Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

                                                                 Jorge A. Pomar, Colonia, Alemania

¿QUÉ SE CUECE EN LA HABANA?

La oposición interna de cara a la sucesión castrista

                                                

"Lo peor del dragón está en la cola". Guillermo Cabrera Infante

 

 A más de tres meses del cambio de mando provisional, el secretismo de La Habana sigue dando pie a especulaciones acerca del presente y el futuro de la Isla. Poco más ha sucedido desde entonces. Con todo, un par de datos van quedando en limpio. Primero, no se trata de un maquiavélico simulacro de sucesión sino de la agonía real del Máximo Líder. De todos modos, el traspaso de poderes ha funcionado como un ensayo exitoso de cara a la sucesión oficial. Por ese lado, sin novedad en el frente, la calma es total. Al parecer, porque el experimento real aún está pendiente. Lejos de disipar las dudas tras 40 días sin dar señales de vida, el último vídeo (editado), muestra un retraso en la recuperación del Comandante en Jefe.

De una palidez fantasmal y con dificultades psicomotoras, Fidel parece hallarse en uno de esos estados postoperatorios en que las mejorías alternan con súbitas recaídas. Cualquier noticia puede ser ya falsa justo en el instante de darse a conocer. En consecuencia, tirios y troyanos dentro y fuera de la Isla siguen a la espera del gran palo periodístico (Cubavisión) o breaking news (CNN) que inaugure el reinado de Raúl. Tercero, que mientras Fidel conserve un mínimo de lucidez, ya sea continua o siquiera esporádica, se mantendrá el statu quo, no pudiendo Raúl ir mucho más allá del cambio de estilo de dirección inherente a su parquedad castrense o el par de reemplazos de segundo rango (transporte, CTC).

 

Cambio de estilo y tentativas reformistas

 

Mientras persista el impasse, el heredero no se arriesgará a dar un posible paso clave en política de cuadros como, por ejemplo, la reposición de Carlos Aldana, ex jefe ideológico del Partido, o Roberto Robaina, el carismático secretario general de la Juventud Comunista y ministro de Exteriores en los 80. Otro tanto puede decirse de los negocios por cuenta propia y de la legalización de empresas de clase media regentadas por cubanos. Con la promesa de Raúl, cumplida de antemano, de que los discursos largos bajarán a la tumba junto con Fidel, la población ha podido descansar al fin de sus maratónicos discursos y tampoco se ha vuelto a convocar a los multitudinarios rituales de masas al uso. El resto de las novedades es un énfasis en la eficiencia de la producción y los servicios, y el resurgimiento de columnas críticas en algunos periódicos (véase, “Acuse de recibo”, de José Alejandro Rodríguez, en Juventud Rebelde), que no llega a rebasar los niveles de tolerancia crítica de los años 80.

 

Del discreto modus operandi de Raúl sirva de botón de muestra la súbita reanudación de los trabajos para extender el suministro de gas a un barrio capitalino. En uno de los pocos testimonios disponibles, cuenta desde La Habana la reportera del blog Fragments d’Ile (“Fragmentos de Isla”, véase link en Le monde) que las labores de excavación para tender las tuberías, interrumpidas sin apelación por orden de arriba al inicio del Plan Energético cuando ya sólo faltaba conectar a los hogares y repartir las cocinas, recomenzaron de repente el pasado 6 de agosto. Como por encanto apareció el anuncio de que “los contratos para el gas se firmarán la semana que viene”. Obviamente, deduce, el dirigente que dio la contraorden “sabe que Fidel no volverá al poder”. Son los primeros indicios del fin del voluntarismo económico.

 

 

Ramiro, el eterno rival, y Almeida, ¿el ex golpista?

 

Sucede aquí lo mismo que con los altibajos de líderes impopulares como el canciller Pérez Roque o el presidente de la Asamblea del Poder Popular Ricardo Alarcón. Sus cuartos de hora de entrada en escena y mutis por el foro parecen coincidir con las mejorías y recaídas del paciente número uno del CIMEQ. Fruto de estos tanteos fue la sustitución de la dirigencia del poderoso Grupo de Electrónica, hasta entonces feudo exclusivo de Ramiro Valdés, el eterno rival de Raúl. La promoción de este ex ministro del Interior a titular de Informática ha sido interpretada como una astucia de Fidel para evitar discordias. Pero, siendo Ramiro partidario de la reforma económica sin apertura política, su hostilidad hacia Raúl, si aún existe, es más virtual que real, cuestión de celos jerárquicos y en modo alguno de incompatibilidad ideológica. Su nombramiento podría se obra del propio Raúl para limar asperezas.

