Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS  

 

     

                                                                  Jorge A. Pomar, Colonia, Alemania

En la espesura de la solidaridad

Homenaje a Erich Hackl (y a la pléyade que movilizó en mi defensa)*

 

 

Una mañana de mayo del 92 desperté en mi celda con una persistente (duraba ya cuatro meses) sensación de mundo afectivo al fin reordenado después del limbo en que quedan suspendidos los presos políticos cubanos entre el veredicto final del tribunal y el restablecimiento del contacto con sus familiares en alguna oscura cárcel de provincia. Había ingresado a la Prisión Provincial de Ariza, Cienfuegos, la tarde del 21 de diciembre. En diciembre me fui en blanco en la primera visita reglamentaria. En enero, cada vez más escéptico a medida que el oficial de turno voceaba los números de la lista de reclusos con visita, pasé en un abrir y cerrar de ojos al sobresalto feliz al escuchar la cifra que ahora identificaba mi persona. Por boca de mi esposa Gipsia Cáceres de la Guardia supe que casi todos mis seres queridos me ratificaban su afecto.

 

En marzo había escuchado, a medio camino entre el asombro y la incredulidad, la odisea habanera de aquel austriaco que, invitado en febrero de ese año a la Feria Internacional del Libro de La Habana, osara convertir el lanzamiento de su novela Los motivos de Aurora en un alegato en defensa de su traductor recién caído en desgracia. Antes que él sólo el irreverente Allen Ginsberg se había atrevido a contrariar al régimen en su patio en 1965, y fue expulsado a cajas destempladas. Erich Hackl había desdeñado los honores del régimen y soportado con aplomo el acoso de la Seguridad del Estado y el aparato cultural del régimen. Y lo que era más meritorio: al asumir la defensa de un réprobo del castrismo, se arriesgaba a un temible desencuentro con una izquierda que, dado su predominio en los medios periodísticos y editoriales, puede (y suele) cortarle las alas a cualquier renegado en fase de despegue.

 

Pero Hackl, a quien hasta entonces sólo había visto una vez, hizo tres cosas más: empezó a enviar a mi esposa una ayuda material indispensable, Gipsia y yo cesantes, de vuelta en Europa puso sobre el platillo de la balanza su recién ganado prestigio y sus dotes de organizador para articular un movimiento de solidaridad con nuestra causa y, en un artículo titulado “En la espesura de la soledad”, contó sin cortapisas en Die Zeit lo sucedido con su traductor y su propio vía crucis en La Habana.

 

Ahora, en esta visita de mayo, aquella alegría de mundo reordenado casi me sofocaba ante la expectativa de leer el original alemán del artículo de “El Amigo”. Con ese escueto epíteto Gipsia había rebautizado conspirativamente a Hackl para diferenciarlo de Herbert Quelle, el agregado cultural y primer secretario de la Embajada de la RFA, nuestro primer valedor extranjero, quien pasó a llamarse “Fuentes” en su correspondencia. Hablaba con sentida gratitud de Quelle. 

 

Durante el lento recorrido de la hilera de reclusos por el laberinto de corredores enrejados que separan la galera de mayores del salón de visita, mientras los guardias iban abriendo uno a uno el sinfín de pesados candados italianos, evocaba aquellos dos rostros teutones, tan disímiles, de nuestros primeros valedores extranjeros: el de Hackl, ancho, bonachón, eslavo (¿se ofenderá?), con esas dos cejas montaraces que se encabritaban tanto cuando reía que parecían a punto de derramarse sobre sus espejuelos; el de Quelle, angosto, a primera vista tan duro, prusiano, que sólo le faltaba el monóculo para encajar a la perfección en un filme de guerra ruso. Obviamente la cara no era, como dice el aforismo, el retrato del alma: ambos tenían en el pecho un corazón de oro, tacto, decencia natural y capacidad de empatía. Herbert Quelle le había proporcionado a Gipsia el ejemplar de Die Zeit deslizado en la jaba (bolsa) que me entregarían en el depósito al marcharse los visitantes.     

