Cubanálisis   El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS            

 

 

                               Dr. Pablo A. de Cuba, Miami

 

 

 

 

 

 

     

                                      

 

El socialismo “real” y el del Siglo XXI: su desmantelamiento - 3

 

El panorama cubano es reflejo del efecto desbastador del socialismo que ha regido a pleno y absoluto  capricho de la dirigencia de la nación en concomitancia con otras que han ingresado en el nuevo “eje moderno del mal”, es decir, el marcado socialismo del Siglo XXI. Es imposible buscar paralelo comparativo con un bloque del Este desaparecido por auto implosión.

 

Es una crisis sistémica en espiral ascendente concatenada y sin más limitación que lo irreversible en un cúmulo de sucesos consecuentes con sus actos de gobierno con  resultados políticos, sociales y económicos desproporcionados y nefastos. Es por ello que no podemos hablar que determinadas instituciones son las que propician dicha crisis, sino que la misma es el efecto de su actual gobierno que autodestructivamente se atora en sí mismo desde el propio y ya impolítico conocimiento de su inviabilidad como sistema. El resto justificativo seria pura retórica especulativa.

 

No han faltado experimentos fallidos que incluyen el narcotráfico, el contrabando y el lavado de activos, todo en nombre de un pueblo que lucha por mantener los principios de la autodeterminación y escogencia del sistema político que quieren desarrollar a pesar de los ataques de sus adversarios del capitalismo en decadencia. Realmente bazofia de campaña que ha hecho mucho mal y ha logrado lacerar generaciones.

 

El que fuera en su momento el argumento ideológico de las naciones políticas revolucionarias (mayormente identificadas con el socialismo),  fue el  de  acabar con la opresión de los gobiernos ignominiosos  y las discriminaciones sociales. Lograr el poder político para establecer el imperio de la ley e igualdad ante ella. Seguridad y estabilidad laboral. En suma, ser dueños de sus propias riquezas con acceso a su creación e igualdad en su distribución, teniendo como colofón la demagógica consideración del establecimiento de un nuevo orden internacional (entiéndase que no hablamos de nuevo orden mundial).

 

Como eje central y definitorio en la estructuración, construcción y posterior desarrollo de este nuevo orden internacional, y con ello la integración plena de la conciencia y el actuar humano, se describía el papel exclusivo y central de un nuevo sujeto político: el individuo. No se hablaba de un ser común, sino del hombre nuevo superior a aquel que anteriormente era abstracto y solitario y que ahora se entrelazaría en los complejos hilos de una sociedad encaminada a enaltecer los valores de la democracia fuera de los patrones del capitalismo salvaje. Un individuo consciente de su función histórica, ideológicamente convencido de que el sistema socialista era la única fórmula capaz de superar las diferencias sociales y elevar a un plano único e insuperable la condición humana. Incapaz de abusar de sus privilegios como elegido políticamente. Impoluto e incorruptible. En resumen, la esencia de la realización y la igualdad humana se concibió de forma única dentro del socialismo.

 

Ese publicitado e insuperable pilar humano sustentador, tanto en condición y como en efecto, desapareció de dicha tesis, se esfumó  por la simple consecuencia de la actuación errada y reiterada de sus propios gobiernos que se han convertido, ellos mismos, en ignominiosos. Han mentido y aun mienten sobre la realidad falaz de un socialismo con causa y han convertido al elegido político en un corrupto de alta carroña, capaz de competir con lo más putrefacto de corrupción despótica de los actuales modelos  tercermundistas y llevarles la ventaja de estar legitimados para hacerlo, consecuentes con sus propias leyes.

 

Es palpable que la forma de gobierno socialista actual ha desplazado, muy burdamente,  al tenedor legítimo sobre el cual descansa la soberanía, es decir, el pueblo. En sus campañas enarboló hasta la saciedad agotadora, pero sin resultado demostrable, nueva tesis que sacaba a la luz el surgimiento histórico, como expusimos anteriormente,  de una  figura integrada conforme a sus altas concepciones ideológicas, estando a su vez dotado de unas libertades civiles y políticas capaces de ser ejercidas con garantías jurídicas extraordinarias impuestas por las mismas masas, ya despejadas de  la concepción del “sacrosanto” derecho a la propiedad privada. Nada debía interferir entre el Estado y los individuos. Se dibujó  y estableció como cátedra obligatoria en manuales de filosofía y economía política una armonía social insuperable, capaz de generar actuaciones económicas creadoras de riquezas, en cuya expresión conjunta descansaría la nueva soberanía nacional y a quien se atribuye la titularidad de poseer en sus manos la decisión del futuro de su nación: el hombre nuevo del socialismo. Ese individuo, como soberano más allá del Estado, su gobierno y la nación.  Ese mismo hombre recibe el calificativo de ciudadano dentro de una nueva concepción de país vinculado indisolublemente a un partido único de vanguardia (el comunista).

