Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS  

 

 

     

                                                 Dr. Pablo A. de Cuba

 

NULLIUS  IN  VERBA: En las palabras de nadie

 

 EPIGRAMA II

Desinstitucionalización “Ab irato

 

La ilustración dejada por teóricos del derecho durante siglos ha superado con sobrada prudencia los requerimientos máximos del reprobando de varias Academias, incluyendo la exigente florentina, así como cualquier otro paralelismo a la simulación (aún hoy existente) del goce y del ejercicio pleno de las libertades y los derechos del hombre. Tan insigne ilustración demostró que el fundamento de la creación es, precisamente, la acción de “dar”; de “entregar a bien y solo para el bien” sus resultados. De ahí el obligado tributo al conocimiento de esa creación hasta hoy día.

 

Parte representativa de esa ilustración fue la que emanó de la Revolución francesa, la cual sembró, para cosechar en la posteridad, una contundencia  histórica  preñada de ideas que inspiraron a generaciones posteriores y dejaron sobreponer sus errores al buen arbitrio de la inteligencia correctiva humana. Tan es así, que parte de esa cosecha de ideas que inspiraron la mencionada Revolución francesa fue la de negar que el poder tenga un origen divino, logrando romper la estructura que defendía un esquema erigido sobre la fuente del poder referido a la defensa de la voluntad de los súbditos que permitían la posesión y el ejercicio de dicho poder.

 

Solamente cosechar esta idea sentó el principio de cuanto escrito doctrinal se ha derivado  de que el verdadero poder nacía de la masa de súbditos, es decir, del pueblo, y que solamente éste debía tener la capacidad de delegar tal poder en quien le placiera, bajo determinadas condiciones y garantías que considerase más apropiadas (contrato social y responsabilidad legislativa) y, muy importante, nunca sobre la base de la perpetuidad, sino durante el tiempo que creyera conveniente para ejercerlo. Solamente el pueblo, y nada más el pueblo, determina el destino de su nación, y no el poder de sus gobernantes. Esa riqueza de tan exquisita cosecha, hoy la conocemos como Soberanía Nacional.

 

Para la mejor fluidez del gobierno, los elementos que integran el actuar político, económico, religioso y social que se integran es esa soberanía nacional, permiten el establecimiento e imposición de normas determinantes y conducentes a todo un  colegiado de garantías recíprocas que tutelen las relaciones entre el “soberano” (Estado) y sus “súbditos” (pueblo).

 

También, y entre otros elementos de contenido constitutivo de dichas garantías permisibles para mayor fluidez del gobierno, se encuentra la  obligatoria existencia de certidumbre e imparcialidad institucional que eviten y proscriban la utilización excesiva o indebida de determinadas reglas de administración y gobierno que satisfagan popularmente la seguridad de que no se usará el poder coercible de manera arbitraria, esto garantizado con la existencia de un Poder Judicial independiente y eficiente que límite el poder vengativo, coercitivo y predatorio del gobierno. La falta de este equilibrio lleva conclusivamente al atropello de los gobernados y a la inexistencia del tan necesario debido proceso dentro de un Estado de derecho.

 

Evitar el proceso de Kafka es requisito insuperable en el prevalecer del equilibrio soberano entre la emisión de actos de poder soberanos (leyes) y su aplicación, ya que en justicia y derecho solamente puede emanar la voluntad gobernante concordante con el interés del pueblo; por tanto, las leyes son a favor del pueblo y no en su contra. De ahí que la destructiva falacia de corte radical de izquierda nacionalista “que un partido determina la soberanía de una nación y ejerce el control y dirección del Estado y la sociedad”, más que aberrante, es insoportable al análisis civilizado. A fortiori  (con mayor razón), podemos argüir que no hay razón alguna para que una persona, en el ejercicio del poder (mandato) emanado del pueblo, aún en circunstancias de total absolutismo o totalitarismo de elección y ejercicio, viole sus mismos actos de gobierno basados y amparados en el imperio de su propia ley, es decir, violentar en contrario su propio acto de poder y gobierno.