 

A excepción de Ramiro Valdés, sólo quedaría dentro de la vieja guardia del castrismo una incógnita: Juan Almeida Bosque, un comandante de la Revolución que, a diferencia de Ramiro Valdés, ha permanecido a la sombra, aunque con la aureola de ser el número tres de la Revolución. Tanto por su arrojo durante la gesta revolucionaria y el predicamento que le confiere su condición de símbolo de los nexos raciales del castrismo con las mayorías negras y mestizas del país, como por sus reconocidas agallas, hay que contar con Almeida. Para comprender que lo de las “agallas” no es una simple alusión a su coraje en la Sierra Maestra, basta recordar lo que, según cuenta Dariel Alarcón Ramírez (alias “Benigno” en la guerrilla boliviana del Che) le espetara en su cara a Fidel al inicio del Período Especial: “…Comandante, creo que ha llegado el momento de apartar los caprichos a un lado y sentarnos a analizar la realidad […]. Porque en realidad estamos gobernando basados en un capricho y ese capricho es tuyo”.

 

El lúcido desplante le costó un arresto domiciliario y una extravagante amonestación pública del Comandante en Jefe por dedicarse a escribir “cancioncitas” en tiempos difíciles. La anécdota de Benigno revela una faceta reformista de este lacónico comandante-compositor. Pero lo que ha salido a la luz hace apenas unos meses recuerda la antítesis latina Credo quia absurdum est (“Creo porque es absurdo”): documentos secretos de la CIA desclasificados en 2006 dan fe de un complot de los Kennedy con Almeida para orquestar un golpe palaciego en La Habana en el otoño de 1963. Según esos informes confidenciales, entre los motivos que habrían paralizado las pesquisas sobre el asesinato del presidente figuraba la necesidad de proteger a Almeida, pues Robert Kennedy estaba seguro de que el cubano había sido “sincero en 1963 y no un agente doble”. Según Thom Hartmann y Lamar Waldron en El Ultimo Sacrificio: John y Robert Kennedy, el plan para un golpe de Estado en Cuba y el asesinato de JFK, Editorial Barnes and Noble, sept. de 2006), Fidel no se enteró del complot hasta 1990. Acto seguido, Almeida desapareció del escenario político durante varios años.

 

Es probable que, a pesar de haber incurrido en un delito de lesa majestad, Almeida se haya salvado gracias a dos factores. 1) Por su influencia étnica como máximo representante negro de la Revolución, no cabía en ninguna cárcel ni podía ser alejado del poder sin graves consecuencias, y fusilarlo habría sido algo así como asesinar al negro que reza entre dos remeros blancos en el bote de la Caridad del Cobre, emblema de la unidad racial de la nación cubana. 2) Habría sido, después del general Arnaldo Ochoa, el segundo “Héroe de la República” mestizo en ser pasado por las armas en menos de dos años. Además, según los informes de la CIA desarchivados, la familia de Almeida (no está claro a cuál se refiere), sacada previamente del país por gestión personal de Bobby Kennedy, podría estar en posesión de datos comprometedores para el Gobierno cubano. Lo que pone sobre el tapete el naipe del chantaje preventivo. La rocambolesca historia del complot con los Kennedy puede ser cierta o falsa del todo o en parte. No lo sabemos, pero de algún modo es consistente con el historial de Almeida. Sea como fuere, permite clasificarlo como un hombre a favor del cambio, ya sea éste una sucesión a la Deng Xiaoping, como quiere Raúl, o una transición a la democracia, como la que habría tenido lugar caso de triunfar la conjura con los Kennedy. En fin, el autor de “La Lupe” no será una piedra atravesada en el camino de Raúl.   