 

El mito, visto en sí mismo como actuante ideológico, por lo menos hasta la caída del Muro y los sucesos fatales para la ideología socialista de ese año de 1989 del siglo pasado,  había triunfado. El hombre en el socialismo era el único capaz de poseer un libre acceso a la plenitud política, sin que por ello se justificara su condición o su origen. No se escatimaron recursos; es más, se dilapidaron recursos para enfrentar y tratar de imponer a nivel internacional estas campañas de alto contenido ideológico.

 

Ya el fracaso del Muro de Berlín no bastaba. Había que continuar desafiando el curso racional de la historia. Había que tergiversarla más aún si fuere necesario. De ahí el trasfondo históricamente demostrado de los gobiernos de este socialismo del Siglo XXI y sus antecesores, ha sido la intención de homogeneizar la nación, salvo la clase política dirigente. Ese es el nuevo matiz que se entronizó como estrategia para así poder manipular la historia y sacar un espacio para  adoctrinar a las sucesivas generaciones en un sentido unitario capaz de ser consecuente y decisivo en la configuración de las conciencias nacionales de estos países, que de forma “fresca” se incorporaban a una supuesta nueva era desestabilizadora, pero nueva era al fin. El conflicto generacional contra natura era latente y las experiencias de los desastres nacionales de una Europa ex socialista solo quedaron como análisis de errores humanos y nunca, reitero, nunca, sistémicos.

 

Trasponer al hombre sobre el sistema fue un fracaso, por lo que ahora el sistema determina al hombre en su actuar y lo somete a una conciencia de gobierno supranacional.

 

La realidad oculta afloró y se demostró que este nuevo socialismo es la cúspide de la desintegración social. Su único afán, además de generalizar la pobreza, es expoliar y desestabilizar.

 

Ya no era necesario implantar un servicio militar obligatorio sino, grupos distorsionadores sociales integrados mayormente por sectores que, desposeídos de un mínimo de futuro, se resguardaron en la criminalidad para subsistir dentro de un sistema capitalista tercermundista corrupto y desgarrador. Tampoco era necesario reconstruir el ejército, sino convertirlo en «la nación en armas» y ponerlo al alcance de canonjías capaces de comprar lealtades más allá de las supuestamente constitucionales.

 

Se elevó un nuevo concepto de nación enemiga para cualquier otra tierra habitada que no se encontrara dentro del eje de influencia del mal llamado mundo socialista moderno. Había que ir a las guerras de los insultos y las amenazas con el ánimo de destrucción total del enemigo de la nación rival. Era necesario hacer catártica la exaltación y euforia de los pueblos contra el capital nacional y extranjero que impedía su autoafirmación y auto cumplimiento de su misión histórica: destruir al imperialismo (principalmente el yanqui)  donde quiera que se encontrara. Hoy, a pesar de que existe y es fecundo el virus del mal que se expande en una pobreza galopante, ese antagonismo ha sido descartado y los socialistas de esta clase son los desestabilizadores de la paz y los causantes de un subdesarrollo casi infranqueable.

 

No obstante, no seamos ciegos. Todavía existe un fenómeno que no podemos obviar, y es aquel referido al cinismo político emprendido en la conquista del poder, el cual explica que hoy, en la posmodernidad, se exulte apasionadamente con este viejo mito de la nación política a pesar de la crisis generalizada por la que se atraviesa, así se tuviera que fomentar, como efectivamente se hace más allá de los arcaicos nacionalismos periféricos, la búsquedas de mecanismos de salvaguarda que se encajen en el establecimiento, entre otros pilares, con las olas de emigrantes, la globalización y el desafío de las multinacionales, el repudio generalizado a la guerra financiera desatada por la banca capitalista que nos ha devuelto a las mesnadas de decadencia, las integraciones supraestatales regionales, el terrorismo internacional incluyendo, aunque controlado, el progreso derivado de la propia  Internet,  la conversión del control de naciones por grupos económicos políticos pertenecientes a una misma familia que se perpetúan en las bases de los poderes soberanos de determinada nación y la manipulan sin control alguno, en definitiva, lo despótico, el nepotismo y la impunidad conjugados tras una aparente democracia. Eso es caldo de cultivo de las extremas izquierdas desbastadoras, como Saturno existe y es la cuna de nuevas embestidas socialistas de extrema.

 

A la fecha se materializó el cambio consecuente de la implantación del socialismo moderno como sistema transitorio a una sociedad “superior”, con la novísima condición de hacer uso (y destruirlo por la vía de la corrupción y la expoliación) de las riquezas acumuladas por el capitalismo “deshumanizado” existente en varias regiones de esta América nuestra, y de ahí el provecho a favor del sostenimiento del sistema.

