Cubanálisis   El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS            

 

 

                               Dr. Pablo A. de Cuba, Miami

 

 

 

 

 

 

     

                                      

 

EL SOCIALISMO “REAL” Y EL DEL SIGLO XXI

 

Su desmantelamiento y la perniciosa existencia de la expoliación legitimada de las naciones (I).

 

Irónico, pero cierto. Tenemos que, sin temor al error, desasir un mérito de culto a favor de Frederick Bastiat (*).

 

Saltemos la ironía y hagámoslo. Busquemos en la profundidad de la naturaleza de las cosas para romper la oscuridad que nos impone la falta de luz y así poder desgarrar, por infausto y reiterado en toda la amplitud de su exposición doctrinal y práctica, la injerencia del Estado, y con ello del Gobierno, en los asuntos domésticos de los hombres, en absoluto desafío al logro personal y de grupo en busca del bienestar más allá del propio Estado que los cobija (Estado de bienestar).

 

Sin dudas hemos estado viviendo a la luz de un nuevo presupuesto de socialismo donde el control ideológico aún reina, pero la dominación del dinero gobierna. El laberinto es de difícil recorrido, ya que pretendemos entrar en el riesgo de explicitar una alianza entre ideología y dinero fuera de los “estadios” conceptuales del capitalismo. Así es, entraremos dentro del conocido socialismo que, a simple rostro, aborrece tal alianza, pero ha demostrado que la idolatra.

 

En lo posible, trataremos de exteriorizar la condición de ser  testigos privilegiados de la desaparición de un sistema cuyo resultado ha sido nefasto para muchas naciones y que igualmente amenazaba con despojar a varias generaciones de sus habitantes existentes y por existir. El riesgo, consideramos que bien vale la pena correrlo. Ahí vamos.

 

Para muchos, inscribirse en el análisis de lo anterior es mantener una constante sensación de reverberación indescriptible dentro de una impetración que queda en el ocioso espacio  entre lo malicioso y dañino. Hemos sido deponentes de que como sistema posee el contenido de algo que se viola de forma indigna y permanente, teniendo como actor, de una parte, una plutocracia de baja e ignorante casta,  inculta de educación política y alto contenido tecnócrata, que está agotando la existencia de las generaciones presentes y lacerando las futuras. Y de la otra, el grupo social al que agrede sin distinción y, en muchas ocasiones, cobra venganzas que incluyen la propia vida. Esa exposición teórica no solamente corresponde a un socialismo salvaje histórico gastado en sí mismo, sino a parte de un capitalismo moderno ciego que pretende sobrevivir a lo tipológicamente existente, conceptualizado como “preponderancia” en lo sistémico y de virada, cae en una nueva apariencia de “socialización” de la riqueza. Pero esta vez no tenida de un vulgar despojo, sino legitimada para hacerlo.

 

Hoy y a estas horas, aun los grupos de poder hacen las cosas más terribles e inimaginables para ostentar sus posiciones de privilegio político basados en supuestas razones correctas  a nombre de un grupo de necesitados e, inclusive, de la seguridad de una nación. Sobre esa plataforma, sin necesidad de conspiraciones excesivas y solamente basadas en la apatía social, como grupo hegemónico de poder, hacen daño de forma reiterada y lo saben. Hacen lo que esté a su alcance para sostener sus privilegios derivados del poder político. La emasculación del desarrollo de la sociedad en estos últimos siglos ya no recae en la iglesia católica y sus persecuciones inquisitorias, sino, ahora y en estos días, la extirpación social y económica es tarea de la ineptrocracia gubernamental que, donde más se asienta, es en los pasillos de la ladina indulgencia política  de esta América nuestra.

