Francia, ¿principio del fin de la ilusión “progresista”?

Ségolène tira la toalla

Ségolène Royal, la recién derrotada candidata del Parti Socialiste (PS) en la segunda vuelta de los comicios presidenciales franceses, agotó durante la campaña todas las armas del arsenal progresista: desde aporrear el teclado feminista (y homofílico), arropándose en su supuesta condición de víctima del machismo tradicional de los “enarcas” (egresados de la famosa École Nationale d’Administration, donde se gradúa la elite política francesa), hasta autoproclamarse adalid de los desvalidos del mundo. Si la mayoría de los electores votaban por ella el 6 mayo, la semana laboral de 35 horas, el salario mínimo obligatorio, el pleno empleo, etc., aumentarían hasta hacer de Francia un país de Jauja.

Protegería a la vez la industria, la agricultura, el comercio y, en particular, a la clase obrera nativa frente a los desafíos de la globalización neoliberal. Disolvería la V para crear una VI República basada en la utópica “democracia participativa”. Con tal de lograr su propósito de instalarse en el Palacio del Elíseo, Ségo no paró mientes en arrebatarle al ultraderechista Jean-Marie Le Pen el monopolio de los símbolos patrios: bajo la presidencia de esta Juana de Arco jacobina, cada familia colgaría en su balcón una flamante Tricolor y todos los franceses se aprenderían de memoria las olvidadas (y belicosas) notas de La Marsellesa.

En materia de política continental y trasatlántica, prometía por un lado que, renaciendo de sus cenizas chiraquianas, el Palacio del Elíseo sacaría a la Unión Europea de su actual atolladero institucional (culpa de los votos en contra de su propio partido), sometería el Proyecto de Constitución comunitario a una nueva consulta popular en el país que más contribuyó a engavetarlo en 2005 y, énfasis soberanista que no podía faltar en el país de Charles De Gaulle, plantaría cara a Estados Unidos. En estos dos últimos puntos, como en su incosteable programa social y su demagogia con los géneros, conseguía desmarcarse de su rival conservador; no tanto así en cuanto a su afán proteccionista y a la patriotería, dos bazas que tanto ella como Sarkozy le robaron a Le Pen.

La clase obrera vuelve a votar por la derecha

No bastando tampoco con la apelación gaullista al amor a la Grande Nation, a juzgar por las cifras de intención de voto en los últimos sondeos, Ségolène cargó aún más las tintas populistas en su habitual retrato de Sarkozy como un “peligro nacional” inminente del que sólo su propia elección como presidenta podía salvar a Francia.

Una de sus pifias más gruesas consistió en aceptar el espaldarazo de José Luis Rodríguez Zapatero en un mitin de cierre de primera vuelta celebrado en Toulouse: “Ségolène es cambio, Ségolène es futuro. Alguien como ella puede ser presidenta [...] No debéis esperar a la segunda vuelta, la izquierda no está hecha para esperar. Está hecha para ganar lo más rápido posible”. Intromisión en los asuntos internos de Francia que no podía ser más grosera y que sin duda perjudicó a la anfitriona, motejada ya por sus compatriotas como la “Zapatera”. Para redondear su errático pastel electoral, se atrevió a desafiar a los barones del partido y a su marido, el secretario general François Hollande, nombrando por su cuenta consejeros malquistados con ellos.

En el colmo del delirio, Ségolène incurrió en otros dos errores de bulto que deben de haberle costado sufragios decisivos en los grandes centros urbanos. Sobre todo, en París y las ciudades periféricas de la Isla de Francia, sedes de los disturbios juveniles. En la primera vuelta propuso reducir el desempleo juvenil mediante el descabellado recurso de alistar a los jóvenes en unidades militares, creando una especie de Ejército Juvenil del Trabajo. En la segunda, tuvo la osadía de amenazar en público con imprevisibles estallidos de violencia callejera en los suburbios en caso de triunfo de Sarkozy, dando la fatal impresión de que bajo cuerda los socialistas controlan de algún modo tales desmanes juveniles.

Un cálculo miope, habida cuenta de que los principales afectados en esas revueltas antisistema son precisamente los franceses de a pie defendidos por ella, o sea, obreros, empleados de baja categoría y desocupados crónicos cuyos ingresos no alcanzan ni atrás ni alante para ponerse a salvo del ya cotidiano vandalismo de los marginales mediante el simple recurso de mudarse a los bien protegidos barrios residenciales de la clase media. No en balde la xenofobia crece en Francia notoriamente entre el proletariado. El castigo no se hizo esperar: el 6 de junio la clase obrera francesa (y el campesinado) votó en su mayoría por el conservador Sarkozy y el ultraconservador Le Pen.

Una apuesta arriesgada

Ya durante la segunda vuelta de la aperreada campaña presidencial, percatándose de que sus planes presidenciales no bastaban para empatar con o superar a Nicolas Sarkozy en las encuestas, Ségolène no vaciló en provocar de nuevo las iras de los barones socialistas al buscar a toda costa un arreglo contra reloj con su rival más peligroso en la primera vuelta: François Bayrou, el candidato de la Union pour la Démocratie Française (UDF). El líder centrista había salido derrotado en la primera vuelta pero, con más del 18 por ciento del escrutinio a su favor, de la voluntad de sus vacilantes electores dependía en la segunda vuelta quién sería el nuevo inquilino del Palacio del Elíseo.