 

Lo anterior, si se materializase, no describiría otra cosa que la vida en un infierno de amarga locura e incertidumbre, donde la ambigüedad del poder provoca la incertidumbre de futuras generaciones y lleva al establecimiento de una nación sin instituciones efectivas y creíbles, en fin, el origen de un país llamado caos y un gobierno denominado anarquía.

 

Tanto han sido los abusos e inventos doctrinales de partidos y gobiernos de seudo democracias modernas, incluyendo al propio socialismo del “pueblo”, que se ha deformado, en su implementación, hoy en día, la fe en su vialidad, y se ha ido privatizando el actuar humano aislado de la vida política y social, en la medida en que las desilusiones generadas por sus gobernantes  en torno a las instituciones de cualquier tipo, se hacen menos creíbles en su eficiencia y transparencia.

 

Hoy se da más bien el creer en las convicciones que se dan a partir de las experiencias personales y de las opiniones que se generan de las mismas que en las  instituciones políticas. En el fondo,  el hombre cree mas en sí que en sus políticos o gobernantes, salvo que estén o entren en su juego de poder y, por tal razón, actualmente se dan y manifiestan una serie de sistemas de creencias a partir de las experiencias individuales y no colectivas, no importando si estas sean ciertas o ficticias. La realidad es reflejo de la incertidumbre y el timo reiterado de tan demagógica sistémica despótica de muchos de los gobiernos.


Impuesto tal nivel de incertidumbre, los habitantes de determinada nación imbuida en tales sucesos desestabilizadores que originan sus propios gobernantes, toman la elección del sensus fidei (sentido de fe) donde quedaría solamente la parte disidente en silencio, y demostrar (doble moral) que como ciudadano se mueve dentro del  conflicto que surgió entre la  "obediencia" y la “verdad”, ambas concordantes con el gobierno, incluyendo la “revolucionaria”.

 

En estos casos, la historia de procesos revolucionarios ha tomado como muestra de actuación los denominados revolucionarios mejor informados, los cuales eligieron la obediencia, seguros en su sensus fidei de que sólo la obediencia y no la verdad asegura la lealtad básica con el supremo líder del proceso revolucionario. Sin importar a sabiendas que son reputados incapaces al no poder distinguir entre la tradición de gobiernos (sean o no marcadas como divinas) y las tradiciones humanas; entre lo que es irreformable y lo que está sujeto al cambio dentro de la tradición en una sociedad anteriormente institucionalizada; entre la evolución homogénea y la evolución heterogénea del dogma doctrinal de una ideología; así, solamente los disidentes en silencio quedan entonces tachados de desobedientes y hoy, además, de excomulgados y cismáticos del resto del pueblo revolucionario (denominados grotescamente grupúsculos), tienen que estar concientes de serán convertidos en sujetos obligados de persecución gubernamental. En realidad, este último grupo conceptualizado desafecto ha sido, es y será, per se, la semilla de la oposición pública del gobierno y, con ello, intransigente en la forma y conducta de ejercer el poder.

 

Si al acto de poder expresado por un Jefe de Estado, se le suma la inspiración “ab irato” (por la ira) que lo provocó, más la ilegalidad irracional de su contenido, no hay que ir muy lejos para conocer y entender que la solución propuesta por esa persona, no obstante el cargo que ejerce, es totalmente desafortunada, antijurídica, y conducente a la des-institucionalización del país que supuestamente dirige.

 

Solamente el concierto de criterios e imposiciones y no de voluntades que se empeñan y ponen en juego en el absolutismo, a pesar de ser supuestos mandatos razonados del gobernante, queda sembrada la soberanía de una nación en el Dies Irae ("Día de la ira") sin olvidar, que canto seguido viene el Réquiem por sus resultados. El daño resultante que produce la des-institucionalización de una nación es conducente al caos social. La historia así lo guarda.

