Cubanálisis   El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS            

 

 

                               Dr. Pablo A. de Cuba

 

 

 

 

 

 

     

                                      

 

El “real socio” inversor extranjero en la Cuba de hoy

 

El lamentable uso concurrente del diletante “verbo conjugado del ignorante”, campea hoy en los criterios de soluciones para una Cuba que esta fuera del alcance, sea para mal, de la práctica internacional del comercio y las finanzas. Mejor aún expuesto, esa nación está, a pesar de sus inventos cuasi reformistas de economía, aún lejos del mínimo concepto de libertad y con ello, por complemento, de libertades civiles y económicas. El gobierno cubano está muy lejos de garantizar su existencia con cualquier tipo de “reforma o medidas de ajuste”. Hablar hasta hoy de economía en Cuba se resume en el mal uso de recursos, el despilfarro y, en fin, la quiebra. Abordar este pequeño pero dañino elemento  es basar una explicación tautológica referida al fracaso.

 

Para los orates parlantes de la “unidad,  la conciliación y la reconstrucción de la nación y el pueblo de Cuba”, la crítica situación de existencia en la pobreza y la disfuncionalidad social hay que superarla; ahora bien, muy pocos de ellos (además de ser exiguos al menos los públicos), son capaces de aportar formulas, salvo aquella compuesta por  los “mojitos habaneros” y uno que otro curso de una semana logrado bajo una “licencia educacional” que los convierten en “expertos, conocedores a profundidad e inclusive estudiosos” de la realidad cubana. Estos personajes (muchos de ellos personeros nefastamente inútiles), son incapaces de recurrir a la fatídica inoperancia del sistema que, además, detesta sus propias propuestas y viajes de fachada cínica, ya que inexcusablemente ellos (el propio gobierno cubano) saben que estos protagonistas de “tontos útiles” (o más bien inútiles), son incapaces de solucionar nada. Los conocen y saben del sector infértil del exilio cubano de donde provienen y por “donde cojean”, pero los usan, ya que si para algo sirven es para tratar de canalizar sus “monsergas” del “bloqueo” y otras obstinantes y aburridas exigencias en pos de lograr una nueva forma de relación entre ambas orillas, perdón,  gobiernos, en pos de un “subsidio gubernamental”, pero ahora no a lo soviético, sino a lo yanqui.

 

La “perorata” constante de la  propaganda a favor del gobierno cubano fue diseñada para establecer una supuesta y urgente necesidad de instituir las relaciones entre USA y Cuba desde la Casa Blanca fundada en la máxima (convertida en consigna repetitiva de papagayos) de la “falta de éxito de la política llevada contra los Castro”. La falsedad estremece de forma sencilla esta pésima base expositiva en su contenido, máxime cuando esa política nunca, y reitero nunca, fue aplicada de forma seria y consciente por ningún habitante y con ello partido gobernante de turno. Esta desacertada conducta política llegó a desvirtuar con una aberrante intromisión hasta al poder judicial de esta nación, con “potestades” para inclusive “suspender” la aplicación de una ley en el ámbito procesal respecto a juzgar y poner saneamiento al “uso o tráfico” de propiedades usurpadas por el gobierno en el proceso de expropiación cubano a principio de la década de los 60, que condujo a establecer una “servidumbre” a favor de entidades extranjeras dentro del territorio cubano con prácticas discriminatorias en el ámbito laboral.