Arrestada e incauta como es, Ségo apostó en firme a esa carta falsa. A primera vista --pese a contravenir las reglas del juego electoral y ser rechazada por los principales canales de la TV francesa--, la entrevista televisada entre ambos fue un éxito: seducido por la carnada gubernamental, que incluía varias carteras ministeriales, y a la vez preocupado por retener a sus volubles pupilos con la fundación de un nuevo partido de centro en mente, Bayrou se cuidó de exhortar abiertamente a los suyos a votar por la candidata socialista.

Para su mal, sin embargo, rompió su férreo enroque monopartidista de la primera vuelta al hacerle un guiño inequívoco a su electorado: él, Bayrou no votaría por Sarkozy. Coqueteo fatal porque, como enseguida veremos, el tiro les salió enseguida por la culata a ambos. Y de la peor manera.

Bayrou muerde el anzuelo y se embroma

Para colmo de males, la controvertida jugada --se enajenó con ella a parte de los suyos-- de la candidata socialista surtió de inmediato un efecto adverso por partida doble, tanto para las expectativas de la propia Ségolène como para las del vacilante Bayrou. Salvo excepciones, alérgicos a la izquierda, la mayoría de los diputados y barones (alcaldes, etc.) de la UDF saltaron en el acto todas las talanqueras, pasándose a la luz pública con armas y bagaje al bando de Sarkozy y dejando a su líder con apenas una media docena de figuras del núcleo duro a sus órdenes.

Al extremo de que, con las legislativas a la vuelta de la esquina (10 y el 17 de junio), el recién creado UDF-Mouvement Démocrate, concebido por Bayrou como alternativa a corto plazo ante una probable crisis de gobernabilidad del gabinete sarkozista, tiene todas las papeletas para acabar en aborto político. La desbandada de diputados centristas (democristianos) no se hizo esperar: enfrentados al dilema de hacer causa común con los socialistas, quienes toda la vida los han despreciado por “carcas”, o resignarse a alejarse del poder hasta las elecciones del 2012, la mayoría de los 27 diputados de la UDF --con su jefe de fracción parlamentaria Hervé Morin a la cabeza-- aspira a engrosar el dream team ministerial sarkozista con sus afines de la vencedora Union pour un Mouvement Populaire (UMP).

La derrota de Ségolène ha enrarecido aún más el oxígeno en torno a Bayrou. En primer lugar porque, como afirma Philippe Goulliaud en su artículo “Bayrou en una situación peligrosa” (Le Figaro, 08-05-07) “la casi totalidad de los diputados centristas […] han sido electos con votos de derecha y a menudo gobiernan junto con la UMP en los consejos municipales o generales”. Con Sarkozy, explica el periodista galo, la regla de juego es muy estricta: los centristas recalcitrantes lo tendrían cuesta arriba frente a un adversario “con la credencial de la mayoría presidencial”.

En cambio, la UMP retiraría su candidato y le dejaría la cancha libre en la circunscripción al aliado de la UDF que logre pasar al segundo turno (donde compiten aquellos candidatos que hayan obtenido más del 12,5 en el primer turno). Premio a la lealtad: alzarse con una cartera ministerial en el nuevo gabinete azul. En fin, como dicen nuestros orientales, Bayrou “se embromó”, y ahora mismo está tratando de reensamblar a la carrera los fragmentos dispersos del partido que lo llevara a ocupar una meritoria tercera plaza en la primera vuelta.

Son los frutos amargos de su fugaz coqueteo con la Precieuse Ridicule, la “Preciosa Ridícula”, el otro epíteto con que, aludiendo a la comedia homónima de Molière, los franceses han bautizado a Ségolène. Los diputados centristas Hervé Morin (mencionado antes) y Maurice Leroy negocian con los muñidores de Sarkozy las carteras de Justicia y Agricultura, respectivamente.

“Sarkozy no está loco. Ya ha anunciado que los secretarios de Estado serían nombrados después de las legislativas. Eso nos permite poner a algunos de ellos”, ha dicho un político centrista citado por Goulliaud. Chapeau pour Sarkozy! (“¡A quitarse el sombrero ante Sarkozy”), ha exclamado más de un experto. Viejo zorro en trajines políticos, Sarkozy es hijo de un aristócrata húngaro fugitivo del comunismo soviético y nieto de judía sefardí, lo cual les complica un poco el juego demonizador a los epígonos de Émile Zola del PS. Por el flanco étnico, los socialistas tendrán que afinar la puntería y andarse con pies de plomo para atacar al presidente sin ser acusados de antidreyfusards, es decir, de antisemitas.