 

Una simple concepción sobre el Estado, nos aflora la inutilidad del hombre amparada por el falaz humanismo de sus propios gobiernos, a pesar de que atomizan las arcas de su propia tierra. Las quiebran a su gusto, y compinche de desparpajo contra el tiempo de turno de su gobierno, y las defalcan. De ahí, que la exposición cruda de que el Estado es la ficción mediante la cual todos tratamos de vivir a expensas de los demás, es totalmente coherente con su naturaleza intrínseca y condición de parásito devorador como soberano, y su constante crecimiento como inútil gobierno. Claro de exponer de turno es que nos avejenta con creces la falta de paralelo con las teorías populistas del “nuevo socialismo del Siglo XXI” con las de inicios del siglo pasado. Esperemos no tener que analizar en un futuro, la “doctrina o teoría”  del “novísimo socialismo” del Siglo de determinadas luces (no al estilo de Alejo Carpentier). La realidad imperante nos advierte otra cosa: la expectativa que se va materializando en una desaparición. Que así sea.

 

Asentar que a estas alturas de la historia, por suerte no desde los días de la creación, se enaltecen  los “gobiernos de los desposeídos” argumentados en la llamadas “democracias populares”, no ungen una valoración mínima de la honestidad de estos y nos conducen, sin falla, en un recorrido histórico, a la declaración final totalmente ostensible y absolutista de la facultad de tipificar la “mentira y el perjurio” como política de Estado. La prueba supera cualquier especulación o conspiración negativa, y aflora a todas luces que ahora los gobiernos convierten el engaño en una función de Estado fundada como meta gubernativa. Ya podemos hablar de los “programas de las mentiras políticas” y sin necesidad de probarlos por su notoriedad redundante.

 

El sencillo o el simple concepto de expoliación, hace casi fantástica su asimilación dentro de la conceptualización positiva de un suceso y su resultado en una sociedad moderna y pretendidamente civilizada, regida por un pacto social con su propio gobierno. Someter dicha palabra a un análisis a la sombra de dicho pacto es conducente, de forma directa, a una tormentosa historia encerrada en un círculo vicioso conceptualista que pretende justificar un naufragio indolente de la historia.

 

La mera lógica de contenido de cualquier argumento fundado en la razón, hacen dudar de que la expoliación de una nación por su propio gobierno posea una existencia legitimada en sus propias leyes. Un gobierno legislando la protección del desfalco de sus arcas y de sus riquezas nacionales suena hueco y aberrante, pero existe.

 

Ya no vamos de la ideología revolucionaria del proletariado que orgánicamente lucha contra una “burguesía estancada en sí misma” y por ende involutiva para el progreso, sino que,  como organización social capaz de producir “ríos de riquezas”, ahora timamos a la mayoría popular y a su vez tomamos los peculios creados por una nación fundada en la libre economía de mercado y las llevamos a ser cauce justificativo de un orden ideológico falso, para finalmente utilizarla como arma patrimonial de control a nivel de un gobierno ejercido por un grupo de control político que se sienta en lo legitimo de su elección y trasciende más allá de sus fronteras (totalitarismo/dictadura).

 

Cuando pretendemos justificar o argüir respecto a determinada argumentación basada en la explicitación de que un gobierno, el cual se hace llamar del pueblo y para el bien del pueblo, expolia como otra función propia de gobernar, entonces ratificamos que este posee la capacidad legítima de pillar, es decir, de estafar, desfalcar, saquear, despojar y cuanto sinónimo sea capaz de soportar el concepto de expoliar y que, además, ostenta esa facultad de forma legítima y con amparo legal. Con esta  presentación, parece ser que vamos camino al antónimo pasaje de una “prosperidad popular” cuyo objetivo es la devastación de una nación y, con ello, presenciar la ruina de sus habitantes con la insuperable condición moderna de ser parte de un poder democráticamente electo. En efecto así es. Las urnas consagran de forma oculta la legitimación para saquear.

