Cubanálisis   El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS            

 

 

                               Dr. Pablo A. de Cuba

 

 

 

 

 

 

     

                                      

 

Dos banderas y la fábula perversa “a nombre del pueblo”

 

Una digresión previa:

 

En cualquier relación, lo real y transparente es lo único que viabiliza su estabilidad y frutos.

 

Los ideales son pacíficos, sin embargo, la historia misma nos demuestra la violencia de que han sido objeto cuando la frustración proviene de intereses políticos.

 

Quiero lo mejor para mi país y no para su gobierno. Detesto el oportunismo, la doble moral  y el cinismo que a diario veo en ambas orillas. Soy y seré cubano hasta mi último aliento.

 

Poseo el claro criterio de que Cuba, mi país natal, ha dado mucho más que los Estados Unidos en estas relaciones, ya que ha entregado más de medio siglo de desesperanza y ostracismo a cambio de izar una bandera.

 

Si el Estrecho de la Florida hablara como testigo de las penurias de una nación, no existiría ley, y menos aún juez, que pueda juzgar tan atroz éxodo que, a estas alturas, aun no contempla la “Aliá” (derecho del pueblo hebreo a regresar a Israel) de un pedazo de pueblo que solo sabe amar lo que dejó en contra de su voluntad.  Tan desesperada acción solo tiene un valor de excepcional consideración humana: la libertad.

 

Quisiera equivocarme constantemente cuando analizo estos episodios.

 

Las realidades no permiten disimulo. Ahora ya puedo escribir con calma.

 

En el contexto de estas relaciones, donde solo el espejismo y la reacción noticiosa con altisonantes elogios de “históricas” son los ecos que trascienden en dos orillas cercanas donde no hay alcance para aquellos del diario andar en Cuba.

 

En notorio y claro en su contenido que tanto para el actual gobierno de turno de los Estados Unidos como para el dictatorial Gobierno de Cuba, los pueblos no existen; solo son ellos, los gobiernos.

 

Para estos actos de infundada celeridad y con matices de torpe naturaleza, queda muy lejos la mínima observancia al principio de la soberanía. La soberanía es una dama frágil si reside en el gobierno de cualquier nación. Pero fuerte y de especie insuperable si descansa en el pueblo.

 

El  derrotero histórico del gobierno cubano ha secuestrado, burdamente, estos principios, adicionando como  colofón el gobernar por impulsos personalistas, teniendo como escudo  el control de un partido único y excluyente que se constituye en patria.

 

Un gobierno fundado en un solo partido. Partido este que lo coloca de forma absolutista en la dirección del Estado, es decir, su rectoría es supraestatal, y además, consecuente con el descalabro de  ese planteamiento, lo lleva a equipararlo a la patria. No deja duda que para el gobierno cubano, además de hacerlo escrito con rango constitucional y verbal a cualquier nivel, tanto interno como foráneo, en sus discursos, la patria es propiedad del partido único que campea, y que una muy restringida cúpula militar controla: el comunista.

 

En Cuba, el pensamiento que existe y rige la alta dirección centralizada del gobierno es que en el partido reside la dirección del Estado, y sin ese partido y esa rectoría no existe la nación cubana. Cada miembro del pueblo, cada cubano, se constituye, per se, en un medio básico a disposición del gobierno.

 

El actual gobierno cubano, se auto-establece como la esencia científica de la dirección del Estado y de la sociedad (incluyendo hasta lo más mínimo de la economía), y define al único partido existente como el núcleo central, exclusivo y excluyente, de esa esencia-todo, pretendidamente fundado en un disfraz que descansa en la vanguardia de la clase obrera.

 

Lo anterior nos lleva a un análisis cerrado de que el partido es para la existencia de la nación cubana como lo es una marca distintiva de un producto único y monopólico en un mercado de inexistente competencia.

 

El fundamentalismo político constituye el sustento del actual gobierno cubano.

 

Esa y no otra es la naturaleza que subyace y le imprimen, a beneplácito de ambos gobiernos, a estas relaciones en las que, en definitiva, el pueblo no cuenta. La suerte correrá si la practica popular salva lo indecoroso de estos actos.

