al sostener categóricamente que: “...La historia humana pudo haber sido diferente, y esa diferencia muchas veces ha estribado en sucesos o fenómenos fortuitos [...] Cualquier incertidumbre en el estado inicial de un sistema dado - no importa cuán pequeño e insignificante sea - puede reproducir un crecimiento geométrico de errores que terminan por afectar su comportamiento total futuro”.

 

De la cita se desprende que es recomendable tener muy en cuenta ese efecto mariposa cuando se trata de un experimento de laboratorio. En cambio, como en el desorden del clima, sería inútil proceder de igual manera frente a un fenómeno histórico. Sin embargo, es justamente lo que pretenden quienes ante la actual crisis biológica del castrismo exhortan al pueblo, a la oposición interna, al exilio y al extranjero a crear una especie de vacío de acción y opinión al interior y alrededor de la Isla para que todo salga bien. Su actitud, aparentemente sensata, equivale a un absurdo esfuerzo por suprimir cualquier tipo de turbulencias en un sistema cuya estabilidad no es de desear. Aparte de las contingencias, despejan de su ingenua ecuación el poder de la voluntad humana.

 

Ilustremos ese aserto sobre el imprevisible influjo del azar  - que con frecuencia adopta la forma de necedad o banalidad - en el desenlace de cualquier trama histórica. Suponiendo estables el resto de las circunstancias, la historia de América, y por carambola del mundo entero, habría sido, como sugiere Benemelis, mejor o peor si, en lugar de Moctezuma, a la llegada de los conquistadores españoles hubiese ocupado el trono azteca un soberano menos supersticioso, digamos, alguno de los súbditos que le mostraron cabezas de invasores para probar que no eran dioses. Pero el mito en la mente de Moctezuma era más real que los rostros exangües de los conquistadores decapitados. A la postre, no sólo pagó el craso error con su propia cabeza sino que sus tácticas de apaciguamiento no funcionaron y desaparecieron una tras otra todas las civilizaciones precolombinas. Obviamente, las cosas siguen siendo así especialmente en esta América hispana de lo real maravilloso. 

 

Llegados a este punto, podría pensarse que Benemelis no se cree eso de que “Dios no juega a los dados con el mundo”. Pero - aunque yo sin ser creyente más bien lo crea - en su caso no es del todo así. Paradigmas y fronteras deja amplio margen a la duda metafísica, al campo en perpetua expansión exponencial de lo aún desconocido, apuntándose a la socrática curiosidad del “solo sé que no sé nada”. Pero a la vez firmemente es un texto firmemente anclado en la tradición racionalista. Para que no quede duda al respecto, ya casi al final del texto afirma: “Muchos fenómenos no son desordenados como parecen a simple vista, y contienen a menudo patrones imperceptibles de regulación, que garantizan un comportamiento final estable, y que nos permiten encontrar leyes específicas dentro de la complejidad que se haya en la franja intermedia entre el orden y el caos”.

 Pues bien, esas “leyes específicas”, que como tales son transitorias y polivalentes, parecen estar marcando la hora final del castrismo. Podemos hacer algo o no hacer nada por acelerarla. Podemos, haciendo algo, retrasarla; o no haciendo nada, adelantarla. ¿Quién lo sabe?  Ahora bien, si nos atenemos a los enunciados de la teoría del caos sobre la dinámica de sistemas complejos y al papel preponderante de la subjetividad en el desenlace de los conflictos históricos, debemos al menos dejar al libre albedrío de cada cual la conducta a asumir en la actual coyuntura nacional. Por suerte, tampoco hay forma humana de poner acuerdo a todo el mundo.   

 Observación final

 Tomado al pie de la letra, el subtítulo del libro parece querer aterrar al lector: ¡al caos con la lógica; zambullámonos de cabeza en el absurdo! Pero es sólo un ardid publicitario. Bien leído, no es un alegato contra la lógica sino un desafío antidogmático destinado a despertar el interés y suscitar en sus lectores reflexiones de su propia cosecha como las que acabo de hacer. Desde ese ángulo, hay que leer Paradigmas y fronteras como una dramática exhortación a asumir el mundo - como hizo y sigue haciendo el propio Benemelis - con una saludable dosis de duda sistemática y lúdica curiosidad, una riesgosa aventura de desenlace imprevisible donde vale todo menos no apostar en serio a lo que se desea en el fantástico, enrevesado crucigrama de la existencia humana.

 

 

 

 

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