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ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS  

 

     

                                                                                                            Jorge A. Pomar, Colonia, Alemania

Mi primera gran disidente

Recuerdos de una habanera bien plantada


Por obra de una de esas asociaciones súbitas, caprichosas, que hacen las neuronas cuando se está leyendo acerca de otros temas, el excelente ensayo de Ernesto Hernández Busto Lezama entra en política (La Habana 1930), publicado en Penúltimos Días, me trajo vivamente a la memoria el escenario de mi primer encuentro personal con una auténtica disidente cubana.

 

Sucede que la frase citada del infortunado Rafael Trejo sobre la necesidad de poner un muerto (Trejo habría dicho exactamente: “Aquí hace falta una víctima”) concuerda con el relato que me hiciera un viejo comunista retirado sobre las circunstancias de la muerte de Trejo. Un suceso trágico, preñado de connotaciones heroicas, ya tergiversado por la hagiografía criolla antes del 59.

En el otoño de 1976, varios meses después de mi retorno de la guerra de Ángola, la madre de mis hijos, por entonces médica residente del hospital “Fajardo” (¿o del Oncológico?), me pidió que la acompañase a visitar a cierta paciente suya aquejada de cáncer terminal en un barrio capitalino ubicado a la izquierda de la calzada de 10 de Octubre, detrás de una inconfundible muralla blanca, bastante alta, que corta abruptamente la loma aledaña. Tal vez al comienzo de El Sevillano o antes de ese barrio, por esa vuelta. (Si por azar algún lector conoce el sitio de que hablo, le agradería que precisara el dato.)


Viendo que en la sala todos le daban de lado y el personal médico la atendía con su habitual profesionalidad pero marcando siempre las distancias, Mariselis se había encariñado a porfía con ella, haciéndose uña y carne con la enferma sin entrar en averiguaciones. Nadie le dijo nada. Ninguna advertencia tampoco de la administración o el Partido. A menudo me hablaba de su nueva amiga, intrigándose por el extraño vacío alrededor de aquella paciente, ostensiblemente ávida de trato humano, de afecto, confianza.


A decir verdad yo, que por entonces no solía ser desconfiado (el exilio me ha aconsejado lo contrario y he aprendido la lección), tampoco me había dignado darle un segundo pensamiento al asunto. No habiendo mucho que hacer en La Habana de entonces, acepté asistir a aquella cita con la tristeza.

 

Bien, llegamos a la modesta casa, de clase media baja, desde Mantilla (¿en la ruta 37?) una soleada tarde dominical y, tras el breve saludo a la enferma en su dormitorio, una joven de tez blanca un tanto cetrina, delgada, trigueña, ni bonita ni fea pero con esa vehemencia en los ojos y la voz que ponen la fiebre crónica y la certeza de estar agonizando (me recordó un retrato de Víctor Manuel), dejé a mi primera esposa sola con ella y seguí al compungido padre a la sala, resignado a escuchar un relato lúgubre que resultó en cierto modo asombroso, un tanto espeluznante incluso.

 

Para abreviar, el anciano resultó ser un veterano del Partido Socialista Popular (PSP), un dirigente de base. Tras servirle un generoso trago de ron a la roca y hacerse una idea somera del visitante en el curso de la charla introductoria que, dada mi condición de flamante defensor de los pueblos, se había atascado desde el principio en el tema político, fue entrando en caja, tomándole cada vez más gusto al contar. No sólo era locuaz sino que sabía narrar.

 

Me lo comí a preguntas sobre su rol activo en la Revolución del 30, en la rebelión antibatistiana y las vicisitudes de la fusión del PSP con el Directorio Estudiantil y el M-26 de julio. De entrada, se había interesado por mis motivos individuales para correr la aventura angolana. No doré la píldora: sobre todo, hacer méritos, probarle a quien pudiera interesar que yo también podía ser bravo con un fusil en la mano, como los barbudos de la Sierra Maestra, aparte de querer romper la rutina y arriesgar mis dos ojos con tal de ver a los racistas sudafricanos con uno menos. Poco a poco fue comprendiendo que yo era revolucionario, pero de los no fanáticos.

 

Aunque, como siempre había algo de espectacular, irónico, curioso o paradójico en sus relatos, a ratos se me antojaba fantasioso. Sin embargo, la gravedad del drama al otro lado de la pared, el tono de melancolía que le empañaba la voz ligeramente cascada, no dejaban lugar a dudas sobre la veracidad de aquellas historias de primera mano que él, para gaudio de su huésped, iba armando como una especie de rompecabezas histórico.

 

De repente, pegó un manotazo en el brazo del sillón. Cambió de tema y, con voz entrecortada, ahogada de dolor, soltó una confesión que me dejó un instante sin saber qué contestar. Jamás me había visto ni imaginado en trance semejante: su amada hija --olvidé si única-- había enfermado de cáncer mientras cumplía una larga condena por un delito de rebelión. “Acción y sabotaje”, dijo en una definición que me sonó anacrónica.