 

Lo peor es que, al final de este peligroso juego contrario a las esperanzas de un pueblo (reflejado en su flujo migratorio de más de 70 mil en el 2015 sin visas, y varios miles en espera), encontramos una gran mentira lacerante y obtusa fundada canallescamente en que “al legalizar las relaciones comerciales y bancarias con Cuba, EEUU empoderará al pueblo cubano”. La verdad es todo lo  contrario, ya que, precisamente el régimen cubano busca una “transfusión” de capital fresco (no una mera inyección) proveniente principalmente de EEUU, a sabiendas de que estos capitales solamente pueden ir a sentarse en las cuentas de los monopolios en manos del Estado, en especial los conglomerados empresariales controlados por los militares (Ej. GAESA). Cualquier sociedad mercantil que se constituya con una parte estadounidenses, por solo citar un ejemplo, en el turismo, pasarían a ser socios minoritarios del ejército cubano vestido de traje o guayabera, el cual es el real y efectivo dueño de la industria turística. Eso, en las condiciones actuales,  trae aparejada una abierta “conspiración” a favor y en beneficio del estado de servidumbre ocupacional (laboral) de una masa poblacional desposeída de dicho “empoderamiento” del cual alegan ya en forma de ridícula campaña (aseveración de letargo intelectual).

 

A estos desmerecidos saltamontes la cúpula actual cubana les ha estado aplicado el “no los queremos; no los necesitamos”, y suenan menos en las calles miamenses y en las habaneras. Muchos de ellos no han vivido, en lo absoluto, bajo el desafortunado gobierno cubano actual y, menos aún, han recibido el efecto de sus políticas; todo lo contrario, numerosos de ellos rozan el límite de la “bitongueria”, el oportunismo de “fachada”, el cinismo y el miedo (cobardía) existencial. Lógico, luego de la visita de Obama  ya tienen menos servidumbre externa para sus propuestas. No obstante, buscan o les buscan nuevas “tareas” de cumplimiento. Lástima de ellos que quieren mantener con cara de “cambio” lo que no funciona: el socialismo. Sistema este que ahora disfrazan en un Congreso de grupo que expone poseer “confianza en la actualización del socialismo próspero y sostenible que construimos” sin que esto signifique, bajo ningún concepto, “el sacrificio” de la soberanía de la isla (que recae en su único y excluyente partido) y establece que “el desarrollo económico, la lucha por la paz y la firmeza ideológica son las principales misiones del partido”, según especulación verbal expositiva falaz e irónica y sin trascendencia popular de un fatal Díaz-Canel.

 

El gobierno cubano busca una vez más, por cualquier vía o formula, siempre y cuando esté bajo su insuperable égida y lo más cercano a la legalidad posible, la captación de inversiones de capitales foráneos para tratar de amortiguar y descontar en algo el desastre de su propia política económica. Para estos militantes de grupo, el fracaso consiste en “desequilibrios estructurales” capaces de ser superados por la “fuerza ideológica y empeño” (voluntarismo) del partido gobernante cubano, donde en definitiva reside la supremacía estatal de la nación y su soberanía.

 

Su publicidad, en la actualidad, busca otorgar una garantía sobre la inversión extranjera. Esta inversión cada vez se aleja más de lo privado y busca la intervención financiera de otros gobiernos “amigos” con una no muy clara y/o transparente disponibilidad de recursos. Ahí está la real garantía: en una mesa intergubernamental con entidades paraestatales lista a cumplir la “orientaciones” para el mejor provecho del grupo gobernante. En ese oscuro vestíbulo de ficción, el capital privado NO entra y, por demás, perturba.

 

Es indiscutible lo que se oculta tras estas entidades que poseen, a la luz pública registral, una “independencia” en cuanto a su personalidad jurídica y patrimonio no vinculados o dependientes del Estado del cual “no tiene” que estar precisamente vinculadas respecto a su nacionalidad. El lenguaje del vulgo las identifica como empresas “fantasmas”. Es de reconocer que estos “fantasmas” son una fuente legítima de existencia en la práctica internacional comercial y financiera, y no precisamente son parásitas. Su uso determina el fin lícito de su utilidad y alcance.

 

Este ardid gubernamental ya el “latifundio” cubano lo usó de forma muy efectiva a partir de la década inicial de los ochenta, hasta el destrozo paulatino del control del MININT (ministerio del Interior) con  la “absorción” por parte del actual “monopolio capitalista de estado cubano” en manos del MINFAR, o más directo en su posición, de la cúpula del ejército.

