Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS  

     

                                                                  Jorge A. Pomar, Colonia, Alemania

 

La socialdemocracia europea en crisis

¿Se salva o perece el estado del bienestar social? 

 

“No es el no franco-holandés el responsable de la crisis

de Europa; es la crisis de Europa la responsable del

rechazo a la Constitución. […] Repetir que todo va bien

nos conduciría a la catástrofe.

Nicolas Sarkozy, 21-02-2007

 

Primera Parte

 

Introducción

 

En la Primera Parte de este artículo nos ocuparemos del nacimiento y la evolución histórica del estado del bienestar desde Bismarck hasta la caída del Muro de Berlín. Para ello tomaremos como ejemplos los casos de Alemania y el Reino Unido.

 

Alemania, por su doble condición de haber sido, por un lado, cuna de la seguridad social y de la socialdemocracia; y por el otro, sede del totalitarismo de izquierda y derecha, que fueron ambos estados providenciales strictu senso.

 

El Reino Unido, por ser allí donde, bajo la férula de Margaret Thatcher, se llevó a cabo la primera reforma radical del estado del bienestar, que a grandes rasgos coincide cronológicamente con el desplome del bloque soviético y el inicio de la era postindustrial.

 

En la Segunda Parte, cuestionaremos la tesis marxista sobre la “misión histórica del proletariado” a la luz de la conducta real de la clase obrera frente a los distintos modelos socioeconómicos analizados y la creciente contracción del Sector Terciario (industrial). A renglón seguido, intentaremos delimitar los escurridizos contornos del llamado New Labour (Nuevo Laborismo) o “Tercera Vía” de Tony Blair.

 

Enseguida, describiremos las peculiaridades del estado del bienestar en Francia, lastrado por la herencia gaullista, antes de contrastar los programas de los candidatos de fuerza a la presidencia de la Grande Nation en las elecciones de abril-mayo (dos vueltas) de 2007. A continuación, especularemos acerca de las posibles consecuencias de esa inminente consulta popular para el futuro de la Unión Europea, que en breve cumplirá 50 años de fundada. Finalmente, analizaremos las perspectivas de cambio de la política cubana del Viejo Continente.

 

Bismarck, precursor del estado del bienestar

 

La socialdemocracia nace en Alemania a mediados del siglo XIX como un movimiento socialista revolucionario apoyado en la clase obrera e inspirado en el Manifiesto Comunista. Inicialmente, sus líderes propugnaban, en forma más o menos intransigente, la abolición de las clases sociales y de la propiedad privada capitalista, el derrocamiento del sistema democrático-burgués y la implantación de la “dictadura del proletariado”. Ambas corrientes eran, pues, subversivas en toda la extensión de la palabra. No obstante, poco a poco se fue abriendo un foso entre los dogmáticos del marxismo, que rechazaban de plano el parlamentarismo burgués, y los gradualistas o evolucionistas, que coqueteaban con la posibilidad de minar el sistema capitalista por la vía del sufragio. 

 

Concurría la circunstancia de que, además de proscribir y encarcelar a líderes contestatarios en virtud de la draconiana Sozialistengesetz (Ley Antisocialista) de 1878, el canciller imperial (Reichkanzler, jefe del gabinete imperial) Otto von Bismarck (1815-1894) neutralizó la propaganda socialista al introducir en 1874 una legislación laboral de nuevo tipo que incluía  los primeros elementos del sistema de seguridad social moderno, garantizando a la clase obrera seguro médico, subsidios por paro y accidentes laborales, y pensiones de retiro. A él se debe también la novedad de erigir barrios obreros. Su lema nacionalista: “Todo alemán, por el hecho de serlo, tiene el derecho a una vida digna”.

 

Bismarck hizo más: unificó el país en 1871 bajo la égida de Prusia, levantando las barreras aduanales, y protegió el mercado alemán por medio de aranceles prohibitivos, lo que trajo consigo una sensible mejoría del nivel de vida de las clases populares. Partiendo de los principios del nacionalismo y la beneficencia cristiana, Bismarck intentaba corregir las desigualdades más escandalosas del capitalismo sin violar las reglas de la libre concurrencia al interior del país ni afectar la competitividad de la economía nacional.

 

Su finalidad era garantizar la “paz social” entre obreros y capitalistas por medio de una red asistencial mínima que asegurase al trabajador de cara a los riesgos de la vida, inmunizándolo de paso contra el contagio socialista. La reforma bismarckiana prefigura en la época del primer  despegue industrial alemán lo que en la segunda posguerra se conocería como “economía de mercado social”. El “Canciller de Hierro” es, por ende, el primer precursor del estado del bienestar a nivel mundial.

 

Frente a la proscripción del Partido Obrero Socialdemócrata (SDAP), fundado en 1869, los socialistas reaccionaron fundando de asociaciones obreras de “recreo y educación”. Supuestamente apolítico, este movimiento se extendió por todo el país como un reguero de pólvora. Las tácticas de “no confrontación” ideadas por los líderes August Bebel (1840-1913) y Wilhelm Liebknecht (1826-1900) dieron resultado: en la primera mitad de la década siguiente ambos son elegidos diputados al Reichstag (Parlamento Imperial), donde sobresalen por su apasionada oratoria en defensa de las clases populares.

 

Sin embargo, a fines de la centuria ya era harto evidente que las tesis catastrofistas sobre las crisis periódicas del capitalismo y la depauperación de las masas populares no se estaban cumpliendo. Algunos teóricos socialdemócratas se percataron de que el capitalismo y sus instituciones democrático-burguesas eran mucho más flexibles de lo que habían previsto Marx y Engels. La escisión de la socialdemocracia no se haría esperar.

 

Comprobada la capacidad de adaptación del sistema, se acentuaron las discrepancias ideológicas, desgajándose las primeras corrientes del “socialismo reformista”. Anarquistas y comunistas, conocidos genéricamente como “socialistas revolucionarios”, se mantuvieron en sus trece, difiriendo entre sí en cuanto a la necesidad de suprimir de entrada la maquinaria estatal o utilizarla durante una fase de tránsito al socialismo. Pero todos, incluidos los reformistas, seguían de acuerdo en cuanto al objetivo final de suprimir las propiedad privada y descapitalizar la sociedad.

 

Bernstein y la socialdemocracia moderna

 

Remando a contracorriente, el berlinés Eduard Bernstein (1850-1932), discípulo personal de Engels y padre del “revisionismo”, publica en 1889 lo que podríamos llamar el palimpsesto de la socialdemocracia moderna: Las premisas del socialismo y las  tareas de la socialdemocracia, donde refuta la tesis marxista de la lucha de clases y la violencia como “partera de la historia”. Bernstein se decanta por la vía democrática y, aunque no renuncia a la utopía socialista, la engaveta hasta las calendas griegas.

 

Durante la primera posguerra, bajo el impacto de la decepcionante experiencia de los comunistas en el poder en la antigua Rusia zarista (Revolución de Octubre), el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) acabaría echando por la borda incluso su objetivo mesiánico original. A partir de entonces, tanto en la teoría como en la práctica, se consagraría más de preferencia a la tarea de defender los intereses del proletariado dentro del marco de la democracia burguesa y el estado de derecho.

 

En 1918-1919 tuvo lugar la última gran escisión en el seno del SPD: bajo la dirección de Rosa Luxemburgo (1870-1919) y Karl Liebknecht (1871-1919) se separa el ala izquierda del partido: la Liga de Espartaco, que pronto adopta el nombre de Partido Comunista de Alemania (KPD). Convencida de que no estaban dadas las condiciones para el triunfo de una rebelión proletaria, la Luxemburg apoya la insurrección de los espartaquistas “por razones partidarias”.

 

A su entender, en vez de la “vanguardia de la clase obrera”, es decir la nomenclatura del partido, el proletariado en su conjunto debía jugar un papel rector en la construcción del socialismo. Bajo la máxima “Libertad es siempre la libertad del que disiente”, se oponía al “centralismo democrático” leninista y aconsejaba el diálogo y la democracia dentro del movimiento socialista. Con ello se anticipaba medio siglo a las tesis del eurocomunismo y del socialismo democrático.   

 

Por fatalidad tanto para la historia posterior de Alemania y de la socialdemocracia, en 1919 ex oficiales revanchistas la linchan en Berlín junto con su correligionario Liebknecht. Resultado: tras varios conatos de rebelión armada, tan sangrientos como infructuosos, en 1925 asciende a secretario general del KPD un comunista de barricada: Ernest Thaelmann (1987-1944) quien, a la zaga de Stalin, tilda a los socialdemócratas de sozialfaschisten (“socialfascistas”).

 

Tras la capitulación alemana en 1918, la República de Weimar (1919-1933), presidida por el socialdemócrata Friedrich Ebert (1871-1925), parecía anunciar el triunfo de la línea revisionista. Nueva fatalidad: Ebert, estadista dotado de una fuerte voluntad de poder que tal vez hubiera metido en cintura a nazis y comunistas, fallece también prematuramente a la edad de 54 años, siendo sucedido en la presidencia del Reich por el mariscal Von Hindenburg. Aunque despreciaba al “cabo” Hitler, temiendo una alianza entre comunistas y socialdemócratas, el anciano monárquico le abre las puertas del Reichstag a Adolf Hitler.

 

Este infausto desarrollo no era inevitable: un pacto siquiera de ocasión entre socialdemócratas y comunistas lo habría abortado con relativa facilidad, ya que entre ambos disfrutaban de una cómoda mayoría en el Reichstag. Pero eran aceite y el vinagre. Como hemos visto, al SPD le sobraban razones para desconfiar del KPD, que consideraba a la socialdemocracia el enemigo número uno a batir.

 

Ambos, al igual que monárquicos y liberales, veían en los nazis un mal menor. Bandas de porristas de ambos partidos solían enfrascarse en batallas callejeras. De ahí que cuando, poniendo a un lado la tesis estalinista del “socialfascismo”, Thaelmann invita a los socialdemócratas a aliarse en una “Acción Antifascista” común, éstos hacen caso omiso del convite.

 

Ahora bien, como enseguida veremos, el ascenso de Hitler al poder no marcó del todo una solución de continuidad con los fundamentos del estado del bienestar. Otro tanto cabe decir, cambiando lo que haya que cambiar, de la extinta República Democrática Alemana (RDA).

 

Hitler logra la cuadratura del círculo socialdemócrata

 

El subtítulo suena chocante pero, analizando ambos sistemas sin preconceptos, refleja una verdad como una casa. En materia de asistencia social, la diferencia entre el estado del bienestar social, caro a la socialdemocracia, y un estado totalitario de derecha o izquierda, es decir, capitalista o comunista, es tan sólo de grado. Ambos son sistemas benefactores donde los intereses colectivos prevalecen, más o menos, sobre los del individuo. Parámetros y contradicciones son también los mismos.

 

Con la diferencia de que el régimen de propiedad privada (dominante pero no total, porque el sector estatal suele ser fuerte) del fascismo hace que sea económicamente más eficiente que el socialismo. Ambos son formas extremas de capitalismo de estado. En cambio, como veremos más abajo, el estado del bienestar social vive de la tensión entre privatizaciones y nacionalizaciones. Hecha la aclaración, que no huelga, continuemos.