 

El fiscal había solicitado para ella la pena capital, pero a última hora se la habían rebajado a 30 años en consideración a su juventud. Y cómo no, aquí hizo una pausa llena de rabia contenida, de elocuente despecho, “a mi, su padre, a mis gestiones cerca de la vieja guardia del PSP aún en activo”, sobre la cual previamente había dejado caer, como quien no quiere la cosa, algunas alusiones claroscuras.

 

Habituado al estruendo de las explosiones, aún frescas en mis oídos de artillero, permanecí exteriormente impávido ante aquella inesperada andanada de amargura, que sin embargo me atronó el cráneo, desatando un tropel de conjeturas. ¿Cómo reaccionaría al lado Mariselis, embarazada de mi primogénita Laura? ¿Cómo explicar aquella visita en el hospital? Porque a buen seguro la casa estaría bajo vigilancia… Pendejadas tuyas, me dije. Ni ella ni tú tienen nada que ver con lo que haya hecho esa "jeva", que en definitiva es una moribunda. Desahuciada, había sido enviada a morir en su casa paterna.

 

Repasé mentalmente la escena en la habitación contigua, de donde a partir de un momento dado sólo llegaba el cuchicheo, el monólogo persuasivo de aquella muchacha, tratando insistentemente, a la salida lo supe, de convencer a una Mariselis presa de pánico. La volví a ver tendida en el lecho en desorden, con el rostro afilado, trémulo y tenso el cuerpo entero, los ojos en ascuas y el ademán implorante del ser humano in articulo mortis que agota sus últimas palabras en la urgencia inútil de hacerse comprender a un entorno indiferente, medroso, hostil. Que supiéramos, no tenía amante, o quizás lo había perdido en el empeño contestatario. Según Mariselis al salir, le juró que habría preferido mil veces el paredón de fusilamiento. "¡Sí, coño, me lo gané en buena lid! Pero cómo hacerles ese desaire póstumo a mis padres? Soy cristiana, casi desde que tuve uso de razón, ¿sabes? Por rechazo, por pura rebeldía?"

 

Visible debajo de la cama, una pequeña palangana esmaltada de color blanco ribeteada de azul en la que se mecían dos fantasmagóricos patitos glaucos de juguete sobre agua añilada, más toda una ecléctica profusión más de atributos religiosos por doquier, hablaban por sí solos del desepero de aquella familia encabezada por un marxista. Aparte del patriarca, sólo recuerdo la presencia de una señora mayor, silente, absorta en el esmero por complacer a la joven paciente. Supuse que sería la madre, aunque nunca se presentó como tal ni yo se lo pregunté luego a mi esposa.

 

Atenazado entre su vergüenza marxista, que de seguro exageraba ex profeso ante el intruso, y su lacerante dolor de padre, el anciano pareció reconfortado al escuchar por fin mis atropelladas, incoherentes frases de consuelo: cosas del destino, tampoco es fácil entender las complejidades, los inevitables errores y horrores de una revolución tan radical, algunos jóvenes nobles podían muy bien confundirse de buena fe, la suya no era la única familia dividida… Que sé yo cuántas banalidades balbuceé para consolar a aquel angustiado señor.

 

Aún estaba yo lejos de haber adquirido la labia de cura de mis once años de secretario ideológico del núcleo del Partido en Arte y Literatura. El caso es que se le desató el nudo en la garganta y, ya más en confianza con el engorroso visitante, como quien dice en plan de complicidad entre camaradas, pasó a desgranarme, ya sin circunloquios, un largo rosario de equívocos y tergiversaciones en la historiografía oficial.

 

Habló de arribismo, de traición a los ideales y a la mitad larga del PSP por parte de la canalla del PSP, ratas que siempre hallaban modo de acotejarse, de sobrevivir al naufragio. Si bien, matizó, no todos habían caído tan bajo. Por suerte, no faltaba quien le tendiera una mano al compañero en desgracia. Discretamente, se entendía. En la medida de lo posible, puesto que el de su hija era un caso difícil, comprometedor. Noté con sorpresa que de improviso había abandonado el tono melancólico, olvidándose por un momento de su dolor paterno a fuerza de rencor.

 

Fue ahí donde, entre otras muchas anécdotas curiosas, me contó que él había sido testigo presencial de la muerte de Trejo, que aquella mañana del 30 de septiembre de 1930 “éste que ve Usted aquí” se hallaba allí mismo en la esquina de Infanta y San Lázaro, a unos pasos de los contendientes enfrascados. No señor, el líder estudiantil no había muerto asesinado. Sí, habían sido reprimidos con mano dura, pero no era tampoco menos cierto que ellos, los estudiantes, habían bajado de la colina universitaria a fajarse palo a palo, a “darle la bronca a la porra machadista”.