 

Es así y desde ahí, como se hace posible ver la reiteración de las ventajas que ofreció, en ambos periodos existenciales y fecundos, los precios del petróleo tanto para el socialismo clásico soviético en su momento como para el prototipo del Siglo XXI pero en uno y otro caso, el error fue análogo. Ese error se arrastró con consecuencias desbastadoras. Nos referimos a las reformas de adecuación económica encaminadas a superar condiciones de inoperatividad y apatía humana y desinterés productivo inconsecuentes con la competencia con el capitalismo. Estas reformas, que debían ser de fondo y rápidas,  fueron postergadas, y desde  ahí se gestaron las causas del deterioro sistémico posterior.

 

La reformas necesarias que necesitaba el sistema socialista se dilataron producto del  colosal ingreso de divisas, principalmente dólares norteamericanos, que se producía gracias a las exportaciones petroleras tanto de la extinta Unión Soviética como luego de Venezuela. Este “boom” condujo al error de la postergación, y dejaron un sillón de laureles para el florecimiento de la ineptitud escondida de estos gobiernos. El consecuente miedo imperó como impera hoy día en Cuba. Saben que, como sistema, el “hombre económico” supera al “hombre ideológico”, y eso no lo pueden ocultar bajo ningún concepto. La sociedad de consumo de nuevo desplazó y sobrepasó en el camino histórico la sociedad ideológica. El hombre se desgasta en la ideología y disfruta en el consumo. Las limitaciones a ambas es cuestión de inversión en la educación; o demás es pura tautología comparativa. Un pleonasmo académico bastante abusado.

 

La principal diferencia respecto a estos momentos económicos en ambos estadios históricos, se centra por un lado en los costos de expansión desestabilizadora de los Movimientos de Liberación Nacional en Centro, Sur América, el Caribe y África de aquel entonces, sostenidos por el “bloque socialista liderado por la extinta URSS”, en comparación, con la compra de influencias que el gobierno chavista desató creando un nuevo  eje de conflictos en las mismas zonas geográficas, con la salvedad de que África ya no estaba directamente  en el juego y, por otro lado, esta misma ventaja en  los precios de los hidrocarburos, en lo esencial el “oro negro”, se materializó en el enorme flujo  de dólares procedente de los países productores de petróleo del “mundo árabe” (los conocidos  petrodólares) que se entronizaron a favor de cualquiera que los requirieran por conducto de los organismos financieros internacionales que se establecieron en dicho sentido; de ahí el endeudamiento que el mundo socialista contrajo, que se sintió en el efecto beneficioso que producía el  ingresó a su economía de capitales y tecnología desde Occidente, pero que, como prestamos al fin, había que retornar, y ahí se estableció y emergió la realidad del impago: la ineptitud del socialismo de generar riquezas propias.

 

La escritura en piedra queda que el socialismo necesita de un centro generador de influencias regionales de fuerza y de subsidios. La concebida división internacional del trabajo socialista, la cual negó las ventajas comparativas de dichas naciones incorporadas y las sustituyó por un impuesto e improvisado sistema de asignaciones de “desarrollo productivo e intercambio”, fue también un rotundo fracaso. Su cumbre se estableció en  el conocido Consejo de Ayuda Mutua Económica, más conocido como el CAME, que contrario a sus flamantes enunciados políticos de asegurar un desarrollo equilibrado de sus países miembros, solamente garantizó (muy inteligentemente), la dependencia soviética, y redujo a los otros países “amigos” a cumplir con sus postulados quinquenales de crecimiento económico, que fundó en una inoperante participación internacional dentro del eje que llego a establecer un Banco de descuento de deuda e intercambio, que de igual manera colapsó.

 

Por solo citar un ejemplo, dos de las naciones “más beneficiadas” fueron Cuba y Vietnam y, en ambos casos, se convirtieron en centro de enfrentamientos con los Estados Unidos, y sus respectivos territorios se convirtieron en cónclaves políticos y enclaves militares. Los resultados del intercambio económico fueron desbastadores respecto a sentar una industria nacional propia, autónoma y productiva; tanto fue así que se impusieron planes de desarrollo extensivos y no intensivos, es decir, todo se empezaba y nada se culminaba. Seguir abundando en el tema seria dolosamente extenso.

 

Vietnam se apartó oportunamente de ese infortunado carril. Sus resultados comparativos hablan por sí solos.