 

Para nadie es ajeno que lo mejor sería establecer relaciones con equilibrio de partes, vergüenza, equidad y honor en el nombre de ambos pueblos, y no con extenúas justificativas basadas en entelequias de indecoro, a sabiendas que no pueden engañar a quienes sustentan las verdades históricas, que en definitiva son los pueblos.

 

Ahora prima en estas relaciones la típica “oportunidad banal” de ofertas de negocios y viajes, donde la libertad está en los norteamericanos, y los cubanos esperan, gracias a su obstinado gobierno, una cuota social que está demostrado que nunca llega. Ya Canadá, Europa, e inclusive el subdesarrollo de Centro y Sur América, nos enseñaron esa realidad.

 

Lástima de incoherencia, de falta de visión, de inteligencia y de cinismo sin par, en un acto de tanto valor y trascendencia para una nación que ha sido avasallada por más de medio siglo y ahora, gracias a un empreño de reuniones secretas y de mensajes cercanos a la divinidad humana, y sellada por “decreto”, se asombran a un “malecón desnudo”, pero sin verso.

 

Una actitud política conducente a un descalabro si sería verdaderamente histórica. Si utilizan esto como juego político de partidos de turno, desembocará en la causal y base para hacer infructífera una nueva etapa de vida y existencia para una nación como la cubana, que ya el desgaste hace mella en lo inviable en determinados proyectos. De ahí que el establecimiento tornadizo de relaciones, por encima de cualquier realidad razonada,  pudiera conducir a una indeseable pero insuperable verdad: estar en presencia de gobiernos donde la inexistencia absoluta de liderazgo de toda índole campea por los pasillos parcializados o dictatoriales del poder.

 

Ambos gobiernos saben,  conscientemente,  que no existen bases para relaciones plenas y serias, y solo dan pasos de medias tintas en  temas insolubles a estas fechas, como lo son, a modo de ejemplo sencillo, para Estados Unidos levantar las restricciones del Acta de Comercio con el Enemigo (embargo) y otras normas como la propia Ley de Ajuste cubano; y para Cuba, a sabiendas que no se eliminarán estas restricciones, jugar con conceptos prefijados a su capricho sobre violaciones a las libertades y derechos de los cubanos de decidir su propio destino y forma de vida de carácter real y efectivo. El resto, pretender robar un pedazo de la historia que no les corresponde.

 

Esto, así expuesto, se parece más a un juego de estrategia de partido que expresiones soberanas de naciones libres.

 

La utilidad real para el pueblo de Cuba de estas relaciones no ha sido respondida por nadie, y realmente no se vislumbra una respuesta simple pero válida, fuera de todo matiz demagógico o de truculenta fraseología política.

 

Analizar sobre lo desposeído que es el pueblo cubano sería agotar la paciencia de lo desatinado, pero con basamento cierto. Por ende, a estas alturas de una trayectoria agotada de 57 años de fracasos constantes y de incumplimientos de promesas de bienestar, el pueblo de Cuba ha perdido la confianza en el buen juicio del gobierno. Así de simple: el pueblo cubano no cree en los Castro, y menos aún en el grupo que gobierna a su lado. En suma, los cubanos no creen en su gobierno.

 

En estos precisos momentos de la  política cubana está sobre el tapete de forma clara y precisa que  no existirán ajustes, y menos aún reformas políticas de índole alguna.

 

Las medias tintas priman tanto en la economía como en la política controlada por el gobierno cubano. Solo asomos de nuevas estructuras y manifiestos desgastados, los que están siendo objeto de tintes de muy bajo tono, pero de asombro para los que no han vivido la realidad cubana desde adentro.

 

Pensar que enarbolar las banderas en dos capitales y cambiar de nombre a locales diplomáticos se constituyen, de forma automática, es un río de dólares que hará desaparecer la enfermiza economía cubana, es como jugar “quimbumbia” en el mar.