La burocracia partidista y administrativa y las Fuerzas Armadas

 

A diferencia de Ramiro y Almeida, los demás personajes prominentes de la actual burocracia estatal carecen de arraigo en la población y en el Ejército. Algunos de ellos se han ganado con creces el desprecio de sus subordinados. A pesar del énfasis de Fidel en el papel de las instituciones, del carácter subalterno de esos dirigentes da fe el hecho de que Raúl no se haya molestado convocar al Comité Central ni a la Asamblea Nacional del Poder Popular. Y es que, en un régimen de ordeno y mando como el cubano, en ausencia del líder, el poder efectivo radica en última instancia en los altos mandos militares, en cuyas plantillas no figuran Alarcón, Lage o Pérez Roque; ni siquiera un Machado Ventura, Soberón, Lazo o Balaguer, casi todos ellos burócratas del Partido o la administración en edad de retiro o cerca de ella. Por lo demás, excepto los de Raúl, únicos cargos constitucionales, los otros nombramientos en la proclama son letra muerta.

 

A la hora de picar el pastel, es decir, nunca antes de la muerte natural o clínica del Comandante, sólo contarán los altos oficiales con mando directo de tropas. Por ese lado, el heredero, su jefe de toda una vida, tiene aún menos problemas que con los comandantes históricos. La incógnita serían los mandos intermedios en un ejército con cientos de miles de hombres. Pero dejemos ese tema para más adelante. De hecho, el único obstáculo previsible que Raúl tiene por delante, fuera de la incógnita de su avanzada edad y descalabrada salud, es la formidable voluntad de vivir y mandar de Fidel. Habiendo escuchado el diagnóstico preoperatorio sobre la base de biopsias y otros análisis, Raúl debe de saber si los médicos han desahuciado a su hermano y, de ser así, conoce el plazo de gracia que le va quedando.

 

En nuestro caso, condenados a la incertidumbre, no podemos despejar de la ecuación la contingencia de que ese plazo se alargue más de la cuenta. Seis meses más, por ejemplo, podrían ser fatales. Porque cada día con Fidel más o menos consciente, es uno más que alarga el interinato y acorta la sucesión, acentuando la nota tragicómica del exordio castrista. Y lo que es peor, dando margen a que el “azar concurrente”, como decía el poeta Lezama Lima, se interponga y el septuagenario heredero - más algún que otro elegible en la vieja guardia -, anteceda al Comandante en el descenso al sepulcro. Escenario que, al dejar acéfalo al castrismo, nos acercaría a la democracia por el atajo cruento de la guerra civil y la intervención militar como tabla de salvación, mal que nos pese. Sería el clásico final con horror. Pero el US-Army sólo intervendría a regañadientes si el conflicto se enquista.  

 

El dilema de Chávez

 

Es decir que, como veremos más adelante, aun con casi todas las cartas a su favor, las cosas podrían complicársele al heredero al principio o a mitad de trayecto y caer, lo cual nunca ocurriría sin derramamiento de sangre. Sin ir más lejos, ahora mismo la prensa venezolana se está haciendo eco de un urgente retorno por vía aérea a la Isla de contingentes de tropas especiales cubanas destacadas en Venezuela. Según el diario caraqueño El Nuevo País, el Gobierno cubano habría alegado que esas tropas de probada “lealtad” y “experiencia” (¡!) son necesarias para enfrentar una supuesta situación “sumamente delicada” (¡!) en Cuba. De confirmarse la noticia, cabe atribuir el movimiento a discordias con mandos militares, ya que no se vislumbra ningún conflicto con la población civil y las tropas especiales cubanas ni están mentalmente preparadas para reprimir al pueblo ni han sido entrenadas para esa tarea. Por otro lado, no hay amenaza de invasión y, que se sepa, nada similar ocurrió durante el traspaso de poderes.  

 

Si los vuelos no forman parte del calendario normal de relevo de las tropas en Venezuela, esa inquietante noticia podría tener algo que ver con el pulso entre Raúl y Hugo Chávez. Ahora bien, con el dispositivo de inteligencia y contrainteligencia que mantiene el Gobierno cubano en Caracas, si por cualquier razón Chávez amenazara con cancelar los envíos de petróleo subvencionado, a Raúl le sería fácil provocar su derribo y sustituirlo por algún general revolucionario menos excéntrico que reconozca la hegemonía de La Habana. Porque sin duda la Seguridad del Estado Cubana en Caracas habrá hecho su labor de zapa a ese fin. De hecho, bastaría con retirar las tropas para dejar al mandatario indefenso ante una insurrección de sectores descontentos de las Fuerzas Armadas venezolanas apoyados por la creciente oposición antichavista. Por esa cuerda, la mencionada retirada de tropas cubanas pudiera ser una advertencia a Chávez. Cierto, Raúl se jugaría en la partida el petróleo subvencionado del lago Maracaibo, pero en última instancia podría sobrevivir a su pérdida apostando al levantamiento del embargo, como la de nombrar (en el futuro, claro está) un presidente títere que podría ser, por ejemplo, Carlos Lage. En cambio, las tropas cubanas son de vital importancia para Chávez, que tiene sus razones para desconfiar de sus Fuerzas Armadas. Hay, pues, una especie de interdependencia desigual que actúa como una póliza de seguro a favor del cubano.