 

Ahora bien, a pesar del flujo de recursos disponibles que el socialismo disfrutó a riendas sueltas  y también dilapidó en un una etapa en empresas militares “internacionalistas y de liberación” ya conocidas, y en la modernidad en sembrar dependencias económicas como las actuales, en ambos momentos nunca alcanzó condiciones de competitividad económica con su principal rival y según ellos mismos el causante de los males de este mundo: los EE.UU., así como también  el mundo capitalista occidental, sino que tampoco ha podido cumplir, bajo ningún principio doctrinal o de reformas, con una política social de distribución equitativa de la riqueza, como lo enarbola su propia doctrina como régimen socialista; por el contrario, ha dejado al descubierto una brecha insuperable de desigualdades entre el trabajador común y su condición de esencial en el proceso generador de riquezas nacionales, y el pandeado “dirigente”, lo que unido al desbordante en el aparato burocrático político fusionado con el Estado, desató una problemática respecto al desinterés de la clase obrera de producir, y se lanzó a la búsqueda de una comodidad de ser, o aparentar ser, un cuadro político del sistema proveniente de la vanguardia obrera. La política, como siempre ocurre en cualquier sistema, destrozó la vía propia de existencia de la economía. Así, también hemos visto la turbulencia nefasta del Estado político con su control regulativo excesivo e inoperante sobre la economía.

 

Es innegable que el sistema de representación política del socialismo actual vive, entre otras, dos realidades paradójicas: un parlamento inútil y en extremo ineficiente, públicamente  manipulado en materia legislativa, pero a su vez muy débil en el orden del poder político. Esta condición  conduce a la ingobernabilidad efectiva, y de ahí su salto al establecimiento  de una marcada dictadura gubernamental que desdichadamente rige los destinos de las naciones más prominentes de este socialismo “moderno” del Siglo XXI que, en todos los casos, ubica a la élite dirigente del gobierno muy distante de la normalidad democrática.

 

Lo anterior ha sido tan burdo que ha despertado públicamente la conciente manifestación y expresiones populares de inconformidad, lamentablemente con su contenido de  violencia represiva. Cuba no ha estado aislada de esta problemática, y ya no solo en la capital cubana, sino que más enfáticamente en distintas regiones de la república, más concentradamente en la zona oriental del país, con larga  data de rebeldía, se han despertados focos organizados de rebeldía opositora a los postulados gubernamentales castristas. La razón de ser un aparato gubernamental falaz, incompetente, corrupto y marcadamente desgastado, sin credibilidad de ninguna índole, ha sido el canal por donde se ha desplazado, muy legítimamente, dicha oposición social, a pesar de no poseer un empadronamiento que le permita el éxito de final en sus acciones.

 

En este contexto socio-político actual es conducente y resulta totalmente plausible el rechazo del ciudadano corriente a los partidos políticos o cualquier agrupación que posea semejanzas con estos.

 

Respecto a Cuba, el cubano ahora es más apolítico que nunca, pero a su vez más incrédulo en su existencia, haciéndolo más capaz e independiente en su condición ciudadana ante ese panorama en el que sus acciones de apostasía son cada vez más convincentes de que el  gobierno existe solo dentro de su desgastante y desconcertante pero peligrosa actuación que ya supera más de cinco décadas.

 

Para el ciudadano cubano de hoy en día, y más a la juventud madura, se hace imposible convencerlo de que analice, desde el punto de vista de la argumentación y estructuración democrática que rige solo para beneficio manipulado del gobierno, que su voto es efectivo aunque sea a favor del menos malo, o del menos corrupto, e inclusive del menos inepto, ya que su percepción de una realidad deforme de una democracia a lo conceptualmente socialista, y por demás impuesta, no la puede superar, ya que esa imposición estructurada del gobierno es la causante de que le impida, y más que eso le niegue, pensar en emprender proyectos propios conociendo sus capacidades y también sus limitantes, pero basado autónomamente en sus normales y necesarias ansias y deseos propios de crecer en bienestar, como cualquier ser viviente racional. A esta última generación de cubanos no le importa para nada esta temática ideológica y enmascaradamente coactiva y represiva de afanes, ya que conscientemente sabe que es mentira. Es imposible no considerar la orientación ideológica que tenga el único partido por el cual se vote y la que posea el ciudadano mismo como elector. Ese es el crepúsculo del desinterés social concebido por grupos de poder sin representación efectiva, conducente al auto desplome de un sistema electoral por inservible, es decir, la apatía participativa oculta y silenciosa de ir a votar por cualquiera es la que reina.

 

La realidad derivada es que la crisis de gobierno ha hecho metástasis en todo el Estado cubano y, por supuesto, acota y da lugar a procesos tan vulnerables en su credibilidad como son los programas de aplicación y reformulaciones del sistema económico socialista cubano que anuncia un  nuevo orden socialista mundial conforme a la “nuevas  realidades del capitalismo”.