 

La visión de un proyecto político es de aceptación pública solo cuando una población ha sido beneficiada con el empeño y esta acepta que el gobierno ha funcionado bien. Claro está que dicho proyecto no ha sido materia de imposición, o de bases ocultas y poco entendibles que avalen dicha política. Lo contrario es politiquería falsa y cínica.

 

Hay proyecciones políticas que se exponen a sabiendas que su contenido y plataforma son falsas, pero poseen, de cualquier manera, un resultado y consecuencias reales, pero efectivas y duraderas. Así han sido muchas las estructuradas por el gobierno cubano para lanzar cortinas de humo sobre el pueblo. Desde planes alimentarios hasta la ingenua espera de una cuota social derivada de las inversiones extranjeras que, como las realizadas en el sector del turismo, se constituyeron en hipotecas de las futuras generaciones de cubanos que cada día veían más la sombra de su falta de futuro.

 

Para el actual gobierno cubano, el poder que ejercen y que arrastra ya varias generaciones infecundas de juventudes perdidas es intocable.

 

El gobierno de Cuba de las últimas cinco décadas ha sacrificado el bienestar del pueblo y la base económica de la sociedad  por mantener a flote su proyecto político. La terquedad por el dominio del poder ha llevado a los límites el ejercicio coercitivo y represivo de la maquinaria estatal. Los resultados de la represión  han desbordado las salas de justicia con una parcialidad absoluta a favor de los dictámenes del gobierno, so pena de destrucción humana en la judicatura cubana. Hay casos que desbordan los límites de la prueba y de la prudencia.

 

Manipulación frenética de grupo: esa es, precisamente, la política que los gobiernos de izquierda populista establecen para el control ciudadano. El llamado “voto del pobre” es la regla de la izquierda demagógica que incluye esta noción. A partir de ella,  dejan sentado el camino expedito para establecer una servidumbre política fundada en la creación de la necesidad y el miedo de una masa que solamente posee su capacidad de trabajar y ve un gobierno que entroniza un Estado fundamentalista políticamente y al cual deberán obediencia debida e incuestionable en todo momento. Esa obediencia la llegan a vestir con camuflaje enalteciendo una  supuesta lealtad ideológica que, per se, es vacía de fondo e insostenible en su argumentación y tiempo de existencia.

 

Esta manipulación, lamentable no solo lo encontramos en la expansión y la intromisión desmedida del gobierno en la vida del ciudadano, cosa esta que fácilmente se puede constatar en el aumento de controles lacerantes de libertades, pero fundados en una posición argumentada de “seguridad nacional”, lo que a nadie explican, y con ello toman, a libre discrecionalidad no reglada, la frase como un comodín sin sujeción a límites razonables.

 

También escuchamos discursos que sacan el cinismo de todo contexto y caen en la aberración verbal ignominiosa de su contenido. Prosa de pretendida trascendencia histórica, con sumo contenido de oportunismo y distorsión histórica, como lo es marcar la revolución, y con ello sus dos líderes puntales, como le esencia única y excluyente de la nación cubana. Más que tergiversación, es malvada exposición.

 

Pretensiones de exculpaciones mutuas inicuas son las que sobran para cualquier grupo que actué como gobernante o eje de ese gobierno, incluyendo partidos políticos que por disciplina, o más bien hipocresía de grupo, tienden al apoyo casi desmedido de determinada política aun a sabiendas de lo irracional de su contenido.

 

La base de la manipulación que en estos momentos del juego busca el gobierno cubano con el gobierno norteamericano, es darle a este último una visión de reforma que realmente no existe, ya que en el fondo el gobierno está devolviendo derechos que eliminó de forma directa y con total menosprecio a la condición humana.

 

En estos días, la picardía es hacer creer que el momento histórico de afianzamiento de la revolución cubana es consecuente con estas medidas de restitución de derechos y libertades, en el fondo no son reales, ya que se restringen las condiciones para su ejercicio. El ejemplo más claro es que el Estado no admite la más mínima intervención del cubano en actividades de índole económica organizada. No existe empresa familiar, sino llamados cuentapropistas, que jamás competirían con una pequeña empresa familiar, y están desposeídos de una legislación que los ampare.