 

En el salón de visita me recibieron los tres rostros sonrientes de mi esposa y mis hermanos Felicia y Alexánder. Por el segundo piso de la calle Aramburu # 351 en la barriada habanera de Cayo Hueso, de donde una tarde Gipsia había escapado por la azotea al asalto de una turba paramilitar, el mismo modesto cuarto con barbacoa (entrepiso de madera improvisado como dormitorio) donde el año anterior habíamos recibido a Hackl, a nuestro entrañable amigo común el periodista Franz Fluch y a Herbert Quelle, seguían desfilando amigos, colegas y vecinos que venían a interesarse por mi suerte, a ofrecer su modesta ayuda en forma de un par de puros (que se quitaban de su exigua cuota), un medicamento, un dulce casero... Por lo demás, no debía preocuparme, me aseguró Gipsia:

 

Ya no estamos haciendo malabares para que no salgas de aquí dentro de dos años con el pellejo pegado a la calavera: la ayuda del Amigo ya está llegando.  -Y entregándome la chapilla metálica numerada de la jaba, contestó a la pregunta de mis ojos-: Dentro, en uno de los periódicos [...] viene el artículo de que te hablé. El Amigo les dio a todos esos fariseos por donde más duele: por el mismísimo saco. Gózalo, y trata de que [...] no se te desboquen los caballos de la vanidad. Porque no es para menos. Bueno, si es que llega a tus manos... Me preocupa que tomen represalias aquí contigo. Avísame cuánto antes.     

 

Tras marcharse la visita, tuve que emplearme a fondo para congelar en mi rostro aquella secreta expectación. No fuera a ser que, al caminar en pelotas y hacer cuclillas sobre las mesas de granito, extraña pasarela en la que debía hacer una vez al mes el papel de maniquí desnudo para el escrutinio físico de rigor bajo la atenta mirada de los guardias, éstos lo fueran a tomar como un gesto insolente de mi parte. Lo conseguí a duras penas y, siempre en fila india, entregué la chapilla en el depósito y recogí mi bien surtida jaba. De vuelta en la celda, tras hojear por enésima vez cada uno de los periódicos y despanzurrar un par de panes de flauta, comprobé para mi disgusto que el artículo de marras no figuraba en ninguno de los periódicos: lo habían confiscado. Las consecuencias no tardaron en hacerse sentir: fui amonestado por el reeducador y citado por el jefe del TOS (Trabajo Operativo Secreto), que “atiende” a los reclusos comunes condenados por delitos políticos, por decirlo de algún modo, ya que el Código Penal cubano no reconoce la categoría de preso político. Para tranquilizar a Gipsia, en carta del 29 de mayo incluí el siguiente párrafo:

 

[...] el artículo y el periódico alemán no llegaron a mis manos. El reeducador me llamó la atención, pero yo me mantuve en mis trece: no hay violación alguna, es mi derecho informarme sobre lo que se publica acerca de mi persona, en bien o en mal, dentro o fuera del país.

 

En fin, ocurrió algo mejor: lo leyeron los carceleros y el amable “seguroso” del TOS, que en sí no era mala persona, y todo indica que surtió efecto. Atando cabos en retrospectiva, no me cabe duda de que, sobre todo gracias al formidable “Yo acuso” internacional de Hackl, mis condiciones de cautiverio mejoraron sensiblemente. Dejé de ser el preso político anónimo en una ergástula de provincia para ser tratado con un mínimo de miramientos, pequeñeces que en las cárceles cubanas valen un capital. Como por encanto, apareció una litera vacía para mí, que hasta febrero había dormido en el suelo, me devolvieron los libros incautados, y lo mejor de todo: en las visitas siguientes Gipsia y Felicia, mi hermana mayor, ya no fueron sometidas a aquellos obscenos cacheos y registros en que las obligaban a hacer cuclillas desnudas en presencia de una oficial del MININT, especialmente humillantes para Gipsia, a quien le faltaba un seno y siempre salía de ellos lívida de cólera y con unos ojos aguados que se enjugaba antes de llegar al salón de visita. 