 

Esta incontrolada ira y, por demás, pasional, de atentar contra el orden jurídico establecido, es la realidad demostrada por el Jefe de Estado cubano desde los inicios de su autoritarismo gubernamental. La continuidad y desmesurada ejecución de actos desenfrenados de ilegalidad siempre han sido consumados por un Ministro primeramente, luego un Jefe de Estado, y siempre por un “Comandante en Jefe”.

 

Solamente el mantenimiento de una crisis prolongada como la cubana es esencial para sostener la des-institucionalización del país e ir a contrario sensu de la construcción de una nación democrática sentada sobre bases de un verdadero y efectivo Estado de derecho. Estamos lejos de tal estadio.

Para este tipo de ejercicio de poder no basta si ya el célebre ilustrado Montesquieu describió lo imperante en un gobierno al definir en su obra El Espíritu de la Leyes “que el despotismo esta gobernado por el terror” o que también en el libro de Romanos del Nuevo Testamento nos encontramos claramente cual es el punto de vista del Señor en cuanto al “sometimiento a la autoridad”, destacando el hecho de que estas están puestas desde lo alto para llevar a cabo una misión competente a la disciplina (…) porque el Reino de Dios es ante todo el Reino del orden y el cumplimiento de toda justicia. Todo este acontecer intelectual que  nos deja claro, en sendas insignes obras, que tanto el poder humano impuesto por el soberano como el divino impuesto por obra y gracia precisamente de la creación divina de Dios, no dan cabida, bajo ningún concepto, a la ira o al impulso, inclusive la interpretación despótica de cualquier gobierno. No obstante, tampoco esto le basta a estos gobernantes concebidos en la noción “in vitro” del poder.

La consecuencia de la des-institucionalización es la autodestrucción de cualquier sistema fundado en el actuar despótico y tiránico de sus gobernantes.

 

En nuestros días, y en razón de la institucionalización de agencias y tribunales de justicia en Estados de derecho efectivos, en varias parte de este mundis nostrum (nuestro mundo) es totalmente factible probar que esta “metodología fraudulenta de la imposición del poder” ha conducido a un desbordamiento de poder dañino e ilimitado, que incluye el acto reiterado y premeditado “contra legen” (contra la ley) de ir en contra de sus propios ciudadanos.

 

Este actuar fraudulento, es solamente reservado a la máxima autoridad de una cúpula dirigente totalmente “impermeable”, o a un grupo muy limitado de personas de lealtad incondicional, y nunca a cualquier tipo de persona con determinado poder de dirección o gobierno político, económico o, inclusive, social y religioso.

 

Cualquier punto de emanación de este ilimitado poder se convierte en la base de una posterior catástrofe institucional que lleva, invariablemente, a un país a convertirse en un ente asustado en el fondo de su existencia, el cual palidece ante los métodos de gobierno impuestos por sus gobernantes, los cuales poseen, en su expresión externa, una cantidad excesiva e indiscriminada de discursos y proclamas repetidos en la prensa, la radio y la televisión, como medios controlados, a su vez, por el mismo cuerpo de gobierno actuante. El control mediático es un requisito insuperable para el éxito del poder despótico

 

Dentro de esta escena mediática, podemos colocar el matiz principal del método de dirección socialista cubano, el cual se basa en establecer la “certeza” de la imposición de criterios en los asuntos de repercusión popular, siempre que estén dirigidos a engrandecer la “figura y el ego del mayor ser en el liderazgo nacional”, sin contar los organismos integrantes del Estado, para así poder dejar a estos últimos la capacidad del “error”, quedando justificado cualquier acto que sea inclusive contrario a una decisión anterior de la “máxima figura gobernante”, sentando el sano principio de “corrección” de un gobierno que “encubre” su propio despotismo con falacias demagógicas.