 

Profundizar en las razones que sostienen este uso indiscriminado de entidades conocidas como “paraestatales o de esquema estatal privado” parecería infinito, pero no es así. A continuación una explicación necesaria.

 

Las bases que sostienen esta supuesta “necesidad” de sobrevivencia recaen en “deudas” más que en medidas del “enemigo imperial del norte”.

 

Una de las ficciones jurídicas (fictiones iuris) más ilustres, conocidas y por excelencia aplicadas a diario en el mundo del derecho es, precisamente, la ficción de la persona jurídica. Una de estas formulaciones recae, precisamente, en la empresa o sociedad mercantil. No en vano su abuso, es decir, el abuso del velo corporativo, se ha visto lastrado por la incesante intromisión del Estado en los asuntos de los particulares.

 

Uno de estos abusos, y que más se exacerba, es autotitularse sin medidas como “alter ego” de sí mismos (el otro yo) a costa de obtener privilegios económicos en el campo de la competencia, donde no existe necesidad de incentivos, salvo aquellos provenientes de maliciosas y oscuras intenciones como son el fraude de acreedores (deudas de responsabilidad patrimonial estatal) y la corrupción gubernamental. A ello súmele la expropiación ilegitima de bienes privados como venganza de gobierno y no como necesidad o utilidad social.

 

La base de estructuración jurídico-empresarial cubana parte del principio, hasta hoy vigente, de ser una “economía socialista centralizada” que admite algunos elementos de mercado (siempre a su discreción absoluta y favor excluyente de otra parte interesada) siempre que estos “no distorsionen” las bases de la servidumbre política y económica existentes, tales como la iniciativa propia y la mano de obra independiente. Solo el Estado revolucionario cubano, no obstante su parásita e infecunda existencia, posee la mala condición de generar empleo y riquezas. Cualquier solución contraria a este principio es atentar contra sus poderes y, con ello, ser un delincuente. Por ese simple concepto, el Estado cubano es, hoy por hoy, un Estado que ha conducido a su propia  nación a la pobreza.

 

Una sola salvaguardia es contentiva de los cánones reales para “hacer negocios” en esa hermosa isla, y se constriñe, de forma exclusiva y con ello excluyente, al esquema estatal y paraestatal que se mueve bajo los conductos del poder militar y político cubano centrado, en especial, en la familia de los Castro, y dentro de un conceptuado y bien diseñado esquema empresarial que conjuga dentro del desenfrenado “raulismo monopólico capitalista de Estado”.

 

Sin mayor abundamiento, expongo que la realidad imperante para clasificar la condición económica de Cuba es aquella que se deriva y, por tanto, es subsecuente con un “raulismo monopólico de Estado” o en su defecto, “castrismo monopólico capitalista de Estado”.

 

Este prototipo de organización supraestatal es la antítesis del intercambio del  dinero y el comercio, dado que estos últimos se han convertido en codiciados apátridas. El gobierno cubano ha logrado convertir sus corporaciones en sus sustentos, pero leales a sus  intereses. Es fácil notar lo adverso del llamado Estado incorporado en que en su extremo se colocan las corporaciones, ‘incorporando’ los gobiernos y haciéndolos sujetos a sus intereses.

