Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS  

 

     

                                                                                              Jorge A. Pomar, Colonia, Alemania

EL DISCRETO MAGISTERIO SUBVERSIVO DEL POETA

Don Manuel Díaz Martínez como recurso a la tercera instancia

Eso y algo más es patria / si cabe ahí la libertad.

/ Si no cabe, yo prefiero / morirme de distancia.

Manuel Díaz Martínez, Paso a nivel (1998)

El pasado 13 de septiembre de este año Manuel Díaz Martínez cumplió setenta años de edad en su lejano exilio canario. Hoy es un hombre libre sin más pesares que la nostalgia. Pero cualquiera que conozca por experiencia propia la desazón en que vivían los intelectuales de la Isla antes del "Quinquenio Gris", puede hacerse una idea de la impresión que me causó el poeta recién caído en desgracia cuando lo conocí en su casa del Vedado a principios de los 70. Por entonces acababa yo de entrar como traductor en el Ministerio de la Industria Básica (MINBAS), más conocido por "El Convento". Entre mis colegas destacaba una rubia alta con pinta de blanca cubana de buena familia. Ofelia Gronlier, burguesa de pies a cabeza a su pesar, dadas las circunstancias, pero no sin una nota de orgullo, respiraba por todos los poros su cuna privilegiada y sus estudios de artes plásticas en la Academia de San Alejandro, se jactaba de su amistad con "el pantagruélico gordo" Lezama y el "inefable gay" Virgilio Piñera, de estar casada con un poeta famoso.

"Madame Gronlier", como la bautizara un colega de francés, irradiaba el irresistible encanto de la burguesía ilustrada. Su desenfado y cierta solapada hostilidad oficiosa hacia su persona, a la que ella reaccionaba dejando caer al desgaire aquí y allá pormenores de su propio pedigrí revolucionario, desarmaron en breve mis prejuicios en favor de una afinidad que fue acrecentándose día a día. Ofelia era algo así como una distinguida oveja negra en aquel recinto encristalado de la planta baja de la antigua Compañía de Electricidad donde radicada ahora el Departamento de Documentación del MINBAS. Un acoso indefinible confería a su conducta esa sutil paranoia propia del aristócrata en tiempos jacobinos. Al principio medía sus palabras conmigo, dejaba caer veladas insinuaciones, sondeándome. Nos movíamos en un ambiente asfixiante en el que cualquier recién llegado podía ser otro soplón. Extrovertida al fin, fue bajando la guardia: "¿No has leído nada de Díaz Martínez?", me susurró un día.

La pregunta era retórica, pues acto seguido sacó de su escritorio unas hojas manuscritas y, echando un vistazo en derredor, cuchicheó un par de estrofas de "Restos de comida" y "Convite de don Francisco Quevedo". "Hai visto", exclamó en italiano al final. "No es que sea mi marido, pero es uno de los mejores poetas vivos de Cuba, qué digo, de la lengua española. De lo que non c’è dubbio, caro Giorgione." Balbuceé que hacía rato que sólo leía clásicos y autores no comprometidos. Resuelta a probarme lo dicho, me prestó ese y otros textos del poeta. Me cautivaron la suave metafísica autobiográfica centrada en objetos y circunstancias cotidianos, la sugerente autoexaltación del poeta en su imaginario convite con el autor de El buscón, la inusual ausencia de la manida épica revolucionaria.

Días después, con un rictus nervioso en los labios apretados, Ofelia me desveló su secreto en el comedor: Díaz Martínez estaba en desgracia desde que contrariara la voluntad expresa de las más altas instancias culturales insistiendo en premiar a Heberto Padilla. El poeta se había negado a concertar con el castrismo el pacto fáustico intelectual en virtud del cual, a cambio de premios, homenajes, viajes y otras prebendas, o simplemente de que los dejen en paz, escritores y artistas de la Isla suscriben cartas abiertas y otras patentes de corso autorizando al gobierno a priori o post factum para, entre otras víctimas, reprimir a cualquier colega que rompa las reglas de juego. Ofelia sazonó con lujo de detalles la historia de lo sucedido al infortunado autor de Fuera de juego y a su marido en aquellas jornadas de espanto cultural. "Manolo está pagando muy duro su honestidad intelectual". Lo más doloroso era que le habían prohibido publicar.