 

La coyuntura internacional

 

En resumen, casi todas las circunstancias dentro del país y en las relaciones con el principal aliado y financista extranjero, indican que a Raúl le será relativamente fácil imponer su vía china. En política exterior obran también a su favor los crecientes vínculos comerciales y financieros con China y Rusia, las tácticas de apaciguamiento de la Unión Europea, y el temor de América Latina y el Caribe a las consecuencias político-ideológicas (pérdida del caballo de Troya cubano contra Washington) y económicas (posición ventajosa de la Isla frente al turismo del Norte) de la democracia en la Isla. Todo ello en perfecta sintonía con una coyuntura internacional signada por un delirante antiamericanismo.

 

Dado que a Raúl no le quedan diez años más de vida como al viejo Deng al tomar el poder, ni Cuba es un país continental de Asia con 1.200 millones de habitantes sino apenas once a noventa millas de la pujante comunidad cubana en La Florida y la cuna de la democracia, lo normal sería que esa vía china no durara tanto como en el Reino del Medio. Con un poco de suerte, a la muerte de Raúl y el resto de la gerontocracia castrista - que por imperativo biológico debe de producirse en cadena en los próximos años - el nuevo pragmatismo habrá reconstruido las infraestructuras de servicio, abastecimiento, comunicación y transporte, reanimado la economía y la industria y atenuado en gran medida las actuales penurias, dejando el camino expedito hacia la transición pacífica o violenta.

 

El rol de la oposición interna

 

Lo óptimo sería la vía incruenta. Pero la realidad histórica, compleja y sujeta a imponderables, no suele tener en cuenta planes o deseos humanos. En todo caso, los líderes de la oposición interna, sin ser temerarios, han de manejarse con tino para resolver el dilema de no exponerse en balde sin desprestigiarse en el empeño y, a la vez, ofrecerle a la población una alternativa inequívoca durante las jornadas de incertidumbre del actual interinato. Le va en ello la supervivencia. La mayor dificultad que enfrenta en este sentido es la inexistencia de una sociedad civil independiente y sus propias, extemporáneas, pertinaces querellas de liderazgo.

 

Jaleada entre sí, parcialmente malquistada con el mal llamado “exilio duro”, la aún escasa oposición interna carece de capacidad de convocatoria. Constreñida al silencio, parte de ella exhorta a la calma en nombre de esa misma “paz social” (¡?) invocada por el Gobierno a favor del continuismo. Si bien sería injusto imputarle esa aviesa intención a cualquier líder opositor, lo cierto es que algunos de ellos están enviando un mensaje confuso, tendente a escindir el movimiento disidente y acentuar la parálisis popular. A este coro de incautos se suman, con sus honrosas excepciones, las voces de la jerarquía católica, evangélica y yoruba, que, admitámoslo, al pedir a la población orar u ofrendar por la salud del déspota se atienen a su rol. Añádase al cuadro el colaboracionismo abierto o el silencio cómplice de una mayoría de artistas e intelectuales sujetos al régimen en virtud de la hábil política de premios, prebendas, homenajes y subsidios del actual ministro de Cultura.

 

Por contra, ante la inminencia de la “solución biológica”, se despeja una incógnita positiva. A saber, que existe en la Isla un fuerte potencial de descontento, una mayoría silenciosa antisistema que abarca a todos aquellos sin arte ni parte en los beneficios de la nomenclatura. Su pasividad es pura máscara. En realidad, aguarda agazapada el momento propicio para entrar en escena. Lo que no quita que, de sobrevenir el interregno raulista, se contentaría provisionalmente con unas reformas a la Deng Xiaoping. Cualquiera que en los últimos días haya soportado las transmisiones de Cubavisión ha visto esas caras amarradas, reflejo del terror policial pero a la vez de un supremo desdén por el entrevistado de turno, que recita ante el micrófono la cantilena oficial. Y es que los cubanos descontentos, cualquiera que haya sido disidente ha podido constatarlo, también conservan su tradicional mentalidad caudillista. Cuando se les propone incorporarse a la disidencia, responden en su inmensa mayoría reclamando un liderazgo fuerte.

