Cubanálisis El Think-Tank 

REPRODUCCIÓN DE UN ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

PANEL SOBRE LA NECESIDAD O NO DE DIÁLOGO EN LA SITUACIÓN ACTUAL DE CUBA

 

Monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal

 

De nuevo, se nos convoca a disertar acerca de la aproximación a la naturaleza y a las posibilidades de diálogo en los diversos espacios de la sociedad cubana hoy, trátese de cuestiones civiles, trátese de asuntos religiosos, en la medida en que éstos incidan en la sociedad cubana. Me ceñiré solamente a estas dos conflictividades de la Cuba de hoy, que postulan diálogo para la búsqueda de acercamientos y, en lo posible, de acuerdos y concertaciones. Podríamos enumerar un sinfín de cuestiones en las que la pluralidad de opiniones recomienda la promoción de diálogo entre los concernidos para lograr que la discrepancia entre ellos resulte fecunda para todos. El elenco podría tender ad infinitum, pero no es a ello a lo que hemos sido convocados, sino solamente al diálogo entre la Iglesia y el Estado en Cuba y al diálogo entre las diversas opiniones y/o proyectos sociopolíticos con relación a nuestro País. En este último aspecto de la cuestión, es evidente que hablar de cambios está de moda, pero: ¿de qué cambios se trata? En quaestio - He aquí la cuestión - decían los romanos en situaciones análogas.

 

Introducción: enlace cultural

 

Este año estamos conmemorando el centenario del nacimiento de nuestro inmenso José Lezama Lima y uno de los temas que se recuerdan, en los encuentros y conferencias que ya están teniendo lugar, es lo que él denominó “verdad poética” para acercarse comprensivamente a la realidad, superando la tentación de un racionalismo a ultranza. Apelo ahora a ella por razones de clarificación de realidades imbricadas en la consideración de los posibles diálogos insulares, no siempre comprensibles y justificables con las solas armas de la racionalidad aristotélico-tomista. Osadamente acudo en mi texto a esa suerte de verdad, a mi modo, que no es sino un reflejo pobre de las exégesis históricopoéticas de José Martí y de José Lezama Lima, sin renunciar a mis usuales argumentos derivados de las etimologías y de algunos rastreos por la Historia.

 

Diversas acepciones de la palabra “diálogo”.

 

Durante mi primera juventud, cuando escuchábamos la palabra diálogo, entendíamos espontáneamente esta palabra como una plática entre dos o más personas que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos, o como un intercambio o conversación, en busca de avenencia, que tiene como punto de partida una o varias diferencias (cf. Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, Madrid, 2006)). Las dos acepciones, y otras más, de algún modo se solapan, se hacen guiños la una a la otra y se complementan, según el contexto personal o social en el que se sitúa la palabra y la realidad dialogal referente.

 

Si desnudamos la palabra en busca de su etimología, o sea, de su significación raigal, encontramos que proviene de la unión de la preposición griega dia y del sustantivo…. logos Encuentro en mi viejo diccionario griego-francés (Bailly, Paris 1928), que las acepciones de cada una de estas palabras ocupa más de una página, pero que juntas, en una palabra compuesta, como es el caso que nos ocupa, - dialogos -, el lingüista entiende que la preposición marca la idea de separación, de diferencia, y, al mismo tiempo, la de penetración, acercamiento, y hasta cumplimiento de alguna meta o finalidad en la que las partes están interesadas. Recordemos que el sustantivo logos además de “palabra”, significa otras muchas cosas, referentes todas al ámbito intelectual: pensamiento, criterio, noción…En el lenguaje religioso pagano–helenístico, propio de los neoplatónicos de Alejandría, de los siglos I y II A. C., se utilizaba la palabra para designar la cadena de seres intermedios, espirituales que, de acuerdo con las convicciones filosóficas de la tendencia mencionada, garantizaban la comunicación del Absoluto con los seres terrenales. En el lenguaje cristiano de inicios del siglo II, el Cuarto Evangelista, identificado tradicionalmente con el Apóstol San Juan, conociendo esa resonancia de tal palabra, así como su presencia en el lenguaje de “Sabiduría” – Sofia - no tuvo escrúpulos en utilizar la palabra Logos en el prólogo de su Evangelio, para referirse a Jesús, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. En las versiones del Nuevo Testamento en lengua vernácula, logos suele traducirse por “Verbo” (de verbum, “palabra” en latín) o, directamente, por “Palabra”. Estas breves referencias helénicas y latinas nos permiten entender diálogo como acercamiento interpersonal y/o grupal para lograr una finalidad aceptable desde posiciones diversas en el ámbito del entendimiento, del conocimiento, de la Sabiduría.]

 

Breves referencias históricas acerca del uso reciente de la palabra “diálogo” en la Iglesia y, particularmente, en Cuba

 

Todavía joven, pero ya no tanto, la palabra “diálogo” empezó a tener derecho de ciudadanía en la Iglesia Católica y en la sociedad en general, apuntando al apaciguamiento de conflictividades, tanto en el ámbito religioso (diálogo ecuménico, teológico…), cuanto en el de conflictividad ideológica y/o pragmática, en el espacio intelectual, político y social, en el que la Iglesia y los grupos concernidos en la sociedad en cuestión desarrollaban su existencia y se esforzaban por cumplir su misión. Esta, en la Iglesia, en principio, es la evangelizadora, lo cual no quiere decir que dejemos de reconocer que, en algunas ocasiones históricas, la Iglesia “haya sacado los pies del plato”; en el caso de otros grupos, la misión suele ser sociopolítica o intelectual, aunque de modo análogo estos grupos pueden haber sacado también los pies del plato y los hayan introducido incorrectamente en el “espacio” eclesial. Las delimitaciones fronterizas no siempre son sencillas y la Iglesia reconoce que lo suyo se hace presente, por uno u otro costado, en casi todos los ámbitos y espacios.