No recuerdo bien cómo ni cuándo, pero la invitación a visitar la familia no tardó en llegar. Tan pronto lo vi en su apartamento del Vedado se disiparon en el acto las dudas que traía bajo mi capote: el poeta no era homosexual vergonzante ni de carroza (donde se ve que el autor asociaba un poco la poesía a la pederastia, contra la cual tenía entonces sus prejuicios), ni uno de esos orates líricos, talentosos o no, que miran por encima del hombro a sus congéneres mortales. Tampoco gastaba lenguaje rebuscado ni vivía encerrado en la clásica torre de marfil. Detrás de su cordial parquedad del primer día, el egregio (el adjetivo me vino enseguida a la mente) bardo encubría a su vez un subrepticio examen de ingreso al visitante. Pronto me percaté de que había pasado la prueba, y en adelante su bien surtida biblioteca de la sala estuvo a mi disposición. Al cabo de un lapso prudencial, tuve incluso acceso a ejemplares selectos del sanctasanctórum bibliográfico que el matrimonio guardaba bajo siete llaves en el dormitorio.

El poeta, ex comunista de la vieja guardia, no era hombre de capilla. Conservaba, sin embargo, aquella gentileza aristocratizante que distinguía a la pléyade de intelectuales que militaban en o simpatizaban con el extinto Partido Socialista Popular (comunista). La delicadeza de sus maneras cuadraba sin resquicios con su temperamento flemático y con, digamos, su afable parsimonia. Su talante en público y en privado era displicentemente patriarcal, arcaico, pero engarzado, pronto lo comprobé, en una erudición enciclopédica. El hermético ostracismo oficial durante el Quinquenio Gris estaba acentuando en él una amalgama de hastío existencial, sensualidad metafísica y afán de independencia. La suya era ya la cosmovisión del hombre maduro desengañado que, habiendo renunciado a regañadientes a los dogmas utópicos de su mocedad, sigue apostando tercamente al mejoramiento humano.

Esta última paradoja se haría carne definitivamente en el Díaz Martínez del exilio, que acepta la caoticidad del mundo posmoderno sin caer en las trampas del nihilismo. Como Goya en la vejez, aún aprende, aún lo seducen los placeres elementales. Desde el principio me convenció su savoir vivre, manifiesto en su apego a la familia y los amigos, a la belleza femenina, al hábito de contar y reír chascarrillos; a los libros, los viajes, los festines, el vino y los perros (el gruñón de tres patas del Vedado me arruinó con sus filosos dientecillos el único par de medias que me tocaba al año; detrás de la efusividad del efusivo de Las Palmas, descubrí la aviesa intención de aparearse con mi pierna). Con el tiempo admiré en mi nuevo amigo su don contemplativo, y sobre todo ese inveterado amor suyo a la libertad que ya lo estaba sacando a trancos y barrancas de la aberración marxista y en el otoño de su existencia lo mantiene en pie de guerra con el castrismo.

La culinaria es uno de sus fuertes. El poeta no es un Bocuse pero se defiende en la cocina. De hecho, era el cocinero de la familia en aquellos años en que, tras entretenerse en el camino conversando con algún vecino, como la vieja del cuento, uno ya no sabía si iba o venía del mercado porque a la vuelta por lo regular llevaba la jaba (bolsa) tan vacía como a la ida. Con lo poco que conseguía - noté que no sabía "resolver" en el mercado negro - , plus una generosa pizca de ingeniosidad, le mataba el hambre a su gente. Me parece estarlo viendo ahora mismo con el ceño fruncido entre los peroles de su cocina, descifrando el enigma de la esfinge gastronómica insular: ¿cómo amañárselas para estirar la exigua cuota de racionamiento de modo que alcance hasta el fin de mes? Al final, aparecían como por encanto dos o tres platos a cada cual más estrafalario: compota de berenjena, revoltillo a capela, arroz de fideo, croquetas de "ave(-rigua)"… Sus hijas Gaby (Gabriela) y la Pity (Claudia), aquellas dos pirañas ojerosas de la generación de la pizza y el espagueti, devoraban aquellos engendros culinarios en un abrir y cerrar de ojos.

