Cubanálisis   El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS            

 

 

                               Dr. Pablo A. de Cuba, Miami

 

 

 

 

 

 

     

                                      

 

Más que un discurso, una simple demostración de liderazgo

 

Todo es perfecto, salvo aquello que emana de lo humano. Precisamente el origen de la imperfección es esa, la intromisión humana. La historia, tanto escrita como narrada, ha demostrado lo inmensamente grande y muchas veces enormemente horrible de la inteligencia humana.

 

Sin embargo, no por ello podemos buscar en la imperfección la justificación a lo llamado, o mejor dicho, conceptualizado como error. Como seres pensantes, hemos dejado prueba insuperable de que podemos cometer involuntariamente varios errores todos los días de nuestra existencia hasta superar con la práctica y con ello mermar en su reiteración,  la fundamentación de nuestro actuar. Pero de ahí, a cometer el mismo error de forma reiterada todos los días, ya es decadente para cualquier consideración,  máxime cuando si este se enfatiza de forma pensada y elaborada antes de ser ejecutado. El dolo en infundir la comisión del error es la causante del daño. Siendo así,  supera su lógica justificación de su comisión involuntaria.

 

Sabemos clara e inconcusamente que nuestro actuar, acertado o contrario a este, es el sustento que se acumula a nuestro favor, sea para bien o para mal, a lo largo de nuestra vida. Sin embargo, cuando creamos la justificación a nuestras actuaciones,  le hicimos un culto a la mediocridad y eso, precisamente, le aplicaron a esta nación un grupo de dominio desmedido político que pretendió convertir, al costo que fuere y así lo demostró y aun lo demuestra: un santuario a la intolerancia, la indisciplina y la mezquindad.

 

El ego desmedido y muchas veces llevado a la falsa idolatría de dioses rondaba sin límites dentro de la Casa Blanca. Era claro notar vestigios suficientes para el inicio  de una imposición de criterios abusivos respecto a la política doméstica y la internacional. Esta última, tan desacertada que a la fecha las crisis migratorias y nucleares aun campean.

 

Lamentablemente, se trabajó a “brazo partido” para sembrar, con toda una falsa sustentación, la creencia, aunque errada pero con signos de dogma, en la posibilidad de instaurar con bases de falacia dolosa una tendencia de centro izquierda fundada en la imperiosa necesidad de “reformar la falta de socialización y humanización” del trato resultante del capitalismo en los Estados Unidos de América. La planificación para ejecutar la estafa social de imposición sistémica de cambio hacia un Estado de intromisión y control sobre las libertades y garantías de los actores humanos de la sociedad norteamericana estaban sobre la mesa.

 

La ejecución de esta tarea, muchas veces solapada, se pretendió justificar en lo inoperante e inmovilista de la forma de gobierno histórica que había desembocado en una crisis financiera que solo sería posible superar aplicando una corrección de “consideración humana”. El llamado “detrimento” de grupos menos favorecidos en la libertad de accionar en la obtención de la riqueza y su acceso apareció en los pasillos del poder político “demócrata” y por ende, se invocó de forma oficial y con mayor énfasis en los últimos ocho años,  que el “fracaso” de una mayoría es resultante incondicional de la actuación de una minoría consolidada en el poder económico absolutista.

 

Sin mayor abundamiento en el resultado de estas invocaciones, se disparó la deuda pública, se descargó un llamado “sistema de salud accesible” de naturaleza y afectación impositiva que incluye la penalización, donde se obligó al ciudadano a su adquisición siendo este un producto del gobierno (absurdo pero cierto); en fin, la intervención del Estado en los asuntos privados, aun lacerante.

 

Sin lugar a dudas, un partido político, de origen en la esclavitud defendida, la estafa y el engaño, pretendió erguirse en exterminador de los excesos del “sistema” para cuidar de  esa mayoría que, en realidad, es una minoría que se autoexcluye en su propia oportunidad de crear una vida activa como sujeto activo en la creación de riquezas, y de ahí a la libertad de su acceso.

 

Cuando la política se enfoca en imponer como un derecho el acceso a la riqueza creada, se viola la libertad de aquellos que la crearon.

 

Esa práctica se fue arraigando día a día y casi fue determinante de una cuasi paralización de la iniciativa económica en Estados Unidos.

 

Se pretendió sentar como doctrina del juego político que la solución de los asuntos apremiantes de este país estaba en manos, de forma excluyente, de la inteligencia del grupo líder de un solo partido: los demócratas. El error de los republicanos, y con ello de la oposición de partes, fue negar en vez de rebatir. Más que oposición, se ejecutó una negativa de participación de partido que dejó expedita la vía demócrata para el descarrilamiento.