 

A simple certamen parece alucinante y de un alto sentido del ridículo lo expuesto como parte de una democracia (el voto). Sin embargo, la realidad que impera es otra. Precisamente, una atenta observación volitiva de esa realidad nos conduce a la comprobación de su práctica, la cual se ha visto admitida más allá del concepto de corrupción y latrocinio gubernamental ejecutado en lo más concentrado de una cúpula de partido gobernante. Esta cúpula actúa por encima de una razón de protección del Estado como servidor de sus nacionales y se agazapa en un domo político de poder que impone desde la democracia electiva de su establecimiento hasta la supranacionalidad de su existencia amparado en sus propias leyes que, en una mayor extorsión al pacto social, son “propuestas” y  “aprobadas” por sus mismos súbditos.

 

En este nivel de ejercicio de poder elegido democráticamente en las urnas, no hay cabida al estúpido y gastado argumento autojustificativo del fraude electoral. No hace falta analizarlo por vacío en su contenido. La denuncia de fraude electoral de forma contumaz  es solamente una  justificación de  la derrota de una llamada oposición, la cual es, en el fondo, una oposición leal que igualmente busca ser esa parte de ese privilegio excluyente.

El distinguido ejemplo de ejercicio doloso de los gobiernos recae en aquellos que se autotitulan “socialistas corte marxista-leninista o de nombre de prócer (ej. Bolivar)”, que han pretendido liderar este Siglo XXI, y de ahí su denominación en el tiempo. Obsérvese que si bien son marcadamente de base populista y de autodenominación “revolucionaria”,  no dejan de superar  con creces la barrera del mal gobierno, y tipifica impenitentemente su actuar en una conducta criminal amparada no ya en la inmunidad de estado, sino en el contenido de sus propias leyes. Esto descuella con creces el devaneo aberrante de la confusión entre inmunidad e impunidad.

 

Sin embargo, la pregunta que se cobija por encima de las doctrinas conceptuales de inmunidad e impunidad es aquella que embiste el cómo de lo posible de que dicho fenómeno autodestructivo de una nación posea origen legitimo sin necesidad de “revoluciones” convulsas y violentas. Es decir, a partir del voto electoral libre.

 

Cómo es posible fundamentar una respuesta de este fenómeno sin la existencia de ningún frenesí de imposición de una “nueva academia” de la prueba institucional, e inclusive de la falacia justificativa de tal fenómeno circundante relativo al socialismo que sea capaz de salvar por eliminación dichas conductas políticas ejercidas por la vía gubernamental. Por cualquier talante se establece y no hay respuesta a su ejercicio (salvo de uno que otro charlatán), se refiere a un ejercicio de colectivismo.

 

La sola observación secularizada hace que la realidad se imponga para concluir que  estamos conviviendo y aceptando, sin cruzada en contario, con esta fórmula de socavar la riqueza de las naciones a la par de coexistir con la mediocridad gubernamental regida por una ineptocracia política, la cual  hace gala de su existencia palaciega, lo único que ahora lejos del “Versalles francés”, pero aun en los recintos de la democracia cortesana, cosa esta que nos lleva a la simple conclusión de que si no está provista de hipocresía estudiada, sí expone al máximo una servidumbre de lealtad o falsa oposición de grupo de partido hacia un liderazgo en crisis que decide y le provee su jactancia. De ahí la  apariencia de simpleza humana y el ambiente de adulación y el lujo de la vida ostentado como “prerrogativa” categoría de grupo de dirigencia (designada o electa),  hoy es más activa en los pasadizos parlamentarios, demostrando que son “seres elegidos” no solamente por el voto, sino por una supuesta condición innata de liderazgo que los convierte en  necesarios servidores públicos de  vocación o herencia de genes y casta para mantener su parásito sustento a costa de quienes proveen con sus impuestos.

 

Para justificar lo anterior, ya no hace falta una revolución encabezada por determinada persona o grupo que justifica su existencia en pos de un “proletariado” que sabemos que es incapaz de llegar a tales niveles de liderazgo (salvo el sindical intermedio), sino tomar por asalto un arca con recursos y hacerla valer igual que a lo capitalista: poder de la influencia comprada con dinero.