 

La toma del poder por Adolf Hitler en 1933 no representó una solución de continuidad con el proyecto de estado del bienestar, frustrado en la República de Weimar. Descontando ventajas materiales como el despojo de la burguesía judía, el fin de la quiebra mundial y el saqueo de países altamente industrializados de Europa ocupados por la Wehrmacht (Fuerzas Armadas), la eficiencia económica del régimen nazi se explica en esencia por esta doble característica suya: amén de administrativamente eficiente (no rompió con la tradición prusiano de orden y aplicación), era un capitalismo de estado corporativo-asistencial y un régimen políticamente obsedido por la cohesión entre patronal y clase obrera.

 

En el Tercer Reich la educación era gratuita y obligatoria, el sistema sanitario funcionaba bien, el costo de la vida era bajo y, para que los alemanes no se aburrieran “cuando no estaban estudiando o enfermos”, aparte de los rituales de masas, los nazis promovieron el turismo popular. Bajo el lema “La fuerza por la alegría”, estimularon la práctica del deporte y la gimnasia colectiva, complementadas con programas de veraneo que incluían, por ejemplo, excursiones veraniegas a las islas alemanas del Báltico. Los nazis pusieron de moda el Volkswagen, “Auto del Pueblo”, diseñado para familias de bajos ingresos.

 

El marco imperial era una moneda sólida, había pleno empleo, sueldos y salarios eran decentes. Los campesinos recibían créditos blandos. Los Krämer (“tenderos” o pequeña burguesía minorista), base popular del régimen junto a la clase obrera y el campesinado, disponían de oportunidades de ascenso económico y social. La movilidad social, talón de Aquiles del régimen de castas anterior, e incluso de la actual RFA, experimentó una notable mejoría. No sólo por la naturaleza populista del nacionalsocialismo sino debido al desgate humano de la guerra.

 

La clase media profesional también tenía sus razones para sentirse satisfecha, dada la acrecentada demanda de servicios y la hipertrofia burocrática. Gracias a los enormes pedidos de la Wehrmacht y, en una medida aún mayor, al aumento de la demanda de bienes de consumo, la mediana empresa y los consorcios, base capitalista del régimen, obtenían ganancias hasta entonces insospechadas.

 

Los impuestos cada vez más altos que pagaba el empresariado colmaban el fisco fascista, que a su vez no escatimaba en las dos grandes sangrías pecuniarias de todo estado providencial: los programas de seguridad social y el aparato administrativo estatal, ambos tan onerosos como en el estado del bienestar de matriz socialdemócrata. Todo en el régimen nazifascista −no huelga subrayarlo− estaba en función de la conquista de “espacio vital” para la “raza aria”.

 

La maquinaria militar, principal fuente de financiamiento del estado benefactor nacionalsocialista, no podía detenerse sin comprometer la “paz social”. Las guerras estaban en función de la prosperidad de la raza aria y, viceversa. Cuando las arcas estatales crujieron bajo el peso de los bombardeos y de las derrotas de Wehrmacht en ambos frentes, el fisco nazi se cuidó hasta la debacle final de gravar en exceso a las clases bajas, aumentándoles los impuestos preferentemente a los grandes consorcios hasta la hecatombe final en 1945.

 

Hitler logró la cuadratura el círculo socialdemócrata: armonización (corporativa) de los intereses obreros y patronales a fin de evitar huelgas y quiebras; medidas keynesianas para eliminar el desempleo (por ejemplo, construcción de autopistas y vías férreas (con vistas a sus planes expansionistas); elevados impuestos al empresariado para costear los gastos asistenciales y el aparato burocrático estatal (fascista).

 

Cambiemos en el párrafo anterior el sujeto y los paréntesis, sustituyamos “saqueo de países satélites” por “comercio exterior ventajoso” o −para complacer a los izquierdistas− “intercambio desigual con el Tercer Mundo”, y tendremos en síntesis los postulados centrales del estado del bienestar social europeo. En cuanto a las “medidas keynesianas” contra el desempleo, se ocultan hoy, por ejemplo, en la RFA, detrás del eufemismo Arbeitsbeschaffungsmassnahmen (ABM, “medidas de creación de empleo”), en virtud de las cuales el estado subvenciona a empresas privadas para que contraten a desempleados crónicos en labores superfluas. (La diferencias se reducen a la cuestión de si el estado asegura al ciudadano desde la cuna hasta la tumba o sólo en parte.)

 

Sin embargo, el rearme y la guerra por sí solos no explican la eficiencia de la economía hitleriana, que sólo explosionó bajo el embate de los aliados. A modo de comparación: el fascismo italiano, estructuralmente idéntico, fue de principio a fin un desastre de proporciones mayúsculas. Y el bloque soviético −a despecho de la “teoría de la convergencia” de Sorokin-Galbraith-Tinbergen, según la cual la economía del mercado y la planificada tendían a coincidir en un modelo intermedio− implosionó por quiebra en tiempos de coexistencia pacífica.

 

La sustancia del pasado zarista (Lenin y Stalin no construyeron el Kremlin, ni Moscú ni Leningrado, igual que Fidel Castro no erigió La Habana) y los inmensos recursos naturales eurasiáticos, fuente financiera del modelo igualitarista soviético, no compensaban la irracionalidad inherente al sistema. Por el contrario, arquitectónicamente no dejaron otra huella que edificios prefabricados tan efímeros como los de Alamar. Hay, pues, un problema de eficiencia administrativa y psiquis colectiva de por medio. (Otro buen ejemplo sería el éxito económico de la China de Deng Xiaoping frente a las hambrunas del maoísmo.)

 

La política social hitleriana de Bier und Braten (“cerveza y carne asada”), combinada con los tradicionales hábitos prusianos de disciplina, laboriosidad, compensación social y funcionalidad administrativa −transferidos al capitalismo alemán por Bismarck durante la fase de apogeo monopolista− rindió excelentes resultados.

 

Bondades del estado providencial en la RDA

 

Por si al lector le quedaran dudas, he aquí un dato demoscópico desmitificador: encuestados sobre si bajo los comunistas eran más libres que bajo los nazis, los alemanes que escapaban a la Zona Occidental antes de la construcción del Muro, solían escandalizar a los inspectores germanooccidentales con respuestas de este calado: “Mucho menos. No hay comparación”. (Le mal français, Alain Peyrefite, Librairie Plon, 1976, p. 32).

 

El esquema se repite en la RDA: la insurrección obrera de junio de 1953 no tuvo su origen en un desafío al sistema socialista como tal sino en una en una protesta obrera contra el decreto que ordenaba elevar las normas laborales vigentes, que afectaban la rentabilidad empresarial. Fue el primer y único conato de rebelión masiva en Alemania Oriental hasta las manifestaciones pacíficas de Leipzig y la caída del Muro de Berlín.

 

El conflicto surgió debido a que el gobierno partía del principio de que había que trabajar más antes de comer más, mientras que los obreros creían lo contrario. Al final, los tanques soviéticos ahogaron en sangre huelga y disturbios callejeros. Pero los jerarcas del Partido Socialista Unificado de Alemania (SED) dieron su brazo a torcer: desempolvaron a la carrera la eficaz tradición social de “cerveza y carne asada”. Las normas laborales se mantuvieron siempre tan bajas que en los 80, para disgusto de sus colegas nativos, los incautos Gastarbeiter (“trabajadores invitados”) cubanos, ansiosos de forrarse de marcos, las duplicaban y hasta triplicaban sin apenas sudar la camiseta.

 

No hubo más protestas populares hasta las manifestaciones masivas de Leipzig en 1989. Fuera del exiguo movimiento disidente −por cierto, de características muy similares a las del cubano−, que fue un fenómeno más bien intelectual, las quejas, siempre entre lenguas y orejas de confianza, no iban más allá de aquel popular chascarrillo que reza: “Es una suerte que exista el socialismo… Y una desgracia que nos haya tocado a nosotros”. En la RDA, que igual gozaba de un excelente sistema asistencial, sueldos y salarios pagados por VEB (Empresas Propiedad del Pueblo) y los Kombinate (combinados o consorcios socialistas) eran bastante generosos, existía el pleno empleo y el problema de la vivienda lo resolvieron mediante un superávit de edificios prefabricados con la pésima técnica usada en Cuba pero con mejor acabado.  

 

Si bien echaban de menos la libertad y, sobre todo, la pacotilla occidental, en aras de la “paz social”, a los Ossis (apócope cariñoso de germanoorientales) se les permitía vivir bien, laborando poco y mal. Para que padecieran menos de ojeriza con respecto a los Wessis (germanoocidentales), el gobierno hacía la vista gorda ante el bosque de antenas parabólicas (en contraste con Cuba, donde ahora mismo están siendo desmontadas a la fuerza); liberó parte del comercio minorista con la cadena Handelsorganisation (HO, Organización Comercial) y las agencias profesiones libres; y creó la red de tiendas estatales paralelas “Salamander”, donde se podían adquirir productos de marca occidentales a precios subvencionados. Además, salvo períodos de crisis, los supermercados estatales estaban relativamente bien surtidos.

 

Por otro lado, se asignaba sin distingos (al cumplir los 15 cada joven podía solicitar el suyo) el ortopédico “Trabbi”, émulo socialista del Volkswagen. Las ofertas recreativas no se quedaban atrás: gimnasia masiva, excursionismo, vacaciones. Una ventaja nada desdeñable con respecto al Tercer Reich y la RFA: las mujeres estaban incorporadas al trabajo calificado en pie de igualdad con los hombres. Todo, claro está, en función del papel de “vitrina del socialismo real” asignado a la RDA, pero a costa de la modernización de la industria, que hubo que  

 

Sea como fuere, y esto es lo que nos importa aquí, lo cierto es que la herencia asistencial nazi y comunista no sólo no representó una ruptura total con las tradiciones socialdemócratas, sino que más bien las reforzó. De hecho −dejando a un lado la RDA, que es otra historia−, la primera dejó a la psicología colectiva germanooccidental mejor preparada para saludar, tras unos pocos años de sacrificios sin cuentos, las soluciones socialdemócratas de la segunda posguerra.

 

 

 

 

El “Milagro Económico” alemán

 

Tras 14 años de predominio democristiano, el estado del bienestar viviría su hora estelar en Alemania Occidental con el ascenso a la Cancillería Federal del primer socialdemócrata. La creación del Wohlfahrtstaat (estado del bienestar) fue, sin embargo, una obra iniciada por la democracia cristiana (CDU/CSU). No sólo porque a partir de 1966 el Partido Socialdemócrata (SDP) alternó en el poder con sus rivales conservadores, sino también porque ya antes estos últimos, al igual que los liberales del FDP −aliados indistintamente con ambos partidos para gobernar− hicieron suyas, en versión reducida, las aspiraciones de Bernstein respecto al bienestar de la clase obrera.

 

En efecto, en 1948 Ludwig Erhard no implantó en la futura RFA el capitalismo salvaje sino la llamada “economía de mercado social”, inspirada en las teorías socialcristianas de profesor colonense Alfred Müller Armack sobre la “vinculación del principio del libre mercado con el equilibrio social”. Tan temprano como el 13 de febrero de 1957, el primer canciller federal demócratacristiano Konrad Adenauer (1949-1963) explica en estos términos su concepto de la economía de mercado social:

 

Así como una buena política económica es la premisa decisiva para una buena política social, en sentido inverso una política social rica en contenido sienta las bases necesarias para la continuidad del crecimiento económico. Quien al final de una vida dedicada al trabajo o por motivos de salud tiene que dejar de trabajar antes de tiempo, ha de tener también como pensionista una participación justa en el rendimiento de la economía…   

 

Los tres primeros cancilleres de la RFA fueron los democristianos Konrad Adenauer, Ludwig Erhard (1963-1966) y K. G. Kiesinger (1966-1969), quien ya tuvo que pactar con los socialdemócratas para formar la primera gran coalición CDU/CSU-SPD. Las bases del estado del bienestar se echan durante los 14 años de los dos primeros al frente de la cancillería federal en Bonn. Como ministro de Hacienda de Adenauer, Erhard fue el arquitecto del “Milagro Económico”.