 

Definitivamente, se tendió el “encofrado para fundir”, y con ello  pretender establecer un “partido como una nación”, para así determinar el liderazgo de los “hombres y mujeres” protegidos por la equidad, sin apreciar el derrotero histórico de la suma de fracasos de una izquierda colmada mayormente de incompetencia con trasfondo de avaricia, que siempre ha terminado en frustración reiterada.

 

Los políticos de la “igualdad”, llevaron a este país por un camino que rozó el límite de la inutilidad económica y el inmovilismo. Se sentó el peligroso coliseo que encerrara a una nación productora de alta tecnología y emisora de una moneda “muy deseada” por su poder adquisitivo amparado en su poder económico, a flotar sobre bases subdesarrolladas. Un tercermundismo “a lo norteamericano” era claro apreciar. Tirar a la basura todo un cúmulo de fuerza lograda por una nación en la historia de su existencia se avizoraba en un no muy estimulante horizonte.

 

La republica “bananera” aun suelta sus latidos dentro de sus propios estertores.

 

Satanizamos el talento y el éxito en el empeño. Llegamos a tentar el despojo del resultado humano. Se llegó a esgrimir que el “escape” de capitales hacia territorios más “fértiles” era la causa de los déficits. Exaltamos como nunca antes la admiración con odio, es decir, la envidia. Estábamos restándonos. La división como nacionalidad y procedencia se agudizó y se expuso más  latente que nunca. Se exasperó al racismo. Pasamos de ser un país de deuda a endeudarnos con nosotros mismos. Abrimos la puerta al camino errado y,  lo peor, pretendíamos botar la llave.

 

Estábamos edificando un Estado de leyes contra el individuo y sus libertades. Sentamos la fórmula de ir depreciando cada vez más las garantías de un Estado de derecho. Regular y crear impedimentos con nuevas leyes llegó a constituir un orden de prioridad, sin medir sus consecuencias. El hombre y su inferencia quedaron sometidos a la voluntad limitante de la intervención del Estado.

 

Comenzamos a someternos a una judicialización de la dirección del país. La imposición de criterios de rectoría económica y represión sin causas hicieron aflorar el miedo al riesgo empresarial y la circulación del capital. Se sentaron los dados constructivos de una práctica para hacer que a “los grandes” fuera imposible “desparecerlos”. Los abusos y engaños de los bancos y de otras entidades financieras a todas luces, que aún se mantienen, eran práctica diaria.

 

Hacer empresa se estaba convirtiendo en terreno fértil para el “encontronazo” con la peor discapacidad que posee el Estado como parásito económico: la burocracia. Los trámites de autorización y licencias se convirtieron en el sumo desalentador, contrario al  emprendedor económico. El empresario actualmente depende del burócrata que, además de males, vive de los impuestos.

 

Para colmo, en lo internacional se implanto la política del “bueno” con alianzas permisivas  para con nuestros propios enemigos, que desataron insolentes respuestas en campañas de descrédito. “Permitir y controlar” se enarboló como resultado de una supuesta corrección a la política exterior con los desleales, y afectamos a muchos de nuestros aliados, como lo es el caso de Israel. La ingenuidad dolosa fue clara, y se cedió terreno en contra de nosotros mismos. Nuestros partidarios foráneos se vieron ofendidos.

 

Convertimos el insulto en una supuesta exposición de crítica. La protesta, en el vandalismo y la falta de respeto. Llegamos a clasificar como “escándalo y violador de cánones pre-establecidos de forma histórica”,  una “nueva practica”  de decir las cosas de forma clara y como son. Sentar lo nuevo y necesario se clasificó en atentado contra lo tradicional, que en sí era inefectivo y se entrelazaba con la politiquería barata. En definitiva, se llegó a intentar  negar la oportunidad de ejercer un derecho constitucional fundado en arbitrios de incidencia negativa y de descarrilamiento de la naturaleza y razón en la que fue construida esta tierra.

 

La competitividad y el riesgo fueron expuestos como causa dañina de ponderación en la existencia del mercado. La participación social se buscó un refugio en el miedo y la incompetencia oculta. Apenas eran visibles las falacias necesarias para desatar, a todo vuelo, el afloramiento de una mise en scène (puesta en escena) tanto en lo político como en lo jurídico, que pretendió malgastar, sin resultado alguno, el empeño y la credibilidad de los súbditos de esta nación en el emprendimiento económico.

 

Miles de letras y frases de “cajón montado” en campañas reiteraban lo “histórico” que habitaba en la Casa Blanca. Se reiteraba casi en lo lúbrico la imagen de un hombre. Cabe preguntar lo siguiente: ¿Qué es lo histórico, el color de la piel de su habitante, o su legado? La respuesta sobra de explicaciones y recae en lo primero. Lamentable pero cierto, así ocurrió. La historia no se hace por decreto, y menos aún por capricho político. Se necesita un resultado que transcienda la memoria humana y no el comentario sobre sucesos de tiempos pasados.

