Cubanálisis   El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS            

 

 

                               Dr. Pablo A. de Cuba, Miami

 

 

 

 

 

 

     

                                      

 

EL SOCIALISMO “REAL” Y EL DEL SIGLO XXI: SU DESMANTELAMIENTO -2-

 

Su desmantelamiento y la perniciosa existencia de la expoliación legitimada de las naciones (II)

 

Una paradoja, cuyo contenido de fondo parece alucinante, ha circulado en la historia ya arraigada en la niebla de las revoluciones populares, y claramente parece confundirnos en su atributo especifico de “pueblo”, llevándonos a buscar una comparación errada sobre su origen y desarrollo como fenómeno social, económico y político.

 

Es indiscutible que pasamos la época post hegeliana y con ella del vislumbre de un Marx sofocado en las angustias, por una parte de ser judío e imposibilitado de ejercer el  derecho en su destinada e impuesta Prusia, y por la otra, alejados de la necesidad de quitar a toda costa (inclusive la violencia) los atributos de la libertad y la razón. No hay necesidad de una crónica histórica para el entendimiento ni galimatías temporales.

 

Al enfocarlo como fenómeno, da la impresión que estamos paseándonos sobre ideas delirantes. De ahí es que un ejemplo de su desacertada simulación pudiera ser comparativo con la equivocación generacional de un pasaje bíblico, donde Herodes sería el actor estrella de la conocida y detestable trama referida matanza de niños. Para consumar el error “histórico”,  viéramos un Herodes enfocado en precisamente linchar a sus padres de los niños con el afán de que estos progenitores se vieran  imposibilitados de adoctrinar a sus futuras germinaciones, y con ello su transferencia de hijos a hijos. En esta componenda,  igual de monstruosa, yacería acertado sentar doctrina en el viejo dicho de “eliminar el mal de raíz”, cosa esta que en la asimilación del hecho bíblico no lo materializa al ser “eliminado” el mal los frutos de la raíz y, por ende, el elegido sobrevivió por la gracia, digamos, de sus procreadores (salvemos la inmaculada concepción y a Gabriel de paso).

 

No hay necesidad explícita de atribuir errores a los desmanes históricos. Aun insistimos y no sobrepasamos las discusiones sobre el verdadero “muro del progreso” humano y dejamos a las religiones tomar sus propias consecuencias y, con ello, sus destinos de responsabilidad. La época de desajuste crítico hacia la religión se adecuó más allá de la definición de escrituras de “cuentos” no sagrados y menos aún históricos hecha a los nuevos evangelios.

 

Ahora, la necesidad explicita de criticar los errores se centra de nuevo en el control político y económico de cualquier nación y dejamos los templos de culto religioso como santuario para exculpar nuestros pecados que ya sobrepasan los conceptualizados por cualquier religión o deidad.

 

Desentrañar cualquier pasaje histórico referido a la organización humana se hace por las vías de entender la razón de los expositores y no la imposición de criterio, salvo aquella que emana del dogma o la doctrina de fieles a no se sabe qué condición de existencia. 

 

Viajar al fulcro de la verdad es tarea de culto a una razón y garantía de ejercicio de una libertad que impera incuestionablemente dentro del género humano como parte inseparable de su condición y atributo indelegable e insustituible de ser seres racionales. Lo demás sería discutir sobre la necesidad de aceptar la esencia de la especie humana.

 

Visto lo anterior por un “ideólogo” de los nombrados “partidos populares”, el mal que precisamente hay que eliminar de raíz es el capitalismo. Ese mismo sistema  que convierte al hombre en el propio lobo del hombre y a su vez es el causante de las desigualdades existentes hoy en día ya no solamente entre los individuos, sino entre las mismas naciones, no obstante pregonar y pavonearse de sus llamadas democracias y libertades.

 

Pues bien, y en el supuesto de que si así lo aceptáramos, entonces buscaríamos en la historia de la misma decadencia humana el por qué la instauración de los sistemas de poder político que luchan por eliminar el mal de las desigualdades del hombre han sido los que más han dañado al hombre y su entorno, ya no solo en los tiempos pasados, sino también en la actualidad.

 

Los elegidos “democráticamente” como líderes de este nuevo socialismo del ya gastado Siglo XXI dan la apariencia que han salido entrenados y triunfantes de un retiro cartujano desde donde se han “depurado” en su investimento de poseedores del “favor” del liderazgo y también de ser los  “mesías de la historia” de las desgracias.

 

Desde la mirada ideológica de los desposeídos de esta tierra, esa acuarela, precisamente esa apreciación, es conducente a una falacia que nos impide ver el final del camino que siempre  termina en dictaduras montadas para sacarle lo único que les queda a esos simples mortales que habitan esta tierra y que han denominado proletarios, que es, en definitiva, el libre albedrío, su razón de existencia y vida: tener menos de la nada y con eso vivir y coexistir en la deuda económica y la servidumbre política.