 

Ya lo anterior no solamente emerge y supera la condición de “nación deudora fuera del beneficio del riesgo del préstamo”, sino que los préstamos incobrables probablemente superarán a los que se están pagando con regularidad en una desatinada cantidad, que ha conllevado a “entrevistas de acuerdos previos y no finales” respecto a acreedores tales como el Club de Paris. El dato revela la presión que enfrentan las empresas del “monopolio estatal cubano” y sus acreedores debido, entre otras cosas, a que las llamadas reformas no excitan positivamente los sectores productivos para el consumo y la exportación, por lo que la iliquidez persiste. Tanto es así que la concertación de contratos de compra internacional están sujetos a clasificaciones centralizadas tales como los “certificados de liquidez y de financiamiento”, que representan, en un “supuesto contenido literal del título”, las autorizaciones “centrales” de suscribir contratos y los términos de pago de las obligaciones contraídas, los cuales se incumplen constantemente y que llegan hasta los 365 días, es decir, los suministradores extranjeros tienen que soportar términos de tiempo superiores a un año para recibir los pagos de sus mercancías o servicios dirigidos al consumo de la parte cubana.

 

Esto trae aparejada la necesidad de descuentos dentro del mercado cubano que poseen paralelos a “usura medieval”, y con ello llevar a esta cantidad de créditos a ser considerados “clasificados”, es decir,  que corren el riesgo de caer en cesación de pagos, ya que se encaminan a exceder el 50% de las obligaciones de pago. Lástima de administración “socialista”. Hasta en lo centralizado dan pena por su mediocridad.

 

Más allá de una locura conceptual de una economía de “patronato”, han dado una nueva versión de la moneda norteamericana, es decir, del dólar, al cual le han colgado el apellido de “no convertible”, que se usa, mas allá de los inodoros financieros internos de la isla, para hacer pagos a desesperados acreedores dentro de la isla y así poder cubrir, al menos, sus deudas de gastos internos con sus deudores. Esto no es más que poner un “saldo simbólico” en números para girar contra él. ¿Hasta donde es el juego y el disparate?: no se sabe.

 

Para el actual gobierno cubano y desde su estrecha cúpula, además de conocer de su parasitaria e inoperante ideología y actuación estatal nefasta e inservible reiterada, se ha visto obligado al ajuste, en lo mínimo posible y solo para alcanzar oxigenar la presión social, a dar una solución a sus propios desempleados para evitar que conspiren (más de lo que lo hacen) en contra de su ex empleador, que se llama “Estado socialista cubano”.

 

Para cumplir con esta presión y quitarse un asunto más de encima y no un problema, aplican una limitada política gubernamental de “reformas” que se limita a la expedición de determinadas licencias, restringidas y abarrotadas de controles, para ejercer cualquier “negocito”, siempre que se encuentre incluido en su lista clasificatoria de “libertades de cuentapropistas”, como nuevo concepto legal del socialismo actualizado (nótese que no usan el conocido término, y por demás regulado desde hace más de dos siglos, de comerciante individual).

 

Un fetiche de premeditada actuación respecto a la “apertura o reforma” gubernamental en el sector económico (oficialmente denominado adecuación del modelo cubano) se materializó con la emprendida por el ahora mandatario cubano Raúl Castro, consistente en legalizar mediante la expedición de licencias (no confundan su semejanza con las OFAC),  un angosto número de actividades económicas, con el único y a regañadientes designio de proveer trabajo a aquellos mismos cubanos que el quebrado Estado tuvo que “despedir”.

 

Estas licencias, en su alcance socio-económico, no exceden una simple forma de subsistencia controlada por su propio ente emisor, es decir, el propio estado cubano.

 

El control sobre esta licencia deja expedita la vía del cierre del negocito en cualquier momento, y parte de oculta base de analizar cuando éste (el negocito) se excede de sus prerrogativas y cae en la eficiencia empresarial, y con ello genera una extensión de empleo y capacidad intensiva y extensiva del lucro (único incentivo de hacer empresa), capaz de competir con los sectores controlados por el propio y agonizante Estado que le otorga “el favor y privilegio de licencia”. Súmele a esto que estas licencias, en ningún caso, comprenden el ejercicio de profesiones y, menos aún, de asociaciones de estas, incluyendo el conocido cooperativismo (médicos, abogados, etc.).

