Cubanálisis El Think-Tank

 

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS  

 

                                                                               Jorge A. Pomar, Colonia, Alemania

 

Confieso que he mentido

Apuntes para una relectura crítica de Neruda

 

Primera Parte

 

Historia de una involución ideológica

 

Johann Wolgang Goethe sabía desdoblarse rigurosamente en escritor y funcionario. Intelectual controvertido en su tiempo por su escandalosa vida privada y sobre todo por la osadía de haber ensalzado a Napoleón Bonaparte con el hegeliano epíteto de “La Razón a Caballo”, el príncipe de los poetas alemanes no murió precisamente en olor de santidad entre los suyos. Pero, al margen de las opiniones encontradas que merecen su vida y su persona, la sabia precaución de considerar la política y la literatura como compartimentos estancos salvaría su obra para la posteridad.

 

Dos años antes de morir en 1832, Goethe, que no era bajo ningún concepto un escritor conformista ni apátrida pero veía en el nuevo Código Civil francés la encarnación del progreso frente al conservadurismo prusiano, condenó cualquier pacto fáustico con el poder en el campo literario. “Jamás - escribe el autor del Fausto - me he preguntado qué desearía el pueblo ni cómo yo (por medio de mi poesía) podría servir al todo…” El escritor que lo haga - afirma categóricamente - “está perdido como autor; debe decir adiós a su libertad de espíritu, a su imparcialidad, y encasquetarse hasta las orejas el capirote de la mojigatería y el odio”.

 

Las lúcidas palabras el “príncipe de los poetas alemanes”, una advertencia anticipada contra Breton, Sartre y sus epígonos contemporáneos, le vienen como anillo al dedo a Pablo Neruda (1904-1973). A partir de su compromiso selectivo con la causa republicana en la Guerra Civil Española, el poeta chileno asume cada vez más un discurso de corte staliniano que cuadra mal con su temperamento y repercute desastrosamente hasta en sus temas predilectos del amor libre y el goce de la vida en clave íntima. Lamentablemente, ya en plena posesión de su estilo el joven poeta deja a un lado su angustia metafísica, su rico imaginario surrealista y su concepto nihilista de la existencia humana como caos y muerte para abrazar, y abrasarse él mismo en el empeño, la cosmovisión mesiánica del marxismo.

 

De paso, se despoja a menudo del estilo sutil, críptico, experimental de la primera versión de Residencia en la Tierra (1933-35). Su antigua empatía ácrata con los oprimidos, su amor a la justicia y el progreso social sin etiquetas, aún fuerte de las resonancias anarquistas de su adolescencia ­­- Neruda había simpatizado muy temprano con el anarquismo e incluso traducido a algunos de sus líderes –, ceden terreno a los clichés doctrinarios de España en el corazón (1936), Canto general (1950) y Canción de gesta (1961). A diferencia de otros autores contemporáneos que tarde o temprano rompieron sus ataduras con socialismo totalitario, como veremos más adelante al analizar sus memorias, Neruda se mantendrá fiel a la ortodoxia del Kremlin hasta el final de su vida.

 

Este fanatismo acabará arruinando buena parte de su poesía erótico-amorosa. Los hallazgos formales, la novedosa metafórica de Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924), con los cuales había sentado pautas en el género, imponiendo en la vanguardia iberoamericana el estilo que llevaría su nombre, nunca serán superados. El estro del poeta decae tanto que Juan Ramón Jiménez lo clasificaría como “un nerudiano cualquiera”. En efecto, un cotejo de Veinte poemas de amor... con, por ejemplo, Cien sonetos de amor (1959) revela que esta vez el implacable autor de Platero y yo dio en el clavo.