 

Lamentablemente, el egocentrismo desmedido que invade a muchos políticos que merodean todos los diferentes sustratos que componen los distintos  niveles del gobierno, hoy se considera una cualidad. Eso es fatídico y nefasto cultivarlo y más aún cosecharlo. Así es, precisamente, que se mantiene el huerto de las “familias destinadas por voluntad divina” a dirigir naciones y no son, precisamente, de derivación monárquica. Ser un político es casi derivado de actos sucesorios de patrimonio familiar. Por herencia. Eso ha hecho daño y ha sido un caldo de especies para hacer florecer el populismo convertido en antídoto político de esta estirpe.

 

Derivado de este acaecer, es parte sustentable de la crisis del liderazgo que hoy se sufre. Votamos considerando lo mejor de lo peor. Así pretendemos materializar una cultura democrática. La única bastilla la justificamos en nuestro voto sin darnos cuenta que la capacidad económica determina el posibilidad política. Eso también lo ha explotado este llamado socialismo del Siglo XXI pero conducente a la creación de leyes que amparen la expoliación de su propia nación sin que por ello quede fuera de toda concordia internacional al menos en sus inicios (**).

 

Jugar a la democracia se extiende erróneamente a la conceptualización de ser la única garante de las libertades o los derechos de los seres que habitamos este planeta, lo cual, como instituto derivado de la creación humana, la hace aún más frágil en su existencia y hace exacerbar sus propias imperfecciones sistémicas, dado que hace su existencia cada vez más latente, dentro de las publicas desigualdades de objetividad diferenciada en las naciones; es decir, el ejercicio de una democracia desarrollada accionada en una nación desarrollada y ese mismo y pretendido ejercicio en otra democracia subdesarrollada profesada en una nación subdesarrollada. Es ahí precisamente donde se yuxtapone el cultivo y florecimiento de la expoliación legitimada. Allí donde dos formas de existencia humana entronizada en la desigualdad comparativa de niveles y calidad de vida, buscan enaltecer y muchas veces aparentar poseer una democracia erigida encima de una sola conceptualización, sin medir sus diferencias culturales, económicas y sociales que conducen a una actuación política diferenciada que,  más que una cultura, es un desafío a la crítica electiva de personas y no de programas de partido. Por ende, está claro la existencia de una defraudación legitimada desarrollada y otra subdesarrollada sin que la existencia de una (en este caso la segunda)  determine el tránsito hacia la otra (entendido queda que es la primera).

 

Los partidos de este “nuevo” socialismo, hoy ya se agotan en sí mismos, pero no dejan de irrumpir en esta diverja oportunista de generar riquezas. De apropiarse de ellas. A menor desarrollo socioeconómico, mayor intrusión. Por suerte se hacen más invisibles en su autodesmoronamiento.

 

Como grupo por asociación estatutaria de tendencia conceptualizada como de izquierda, son reiterativos, oportunistas, críticos de poca monta, manipuladores, persistentes y obstinados en disfrutar la categoría humana de político como sinónimo de ostentar poder general y sentirse diferenciados de aquellos mismos que los eligen. Hacen su carrera como especialistas en la burla de la inteligencia ajena. Mayormente precaristas demagógicos que, con el mismo libreto actualizado de campañas anteriores y no de programas políticos realizables y cabalmente efectivos, se pierden en sus mismos discursos que suenan a vacío y, lo peor, suenan a vacío con eco. Por ende, esa diferencia marca la ineludible falsilla de contenido de un mismo concepto sobre democracia, derechos y libertades que podemos enfocar, a simple argumento, como desarrollada o subdesarrollada. La segunda condición como estado real de cosas, es más fatal en su participación.