 

Las ideologías de imposición socialistas son malignas y no comprenden al pueblo aunque lo exacerben. Su objetivo es consagrar una corriente de pensamiento a nombre de una masa humana a la cual no dejan pensar en sus propios actos y la convierten en serviles de sus ideas, es decir, establecen su virtud de poder en la servidumbre política y le castran sus más mínimas aspiraciones de disposición libre.

 

Una masa popular o de “proletarios”, si bien posee líderes a sus niveles de interés (hoy susceptibles a negociaciones mayormente sindicales), está desprovista de los recursos financieros y de integración intelectual, los cuales son insuperables, entre otros,  para ejecutar el cambio brusco que lleva implícito la revolución, factor este que la historia le ha consagrado una plaza a la  llamada “burguesía estancada”.

 

No hay revolución pacífica. Todas llevan implícita, sea en la antesala o tras la puerta, una serie de sacudidas que convulsionan los estratos en los que la sociedad descansa, y dejan estragos que duran mucho tiempo en sanar; como, por ejemplo, el despojo airado y vengativo de pequeñas fuentes del sustento familiar para transferirlas al control del estado omnipotente y omnipresente, que hace más pesado el paso que el propio ciudadano  despojado intenta dar dentro de su nueva condición de “empleado” del mismo estado que lo despojó.

 

El yuxtapuesto beneficio del proletario en la revolución de su control hecha por y para su propia denominación de grupo social, necesita un liderazgo de “vanguardia” es decir, un partido “centralizado y preferiblemente único” que le rija tanto de forma ideológica como material su destino en la “lucha” abierta contra otras condiciones a los que se han de imponer a cualquier costo y esfuerzo humano. Establecer una “dictadura proletaria” asignada, en la teoría, a una primera etapa del desarrollo del espiral socialista, implica crear una conciencia de grupo contraria a cualquier postulado sectorial o de individuos, salvo, y ahí viene el postulado, aquellos designados democráticamente para establecer los parámetros programáticos, la dirección correcta, los cuales se establecen en los denominados programas del partido, en contraposición a las conocidas  “promesas de campañas electorales”.

 

Establecido lo anterior, el camino hacia el totalitarismo queda allanado, y la cúpula gobernante entroniza el estado de sumisión política y social enarbolando el dogma requerido respecto a que el objetivo revolucionario (mejor señalado como sedicioso)  no lo  pueda alcanzar un individuo por sí solo, dando enfoque doctrinal de campaña en la que atacan el concepto de que un sujeto aislado será siempre vulnerable frente al poder de los otros, y esos otros son, precisamente, los enemigos del proletariado o del pueblo: la burguesía.

 

El grupo del pueblo y su vanguardia elegida democráticamente en las urnas, se enfocan en una consagración absoluta e indefinida del poder dentro del mismo sistema electivo que ellos van introduciendo con “reformas legislativas constantes”. Reformas éstas encaminadas a frenar una oposición contaría al interés popular de la nación, debido a que esta (oposición), solamente busca retrotraer un pasado “calumnioso a la soberanía”. Ya la simbiosis pueblo es partido y partido es nación, para así dejar sentada la consecución del peor de los males: el hombre en razón del Estado, y este último centro de una ideología y no de un sistema (así sea imperfecto como fruto humano),

 

La entronización de estos “poderes salvajes”, la sustentan en la salvaguardia de la  independencia  frente al resto del estamento social “privado”, causante de las diferencias sociales por razón de la concentración de la riqueza en unos pocos a costa de la pobreza de la mayoría. Realmente es así, pero con la única diferencia de la voluntad humana ejercida de forma libre y no condicionada.

 

Sembrada la semilla falaz del rango proletario del Siglo XXI, que no recae en otro sujeto que aquel victima del desplazo por la actuación corrupta e indiferente de gobiernos democráticamente electos, se impone el nuevo grupo elite de poder que, de igual forma electoral, lleva el alto sentido de la venganza contra el resto de los vencidos democráticamente en la urnas, y al final, contra ellos mismos.

 

La respuesta es de esperar en las urnas, ya que la libertad necesita de un orden institucional como respuesta a ese “asunto de todos y para todos”, donde ahora se excluyen a los “opositores” que, en el fondo, reciben la culpa de todos los males. Ahora queda al descubierto que solamente ese grupo élite es capaz de ser elegido democráticamente para garantizar la liberta individual. La cual la hace parecer sistémicamente como inseparable de la libertad política, y así crear la ficción de que están en presencia de una estructura “republicana” donde la libertad está vinculada a la ciudadanía, pero adicionando lo supranacional del grupo líder del poder (partido mezclado con nación), pero con la diferencia de que, en este caso, es a favor de los ciudadanos a los cuales califican de “pueblo”, para no confundirlos con la oposición que es la “burguesía” retrógrada y culpable de los males de la nación.