 

Contraste entre poesía amorosa y poesía comprometida

 

Hasta su llegada en calidad de cónsul a ese reñidero ideológico que fue el Madrid republicano, Neruda apenas ha rozado la temática ideológica. El latin lover, el bardo sencual de Veinte poemas de amor... poda con esmero cada verso.  Como corresponde al adolescente morboso que siempre fue, echa a volar su fantasía onanista en metáforas y símiles que rompen con el preciosismo modernista para alcanzar esa cualidad inefable atribuida a la mejor poesía. No hay o casi no hay en sus poemas enigmáticos cisnes, ni princesas de “labios de fresa”, tampoco rebuscados motivos de la antigüedad grecolatina ni virtuosismo métrico o rítmico a lo Darío sino más bien una tesitura coloquial, laxamente anafórica, cuajada de enigmáticas imágenes surrealistas, aciertos verbales y una voluptuosidad tan descarnada como original. Neruda se recrea en una morbosa descripción de los encantos del cuerpo femenino, rompiendo a ratos tabúes ancestrales del género:

 

      Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,

      como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina,/ obstinada..., 

(“Tango del Viudo”)

 

...y ruedas por el suelo manejada y mordida,

y el viejo olor del semen como una enredadera

de cenicienta harina se desliza por tu boca.

 (“Las furias y las penas”)

 

...y las horas después del almuerzo en que los jóvenes / estudiantes / y las jóvenes estudiantes se / masturban...

            (“Ritual de mis piernas”)

     

Más que una provocación para epatar al burgués al estilo de la vanguardia, el rescate del cuerpo y el erotismo de sus versos son frutos de un afán transgresor consciente que remite a Baudelaire y a su propia adolescencia ácrata:

 

Las gentes cruzan el mundo en la actualidad / sin apenas recordar que poseen un cuerpo y en el / la vida, / y hay miedo en el mundo de las palabras / que designan el cuerpo, / y se habla favorablemente de la ropa, / de pantalones es posible hablar, de trajes, / y de ropa interior de mujer (de medias y ligas de “señora”), / como si por las calles fueran las prendas y los / trajes vacíos por completo / y un oscuro y obsceno guardarropas ocupara el / mundo.

(“Ritual de mis piernas)

     

Es obvio que el chileno asume esta reivindicación del cuerpo femenino desde una perspectiva grata a un ego masculino. Neruda coloca a la mujer en posición central, como el más codiciable de los objetos preciosos, pero vista exclusivamente con los ojos del macho romántico tradicional sudamericano. Más que mujeres, esto es personas de sexo femenino con raciocinio, ethos y pathos propios, las amantes reales o imaginarias de sus poemas son apenas amigas complacientes, pasivas, cuando no amas de casa:

 

Sí, quiero casarme con la más bella de Mandalay, quiero encomendar mi envoltura terrestre a ese ruido de mujer cocinando, a ese aleteo de falda y pie desnudo que se mueven y mezclan como viento y hojas.

(“El joven monarca”)

 

Sus féminas son casi siempre hembras lánguidas, pasivas, puros cuerpos desmadejados (“blancas colinas, muslos blancos”, “vasos del pecho”, “rosa del pubis”) recreados por la mirada quemante de un yo poético tan arrabalero como la idiosincrasia del vasto público de ambos sexos al que aspira a cautivar el poeta, que escribía versos para las masas populares pero igual deseaba complacer a la crítica más exigente. Era la fórmula perfecta, y Neruda se cuenta entre los pocos poetas modernos que han logrado bailar sobre la doble cuerda floja de lo popular y lo culto.

 

Los reproches de machismo que le hicieron - y aún le hacen - las feministas no andaban descaminadas: el autor de Veinte poemas de amor... escribía sus versos de espaldas al progresismo de la época. En fin de cuentas, cuando escribe: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente...” le asigna a la mujer el mismo papel de interlocutora muda que exigen de sus novias y esposas los rústicos donjuanes de campos y suburbios sudamericanos. Otro tanto cabe decir de ese “amor de los marineros que besan y se van”, regando a su paso bastardos por doquier. Fuera de ciertas resonancias ácratas discernibles en su identificación con los oprimidos y su afición a la bohemia estudiantil, apenas se entrevé una brújula social en sus versos, que derivan su encanto de su belleza formal y del hecho de sustentarse parcialmente en clichés populistas y prejuicios atávicos que más bien refuerzan. Estamos, pues, sin duda ante el desenfado de un estudiante en la fuerza de la edad que aspira al Parnaso y vive con alegre desenfado la bohemia de sus célebres predecesores finiseculares.