 

Los creadores ideológicos de esta nueva “embestida”, son nada más y nada menos que los mismos desbastadores del actual sistema que solo buscan tiempo de subsistencia y  oportunidad de expoliación, acomodo familiar y de grupos cercanos, siendo, además de igualmente ineptos, conocidos y pésimos dirigentes gobernantes cubanos convertidos en la antesala de la implosión, en los consagrados apóstoles salvadores del mundo que pregonan el establecimiento de una nueva economía nunca vista y realmente capaz de superar cuanto obstáculo apareciera en el camino a las cumbres luminosas del socialismo. Es la perfección doctrinal jamás vista por la humanidad. Más que ingenuos mentirosos, son unos incompetentes regentes y tecnócratas de muy poca monta que, ya sin escrúpulos, son capaces de engañarse, como lo hacen a ellos mismos.

 

Qué más lúgubre aplicación con tapujo de reformas que el terrible juego de los espacios dados a los cuentapropistas, los cuales penden de una extrema discrecionalidad gubernamental no reglada para hacerlos sucumbir en cuestión de segundos y sin más derechos que el silencioso lamento. Todo ello es una simple pincelada para que encuentre espacio la inquietud, y a cambio hacer valer exigencias de cualquier tipo de reivindicación social, jurídica, política y hasta delictiva dentro de un gobierno que hace sucumbir una nación sin más justificación que aquella de mantener su ya apesadumbrada existencia en el poder.

 

Lógico de pensar como justificación de culpa y que como tal no se dejó escapar para ir al suelo, sino por el contrario, los mecedores ocupados por la cúpula de la dirigencia política nunca aceptaron que sus capacidades expuestas en la imposición de estrategias de desarrollo económico e incentivos no dieran resultados, sino, por el contrario, fueran  nefastas desde su mismo nacimiento. Ante este fenómeno, que realmente en su esencia se fueron gestando mucho antes de la crisis económica, se  responsabilizó al ciudadano, al obrero simple, al técnico y el dirigente intermedio, que fue utilizado como punta de lanza ejemplarizante de los errores que en realidad vinieron desde arriba. Las defenestraciones han sido muestra de tan desproporcionada actuación.

 

Desde el “inmaculado” centro de poder, emanaron y se impusieron criterios que buscaban dar una visión justificada de que el  problema estaba en el falso resultado mercantil de la  economía fuera del alcance de los contextos tanto políticos como ideológicos del sistema y, por ende, se desarrolló un excesivo individualismo y conformismo que empujaría a los ciudadanos a la apatía económica, y con ello política, que los impulsaría a alejarlos  de la esencia del hombre nuevo socialista. En el fondo, el despertar de hombre económico asustó a las falsas paredes políticas que lo sostenían. El derrumbe de ese submundo es inevitable.

 

Realmente la historia fundamenta varios  momentos en los que  se adecuaron condiciones de desmembramiento sistémico del socialismo. Ahora bien, la gran diferencia es que la nefasta condición de expoliación directa, corrupción abierta y desgaste institucional que el sistema vive en la doctrina socialista actual del Siglo XXI, ha tomado su máxima expresión en Venezuela y Angola, aunque esta última, por la condición aun tribal de su organización social y política, justifica más el fin.

 

Mientras Fidel Castro respiró, Cuba en este sentido era más tenue en su exposición. Ahora no.

 

Lo común es que en ambas formas (la pública y la encubierta) de mal gobierno son sinergia de la falacia de un sistema donde se reproducen, tanto doctrinal como institucionalmente, las inconsecuencias ajustadas al sistema, ahora agravado por la expoliación, la corrupción, el fraude  y la falta de legitimación gubernamental.

 

Para cualquier gobierno de corte socialista totalitarista, materializar su política legislativa es cuestión de mero trámite. La simple manifestación, una mera intencionalidad de ejercicio de poder político (no hablo soberano), puede convertirse en una norma jurídica fundada en el principio de que el derecho es la voluntad de la clase dominante erigida en ley. Si bien como principio es válido hasta el límite de la producción legislativa, y no así desde la estructura científica e histórica del derecho, el empeño político desmedido ha hecho mellas significativas en el deterioro del Estado de Derecho. Lógico es que para entender que esa voluntad de la clase económicamente dominante, en este caso las “masas desposeídas”, y razonar la tónica de que si es trabajadora con posesiones (aunque sean simples) está excluida de este “selecto grupo”, se hace tan simplista como convocar una “consulta popular”, e inclusive un referéndum de corte constitucional, para así aprobar una carta magna reflejo de la condición de existencia del núcleo máximo de liderazgo del grupo y, a su vez, dejar sentado que el partido elitista que gobierna y único en su existencia legal, es la unidad de vanguardia supranacional del Estado, es decir, está por encima del Estado y solo en él (partido político) radica la soberanía y la nación.

 

Esta acepción de corte radical, se ha visto  superada solo en parte  por una representación, siempre “leal”, de la oposición, ya que en el trasfondo es fácil desintegrarla como condición de oposición política. La apariencia democrática ahora es elemental sostenerla.