 

Por consiguiente, la acepción amplia de la palabra diálogo, se ha extendido fuera del ámbito original y ha venido a postular un cierto estilo de abordar los asuntos y las personas, así como cuál debe ser la espiritualidad que lo sustente. Por diálogo, entendemos, pues, ante todo, un cierto tipo de relación que debería establecerse tanto entre las personas, como entre los distintos grupos y/o partidos o tendencias que, en el orden del pensamiento y/o de la acción eclesial o sociopolítica, ofrecen diversas soluciones para el grupo social contemplado, o para la nación o para el mundo.

Me parece que se puede afirmar que la palabra entró con mucha dificultad en el vocabulario oficial de la Iglesia Católica y se requirió tiempo de maduración para definir su naturaleza, alcance, “metodología” y esa peculiar espiritualidad que lo debería cimentar, en los diversos ámbitos en los que se presentaban posibilidades de su presencia. Es explicable que así fuera, pues el “estilo dialogal” comportaba un “cambio” de estilo en la participación de la Iglesia y de los católicos en el ámbito de las diversas conflictividades sociopolíticas y religiosas. El “diálogo”, hacia fines del siglo XIX y hasta el Concilio Ecuménico Vaticano II, era un término que llegó a ser considerado peligroso, con un cierto tufillo de azufre liberal y, en al ámbito de lo religioso, además, como estímulo para el indiferentismo religioso. No olvidemos cuáles fueron las condiciones de la vida de la Iglesia Católica desde fines del XVIII, o sea, desde la Ilustración y la Revolución Francesa hasta principios del XX, o sea, hasta la “crisis modernista” que felizmente vino a adquirir un punto casi final – no totalmente final - durante el Pontificado del conciliador Papa Benedicto XV.

 

Después del largo via crucis de los dialogantes y, ya en los años del pontificado de S.S. el Beato Juan XXIII (1958-1963), desde la preparación (1960-1962) del Concilio Ecuménico Vaticano II (1962 -1965), la palabra “diálogo” y las nociones y actitudes vitales que se integran en ella, fueron incorporadas como parte del vocabulario y de la realidad de la Iglesia Católica. S.S. Juan XXIII falleció en 1963, pero a su sucesor, Pablo VI (1963 -1978) correspondió la tarea de llevar a término el Concilio. Gobernó pastoralmente la Iglesia durante las tres últimas sesiones de un Concilio, que tuvo cuatro, e inició su puesta en práctica, Fue, más que un continuador, un profundizador y maestro genial, en muchos ámbitos. Entre ellos, en todo lo referente a la espiritualidad y a la praxis dialogal ante cualquier situación de conflictividad, religiosa y civil (cultural, política, etc.), en el mundo contemporáneo.

 

En la Iglesia y en el Estado, en Cuba, el diálogo en su acepción contemporánea, como categoría existencial, espiritual, filosófico-teológica, magisterial, cultural y socio-política, tardó todavía más tiempo en adquirir carta de ciudadanía. Cuando empezó a aparecer en Europa y nos llegaron los primeros ecos, en Cuba era algo así como “una mala palabra”; una de ésas que no se mencionan entre las personas educadas. No faltaron algunos, no muy bien informados, en la Iglesia y fuera de ella, y no sólo en Cuba, que entendían el diálogo como una forma “elegante” de cobardía, simulación u oportunismo. Ciñéndome a la Iglesia Católica, todos estamos de acuerdo en que Cuba vivía entonces años de muchas definiciones y situaciones inéditas, como consecuencia del hecho revolucionario cubano y su peculiar naturaleza. Este coincidió, por azar concurrente de la Providencia divina y de las decisiones responsables de las personas humanas que habitamos en esta Isla, con la celebración, en Roma, del Concilio Ecuménico Vaticano II. En el ámbito sociopolítico, un cierto extremismo se nos coló por todas partes. Había creyentes que estimaban que sentarse a dialogar con los revolucionarios marxistas equivalía a disponerse a concesiones inaceptables. No veían otro enfoque de la solución a la conflictividad del momento que no estuviese emparentado con la violencia. Y no faltaban los revolucionarios marxistas que estimaban más o menos lo mismo pero al revés. O sea, que dialogar con los creyentes equivaldría a una debilidad ideológica y los conduciría a concesiones contraproducentes para el “proceso” revolucionario.

Me parece que el primer ámbito en el que la Iglesia Católica en Cuba entró en caminos de diálogo, de manera visible, fue en el mundo de las relaciones ecuménicas. Desde los primeros años sesenta en Cuba hablábamos de diálogo ecuménico, pero eso no quiere decir que los católicos y los cristianos de otras confesiones tuviéramos, desde el principio, ideas muy claras al respecto. Fueron llegándonos al interior del cerebro y del corazón poco a poco. Después, más tarde, se empezó a hablar, como en susurro, de diálogo cultural y socio-político.