 

En lo adelante, incluso en la poesía amorosa se notará una creciente brecha cualitativa entre el Neruda anterior y posterior al Madrid republicano: en el primero predomina el rigor estético del joven poeta provinciano innovador y deseoso de triunfar. El segundo es ya un gurú del género con múltiples epígonos envanecido por una fama reconocida urbi et orbi. Ahora suelta a vuelo de pluma sobre la cuartilla en blanco cuanto le pasa por la mente, en la creencia, sustentada en un éxito editorial sin precedentes, de que cuanto diga o escriba merece el imprimatur. Al final de su vida él mismo comentará: “Publicarán hasta mis calcetines”.  Esta boga traerá consigo un abuso del cliché erótico y el verso rutinario, que sin embargo superará cada vez que logre alejarse del mundanal ruido.

 

En cambio, en la poesía política, género en el que Neruda prácticamente se estrena a partir de su experiencia española, los efectos de la fama serían fatales desde el principio. Tanto que es difícil hallar en España en el corazón (1937), Canto general (1950) o Canción de gesta una sensibilidad poética sincera más allá del panfleto incendiario o el ditirambo de poeta feriante, como en estos versos de Canto general:

 

Viva Colombia, bella y enlutada / y Ecuador, coronado por el fuego, / viva el pequeño Paraguay herido y por desnudos héroes resurrecto, / oh, Venezuela, cantas en el mapa

con todo el cielo azul en movimiento, / y de Bolivia, los huraños montes, / los ojos indios y la luz celebro...

 Es difícil ver ahí otra cosa que una apelación trivial a la vanidad de esos pueblos. Trivialidad que alcanzaría su apogeo en el falso, delirante alarde indigenista de Alturas de Macchu Picchu, poema digno de figurar en los catálogos de las agencias turísticas del Perú. Dado el tremendismo de la hora, esta grosera veta panfletaria nerudiana tuvo un comienzo razonable con España en el corazón (1937), donde el poeta hace gala de una jerga de barricada, un discurso propagandístico al servicio de una didáctica maniquea y mesiánica.

 

Su autoexaltación como “poeta de la paz”, choca con su furibunda defensa de la “guerrilla poética”, como en estos versos de España en el corazón:

 

“Generales traidores / [...] mirad España rota: / pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos / pero de cada crimen nacen balas / que os hallarán un día el sitio del corazón." O en estos versos apocalípticos: “Y desde el laboratorio [soviético], cubierto de enredaderas / saldrá también el átomo desencadenado hacia vuestras ciudades [occidentales] orgullosas.”

 

Hace su aparición un tópico recurrente en su obra hasta el fin de sus días: la incitación al asesinato, el verso rabioso que clama por la metralla justiciera. A partir de ahí Neruda unce a perpetuidad el florido vagón de su lírica al por entonces arrollador tren del estalinismo. Tan firme fue el enganche con el Kremlin que sus memorias se leen como un intento de racionalizar su involución ideológica de cara a la posteridad. 

 

Neruda a la luz de sus memorias

 

Por fortuna, al margen de sus arrebatos ideológicos, el poeta sigue destacándose al final de su vida como un consumado prosista. Ejemplo de ello son sus memorias, que serán la base de esta semblanza del Neruda político. El texto de Confieso que he vivido (Seix Barral, 1986) se revela tan desigual en forma y contenido como la obra poética del autor. Cuando rememora su mocedad en Temuco, sus años de bohemia estudiantil en Santiago y su vida íntima, la desolación de sus consulados honorarios en Rangún, Colombo y Batavia, deleita al lector con un lirismo de incuestionable honestidad subjetiva. En contraste, tan pronto aborda la Guerra Civil española y otros conflictos posteriores, hasta el lenguaje colapsa, transmitiendo una visión sesgada, repleta de improperios y desplantes demagógicos. En realidad, esos furores aparecen ya esporádicamente en su obra anterior, como en este verso xenófobo de “Tango del viudo”: ... y de los ingleses que odio todavía.