Al terminar de la cena, los platos vacíos de las chiquillas rivalizaban en brillantez con el feroz fulgor de unos ojos que clamaban por el reenganche. Encogido de hombros con expresión de impotencia en el rostro, el poeta-cocinero se volvía hacia el visitante enseñando las palmas de las manos. En vista del drama alimenticio de la familia, raras veces acepté el convite a aquellos solemnes banquetes de la miseria con cubiertos y manteles reñidos con la modestia de aquellos condumios improvisados con tanto esmero por el poeta cocinero. Tras la infalible tacita de café, ya en la sala, nos desquitábamos rumiando los manjares de la última visita al "Polinesio, "La Carreta" o alguna pizzería o cafetería de La Rampa y sus alrededores.

Aquí Díaz Martínez llevaba la voz nostálgica. Nos contaba cómo de joven en una sola sentada en "La Zaragozana" se gastaba el medio sueldo que le dejaba la obligada compra de libros en la "La Moderna Poesía" Vieja. La boca se nos hacía agua oyéndolo describir, entre chasquidos de lengua, aquel desfile de suculencias. O bien, era su padre quien enumeraba la miríada de platos al alcance del bolsillo de humildes marchantes de su bodega. Alguna vez, súbitamente inspirada, Ofelia extrajo del librero un ejemplar de la novela "Paradiso", del "gordo" Lezama, y nos leyó ritualmente el pasaje del banquete en casa de los Cemí: ...el pescado llamado emperador, que doña Augusta sólo empleaba en el cansancio del pargo, cuya masa se había extraído primero por círculos, langostas que mostraban el asombro cárdeno [...] una cuadrilla de langostinos [...] Una pasta de camarones gigantomas... ¡Joder!

Del mundo de ayer saltábamos a las vicisitudes actuales del dueño de la casa. De poeta laureado y diplomático en Bulgaria, el "Pompo", como le dicen sus dos hijas, había pasado de golpe y porrazo a persona no grata en su tierra. Gracias al minucioso recuento de su vía crucis, capté por primera vez el drama de la intelectualidad revolucionaria. Después de pasar revista, entre la jocosidad y el aterrillamiento, al "monotema cubano", abordábamos asuntos más halagüeños como historia y literatura republicanas, cine italiano, arte, chismografía de la UNEAC, etc.

En retrospectiva, me percato de que el poeta rompió pronto su ley de parquedad, pues casi todo lo que cuenta en sus memorias Sólo un leve rasguño en la solapa, prosa depurada hasta el tuétano, ya me lo sabía de carretilla. Citaré un par de las más conmovedoras escuchadas en su casa del Vedado. En realidad, contadas a dos voces por él y su mujer, con una ternura e indignación que parecían no haberse apagado todavía. Tras escuchar el lema de pedernal "dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución nada" con que Fidel Castro resumió su primer discurso a los intelectuales en la Biblioteca Nacional en 1961, Virgilio Piñera había pedido la palabra como un guayabito asustado para farfullar dos frases cargadas de funestos presagios: "Yo quiero decir que tengo mucho miedo. No sé porqué tengo ese miedo, pero es todo lo que tengo que decir".

Virgilio había mostrado más coraje y tanta vista larga como otro escritor no menos apreciado por mis anfitriones: Oscar Hurtado, en contraste un machazo probado en las zaragatas mafiosas de los años 40. Una tarde en que Díaz Martínez se quejaba de la escasa atención de los líderes de la Revolución a los intelectuales, hizo este sabio comentario: "Ay, Manolito, lo mejor que puede pasar es que no se ocupen de nosotros, porque el día que se ocupen de nosotros será para jodernos". La anécdota con Hurtado la contó Díaz Martínez, pero el drama contado a renglón seguido salió de la boca de Ofelia. Resulta que un día en que ambos se hallaban en la sede de la UNEAC habían sido testigos de un impresionante acto de represión: en un gesto de desesperación un joven que había doblado corriendo la esquina de 17 y K ya casi sin aliento, se aferró gritando a la verja de entrada a la sede de la UNEAC. Instantes después varios agentes de civil lo apaleaban y se lo llevaban a rastras hacia un auto ya con el motor encendido.

Poco a poco el recuento de las estaciones del desencanto de mi anfitrión fue surtiendo el efecto de convertir mis dudas en convicciones. A mi vez, describía mis traumas en el laberinto de internados escolares del régimen. Como un atardecer, machete en mano, al final de la jornada de corte en una zafra interminable, me había preguntado por obra de cuál sortilegio mis sueños de adolescente habían acabado en aquella pesadilla de pasado remoto recurrente que tanto recordaba los relatos sobre esclavos, barracones y cañaverales en tiempos de esclavitud. La respuesta me la servían sin contemplaciones las cucharas de amargura propia que la pareja me iba administrando en un mano a mano en el que yo, todo oídos, tomaba mucho más de lo que daba.