 

La nueva situación creada en Cuba por el hecho revolucionario no era incolora, inodora e insípida. Tenía color, olor y sabor muy definidos, cuyo punto de referencia fundamental - al menos desde 1965; quizás desde antes - era el socialismo marxista-leninista, que no era una invención cubana reciente. Se le empezó a añadir, bastante pronto, como matiz diferencial, el calificativo “martiano” que, en principio, en su identidad, no debería engendrar problemas de fondo, ya que casi todos los cubanos, en una u otra medida y en uno u otro ámbito, se profesan martianos. Lo cual no ha dejado de crear, entre cubanos de Cuba y de otras partes, problemas semánticos. ¿Qué significado y qué alcance tiene la palabra “martiano”? Sabemos que el término martiano, en la práctica, entre nosotros, ha tenido diversas exégesis y, en el ámbito político, ha sido apropiado por personas de muy diverso talante. Por su parte, el marxismo-leninismo – noción que no se puede identificar con el marxismo sin apellido - tenía contenidos muy conocidos por experiencias anteriores en otros países y, en la propia Cuba, por las definiciones ideológicas del Partido Socialista Popular. Además, la nueva situación revolucionaria era una situación abarcadora; no se limitaba a un sector de la vida nacional: toda ella quedó permeada, en muy poco tiempo, por la realidad del socialismo marxista – leninista, sin muchas rendijas para otras realidades. Tengamos en cuenta también que, en aquel entonces, el socialismo marxista-leninista, en Cuba como en la Unión Soviética, incluía - como referencia muy sustancial – la profesión de ateísmo. Aunque no era éste el único punctum contradictionis entre los católicos y los marxistas. Me parece que, en íntima unión con él, estaba la concepción acerca de la persona humana. Resumiendo mucho las cosas, diría que en el ámbito del diálogo Iglesia – Estado, en los primeros años del período revolucionario, estaban - casi en duelo- cuestiones de teología y de antropología, enlazadas las unas con las otras. Además, no lo olvidemos, a nivel mundial, estábamos entonces en el apogeo de la “guerra fría” y Cuba y las cuestiones cubanas se insertaban en ese marco.

 

Necesidad de la verdad poética para llegar a cierto grado de comprensión de nuestra realidad épica

 

Los cubanos que vivimos aquellos años, aunque no hayamos sido grandes especialistas en asuntos teológicos y antropológicos, sabíamos que el hecho revolucionario nos planteaba, al menos pragmáticamente, una doble lealtad en tensión, pues no era un debate solamente teórico; tenía proyecciones existenciales muy visibles. Por una parte, los textos conciliares y las autoridades eclesiásticas exhortaban a todos, pero de manera especial a los laicos, a la participación activa en la sociedad, incluyendo la dimensión político-social y cultural. Pero, por otra parte, las directivas partidistas y gubernamentales eran, por lo menos, muy reticentes, si no totalmente cerradas, ante la posibilidad de la participación de los creyentes en algo más que en las actividades menores de rutina, o en algunos ámbitos profesionales, más bien de carácter científico - técnico. Me parece que los primeros tiempos de todas las revoluciones verdaderas cargan consigo definiciones más radicales de la cuenta y ello nos obliga a una fuerte dosis de comprensión y de voluntad de amar. Dicho con otras palabras: el hecho sociopolítico, realmente revolucionario, en Cuba y en cualquier otra parte – pensemos, p.e., en Haití y Francia en el siglo XVIII, en México, la Unión Soviética y China en el siglo XX -, reclama mucha cabeza fría y todo el corazón caliente, así como, en nuestro mundo interior, puentes bien tendidos entre ambos géneros de realidades, las de la cabeza y las del corazón.

 

Sin embargo, a pesar de los empantanamientos de la racionalidad, de los que fueron responsables tanto los tirios como los troyanos, me parece que casi todos estaríamos dispuestos a reconocer que aquellos años, los más difíciles para la vida de la Iglesia en Cuba, fueron simultáneamente, los más creativos y entusiasmantes de nuestro período revolucionario. Tanto con relación a las realidades propiamente revolucionarias, como a las eclesiales, por razones diversas. Paradoja evidente, pero así fueron las cosas. Sólo si nos dejamos invadir internamente por el acercamiento poético a la realidad, podríamos, al menos, columbrar la naturaleza de aquellos años.

 

¡Años homéricos aquéllos! Quizás, también pindáricos, con perfume a odas, trenos e himnos. El aire de aquella Cuba era troyano. No deberíamos olvidarlo, aunque tantas veces nos lo silenciamos. Ésa era la atmósfera que nos nutría, la propia de la Ilíada. No tanto la de la poesía más serena del mantuano Publio Virgilio Marón, el Príncipe de los Poetas; de los latinos y de todos. Aunque, a decir verdad, me parece que aunque ni las Bucólicas, ni las Geórgicas, se nutren del espíritu troyano, sí pudiéramos situar en ese rumbo a la Eneida, la que aparece intencionalmente unida al espíritu de la Guerra de Troya, proyectada, como eslabón - verdad poética de Virgilio – a la poéticamente supuesta fundación de Roma por Eneas.

 