 

Pronto empezaron a llegarme las primeras señales del éxito de las gestiones de “El Amigo” en el Viejo Continente. La primera fue una carta de Alemania firmada por la activista de Amnesty International Ruth Glasl. Bella carta, no sólo por el mensaje de aliento que me enviaba aquella austriaca residente en Bonn, sino porque al dorso venía un espléndido campo florido que contrastaba con la sordidez de aquel almacén de hombres que era el edificio prefabricado de la prisión. El 22 de julio escribí a Gipsia:

 

He recibido tres tarjetas postales de Austria y una carta (hoy) de Bonn, enviadas por simpatizantes de allá.

 

Como se ve, la solidaridad internacional funciona y levanta la moral de los prisioneros de conciencia. Que influye también en el ánimo de los carceleros del régimen lo demuestra el detalle de que en mayo de 1993 el alcaide en persona se haya dignado ordenar a un “combatiente” que me escoltara hasta la Oficina de Correos de Ariza para recoger, grata sorpresa, un bulto postal enviado a nombre del Grupo de Amnistía Internacional en Leoben por Marian Pink. Sobre la tercera de aquellas cartas de Ruth, cuyos paisajes invitaban a soñar despierto, comento a Gipsia el 30 de octubre de 1992:

 

Es la tercera que recibo de la señora Ruth Glasl. Muy amable y discreta. En realidad, esa correspondencia me ayuda mucho. En esta última carta ella menciona a Erich, señal de que me conoce a través de su persona o de sus escritos sobre mí. Los papeles que emplea para sus cartas tienen por el reverso excelentes paisajes de la campiña alemana. Pero este último es bellísimo: una hermosa puesta de sol vista desde la perspectiva de un campo florido, con árboles en el horizonte. Me gustaría recorrer contigo paisajes como ése. [...] Tú y yo solos, tomados de la mano... Sueño con eso. Y sé con certeza que alguna vez será.”   

           

Nunca fue... Sería demasiado largo agotar aquí la lista de personalidades e instituciones (la Embajada de la República Federal, el P.E.N-Club, la Asociación de Traductores Alemanes, el Colegio de Traductores de Straehlen, etc.) movilizadas por Hackl en mi auxilio. Entre otros, figuran dos autores a quienes yo había traducido: Stefan Hermlin y Günter Grass. Encontrándome ya en régimen de granja penitenciaria, éste último insistió en verme durante un pase coincidente con su visita a La Habana en el verano del 93. Previa anuencia de la Seguridad del Estado, Gipsia y yo almorzamos con él en un discreto hotel de la Habana Vieja, el “Lincoln”, si mal no recuerdo.  Meses después, fallecida ya mi esposa y yo en libertad condicional, el autor de El tambor de hojalata me hizo llegar una ayuda providencial en metálico y, llegado momento, fue también la persona que pagó mi pasaje aéreo hacia Alemania.

 

No huelga consignar aquí también el hecho de que no siempre las diligencias de “El Amigo” cayeron en oídos receptivos. Tal fue el caso del Ministerio del Interior austriaco, cuyos funcionarios socialdemócratas me denegaron dos veces la visa a última hora. (Por fortuna, Quelle llenó enseguida la brecha austriaca y, en menos de una semana, ya tenía en mis manos no sólo el visado alemán sino la autenticación de la Carta de Invitación, que “Fuentes” pagó en dólares de su propio bolsillo.) El enojo de Hackl fue monumental, al extremo de exigirme que denunciara el caso. No lo hice en su momento porque en definitiva, más allá del factor humanitario, estaban en su real derecho a conceder o denegar el visado. Por lo demás, el rechazo austriaco tampoco me tomó del todo por sorpresa: en una de mis tantas visitas, después de apearse con el sonsonete oficial sobre “los adelantos en educación y sanidad obtenidos gracias a la Revolución”, la hospitalaria embajadora Keller me había abierto su aristocrático corazón con una frase que bien podía ser algo más que una opinión personal:

 

-La situación de penuria económica que vive la Isla se debe a que los cubanos no quieren trabajar.

-Lo siento -repliqué, sabiendo de antemano que me jugaba la visa-, pero creo que en las condiciones de paga y vida existentes en Cuba los austriacos trabajarían mucho menos...