     

Y es que Neruda, afirma Jorge Edwards, “decía que no sabía ser independiente”. Ese no saber ser independiente, asociado a su congénita mansedumbre y a su bien ganado prestigio, hará de él uno de los prospectos más brillantes disponibles en el mercado literario occidental para una URSS en busca de legitimación cultural. El PCUS y sus réplicas prosoviéticas cortejan con éxito a la élite intelectual del mundo. El banco de prueba había sido el conflicto español, donde Neruda dio la talla como simpatizante estalinista enfrentado por un lado al franquismo y por el otro a los trotskistas del POUM y a los anarquistas del CNC. Hasta el final de sus días en la Isla Negra Neruda será fiel a la línea soviética.

     

Vale la pena delinear a nuestro personaje en este sentido a la luz de sus propias memorias. A sus ojos, un crimen siniestro como el de Trotsky - asesinado a traición en su despacho  por un agente español del NKVD (antecesor del KGB) que luego asesoría al G-2 cubano - fue “una incursión armada” en la que “alguien había embarcado” al pintor mexicano David Alfaro Siqueiros, encarcelado en México por su complicidad en aquel vil asesinato. A continuación, dice haberlo conocido “en la prisión, pero en verdad fuera de ella, porque salíamos con el [...] jefe de la cárcel, y nos íbamos a tomar unas copas por allí, en donde no se nos viera demasiado. Ya tarde, en la noche, volvíamos y yo despedía con un abrazo a David que quedaba detrás de las rejas”. En verdad, consta que Neruda hizo más: ayudó a escapar a Siqueiros y lo proveyó fraudulentamente de un visado chileno. Atribución indebida que, unida a otros dos deslices similares, le costó una breve suspensión de su cargo de Cónsul General en 1941.

Sin comentarios... Para justificar su opción por los comunistas españoles del PSUC, Neruda pinta en bloque a los anarquistas (recordemos que él mismo había simpatizado con el socialismo libertario en su juventud) como deleznables pandillas de facinerosos sedientos de sangre y botín:

           

Por lo general se situaban a las puertas principales de los edificios, en grupos que fumaban y escupían, haciendo ostentación de su armamento. Su principal preocupación era cobrar las rentas a los inquilinos. O bien hacerlos renunciar voluntariamente a sus alhajas, anillos y relojes.

 Si bien, fiel a su inveterada manía de tratar con guantes de seda a los “grandes hombres”, exonera al líder anarcoterrorista Buenaventura Durruti, envuelve en una nube de olvido esa otra guerra civil intestina en el bando republicano que culminó en 1937 con el ajusticiamiento sumario de cientos de milicianos anarquistas y trotskistas en Cataluña a manos de la policía secreta republicana, dominada por el PUSC. La agudeza para captar y recordar pormenores desfavorables a los enemigos de su partido contrasta con su renuencia a entrar en detalles embarazosos cuando se trata de correligionarios.

 

Neruda recorrió muchas veces la URSS en pleno apogeo de las purgas estalinistas sin constatar la mínima injusticia. En vano se buscará en sus memorias una frase sobre los gulags, los procesos de Moscú, el pacto germano-soviético, las prácticas del KGB, el muro de Berlín, cuya construcción justifica en otros textos. No hay en sus memorias ni una sola alusión crítica a las insurrecciones de Budapest, Berlín y Praga, ni a las purgas que hasta la muerte del generalísimo en 1953 convertían en sombras a su alrededor a escritores y funcionarios soviéticos que hasta ayer habían sido sus interlocutores. Consta que Neruda matizó siempre en artículos y entrevistas apologéticas los horrores del estalinismo en nombre de la causa. He aquí un ditirambo que refleja su talante en la época:

 

Amé a primera vista la tierra soviética y comprendí que de ella salía no sólo una lección moral para todos los rincones de la existencia humana. [...] La humanidad entera sabe que allí se está elaborando la gigantesca verdad y hay en el mundo una intensidad atónita esperando lo que va a suceder. [...]