Aunque con estilos encontrados, ambos somos polemistas natos. Por lo común, yo a la ofensiva y el poeta, siempre atento al disparate, a la riposta, somos también demasiado cabezones para coincidir en todo. Pero no recuerdo que nos hayamos enfrascado jamás en una de esas rabiosas, inútiles discusiones a que con frecuencia me lleva aquí en Europa mi perniciosa tendencia a decir la última palabra a riesgo de perder amistades. Por respeto se la cedía a quien muy pronto concedí la plaza de hermano mayor que dejaron vacantes los retozos de alcoba de mis padres. Locuaz como soy, el poeta me dejaba - me deja todavía - explayarme a mis anchas, limitándose por lo general a empatar cabos sueltos, precisar datos, nombres y fechas, matizar enfoques. O bien, enmendándome la plana sin circunloquios, hacía añicos con una frase certera los castillos de arena erigidos por mi desbocada argumentación. En estos últimos casos adoptaba la pose seria del maestro que no admite réplicas. A medida que me cogía afecto, iba ejerciendo sobre mí una especie de discreto magisterio subversivo. Cada vez más riguroso, me recomendaba obras y autores allí donde notaba mis lagunas, bajándome breves conferencias que enriquecían mi bagaje cultural. En fin, se tornaba más franco, dejando aflorar a ratos sin rebozo su faceta didáctica, un privilegio que el poeta no concede a cualquier neófito.

En la sala de su casa escritores cubanos como Lezama Lima, Virgilio Piñera, Heberto Padilla, Fayad Jamís, Eliseo Diego, José Lorenzo Fuentes, Lorenzo García Vega, dejaron de ser para mí, un diletante sediento de conocimientos, meras referencias nominales para convertirse en personajes de carne y hueso. Igual se les arrancaba el pellejo a los Portuondo, Retamar, Otero, Pavón y el resto de la clique que se prestó al montaje del caso Padilla. Sus furores críticos sólo se atenuaban cuando hablaba de sus mentores ideológicos del PSP, como Lázaro Peña, Aníbal y César Escalante (tronados los tres); Blas Roca, Carlos Rafael Rodríguez y Juan Marinello. A todos ellos lo unían viejos vínculos de amistad; los dos últimos lo habían promovido en sus inicios como periodista en los años 50 y, hasta donde les fue dable, extendido su mano protectora sobre el poeta en desgracia. Gracias a sus comentarios sobre el PSP, pude conocer de primera mano la rocambolesca trama del ocaso voluntario de aquel partido comunista que, al renunciar a su política más bien socialdemócrata de antes en favor del castrismo, había cavado su tumba.

Entre otros foros semiclandestinos de la época, fue en casa de Díaz Martínez donde mejor descifré el significado del apotegma socrático "Sólo sé que no sé nada". El poeta, fortísimo en los dos Siglos de Oro españoles, no lo era menos en literatura del XIX y primera mitad del XX. Orador temible, cuyas ironías pueden marcar a fuego al impertinente que agota su paciencia, Díaz Martínez, es parco en el uso de su arsenal retórico. Nunca da dos estocadas donde basta con una y, a palabras de burro, oídos sordos... Sus lacónicos artículos restallan como fuetazos sobre el lomo de la bestia. Pero libra su batalla mediática sin desplantes ni imposturas, ateniéndose rigurosamente al hoy pisoteado canon retórico grecorromano. Sigue siendo diestro en guardar las distancias, condescendiente, casi imperturbable en su cortés parsimonia. Pero, ojo, cuando se siente ninguneado o herido en su amor propio, monta unas cóleras ciclópeas. Me consta. En la Isla, algún que otro ex amigo y colega, lisonjero hasta ayer mismo cuando todavía un placet suyo en la Gaceta de la UNEAC podía hacer la diferencia entre el debutante y el consagrado, al día siguiente de su caída en desgracia cambiaban de acera al verlo venir o, en plan de sicofantes, intentaban sondearlo. Aunque también es cierto que la mayoría nunca le viró la espalda. Tan grande era su prestigio.