 

José Saramago es otro ejemplo: su negativa a secundar a Hackl (se limitó a preguntar mi nombre) en La Habana en sus esfuerzos por lograr al menos una mejoría en las condiciones de cautiverio del editor que había dado a conocer su obra en Cuba (Levantado do chão y Memorial do convento) prueba que la reacción solidaria del austriaco no era, ni es aún, pese a recientes avances en ese sentido, la norma entre la intelectualidad occidental de izquierda, menos aún tratándose de la disidencia cubana, “la menos comprendida del mundo” al decir de Vargas Llosa. Por descontado que tampoco lo es entre los intelectuales de derecha y los burgueses: los primeros, por lo común indiferentes en la egolatría de su torre de marfil, siempre en busca de aplausos y laureles, vengan de donde vengan; los segundos, como corresponde a su clase, compulsivamente en busca de ocasiones para rasgarse las vestiduras y, de paso, solazarse “de puta madre” con nietas de héroes anónimos de la Revolución (por desgracia, en eso los intelectuales de ambos signos no les van a la zaga), al tiempo que aprovechan la edificante estancia para promover sus negocios en la Isla del Dr. Castro. Aunque admito que la impostura y desparpajo de estos dos últimos grupos me resultaban, me resultan aún, menos ofensivos.

 

Es, pues, de admirar el excepcional coraje de Erich Hackl en la capital cubana, tan en línea con los héroes de sus textos en eso de nadar contra la corriente. Más adelante, estando yo ya en el exilio, él mismo resumiría con acierto los resortes de esa inexcusable renuencia de los intelectuales de izquierda a hacer causa común con sus colegas cubanos en la picota en la Isla o en el exilio cuando, en carta del 22 de diciembre de 1995, acota:

 

Me enfadé mucho de cómo acabó mi propuesta al Literaturhaus de reunirnos Mejides, tú y yo. Según la señora Böhler fue la escritora K. la que se resistía, muy enfadada, al debate. K[...], que siempre habla de la libertad de opinión, aparentemente temía por sus buenas relaciones con los círculos oficiales en Cuba. 

 

Sin comentarios... ¿Cómo esperar, pues, que un escritor novel extranjero iba a ser capaz de comprometerse con un caso tan banal? El tiempo se ha encargado de darle la razón a Hackl. Y no es sino de felicitarse que, del embarazoso silencio con que respondió entonces Saramago a Hackl en La Habana, el ahora merecidamente premio Nobel de Literatura haya saltado a aquel tajante “Hasta aquí he llegado”, que tanto ha dolido a su amigo Castro. Al redactar su lacónica protesta, quizás Saramago recordara a aquel desconocido novelista austriaco que tuvo el coraje de decir NO cuando tantos coreaban SÍ o callaban como él, otorgando. Y es que “El Amigo” no sirve para cantar en coros oficiales, sean del signo que fueren, por más que en vez de aplausos y parabienes lluevan sobre su cabeza palos y desdenes.

 

Justo por ser un escritor cuya filiación intuí desde las primeras páginas de Los motivos... y me quedó clara tras su primera visita a La Habana en 1991, ocasión en que leímos al alimón en público un par de capítulos de su libro, la coherencia intelectual con que se adelantaba de hecho y palabra en más de una década a Saramago tenía para mí un valor de piedra de toque, de reafirmación, tanto más válida por provenir de un correligionario. Su placet, emitido tras indagar in situ las circunstancias del arresto de su traductor, bajo fuego él mismo sobre el duro pavimento habanero en aquella primavera del 92, me demostró, más allá de cualquier duda razonable, que las convicciones que me habían llevado a Ariza soportaban también el recurso a una tercera instancia afín del otro lado del Atlántico.

 

Así las cosas, Hackl -a quien, ya decidido a romper amarras con el régimen, al describirle en nuestro primer tête-tête el dilema nacional, no le doré la píldora ni mucho ni poco: me inspiró confianza a primera vista- se erigía a mis ojos en, para decirlo con un símil, el pilar europeo de un arco legitimador cuyo pendant insular eran el poeta Manuel Díaz Martínez y el también poeta disidente Raúl Rivero, ambos hombres de la izquierda humanista a la manera de Hackl, ambos definitivamente de vuelta de la ilusión castrista antes que yo.