En contraste, durante una travesía por el Yang Tse capta al vuelo las pintorescas excentricidades de la vida cotidiana bajo la paranoia maoísta, que describe con sobrio humor. En desagravio acota:

“Esa combinación de vasta tierra, extraordinario trabajo humano, y eliminación de todas las injusticias, hará florecer la bella, extensa y profunda humanidad china [...] El inmenso puente sobre el río Yang Tse es [...] la más grandiosa obra de la ingeniería china...”

Pero cierra el elogio con una coña sectaria: “...realizada con la participación de los ingenieros soviéticos.” Igual razón interesada esgrime cuando reprueba las “teorías guerrilleristas de América”,  pero calza sus acertados argumentos con descalificaciones pueriles como la de que abrieron “las compuertas para toda clase de soplones”. Por lo demás, en Confieso que he vivido la manipulación retórica de acontecimientos históricos es una constante.  

Al margen de la banalidad de los argumentos, reaparece como una obsesión en numerosos poemas posteriores el leitmotiv del ajusticiamiento poético, llegando incluso a servir de título en el poema “Incitación al nixonicidio”. No en balde el escritor soviético más mencionado y elogiado, “unas de las más gratas amistades de mi vida”, en Confieso que he vivido es Ilya Ehrenburg, el furibundo promotor intelectual de la campaña de sadismo vindicativo que empañó la victoria soviética. Ilya Ehrenburg se destacó por exhortar abiertamente al Ejército Rojo a cometer toda clase de atrocidades en el territorio alemán recién ocupado. He aquí unas de rabiosas arengas dirigidas a los soldados del Ejército Rojo por este entrañable amigo y correligionario de Neruda:

“¡Matad! ¡Matad! ¡En la raza alemana no hay nada más que mal; ni uno entre los vivos, ni uno entre los aún no nacidos, nada más que mal! Sigan los preceptos del camarada Stalin. ¡Aniquilen a la bestia fascista de una vez por todas en su guarida! ¡Usen la fuerza y rompan el orgullo racial de esas mujeres alemanas! ¡Tómenlas como su botín de guerra! ¡A medida que avancen, maten, nobles soldados del ejército rojo!”

Imposible, por demasiado pública, que Neruda desconociera esta infamante faceta pública de su amigo. Numerosos pasajes en Confieso que he vivido revelan la falsedad de las ínfulas de adalid de la paz del poeta chileno, en particular dos de ellos. En el primero un despechado Neruda cuenta su desencuentro en Delhi con Nehru cuando, como representante del Consejo Mundial de la Paz, expuso al premier indio su preocupación por los esfuerzos de la India para dotarse de la bomba atómica.

En sus memorias presenta a Nehru como un político pusilánime que ve a su interlocutor chileno como parte interesada en la Guerra Fría. La realidad era ésta: consciente de que detrás del Consejo Mundial de la Paz estaba el Kremlin, Nehru se lo insinúa al huésped con flema hindú: “Sucede que los de uno y otro bando se golpean mutuamente con los argumentos de la paz.” Neruda miente a sabiendas al contar que, pese a ello, como miembro del jurado del Premio Lenin de la Paz alzó su mano a favor del hindú. Obviamente, el galardón al premier de la India obedecía a un diktat de la más alta instancia del PCUS y a Neruda sólo le quedaba la engorrosa alternativa de abstenerse.