 

Es indudable que vivimos en tiempos  de crisis de la política. Lo social y económico tampoco es ajeno a este trance, siendo actualmente ostensible visualizar un aislamiento del interés en lo político. La sociedad y su composición  está cansada de la política y su desgaste, y por ende enfrascada en su bienestar. Para lograr ese bienestar busca someter la función política a un contexto secundario respecto a sus funciones. Esta práctica, por suerte, se materializa más en las naciones de mayor desarrollo, aunque el resto de las otras naciones menos aventajadas no se quedan atrás en el empeño de controlar el desbaste de grupos de poder político, en su afán de sacar “provechos de sus prerrogativas temporales”. La sociedad busca evitar el ya llamado “efecto termita” del paso de los políticos por sus épocas de gobiernos. En suma, evita al máximo el efecto social que deja la expoliación.

 

Unido a este resultado de índole social e indudablemente impulsado por sus actores, se materializa y hace evidente que las políticas estatales se estrechan en sus efectos, es decir, esta crisis social conlleva a que el  margen de acción de muchas de las políticas estatales impulsadas por grupos políticos ejerciendo el gobierno sean menos incidentes en sus efectos, por la obligatoriedad de ajustarse a los imperativos económicos concatenados globalmente. Elementos estos que conllevan a limitar la mayormente nefasta capacidad de intervención de los gobiernos en la cotidianeidad de las vidas del hombre dentro de su accionar económico y social. El colectivismo humano se cansa de ser un mero observador de una realidad patética a sus intereses y ajusta su actuar para reducir el efecto dañino de las consecuencias gubernamentales originadas en las imposiciones políticas de grupos.

 

A la generación cuasi automática de estos “escudos” de protección a favor de la “insolación” política en el ejercicio temporal del gobierno (democráticamente creídos como gobiernos de turno),  de forma complementaria tiene lugar una privatización de la vida, aunque se resiente ante las embestidas políticas en actuación pública, las cuales se ven apuntaladas por grupos de influencia económica como los Bancos y empresas de largos tentáculos, los que no obstante regular la vida laboral y en general la vida social,  controlan también la información y el acceso al espacio de la competición política, pero con la amenaza constante de generar crisis si sus demandas de interés de grupo de influencia no se ven materializadas dentro de los espacios de tiempo que tienen previstos para la ejecución de sus programas de control. Estas crisis económicas, si bien fortalecen las crisis sociales, no poseen el mismo origen, pero ambas buscan un cambio en las  instituciones políticas que son  deslegitimadas por costosas e ineficientes.

 

No hay efecto sin una causa que lo impulse. Por ello, si bien estos ajustes derivados de crisis sociales hacen efecto de autoprotección frente a los desbastes de determinadas políticas de reiterado fracaso social donde la demagogia abunda y campea por su libre destino, sus efectos son ven con mayor resultado en sociedades de mayor cultura democrática,  ejercicio de libertades y valoración del estado de  derecho por el simple hecho de que la sociedad posee los recursos de ejercer presión efectiva sobre los desmanes de grupos políticos en el gobierno, cosa esta imposible de sostener  en el límite existencial en las sociedades donde impera el orden político basado en la ideología del socialismo de cualquier siglo.

 

La actuación de los gobiernos socialistas de basamento marxista-populista, es el nido contrario al control de la expoliación legitimada por sus propias leyes. En su actuar de alto contenido político e ideológico supuestamente a favor de los desposeídos van estableciendo los controles necesarios para anular el entusiasmo creativo del hombre en la sociedad, y en vez de buscar la reducción de la esfera pública en nombre de los imperativos de racionalidad económica, la eficiencia y la competitividad, hacen más dependientes a la mayoría a los dictados y protección del Estado, para así allanar el camino hacia la servidumbre humana.