 

Desgraciadamente, esta multi-reincidencia de burda ilegalidad nunca le costó nada a su ejecutor y, lamentablemente, este defenestrador de generaciones ha campeado por el libre corredor de la ilegalidad dentro del poder político cubano sin que ocurra absolutamente nada, a pesar de uno que otro intento en jurisdicciones extranjeras. Utilizar el fuero cubano en un proceso legal o político contra la figura de Fidel Castro es un suicidio seguro en el empeño.

 

Lo más significativo de este método deformante del Estado es que nunca ha tenido respuesta jurídica, por lo que posee el denigrante record de ser el “Jefe de Estado multi-reincidente que más ha violentado  su propia ley de forma directa”.

 

Estos hechos también se refieren desde la manipulación de procesos judiciales hasta la derogación “verbal” de leyes. Ambas actuaciones fueron en flagrante contraposición al debido proceso en los casos judiciales y, lo peor, en acciones contrarias al sustento vital de un pueblo en el caso de las leyes.

 

Si solamente referimos algunos ejemplos cronológicos, podemos iniciar nuestra muestra dentro de los procesos judiciales, mencionando el caso de los pilotos de la fuerza aérea que a gritos de espanto canceló una sentencia absolutoria e inició nuevo juicio sin mayor trámite que una arenga televisiva donde, inclusive, alegó delitos de lesa humanidad para pretender consumar su anacrónico deseo de venganza que, en definitiva, consiguió.

 

En el mismo orden de ejemplo, años más tarde llegó a concretar la esencia del odio que posee contra todo lo que lo circunda, y su pasión por el cinismo, al referir públicamente, en una audiencia del Consejo de Estado para la ratificación de las penas de muerte en la Causa No. 1, conocida como el caso Ochoa o del narcotráfico, y también el verano caliente donde expuso “sus continuos contactos con los miembros del tribunal y los fiscales para analizar el estado del proceso”. ¿Que más queda por ver en este estadio despótico de cosas?

 

El colmo de su propio despotismo, sin importar nada, fue la derogación verbal de la ley reguladora del mercado libre campesino, que personalmente firmó y defendió públicamente. En este acontecer, de un grito y no de un plumazo, dejaron de funcionar los mercados agrícolas libres, sin importar los resultados en el beneficio alimentario de todo un pueblo que ya se encontraba en síntomas claros de subsistencia. No hace falta hablar del resultado desastroso del plan alimentario impuesto a su arbitrio para justificar la siniestra derogación.

 

Todo lo anterior, por obra y gracia de la arrogancia y prepotencia de un gobernante que no mide el alcance de sus actos de ira con tal de generar un estado de crisis para maniobrarla a su antojo. Ese es el intelecto mayor de Fidel Castro, adelantarse a los sucesos políticos para  generar las crisis y luego maniobrarlas a su antojo. Claro está que estas crisis provocadas solamente se hacen públicas cuando se avizoran horizontes de éxitos que enaltecen su figura, y no en caso contrario, en donde siempre busca ocupar una posición de victima o de profeta.

A mi juicio, en mi país, Cuba, el primer paso hacia el desastre institucional se dio en el año 1959, cuando la nación  se convirtió en un gran epígrafe lleno de pasiones turbulentas y también encubiertas  que contenía un cerrado silogismo: “El pueblo es la Revolución, la Revolución es Fidel”. Siendo así que el premeditado desmantelamiento institucional de la República de Cuba, fue para hacer de ella un predio sin limites propiedad de Fidel Castro. Hoy es manifiesto el maligno resultado: una nación sin esperanzas.

En uno de sus ensayos autobiográficos, el escritor Mark Twain sugiere sus famosas tres categorías de mentiras en el siguiente orden: las mentiras, las malditas mentiras, y por último, las estadísticas. A estas últimas se le debe el mayor centro de falsedad de la institucionalización cubana. Estas fraudulentas estadísticas se mueven en todos los sectores de la vida cotidiana cubana. Tanto es así que la promulgación de leyes necesarias fue alterada en sus estadísticas de necesidad social regulada. Con solamente mencionar que un organismo del Estado era eficiente en sus regulaciones por la cantidad de normativa emitida y no por el fin y la calidad de las mismas, es suficiente para entender la falta de escrúpulos estatales.