Me contó que un día Ofelia, ofendida, le comentó que un amigo cubano de los años al que habían alojado en su casa de Las Palmas recelaba de ellos. Soy testigo de las engorrosas gestiones que debía efectuar en Las Palmas para cobrar los magros honorarios que le pagaban de Pascuas a San Juan por la edición de una de las más bellas revistas literarias que he visto en mi vida. De hecho, la agonía del poeta, que malvivía de esos ingresos, me recordó las súplicas de Cervantes para cobrar su pensión de veterano de Lepanto. Para colmo, la Real Academia Española, de la que es miembro correspondiente desde la década de los 80, suele ignorarlo con pretextos baladíes. Él tan ecuánime como de costumbre, pero sin rebajarse. Y es que, pese a haberse vuelto más cauteloso bajo el las acechanzas y sinsabores del exilio, nunca ha renunciado del todo a la máxima andaluza que reza: "To er mundo e güeno", hasta que demuestre lo contrario. No lo ha tenido fácil en el exilio. Pues, si bien es verdad que en la libérrima península, como antes en nuestro tiranizado archipiélago antillano, cuenta con amigos y admiradores, no es menos cierto que hasta España llega, como no se cansaba de advertir su padre, la larga mano del castrismo, que tiene aquí su quinta columna.

En tanto que intelectual exiliado que reclama el concepto de patria como espacio de libertad y democracia también para Cuba, el poeta sigue siendo acá la clásica vox clamantis en un ambiente político, académico y mediático atávico que, cuando no concibe ranciamente el totalitarismo cubano como una oscura revancha por la derrota del 98, se apunta santurronamente a las ondas altermundistas de los aluviones del eurocomunismo y la generación del 68. De modo que Díaz Martínez, como todo exiliado cubano en el Viejo Mundo, se bate en dos frentes, expuesto como está al desdén, la hostilidad, el boicot y, en ocasiones, al ultraje de la falange procastrista, cuyos miembros han tenido el desparpajo de piquetearlo más de una vez.

Por la fecha en que nos conocimos, y con toda seguridad hasta fines de la década de los 80, el poeta - al igual que yo, y hasta Ofelia, siempre la más radical de los tres - se hallaba lejos del punto de rotura. En su fuero interno, como el marinero que confía en sobrevivir a un naufragio inminente, seguía agazapado en la popa de aquella nave de los locos en que se había metamorfoseado la Isla. Aunque apenas le dejaban redactar a título anónimo las breves notas introductorias de Radio Enciclopedia, su fe en un giro de timón desde arriba se nutría del paulatino deshielo que, además de atenuar la miseria, a la postre trajo en su tren su ansiada reivindicación.

Me viene aquí a la mente la angustia de Ofelia la mañana en que me confesó que el poeta había caído en cama. Era evidente que mi saudosa amiga (murió inesperadamente en el exilio canario) debía de tener razones para temer por su vida. Esa tarde, tras observar al poeta revolcarse gimiente, afiebrado entre las sábanas, me marché con el presagio de haberlo visto vivo por última vez. Una soriasis aguda le había bordado la piel con una tupida filigrana de erupciones. Efecto psicosomático del peor castigo que se le puede infligir a un escritor nato: la prohibición de publicar, que le estaba matando el estro.

Retengo también en mis pupilas la trémula emoción de niño en día de Reyes con que irrumpió un mediodía del año 1984 en el edificio del MINBAS y, como el panadero que vende las primeras hogazas humeantes después de una prolongada hambruna, empezó a repartir ejemplares de Mientras traza su curva el pez de fuego, el poemario que lo sacó de las neveras culturales del castrismo. Luego vendrían antologías y nuevos poemarios, la reanudación de sus viajes al extranjero, su inclusión en el homenaje con bufé y panegírico en el Palacio del Segundo Cabo a los poetas de la Generación del 50. Renaciendo de sus cenizas, el poeta había recuperado de golpe y porrazo salud y estro. Perdonados los agravios, dueño otra vez de su acostumbrado aplomo, mi amigo nadaba entre enhorabuenas y reconocimientos postergados. Pero los prelados del Santo Oficio castrista le habían enseñado los instrumentos.