En el segundo pasaje un Neruda embelesado olvida (demuestra) su pacifismo de capilla al describir sus impresiones ante el desfile de la cohetería nuclear en la Plaza Roja moscovita: “...Casi pudiera haber tocado con la mano aquellos inmensos cigarros puros, de apariencia bonachona, capaces de llevar la destrucción atómica a cualquier parte del planeta”.  Más adelante, recuerda el juicio sumario a un prisionero nazi que registraba meticulosamente sus crímenes en una libreta, acota enternecido: “Yo tuve aquella libreta en mis manos y aquel revólver que suprimió la vida de un cruel forajido.”  Probablemente, el reo merecía la sentencia, pero la actitud del poeta ante la cohetería nuclear intercontinental y la pena de muerte no es precisamente la que cabe esperar de un pacifista. 

Neruda sucumbió a la funesta ambivalencia de idolatrar a los déspotas del bando propio y demonizar a los del adversario. Así como su poesía está cuajada de odas a líderes de izquierda, menudean en sus memorias los retratos retocados de estos mismos personajes bajo la etiqueta de “grandes hombres”, un eufemismo detrás del cual se esconde el culto al llamado “hombre fuerte” de signo marxista. A fin de no meterse en camisas de once varas, pasa aquí por alto las discrepancias sectarias. Sobre Stalin, a quien ahora ve desde el umbral crítico oficial de la era poststaliniana en Moscú, escribe todavía en la página 433 de Confieso que he vivido:

Supe también que a la muerte de Stalin se encontró entre sus papeles una lista que decía: “No tocar”, escrita por él de puño y letra. Esta lista estaba encabezada por el músico Shostakovitch y seguían otros nombres eminentes: Eisenstein, Pasternak, Ehrenburg, etcétera.  

¡Ay de los dueños de los nombres que no figuraban en la lista! Pero, en fin, eran artistas y escritores menores y sus cabezas podían rodar sin gran pérdida para la cultura universal ni taquicardias para Neruda. Su amigo Ehrenburg, cuenta el chileno en sus memorias, se libró del gulag gracias a una providencial llamada telefónica del máximo líder. Neruda no ignoraba, pues, las cacerías de brujas, los horrendos crímenes de Stalin. Sin duda, temía por su propia vida, pero debía de sentirse razonablemente a salvo. ¿Acaso, como tantos poetas famosos, no le había dedicado él, Neruda, una oda a su sanguinario mecenas del Kremlin?

Pero lo esencial a sus ojos era que, en aquel listado de indultos, Stalin había dejado constancia documental de su fino olfato estético y cabal respeto a esas altas jerarquías intelectuales en las que figuraba el bardo chileno. Obviamente,  el concepto de justicia de Neruda era tan elástico por el lado izquierdo como rígido por el derecho. He aquí como se describe a sí mismo y a los de su capilla roja a raíz de la muerte del sátrapa georgiano en 1953:

 Stalinianos. Llevamos este nombre con orgullo.

Stalinianos. Es ésta la jerarquía de nuestro tiempo! 

Trabajadores, pescadores, músicos Stalinianos!

Forjadores de acero, padres del cobre, Stalinianos! 

Médicos, calicheros, poetas Stalinianos!

Letrados, estudiantes, campesinos Stalinianos!

Obreros, empleados, mujeres stalinianas,

salud en este día! No ha desaparecido la luz,

no ha desaparecido el fuego, 

sino que se acrecienta

la luz, el pan, el fuego y la esperanza 

del invencible tiempo staliniano!

 

De “En su muerte”

Del Gran Timonel dice: “¿Quién puede negarle a Mao la personalidad política de gran organizador, de liberador de un pueblo? ¿Cómo podría escapar yo al influjo de su aureola épica, de su simplicidad tan poética, tan melancólica, tan antigua?”  El “Confieso que he vivido” que sirve de título al libro es a la vez, qué duda cabe, un “confieso que he mentido”. Pero el poeta peca tan sólo por exceso de amnesia y distorsión de los hechos. Porque… ¿qué autor no se miente a sí mismo y a sus lectores al escribir sus memorias?

(Continúa)

 

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