Cubanálisis   El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS            

 

 

                               Dr. Pablo A. de Cuba, Miami

 

 

 

 

 

 

     

                                      

 

La hipocresía de un pacto

 

La muerte de Fidel Castro no constituye, en sí misma, el sendero expedito hacia un cambio. Lo que sí es concluyente es, a estas alturas, lo imprescindible e insuperable de dicho cambio ante el irreversible advenimiento de una transformación del sistema de vida y de gobierno en Cuba.

 

La actual desmembrada y geriátrica cúpula del gobierno en Cuba domina a plenitud que el cambio es determinante, pero niega que sea fuera de la imposición de sus llamados “principios inclaudicables”, y lo peor es que lo saben, ya que lo entorpecen.

 

Para asimilar lo imposible de una “continuidad” de lo que denominan ser un “legado histórico inmortal”, ese grupo de poder ha ideado una nueva línea de actuación que va más allá de la máscara cínica que se esconde detrás de cualquier gobierno: “un pacto”. Una versión vacía de contenido material y refinada, como una estafa (Mise-en-scène / puesta en escena) contenida en un acuerdo impuesto a un pueblo al cual gobierna contra todo designio sano.

 

No existe antecedente histórico sobre pactos políticos emanados de un gobierno e impuestos a una población donde su objeto sea la reiteración al vacío de conceptos huecos y atiborrados en campañas destinadas a imponer “lealtad y sostener, a toda costa, un sistema político irreversible”.

 

La entronización de dichos “pactos” se ha improvisado en el contexto de una revolución que ha desmembrado su propia existencia durante más de cincuenta años de desgaste y, por ende, como pretendida alianza social, es contentiva del objetivo único que ha sido, sin mayor ilustración, mantener una conceptualización ideológica del actual Estado (Partido-nación) socialista cubano basados en enunciados inalcanzables y de reiterado fracaso práctico y dogmático dentro del actual contexto en el cual se ha desarrollado la revolución cubana.

 

Tanto ha sido el abuso respecto a su uso, que ya no basta ensuciar la forzada voluntad popular en una adición constitucional, sino llegar al colofón del oportunismo utilizando toda una masa viviente de población a la que, obligadamente marchando y compulsada ante un burdo y falso tributo, le exigen la firma de algo que supone ser un “pacto de probidad” con algo que solo existe en enunciados y del que solo sus resultados hablan de frustración y esterilización generacional.

 

Lo inaudito en la exigencia de compromisos a favor de un gobierno se ha estado materializado en una Cuba donde la propia cúpula gobernante se encuentra totalmente  desprovista de la más mínima racionalidad política. No genera nada útil en beneficio social sino, por el contrario, su errada actuación es conducente a la degradación institucional cada vez más profunda de la rectoría de la nación, lo cual es conducente, sin duda alguna, al irrespeto hacia cualquier atribución de liderazgo; de ahí parte la imposición de voluntad de grupo político dominante y con ello, la represión.

 

El actual gobierno cubano ha exigido un pacto a su favor. Para ellos mismos. Precisamente, el cínico contenido del mismo es, per se, lo que como gobierno le ha negado e incumplido en reiteradas ocasiones a su propio pueblo: libertad y bienestar. Es absurdo, pero cierto.

 

Busquemos un punto de revisión, so pena alegórica de error disfuncional, del “pacto (contrato) social” de Rousseau, sin despejar a medias luces, lo que depara de otro “panfleto” de integración dogmática que ahora busca erigirse sobre las ruinosas bases del inmovilismo cubano.

 

La revolución cubana no existe. Se auto flageló por obra y gracia de su propio creador. Sus casi extintos y bien ponderados seguidores se afanan ahora en desarrollar un “nuevo mito”, el cual contiene un legado totalmente infecundo y negativo para las generaciones actuales y venideras. Un “canto de sirenas” desafinado en la historia que, más allá de su existencia, solo será recordado como algo que la propia megalomanía de su “creador” destruyó.

 

Qué se impuso. Qué se firmó. Cuál fue el contenido de esta cínica burla perfecta para un libreto de puesta en escena.

 

Así citamos lo impuesto a la firma:

 

“Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas”.

 

“Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo”.

 

“Por estas ideas seguiremos luchando. ¡Lo juramos!”.

 

Fatalismo político y necesidad imperante de conversión ante el sismo de la crisis cubana,  hacen el uso legítimo y no peyorativo de cualquier articulado, así sea impuesto y falazmente entronizado, siempre y cuando emane del poder actual. No importa la falsedad al juramento. De facto, es obligada la sumisión. Por ende, el cumplimiento o exigencias que de él se deriven no poseen justificación de sanción de ninguna índole ante su incumplimiento.