 [Émile Zola (1824-1902), autor del estremecedor alegato Yo acuso (1898) en defensa de un oficial judío acusado de alta traición a favor de Alemania, hizo del antisemitismo un tabú para la izquierda francesa. El affaire Dreyfus forma parte desde entonces, junto con el mito de la Résistance, del imaginario francés, pese a que el protectorado nazi de Vichy (sur de Francia) tuvo arte y parte en el Holocausto. En realidad, la Resistencia no sólo fue ineficaz frente a los alemanes, sino que después del triunfo sus miembros efectuaron ejecuciones sumarias, rapados públicos de concubinas de alemanes, etc. El resto de la mitología nacional francesa corre a cuenta del centralismo y manía de grandeza del dúo histórico Luis XIV- Napoleón Bonaparte, así como del culto al terror de Robespierre, Saint-Just, Marat y sus guillotinas.]

Un escaño en la Asamblea Nacional bien vale un cambio de casaca

Pero los despachos ministeriales en París no son la única zanahoria irresistible al alcance de los ávidos conejos desertores de la UDF, quienes, justo es reconocerlo, actúan también por convicción. Hay otros tubérculos no menos codiciables para cualquier diputado electo o reelecto el mes que viene. Conquistar uno de los 577 escaños de la Assamblée Nationale Française bien vale un cambio de casacas. Veamos, cada diputado, electo por un período de cinco años, cobra 6.897,74 euros al mes por concepto de indemnité parlamentaire.

A los que se suman otros 6.228 mensuales a título de indemnité répresentative de frais de mandat (“indemnización representativa por gastos de mandato”, IRFM en francés), plus un crédite collaborateur (“crédito por colaboradores”) para pagar los sueldos de hasta cinco asistentes. Sin contar el seguro médico y un generoso retiro que aumenta con cada reelección del diputado pero, caso de no ser reelecto, entra en conteo regresivo. Razón de más para aferrarse al mandato parlamentario.

Eso no es todo. Cada año, en dependencia de su antigüedad parlamentaria, el diputado (o el senador) puede aspirar a un subsidio anual no reembolsable ascendente a un máximo de 100 mil euros, que está facultado para emplear a discreción con el fin de subvencionar proyectos municipales. Dinero que, a su vez, salvo fuerza mayor, le ayuda a garantizarse la reelección indefinida en su distrito.

Se calcula que, por ejemplo, la pareja Ségolène-Hollande percibe unos 40 mil euros anuales por distintos conceptos. Según una costumbre de dominio público pero discreta, el presidente saliente Jacques Chirac, al igual que sus antecesores en el Palacio del Elíseo, recibirá en estos días una recompensa en metálico --no declarable al fisco, como es lógico-- con los aportes “voluntarios” de las grandes empresas francesas deudoras de su prolongada gestión. ¿Simple gratitud o soborno retroactivo?, ha preguntado un periodista de Le Monde.

Ségolène tira la toalla

Simultáneamente, poco faltó para que se produjera una implosión del PS en plena segunda vuelta. En última instancia, sólo el mero instinto de conservación persuadió a sus líderes de la conveniencia de aplazar los reproches para el día después. No más. Las encuestas mantuvieron hasta el inicio de la prohibición oficial de sondeos una apreciable ventaja del candidato conservador. En esta ocasión el veredicto final les dio la razón a los institutos demoscópicos: Sarkozy ganó más o menos por el margen previsto.

[El anuncio del veredicto de las urnas en las presidenciales francesas es un espectáculo sui generis. A diferencia de Alemania, donde sucesivos escrutinios parciales mantienen al país entero en vilo hasta la madrugada, en la ribera opuesta del Rin el veredicto definitivo se anuncia a una hora fija por todos los canales de televisión puestos en cadena. Y en verdad de una manera no apta para cardíacos: rayando las 8 de la noche, aparece en la pantalla chica un animado de líneas curvas con los colores de la escarapela nacional y se inicia en un cuadrante el conteo regresivo a partir de diez que termina con la aparición de una foto del vendedor. ¡Sensacional!]

Y ahí mismo afloraron las viejas querellas intestinas entre las tres jerarquías socialistas. Tradicionalmente tironeado por un extremo hacia un abrazo suicida con la agonizante izquierda antiliberal de la mano del influyente Laurent Fabius (el mismo que encabezara el boicot al Proyecto de Tratado Constitucional de la UE); por el extremo opuesto, en otro franco anacronismo, hacia el dogma socialdemócrata de preguerra por el no menos influyente Dominique Straus-Kahn; y desde el medio, hacia un populismo progre al estilo Zapatero por la poderosa --y mal llevada-- pareja conyugal Ségolène-Hollande, el Partido Socialista afronta serias dificultades para diseñar una estrategia coherente de cara a las legislativas de junio. Las tres familias socialistas tienen más o menos el mismo poder de convocatoria, lo que agrava el riesgo de implosión.

Por lo pronto, Ségo parece haber tirado la toalla. Poco previsora como siempre, so pretexto de cumplir su promesa de “no acumular mandatos”, el 11 de mayo, apenas cinco días después de caer con las botas puestas frente a Sarko, la actual senadora y presidenta de la región de Poitu-Charente (nac. en Dakar, Senegal) declaró oficialmente su intención de “no postularse por su distrito de Deux-Sèvres”, por el que ha sido electa desde 1988. Decisión a anotar entre signos de interrogación, ya que, al no figurar en la bancada socialista de la Asamblea Nacional --o, mejor aún, como jefa de fracción-- ni en la plana mayor del PS, de hecho quedaría alejada del acontecer político en la capital, donde se decide todo en la hipercentralizada Francia.