 

Lamentablemente, el alcance de esta realidad se ha probado en la existencia de este socialismo que denominan populismo, pero que, en el fondo, ha estado gobernando hasta crear su propia implosión en virtud de sus propias leyes que los han convertido en grupos inmunes ante la expoliación.

 

La propuesta de modificar el entorno de una nación por parte de los denominados abanderados del Socialismo del siglo XXI ha sido dirigida a consagrase como élite de poder electa por el pueblo, bajo el supuesto de cambiar, en razón de sus propias leyes, la  autoridad actuante sobre el patrimonio de esa misma nación.

 

Determinantes en su origen e imposición solapada, son las leyes que autorizan a estas cúpulas de desenfrenados dirigentes a saquear su propia nación. La posible “coincidencia” causal histórica de enfrentamiento sistémico, ahora la observamos en la competencia desenfrenada entre el llamado capitalismo salvaje histórico y el salvajismo del Socialismo del siglo XXI.

 

Siguiendo el emporio del control político efectivo nacido del voto democrático, ya entonces legislar no es un capricho. Existe una legitimación para hacerlo que oculta un claro emprendimiento de codicia que dificulta ver la desafiante posición de poder. No se puede establecer como una facultad de ejercicio de determinado grupo de control. La intromisión arbitraria de “poderes salvajes”  privados, es decir, de los poderes no sujetos a las leyes.

 

El socialismo de cualquier época condiciona la existencia del hombre a sus intereses políticos y no al acceso libre para crear riquezas; y las pocas que crea, el propio gobierno “benefactor” se las apropia a su capricho y devastación, amparado en las leyes que ellos mismos producen.

 

Legislar va mucho más allá de un acto de posición política destinado a controlar la acción del ejercicio de libertades o la limitación de derechos. Está claro que legislar es un acto de poder, pero de poder soberano fundado en factores históricos, culturales e inclusive de medida de desarrollo económico y social. Se legisla para facilitar y nunca para entorpecer o garantizar un privilegio de grupo de cualquier índole en su contenido.

 

Aceptar la aplicación del concepto del acto imperativo de grupo disfrazado en acto de poder soberano legislativo sería lo conducente al totalitarismo de ejercicio político, lo que hasta ahora conocemos como socialismo político que, lamentablemente, se está infiltrando en el llamado voto popular de los desposeídos en naciones como los propios Estados Unidos de América.

 

Cuidado ante esos alegatos de naciones ejemplo de democracia y desbordante amor a un constitucionalismo hecho a la medida de los mismos líderes que abiertamente aprovechan una realidad sustentada en la presente crisis generacional, derivada de una desigualdad cada vez más latente y reflejada en conceptos desvirtuados de democracia, libertad y el ejercicio tutelado de derechos; tanto en su esencia y naturaleza como en su actuación, se ven cercados tanto en su alcance como en su efectividad, cosa esta que conlleva a un estado de duda sobre la protección que debe tener el hombre en la sociedad.

 

La interferencia regulatoria o de política del Estado sobre el uso o la destinación que realiza un soberano sobre sus riquezas llega a tal punto que, a través de dicha medida estatal, se disminuye el valor o el goce de la propia riqueza nacional, y pasa a ser meta de posesión indiscriminada del grupo de poder político, el cual ya no se contenta con la invasión física o jurídica de los bienes de cualquier otro grupo poseedor de forma legitima, sino que los hace propio y los malversa sobre cauces legítimos impuestos por sus propias leyes, lo que conduce a la erosión de derechos asociada con la interferencia del Estado en los derechos de propiedad.

 

A estos gobiernos del Siglo XXI les asiste la violencia legislativa heredada del socialismo “real” y parten de conductas que saben de antemano pueden dar lugar a una reclamación por expoliación, pero se amparan en que es originada en el uso legítimo de facultades legislativas o regulatorias del Estado que ellos mismos gobiernan.

 

El mayor problema de la expoliación legitimada es que no posee límites para trazar la línea que divide la intervención o regulación legítima de la economía de aquella intervención que resulta ilegal a la luz de sus propias leyes y del derecho internacional.

 

El saqueo legal proviene de la observación en que los depredadores se colocaron, por el medio útil que fuera, en la parte superior del Estado, y han desarrollado sus actividades de depredación mediante la introducción de leyes que implementan su propia facultad de grupo de control político, para sustraer y colocar a su antojo, pero de forma “estatutaria”, en sus criterios, las arcas de un Estado para garantizar la existencia de una nación que pregonan como “partido”. Para ello, su actividad se justifica como una excepción a los principios morales universales y un código moral destinado a difundirlas y "magnificarla".