 

Desde luego, ese Mesías no surge porque el castrismo pone a buen recaudo a todo el que se pase de raya, hace labor diversionista entre la disidencia, generando un clima de intrigas y recelos mutuos, y reduce ex profeso las aspiraciones populares a la lucha por la mera supervivencia. (Esto último debe cambiar con las reformas raulistas.) Pero, dadas las expectativas populares, es obvio que algunos opositores se están haciendo a sí mismos un flaco favor al abogar a viva voz por la “paz social”. Lo más penoso es que, de rebote, sin querer los aludidos están señalando con el dedo a aquellos que rompen las reglas de juego tácitas y se arriesgan al choque frontal con el castrismo. Quiebran así no sólo la imprescindible unidad sino también esa inteligente interacción entre desafío y moderación que tan buenos resultados le han dado a la oposición interna en sus momentos más felices. Fue lo que de hecho sucedió el año pasado en ocasión del congreso de la APSC y, por desgracia, se repite ahora mismo en el caso de las Damas de Blanco, que de nuevo se toman el trabajo de desmarcarse urbi et orbi del aguerrido grupo de Marta Beatriz.  

 

De esa manera la disidencia cava su propia fosa, pues el segmento popular abiertamente antisistema aún minoritario que toma en serio al movimiento opositor reclama de sus modelos unidad de propósitos frente al régimen y una pauta de coraje civil. Consciente de que llevaría las de perder en un eventual conato de rebelión, por lo pronto rechaza el recurso a la violencia más por instinto que por principio, pero a buen seguro apoyaría resueltamente a cualquier bando militar sublevado contra el Gobierno, con tal de que sea lo bastante fuerte. Y es que en general el cubano, de por sí nada proclive al voluntarismo suicida, sabe por experiencia propia o ajena que el castrismo jamás cederá un ápice por la vía de la mansedumbre al estilo de Gandhi o Luther King. Cuando no opta por el apoliticismo, capea el temporal volviendo al redil de la religión, cuyo clero ahora los defrauda, o votando con los pies en una balsa. De ahí que hasta la fecha no engrose las filas de una oposición pacífica en franca minoría y fragmentaria, bajo acoso permanente y en buena medida penetrada por la Seguridad del Estado. Como en 1959, sólo pasará al bando opositor cuando ya se vea venir la caída del Gobierno. Falta para ello, además, el factor mediático, determinante en el triunfo de los barbudos. Sin perjuicio de la apatía general de la población, las actividades de los disidentes suenan más en el extranjero que en la Isla.

 

Posibilidades de implosión del régimen

 

Sin embargo, el potencial explosivo está ahí, latente. Y a menos que sea capaz de ver el futuro en una bola de cristal, nadie puede descartar una súbita implosión del régimen o un estallido popular. En realidad, aun siendo un proceso de probable desenlace incruento, sólo podemos hacer conjeturas acerca de lo que se cuece en Cuba. Como siempre en la historia, para entender cualquier realidad en movimiento, es preciso contar con las casualidades. Pongamos que un desconocido teniente, capitán o coronel se alce en alguna provincia, que un grupo cualquiera se queje en una plaza pública o unos espontáneos peguen unos carteles que dicen “Fidel, al fin te llegó tu fin” o “Fidel, más antes te tenías que haber muerto”, como ocurrió hace poco en la esquina de Martí y San Félix en Santiago de Cuba. Sería tan vano como injusto llamarlo al orden precisamente desde las filas opositoras. La rebelión armada y la desobediencia civil son recursos legítimos contra la tiranía.