Y no está claro que los caciques socialistas, que ya peinan canas, aparquen de nuevo sus propias aspiraciones para mantener a la, como quiera que haya sido, derrotada candidata a la primera magistratura nada menos que de aquí al 2012, como pretende ingenuamente ella. Sobre todo teniendo en cuenta que un alto porcentaje de sus electores sufragaron a su favor más por rechazo a Sarkozy que por convicción. Por lo demás, la plaza de secretario general está en manos de su marido François Hollande, quien hasta la fecha no ha dado señales de desear cederle el puesto a su arisca consorte. Cesión que, va de suyo, pondría otra vez sobre el tapete contra ambos el reproche de nepotismo, esgrimido ya antes con la candidatura presidencial de Ségo.

[La chismografía sobre la vida sentimental de los políticos es hoy tan rocambolesca como en la Francia imperial de los tres Luises (XIV, XV y XVI). El caso más sonado fue el de Mitterrand (1981-1995), quien mantuvo dentro del Palacio del Elíseo una concubina con una hija ilegítima. (Única restricción de salir por la puerta del fondo.) Son conocidos también los rollos de faldas de Giscard d’Estaing (1974-1981) y Jacques Chirac (1995-2007). Sarkozy y su bella mujer Cecilia fueron la comidilla hasta hace unos meses. Por estos días se agotaron en las librerías 38 mil ejemplares del libelo La femme fatale (La mujer fatal), que desvela la densa trama de agravios y venganzas de alcoba entre Ségolène y Hollande. Por suerte, los adulterios en las altas esferas son aquí peccata minuta, asunto privado. Por esa arista, Francia continúa siendo un país ciertamente delicioso.]

Ambos puestos, la secretaria general y la candidatura presidencial, que en buena ley deberían coincidir en un individuo, serán objeto de acalorados debates en un congreso posterior al 17 de junio. Del éxito o fracaso de cada facción socialista en la segunda vuelta de las legislativas depende no sólo quiénes ocuparán los cargos dirigentes, sino incluso la supervivencia del PS como partido de masas. Por otra parte, el futuro congreso no se podrá dar el lujo de desoír los clamores de renovación provenientes de las bases socialistas. Hora de hacer leña del árbol caído. Obviamente, Ségolène, cuyo rostro no es nuevo en el PS, se arriesga a quedar fuera de juego. Puede que ya lo esté.

 

Sarkozy seduce a los cuadros del PS

 

También entre las filas socialistas la estrategia de la zanahoria aplicada por Sarko empieza a hacer mella, provocando sensibles bajas. Pero la intención suena a moneda auténtica en su breve discurso de despedida en la sede de la UMP el pasado 14 de mayo: “Abrirse a otros, a los que tienen otro trayecto, otro historial, otra sensibilidad. […] No tener miedo a ideas diferentes. […] La apertura es la característica de las almas fuertes. […] Mi misión consiste en servir al interés general. Llegado el momento, diré, como todos mis predecesores, cuáles son las apuestas de este escrutinio”.

 

Algunos de los diputados conservadores presentes veían esfumarse así sus propias aspiraciones al gabinete como miembros del partido gobernante. “Estoy al 200 por ciento por la apertura --replicó más tarde Patrick Devedjian, actual ministro de Industrias--, pero hacen falta gestos tranquilizadores para los parlamentarios” [de la UMP]. Por su parte, el primer ministro designado François Fillon clausuró el acto con un llamado a la disciplina: “Con nuestros socios de la UDF, con las personalidades de izquierda y de la sociedad civil, somos en lo adelante portadores de un pacto presidencial”.

 

Entre tanto, en el bando socialista, François Hollande pidió ayer explicaciones a Bernard Kouchner, aspirante a jefe del Quai D’Orsay, sede del Ministerio de Relaciones Exteriores en París. El secretario general del PS ve en la oferta de Sarkozy “una operación para obtener plenos poderes”. Pero quien mejor ha expresado este tipo de recelos es la diputada Elisabeth Guigou. En su blog (www.elisabethguigou.com) advierte de que los tránsfugas socialistas: “Se hacen cómplices de una maniobra enfilada a aplastar a la izquierda en las elecciones legislativas. [...] Se arriesgan a ser rehenes de una política de derecha, muy de derecha”. Riesgo real, ya que, una vez que la UMP haya barrido en las legislativas, Sarko podría alterar su hoja de ruta aperturista y deshacerse sin esfuerzo de compañeros de viaje molestos.

 

Sin embargo, la seducción del reparto de carteras ministeriales es tanto más fuerte cuanto que el nuevo gabinete constará de sólo 15 ministerios, contra 29 en la actualidad. La deserción más notoria ha sido la de Kouchner. El ex ministro de Sanidad bajo el premierato de Lionel Jospin (1997-2002), fundador de “Médicos sin frontera” y alto representante de la ONU para Kosovo. Una de las personalidades más prestigiosas de Francia, Kouchner ya había anunciado su disposición a entrar en un “gobierno de unión nacional” sarkozysta.