 

La pieza clave del Milagro Económico fue la Währungsreform (Reforma Monetaria) de 1948, obra de Ludwig Erhard. Para imponer tan drástica medida en medio de la escasez general de posguerra, Erhard contó con el respaldo del gobernador militar de la Zona de Ocupación Norteamericana, general Lucius Clay, quien le dio el visto bueno al atrevido plan, contrariando a sus homólogos francés, británico y ruso, quienes se oponían de plano por distintos motivos.

 

El cambio del Reichsmark (marco imperial, RM) al Deutsche Mark (Marco Alemán, DM), magistralmente preparado, por cierto, tuvo lugar el 20-21 de junio de manera simultánea en las tres zonas de ocupación occidentales y cuatro días después, el 25 de junio, en Berlín Occidental. Fue un golpe sucio, si se quiere, puesto que, antes de asestarlo en un país aún racionado, las autoridades provisionales acapararon mercancías en secreto durante meses, hasta que todos los almacenes estuvieron llenos hasta el techo.

 

Excluyendo salarios, sueldos, rentas, pensiones, alquileres, arriendos, la tasa de cambio fue de 10 RM por 1 DM. Cada persona natural tenía derecho a cambiar el equivalente de 60 DM en dos transacciones sucesivas. Lo que constituía otra estafa estatal de envergadura, pero tuvo la virtud de cortar de golpe y porrazo una inflación galopante. Como por encanto, las vidrieras de las tiendas amanecieron repletas de todo lo humano y lo divino. La zanahoria estaba a la vista, y era tan seductora y variada que no había que ser un conejo para romperse el lomo por ella. La idea de simultanear el cambio de moneda y el cese del racionamiento con la implantación de la economía de mercado, no contaba con el visto bueno de todos los aliados.    

 

Contrariando a las potencias occidentales ocupantes (Inglaterra, Francia y, en particular, a la URSS), a la sazón presidente del Consejo Parlamentario, aprovechó el deslumbramiento popular para meter el pie a fondo: canceló de un plumazo planes y cartillas de racionamiento, dejó flotar precios y salarios, privatizó el sector público, liberó el comercio exterior… Pero Erhard no propugnaba la economía de mercado a secas sino, concretamente, la llamada “economía de mercado social”. A fin de conjurar la anarquía capitalista, emitió una serie de regulaciones antitrust para evitar la formación de carteles y monopolios. Así las cosas, el 15 de septiembre de 1949 Adenauer fue electo canciller federal por el Bundestag.

 

Corrían tiempos de jauja en que no alcanzaban los brazos y hubo que traer fuertes contingentes de trabajadores inmigrantes. Un chiste de la época da fe del enorme prestigio de la economía alemana a fines de los 60:

 

De tanto oírlo repetir, un rústico siciliano se había creído al pie de la letra el cuento de que Alemania Occidental era tan rica que bastaba con sacar la mano por la ventana para recoger puñados de marcos. Decide vender su terrenito y venir a trabajar aquí para hacerse rico en un abrir y cerrar de ojos. Al apearse en la estación central de Colonia, ve un billete de cien marcos tirado a sus pies sobre el andén. Incredibile!, exclama. Instintivamente, hace ademán de inclinarse para recogerlo pero en el último segundo desiste. Y haciendo un gesto despectivo con la mano, dice para sí: Beh…Oggi è domenica. Domani incomincio a lavorare (“Bah... Hoy es domingo. Mañana empiezo a trabajar”).

 

Cuando llega al poder en Bonn (entonces capital federal de la RFA) el primer canciller socialdemócrata (SPD), ya el país, arrasado por los bombardeos aliados, está reconstruido. El “Milagro Económico” ha convertido de golpe y porrazo a Alemania Occidental en la segunda o tercera potencia industrial del mundo, alternando con Japón. Las bases del estado del bienestar social estaban echadas. Los gobiernos socialdemócratas siguientes de Willy Brandt (1969-1974) y Helmut Schmidt (1974-1982) apenas hicieron otra cosa que consolidar institucionalmente el modelo mediante el simple expediente de repartir a manos rotas, mientras pudieron, las enormes riquezas acumuladas en el período anterior.

 

La socialdemocracia en el poder: Brandt, Schmidt y Schröder

 

Bajo el lema de “Atreverse a más democracia”, Brandt puso en práctica un ambicioso programa de reformas internas que modernizó los códigos penal y familiar, y fortaleció el derecho de representación paritaria y cogestión sindical en el consejo de dirección de las empresas, consolidado jurídicamente por su sucesor y vigente hasta hoy. Además, aumentó sustancialmente los subsidios estatales por enfermedad, jubilación y demás conceptos asistenciales. (Paradójicamente, Brandt, el artífice de la distensión con el bloque soviético y del reconocimiento oficial de la RDA, se vería forzado a renunciar a raíz del escándalo suscitado por el descubrimiento de un espía de la STASI infiltrado en su gabinete.) 

 

Pero ya en 1973, o sea, apenas 25 años después del inicio del Milagro Económico con el sorpresivo cambio de moneda de 1948, Brandt y sobre todo su sucesor Schmidt afrontaron las primeras “vacas flacas” del estado del bienestar en Europa Occidental. A decir verdad, aquella crisis estructural y financiera coincidió con una coyuntura internacional desfavorable: el boicot petrolero de la OPEC. De pronto, por primera vez desde 1948, las arcas estatales no daban abasto para seguir adelante con los costosos planes sociales del SPD.

 

Schmidt, un político culto, lúcido y enérgico cuya popularidad ya andaba por el suelo, entre otras cosas, por ser considerado un socialdemócrata de derecha y no haber vacilado en aplicárselas todas a los terroristas de la Fracción del Ejército Rojo (RAF), pisó el freno con delicadeza. De nada le valieron virtudes y prudencia: abandonado a su suerte en el Bundestag por sus aliados liberales, visto con recelo por el ala izquierda del SPD  y demonizado por la generación del 68, ansiosa por implantar el socialismo en la RFA, sucumbió sin pena ni gloria a una moción de censura.

 

Le sucedió en la ya candente primera magistratura el astuto canciller democristiano Helmut Kohl (1982-1998). No queriendo correr a sabiendas la misma suerte que su antecesor, entre amagos y tanteos, con algún que otro insustancial recorte presupuestario de por medio, el “canciller de la reunificación alemana” se las ingenió para aplazar el grueso de la reformas y mantenerse en el poder durante la friolera de 16 años.

 

Al entregarle el bastón de mando al socialdemócrata Gerhard Schröder en 1998, los días felices del grandioso reencuentro de las dos Alemanias ya habían pasado a la cuenta histórica de Kohl, dejando tras sí un desengaño recíproco por las expectativas frustradas a ambos lados del Muro de Berlín. El saneamiento de la ruinosa economía germanooriental pasó abultada factura a los contribuyentes germanoorientales, quienes soportan hasta la fecha un Impuesto de Solidaridad del 3 por ciento que, si bien ha elevado el nivel de vida de sus acomplejados compatriotas del Este, apenas ha servido para reconstruir las infraestructuras. Por obra de la fuga de capitales y las dislocaciones, las añoradas inversiones masivas en Alemania Oriental aún se hacen esperar.

 

Y es que el timing de la reunificación no pudo ser más fatal: pilló a la economía germanooccidental en baja y coincidió con el desplome en cadena del bloque soviético, la  apertura de los mercados de Europa Oriental, más atractivos para el capital alemán, y el apogeo de la globalización. Entre la espada y la pared, Schröder, un estadista demagógico pero ambicioso, aprovechó su segundo mandato en 2002 para huir hacia delante.

 

La “Agenda 2010” y la caída de Gerhard Schröder

 

A la postre, el rechazo popular a su “Agenda 2010” −en esencia un modesto paquete de reformas para reducir los incosteables subsidios por paro a millones de desempleados que preferían vivir indefinidamente a costa del estado− lo indujo a una jugada temeraria: autosometerse a una moción de confianza en el Bundestag. Resultado: fracasó, forzando a una elecciones federales anticipadas que su coalición rojiverde perdió por un pelo.

 

Su sucesora conservadora Angela Merkel, electa en 2005, es una tecnócrata brillante y voluntariosa oriunda de la RDA. Convertida contra viento y en canciller de un país que en el fondo una machocracia muy poco romántica, subiría la parada de buen grado, si pudiera. Pero, aunque gobierna en una “gran coalición” armónica con el SPD −lo que la ampara contra la manía demonizadora de la progresía−, intuye que, de atreverse a hacerlo, correría idéntica suerte que Schröder, enajenándose a sus aliados socialdemócratas −y a los barones de su partido, siempre al acecho− y provocando su propia caída en desgracia. La “Dama de Hierro” alemana ha decidido no hacerle honor a su epíteto, optando prudentemente por una táctica de kleine Schritte (“pequeños pasos”) que no ponga en peligro la tradicional política social alemana de Bier und Braten, que hoy incluye un montón de regalías adicionales.

 

La Merkel aplica lo que pudiéramos llamar una “tercera vía de seda”. Como todos sus antecesores, tampoco ella se propone desmontar el estado del bienestar. Conociendo a sus paisanos, sabe a ciencia cierta que no tiene el menor chance de apostar al thatcherismo y salir airosa del empeño. Aún tienen mucho que perder antes de dar su brazo a torcer. Como buenos alemanes, lo harán a lo sumo in extremis, cuando ya no les quede otra que someterse a la clásica cura de caballo. Es sobre todo una cuestión de mentalidad colectiva. La crisis británica de posguerra lo atestigua de manera inequívoca.

 

Wild tradeunionism (“sindicalismo salvaje en el Reino Unido)

 

Para entender cabalmente el sentido de las drásticas reformas de Margaret Thatcher, es preciso hacerse una idea de la magnitud del desastre en que se encontró de pronto la economía británica después de 1945. Contra lo que se cree, Inglaterra no salió tan arruinada de la II Guerra Mundial: más bien se arruinó inmediatamente después, a causa del brusco tránsito a un  estado del bienestar mal concebido.

 

Winston Churchill (1940-1945), quien había debutado como premier en la Cámara de los Comunes con su dramático eslogan de combate I have nothing to offer but blood, toil, tears, and sweat (“No tengo nada que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”), prometió compensar a los ingleses con el estado benefactor después de la derrota de Alemania. Conservador consecuente, no cumplió la palabra empeñada. Había que modernizar la industria a toda costa, lo que exigía ingentes sacrificios materiales. Pero los electores no querían oír hablar más de austeridades y le pasaron la cuenta en las urnas al heroico premier antes de terminar el año de la victoria.