 

El perjurio social es necesario para engañarse a ellos mismos como cúpula de poder. Esto no es otra cosa que la imposición mezquina de un gobierno contra su pueblo.

 

Lo que interesa ahora a la torre gobernante es que se estructure lo pocamente institucional que queda del gobierno sobre lo imprescindible y necesario de la lealtad popular, para hacer entender que es un “mandato de pueblo” realizar lo que denominan un “cambio del socialismo cuando sea necesario cambiar (como socialismo claro está)”.

 

No basta el anuncio desastroso de un mal gobierno contra una población indefensa dentro de una nación aislada, sino que ahora (sin mediar límite de colmo), sería válido tomar un revisionismo post Fidel Castro, el cual no se vería fatal si con ello se augura un salvavidas a lo “norteamericano” o a lo “europeo”, esté quien esté gobernando en esa u otra zona destinada a excitar sus impulsos. Ya no existe un “líder” de revoluciones, ahora existe un recuento muy poco favorable para un exterminador de sueños.

 

La exposición de todo un pueblo a la firma incondicional del “concepto de socialismo y con ello su lealtad” deja cabida, de cualquier manera, a considerar como absolutamente  válida, e inclusive necesaria, la reinterpretación crítica de la historia del socialismo cubano, aún se entienda en el pasado como una necesaria manipulación política de la historia. Un pretendido “revisionismo necesario” sobre un legado histórico que sirve de “guía” a un nuevo proceso, menos enajenante pero de inseparable naturaleza servil.

 

Lógico es, y ellos lo saben e intentan ocultarlo, que esta nueva aceptación de cambio no se admitirá, bajo ningún concepto, como una “querella de analistas” capaz de lacerar lo “digno e impoluto” del legado fidelista. Ellos saben a toda ciencia que esta tarea de adecuar un “revisionismo” sin alterar “los principios” que ellos mismos establecen como grupo de poder, aunque anteriormente sancionada, es comparable, sin miedo a la vacilación, a una pretendida reformulación ideológica sobre las relaciones “interiores y exteriores” del sistema, inclusive, corriendo sin la misma suerte (por demás no  asimilable) a unas relaciones de “te doy sin darme nada a cambio” o de “manden más que estamos ganando”. Lo cierto es que ya se avizoran listas de exigencias necesarias y serias para un cambio en un horizonte bien cercano y, valga la redundancia, se avizoran tan cercanas como la muerte misma del sistema cubano.

 

Ya el asunto ahora no es de liderazgo histórico, sino de desaparición en la historia de un falso liderazgo.

 

La angustia del gobierno cubano es clara. Es evidente. Su búsqueda es incesante para una salida a flote que le permita mantener el tiempo necesario de su subsistencia previa al diluvio (después de éste, sálvese quien pueda). Solamente resta la condición expositiva  mínima de existencia del dogma fidelista ante la inmoral resistencia del “enemigo histórico”, sea éste del norte o del sur, siempre que sea imperialismo. Este alegato, insustentable y fuera de todo contexto, igualmente desparece ante el panorama histórico de los miembros del poder  de la isla. No pueden justificar la privación, la frustración y la alienación existente en la mayor de las Antillas.

 

Podrán seguir hablando (también gritando si lo desean) del Moncada, la Sierra y Girón, pero no les queda avituallamiento para argüir sobre el mantenimiento de un sistema que no sido capaz de superar el convencimiento y sostenimiento de la moral de las nuevas generaciones que no poseen compromiso político alguno con el régimen. 

 

Si se ve muy presionada, por factores externos, a realizar expeditos cambios para ser sujetos de beneficios comerciales y financieros, la cúpula de poder se atrincherará y buscará, mientras pueda y subsista, cómo hacer aparecer legítima su defensa de autonomía nacional e interpretar la evidencia histórica a su favor. Sin embargo, esa posición los acerca más y los encuadra dentro de una aproximación doctrinal a la apología de un régimen criminal.

 

Lo anterior conllevaría al establecimiento de una purga entre los jóvenes de mayor  liderazgo, que aislaría cualquier intento de cohesión interna y así justificarían, con represión abierta, el choque definitivo de lo arcaico, máxime cuando si bien se controla la enfermiza economía, se mantendría, sin valor de convencimiento político ninguno, el sustento ideológico del gobierno.

 

No hay necesidad de reproducir discursos o tener que  analizar en “círculos de estudio” reflexiones escritas en un único libelo.  El “desaparecido” como tal, desparecido esta. El problema cardinal está en el día a día de una nación agotada y pobre que visualiza y sabe que los que ahora están, no resuelven el problema de ellos y no hay cabida al respeto.