 

Uno que se pasó por convicción al bando conservador antes de la primera vuelta fue el famoso filósofo André Glucksmann. El viernes pasado el ex ministro del Exterior Hubert Védrine acudió al despacho del presidente entrante en París, donde se baraja asignarle la cartera del Exterior o la de Justicia. Claude Guéant, director de campaña de Sarkozy y futuro secretario general del Palacio del Elíseo, está también en contacto con Anne Lauvergnon, alias Atomic Anne (“Ana la Atómica”) en la prensa anglosajona. Designada en 1999 por Jospin como presidenta de Areva, la agencia nuclear civil más grande del mundo, la Lauvergnon “no dice no a todo”, comentó satisfecho Guéant sobre la entrevista con la probable desertora (ayer se supo que había declinado la oferta.). En similares trámites se halla el ex ministro de Educación socialista Claude Allègre.

 

La lista de tránsfugas del PS, demasiado extensa para agotarla en este artículo, crece por día. La estampida inquieta al secretario general Hollande, quien ya antes había dado la voz de alarma en términos draconianos: “Quienes así se comporten serán excluidos del Partido Socialista y no podrán aspirar a la menor investidura local durante el período subsiguiente. […] Ese tipo de métodos, de egoísmos y de comportamientos no es compatible con el concepto que yo tengo de un partido organizado y estructurado”. Su exhortación a la unidad a rajatabla de cara a las legislativas parece estarle entrando por un oído y saliendo por el otro a más de uno.

 

Pero el mal es de fondo del PS viene de lejos. Y aparte de las animadversiones personales, tiene que ver más bien con la crisis programática, ideológica, de las izquierdas. No se puede acusar de traición a “ratas” que huyen de un barco que se va a pique a ojos vistas. Es casi inevitable la escisión del PS en una corriente moderada, encabezada --siempre que naveguen con suerte y superen su particular crisis de celos de alcoba y protagonismo-- por la pareja Hollande-Ségolène y Dominique Straus-Kahn; y otra radical bajo la batuta de Laurent Fabius y el ex presidente de la Asamblea Nacional Henri Emmanuelli, partidarios de un giro a la izquierda. Emmanuelli ha lanzado ya en público la idea de fundar un nuevo partido.

 

Los primeros intentarían aliarse con el mermante centro-izquierda del desequilibrado Movimiento Demócrata; los segundos, con la olla de grillos de la izquierda antiliberal. A decir verdad, el campo de captación de ambas corrientes sería sumamente escaso. Entre los pupilos de Bayrou, los socialistas moderados pescarían lo que quede después de descontar a los inamovibles del centro y al nutrido pelotón de los pasados, o por pasar, al bando sarkozista.

 

Aliándose con el Partido Comunista Francés (PCF, 1,93% de votos en la primera vuelta), Los Verdes (1,57%), Lucha Obrera (1,33%) y otros grupúsculos antiliberales fraccionarios, el PS o los radicales de Fabius-Emmanuelli no tendrían mucho que ganar. Por lo que, teniendo en cuenta lo mucho que representa un escaño en la Asamblea Nacional, lo más probable es que la orden de desistimiento en los respectivos distritos electorales a favor de uno de esos candidatos aliados en las legislativas de junio choque con la tenaz resistencia de los aspirantes socialistas.

 

Muy diferente es el caso de los trotskistas de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), del carismático Olivier Besancenot. Aunque también perdió votos, la LCR fue la única agrupación antiliberal con un resultado apreciable en la primera vuelta de las presidenciales: 4,08% (contra 4,24 en 2002). Pero aquí se justifica nuestro calificativo de “olla de grillos” para esos grupos antisistema. La LCR --al igual que los altermundistas de José Bové-- y el PCF son como el aceite y el vinagre: no hay fuerza humana que logre mantenerlos juntos a largo plazo.

 

Mientras que el PCF comulga fácil con el PS, los trotskistas de la LCR descartan de plano semejante alianza. Por su parte, Los Verdes, que pagaron caro su compromiso con Bayrou en la primera vuelta, han resuelto postularse en solitario a las legislativas. De manera que, en la práctica, el PS no tendrá socios de envergadura. Para más embrollo, las posibilidades de los líderes moderados limen asperezas entre sí son prácticamente nulas. Hollande rechaza tanto la socialdemocracia ortodoxa, cara a Straus-Kahn, como el “socialliberalismo” de la Tercera Vía. Y Straus-Kahn ya ha señalado al secretario general (Hollande) como el “principal responsable de que el PS no se haya renovado desde 2002.

 

Si el esfuerzo de Ségolène no bastó para ganar en las presidenciales, el de los diputados en las legislativas augura catástrofe: una lógica elemental indica que la cuota de escaños para los socialistas se acercará mucho más al 25,87% obtenido por Ségo en la primera vuelta, donde participaron doce partidos, que al 46,94 de la segunda, donde sólo competían los dos grandes. Por otra parte, todos los candidatos de izquierda juntos no pasaron del 37% de los votos en mayo. Considerando los estragos que ya está haciendo la anunciada voluntad de Sarkozy de “gobernar para todos los franceses” y abrir el gobierno al centro y la izquierda, no cabe duda de que la bancarrota socialista es total. ¿Principio del fin de la ilusión “progresista”?