 

Su sucesor laborista Clement Richard Attlee (1945-1951), fundador del estado del welfare state (estado del bienestar) británico, nacionalizó una serie de industrias claves (carbón, ferrocarriles, gas, electricidad, etc.), remodelando al Reino Unido como una auténtica economía mixta; dilató al máximo las prerrogativas de las trade unions, haciendo del sindicalismo organizado una fuerza política opresiva; subsidió empresas obsoletas y fomentó el corporativismo en las grandes consorcios con la finalidad de reducir a cero el desempleo y las huelgas; e impulsó un vasto programa asistencial que incluyó el Nacional Health Service, uno de los sistemas sanitarios más avanzados de la época pero incosteable.

 

Sus reformas sociales surtieron diversos efectos negativos para la economía del Reino Unido, y para su Partido Laborista, que en 1951 perdió las elecciones: (1) el aparato burocrático-administrativo, ya de por sí fuertemente acrecentado durante la guerra, se hipertrofió; (2) las gratuidades sociales abrieron grandes boquetes presupuestarios; (3) los altos costos sociales de la mano de obra y el aumento de los impuestos arruinaban cada vez más a las pymes (pequeñas y medianas empresas; y (4) se produjo un éxodo masivo de cuadros jóvenes altamente calificados que, debido a la inamovilidad laboral y a la falta de nuevas inversiones, no encontraban trabajo en el país.

 

Pero el leñazo más brutal a la eficiencia empresarial y la competitividad británicas fue la hipertrofia sindical: las trade unions llegaron a ejercer una influencia tan avasallante en la política del gobernante Partido Laborista que este se convirtió en simple instrumento de las grandes centrales sindicales, violando el principio de la división de poderes de forma inaudita. De los tres elementos de la formula estatal, big labour, big business, big government (“gran sindicalismo, gran industria, gran gobierno”), sólo el primero conservaba el adjetivo. Del liberalismo salvaje se había pasado al sindicalismo y la burocratización salvajes. La contradicción entre progreso económico de la nación e intereses creados de los gremios y el funcionariado laborista se había resuelto a favor de estos últimos.

 

Durante una época de recrudecida competencia, en la que Alemania y Japón renovaban sus fábricas destruidas con las últimas innovaciones tecnológicas, las trade unions y la burocracia estatal, coaligadas, torpedeaban cualquier modernización del parque industrial, dado que ésta implicaba pérdidas de puestos masivas de trabajos. Athlee y sus sucesores intentaron en vano corregir los excesos, congelando salarios y mochando aquí y allá beneficios sociales para estimular la inversión.

 

Los sindicatos entraron en una fase histérica, llamando a la huelga por todo y por nada. Por ejemplo, en la década de los 60 los astilleros británicos quedaron paralizados debido a una extravagante disputa entre mecánicos y carpinteros por el derecho a abrir los agujeros de las juntas de metal con madera. Las huelgas, entre otros motivos, arruinaron también las industrias automovilística y aeronáutica británica, que jamás recuperarían su excelencia de preguerra. El mal ya estaba hecho, y era legal. Los índices de  productividad de la industria inglesa cayeron en picada y una inflación galopante puso los precios por las nubes, vaporizando salarios y beneficios sociales.

 

Reapareció el fantasma del desempleo masivo. Tal como sucediera en la RFA a partir del fin de la era de Adenauer, el wellfare state malvivió 34 años (1945-1979) a costa de la sustancia del pasado. Las seis semanas de huelgas y manifestaciones continuas del Winter of Discontent (“Invierno del Descontento) en 1978 despertaron de su largo letargo a la clase política británica en su conjunto. Las trade unions acabaron perdiendo cara e influencia ante la opinión pública. La economía británica había tocado fondo: el Reino Unido, cuna de la Revolución Industrial en el siglo XIX y segunda potencia económica del mundo sólo superada por Estados Unidos hasta antes de la guerra, era ya el “pariente pobre” de Europa.

 

La “Revolución Azul”

 

Al año siguiente Margaret Thatcher (n. 1925 fue la primera mujer en mudarse en calidad, no de First Lady o Primera Dama sino de jefa de gobierno a Downing Street 10. Licenciada en Derecho y Química, no era sólo una tecnócrata de tomo y lomo, sino también una dirigente dotada de una fuerte voluntad de poder que ya había dado haciendo pasar por el aro a los mañosos barones conservadores (tories). Al efecto, empezó por cederles la batuta dentro del Partido Conservador a los llamados dries (“secos”), partidarios de las reformas neoliberales, frente a los timoratos wets (“mojados”), que tendían a contemporizar sin alterar el statu quo. 

 

Fusta en mano, la “Dama de Hierro” (el epíteto, que pegó, se lo puso la prensa soviética) se dio de inmediato a la tarea de cumplir sus dos hercúleas promesas electorales: domar al potro salvaje de las trade unions (sindicatos) y limpiar el establo de Augias de la economía británica. En los 11 años (1979-1990) que duró su mandato, hizo pasar por el cepo a las trade unions y levantó la anémica economía británica con una serie de medidas y reformas radicales encaminadas a restablecer la primacía del individuo sobre el estado, del mérito sobre la igualdad.

 

De entrada, la victoria de los Tories, con los “secos” a la cabeza, puso fin automáticamente a la interdependencia entre el gobierno y los sindicatos. Del resto se encargo la Thatcher, que resistió a pie firme numerosos paros, de los cuales el más sonado fue la huelga nacional declarada en 1984 por el poderoso sindicato de la minería en protesta por el cierre de 20 minas de carbón. La Thatcher ganó el pleito sin hacer concepciones y, a la postre, doblegó a al resto de las trade unions. A grandes rasgos, la cura de caballos recetada por ella consistió en las siguientes medidas:

 

La reforma thatcheriana

 

Primero: Hizo promulgar una ley que ilegalizaba las huelgas no aprobadas previamente en votación secreta por la mayoría de los trabajadores, prohibía el closed shop o “fábrica cerrada” (derecho gremial no escrito según el cual los centros de producción sólo podían contratar a trabajadores que fueran miembros de miembros de las trade unions correspondientes) y las huelgas por simpatía. Establecía, además, un procedimiento de derecho civil en virtud del cual los dirigentes sindicales debían resarcir a los patrones y/o a la comunidad por daños causados por paros incompatibles con las nuevas reglas de juego.

 

Segundo: Privatizó industrias y servicios básicos como telecomunicaciones, emisoras de radio y la televisión, transporte (incluyendo la compañía aérea estatal British Airways y varias empresas ferroviarias), acueductos, energía, siderurgia, plantas automivilísticas (Rover y Jaguar), aeronáutica, etc. Esta medida, que dejó a las firmas afectadas a merced de la ley de la oferta y la demanda, contribuyó a racionalizar los procesos productivos en busca de mayor competitividad, forzando a empresas y consorcios a “adelgazar”. 

 

Tercero: Fomentó el capitalismo popular, al promover la inversión de parte del salario o sueldo en la compra de acciones bursátiles y alentar la privatización de las pensiones. De este modo, logró que obreros y empleados se interesaran más por la solvencia y productividad de las empresas donde laboraban y, en consecuencia, se mostraran más proclives a aceptar la cancelación de puestos de trabajo superfluos. 

 

Cuarto: Paralelamente, vendió a bajo precio o a crédito un millón y medio de viviendas de propiedad estatal subsidiadas a sus respectivos inquilinos, lo cual reforzó la mentalidad de propietarios de los ingleses de a pie. (Aquí, sin ironía, la vemos entroncando con Carlos Marx, quien escribió: « Las sociedades por acciones, la dispersión del capital de las grandes empresas entre accionarios múltiples, equivalen ya a una destrucción de la propiedad privada”. O sea que, o el profeta se equivocó, o muchos tendrían que cambiarle de nombre a su doctrina particular?)

 

Quinto: A fin de equilibrar el presupuesto estatal, recortó drásticamente los gastos por concepto de asistencia social, comprimió el aparato burocrático-administrativo y eliminó los subsidios estatales al resto de las empresas deficitarias. Fiel a su política de ahorro estatal y a su euroescepticismo, argumentando que negoció con Bruselas un leonino descuento sobre el aporte británico al presupuesto Comunidad Europea: el llamado “cheque británico”. (Gracias a este mecanismo compensatorio, el Reino Unido recibe de vuelta en la actualidad unos 4.350 millones de euros que, de lo contrario, servirían para financiar la Política Agraria Común PAC, cuyo primer beneficiario sería Francia).

 

Sexto: Rebajó al máximo los impuestos al patrimonio, a la ganancia y al volumen de ventas.

 

Séptimo: Restringió la emisión de moneda en consonancia con las tesis monetaristas, aumentó los tipos de interés (precio del dinero) y desreguló el comercio exterior y el mercado financiero británico. A la vez, se eliminó el intervencionismo estatal y el proteccionismo, abriendo el mercado británico al capital extranjero. Estas medidas, conocidas por Big Bang, le dieron a los bancos, a las compañías de seguro y a la bolsa de valores londinense una considerable ventaja competitiva.

 

La Thatcher no lo tuvo para nada color de rosa. Sus 11 años en el poder fueron de lucha de cabo a rabo. En 1984 escapó de milagro a un atentado terrorista del Ejército Republicano Irlandés (recordemos que dejó morir a 11 de sus miembros en huelga de hambre). Cierto, la guerra de las Malvinas le tiró la toalla a mitad de camino, pero ella se creció. Su alarde de temperamento despertó el fervor patriótico de los británicos, que la reeligieron en 1983. En parte, su euroesceptecismo, que obviamente no se debe sólo a resabios isleños, haría otro tanto a favor de su segunda (y última) reelección.   

 

Los efectos positivos de sus reformas demoraron años en hacerse sentir. En cambio, los negativos afloraron de inmediato: se duplicó el desempleo, aumentó la inflación, mermó el poder adquisitivo, la producción industrial experimentó un brusco descenso… La Thatcher no aflojó la mano. Cuando finalmente cayó en desgracia al final de su segundo mandato debido al rechazo popular a un nuevo impuesto (el poll tax o “impuesto por votante”), ya estaba claro para tirios y troyanos que el país había remontado la pendiente: la economía nacional volvía a gozar de buena salud, la agricultura se había tecnificado y el sector terciario (servicios), pasado al primer lugar, dejando atrás al industrial.

 

Y, last but not less, los británicos estaban en mejor posición psicológica para afrontar la gestión de riesgos y los altibajos de la era postindustrial: el Reino Unido se había pasado a ser una meritocracia similar a la norteamericana. Se había operado un cambio de mentalidad.  Con todo, “Revolución Azul” no desmanteló del todo el estado del bienestar. Tanto es así que, lejos de iniciar una contrarreforma, 17 años después la Tercera Vía del primer ministro laborista Tony Blair fue, en lo esencial, una continuación del thatcherismo. 

 

 

La socialdemocracia europea en crisis

¿Se salva o perece el estado del bienestar social?

 

SEGUNDA PARTE

 

Especulaciones sobre las causas del triunfo de la Tercera Vía

 

La crisis del estado del bienestar, analizada aquí en el paradigma del laborismo británico, remite, en primer lugar, a la contracción demográfica de la clase obrera y sus efectos concomitantes. Lejos de multiplicarse, el obrero industrial es hoy una especie en extinción. Cada nueva inversión tecnológica reduce cada vez más su número. Al extremo de que los obreros industriales representan hoy alrededor de un cuarto de una población activa en la que prevalece el sector de los servicios. El protagonismo del aprietatuercas chaplinesco en las fábricas modernas corresponde desde hace rato a una nueva aristocracia laboral: la tecnocracia.  