Mostrándome una vieja edición de la revista Bohemia (o Carteles) sacada de un viejo armario, dijo: “Observa la foto. Trejo se le echa encima para quitarle el revólver y, en la trifulca, se escapa al guardia el disparo fatal”. De asesinato, nada, exclamó vehemente: Trejo había agredido primero al guardia, no el guardia a él. Admiraba al mártir, pero no al extremo de negar la verdad histórica. Fue un acto de temeridad de su parte. “Trejo andaba como buscando la muerte”, concluyó. Conclusión suya que concuerda con el “Aquí hace falta una víctima” citado en el ensayo de Ernesto Hernández Busto. Probablemente haya sido ése el resorte nemotéctnico para mi curiosa asociación.


En efecto, Raúl Roa parece confirmar la versión de mi anfitrión, que nunca se refería a él sin añadirle a su nombre la coletilla de “cambiacasacas profesional”. En el talante bravucón que adoptaba infaliblemente al relatar sus aventuras en la lucha contra el dictador Gerardo Machado, el fallecido ministro del Exterior castrista escribió (repárese en el matiz doloso conferido por el sustantivo “descarga” y el detalle del “pavimento regado de casquillos):


Rafael Trejo, en corajudo arranque, se enredó en un cuerpo a cuerpo con un policía. Antonio Baldoquín acudió en su ayuda. Trató de arrebatarle el revólver al esbirro. Sonó una descarga. Trejo se derrumba, chorreando sangre, sobre el pavimento regado de casquillos y manifiestos [...].

Si pudiera darle marcha atrás al tiempo sin perder la perspicacia histórica que me han dejado en limpio las vivencias del ex comunista devenido a su vez en codirigente de un grupo opositor, prisionero y exiliado de un régimen que yo mismo ayudé a fortalecer; si, concretando esta imagen surreal, me viera otra vez esa tarde de fines del 76 en plan de confesor espiritual del consternado padre de aquella rebelde anónima, le diría convincentemente que su hija no había hecho más que seguir al pie de la letra la tradición de violencia y autoinmolación frente al despotismo inaugurada por Trejo y sus comelitones contra el machadato (1930) y reestrenada contra el batistato por los asaltantes del Moncada (1953) y el Palacio Presidencial (1957). De aquellos polvos salieron los lodos de hoy.


Ni más ni menos. Habida cuenta de que, a los ojos de mi primera gran disidente (por entonces aún no se les llamaba así) de carne y hueso, el castrismo era una tiranía. Y a ella le habían inculcado hasta la saciedad en la casa y la escuela, o sea, desde la más tierna infancia porque no debía de haber cumplido la treintena, que la rebelión contra cualquier tiranía era no sólo un derecho sino también un deber de todo revolucionario. Si la impresión de firmeza que me causó no es falsa, exhaló su ultimo aliento sin arrepentirse de sus actos, cualesquiera que hayan sido.

 

Esta noche, gracias al texto de Hernández Busto en el blog Últimos Días --vuelvo a recomendar su lectura y aprovecho para felicitar al autor--, me estoy acordando con enorme gratitud de aquella muchacha agonizante del municipio Diez de Octubre. Nunca más volvimos a aquella casa. En mi defensa, sólo puedo alegar que no fue por temor, sino más bien por falta de identificación con la causa de aquella extraña. Luego me enteré por Mariselis de que había muerto. O eso creo.


Quiso el destino que su imagen volviera a ocupar mi mente 15 años después: una tarde de la primavera del 91 en que, esfumados los últimos restos de esperanza en una reforma desde arriba, toqué a la puerta de un apartamento proscrito en el reparto Alamar y me abrió mi segunda gran disidente: María Elena Cruz Varela, en lo adelante mi jefa en Criterio Alternativo. ¿Qué ha sido de ella?


Esta historia tiene dos moralejas y un interrogante. Moraleja 1) La sospecha fuerte de que, si las rebeliones contra Machado y Batista triunfaron en tan poco tiempo, 4 y 7 años, respectivamente, fue porque en la práctica igual se hubiera podido salir de ambas sin el recurso a las armas. Moraleja 2) El hecho de que la estatua del Alma Mater en la Universidad de La Habana haya pasado casi medio siglo sin presenciar una sola rebelión, una sola manifestación estudiantil digna de ese nombre durante el peor régimen dictatorial que haya conocido la historia de Cuba, a saber, el totalitarismo castrista, demuestra que el estudiantado tampoco es, per se, un estamento social revolucionario. El ejemplo de Pedro Luis Boitel no hizo escuela.


Y la pregunta: ¿conoce algún lector el nombre de aquella chica bravía del municipio 10 de Octubre? ¿O dispone de algún contacto habanero que pueda, sin correr mayores riesgos, indagar entre el vecindario acerca de su vida para poder sacarla del anonimato y rendirle el homenaje que merece? Mucho agradeceríamos cualquier precisión sobre este texto y/o información sobre aquella habanera tan bien plantada.