 

Sarkozy: “Doblar la página de Mayo del 68”

 

Al tanto de la crisis de ideas que atraviesan las izquierdas francesas, socialistas incluidos, Sarkozy se trazó el objetivo de propinarles el tiro de gracia ideológico. Y tuvo el tino de elegir bien el blanco. En un discurso pronunciado durante la segunda vuelta en París-Bercy arremetió sin contemplaciones contra el legado de Mayo del 68 en presencia de dos de los más ilustres renegados de aquella revuelta estudiantil contra el capitalismo y Occidente, los filósofos André Glucksmann y Alain Finkielkraut. Escuchémosle sin prejuicios:

 

Mayo de 1968 nos ha impuesto el relativismo intelectual y moral. Los herederos de mayo de 1968 habían impuesto la idea de que valía todo, que por tanto en lo adelante no habría ninguna diferencia entre el bien y el mal, lo falso y lo verdadero, lo bello y lo feo. Habían tratado de hacer creer que no podía existir ninguna jerarquía de valores.

 

Toda esta andanada etológica para llegar a una conclusión que dice mucho sobre su propia idiosincrasia ecléctica y que, no por inédita y un tanto traída por los pelos, deja de encerrar cierta dosis de verdad que atraería sobre su cabeza las iras de los aludidos (entre ellos, Daniel Cohn-Bendit, el famoso “Dani el Rojo” de los disturbios del 68, hoy flamante eurodiputado en Bruselas por Los Verdes, un partido liliputiense):

 

La herencia de mayo de 1968 ha introducido [habría sido más acertado usar el participio “contribuido” o “coadyuvado”] el cinismo en la sociedad y en la política. Vean cómo el culto al rey dinero, a la ganancia a corto plazo, a la especulación; cómo las derivas del capitalismo financiero han sido trazadas por los valores de mayo de 1968. Vean cómo la contestación de todos los referentes éticos ha contribuido [se autocorrige] a debilitar la moral del capitalismo, cómo ha preparado el terreno al capitalismo sin escrúpulos. [Y aludiendo a la demonización de su persona:] Son los mismos que en 1958 incurrieron en la absoluta ridiculez de desfilar contra el general De Gaulle gritando que el fascismo no pasaría. Quiero doblar la página de Mayo del 68 de una vez por todas.

 

Suena a disparate, pero no lo es tanto. Porque no es menos cierto que, por poco que uno ponga bajo la lupa el tren de vida de la llamada « izquierda caviar », o bien, para citar un ejemplo de nuestro patio criollo, la rapacidad y los despiadados mecanismos comerciales que el castrismo pone en acción para apropiarse de la tajada del león de las remesas en divisas del exilio, convendrá en que, en efecto, existe una estrecha relación entre el nihilismo y el “vale todo” de los yuppies, que los hay también a montones de izquierda. Sin perjuicio de que el neoliberalismo haya --si cabe, puesto que el egoísmo en un rasgo humano anterior al dinero y el capital-- agravado las cosas.

 

Aquí viene a cuento el aluvión de críticas de la izquierda al futuro presidente por haber disfrutado de unos días de descanso a bordo del lujoso yate de un amigo millonario, en vez de en un convento, como había anunciado. Pura hipocresía progre: ¿dónde se solazan los jerarcas izquierdistas? ¿Acaso en la chalupa de un pescador o en populares hoteles de tres estrellas, como los comunes mortales cuando hacen turismo?

 

Significativamente, la mayoría de los franceses de a pie, que no son nada mojigatos, no han visto nada censurable en la travesía del presidente electo. Antes al contrario, en un país laicista como el suyo, tal vez les habría preocupado que se retirara a meditar bajo bóvedas monacales.

 

Bien leído, sin embargo, no hay mucha distancia entre lo dicho por Sarko, que en sustancia es una apelación a la ética, y los sinceros ideales altruistas de la izquierda liberal, que no suele posar de protectora de los desvalidos. Sarkozy ha puesto hábilmente el dedo en la llaga. Como botón de muestra del berrinche de los aludidos, citaremos un párrafo de una entrevista concedida al respecto por el excéntrico Cohn-Bendit (¿cuánto gana, por cierto, en esa eurocámara burguesa, que justamente los obreros franceses están locos por ver disuelta?). El infantilismo de este incorregible rebelde sin causa no tiene desperdicios:

 

He ahí la prueba de que él osa decir cualquier cosa. Porque, en fin, ¿quién estaba en la calle en mayo de 1968? No sólo nosotros, los estudiantes contestatarios. Más de la mitad de Francia se declaró entonces en huelga. [Una mentira como una casa, puesto que él mejor que nadie sabe que las reivindicaciones de los obreros eran estrictamente materiales]. Eso es lo que Sarkozy no acepta. Por lo demás, las palabras que utiliza son sintomáticas. Habla de “liquidar Mayo del 68”. [Y ahora, agárrense, viene lo bueno:] Se comporta como un estaliniano puro. Cuando los franceses quieren reconciliarse, él se empeña en exhumar al final de campaña viejos rencores de hace 40 años.