 

Por si fuera poco, asombrosamente, el 11 de junio de 2006 la propia Asamblea Nacional del Poder Popular facultó a los mandos militares para “impugnar las decisiones de los jefes que contravengan las leyes”. (Este hecho nos remite otra vez a una de las dos interpretaciones plausibles de la retirada de tropas de Venezuela.) Aunque en la práctica el recurso sólo sea válido para defender al heredero, en principio el golpismo ha resucitado como una prerrogativa constitucional a favor de cualquier jefe militar osado que haga uso de él y salga airoso en la contienda. Está claro que la Némesis del poscastrismo sería el estallido de un movimiento cívico-militar como el de 1933 (que por lo demás triunfó gracias a una inesperada sublevación de sargentos) y no una intervención yanqui.

 

La Casa Blanca y la Moncloa

 

Lejos de albergar semejante propósito, la Casa Blanca reduce su mensaje a exhortar a los cubanos a no abandonar la Isla (su pesadilla) y apoyar un “cambio democrático pacífico”, incluso relegando el papel del exilio a un momento posterior. Y algo muy importante: no tiene ahijados políticos en sus filas. No hace labor de zapa entre la disidencia. El gran fallo histórico de Estados Unidos consiste en no haber sido capaz de colocar al menos una señal televisiva no interferible a todo lo largo y ancho de la Isla. En contraste, la España progre de Zapatero nos aplica sin disimulos una estrategia de dos carriles: 1) considerar a Estados Unidos y no al castrismo su adversario número uno en La Habana, y 2) priorizar a la disidencia antiimperialista. Vana ilusión: la Moncloa yerra en sus rancios afanes revanchistas. Para decirlo en términos culinarios: chorizos y paellas sólo arribarán de nuevo a las mesas proletarias de la Isla a la zaga de la Coca-Cola y McDonald. Nunca antes. Y el socialismo, en cualquiera de sus variantes, incluso la asiática, no tiene futuro en Cuba después del raulato. Es triste, sin embargo, que esa política trasnochada tenga sus seguidores confesos entre la oposición interna y la diáspora.

 

No cabe duda de que, con Raúl al frente o manejando los hilos del poder a la sombra, Bush saltará sin demora todas las barreras legales y levantará el embargo tan pronto La Habana dé la menor señal de distensión. Primero, con tal de anotarse ese sensacional mérito histórico; segundo, porque la ocasión se pintaría sola para blindar a los republicanos con un golpe de gran efecto de cara a las presidenciales de 2008; tercero, porque, si no, lo forzaría el Congreso, que ya estuvo punto de hacerlo hace poco. Condoleezza Rice ha reconocido sin cortapisas que el futuro de la Isla está en manos de los propios cubanos. Ahí, al menos de momento, Washington incurre en un craso error, habida cuenta de que ni los cubanos de la Isla ni los de la Diáspora estamos en condiciones, no ya de decidir lo que ocurre en nuestro país, sino ni siquiera de enterarnos de lo que se cuece en la Plaza de la Revolución. Menos aún si se impone ahora, como quieren el Gobierno y algunos opositores incautos, el “silencio de los corderos”.

 

Vanidad de vanidades

 

El resto son buenas intenciones o servidumbres locales en el extranjero y vanidad de vanidades en el interior. Si no hemos sucumbido a los fuegos fatuos del populismo izquierdista, la existencia de una poderosa derecha republicana en Miami sólo puede robarles el sueño a quienes tengan algo que perder, que por definición no son el pueblo. Al contrario. Si algo sabemos a ciencia cierta, es que la inmensa mayoría de los cubanos no odia ni al exilio ni a Estados Unidos, que es la tierra prometida de los balseros. Dejemos, por tanto, esas ficciones para los que hacen su agosto con el exilio político suave en Occidente o aún aspiran a sustituir el castrismo por alguna otra forma de utopía socialista. Por otro lado, la pluralidad dentro de la Diáspora, que incluye populismos a ambos lados del eje partidista (¿dónde no?), es consecuencia inevitable del Estado de derecho. Ese amplio espectro político de Miami, donde el castrismo posee compañeros de viaje que ya han soltado el grito de “ataja”, coincide con las escisiones del movimiento opositor en la Isla, donde tampoco le faltan. Esa fragmentación se deriva de la corajuda decisión de sus miembros de hacer uso de su derecho a la libertad en un entorno represivo. En libertad es hasta cierto punto saludable, pero hace daño bajo una tiranía.