 

Siendo la clase obrera la base del poder de las trade unions y del Labour, de todos modos éstos acabarían perdiendo influencia a medida que el número de aquella continuase decreciendo. Los sindicatos británicos no perdieron influencia sólo porque la Dama de Hierro les apretara las tuercas jurídicas. La Thatcher no hizo otra cosa que forzar al desbocado liderazgo sindical a resignarse a un status configurado por el desarrollo tecnológico. Otros poderosos sindicatos europeos han corrido la misma suerte: el total de afiliados ronda el 25%.

 

No en balde la crisis socialdemócrata a fines de los 70 coincide con la boga del “eurocomunismo”, un acercamiento tardío a las tesis revisionistas de Eduard Bernstein por parte de los jefes de los grandes partidos marxistas europeos. La apostasía de Georges Marchais, Enrico Berlinguer y Santiago Carrillo no funcionó: en apenas treinta años los otrora poderosos partidos comunistas de Francia, Italia y España quedaron reducidos a insignificantes minorías recicladas que a duras penas se empatan con algún que otro escaño en el parlamento.

 

Significativamente, sus homólogos socialdemócratas no se han beneficiado en absoluto de esas deserciones masivas entre los adeptos a la hoz y el martillo. Al contrario, aunque en menor cuantía, ellos también han visto mermar bastante su membresía. El fallo de la “misión histórica del proletariado” por escasez de obreros explica también, en última instancia, la crisis general del estado del bienestar. Veamos los porqués.

 

En primer lugar, la  inmensa popularidad de ambos experimentos totalitarios indica a las claras que el proletariado, como cualquier otra clase social, sirve lo mismo para un roto que para un descosido. Su tendencia a cambiar libertad por seguridad, bienestar por responsabilidad, llevó a las masas populares alemanas a firmar sendos pactos fáusticos con nazis y estalinistas; y a su homóloga británica a poner en peligro, por desmesura clasista, al estado del bienestar. Actitud observable también entre el proletariado francés.

 

Pero la clase obrera --que por lo demás siempre ha sido un estamento social estratificado y complejo-- no ha cambiado solo cuantitativa sino también cualitativamente. Buena parte de la mano de obra industrial del Reino Unido clasifica hoy, por salario y nivel profesional, como aristocracia obrera. Esa nueva tecnocracia, que gana bien y a menudo posee acciones de sus empresas, se interesa por la buena marcha de las mismas. Juega aquí otro factor que afecta al movimiento sindical y a la socialdemocracia: la ambigüedad social del obrero calificado, que ahora suele ser empleado y, a la vez, pequeño copropietario de su fábrica. 

 

Para expresarlo en terminología marxista: por un lado, los obreros siguen interesándose por el aumento de la parte de la plusvalía correspondiente al salario; por el otro, en la medida en que adquieren acciones, crece su interés por la ganancia capitalista y la “reproducción ampliada” (inversiones de capital). Aumenta a la par su aversión a las huelgas. Este fenómeno de socialización del capital presenta una arista que escapa al análisis: el hecho de que todos los asalariados cobren aquí por giro a cuenta corriente --y no por sobre, como aún ocurre en Cuba-- no sólo estimula el ahorro de parte el salario a interés sino que, ya sin eso, los inserta en el negocio bancario. Es decir, el salario, ya sea alto o bajo, entra en el flujo crediticio e inversionista desde el momento en que es depositado en el banco.

 

La movilidad de personas, mercancías y capitales en el mercado interno; la rápida expansión hacia el Este; la caída de las barreras comerciales externas de la UE; y la espada de Damocles del outsourcing (deslocalización) --una opción que la gerencia guarda siempre en la manga en la era de la globalización-- hacen el resto para que el recurso a la huelga y el sindicalismo político hayan caído en desuso.

 

Antes de parar las máquinas, se negocia hasta el cansancio en el consejo de administración, pues no todas las firmas pueden darse el lujo de incumplir compromisos con sus clientes: la competencia nunca duerme y es ubicua, pudiendo surgir como deus ex machina de dentro o fuera del país. Por su parte, el estado reduce el sector público a la mínima expresión, y es cada vez más remiso a subvencionar empresas deficitarias. Por todas esas razones, sumadas a las contingencias coyunturales, la “paz social” deja escaso margen a los enfoques clasistas de la vieja guardia socialdemócrata. La Tercera Vía se perfila, pues, como la única alternativa capaz de sacar adelante al estado del bienestar en los tiempos que corren.

 

Tras haber perdido tres elecciones al hilo ((1979, 1983 y 1987) a manos de la Dama de Hierro, el Partido Laborista admitió la irreversibilidad de la revolución thacheriana. Sus líderes ya habían implementado la profunda revisión organizativa y político-ideológica del Partido Laborista conocida como New Labour o “Nuevo Laborismo”, cuyo eje fue un replanteamiento a fondo de las relaciones entre el partido y las trade unions (sindicatos).

 

Los laboristas encajarían aún una cuarta derrota en las urnas en 1992 frente al primer ministro conservador John Major (1990-1997), quien había sustituido a la Thatcher dos años antes. Cuando al fin retornaron a Downing Street con Tony Blair cinco años después, éste ya venía con el firme propósito de restablecer la consensus politics (política de consenso) interpartidista, rota por la Thatcher en 1979. El resultado de esta continuidad laborista de las reformas neoliberales thatcherianas sería la llamada Third Way o “Tercera Vía”. Desde entonces ambos partidos coincidirán en el medio: los conservadores ocupando el centro-derecha y los laboristas el centro-izquierda.

 

Anthony Giddens, padre del New Labour

 

Para el sociólogo británico Anthony Giddens, director de la London School of Economics y autor del ensayo La tercera vía: la renovación de la socialdemocracia (1998), el Nuevo Laborismo “se halla en una línea de continuidad con el desarrollo a largo plazo del pensamiento socialdemócrata y también con varios períodos del revisionismo socialdemócrata”. A su entender, “el gran cambio de la vieja izquierda a la nueva izquierda consiste en que ahora hay mucha más sensibilidad para las conexiones entre política social y política económica”.

 

El consejero número uno de Tony Blair aduce que “a veces es preferible bajar los impuestos a fin de estimular el desarrollo económico y el florecimiento de las empresas”. El ablativo deja abierta la alternativa contraria, es decir, que en ciertas coyunturas conviene hacer lo contrario en un mundo en el que las decisiones nacionales dependen cada vez más del contexto internacional.

 

Giddens estima, sin embargo, que la mayoría de las veces conviene bajarlos, pues con ello “podría obtenerse una recaudación mayor que insistiendo en un sistema impositivo rígidamente demarcado”. Giddens añade: “Si Usted consigue eso, puede recaudar dinero suficiente tanto para gastar en las instituciones públicas como para gastar dónde sea necesario en términos de redistribución a través de transferencias de ingresos y recursos”.

 

Siguiendo esta pauta, Giddens persuadió al liderazgo laborista de que, para conseguir los mismos objetivos sociales, debía hacerse todo lo contrario de lo que se había hecho hasta entonces: reducir del gasto público, adelgazar el aparato administrativo y bajar las prestaciones de la seguridad social (obligación de trabajar por salarios equivalentes al subsidio de desempleo); privatizar lo que quedaba del sector estatal (incluido el Metro de Londres); dejar de subsidiar a empresas en quiebra; buscar a toda costa el equilibrio presupuestario y la estabilidad monetaria; modernizar la industria, apostando resueltamente a las nuevas tecnologías; y sobre todo restablecer la división de poderes entre sindicato, patronal y gobierno.

 

Frente al aluvión de quejas de la izquierda contra su replanteo de los objetivos de la fiscalidad, que parecía favorecer a los sectores de mayor ingreso en detrimento de los trabajadores, respondió con un argumento aparentemente paradójico: “Contra lo que piensan muchos, si el actual gobierno laborista mantiene el rumbo, será más redistributivo que cualquier otro gobierno laborista de posguerra”. Por lo demás, para aumentar los beneficios sociales es preciso subir los impuestos, lo que da lugar a la fuga de capitales.

 

Tony Blair y El capital

 

La discrepancia con el enfoque socialdemócrata ortodoxo no es, por ende, de fondo sino de método. La política tributaria de la Tercera Vía es más pragmática, pero igual concibe al fisco como instrumento redistribuidor de la riqueza social. Por esa cuerda, Tony Blair refuta los reproches de “liberalismo recalentado”, “laissez-faire”, “neoliberalismo con un toque social”, etc., alegando que la Tercera Vía no es “un tercer camino entre la filosofía conservadora y la socialdemócrata, sino socialdemocracia renovada”.

 

A pesar de su éxito, el concepto sigue siendo objeto de controversias. Pero, en resumen, la Tercera Vía difiere del laborismo (y la socialdemocracia europea) tradicional al menos por siete rasgos distintivos: (1) No pretende asegurar al individuo “desde la cuna hasta la tumba”, generando por un lado “trabajo para los que puedan trabajar” y, por el otro, limitando la seguridad social a “aquellos que no puedan costeársela”. (2) Prioriza la iniciativa individual frente a la colectiva o, lo que viene a ser lo mismo, la igualdad de oportunidades frente al igualitarismo. (3) Socializa el capital, privatizando pensiones y viviendas, por un lado, y fomentando por el otro la compra de acciones bursátiles por los obreros. (4) Concede una importancia decisiva a los índices macroeconómicos, a través de los cuales el estado ejerce una fuerte acción reguladora. (5) Apuesta más a investigación y desarrollo, know how, informática, nuevas tecnologías, finanzas, formación profesional y universitaria. (6) Desideologiza la gestión gubernamental, confinando a las trade unions a su función gremial y desentendiéndose del antagonismo tradicional entre izquierda y derecha. (7) Redefine el concepto de patria al reconocer a la nación como una “identidad compleja” cuyas fronteras se difuminan en el contexto de la globalización. Lo cual se concreta en la renuncia al proteccionismo comercial y financiero, pero tiene su contrapartida monetarista en la autoexclusión del Reino Unido de la zona del euro.      

 

Vista desde esa óptica, más que “socialdemocracia renovada”, como la ha definido Blair, la Tercera Vía sería una amalgama de socialdemocracia y neoliberalismo. O sea, una revisión pragmática del estado del bienestar a fin de conferirle al modelo la flexibilidad necesaria para ir adaptándose sobre la marcha a las cambiantes exigencias de la globalización. Por otra parte, el afán despolitizador de Blair se corresponde con la obsolescencia de los sistemas filosóficos omnímodos en la era postmoderna.

 

Para reducir el desempleo, efecto forzoso del componente neoliberal del modelo, el consejero de Blair estima que la Tercera Vía exige “invertir en las habilidades tanto de los que están fuera como de los que están dentro del mercado laboral”, debiendo darles a las personas “la oportunidad de desarrollar sus potencialidades a lo largo de toda su vida”. La formación profesional permanente, si bien no consigue realizar la quimera del pleno empleo, reduciría el paro, al asegurar un reciclaje laboral óptimo frente a los constantes cambios tecnológicos en la esfera de la producción y los servicios. (No existe una correspondencia obligada entre cantidad de puestos de trabajo y población activa. Aparte del que, aunque parezca maquiavélico afirmarlo, se sabe que el pleno empleo afecta la relación entre oferta y demanda de mano de obra y, por ende, la competitividad.)