 

Las masas, como víctimas de los depredadores, son engañadas por el fraude, con el uso de sofismas y la creación de desinformación, ocultando la realidad con la complicidad humana corrupta ya generalizada en el aparato de control del Estado.

 

Al presente, es fácil observar el desgaste de legislaciones que más que resolver, hacen engorrosa la tramitación de cualquier ejercicio de garantía jurídica y por ende, la intención dolosa de controlar basada en supuestos de volátil contenido, como seguridad nacional, solo demuestran que subyace la presión de grupos de interés económico que controlan la capacidad de voluntad política dentro de una llamada democracia, tanto electiva como de ejercicio, que conduce  a un enfoque de existencia mal lograda por parte de aquellos que obedecen el mandato soberano de la ley. Así, estamos en presencia de una insuperable desigualdad jurídica que abandona la conceptualización, aunque sea teórica, de la justicia, y hace cada vez más lejana la convivencia regida por normas dentro de un Estado de derecho real y efectivo.

 

En suma, es imposible la igualdad entre desiguales. La abusiva regulación que limita o entorpece lo principal que posee el ser humano como atributo sine qua non  (condición sin la cual) para su efectiva existencia: su libertad, es papable en su elocuencia y existencia. Para entender este desnivel se “analiza” que una democracia dentro de un país de este mayoritario tercer mundo es sinónimo de impunidad y gangsterismo autorizado, corrupción y violación de derechos humanos más abiertamente que en los otros llamados países desarrollados, donde se hace lo mismo, pero más refinado y con un amparo invisible que hace de su actuación una profecía para garantizar la seguridad de determinada nación.

 

El  poder amparado en un constitucionalismo popular es una mentira casi tan absoluta como enarbolar que la constitución socialista es del pueblo y para el pueblo. El sistema socialista, desde el tradicional, pasando por el llamado real hasta este del Siglo XXI, es un recorrido retrógrado de explosiones sociales donde se ha sembrado el poder de los pocos elegidos, y termina en un atropello social conjurado en la venganza legislada, para  culminar  en una gran estafa que solo ha desembocado en el menoscabo de las naciones que lo han abrazado. Aun a estas horas, el socialismo como sistema ha sido el que más rápido ha sucumbido a la prueba del tiempo. La historia se ha encargado de demostrarlo.

 

El socialismo, en cualquiera de sus etapas “evolutivas”, ha sido el único capaz de hacer desaparecer las riquezas tanto humanas como materiales que se hayan generado en una nación determinada. Como sistema, posee el paralelo a una casta de termitas que se anida en las imperfecciones del capitalismo ineptocrático que hoy lamentablemente vivimos, y actúan a plenitud devoradora dentro de un socialismo que alcanza y culmina en este Siglo XXI.

 

Del desmoronamiento del Socialismo del Siglo XXI, ha dejado el lastre de una dañina existencia de gobierno que, en su misma actuación delincuencial, ha demostrado su incapacidad de dirigir una sociedad. Cosa esta no presente en las tesis del “socialismo real”. Son incompatibles, aunque posean semejanzas en sus falsos postulados, quedando demostrado que lo que es de todos no es de nadie. Lógico, los votantes no se sienten nunca responsables de los fracasos del gobierno por el que han votado. Solamente critican a sus dirigentes.

 

El socialismo anuncia con fingimientos de toda naturaleza que para subsistir como sistema requiere que el derrotero del hombre nuevo no sea, bajo ninguna condición,  el de ser débil en el sentido del poder económico, aunque simule exponerlo como ideológicamente fuerte.

 

Poseer la condición de gobernar dentro de los atributos de este sistema socialista, hoy tan a la moda, ha demostrado ser un negocio temporal de muy alta rentabilidad, incompatible con las posturas más reservadas del ya citado y nombrado socialismo real.

 

El comienzo del fin de la avaricia sobre la tenencia y control del llamado bien común ha irrumpido sin causa de retracto. Los gobernantes de estirpe política vacía solo deben lealtad al poder que engendra el dinero, y lo toman aun contra su versión acabada de existencia para y por el pueblo. Razón de malaventurados para desaparecer en su propia estirpe. Por suerte para ellos, aún queda espacio en la letrina de la historia.

 

Sin audacia patriótica ni dioses de los escrúpulos mundanos, el silencio es eco del grito de esos mismos pueblos que ellos agruparon en su falso devenir, las cuales le tejieron el propio lienzo donde incrustaron su real historia como cercenadores de generaciones y expoliadores de su propia nación.

 

Buenos días y buena suerte.