 

La realidad es que, en lo que va de interinato, la fragmentaria oposición interna cuenta poco o nada en estas jornadas trascendentales. Cohesionados, aireando al unísono un programa elemental de libertad sin etiquetas de izquierda o derecha, anteponiendo el reclamo a la autocomplacencia, dejando de demonizar a Miami, que es después de todo su principal valedor en este carnavalesco mundo postmoderno, sin protagonismos petulantes ni estridencias temerarias, tal vez los disidentes jugarían un papel relevante durante el raulato. Por ejemplo, el que suscribe, que militó en el PCC y luego vivió en modesta medida el calvario de la disidencia, ha sido inducido aquí en Europa Occidental, donde se ama poco la libertad en el Tercer Mundo, a considerarse un “neoliberal o neoconservador de derechizquierda”. Así, con el prefijo y el neologismo, sin bromas, porque estima que la división de poderes, el pluripartidismo, el capitalismo, la economía de mercado, la sociedad de consumo, los derechos humanos, el Estado derecho, las relaciones de buena vecindad con Estados Unidos y la globalización son el único futuro halagüeño para Cuba. El resto, las cuestiones de bienestar social y filiación ideológica, deben quedar para el día después. Y no se resolverán en la esfera de la propiedad y la producción sino en la de la distribución. Por lo demás, el oxímoron del “socialismo democrático” y otros constructos intelectuales son utopías librescas gratas a fanáticos reciclados o burgueses vergonzantes.

 

Conclusiones

 

A más de ser una ilusión peligrosa, aconsejar a estas alturas una seráfica “paz social” (¡11,2 millones de cubanos, “gusanera” incluida, portándose bien para que todo salga bien!), discriminar al mal llamado “exilio duro”, desautorizar a políticos extranjeros que exigen sin ambages una transición democrática en Cuba y alinearse con aquellos otros que apenas piensan en posicionar a sus inversores en la Isla y eternizarla como punta de lanza contra Estados Unidos, son apuestas erradas conducentes al suicidio político de quienes las sigan. Sean cuales fueren sus razones. La mayoría silenciosa espera hoy de los líderes contestatarios una alternativa pacífica pero inequívoca al discurso continuista.

 

De la magnitud del descontento público y de la función catalizadora de la oposición interna, dependerán en última instancia tanto la amplitud de la apertura decretada por el heredero y la duración de su experimento chino como el grado de influencia de la propia oposición, que ciertamente corre el riesgo de salir desprestigiada de una crisis que, sin embargo, debería ser su gran oportunidad. Pese a sus relativas bondades económicas, o apoyado en ellas, el raulato va a ser también una dictadura pura y dura. Además, por extraño que parezca, los ruidos en el sistema, el descontento, la consolidación de una sociedad civil independiente y las posibilidades de revuelta serán mucho mayores durante el despegue económico. Sus logros surtirán el peligroso efecto psicológico de poner de manifiesto la inutilidad de los sacrificios pasados y las insuficiencias del presente.

 

Como quiera que se vire el heredero, si no va de entrada más allá de los postulados de Deng Xiaoping, afrontará problemas con la población. Y no a pesar de los cambios positivos que introduzca sino precisamente a causa de ellos. Le será más fácil eludir los conflictos internos de la élite que escapar a esa sutil paradoja de la civilización. Aquí vale recordar que el éxodo del Mariel y el nacimiento de la disidencia datan del período de mayor auge económico y apertura a la crítica en estos 48 años de castrismo. No en balde también la rebelión antibatistiana estalló en el período de máximo esplendor en Cuba, y no fue obra de los hambrientos sino de la clase media y la alta burguesía.

 

Curiosamente, de afianzarse Raúl en el poder, la historia de la Revolución Cubana de 1959 acabará mordiéndose la cola: en la práctica, esa casta militar aburguesada será una réplica del batistato, sólo que con un Batista totalitario al frente. Por si fuera poco, arrastrará consigo la caja de Pandora de los secretos inconfesables del castrismo. O sea, que tendrá que imponer una férrea censura. Así las cosas, es posible que bajo la égida de Raúl la Isla sea más bien el polvorín de 1933-1940 o 1952-1959 que el remanso social posfidelista que pretende el Gobierno. Y aun suponiendo que Raúl llegue incólume al límite biológico, en breve dejaría al país abocado a una transición pacífica a la democracia o a una devastadora guerra civil. Lo peor del dragón, como escribió Cabrera Infante, está en la cola. Vivir para ver…