 

En suma, combinar capital e industria (trabajo) en la Cuba de hoy, para generar riquezas,  es contrario al interés del gobierno y, por tanto, pecado contra el Estado, máxime si estas no están bajo la tutela de su control.

 

Desarrollar en Cuba un “negocito” que exceda el gastado y por demás cínico refrán popular de “bueno, tu sabes que da para vivir, pero no para hacerse rico”, puede convertirse tan destacado en el propio “rumor” social generado por el mismo cubano del día a día que, en cualquier momento, el concepto de “maceta” regresa al lenguaje clasificador del sano vulgo, y con ello activa el insano actuar de la represión dentro de la isla caribeña y “barrer” para limpiar el “malestar popular” y comenzar de nuevo en la eterna espiral de la “corrección revolucionaria” no cuesta nada (olvidar para corregir es errar).

 

Lean ahora con calma está marcada e irónica exposición:

 

Así expuesta a grandes saltos la estructura de base legal administrativa del cuentapropista cubano (conjugación del lance empresarial con el actuar económico humano de… a riesgo y por cuenta propia…), pasamos al casi indescifrable laberinto de “aquellos insumos necesarios para llevar a cabo la actividad para las que fueron autorizadas en el marco de las licencias expedidas por el Estado revolucionario”. Se asemeja este lenguaje a algo conocido y leído en las tintas cubanas de la prensa oficial cubana (única).

 

Pues “así es”, como contiene la famosa frase del catedrático filósofo y bien ponderado letrado cubano “Mamitus”, los suministros para desarrollar su “autorizada actividad”. Esa es la cantera que muy bien diseñó la cúpula gobernante cubana y la fundó, de un solo corte, en tres bases bien calculadas. La primera de estas bases es aquella que comprende al señor Estado cubano, que te vende lo que tiene para dicha actividad siempre en cualquier valor a la par reflejado en moneda dura que ellos mismos emiten y descuentan a su libre capricho (CUC). La otra base (segunda), se sostiene en el principio de que “ya puedes viajar” donde te den visa y, previo pago de la tasa aduanal que corresponda (no incluye el soborno), puedas entrar al país lo que el propio Estado deja internar en sus fronteras (nunca importar) y que sirven al mantenimiento de tu licenciado negocio.

 

De ahí vemos que muchos de estos negocios gastronómicos de poco acceso nacional exponen como “exclusividad” varios productos (incluyen insumos) al haberlos comprado por ellos mismos en el extranjero, es decir, poseen un valor añadido de “viaje compuesto con compras”, que ofertan al consumidor como parte de una diferenciación de la “croqueta nacional”. Típico del tercermundismo idólatra.

 

Considero necesario hacer un aparte para la tercera y principal base, reitero, principal base, donde se erige todo este maderamen, y es aquella siempre omnipresente y calculada a nivel sentimental que son las “benditas y santas remesas”, que deben de ser el sustento de argumentación para erigir un monumento al real sostén del gobierno cubano: el “subsidio” externo del exilio cubano (omni, es por la razón de estar presente a la vez en cualquier parte de este mundo).

 

Por la gracia de cualquier santa omnipotencia más allá de la humana, sin pasar por la tercera base no llegamos al home ni anotamos carrera. Hay que pasar por la tercera para anotar y, además y muy importante, ganar el juego.

 

El conducto, o mejor expuesto, el canal que más cuida el gobierno, y que es cada vez más caudaloso en tanto y en cuanto salgan y se establezcan más cubanos fuera de la isla, es el de las remesas. No hay otro, reitero, el de las remesas. El cual ha sido usado por varias décadas por el gobierno cubano a los fines “humanitarios” de solventar su crisis a costa del sentimiento de las familias que apenas poseen para subsistir, y que el mismo desunió, dentro de la cada vez más profunda crisis institucional y económica que  sacude a esa isla del Caribe.