 

Alfredo Bryce Echenique explica Mayo del 68 para latinoamericanos

 

De que le picó, le picó. Para salir de dudas respecto a lo qué realmente ocurrió en Francia durante aquellas tumultuosas jornadas de mayo de 1968, basta con leer La vida exagerada de Martín Romaña (Editorial Argos Vergara, Barcelona, 1981). Esta novela del peruano Alfredo Bryce Echenique (Casa de las Américas publicó en Cuba su novela Un mundo para Julius), testigo presencial de los hechos, narra en clave jocosa las desventuras en la Ciudad Luz de un humilde estudiante peruano que, desquiciado por una hermosa chica subversiva de familia acaudalada, se ve de pronto envuelto él mismo en las protestas callejeras sin compartir los ideales (al principio) ni la dulce vida de sus condiscípulos franceses.

 

Tras una larga de desvaríos político-literarios y desengaños amorosos, la novia le da calabazas. Cuando De Gaulle ordena a la gendarmería parisina hacer uso de las porras sin miramientos, la revuelta estudiantil acaba tan de golpe y porrazo como empezó. Y los revoltosos se van a casa o de vacaciones como si tal cosa. En cambio, el protagonista no sólo ha derrochado los escasos recursos con que contaba para estudiar en la Sorbonne, sino que se ha intoxicado de mala manera con el abstruso lenguaje y los dogmas del neomarxismo tercermundista de Mayo del 68.

 

Bryce Echenique se vale de una ingeniosa metáfora para describir el arduo proceso de desintoxicación ideológica sufrido por el joven Martín Romaña: el vientre se le hincha cada vez más. Por mucho que puja, no logra aliviárselo. Para más inri, un matasanos le destroza el ano. Finalmente, se somete a una complicada cirugía reconstructiva anal. Con éxito. Pero, antes de darle de alta, el risueño cirujano le muestra una batería de relucientes cilindros metálicos en forma de penes de distintos grosores y altura.

 

El atónito paciente debe aplicárselos de mayor a menor hasta que el angostado esfínter haya recuperado sus dimensiones naturales. Insisto, si el lector quiere hacerse una idea de Mayo del 68 visto por un autor muy cercano a nuestra idiosincrasia, nada mejor que hacerlo disfrutando de esta implacable sátira que ilustra muy bien el lavado de cerebro que aún sufren los estudiantes latinoamericanos en los campus de Europa Occidental. Por lo demás, para entender al Viejo Continente es indispensable conocer el día a día por esa época.

 

Las reformas de Sarkozy en síntesis

 

• Trabajo e ingresos: sin abolir la semana de 35 horas, darles la posibilidad a los franceses de “trabajar más para ganar más”, exonerando de cargas sociales las horas extras. Acortar los plazos de despido. Suprimir las compensaciones millonarias, conocidas en Francia como parachutes d'or (“paracaídas de oro”), a los gerentes salientes de grandes empresas. “Batirse” por el pleno empleo y el incremento del poder adquisitivo de las masas.

 

• Funcionariado: reducir los cinco millones de empleados públicos actuales, cancelando una de cada dos plazas que vayan quedando vacantes con el fin de reducir la deuda pública, aumentar los sueldos del personal en activo y desburocratizar la gestión administrativa. Eliminar por convenio o decreto las huelgas en el sector público o, en su defecto, garantizar un servicio mínimo durante el paro de protesta. Cancelar 14 de los 29 ministerios.

 

• Igualdad de géneros: el nuevo gabinete incluirá al menos ocho mujeres: Michèle Alliot-Marie, Roselyne Bachelot, Christine Lagarde, Christine Boutin, Anne Lauvergeon, Rachida Dati, Valérie Pécresse y Nathalie Kosciusko-Morizet.

 

• Fiscalidad: bajar los impuestos sobre la renta a un tope del 50 por ciento. Eliminar los impuestos a la herencia y las donaciones para un 90-95 por ciento de los franceses, o sea, excepto para la plutocracia (en un país de pequeños propietarios).

 

• Criminalidad: modificar el Código Penal para introducir sentencias a prisión mínimas para reincidentes. Extender la plena responsabilidad penal a todos los ciudadanos a partir de los 16 años a fin de yugular los disturbios juveniles suburbanos. Establecer el peritaje médico obligatorio para todos los recluidos por delitos sexuales antes de soltarlos, así como el deber de presentarse regularmente a la policía una vez puestos en libertad.

 

• Inmigración: crear un nuevo Ministerio de Inmigración e Identidad Nacional. Aumentar los requisitos para la reunificación familiar a los extranjeros, limitando ese derecho a aquellos que dominen el francés y dispongan de vivienda adecuada y contrato laboral.

 

• Energía: conservar el potencial nuclear pacífico (por cierto, en breve Chirac debe hacerle entrega de las claves del arsenal atómico) del país, que extrae de esa fuente unas tres cuartas partes de sus recursos energéticos. Paralelamente, fomentar la explotación de energías renovables.

 

La izquierda internacional, ¿principio del fin?