 

Esta conocida y ya temeraria forma de gobierno basada en el control ideológico y de actuación de grupo político se hace cada vez más excluyente de la participación social; actuando de forma subrepticia miran cual es la mejor fórmula de imposición para controlar más los mercados que les generan riquezas con la utilización al máximo de las arcas del Estado e inclusive apropiándose de ellas, sin más escrúpulos que el de estafar a la sociedad, pero siempre, y  obsérvese este detalle, enarbolando la justificación de su uso con el lema del “bienestar público”, aparentando cumplir con las demandas de los ciudadanos, pero en el fondo ellos mismos desmantelan a ojos vista el Estado de Bienestar. De ahí es la reiteración del fracaso de políticas estatales con altos costos económicos que se ejecutan en “nombre del pueblo”.

 

La democracia posee naturaleza propia y por ende es creadora fértil de leyes propias que no se encuentran al alcance de ser limitadas por los gobiernos, y de ahí consolidada su existencia ante las embestidas de las leyes de origen político que pretenden limitarla. Sin embargo, la lasitud de la democracia ante la incidencia de esas leyes es que prefiere suicidarse antes de aceptarlas, y por ello languidece y desaparece de forma latente y luego patente ante el embuste político contrario a su esencia y naturaleza. Por tanto, es precisamente lo inescrupuloso de los partidos políticos lo que ultima a la democracia.

 

Como categoría de origen humano, la democracia, por suerte, antecede el umbral de los partidos políticos y sus llamadas tendencias representativas. Los partidos no crearon la democracia, por ende la racionalidad de la fortaleza de un partido no lleva implícitamente la finalidad de la fortaleza de una democracia o de una nación. La debilidad de esta última se evita con la protección de las libertades del hombre y su consagración en derechos cuya efectividad van más allá de la simple voluntad de grupo de control, se enmarca en un estado de soberanía que nunca puede conducir a una identificación política o  partidista y, menos aún, disolverla en el concepto de nación. El soberano se debe al pueblo, al cual protege y se enaltece en la pertenencia a un territorio denominado nación, siempre que esto no implique la supranacionalidad de un grupo de poder. Esta última causa es la que identifica la cualidad humana de inmigrante político.

 

No se puede sustentar, y por ello no es consecuente, el uso de la palabra “democracia” con el pretendido juego de “cuál forma de democracia es la mejor o más efectiva”. Una democracia no efectiva no merece ser argumentada por el simple hecho de lo catastrófico de sus resultados y, con ello, de su inexistencia. La democracia es asunto de existir de forma efectiva y en evolución constante, máxime cuando dicha palabra conceptualizada y su base de elección y ejercicio puede ser una nación desarrollada o no; de ahí que debemos dejar sentado que ambos conceptos (democracia y desarrollo) no son meras frases con un contenido semántico, sino estados reales de existencia cultural, económica, social, política, jurídica y, en definitiva, de conceptualización de objetividad de una condición humana de grupo asentado en un territorio de este planeta (único hogar global conocido hasta ahora); en suma, de una población.

 

En sociedades de corte capitalista como la nuestra, utilizamos para designar tipológicamente un régimen caracterizado por parámetros que comprenden, principalmente y por naturaleza esencial de existencia, las llamadas democracias liberales (***), las cuales se fundamentan en poseer un gobierno representativo por elecciones libres, libertades y garantías de derechos como los de libre empresa, mercado, acceso a la riqueza, expresión y asociación, un estado de derecho real y eficaz, sustentado en una constitución y demás leyes, el establecimiento de una separación de poderes, el ejercicio de la petición y queja que materializa el Estado subordinado a la exigencia de los que integran la nación, pluripartidismo y otros parámetros, en la práctica lo hacemos sin medir las resultancias especificas (causas) que el grado de desarrollo económico y social coronan su concepción. En la conceptualización de la existencia del Estado sobre bases de control y ejercicio ideológico, es totalmente lo contrario. Ahí estaríamos hablando del agotado por fracaso del sistema “socialista” que hoy es más palpable que nunca. Muchas veces no consideramos ese estado fáctico y nos perdemos en la diatriba constante contenida en una crítica también agotada, no solo por reiterativa, sino también por ineficiente.