Ante este traumático panorama, es cuestión de mero trámite organizado o, mejor dicho, conspirado dentro de la estrecha esfera de un órgano político subordinado que atiende la esfera legislativa y judicial, y cuando se dice “que atiende”, es que dirige y determina su funcionamiento, producir leyes a imagen y semejanza de ese partido político único y por demás excluyente. Ya el razonamiento no cae en los conocidos “grupos de intereses” de esta democracia imperfecta nuestra, sino de partido político único regente y no precisamente “de turno”. Por ende, la formación de sus propias leyes para que los amparen de forma directa en sus actos de gobierno, incluyendo la despatrimonización de la nación, poder disponer del peculio público sin rendir cuentas, el acceso a las arcas financieras de todo un país y su patrimonio cultural, histórico, incluyendo el humano, y con ello al pillaje, también son actos de mero trámite.

 

Consecuentemente, otra arista no menos penosa es la concerniente a la inseguridad jurídica que golpea contaminada de nefasta intervención política dentro de un sistema inadecuado de protección legislativa y de acceso a la justicia de forma fluida y confiable. No hay jueces independientes. Tampoco existen  procedimientos adecuados para acceder a ella, y con ello limitar o al menos mitigar el exceso casi permanente en las actuaciones de los órganos administrativos y represivos que el gobierno deja galopar a sus anchas. Mancillar un ciudadano es signo de poder en pleno ejercicio. Un simple policía de barrio, más que servir y proteger, intimida y abusa, e inclusive extorsiona. Amilanar a las personas, vejarlas, o virtualmente utilizar desmedidamente la violencia, es la forma más sencilla que pueden utilizar para coactar el poco acceso a la justicia de un simple ciudadano. Este problema también es de fondo. Desgraciadamente, la justicia se suicida reiteradamente en los templos amancillados por la política.

 

Es lamentable pero ciertamente probada la aplicación, como política del gobierno, de la doctrina concerniente a la depravación total del hombre, su enajenación hasta llevarlo a buscar una única salida antes de oponerse políticamente, es decir, buscar el escape migratorio a cualquier costo de resultado.

 

A lo precedentemente apuntado se suma y ya se puede hablar de la definitiva crisis de legitimidad del conjunto del sistema político del gobierno cubano, incluso del régimen como tal. Todo ello, si atendemos a los rasgos estructurales de tal deslegitimación que fatalmente se detuvo en su recorrido ante la errada política de la anterior presidencia demócrata estadounidense, que la enquistó, y por ende llevó a su rasgo más conservador, que buscó justificar una sobrevivencia infundada en unas relaciones que dañó a la población y no a los gobernantes.

 

Mas inconsecuentemente todavía, y como sostén, el gobierno cubano oculta el derroche de recursos y la reiteración del fiasco en planes alimentarios y de salud. Ahora se encamina a demostrar un nuevo orden del socialismo; de ahí comienza un inútil rejuego de “corrección de errores” con un “mea culpa” que manosea el ridículo. La estúpida frase  de “ahora si vamos a construir el socialismo” desencadenó la ya acertada duda del fatalismo sistémico cubano y la pregunta popular fue: ¿y antes que estábamos haciendo?

 

Ya fue y es tarde para un cambio en la “reglas del juego”. El retorno a unas mediocres reformas de economía doméstica se fue desgastando. La “válvula de escape” migratorio se desplomó y se convirtió en crisis migratoria propiciada por el propio gobierno, incluyendo el trafico institucional de seres humanos y otras formas basadas, como ejemplo, en la ayuda a terceras naciones con profesionales de la salud y otras ramas del conocimiento, a sabiendas de sus posibles altos índices de deserción. El hombre y su capacidad se convirtieron en ficha de compensación de deuda y servidumbre. Cuba no tiene casi que ofrecer, y Venezuela no tiene casi nada que dar. Solo se intercambian sus propias crisis y corrupciones.

 

Obedeciendo al medio ya acusante en sus efectos, las instituciones se hacen cada vez más inoperantes y con ello se incrementa la burocracia de lo “imposible”, ante la solicitud ciudadana que apenas recibe protección de la misma voluntad reglada de la administración. Los organismos y órganos del gobierno son más ineficaces, y se objeta la necesidad de su existencia hasta en lo económico.