La atmósfera creada por el espíritu homérico – el conferido a Héctor, el noble hijo de Príamo y de Hécuba, el esposo de Andrómaca, el más noble de los ciudadanos de Troya, muerto en lucha con Aquiles, que de este modo vengaba, con saña helénica, la muerte de su amigo, el valiente Patroclo…¡Aquiles ata el cadáver de Héctor a su carro y así traza los círculos trágicos en torno a las murallas de la ciudad paradigmática, la Ilion que ya estaba por ser sepultada en aquellos polvos del Asia Menor, para resucitar luego en otros sitios y avatares! Luego, solamente luego, después de humillaciones que no es el caso recordar, y del círculo casi ritual, Aquiles entrega el cadáver de Héctor a Príamo, su padre. el no menos noble Rey de Troya, para que le rinda los honores funerarios. La pira ritual, la de la incineración del cadáver de Héctor, ante su familia y la ciudad, tuvo herederos - literarios o simplemente realistas - que provenían del mismo espíritu. Virgilio no pudo renunciar a incorporarlo poéticamente a Roma, la ciudad imperial que ya se alzaba ante sus ojos de Poeta. Eneas, casi en volandas, se dirige de las ruinas llameantes de Troya a Italia, llamado por los dioses a una especie de refundación de Troya en una ciudad nueva que sustituyese a la vencida Ilion: Roma, concebida como una nueva Troya y ya identificada en tiempos de Virgilio – que fueron los de Augusto - como la Urbs, la ciudad por excelencia, la que no necesitaba otro nombre, ni un adjetivo calificativo, ni gentilicio alguno. Eneas parte a cumplir su misión divina sin dejar de pasar por Cartago, la ciudad en la que lo detiene el amor de la bella Dido, la hermana de Pigmalión de Tiro, la más hermosa de las reinas del Mediterráneo, el Mare Nostrum. Pero los dioses pueden más que el amor de Dido, y Eneas cumple su destino encaminándose a la fundación de Roma, la resurrección de Ilion, mientras Dido arde en la pira que ella misma ordena levantar.

 

Las ráfagas de ese heroico espíritu homérico alcanzan toda la verdadera y perdurable historia helenooccidental, la que piedra a piedra levantó, entre llantos, himnos y gozos inauditos, el espíritu humano. Historia divino-humana que alcanzó esta categoría, posteriormente, gracias al Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. Jesús sella la historia de los hombres con Su muerte en la Cruz – hasta la última gota de sangre - y Su resurrección. Misterio Pascual que transmuta nuestras ambiguas realidades en un Mundo Nuevo. La luz nueva e indeficiente nace del costado abierto del Dios-Hombre, de Jesús, el judío del siglo I que es también la encarnación del Ser Trascendente; Verdad revelada cristiana, herencia, en primer lugar, de la veritas hebraica del Antiguo Testamento, y entretejidas ambas a la verdad racional heleno-latina, que provoca los partos de lo que hoy llamamos Occidente y que tiene, así, más de una raíz genética. Quizás, sin verlo todo con claridad meridiana, los héroes macedonios, los que compartieron trabajos y placeres y, dado el caso, también la muerte, encabezados por Alejandro, a lomo de caballos y al compás de batallas, abren el camino hacia la Oikoumenh, por cuya cimentación San Pablo y los primeros seguidores de Jesús dan sus palabras y sus vidas, con dosis inaudita de Sabiduría y de entrega que no llegaron a conocer los discípulos guerreros de Aristóteles, reunidos en torno a Alejandro de Macedonia.

 

Mundos de héroes y heroínas que engendraron heroicidades. No dejan de merecer este calificativo; a pesar de los errores y pecados. Las hazañas de los héroes no caben en los silogismos. Armados por ese aire homérico - y también por los aromas pindáricos y virgilianos -, fecundados por la semilla evangélica y rodeados por una especie de neblina vagarosa, la propia de la Sabiduría in fieri, nos aproximamos, a los años iniciáticos de la Revolución que, consciente o inconscientemente, se nutrió de todo ello. Todos los cubanos que teníamos los ojos abiertos y el corazón palpitante, hace cincuenta años, desde una u otra esquina, nos hemos alimentado con esa savia. Como lo hicieron, antes que nosotros, los hombres de “San Carlos”, los del 68 y los del 95, todos héroes homéricos, pindáricos, virgilianos y cristianos de antaño; los que construyeron los cimientos de la Casa Cuba y soñaron con su terminación acogedora. La entrevieron así, gallarda y bravía. Y ellos supieron que, en ese camino de piedras, de arenas y de espinos, nunca faltarían las cruces; nunca dejaría de haber sangre para empalmar, firme y perdurablemente, las piedras de la construcción que nos resguarda y del pedestal que nos levanta.

 

Desde el inicio del período revolucionario, el actual, el de 1959 hasta nuestros días, las diferencias de proyecto y los distanciamientos personales se hicieron patentes. No sólo y no principalmente debido a cuestiones religiosas, sino a causa de la diversidad de criterios con relación al enrumbamiento de las cuestiones socioeconómicas y políticas. Tuve la impresión en aquella época primera que también había diferencias que venían de viejas cuestiones personales, concomitantes o anteriores a la Revolución. Son “las realidades pequeñas”, si las parangonamos con las heroicidades, pero debemos contar con ellas. Así, al estilo de las de Currita de Albornoz, la protagonista de “Pequeñeces”, la antaño popular y hoy casi olvidada novela del Padre Luis Coloma S.J.

 

Referencias y apostillas no tan homéricas, pindáricas o virgilianas, ni tampoco muy evangélicas, por no decir, que son, lamentablemente, chatas, prosaicas

 

No es el caso repetir lo que es realidad conocida, o sea, cuáles ha sido las tensiones entre la Iglesia y el Estado en Cuba y las tensiones doctrinales, sociopolíticas y económicas, entre personas y entre grupos. Las primeras, las referentes a las relaciones entre la Iglesia y el Estado – al parecer – están hoy, mejor enrumbadas que en aquellos primeros años. Si estas tensiones están parcialmente superadas o en vías de superación, esto se debe precisamente al hecho de haber optado, ambas partes, por los caminos del encuentro entre personas, de la reflexión, del diálogo y de la concertación, unas veces alcanzada y otras no.