Lo anterior, devino en una dispersión legislativa en Cuba que rompió record de todo tipo y, lo peor, la más burlada e ineficiente que haya conocido la historia de esa hermosa isla.

En la mayoría de los países en que los dictadores se convierten en generadores de bases y propuestas legislativas comienza un proceso de derogación e imposición de normas jurídicas que en apariencia cubren un periodo transitorio, pero que en el fondo persiguen una perpetuidad en su alcance y contenido. Esta tipología de producción normativa se aprecia más en sectores claves para el mantenimiento del control de una nación, como lo es el económico. Ejemplo de señalar es la producción de leyes de expropiación por intervención, donde el objetivo es tratar de arrastrar la propiedad de nacionales al patrimonio del Estado naciente con un marcado interés oculto de despojo por venganza política.

En el campo de las conductas penales se observa un desmedido incremento de figuras delictivas “de nuevo tipo” para proteger la “nueva sociedad” y hacerla más “justa” y “segura” en su existencia. La pretendida justificación de siempre es la protección y preservación de los logros de la revolución. En el fondo, la imposición del miedo.

Las consecuencias en ambos tipos de campo legislativo mencionados anteriormente son, en el primero, de contenido económico, el éxodo involuntario y el abandono de propiedades con la consecuente división familiar y nacional y, en el segundo, de contenido penal, es el surgimiento de nuevas figuras delictivas, el agravamiento sancionatorio de otras ya existentes, la construcción de más centros penitenciarios, y el incremento de la población penal. Para asegurar institucionalmente ambos parámetros de control hay que desmantelar la rama judicial y hacerla dependiente, tanto en su acceso como en su actuación, del poder político del gobierno.

Igual suerte también corren aquellas que se imponen en el fatal juego del control represivo de las conductas sociales “pre-delictivas”. Estas normas exceden sus límites de represión lógica administrativas de determinadas conductas y comienzan a florecer dentro del campo de la crueldad y la falta de garantías procesales penales. Con este camino libre de obstáculos los entes represores del Estado se sienten aun más libres de aplastar cualquier síntoma de disidencia que atente contra las “instituciones” y la “seguridad” del país. Es así que encontramos, por una parte, del defenestro de origen nacional socialista italiano y con ello, de corte fascista, la “peligrosidad social”

Con una simple reseña histórica podemos ver como personajes como Franco, Stalin, Mussolini y tantos otros que siguen vivos hoy, como los es el propio Fidel Castro en su atípica forma de gobernar, sugieren y ordenan la producción de leyes cuyo basamento y contenido son la aplicación institucional de políticas despóticas que suponen un recorte de los derechos fundamentales a cambio de supuestas mejorías en los niveles de vida del pueblo, que nunca se cumplen. Para mantener la expectativa popular de estas “supuestas reformas” (puro espejismo), estos gobernantes sacuden el árbol de la dirigencia administrativa de vez en vez, y desaforadamente “derogan a gritos de lideres” sus propias normas. Así pasan de un proceso vació de institucionalización a uno abierto de des-institucionalización, en fin, demagogia y mas demagogia.

Esta supuesta renuncia de derechos individuales a cambio de superar el bienestar social siempre con la apariencia de un “Estado benefactor del pueblo” ha dado origen a un desconcierto de actuaciones de los Estados involucrados en este embaucamiento que ha desembocado, como todos conocemos, en la desaparición del sistema socialista mundial.

Sin embargo, debemos observar también que en las tres últimas décadas han florecido naciones con gobiernos izquierdistas desestabilizadores que actúan cada vez con mayor virulencia de los partidos hegemónicos, principalmente en partes de Centroamérica y África.