 

Esta estrategia ocupacional se complementa con otra que no solo apunta al futuro sino que trastorna por completo la ortodoxia socialdemócrata. Blair la resume en una sola frase: “Nuestra política es que los empleados pasen a ser miembros de sus compañías por medio de fondos fiduciarios creados a su nombre que les permitan ejercer su derecho individual a votar [en el Consejo de Administración de sus empresas] de acuerdo con el número de acciones que represente su interés en dichos fondos fiduciarios”. 

 

Si bien, le preocupa que “el énfasis en el rol del sector voluntario [sociedades anónimas] y privado” induzca al estado a descuidar sus responsabilidades respecto a la cohesión social y, como buen socialdemócrata, defiende los mecanismos de regulación estatal de la economía y el papel redistributivo del fisco, plantea dos preguntas de cuyas respuestas depende si un gobierno aplica o no los postulados de la Tercera Vía: “Primero, ¿conducen sus políticas a que la posesión de propiedad y riqueza se expanda entre la población?  Segundo, ¿estimulan sus políticas una ciudadanía más activa y una devolución de las decisiones políticas al nivel más bajo posible?”

 

La respuesta a la segunda pregunta ha conducido a Blair a hablar de “democracia directa”, un concepto ciertamente grávido de resonancias totalitarias. La democracia sólo puede ser representativa, a no ser que toda la población del país quepa en el ágora como en los tiempos tribales de la Grecia clásica. De lo contrario, se convierte en una farsa. Lo sabemos los cubanos por experiencia propia. Anotémosle el desliz a la conocida labia populista de este líder laborista de centro-izquierda.

 

A la primera pregunta, Blair responde que la Tercera Vía consiste “...en contribuir a crear una Europa próspera y competitiva económicamente a la vez que se garantiza un nivel alto de justicia social”. ¿Por cuál vía? Aquí echa mano de un recurso tabú para la izquierda, a saber: la “socialización del capital” por medio de la  proliferación de pequeños accionistas que, contraviniendo el eslogan marxista de la “expropiación de los expropiadores”, aumenta los fondos de inversión de las empresas colectivas.

 

He ahí el aspecto más novedoso de la Tercera Vía que, paradójicamente, se apoya en cierta tesis descartada del tercer tomo de El capital, la obra cumbre de Carlos Marx, donde el profeta del comunismo afirma:

 

En las sociedades anónimas la función está separada de la propiedad del capital. Por tanto, también el trabajo está totalmente separado de la propiedad sobre los medios de producción y del plustrabajo. Este resultado de la última fase de desarrollo de la producción capitalista constituye un punto de viraje necesario hacia la reconversión del capital en propiedad de los productores. Pero ya no más como propiedad privada de productores aislados, sino como propiedad suya en tanto que asociados, como propiedad social directa.

 

Aumento del nivel de vida en el Reino Unido

 

Apenas estrenado en el cargo, Blair dio un primer paso más allá incluso de los planes neoliberales más osados de la Thatcher: autorizó al Bank of England a fijar los tipos de interés --lo que equivale a dejar el precio del dinero a merced de la ley de la oferta y la demanda-- sin consultar al gobierno. Con rotundo éxito: a pesar de la alharaca de la galería izquierdista y de la alarma de los conservadores, la City londinense, sede de la bolsa británica, se codea hoy con Wall Street.

 

A modo de comparación: los cien principales bancos y consorcios de la Bolsa de Londres juntos cotizaban en 1986 para un total de 92 mil millardos de libras esterlinas. En cambio, tras fuertes procesos de fusión, hoy el valor de una sola de las 31 firmas restantes, asciende a 116 millardos. Y la media de las transacciones diarias casi duplica la de Nueva York.

En fin, la economía inglesa se ha a mundializado a una escala superior a la del inmenso British Empire de la época victoriana.

 

Todo esto ha generado un aumento sostenido del consumo y una bajada de los indicadores de pobreza a alrededor del 17%. Cierto, se ha ampliado la brecha entre los que ganan más y los que ganan menos, pero todos ganan más que antes. Además, el costo de la vida es más alto en el Reino Unido que en otros países comunitarios, lo cual se debe mayormente a los onerosos gravámenes que pesan sobre algunos productos (artículos suntuarios, bebidas alcohólicas, tabaco, restaurantes, gasolina, etc.).

 

El Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA), que hace recaer sobre los precios al consumidor final el mayor impuesto indirecto del fisco, es del 17,5%. Los británicos, qué duda cabe, han tenido que ajustarse el cinturón. Entre otras cosas, porque ahora costean de su bolsillo sus pensiones de retiro, que han sido privatizadas, e invierten en la compra de acciones, lo que supone desembolsos adicionales.

 

Por contra, el precio de la canasta alimenticia básica para un núcleo familiar de tres o cuatro miembros no pasa de 200 £ (el Reino Unido no se integró a la zona del euro; una libra esterlina = 1,4 € o 1,9 dólares); las facturas de luz eléctrica, gas, agua y licencias de radiotelevisión juntas, otras 200 £. Admitiendo un amplio margen de error, no son egresos excesivos, si se tiene en cuenta que el sueldo medio del Reino Unido es también el más alto de la UE: 3.607 euros al cambio, contra 3.061 en Alemania, 2.615 en Francia, 1.236 en España y apenas 662 en Polonia.

 

Desde luego, los promedios engañan, pero las desigualdades sociales, hoy más extremas que nunca antes en el Reino Unido, son comunes para todos los países, capitalistas o no. (Incluido nuestro mal llamado “estado socialista”: en la última feria del habano, para no ir más lejos, uno de los hijos de Fidel Castro aparece fumándose el sueldo de un profesional cubano en un solo Cohíba.) Tienen que ver también con el pago de elevados bonos al personal de la bolsa. Por otro lado, el poder adquisitivo de los salarios británicos creció un 20% entre 1997 y 2006, contra sólo 0,4% en España, por ejemplo.

 

Aparte de eso, la duración de los contratos temporales en el Reino Unido supera con creces la media comunitaria, y el costo social de la mano de obra asciende al 11% del salario, contra 55% en Bélgica, 47,4 en Francia, 41,6 en Italia y 30.1% en España. Sumemos a todas estas ventajas el hecho de que los británicos pagan menos impuestos (22%). Sin contar que, gracias a la política de privatización de viviendas estatales iniciada por la Thatcher y continuada por Blair, sólo el 10% de la población vive aún en régimen de alquiler. 

 

Por lo demás, la inflación se mantiene estable por debajo del 3%. Y gracias al boom de los servicios, que aportan tres de cada cuatro puestos de trabajo, el desempleo ronda el 5% de la población activa, contra una media comunitaria de 8-10% en el mismo período. Un indicador en rojo: la productividad. Aquí, si bien las cifras han experimentado una leve baja con respecto al período anterior, todavía se mantienen por debajo de las de Alemania, Irlanda o los países nórdicos. En compensación, ha surgido un poderoso núcleo de industrias de alta tecnología capaces de medirse con las más competitivas del planeta.

 

Amén de que el descenso de la productividad no es un índice negativo per se sino un correlato del descenso del desempleo, puesto que la incorporación al trabajo de gran cantidad de personas de menor calificación baja la eficiencia general de la industria y, en particular, la calidad de los servicios, que en general dejan mucho que desear en el Reino Unido. En contrapartida, al bajar el monto de los subsidios por paro, se reducen en igual medida los desembolsos del estado por concepto de seguridad social.

 

En suma, aunque nadie lo ha bautizado con este epíteto, cabe hablar de un discreto milagro económico neolaborista sobre la senda trazada por la Dama de Hierro. El que no ha sido nada discreto es el milagro irlandés, más sorprendente aún que el alemán o el japonés por haber ocurrido en tiempo récord y en uno de los países más pobres del planeta.   

 

El milagro irlandés

 

Cierto, a diferencia de su pequeño vecino del Oeste, el Reino Unido contaba con estimables ventajas de partida: había sido cuna de la Revolución Industrial y segunda potencia económica del mundo, disponía de sus propios yacimientos de hidrocarburos en el Mar del Norte y era un país protestante, es decir, con un ethos religioso favorable al esfuerzo y al ahorro. Contaba, además, con una sólida tradición evolucionista, dialogante, y poco dada a las polarizaciones extremas del espectro político.

 

En cambio, Irlanda del Sur (Eire), atrasada, importadora de energía, agrícola y católica, con una clase dominante corrupta y una mentalidad rural más bien propensa a vivir de la mano a la boca, amén de un país de emigrantes poco poblado (4 millones de habitantes en 70.285 km2, aprox. Un tercio menos que Cuba), es la mejor prueba de que la Tercera Vía funciona también en el Tercer Mundo. Irlanda arrastraba también una larga historia de dependencia colonial, revueltas nacionalistas e inestabilidad social, además de terrorismo. Tenía, pues, en contra todos los handicaps habidos y por haber. 

 

Hasta 1986 el Eire era una de las naciones más pobres de la UE de los 15, superada sólo por Grecia y Portugal. Pero poco a poco la clase política irlandesa en su conjunto había tomado conciencia del atolladero en que hallaba la nación. En 1973, tras acalorados debates internos, ingresó en la Comunidad Europea, hecho que sin duda la benefició materialmente y contribuyó a abrir la mentalidad de cajón de todos los isleños.  

 

Antes de ingresar a la UE, laboristas (Labour Party) y conservadores (Fine Gael y Fiana Fáil), integrados en un gobierno de coalición, debieron sofocar el descontento en sus propias filas: los laboristas disuadir a los partidarios del proteccionismo; los conservadores, persuadir a los adversarios del cambio. Al mismo tiempo, aunaron fuerzas para doblegar al poderoso Irish Congress of Trade Unions (Congreso Sindical Irlandés, ICTU), temeroso de que la apertura arruinase a las industrias locales, como en efecto sucedió. Con el tiempo, se fue operando un cambio gradual de mentalidad. Finalmente, los irlandeses empezaron a votar por coaliciones de partidos proclives a las reformas.

 

Aquí intervino una circunstancia favorable: las trade unions irlandesas escarmentaron por cabeza ajena mirándose en el espejo de sus homólogas británicas, cuya enfrentamiento a cara de perro con la Thatcher les había costado la pérdida de influencia entre los obreros y el descrédito ante el resto del país. En 1987 el ICTU y otros gremios firmaron con el gobierno y la patronal el llamado Programme for National Recovery, un “Programa de Recuperación Nacional” que preveía, entre otras medidas afines, bajar los impuestos, garantizar unos niveles de seguridad social aceptables y congelar salarios y nuevos puestos de trabajo por tres años consecutivos.

 

El éxito fue espectacular: la tasa de desempleo ha caído del 18 a una media del 4%; el PIB per cápita, que en 1973 ascendía al 40% de la media europea, se situaba en 2006 en punta en la UE con 42.889 dólares, muy por encima del de la antigua metrópoli inglesa y sólo superado por Luxemburgo (72.855) y Noruega (44.342), un ducado liliputiense y un país nórdico petrolero, respectivamente. Más de un millar de transnacionales de la industria farmacéutica y electrónica (incluidas Microsoft e Intel) se suman a la minería y la industria turística para convertir a la otrora empobrecida isla en el “Tigre Céltico”.