 

Las instituciones son consideradas por la población como un nefasto obstáculo. Su desaparición ha sido drástica, y la justifican en que el “Estado paternalista” ya jugó su papel, pero no reconocen que por naturaleza es ineficiente. Reiteran, sin medida alguna, que la ineficacia en esta fórmula es precisamente la forma de gobierno y no la  institución en sí, la cual se erige como un reflejo de la política de gobierno aplicada, y menos aún sus ciudadanos. Esto condujo más por necesidad y despecho, pero de forma indefectible, a la implementación de una política de incorporación a las “actividades productivas directas” que  justificara una asombrosa pero ya necesaria masa burocrática que salía a la calle en busca de nuevas fuentes de empleo e ingresos,  que conllevó a la  reforma de “empleo libre”, concibiendo entre ello, el privado. Nació así una nueva denominación del empresario o comerciante individual: el cuentapropistas; eso sí, sin protección legal de tipo alguno; por el contrario, sometido a cualquier interpretación política respecto a su existencia. La respuesta de la cúpula dirigente  no se esperó y echó a andar su campaña de estimulación ideológica para la “comprensión” del y sobre el fenómeno acaecido. De nuevo la culpa no se derramó al vacío.

 

Paralelamente, pero de forma mucho más tenue por la falta de publicidad, se comenzaron a remodelar los mecanismos de reducción visible pero no real del peso político del partido en la vida económica y social de la vida cubana, y a su vez de las organizaciones aceptadas dentro del estrecho margen participativo que estas poseen.

 

Las supuestas reformas no han podido superar los obstáculos que aún se mantienen, ya que realmente no son reformas, sino enunciados de campaña política que permiten, en cierto sentido y de forma encubierta por una “licencia”, el ejercicio de una que otra actividad mercantil.

 

Lo más palpable en este mismo acaecer de cosas, es lo que se manifiesta abiertamente en la contradicción existente entre el gobierno y el espacio de actuación social y económica emergente como resultado de la crisis .Este espacio público cada vez más desenfrenado contra la regulación estatal está disociado del poder, y este último (el poder) le impide  cada vez más entrar en el real espacio privado de la libertad empresarial y la competencia de mercado. La respuesta a esta condicionalidad de zona de acción es la presencia abrumadora y represiva del gobierno en la esfera ideológica, económica y humana de actuar, la cual utiliza en su último aliento de control. El estertor sistémico a pesar de las tenues reformas es notorio, pero peligroso en su desenlace. La guerra de intereses no será fácil de esquivar. Desafortunadamente, el “pase de cuentas” existirá.

 

El autogobierno social y económico, a pesar de su ilicitud a la vista de la jerarquía castrista, es cada día más extensivo respecto a la ciudadanía, e intensivo en sus resultados de grupo, aunque el temor ciudadano aún pesa en las decisiones de grupos organizados al “margen de la corrupta ley” socialista.

 

Este camino de expoliación y corrupción gubernamental, la marca notoria de la putrefacción adquisitiva del gobierno cubano, se concentra en la absorción directa y sin límites de escrúpulos, de los entes que aun generan ingresos en moneda extranjera de cambio y de aquellos poseen fuerte potencialidad de asociación o recepción de inversión extranjera. Estamos en presencia de la apropiación encubierta de los entes productores de riquezas jamás visto en la historia de esa dolorosa Cuba. El gangsterismo gubernamental campea libre y en toda su extensión. Lo más decadente es que lo hace de forma “legitimada” por obra y gracia de un gobierno ilegitimo.

 

El nepotismo dentro del aparato gubernamental cubano es público y notorio. Es acuciantemente, pero actualmente imposible, ponerle un freno. La desenfrenada carrera por acaparar riquezas a costa del pillaje es tarea diaria de un selecto grupo de poder vinculado a las “familias reales” de este moderno pero degradante socialismo.

 

La mayor prueba de ejercicio corrupto y de claro nepotismo está en el alter ego (otro yo) del conglomerado militar denominado GAESA. Este oportunista corporativo se ha adueñado, sin más trámite que el de mando impuesto y sin regulación racional y  jurídica alguna, de más del 70% de las entidades nacionales, tanto estatales como paraestatales de capital jurídicamente privado, ya sean estas internas (onshore) o externas (offshore), capaces de generar riquezas. El monopolio del comercio exterior solo queda a la funcionalidad burocrática del sostenimiento de la casi extinta economía nacional centralizada.

 

El socialismo cubano siempre alega la existencia de una crisis del capitalismo capaz de  conducir a los estallidos sociales consecuentes con las revoluciones populares; sin embargo, luego de alcanzado ese poder, aun en estas eras por la vía popular del voto, se reitera y produce el viraje de un satanizado y desenfrenado deseo de riqueza del grupo de poder, que llega a amasar fortunas ya incalculables. El despojo fraudulento de la riqueza nacional es parte de la existencia de estos gobiernos corruptos del llamado socialismo moderno del Siglo XXI.