 

Las segundas referidas, o sea, las tensiones doctrinales, sociopolíticas y económicas, no eclesiales sino propias de la acción política y/o económica directa, las que definen a los grupos o partidos políticos o a las diversas tendencias dentro de un partido, así como las que – por carambola – tipifican frecuentemente las relaciones internacionales, nunca se han apagado y ni siquiera se han calmado significativamente en estos sesenta años. A veces la plancha se calienta más y a veces parecería serenarse el clima pero, en realidad, después de los primerísimos años de implantación del proyecto socialista marxista, nunca más estuvo presente en Cuba un verdadero diálogo político generalizado y abarcador entre las personas y los grupos políticos que han mantenido posiciones distintas de las del Gobierno y los círculos gubernamentales. Tanto el gobierno cubano, como esos “grupos” de pensamiento y/o acción política que se oponen al mismo, no son muy proclives a las concesiones permisibles y dignas, ni a las concertaciones, cuya posibilidad, contemporánea o futura, necesariamente, se debe presuponer ante tal tipo de diálogo.

 

Tengo la impresión - difícil de verificar – de que sí ha habido etapas de diálogo interno significativo entre las diversas orientaciones de pensamiento dentro del partido único, o sea, dentro del PCC. Desde mi belvedere, me parece que, actualmente, vivimos una de esas etapas. También percibo etapas alternantes de diálogo y de recalentamiento de la plancha - no de forma estable sino, insisto, alternantes -, en las relaciones internacionales de nuestro País.

 

Con relación al primer caso mencionado anteriormente. o sea, las relaciones Iglesia / Estado, estilo y tipo muy peculiar de diálogo social que se han ido encaminando, por los caminos dialogales, me pregunto: ¿de veras se trata de una realidad obtenida o, en realidad, el contencioso entre la Iglesia y el Estado en Cuba es todavía una pregunta sin respuesta clara? ¿Es una penosa situación ya superada o, todavía es algo en vías de superación? Una cierta tensión crítica entre la Iglesia y el Estado no sólo es normal, sino también beneficiosa para ambas instituciones. Lo que no es “normal” – es decir, lo que no debería constituir “norma” - y es, además, dañino, es la tensión venenosa, la que juega con la sospecha y la represión, la que recarga el acíbar y dificulta sobremanera la comunicación entre las partes.

 

Creo que podemos sostener que este tipo de tensión – la venenosa, la de acíbar -, parece estar superada, pero sabemos que en algunas personas, lo mismo entre los tirios que entre los troyanos, pesan mucho todavía los rezagos y, cuando menos lo esperamos, nos sorprende un revoleo, causado de manera inmediata o por un dardo nuevo, o por la resurrección de uno antiguo, que creíamos sepultado para siempre, y es lanzado de nuevo desde uno u otro bando. Entiendo que no deberíamos dejar de contar con esa posibilidad no deseable, para que no nos sorprenda, para que no nos tome de improviso, y despierte en nuestro interior algunos malos humores.

 

Estimo que, como elemento esclarecedor del pasado, es más que conveniente, por parte nuestra, recordar que no todos los que abandonaron la Iglesia y/o el mundo de la fe, lo hicieron por sinrazones inconfesables o por razones de superficie o de temor. Hemos conocido hombres y mujeres, católicos antes del 59, que se entusiasmaron con el proyecto socialista y, por ese camino, dadas las circunstancias aludidas –veneno, acíbar, sospecha -, llegaron a apartarse del mundo de lo religioso, que aparecía ante sus ojos como escollo insuperable en su sendero de crecimiento y de solidaridad con los destinos de la Patria. Con razón nos parece hoy un razonamiento extraño, pero así fue.

 

Sin embargo, recordamos también que, ante la hostilidad y la real exclusión social o marginalización, por parte de amplios sectores del poder político, una buena parte de los católicos y creyentes de otras confesiones, no se podían sentir muy estimulados para promover un diálogo que “la otra parte” rechazaba, casi a priori. Pocos, proporcionalmente, fueron los que se mantuvieron en la insistencia dialogante, en la promoción del diálogo cultural y socio-político, y en el cultivo de la espiritualidad y de la cultura filosófico – teológica que deberían acompañar la afirmación del diálogo de manera coherente, no como una actitud meramente pragmática, si no oportunista. Ante la sobresaturación de acíbar, una buena parte de los creyentes, optó o por la separación del mundo de la fe, o por el éxodo al extranjero, o por ambas rupturas, cuando llegaron a creer que la Iglesia se había cansado y se situaba, débilmente, en manos de sus “vencedores”. Esto pueden pensarlo, quizás, los que han entrado en este libro - que es la relación Iglesia - Estado en Cuba - por los últimos capítulos. Pero aquí, todos los que hemos vivido nuestra epopeya desde el prólogo, sabemos bien que hoy no se puede hablar con verdad de vencedores y de vencidos, sino de hermanos que se han reconocido como tales y de concertaciones honorables para todos los que las han promovido, de una u otro lado de la cuestión.

 

¿Pudo haberse evitado, de una parte y de otra, el llegar a las “definiciones” contundentes y excluyentes, durante los primeros años posteriores al triunfo revolucionario; digamos, entre 1960 y 1980? ¿Pudo haber sido distinto el enrumbamiento de la relación Iglesia - Estado y, más ampliamente, la del hecho religioso y el hecho cultural y político? Personalmente, yo estimo que sí, que casi todas las cosas pudieron haber tomado otra dirección y otra intensidad y matices, aún dentro de la opción socialista de la Revolución. Me formo este juicio no como expresión de un deseo vehemente que no vi cumplido en aquel momento, sino porque precisamente entonces y después he conversado sobre el tema con hombres y mujeres de la Iglesia, de los diversos ámbitos de la cultura y del Partido y del Gobierno. Muchos han manifestado convicciones y deseos análogos y están convencidos de que en aquella realidad en la que se jugaba la “Verdad” de Cuba, la posibilidad de la Casa Cuba, del Árbol Cuba, de la Nave Cuba, las cosas pudieron haber sido de otra manera… Nada fáciles, pero… de otra manera!