 

Mi amistad con Hackl tiene su origen en la Feria del Libro de Francfort de 1987, donde los representantes de Diógenes me obsequiaron, entre otras obras, Los motivos... Ya frente al stand de la editorial el final adelantado me atrapó de tal manera que, de regreso al hotel, no solté el libro hasta el punto final para cerciorarme de que el relato se sostenía. Al llegar a Cuba evalué enseguida aquella noveleta factográfica y empecé a traducir el texto, sin esperar por su aprobación definitiva, proceso de imprevisible desenlace que comienza en la redacción de América del Norte y Europa Occidental, que yo mismo dirigía, y concluye con el diktat del DOR (Departamento de Orientación Revolucionaria del Comité Central).

 

El relato llenaba varios requisitos. Abordaba un argumento verídico. Era fulminante, como los cuatro disparos con que Aurora puso fin a la vida de su hija. Y estaba escrito en una prosa minimalista, de cronista neutral. De principio a fin apenas sobraba una palabra. El autor debía de haber desechado montañas de datos y adjetivación superflua. Sin duda era un censor implacable de sí mismo, rasgo estimable a mi entender de editor. Y sin embargo, sus frases, puro lenguaje deshuesado, no tardaban en hilvanar una fábula merecedora del calificativo alemán de Dichtung, un concepto traducible al español como “poesía existencial novelada”. Contenía al menos dos puntos de identificación para el lector cubano: 1) una referencia a Maceo y una patética descripción del retorno al puerto de El Ferrol de los restos de las tropas peninsulares derrotadas en la guerra hispano-cubanoamericana; 2) un mensaje que en una reseña publicada en la “Revista Unión”, de la UNEAC, enfilé veladamente contra el mito fundacional del régimen más o menos en los siguientes términos:

 

Aurora intenta educar a su hija en una especie de campana de cristal. A fin de romper cualquier continuidad sociocultural, desmarca asépticamente a Hildegart de todo contacto ambiental superfluo o nocivo. La forja como un bisturí para un proyecto de cirugía social, como un ser asexuado concebido para vivir exclusivamente en función de su propia perfección y del mejoramiento humano. El experimento se frustra tan pronto entra en la ecuación el primer trastorno: las urgencias del sexo. Hildegart se enamora, y con el amor, irrumpen en su vida la sensualidad, esa tiranía de las glándulas y los sentidos, y por ahí, de contrabando, la inminencia del error, del caos afectivo y el consiguiente desvío de la deshumanizante utopía materna. Extrapolado al plano de la sociedad socialista, el subtexto de mi reseña (suprimida como prólogo a la edición cubana de Los motivos...) insinuaba este mensaje: llevado hasta sus últimas consecuencias, el mito guevariano del hombre nuevo, desempolvado oficialmente a la sazón para apuntalar el llamado “Período Especial”, estaba condenado a fracasar o a engendrar anormales. Resumiendo: era un proyecto contra natura.

 

Por más que Hackl cultive un subgénero en que el autor se borra a sí mismo del relato, a menudo enfocando los hechos desde diversas perspectivas, ciertos furores partidarios en sus ensayos, cierta utopía humanista rastreable como un hilo conductor en el diseño de los contextos y héroes reales escogidos para sus novelas, por lo general personajes un tanto idealizados hasta adquirir valor modélico, si bien con su ligero desbalance de virtudes (las más) y defectos (los menos), denotan la sutil poética romántica de un autor que cree contra toda evidencia en contrario -sus héroes sucumben siempre en un medio hostil- en la bondad innata del ser humano y la maldad intrínseca del sistema, que lo deforma. Al margen de las parcialidades de la ideología autoral, más implícita que explícita -Hackl no suele emitir juicios de valor-, su narrativa alecciona por medio de la recreación de paradigmas humanos. La suya es, pues, una poética que opera por simpatía con sus héroes fracasados, tan válida como otras que parten de supuestos contrarios para suscitar la antipatía del lector hacia sus antihéroes.