 

Los irlandeses cuentan hoy con una eficiente red mixta de seguridad social que alcanza a toda la población. El sistema educativo, mayormente confesional, se adecua a las exigencias de la meritocracia. Desde los años 90 el otrora paupérrimo Eire logró equipararse al industrializado Reino Unido y al Ulster (Irlanda del Norte) y, en breve, los sobrepujó a ambos, dejando de ser un país de emigrantes para atraer crecientes cantidades de mano de obra calificada, sobre todo, norteamericanos de origen irlandés que aportan su know how, su dinero y sus hábitos democráticos. Un esquema que sacó del subdesarrollo también a Chile en un lapso similar y que, si navegamos con suerte, podría repetirse en Cuba al final de la era castrista. 

 

Se corrobora así un viejo axioma: el vector decisivo en el desarrollo de un país no es la lucha de clases y partidos sino el consenso social y la calidad del capital humano. De ahí que, al apostar a un sano egoísmo más a tono con la naturaleza humana y, consecuentemente, basar la solidaridad en la igualdad de oportunidades y no en un igualitarismo ramplón, la Tercera Vía haya sido capaz de consolidar al descalabrado estado del bienestar en un país altamente industrializado (Gran Bretaña) y de fundarlo en apenas 20 años en un pequeño país del Tercer Mundo (Irlanda), todo ello en plena era de la globalización.

 

Bruno Kreisky y la ortodoxia socialdemócrata a modo de comparación

 

Para captar la trascendencia del viraje laborista, vale la pena citar a Bruno Kreisky, canciller federal austriaco (1974-1983) durante el período de esplendor del estado del bienestar europeo y uno de sus teóricos socialdemócratas más escuchados en la época. En su discurso “Las tareas del socialismo democrático en nuestra época”, Kreisky declara categóricamente de 1967:

 

Sabemos que la industria estatalizada abarca casi en su totalidad el enorme e importante complejo de la industria pesada. La industria pesada austriaca, la industria siderúrgica austriaca, así como gran parte de la industria química, pertenecen hoy, no a capitalistas individuales o grupos de capitalistas, sino al estado, y por tanto al pueblo austriaco. Ése es, sí señor, uno de los más grandes progresos en el camino hacia la humanización de la sociedad industrial moderna. 

 

A juzgar por las palabras de Kreisky, la ortodoxia socialdemócrata incurre en el craso error marxista de equiparar propiedad estatal y propiedad del pueblo. El mantenimiento de un sector estatal dominante se da de narices con el objetivo de reducir el gasto público, conduce a la exuberancia del aparato burocrático-administrativo y lastra la macroeconomía. Como hemos visto en la crisis laborista, lejos de “humanizar a la sociedad industrial moderna”, la arruina y, de paso, convierte al proletariado en clientela electoral de los partidos que controlan el aparato del estado.

 

El huelgo no puede ser mayor con respecto a la Tercera Vía que, siguiendo la máxima de “eliminar a los pobres y no a los ricos”, busca cualificar profesionalmente al británico de a pie e insertarlo en la gestión económica en calidad de accionista con el fin de liberarlo de la tutela del gobierno. Leamos, a modo de cotejo, como definía Bruno Kreisky el dogma financiero socialdemócrata en la citada antología (pág. 130-131):

 

Es posible que, aquí y allá, en una empresa comercial o en otra empresa sean concebibles desplazamientos menores de propiedades. Pero no por ello podemos tolerar cambios en el hecho de que los bancos estatalizados austriacos controlen y financien una parte tan grande de la economía austriaca, porque realmente eso significaría que estaríamos entregando la economía austriaca al capital extranjero.

 

El modelo de Kreisky encajaba bien en los esquemas proteccionistas de preguerra, cuando el mundo se componía de un reducido núcleo de potencias industriales rodeado por un vasto entorno exportador de materias primas e importador de productos elaborados. Pero es incompatible con la concepción de la UE como un espacio económico abierto. En la aldea global de hoy se revela anacrónico.

 

Llama la atención el abuso del gentilicio, que destaca el afán nacionalista. Al abroquelarse frente al capital extranjero, el modelo socialdemócrata clásico --al que en última instancia aspira la corriente socialista democrática actual--, es inviable en la actualidad, puesto que presupone el proteccionismo. Conlleva la subvención masiva a la economía. A la larga, reduce la competitividad de la industria local. Lejos de “humanizar a la sociedad industrial moderna”, la arruina en su conjunto, empobreciendo material y espiritualmente a las masas populares. En ese sentido, Francia, donde persiste inalterado el modelo caro a Kreisky, es el mejor ejemplo de la crisis del estado del bienestar europeo.

 

El malestar francés

 

En el caso de Francia, damos por sentado que el lector ya conoce los indicadores en rojo de esa nación. Si no, baste con decir que la deuda pública asciende al 68% del PIB; el desempleo, al 9,9% de la población activa; y el costo social de la mano de obra al 47,4 del salario. Los impuestos están a la par de los beneficios sociales, que figuran entre los más generosos de la UE; la agricultura sobrevive a base de subsidios; y alrededor de un 15% de los ingenieros e investigadores se marchan cada año al extranjero. En 1980 el poder de adquisición promedio de los irlandeses era igual al 40% del de los franceses. Hoy aquellos pueden comprar con sus ingresos un 20% más que éstos. Hecha la aclaración, nos concentraremos en los aspectos subjetivos de la crisis, que son determinantes para romper la inercia social.

 

El resultado del inmovilismo francés es esa perniciosa degradación del estado del bienestar conocida como “asistanato, o sea, un sistema providencialista en el que las masas populares se envician a esperarlo todo de las arcas del estado. Veintiséis años de estancamiento acumulados  entre el presidente socialista François Mitterrand (1981-1995) y el conservador Jacques Chirac (1995-2007) cementaron una mentalidad inmovilista que ha engendrado el bien llamado “malestar francés”. El ensayista galo Nicolas Baverez, experto en economía, atribuye esta anomalía de la psiquis colectiva a la naturaleza del establishment, al que define en términos que recuerdan la crisis británica:

 

La república francesa es un gobierno de los funcionarios, por los funcionarios y para los funcionarios. […] Hace falta denunciar el carácter incestuoso del condominio constituido por la clase política, el alto funcionariado y los sindicatos. Ese sistema es un sistema cerrado. Refiérase Usted a la izquierda o la derecha, ese sistema funciona en los dos campos. Por tanto, hay que romperlo.

 

Esta deformación, que se añade al exceso de centralismo de un país macrocéfalo en el que todo se decide en L’Île-de-France (París y los departamentos circundantes), se explica también en buena medida por la circunstancia de que casi toda la clase política ha egresado de una misma universidad de elite: la famosa École Superieure d’Administration (ENA). Los “enarcas” controlan el aparato estatal y dirigen Medef (Mouvement des Entreprises de France), la mayor federación patronal, además de todo cuanto vale y brilla en la política francesa. Al extremo de que los franceses describen al sistema como una “enarquía”. Según el ensayista Nicolás Baverez, experto en economía, “Francia es el único país desarrollado donde los funcionarios estatales ganan más que los ejecutivos del sector privado”.

 

En Los franceses. Reflexiones sobre el destino de un pueblo (editorial Plon, 2000, pp. 158-159, 219), el ex presidente Valérie Giscard d’Estaing (1974-1981), extendiendo el reproche a toda nación, se pregunta: “¿Cómo explicar esa paradoja que quiere que los franceses sean unánimes en reclamar reformas, pero que se las ingenien para hacerlas imposible?” Su respuesta triza el mito de la vocación jacobina de la Grande Nation:

 

La resistencia a la reforma viene menos de la resistencia de los intereses amenazados que de una suerte de repugnancia colectiva al cambio. Los franceses no aceptan decirse conservadores y, en embargo, entre los pueblos europeos son ellos los que oponen la mayor resistencia al cambio.

 

D’Estaing nos aporta una segunda clave que ilustra la secuela más dañina del igualitarismo a ultranza entre las masas populares francesas:

 

A medida que Francia se encaminaba hacia una sociedad de clases medias, esa concepción de la igualdad se ha hecho extensiva al conjunto del país […]: la igualdad concebida como la aversión al éxito ajeno. Ya no se trata de proponer iguales oportunidades para todos, sino ante todo de impedir o reducir el éxito de los demás.

 

Un estado mental lamentable en el que tiene mucho que ver el discurso errático de la intelectualidad progresista, predominante en la Grande Nation y en todo el mundo occidental. No en balde un Eric Conan se quejaba en su ensayo “El fin de los intelectuales franceses” (L’Express, 30-11-2000) de la terquedad de sus colegas al “preferir equivocarse con [Jean-Paul] Sartre a tener razón [Raymond] Aron”, un filósofo liberal quien pagó con el boicot literario la mala suerte de haber acertado siempre en el mano a mano que sostuvo entre 1950 y 1980 con su celebérrimo coetáneo existencialista. Dice allí Conan, refiriéndose a la extemporánea boga sartreana:

 

Cuatro biografías acaban de ser consagradas a quien sigue siendo el símbolo del compromiso erróneo por haber puesto demasiado a menudo su inmenso genio literario al servicio de un cretinismo político equívoco. Como si muchos intelectuales persistieran hoy en día en pensar que decididamente era preferible equivocarse con Sastre a tener razón con Aron. Como si continuaran privilegiando el estilo, el talento, la brillantez sobre la pertinencia.

 

Va de suyo que simpatizar a estas alturas con Sastre y sus epígonos equivale a compartir sus fobias contra el capitalismo, el liberalismo, la economía de mercado, la sociedad de consumo

--sin la cual, por cierto, los índices de desempleo superarían a los de empleo--, la democracia representativa, el parlamentarismo burgués, los fundamentos judeocristianos de la cultura occidental, Estados Unidos, Israel, etc.

 

Ese imaginario tiene su correlato explícito en el mito sartreano del engagement intellectuel (compromiso de los intelectuales) y el culto a la violencia revolucionaria. Remite a la Revolución Francesa de 1789 y al tercermundismo del movimiento estudiantil del 68, para culminar carnavalescamente en las revueltas nihilistas de los suburbios de París y otras ciudades, cuyo último episodio fueron los recientes disturbios en la Gare du Nord (Estación Ferroviaria del Norte) parisina.

 

De ahí también que Francia detente el récord comunitario en --escribe D’Estaing (ibídem, p. 215)-- “huelgas salvajes, bloqueos de medios de transporte, ocupación de pistas de aviación, destrucción de inmuebles comerciales, etc.” Sirva la cita siguiente para sacar de su error a más de un lector de periódicos viejos en la Isla y la Diáspora, que sigue aferrado a la imagen literaria de Francia hasta la II Guerra Mundial:

 

...cuando se habla en el extranjero de la contribución de Francia a la conquista de la libertad, para rendirle homenaje, se hace siempre referencia a la Revolución Francesa, y no a la manera cómo concebimos nuestra libertad hoy en día. 

 

No es de extrañar, pues, que los franceses de a pie, que reciben en directo el barraje mixtificador de su intelectualidad y se agarran con dientes y uñas a la ubre del estado providencial, se muestren renuentes a un cambio. No se resignarán a él hasta que la economía haya tocado fondo. A modo de botón de muestra, la semana laboral de 35 horas, prometida por Miterrand e incumplida hasta la fecha, persiste increíblemente en la mente popular como una meta realizable a corto plazo. Según una encuesta fiable, el 53% de los franceses prefiere “una jornada laboral garantizada por la ley”, contra un 45% dispuesto a “trabajar más para ganar más”. La realidad, sin embargo, es que Francia está al borde de la bancarrota.      