 

Los altos montos (cientos de millones) que han circulado desde el exterior hacia las familias cubanas dentro de Cuba han sido la base de expropiación pasiva que el gobierno ha utilizado por medio del control cambiario, con el nacimiento de las conocidas CADECAS y el CUC (certificado de divisas conocido como “chavito” en honor al pequeño peso cubano que circuló en la otrora República pre revolucionaria y que se ha constituido en un insospechado homenaje popular a la ausencia y al recuerdo).

 

El Gobierno cubano nunca ha asimilado las remesas como una fuente de emprendimiento de negocio lícito (lo ilícito siempre lo han convertido por política contra natura a la economía doméstica). Pensar que el sostén de sus “enemigos nacionales” sea una fuente de generar riquezas les da un permanente pánico existencial. Ellos saben a profundidad que la independencia económica es la antítesis del poder político, y en virtud de ello obran sin mediar escrúpulo alguno.

 

El Gobierno actual de la isla necesita, y con ello requiere de forma incesante, que el régimen de inversión extranjera recaiga en los sectores económicos y financieros bajo su control. Es decir, invertir con “ellos, en ellos y a favor mayoritariamente de ellos”, y que el “riesgo”, como tal,  sea de responsabilidad real subyacente absolutamente foránea. A esta “mayoría participativa”, agréguenle comisiones por salarios, tasas, impuestos, licencias y demás atributos propios y exclusivos de los gobiernos. Ese es su objetivo.

 

Hablar de garantías de índole financiera y legal en Cuba es tratar de hacer un pacto de retroventa en la siembra futura de lechugas en Plutón. Lo real y notorio se enmarca en que aunque las leyes dentro de la isla cambien a diario, y no hay una definición clara de lo que es legal y legítimo a los ojos de un simple asimilador emprendedor, en el uso de una empresa simple de inversión la idea de capital de riesgo (venture capital).

 

Para lo anterior, las remesas no constituyen un atrayente gubernamental para las “fincas del Sultán”. La tenencia y administración independiente del dinero proveniente de las remesas a favor de los cubanos es incompatible con el régimen de control y servidumbre del actual gobierno de Cuba. Aunque lo digan o lo escriban, la inversión por la vía de las remesas familiares en pequeñas o medianas empresas de cualquier índole es, hoy por hoy, impensable ponerlo a la mesa de negociación con la cúpula gobernante cubana.

 

El socialismo nunca ha funcionado. En la Cuba de hoy se vive sin ningún incentivo de creación, ya que el éxito material está reservado para los clasificados por el régimen, y para el resto, exceder lo entendido por el propio Gobierno es un pecado.

 

No podemos olvidar jamás que en esa isla caribeña rige un feroz gobierno central que puede y, de por sí hace, lo que estime y quiera. Nada importa más que ellos mismos. Lo demás es asimilar un marcado cinismo infantil para después del diluvio.

 

Fuera de esto, no hay nada para nadie, así tenga el grupo de poder que tenga, y menos si es foráneo y proviene del norte, y no precisamente de Canadá. Al gobierno de los Castro siempre le ha gustado jugar a las conspiraciones del descrédito, y eso, ahora y mientras uno de ellos viva, seguirá por la simple razón de que así es muy fácil gobernar y al que no le guste, o lo guardan o se va.

 

Para la nación cubana, decir mañana es perderse semánticamente en un adverbio de tiempo vetusto e inútil a los efectos del pueblo agotado en su propia espera de una “cumbre luminosa” del socialismo, que sobrepasa la leyenda de Sísifo y el imperecedero castigo de rodar de la piedra, y donde precisamente esa piedra se ha hecho tan pesada como el propio tiempo perdido por varias generaciones, ya muy pegadas al inframundo que no es precisamente el de los Campos Elíseos, sino más bien apuntan al norte.

 

Así de simple. La solución para establecer el principio del todo está, insuperablemente,  en que el actual Gobierno de turno que rige en Cuba se abra hacia su propio pueblo y se dé cuenta que, como gobierno, ya despareció.