 

En fin que Hackl, mi valedor espontáneo, de ida en su quijotesco, loable rescate de mundos y seres ideales desde su perspectiva antifascista y su realidad capitalista desarrollada, y yo, Pomar, su defendido sin mandato, en franca fuga de la ilusión socialista a lo Sancho Panza tras el mareo castrista cuando él llegó a La Habana en aquella primavera de 1992 a lanzar el libro que nos uniría y me encontró detrás de los barrotes de lo que había sido mi propia arcadia, entraríamos a partir de mi personal exégesis de Los motivos... en una compleja interacción contrapuntística que de entrada me benefició a mí y en lo adelante nos enriqueció a ambos.

 

Pero tal vez me equivoco, porque ahora sé que, al aterrizar en La Habana, no venía sólo con la imagen que yo le había dado de nuestra realidad insular. Llegaba, por tanto, suficientemente pertrechado para entender el dilema de su traductor. De hecho, acababa de moderar en Zurich un contrapunto similar, mucho más subido de tono, entre Jesús Díaz y Eduardo Galeano. El primero mi alter ego; el segundo, desde que leyera su maniqueo, retórico, autocompasivo ensayo Las venas abiertas de América Latina, encarnación latinoamericana de la mitomanía intelectual en el siglo XX.

 

En consecuencia, es más que probable que, de leerla (haberla leído), mi interpretación orwelliana de Los motivos... no sea (haya sido) del agrado de su autor. A no dudarlo, cuando menos arrugaría (habría arrugado) el entrecejo. Sé, o deduzco, que Orwell no es santo de su devoción, si bien cuenta con el aval de haberse batido del lado republicano en la Guerra Civil española, un escenario histórico predilecto de Hackl en cuya valoración existen obviamente diferencias de matices y enfoques entre él y yo. En cuanto al conjunto de la obra de Galeano, ídem: diferimos (ya discutiremos el asunto, si lo deseas, mi querido amigo), pues me consta que ha vertido al alemán textos suyos que yo hubiera echado sin ceremonias al cesto de la basura, aunque me costara el puesto. Pero, bien, transeat...

 

Con todo, entre las mayores satisfacciones de mi vida en el exilio destaca la feliz constatación de que, a despecho de sensibles discrepancias entre él y yo, que a veces nos enfrascamos en enconados debates -incluso sobre el fatídico tema de la guerra de Irak, tumba de tantas amistades- su casa, su noble familia y su corazón siguen abiertos de par en par para mí en una afinidad que, en estos tiempos de intransigencia populista y pacifismo que muerde, trasciende la política y la ideología. No siempre reñimos, desde luego. En los temas más esenciales coincidimos, y en no pocas querellas saco provecho de su mayor erudición y notable capacidad de discernimiento. Recuerdo, por citar un ejemplo del segundo rasgo, que, al pedirle su criterio sobre los alemanes, él (¡un austriaco!) remató su respuesta con esta lúcida duda: “...Pero es que conozco a tantos tan nobles que no sabría qué decirte; los alemanes reales me confunden”. A mí también, y al cabo de once años de exilio en el país de Goethe y Himmler (Hitler era un austriaco naturalizado alemán) sigo apuntándome a su sagaz observación, por lo demás aplicable a cuantas etnias y naciones pueblan el planeta.

 

La inmensa deuda de gratitud que contraje con Erich Hackl en tan difícil trance no pienso saldarla jamás. Se lo he dicho en su ancho rostro sonriente. Ni siquiera le he preguntado a cuánto ascendió el estropicio en su casi siempre agobiado bolsillo de freelancer. El monto de la deuda espiritual ni qué decir: es impagable. Y por más que la gratitud sea un sentimiento que los humanos solemos digerir mal,  más aún los que pecan de soberbia como yo, estoy dejando añejarse esa ya vieja deuda con él, acrecentarse con los intereses de nuestros años de fraternal amistad en Europa. Todo con tal de seguir aspirando el edificante aroma de aquella cálida espesura de la solidaridad, de aquella solidaria pléyade de activistas que en su momento condensó a mi alrededor. Por eso, y porque de otro modo jamás habría destapado ese cofre de nostalgias que es la correspondencia de prisión con mi inolvidable esposa, que siempre hablaba de él, “El Amigo”, con cariño y gratitud. Y desde luego, también porque deberle algo a este austriaco inefable hace bien al corazón. 

 

 

* (Texto publicado en alemán en “Porträt Erich Hackl”,  Die Rampe, marzo de 2005)