 

La realidad es imposible de deformar o sustraer para esos habitantes jóvenes. Para ellos, lejos de todo compromiso histórico de continuidad, se hace comprensible que la aventurada desaparición física de un desgastado y totalmente increíble “máximo líder” también se llevó a cuestas su mítico paraíso socialista. La historia de la revolución cubana no significa  nada para ellos. No posee valor, salvo el de una exposición literaria.

 

Para estas nuevas generaciones, no hay necesidad de respuesta a la “amenaza yanqui” del norte revuelto y brutal que ahogó el hipotálamo de generaciones anteriores a ese año, para muchos fatídico, de 1959. El cálculo matemático no se ha materializado en la dimensión esperada, pero ha quedado a toda voz de desesperanza que la llamada  promesa del éxito social fundado en una utopía comunista, conformada de falacias políticas sobre un futuro luminoso, no juegan a estas alturas. Eso desapareció, y ya no cuenta la historia para las exigencias actuales.

 

El esperado nicho mortuorio se abrió, y las expectativas de sentar esperanzas en el cambio real y efectivo que estaban en la solución biológica ya se materializaron. Sin embargo, el momento como suceso llegó, pero, lamentablemente, las perspectivas para su manumisión no son muy buenas. De ahí, a la vista, un nuevo pacto social se asoma en una Cuba fuera de todo contexto.

 

El sustrato en la vida onírica del actual gobierno cubano supera, en temas de aceptación, cualquier convencionalismo que permita llegar a los centros de salvaguarda de la ya mísera revolución cubana, incluyendo el revisionismo de principios que, hasta ahora, han  constituido el andamiaje embaucador y asfixiante para la sociedad cubana.

 

Del pacto jurado a la inmolación hay un camino que solo está en las ideas delirantes de ideólogos de hoy en una Cuba sin luz, más allá de lo que quería Alejo Carpentier en su Siglo de las Luces. Placeres patrióticos que no comulgan con una  generación que detesta el enfrentamiento de ideas, aun en tiempos de paz.

 

Es indudable la existencia de un miedo enfermizo que padece la cúpula de gobierno ante las nuevas generaciones de cubanos que están fuera de todo compromiso político. Hoy, y más aún mañana, se hace más latente una inteligencia nutrida de exigencias inmediatas que no contempla malabares de retórica política.

 

Intentar tapar un resultado fallido de gobierno a nivel de toda una nación, para ocultar cinco décadas de inmovilismo, es pretender superar y no reconocer que el fenómeno del socialismo despareció por el mero hecho de ser un régimen totalmente inconsecuente con la condición humana, pero consecuente con el fracaso.

 

Aun se esperan las llamadas transformaciones. Sin embargo, la “reforma de existencia” de muchos se encuentran en los deseos perseverantes con la idea de abandonar la patria que les vio nacer. Eso es dañino, pero es la válvula (por demás valida) que designa la condición de vida de los cubanos. A ello, súmesele lo errado de una política de pasillos llenos de ego con tintes aperturistas, que solo ha dejado una secuela de crisis migratoria.

 

El gobierno de Cuba es infecundo. Vacío en su misma esencia y naturaleza. Cada día más estéril en aportar, al menos, algo lógico a una época que insinúa estar opaca.

 

No hay portones abiertos para esta etapa de una historia que desnudó la hipocresía de un supuesto líder. No hay hechos históricos que la historia pueda absolver. Por el contrario, sancionará por injustos.

 

Dentro y fuera de isla queda un grupo humano que quiere ver y coadyuvar, en todo lo posible, en ver como paso a paso desaparecen las penurias; marginan a los impróvidos que aun sirven de tontos útiles y diletantes delirantes de baja condición, y como un pueblo único, aún conservan la admiración, la expiación y el sufrimiento de sus ancestros; no importa el color para admirar y rogar porque se hagan realidades los poderes de sus Dioses; sienten el dolor y escupen con toda legitimación sobre sus odios y sus anhelos frustrados, pero al final buscan, en una sola lengua, un pacto de unión que ya supera, desde sus orígenes, cualquier sistema de gobierno. Eso sí es un legado histórico e insuperable para los miembros de una nación tan pequeña como su isla pero tan grande como sus logros.

 

Así de simple somos los cubanos, y esperemos que esta experiencia nos sirva para todo desde hoy y para siempre, ya que la victoria siempre ha sido nuestra.

 

Gracias de nuevo por releerme. Buenos días y buena suerte.