 

Hasta ahí el programa de reformas socioeconómicas del nuevo inquilino del Palacio Elíseo, quien en lo relativo a su contradictoria promesa de proteger la industria, la agricultura y el comercio franceses, más bien se queda corto comparado con las drásticas medidas de la Tercera Vía británica. Una meta que deberá flexibilizar en el curso de su mandato, entre otras cosas, para no chocar con las normativas de la UE ni con los imperativos de la globalización.

 

En otro orden de cosas, para llevar a buen puerto su agenda antitolitaria Sarkozy deberá andarse con pies de plomo a la hora de atacar los mitos fundacionales de la Francia contemporánea, campo minado difícil de atravesar sin perecer políticamente en el empeño. Que sepamos, Sarko nunca ha abordado explícitamente los arraigados tabúes de la Résistance antifasciste, el apoyo masivo de los franceses a la República de Vichy y el papel superfluo de De Gaulle en la derrota de la Alemania hitleriana y la liberación de París.

 

Claude Allègre, al frente del negociado de Educación, podría cumplir cabalmente la tarea de, como ha prometido al nuevo presidente, “ayudar a las universidades francesas a adaptarse al siglo XXI y lograr que la investigación vuelva a ser una de las prioridades nacionales”. Pero, ¿se atreverá este veterano del PS (nac. 1937) a poner a un lado sus propios resabios ideológicos y desafiar al poderoso profesorado de izquierda en sus reductos de la enseñanza media y superior?

 

Ojalá que sí, pero difícilmente sea el hombre adecuado para la misión. Pues, justo en ese linde, se alza la barrera mental del (falso) orgullo nacional galo. Ni siquiera el primer presidente neogaullista parece dispuesto a franquearla. Para ello el nuevo ministro de Educación tendría que contrarrestar la anacrónica vigencia de Jean-Paul Sartre y André Malraux, priorizando en los planes de las carreras de Humanidades las tesis de filósofos liberales del fuste de un Raymond Aron (1905-1983) en El opio de los intelectuales, o de un François Revel (1924-2006, su nombre no figura ni en la enciclopedia Larousse) en La tentación totalitaria.

 

De momento, aunque nadie teme que los disturbios alcancen las proporciones de mayo del 68, varias organizaciones estudiantiles de extrema izquierda han convocado para mañana (miércoles, 16-05), entre ellas las Jeunesses Communistes Révolutionnaires (JCR, Juventudes Comunistas Revolucionarias), la primera manifestación de protesta estudiantil contra los planes de reforma universitaria del presidente.

 

Con todo, si a la postre la UMP arrasa en las legislativas de junio y luego Sarko capea bien el temporal que le armarán sin falta las izquierdas, los efectos de su reinado en política exterior podrían desencadenar, dado el enorme poder de irradiación de Francia, el comienzo del fin de la izquierda internacional o, lo que viene a ser igual, su puesta al día con la modernidad neoliberal.

 

Para empezar, el Proyecto de Constitución Europea saldría adelante sin tropiezos en la versión minimalista sugerida por Sarkozy y preconizada por Gordon Brown, inminente sucesor de Blair en Downing Street 10, y la canciller federal alemana Angela Merkel, ya consagrada como líder comunitaria. Entre ellos redondearán un incontrastable y acoplado trío de gigantes que dejará sin falta en la cuneta europea al débil dúo progre integrado por el presidente español José Luis Rodríguez Zapatero y su siempre tambaleante homólogo italiano Romano Prodi.

 

Además, la alianza trasatlántica con Washington saldrá fortalecida. Circunstancia que, por un lado, hará más difícil a los demagogos autoritarios del Tercer Mundo meter cuña entre las potencias occidentales y, por el otro, pondrá el freno a la Rusia chantajista de Putin, reafirmando a los antiguos satélites soviéticos de Europa Oriental, notoriamente ninguneados por Chirac.

 

Por lo que nos concierne, habiendo prometido previamente erigirse en defensor de los derechos humanos a nivel planetario, el vibrante discurso de la victoria pronunciado por el presidente electo el 6 de mayo en la Plaza de la Concordia parisina suena convincente, halagüeño a los oídos de la oposición cubana. “Hay un país en el mundo con los oprimidos […], con los perseguidos del mundo entero”, exclamó Sarko, quien además prometió poner fin al “pensamiento único”. Tópico que en sus labios conservadores sólo puede ser el acuñado por el británico George Orwell en su célebre novela 1984, o sea, el pensamiento totalitario de izquierda y derecha.

 

Por tanto, los demócratas cubanos de la Diáspora y la Isla podemos albergar la razonable esperanza de que la política apaciguadora de La Moncloa acabe pronto estrellándose contra la voluntad mancomunada de Alemania --cuya embajada en La Habana abre sus puertas una vez al mes a los disidentes--, Gran Bretaña y Francia. Sarko tampoco ha tenido pelos en la lengua a la hora de calificar sin rodeos al castrismo como une dictature tou court (“una dictadura sin más”). Cómo no, la instalación del presidente electo francés en el Palacio del Elíseo es una excelente noticia también para nosotros los cubanos.

 

Conque, allez -y, Sarko! (“¡Manos a la obra, Sarko!”)

 

 

 

Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS  

 

      

                                                                  Jorge A. Pomar, Colonia, Alemania