 

Pero, por aquel entonces, todo parecía quedarse ahí, en la semilla, sin mayores repercusiones y con grandes sospechas de ingenuidad para con quienes continuaban postulando caminos y espiritualidad de diálogo. No olvidemos el componente internacional, ya mencionado pero que entonces, en aquellos primeros años, tenía un peso específico que me atrevo a calificar de incalculable. Y esto por ambas partes de la cuestión, por ambas zonas del mapa político del universo entre los años 60 y 80. Sin embargo, la semilla estaba dentro del surco, no se veía, pero apuntaba a la germinación. Los retoños no brotaban todavía y la culebra se enroscaba sobre sí misma y se mordía la cola, sin percatarse de que ella misma, la culebra, era la causa tanto del dolor de la mordida, como del empantanamiento circular. ¡Maldita culebra aquella que retardó la germinación temprana de la buena semilla!

 

¡Qué bien nos habría venido entonces una reflexión honda sobre los Poemas del Equilibrista, de Eliseo Diego (Libro de las Maravilla de Boloña).Todo camino de esta índole, empieza por el equilibrio riesgoso de la cuerda. De seguro que, aún en medio de la realidad que nos envolvía, de la neblina que parecía destinada a enceguecer nuestra visión, no a germinar, una nueva sabiduría, nos hubiera sido posible: conservar mejores canales de comunicación respetuosa, paridora de la Verdad que ansiábamos y sólo entreveíamos. El alumbramiento habría redundado en situaciones más potables y digeribles, de una y otra parte. Todos hemos sido culpables de algunas realidades de antaño y todos hemos sido inocentes de otras. Y no es fácil el discernimiento para los ajustes de cuenta que a veces nos tientan en demasía y enredan más el rabo de la culebra. Vuelvo a Troya: necesitaríamos aquí, en esta mesa, la compañía de Casandra, la hija de Príamo, la hermana de Héctor y sacerdotisa de Apolo, a quien el Dios le otorgó el don del discernimiento y de la profecía en aquellas complejísimas situaciones a las que se refiere la Ilíada.

 

Pero las cosas fueron como fueron y no es ahora el momento de pasarnos cuentas recíprocas, ni de ahondar en los resquemores, revolviendo las discusiones entre la prioridad del huevo o de la gallina. Lo acertado habría sido, a mi entender, acunar el pichoncito frágil del gallito criollo que estaba naciendo y que se llamó desde siempre Revolución. Los que no lo bauticen así, pregunten a Carlos Manuel de Céspedes y a José Martí cuál es su nombre. Acunar a ese pichoncito del gallo criollo desde entonces, desde el primer momento y ante la primera dificultad relevante. No darle las espaldas y, mucho menos, cuquearlo. Quizás no todos se daban cuenta de su naturaleza. El pichón era de gallo, no de mansa paloma. Nació y se desarrolló, con una cierta lentitud, en medio de dificultades que nunca han terminado. Quizás era inevitable que así fuese. Pero en el proceso, como vivía al pairo y no se le brindaron las atenciones y cuidados que un pichón de gallito criollo exige, le fueron creciendo minusvalías notables; tan significativas, que muchos llegaron a pensar que moría o que, al menos, quedaría deforme para siempre. La atmósfera llegó a estar tan enrarecida, que quienes habrían debido hacerlo – darle atención adecuada al pichoncito frágil de nuestro gallito criollo -, no sólo no le brindaban esa atención, sino que alejaban por fuerza y presión a todo el que pretendiera ocuparse de él, por las vías adecuadas. Y, en verdad, lo que nuestro pichoncito nacional requería, con gemidos inenarrables, no era otra cosa que el cariñosón arropamiento, que en términos sociopolíticos se dice diálogo amplio y respetuoso, y no equivale a la gritería irracional, sea ésta de condena, sea de aprobación. Tal diálogo era insustituible y lo sigue siendo en todos los niveles y ámbitos de la vida nacional. Verdad es que a veces nos molestaba el kikirikí sonoro y altanero, al que no estábamos acostumbrados, pero así han sido los gallitos valederos, los que perduran y ganan las peleas en el ruedo de la valla. La paciencia inteligente con ellos siempre ha valido la pena.

 

Afortunadamente, a pesar de todo y de sus minusvalías, el gallito criollo ha ido creciendo. Ya es un gallo más bien grande, pero herido y… habría podido ser hoy, todo él, un gallo más respetado. Lo que importa es, pues, restaurar o reconstruir la Casa Cuba y cuidar del Árbol Cuba para que el gallo nacional tenga el habitat que le es propio y continúe desarrollándose por mejores caminos, sanado ya de los virus que tanto daño le hicieron. No queremos que se nos quede medio rebejío, paticojo, con el cuero picoteao y con el pico tan amolao, que ya no pueda ni siquiera entonar su kikirikí estentóreo, el que le es propio y llegó a molestar a muchos. No lo abandonemos, ni le arranquemos más plumas, ni le abatamos el pico; pudiere ocurrir que, en la primera ventolera fuerte, se nos escapen nuestros gallitos contemporáneos, los más sonoros, en la Nave Cuba, le desvíen su trazo y se enrumben a otra Casa que no es la suya propia En mantener el Gallo que fue gallito pero que ya no lo es, y en contribuir a su desarrollo sano nos va la vida como personas, como comunidad eclesial y como comunidad nacional.