La aplicación de estas políticas despóticas en Cuba también ha incrementado los castigos contra personas pacíficas que simplemente buscan un espacio de reforma, petición y queja ante el Estado. Espacio éste supuestamente protegido por la propia Constitución socialista promulgada y reformada por el mismo gobierno actuante de hoy día.

Este grupo de personas, además de ser violentadas en sus garantías procesales (debido proceso), están siendo sometidas a condiciones extremas de encarcelamiento de insoportable brutalidad como presos. La violencia común carcelaria tiene que ser soportada por este grupo de personas, cuya lucha se centra de forma pacifica en reivindicar los derechos y libertades que tanto le corresponden a ellos como al resto de las personas que integran la sociedad cubana. Por estos hechos de conciencia se enfrentan con condenas a purgar de más de 15 años en la cárcel.

Muchos se han empeñado voluntariamente y de forma ejemplarizante a realizar varias huelgas de hambre (en la actualidad de hambre y sed) que, como a otros etiquetados por el Estado como "disidentes y peligrosos", se les acosa constantemente con la lógica aplastante y aniquiladora de la tortura física y psicológica con la que actúa sistemáticamente la maquinaria burocrática penal y carcelaria. Como símbolo de impotencia, ahora arremeten contra pacíficas mujeres que solamente piden justicia y en silencio caminan.

Últimamente hemos sido testigos de la muerte innecesaria de un ser humano bajo estas condiciones no descritas. No importa su origen o su pertenencia política e, inclusive, no interesa su historial social o criminal: han dejado morir premeditadamente a un ser humano común y corriente. Eso no es otra cosa que asesinato de Estado.

Hoy en Cuba se está institucionalizado y generalizando, cada vez más, la población encarcelada encubierta dentro de un régimen de excepcionalidad, donde aplican a determinada  categoría  de “preso” sujeto a determinada “medida cautelar” consistente en la “privación de libertad” de forma extrema e innecesaria.

Hoy también en la Cuba “revolucionaria” se sigue torturando, abusando física y mentalmente en las cárceles y en los centros de internamiento para “presos” pendientes de procesos que nunca llegan o que se desconocen los cargos y donde, irónicamente las palabras del propio déspota gobernante, han tenido que ir a juicio “sin apenas ver el sumario” (alegato La Historia en Absolverá).

La propia legislación cubana ha venido convirtiéndonos a todos los ciudadanos de ese país en potenciales enemigos de su seguridad, a los que hay que destruir con total impunidad tanto dentro como fuera del territorio nacional y siempre bajo una hipócrita sombrilla de poca durabilidad de gobiernos extranjeros que los apoyan, o haciendo oídos sordos de los informes y denuncias de organismos e internacionales.

De lo que si estamos seguros estas generaciones producto de la revolución es que los que hoy gobiernan y se autoproclaman paladines históricos de la "democracia y la justicia revolucionaria", no hubieran hecho nada cincuenta o más años atrás si hubieran tenido estas terríficas leyes penales vigentes, tan manipulados jueces (aunque no todos), tan represivos métodos de investigación e instrucción criminal, tan abominables centros penitenciarios, tan deprimente norma de trámites procesales, tan falso concierto electoral en nombre de no se sabe quién, y por todo esto y más, también sabemos que jamás hubieran acudido a una simple manifestación como las de las Damas de Blanco, a no ser que fueran algo menos cobardes de lo que hoy son, cosa que ya el pueblo totalmente duda.

En resumen, qué miedo ataca a tan despótico gobierno, que un grupo de personas que usan como armas sus palabras, sean causantes de una pretendida e inexistente “desestabilización social”. ¿Es acaso tan débil la revolución que meras, simples, pero profundas palabras la hacen tambalear? ¿Dónde está el enemigo, si en realidad son ellos mismos? Si quieren buscar su propio sepulturero solamente tienen que posicionarse frente a un espejo y lo encontraran.

Simplemente, saben que contra su ira está la incontenible y sabia ira de un pueblo.