 

El apellido de la democracia está en plena sintonización de sus respectivas denominaciones y en el cómo de sus respectivas consideraciones sobre la naturaleza y valores que las integran, que están indivisiblemente asociados al enmarque de sus tendencias. De ahí, que en el liberalismo hablamos de la existencia de una democracia liberal para distinguirla como régimen de otros que demandan también su propio formulismo de democracia, como por ejemplo la ya necesariamente citada como las “democracias populares” de Europa Oriental en la época del “socialismo real”, o de la “democracia orgánica” tipificada en el franquismo, y como colofón la democracia socialista del Siglo XXI que se desmantela a nuestra vista (la más corta en su existencia).

 

Es cierta la ya histórica existencia de determinado paralelismo entre democracia y liberalismo. Por lo menos en los salones de cátedras políticas así se emplaza. Sin embargo, lo doloroso es que aunque la democracia liberal aparezca hoy día como la única forma legítima de organización del poder en virtud de su contenido (ya expuesto), sin una alternativa real a la  vista, lo cierto es que la democracia tal como realmente funciona en sociedades como la nuestra resulta  insatisfactoria a los ojos de muchos ciudadanos que comprueban que, a fin de cuentas, el gobierno de sus vidas y de sus sociedades queda fuera de su control.

 

Continuaremos.  Buenos días y buena suerte.

 

NOTAS:

 

(*) FREDERIC BASTIAT

(1801-1850) Frédéric Bastiat vivió en Francia durante la primera mitad del Siglo XIX. Escritor, legislador y economista francés al que se considera uno de los mejores divulgadores del liberalismo de la historia. Fue parte de la Escuela liberal francesa. Conocido también como el Cobden francés, fue un entusiasta del libre comercio y del pacifismo.

 

(**) Democracia Popular

Los países con sistemas políticos inspirados en el concepto de comunismo marxista se enmarcan en los conocidos como “socialismo real” (Ej. La ex URSS o actualmente Cuba), irónicamente poseen sistemas de gobierno que suelen utilizar la denominación de “democracias populares”, que se caracterizan por la imposición ideológica y una organización sobre la base sistémica política  de partido único o hegemónico como ente superior del Estado y la sociedad. Para sus valedores, la «democracia popular» es el único tipo de democracia en la cual se puede garantizar la igualdad económica, social y cultural de los ciudadanos, ya que los poderes económicos privados no pueden influir en el sistema de representación. Su fracaso ha sido su testigo histórico.

 

(***) La democracia liberal

Consideramos que en muchos casos la conceptualización de "democracia" se utiliza como sinónimo, en unidad al concepto de democracia liberal. Muy a menudo en escritos académicos y de menor rigor suelen mezclarse y con ello entenderse por democracia liberal un tipo genérico de Estado surgido en las repúblicas y monarquías constitucionales que emergieron de los procesos de emancipación o revolucionarios contra las grandes monarquías absolutas, y de donde quedaron establecidos sistemas de gobierno en los que la población puede votar y ser votada, al mismo tiempo que el derecho de propiedad es preservado.

Así, aunque estrictamente el término "democracia" sólo se refiere a un sistema de gobierno en que el pueblo ostenta la soberanía, el concepto de "democracia liberal" supone un sistema con las siguientes características que se asumen integradas. Por ejemplo:

 

o       Una constitucionalidad efectiva  que limita los diversos poderes del Estado y con ello controla el funcionamiento formal del gobierno (división de poderes)

o       Estado de derecho.

o       El derecho a votar y ser votado en las elecciones para una amplia mayoría de la población (sufragio universal).

o       Protección del derecho de propiedad.

o       Existencia de importantes grupos privados de poder e influencia en la actividad económica, lo cual se establece como la característica esencial de la democracia liberal.

o       Pluripartidismo (no es de partido único).

o       Libertad de expresión, asociación, empresa, mercado, prensa y religión.

o       Vigencia suprema de los derechos humanos.