 

La Casa Cuba -o el Árbol Cuba o la Nave Cuba, “como gustéis”, al estilo de Shakespeare – está dañada y necesita reparaciones urgentes y capitales, pero no caóticas – “peor sería el remedio que la enfermedad”-, sino en orden, una después de la otra y siempre como fruto de diálogo y concertaciones. Para que no se derrumbe la Casa y nos aplaste y agoste la belleza que le queda y que todavía nos deslumbra; para que no se nos seque el Árbol y nos veamos privados de su sombra y de sus frutos; para que no se nos hunda la Nave y nos ahoguemos o, como ya apunté, pierda la buena dirección y vayamos a parar a las antípodas. Lo que equivaldría a hundirnos o a algo peor. Y con todo ésto como complejo punto focal – la Casa, el Árbol, la Nave y el Gallo - me atreveré a pergeñar cuestiones relacionadas con el diálogo en algunas de sus dimensiones y posibles contenidos.

 

Actualización  

 

Como complemento a lo que estoy escribiendo tengan, por favor, ante los ojos, los textos del Concilio Ecuménico Vaticano II (Roma, 11 de Octubre de 1962 a 8 de Diciembre de 1965, de manera especial la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, sobre la vida de la Iglesia en el mundo contemporáneo), el Documento Final del Encuentro Nacional Eclesial (ENEC, celebrado en La Habana del 17 al 23 de Febrero de 1986), así como la Instrucción Pastoral de los Obispos de Cuba, del 25 de Mayo del mismo año, que acompañó la promulgación y “oficialización” del Documento Final. Hay mucho y bueno en dichos textos – incluyendo todo lo referente al Diálogo – que no han sido todavía suficientemente digeridos y proyectados. Amén de que los católicos cubanos más jóvenes ni siquiera conocen los textos del ENEC –han pasado 24 años –, ni los del Concilio, cuya clausura ocurrió hace 44 años. ¿Cómo vivir “en católico” nuestro diálogo pluriforme, si nos atenemos sólo a nuestras luces personales, más o menos bien dirigidas, e ignoramos la conciencia eclesial que nos regaló el Concilio Vaticano II, la de Iglesia en diakonííiía en aras de la koinwniía‘? Cambio de óptica y de intensidades de luz; es lo menos que podemos decir.

 

EN EL CORAZÓN DEL ASUNTO EN CUBA HOY – in the heart of the matter, escribiría el siempre recordado Graham Greene --: LA REALIDAD SOCIAL Y LA INSERCIÓN DE LA IGLESIA CATÓLICA EN LA MISMA.

 

La realización de un genuino diálogo ecuménico, stricto sensu, o sea, entre las diversas confesiones cristianas presentes en nuestro País es ya, me parece, una cuestión adquirida, aunque susceptible de un mejoramiento de la calidad que le es propia. Otra cosa sería hablar de modos de realización, de personas comprometidas en el mismo, de asuntos abordados, etc., acerca de lo cual podrían surgir discrepancias, a veces significativas y hasta paralizantes. Pero en principio no se discute la realización de tal diálogo, avalado ya por la reflexión y la praxis universal y “oficial” desde hace casi medio siglo.

 

Un caso peculiar, todavía dentro del ámbito - en principio-religioso, sería el diálogo con grupos religiosos que han sincretizado la religión católica con religiones de origen africano. Serían propias de los descendientes de etnias de procedencia africana, pero hoy estas formas de religiosidad se han extendido a una buena parte de la población cubana, trátese de negros y mestizos, trátese de blancos que no tienen ancestros africanos… Y que quizás tengan abuelos españoles y ahora buscan la ciudadanía de la Madre Patria. Considero apremiante la realización de este diálogo, sin desconocer que presenta dificultades que, a primera vista, nos parecen todavía insuperables. Califico como apremiante este diálogo no sólo porque el número de los que ya participan de algún modo en estas variadas formas de sincretismo católico-africano, es muy alto y continúa creciendo, sino porque tiene un peso significativo - y no sólo estrictamente religioso - en el seno del pueblo y en la cultura de la Nación. La presencia de componentes éticos y religiosos distantes de la religiosidad cristiana, y de elementos culturales muy distantes de “la cultura occidental” y de la modernidad racional, hace más difícil el proceso dialogal entre el cristianismo y las diversas formas de sincretismo católico-africano presentes en Cuba. Sin embargo, al menos en teoría, dificultad, no es sinónimo ni de imposibilidad, ni de parálisis.

 

Ahora bien, no es sólo en el ámbito religioso en el que la Iglesia debe hacerse presente con talante dialogal. La Iglesia está llamada a evangelizar toda la realidad humana. En principio, nada humano le es ajeno. No cabe en la Iglesia mantener los ojos y los oídos del entendimiento cerrados ante cualquier realidad humana que nos resultare disgusting. Pero de cara a la realidad humana, compleja como suele ser, lo que sí debería serle ajeno siempre es tanto el intento de imposición más o menos irrespetuosa y hasta violenta, cuanto el talante de indiferencia. La Iglesia no debería caminar por el Mundo y por la Historia con los ojos cerrados y los oídos taponados; ni tampoco con la mirada errónea, la que nace de los lentes distorsionadores que - con frecuencia , consciente o inconscientemente, utilizamos para contemplarla. Una cosa es que la Iglesia no pueda individual o socialmente actuar frente a algún fenómeno humano, porque las situaciones religiosas y culturales o los ordenamientos jurídicos se lo impidan, y otra cosa es ser insensible ante realidades que no son cristianas y, a veces, ni siquiera son plenamente humanas. Todo cabe en su ángulo de visión y, en algunas situaciones, también en su ámbito de acción, pero siempre el talante eclesial debería ser dialogal, ya que no tenemos el monopolio de nuestra nacionalidad.