 

Ya hoy Cuba es una nación técnicamente quebrada y políticamente decadente. Las condiciones de insolvencia actual la llevan a un estado insuperable de incumplimientos constantes de sus obligaciones de pago tanto nacional como internacional, las que, por demás, han dejado sentado, entre otras condiciones, su categoría crediticia de alto riesgo de impago. El gobierno cubano también ha demostrado su incapacidad y su ineptitud administrativa, así como su incredibilidad y falta de buena fe, financieramente hablando.

 

La distorsión monetaria y de cambio es aberrante. La moneda nacional es un popelín de circulación oficial sin capacidad adquisitiva, y esa es la que posee en su inmensa mayoría la  población.

 

El panorama y el lastre dejado más sombríos no pueden ser. La nación no produce riquezas, y el gobierno se apropia de lo poco que genera ingresos válidos. La reconstrucción nacional cada día se hace más necesaria, insuperable pero dolorosa.

 

Internacionalmente, y sin precedentes anteriores como alegato institucionalizado, la presidencia actual de los Estados Unidos de América, en contraposición al fatal y ególatra juego de la administración anterior, expuso que el actual gobierno de Cuba, y así lo acusó abiertamente, era un “gobierno corrupto y desestabilizador”. Una reiteración de décadas de denuncias al fin tuvo su oportunidad en un podio de la magnitud, aunque  reservada operativamente, de las Naciones Unidas. El condicionamiento a que el castrismo emprenda reformas fundamentales, reales y efectivas, se puso sobre la mesa.

 

Que lamentable es escuchar en un foro internacional, en la voz de un mandatario legítimamente electo, que el Gobierno cubano es corrupto y desestabilizador. Una verdad a voces durante las últimas décadas, que ahora retumba en los pasillos de la más alta diplomacia dentro de la avenencia de las naciones. Esa es la verdad que sopesa en esa ya casi infecunda nación.

 

Se respira en el ambiente general una desesperanza ante lo incierto, y la sensación de no ser dueños de nuestras vidas está deprimiendo y paralizando la capacidad de acción de las personas.

 

Se dicen muchas cosas, se proponen cantidades enormes de caminos, y me parece que la gente se siente abrumada por la tarea que se le pide. A estas alturas de sus vidas es difícil o casi imposible que piensen en un futuro alternativo al que proyectaron toda su vida. Se le demanda a la gente que no delegue la responsabilidad de tomar las decisiones  ante una desconfianza total ganada a pulso por la clase política. Las personas ya se sienten defraudadas por sus propios representantes. Se aprecian que no son capaces de solucionar las situaciones. Pero saben y están conscientes que se les miente, que se les engaña.

 

El descrédito del sistema político cubano es de tal magnitud que se hace imposible calcular su nivel de insolencia. La máxima dirección de la cúpula del gobierno cubano ha perfeccionado su metodología del cinismo. Posee un contumaz y alto sentido del ridículo gubernamental, manifestado en la extinción del contenido de sus propuestas. Lo reiterado de sus delirantes ideas pone en tela de juicio su capacidad racional de ejercer el poder. El Partido Comunista de Cuba gobierna al vacío, y eso hace letal su ejercicio de gobierno frente a la nación.

 

En el sentido literal del concepto de ineptitud, la realidad existente así lo demuestra, y el pueblo cubano sabe que el gobierno que posee es malo, que  miente y es  ilegítimo, por lo que precisamente ahí, en los límites de la razón del pueblo, es donde nace la falsa creencia del gobierno que muere.

 

En Cuba la problemática sistémica de su gobierno es irreversible. Políticamente es un sistema en plena extinción junto al llamado socialismo del Siglo XXI; la forma de su economía es inviable, y socialmente es servil e inexistente en cuanto a sus proyecciones. El cambio de fondo es, per se, la solución a la problemática cubana. En suma, no hay identidad entre el gobierno y el pueblo.

 

Los mitos del socialismo y sus efectos en la historia solo quedan para aquellos que viven de forma inconsciente y otros que los convierten en ídolos, adorándolos fanáticamente a pesar de que la mayoría los aborrece. La sentencia es de contenido histórico y no de interpretación humana.

 

El socialismo, para el bien de las naciones, colapsó. No obstante, aún no hay fórmula definitiva a favor del bienestar humano. Como seres imperfectos y falibles que somos, no hemos logrado un pacto equilibrado entre gobernantes y gobernados. Lamentablemente sufrimos los embates contra la democracia, y a veces somos “ciegos por interés y conveniencia” ante tal desafío.

 

Hoy la razón humana excede con creces cualquier fanatismo, incluyendo el  político, y así lo ha hecho sucumbir. Por ende, lo que si queda claro es todo repudio abierto a cualquier gobierno que actúe Hostis humani generis (hostil al género humano) y como sociedad racional e imperfecta buscamos, desenfrenadamente, ser Amicus humani generis (amigos del género humano).

 

Buenos días y buena suerte.