 

Así las cosas, la reforma británica e irlandesa confirma al menos cuatro constantes de carácter subjetivo ausentes en Francia: (1) la voluntad común de la elite política de ponerle coto a la crisis; (2) un consenso suprapartidista que desideologice la gestión administrativa, económica, y asistencial; (3) el replanteo de los nexos entre sindicatos, patronal y gobierno; y (4) la necesidad de perseverar en las reformas durante un lapso suficiente para que se opere un cambio de mentalidad en la población.

 

Las presidenciales francesas de 2007

 

Conciencia de la crisis la hay, no así una voluntad consensuada entre los cuatro partidos que se disputan la vacante de Jacques Chirac, con lo que se caen automáticamente los otros tres puntos. Los candidatos presidenciables en los comicios de 2007 son: la gobernante Union pour un Movement Populaire (UMP, conservadores), con Nicolás Sarkozy; el Partie Socialiste (PS, populistas de izquierda), con Ségolène Royal; la Union pour la Démocratie Française (UDF, centristas), con François Bayrou; y el Front Nationale (FN, ultraconservadores), con Jean-Marie Le Pen. No siendo partidos sino frágiles coaliciones medianas formadas por diversas microfamilias políticas, hasta el consenso intrapartidista se hace difícil.

 

Los barones de cada facción, claves en un país donde amistades y rencores personales se sobreponen a las filiaciones ideológicas, suelen ser imprevisibles hasta el último momento. Para colmo, las discordias se extienden al seno del gobierno saliente, donde las rencillas personales entre el presidente Jacques Chirac y el primer ministro Dominique de Villepin, por un lado, y el ex ministro del Interior, jefe y candidato presidencial del partido gubernamental, trascendieron a los tribunales.

 

Los cuatro candidatos se declaran nacionalistas y resueltos a proteger a la industria y a la agricultura francesa, masivamente subvencionadas. En cuanto al contenido de sus programas electorales, todos prometen soluciones al alcance de la mano. Pues los electores castigan sin piedad a todo el que les hable de sacrificios o beneficios a largo plazo. En consecuencia, hay que leer entre líneas lo que dicen los candidatos. Cuestión de matices. El riesgo es que luego, cuando el candidato victorioso se quita el antifaz electoral, arranca descalificado de entrada como embustero.

 

Según los últimos sondeos, Sarkozy y Ségolène encabezan las intenciones de voto con 26,5 y 24%, seguidos por el eléctrico Bayrou --que podría dar la sorpresa si llega a la segunda vuelta (6 de mayo)-- y Le Pen, con 19,5 y 15%. Los porcentajes bajan y suben todos los días, difiriendo según la fuente demoscópica. La mayoría de los analistas coinciden en que, si en la primera vuelta (21 de abril) se imponen Sarkozy y Ségolène, el primero accedería al Palacio del Elíseo en la segunda vuelta. El futuro gobierno conservador intentaría echar a andar la Tercera Vía y el eje franco-alemán saldría fortalecido, pero antes tendría que negociar duro unos apoyos más o menos leales entre las fracciones rivales de la Asamblea Nacional.

 

Si, por el contrario, gana la populista Ségolêne, el Palacio del Elíseo seguiría la línea esperpéntica de la Moncloa zapaterista, hundiéndose aún más en la inercia económica. Ni siquiera la coincidencia de sexo le valdría a Ségolène para cuadrar con la tecnócrata Angela Merkel, hostil a la retórica populista. Se da por descontado que un inesperado pase del cascarrabias Le Pen a la segunda vuelta, como ya ocurrió en 2002, movilizaría en masa a los electores a favor del contrincante, sea éste cual fuere. La incógnita es Bayrou, a quien, de conseguir pasar a la segunda vuelta frente a Sarkozy o Ségolène, algunos expertos dan por seguro vencedor. No sin razón, por cierto, dada la tirria izquierdista contra Sarkozy. Su triunfo no debilitaría al eje franco-alemán, pero igual lo tendría difícil con la izquierda.

 

Como es ya habitual, ningún partido alcanzará mayoría absoluta en la Asamblea Nacional, cualquiera de ellos que se lleve el pato al agua y decida emprender reformas radicales tendrá que contar con el apoyo de rivales, cuyas coyundas y forcejeos por carteras mediatizarían a buen seguro el proyecto gubernamental, retrotrayéndolo casi infaliblemente al statu quo anterior.

 

Francia es un régimen semipresidencial. El presidente, electo por sufragio universal, es la figura más poderosa del ejecutivo. Mientras que el primer ministro, jefe del gobierno, es electo por la Asamblea Nacional, no siempre controlada por el partido gobernante. Una contradicción, puesto que, al representar a la fracción mayoritaria, este último puede relegar al presidente a sus funciones representativas y de emergencia en caso de guerra. Son los inconvenientes de la llamada cohabitation, de las que ha habido varias durante esta Quinta República.

 

¿Cohabitación?

 

Esto pone sobre la mesa la probabilidad de una “cohabitación”, que es como se ha dado en llamar la situación sui generis francesa en que el presidente pertenece a un partido y el primer ministro a otro. En esa eventualidad, sólo un reparto de magistraturas entre Sarkozy y Bayrou le daría al gobierno entrante el poder necesario para arriesgarse a acometer las reformas pendientes con moderadas perspectivas de éxito.

 

Le Pen, quien acusa a ambos candidatos de haberle robado iniciativas, tal vez tolere a regañadientes un gobierno así compuesto. Al fin y al cabo, tiene 79 años en el costillar y no le queda tiempo para volver a postularse en el 2012. Pero, demagogo de siete suelas como es, sería siempre un caballo de Troya difícil de cabalgar para Sarkozy, pues arrojaría sobre él

--que ya sin eso pasa por reaccionario y neoliberal a los ojos de la izquierda-- el anatema del colaboracionismo con la ultraderecha. 

 

Pero las falanges encabezadas por Ségolène y los barones del Partido Socialista se la pondrían desde el principio cuesta arriba al tándem Sarkozy-Bayrou, o Bayrou-Sarkozy, agitando contra el de por sí frágil gobierno a las volátiles masas populares francesas tan pronto amague con imitar a Tony Blair. Ya ensayaron con éxito el año pasado cuando boicotearon el referéndum sobre el proyecto de Constitución Europea.

 

La Tercera Vía es tabú para la izquierda francesa que, además, culpa demagógicamente al ex ministro del Interior Sarkozy de haber reprimido con excesiva dureza las revueltas de los suburbios. Un barril de pólvora susceptible de estallar en cualquier momento que Ségolène

--si sobrevive a la derrota, algo improbable, dado que no cuenta con el respaldo unánime de la tribu progresista--, o su sucesor al frente del Partido Socialista, pueden manipular a su antojo. Así las cosas, si por fin Bayrou o Sarkozy se instalan en el Palacio del Elíseo después del 21 de mayo, tendrán que andar con pie de plomo y ser en extremo cautelosos en materia de cambios. La estabilidad francesa está en peligro. Y el avance, si es que se produce, sería a paso de caracol. 

 

De modo que el panorama francés, que anuncia fuertes turbulencias internas en la caldera de la segunda locomotora comunitaria, no se presenta nada halagüeño para la Unión Europea. Francia tirará a lo sumo lentamente hacia delante, caso de triunfar el tándem Sarkozy-Bayrou, que plantea más bien congelar los planes de expansión territorial y limitar la UE a la idea original de un espacio económico común en el que cada nación conserve su soberanía. O bien, si por azar triunfa Ségolène, quien sugiere un fantasioso proyecto de “Europa Social”, seguirá tirando con más fuerza aún hacia atrás, con riesgo de implosión comunitaria.

 

Conclusiones

 

Además de incosteable y contra natura, el hipotético proyecto de una Europa social defendido por la izquierda es inviable, ya que --por poner un ejemplo-- la implantación de un salario mínimo obligatorio en los 27 países de la UE surtiría el efecto de encarecer la mano de obra, frenando el intenso flujo de capitales hacia Europa Oriental. Con lo cual la UE dejaría de tener sentido para los países de esa región, que ya de por sí desconfían de Bruselas en caso de agresión rusa. Sin contar con la enorme inflación que generaría semejante medida.

 

Prueba de lo dicho es el rotundo fracaso de una medida de menor calado: la directiva “Bolkenstein”, que preveía que los servicios prestados por una firma extranjera se pagaran por la tarifa de país de origen. De modo que, digamos, un trabajador polaco cobrara en Francia lo mismo que en Polonia. Lo que equivalía a un dumping laboral. Los franceses --y no sólo ellos—la denunciaron como una forma de “capitalismo salvaje”. Y lo era.

 

Incosteable es también la iniciativa unilateral de una “Europa ecológica”, recién lanzada por la Merkel, tal vez  con la intención de ganar tiempo, confiriéndole al menos una primacía simbólica a una UE en crisis crónica cuyos mandatarios ni siquiera se pusieron de acuerdo a la hora de redactar una declaración de mínimos para celebrar su 50 aniversario. Tan mal andas las cosas.  

 

La realidad es que Europa ha tocado su techo institucional. No tanto porque, como dice Sarkozy en el exergo de la primera parte de este trabajo, la crisis comunitaria sea la responsable del rechazo franco-holandés a la Constitución Europea, sino más bien debido a la aberrante combinación del nacionalismo europeo --que, significativamente, amenaza la integridad de un país tan viejo como España-- con la persistencia de la utopía socialista. Dos fenómenos subjetivos demasiado arraigados en el imaginario europeo que perpetúan los conflictos.

 

Por otra parte, al no poder existir una política exterior y de defensa única, a causa del soberanismo y de las peculiaridades geopolíticas de cada país, carece de sentido tanto imponer una Carta Magna común como mantener una costosa Eurocámara que, al tratar de conciliar lo inconciliable, ata a los gobiernos con una inextricable red jurídica que complica la gestión estatal y escapa a la comprensión de la ciudadanía. De ahí el escaso interés que ésta le presta a las elecciones parlamentarias de la UE.          

 

De hecho, la única posibilidad real de materializar el sueño comunitario en un plazo relativamente breve pasa por --manteniendo, desde luego, los mecanismos existentes de solidaridad de los países más ricos hacia los más pobres—la estrategia común de facilitar al máximo el libre flujo de personas, mercancías y capitales. O sea, en lo económico, salvar el estado del bienestar mediante el recurso de extender a todo el ámbito comunitario el modelo de la Tercera Vía, que contribuye “...a crear una Europa próspera y competitiva económicamente a la vez que se garantiza un nivel alto de justicia social” (Blair).

 

En lo político-ideológico, visto que es imposible hacerlo en literatura, habría que al menos contrarrestar el monopolio de la progresía sobre los medios de difusión y los centros de enseñanza media y superior para paliar o poner fin a la esquizofrenia entre el modo de vivir y la manera de pensar en Europa Occidental. Con lo cual eurooccidentales --y estadounidenses, que igual cojean fuerte de esa pata--.le harían un gran favor al Tercer Mundo, que copia sus errores sin disfrutar de sus ventajas. En fin, como aconseja a los alemanes Claus Christian Malzahn en Spiegel-Online (29-03-07), It's high time for a new round of re-education. Traducido: “Ya va siendo hora de iniciar una nueva ronda de reeducación”. Sabio consejo, para Europa y el resto del mundo civilizado.