 

Por consiguiente, sobre las decisiones culturales, políticas y económicas, o sea, sobre el ordenamiento sociopolítico del País y la promoción de valores, la Iglesia no debería pretender ejercitar un monopolio, ni magisterial, ni – mucho menos – administrativo y/o jurídico. Sin embargo, todos los cubanos que tengan razones y no sólo caprichos o roñas, deberían acceder a la valla o a la arena, a nuestro ruedo isleño, armados no con capotes de simulación o de adornos de no muy buen gusto, ni con espolones, ni banderillas y espadas, sino con los argumentos de la razón y del amor fraterno servicial. El hecho de que estemos convencidos de que no es tarea de la Iglesia imponer, sino proponer, no nos excusa de una presencia iluminadora y activa, aunque dialogante. Ojos y olfato atentos, oídos sensibles y lengua muy respetuosa. Y así compartir y, en el caso oportuno, también actuar, en el seno de la comunidad nacional.

 

Nuestro País, actualmente, es un hervidero de opiniones, juicios, proposiciones, etc. en ámbitos muy diversos. Tanto en el orden personal, como en el eclesial-institucional, tenemos el deber de compartir nuestros criterios que, evidentemente, ni son uniformes, ni son siempre los más acertados. Los católicos pensamos sustancialmente lo mismo acerca de los contenidos del Credo y del magisterio eclesial en las cuestiones que tocan la Fe, así como en el universo ético que nace de nuestras convicciones, pero no sobre la organización sociopolítica del País. Tenemos opiniones y tratamos de ser coherentes, pero tratamos también de no confundir los planos. Tomo ejemplos de otros escenarios: ¿Republicanos o monárquicos? ¿Socialistas o partidarios de alguna de las formas de libre mercado? ¿Independentistas o autonomístas? ¿Monopartidistas o pluripartidistas? Etc. Los ejemplos de disyuntivas sociopolíticas y económicas de este talante pueden multiplicarse pero me resulta evidente que los católicos no deberíamos postular un monolitismo, inexistente casi siempre, en asuntos temporales discutibles, argumentando a partir de la Fe y/o de la fidelidad a la Iglesia. P.e. un católico cubano del siglo XIX pudo haber sido independentista y su vecino, tan católico como él, pudo haber sido autonomista o partidario del mantenimiento del statu quo colonial, y las opiniones sobre estas cuestiones no deberían comprometer la calificación de su Fe. En estas cuestiones, las posturas personales valen tanto como valgan las argumentaciones, teóricas y pragmáticas, los análisis de la realidad, las motivaciones éticas, etc. En nuestra valla o ruedo isleño se descalifica por sí mismo el que muestre la oreja del egoísmo y de la búsqueda de intereses personales bastardos, aquel a quien se le salga el calzoncillo o el refajo de una estimación baja o hasta de menosprecio de nuestro País y de su pueblo, el que no sepa escuchar y no respete e intente descalificar al otro. Y todo esto se relaciona íntimamente con el diálogo nacional al que aspiramos.

 

PUNTO FINAL

 

En resumen y como punto final: ante una situación o conflicto derivados de la diversidad de criterios, en cualquier ámbito y en cualquiera de los niveles imaginables, las opciones se reducen, en la práctica, a tres: - a) o se ignora la conflictividad, y se vuelve la cabeza a otra parte; no me gusta este camino; casi siempre la conflictividad así “ignorada” suele enquistarse y crecer con el paso del tiempo, a la larga o a la no tan larga, y puede causar problemas mayores; -b) o se recurre, sin muchos miramientos, a la fuerza física, a la presión o a la violencia, con palabras o con hechos; está claro, me parece, a estas alturas de la comprensión de la racionalidad, que la guerrita o la guerrota no suelen resolver conflictos, ni personales, ni comunitarios, ni nacionales o internacionales, sino acrecentar los que ya existen y crear otros nuevos; -c) la tercera vía, la más “difícil” pero, al mismo tiempo, a mi entender, la única eficaz y la única coherente, tanto con la racionalidad de la persona, cuanto con los valores evangélicos, es el diálogo paciente y respetuoso enderezado a la persuasión y/o a la concertación de las voluntades u opiniones en conflicto.

 

Doy por sentado que el referido Diálogo, reconstructivo y de reconciliación nacional, debería apuntar siempre a la visibilidad jurídica. Es decir, a una Ley Fundamental o Constitución que articule la vida nacional de manera estable. Aunque es cierto que un buen texto constitucional es sólo un medio jurídico – nada más y nada menos – que sirve de cimiento a toda la edificación nacional (jurídica, social, cultural, económica, etc.), y no es el único medio efectivo para los fines que le son propios, estimo igualmente cierto que no puede faltar en la Casa Cuba. De ella misma, de la Constitución, deberían manar los otros medios eficaces, no retóricos. Es decir, sobre la base de las obtenciones de un genuino “diálogo nacional”, sea cual fuere la forma que se adopte para que la representatividad sea efectiva y no meramente formal, tendría lugar el discernimiento relativo a la Constitución. Podría ser una nueva Constitución o podría ser fruto de la revisión de alguna de las dos últimas (1940 o 1976, ya reformada en 1991). Pero esto es otro tópico sobre el que frecuentemente he escrito en los últimos decenios republicanos y lo reitero hoy, si cabe, con mayor convicción.