Calcularon mal. El poeta no era hombre de "ande yo caliente, y ríase la gente". No desdeñaba "mantequillas y pan tierno", pero tampoco seguía a su maestro Góngora en eso de "traten otros del gobierno del mundo y sus monarquías...". No concebía su reivindicación como una dádiva sino como un acto de elemental justicia. Tan pronto volvió a presidir el más alto jurado de poesía en Cuba en 1989, estampó otra vez su firma al pie del pergamino que otorgaba el "Julián del Casal" a la autora de Hijas de Eva. María Elena Cruz Varela era una poetisa "en llamas" que, lo sabía él mejor que nadie por ser su paño de lágrimas, le venía pisando los talones de la desgracia a Heberto Padilla. El poeta no había doblado la cerviz. Esta vez no se retractaría con tal de salvar del descrédito a la "Revolución agredida". De momento, no hubo represalias.

Por lo demás, se habría conformado de buen grado con que el gobierno rectificara su marcha de cangrejo. A posteriori, me atrevo a asegurar que, para que no quemara las naves, habría bastado con que el gobierno se sumara al carro de la Perestroika. Ya he dicho cuán obsecuente era. Desafortunadamente, el castrismo castrista, azorado ante la inminente debacle del campo socialista, se puso definitivamente los ojos en la espalda. Comenzaba el "Período Especial". El fusilamiento del general Ochoa en 1989 fue la gota que colmó el garrafón de su paciencia. A partir de ese asesinato jurídico, los hechos se precipitaron. En mayo del 91, María Elena Cruz Varela, expulsada de la UNEAC desde el 89, lanzó una iniciativa que pasaría a la historia como la "Carta de los Diez", un pliego de reclamos al gobierno que no podía ser más moderado.

Para evitar que algún agente del régimen hiciera abortar la iniciativa, la recogida de firmas se efectuó en el más estricto sigilo. Díaz Martínez, uno de los pocos iniciados, pasó por alto mi condición de militante del PCC y me exhortó a firmar. De hecho fui el único comunista activo en la lista. Pero el poeta, la firma más prestigiosa en la Carta, fue más allá del gesto de protesta. No sólo resistió a pie firme los interrogatorios y vejámenes a que fue sometido sino que dio un paso más sobre el tablón del suplicio y saltó al vacío junto con la poetisa y su grupo opositor "Criterio Alternativo", al que yo pertenecía. En lo adelante, y hasta nuestro arresto en noviembre del 91, sería nuestro primer consejero.

Una mañana de visita en la Prisión Provincial de Cienfuegos, donde cumplía una sentencia de dos años, mi difunta esposa Gipsia Cáceres de la Guardia me anunció que en el diario Juventud Rebelde deslizado en mi jaba venía una noticia relacionada con el destino de un amigo muy querido. No dijo más, porque en aquel comedor del penal de Ariza las paredes tenían oídos. De regreso en la celda lo primero que hice fue abrir el periódico. A toda plana aparecía una caricatura del poeta montado en un par de patines con sendas maletas en las manos. No estaba mal el dibujo. Y me hizo feliz porque, sin leer el texto, sabía que a esas alturas (corría el año 1992) el poeta ya debía de estar a salvo en alguna tierra más afortunada. Los argumentos de libelo inauguraron la capciosa estratagema de acusar de apostasía a los intelectuales disidentes, echándoles en cara su defensa anterior de la Revolución.

Se equivocan los amanuenses culturales del régimen. No estamos en el Medioevo. Cuando la fe en una causa se revela como un dogma criminal, la apostasía es un mérito. Díaz Martínez tuvo el coraje de cometerla. Para tantos intelectuales del patio que a estas alturas aún se debaten entre la duda y la certeza, los privilegios gremiales y los sacrificios de la libertad, el poeta bien puede fungir como el recurso a la tercera instancia afín. Tiene en su haber el singular aval de ser el único presidente de jurado literario en la historia universal del totalitarismo que puede ufanarse de haber tenido la osadía de premiar a dos autores contestatarios. Pese a irle mejor que nunca antes en el exilio, ha pagado, está pagando un alto precio espiritual. Con todo, a sus 70 años, desde el balcón de su apartamento frente al Atlántico en Gran Canarias, "don Manuel", como le llaman allá, mira hacia su lejana Isla, tal vez muriéndose "de distancia", como dice en los versos del epígrafe, pero con la conciencia tranquila y la frente en alto.

Jorge A. Pomar

Colonia, 8 de noviembre de 2006