 

Miles de millones de dólares se gastaron en pretender crear un estado de opinión (incluyendo el falso descrédito y la mentira), de que era momento de cambiar el “centro derecha” del país hacia la “centro izquierda”. Una continuidad sumada a los ocho años perdidos hubiera sido catastrófico.

 

La atmosfera desinformadora de los “medios” se colmó de tiempos bien pagados para mentir sobre un candidato, o mejor dicho, candidata, que se sabía fallida, pero buscaba un sentimiento que laceraba la angustia desmedida del poder. La malicia de un periodismo mediocre e incapaz se diseminó como hierba mala. La charlatanería era el diario de los micrófonos y las cámaras, que aun suenan y transmiten. El adulterar las estadísticas era cosa de juego. El mentir a diario se convirtió en práctica. Hoy por hoy, el llamado cuarto poder no es creíble.

 

En fin, se trató de negar la historia, el origen, la naturaleza, la esencia y la riqueza misma de este país. Eso, además de inmoral, es criminal.

 

De nuevo la sabiduría sentó el respeto y coronó el voto electoral, a pesar de las mentiras que aun buscan flotar en sus poros agónicos. No nos vimos obligados a cambiar el inglés por una lengua perteneciente a la rama semítica, y menos aún dejar la tradición de nuestras vestimentas, que exacerban la belleza humana (de ambos sexos y sin fanatismo), para cubrirnos el rostro hasta en la foto de nuestros pasaportes.

 

Gracias a cualquier providencia, incluyendo deidad si así se estima, el reciente discurso del Presidente ante el Congreso revitalizó, sin lugar a sentimientos contrarios o frustraciones, y menos aún promesas de campaña, lo que el diario acontecer de este país necesita a gritos: liderazgo.

 

Decir optimismo es decir certidumbre. Referir la grandeza es dignificar lo honorable. Para los que habitamos esta digna tierra, esos dos pilares enaltecen el esfuerzo humano consagrado a una existencia íntegra que, con un buen gobierno, dejan el resto de las especulaciones políticas para segundas escenas más allá de lo baldío y exiguo.

 

Hagamos y dejemos de hablar. Demos y no pidamos tanto. Solo se critica al vacío lo impropio, y en eso la izquierda política es especialista.

 

A este país no hay que arreglarlo, solamente ordenarlo de nuevo. Hay que quitarle lo que perniciosa y dolosamente  le incrustaron los políticos de una tendencia tan deplorable que solo conduce, a todas sabiendas, al daño. Lástima de aquellos que defienden tal tendencia a estas alturas de la experiencia humana.

 

Hacer valer de nuevo su destino como una nación ya no es cuestión de partido. Es una condición de gloria y existencia. Una potencia no es el reflejo de una ley o de un criterio académico. Es una prueba de realidad impuesta a cualquier precio. Es una demostración de honra.

 

Dejemos las cúspides para los resultados y analicemos desde la periferia al fondo de las cosas y en consecuencia actuemos. Para dar solución a los problemas que a diario afloran, y evitemos crear otros para justificar lo impropio de la actuación de un gobierno. Hacer o ser participe activo o pasivo de tal inmundicia es una mezquindad

 

Evitemos que la incapacidad coronada en la ignorancia convenza a la razón. Si esto ocurre (como ha estado ocurriendo), estaríamos en presencia de la única forma de rendirle culto a la mentira, al engaño descomunal y a la traición.

 

Ser libre implica, en sí mismo, la superación de muchas dificultades que no solamente conciernen a la toma de decisiones y posiciones respecto a uno mismo, sino a otros que inciden en garantizar esa libertad, y de los cuales, lamentablemente su dependencia al gobierno y sus agencias hacen más atroz la pacífica existencia libertaria del ser humano.

 

El Estado y sus leyes de exceso de control y supuesta vigilancia “fundada” sobre el individuo hacen que los gobiernos viertan en los representantes de sus agencias potestades fatídicas, que inciden en el menosprecio de la actuación libre, cabal y digna del hombre.

 

De ahí que las leyes queden para sostener el control que garantice las libertades que son inherentes a la condición humana. Libertad inferida es parte inseparable e insuperable de esa condición.

 

La democracia en su tránsito de corrección en reverso, es decir, del fracasado Estado entremetido que la tronchó de sus cauces iniciales, está permeada de una imperfección y fragilidad que cualquier nueva e infundada intromisión o improvisación humana la desvanece y perturba en su acondicionamiento. Hay que evitar ese condicionamiento en nuestra imperfección como sociedad. Sus resultados siempre son dañinos.

 

Si tenemos algo más, aportémoslo en beneficio de la tranquilidad para nuestra existencia. Evitemos que el ego frustrado se confunda con el liderazgo.

 

Nunca intentemos regular los límites del talento humano, so pena de menosprecio a nosotros mismos.

 

Que Dios siga bendiciendo esta tierra y a los que la habitamos.

 

Buenas tardes y buena suerte.