 

En Cuba, no existe un estado de derecho; por ende, el sistema judicial cubano no conoce el debido proceso.

 

Ahora el gobierno centraliza el control del sector más productivo del país: el turismo y la “exportación de neuronas”, a cambio de estados de esclavitud moderna y servidumbre por deuda.

 

Cualquier variante del juego económico o financiero, incluyendo la “supuesta” banca privada cubana, es conducente a una división económica controlada por una minoría política que hace imposible, con marcada intención excluyente y de nepotismo agravado, la participación popular en la actividad de crear riquezas, para así convertir, sin lugar a dudas, en mano de obra fácil a cualquier cubano del diario vivir o de alta calificación, por la razón simple de que no existe otra opción de sobrevivencia económica, incluyendo la de competir en igualdad de condiciones. La repartición de nuevo asoma en esa isla gracias al mismo gobierno de cinco décadas. Ahora se vislumbra un traslado de las prácticas de la servidumbre y la esclavitud moderna de Europa para USA.

 

Si buscamos bases de sensatez en el establecimiento de estas relaciones Cuba-USA, solo vemos justificantes de métodos, forma y medidas que no han dado resultados. El pretendido resultado buscado en la desaparición de castro-comunismo cubano, y no el restablecimiento de relaciones sin racionalidad alguna, parecen ser parte del juego o de la justificación de este.

 

Acá no hay relaciones de pueblo respecto a los cubanos. Los norteamericanos toda su vida han disfrutado de libertad, a pesar de su disminución bajo la égida del actual gobierno de actuaciones inconsecuentes como esta con Cuba y las de Irán.

 

A simple vista, para ambos gobiernos no existen los pueblos, sino ellos y el ego de sus gobernantes.

 

¿Será que ahora Obama justifica su infundado Nobel? Esto siempre ha sido cuestionado a cualquier nivel y lugar donde al menos se piense algo aunque sea medianamente útil. Un mínimo de raciocinio busca la fundamentación de tan mal utilizado premio. ¿Será acaso posible para que dieran otro en el caribe? Realmente, el juego es de poca monta y solo favorece, por suerte, a los demagogos de la izquierda de esta orilla, que más que orates parlantes son cobardes e infundados racionalizadores de ideas opuestas, solo por el hecho de ser alguien contrario a un corriente.

 

La mayoría de estos expositores de infundado parafraseo se esconden al debate. Escriben en libelos de poca monta que circulan en Miami. Vemos como surgen perfectos emblemáticos oportunistas del “caso” Cuba (muchos de ellos expulsados y derrotados por los Castro en una época). Otros que solo conocen el área geográfica de su existencia y el calor de alguna caminata nocturna o más bien trasnochada, como lo demanda su personalidad y cultura, ya que la abandonaron cuando apenas caminaban y ahora engañan sobre sus aberrantes exposiciones de “conocedores de la problemática cubana”.

 

Hay elementos que, en su existencia inequívoca de un perfecto hipócrita, hablan inclusive de un nuevo derecho cubano. Así de fondo demuestran su ignorancia absoluta sobre el tema. Para estos “abobados” de nuevo tipo, sí, así mismo: abobados, nuevas leyes implica un nuevo derecho. De ahí no escapan en sus limitados análisis de poca monta neuronal y, lo peor, personal.

 

Lamentablemente, estos vigilantes e interceptores del oportunismo, participes conscientes del juego de “tontos útiles”, no agradecen, en muchas ocasiones, ni que sus padres los hayan sacado del gobierno más castrante del futuro de generaciones que haya conocido el cubano; pero, eso sí, hablan inglés.

 

A estos han de sumarse los millones de millones que se buscan de indemnización por ambos lados. Unos con sentencias realmente de muy poca seriedad (no todas) y otros con alegaciones de “daños al pueblo”. Claro está que para el gobierno de Cuba la estrategia es presionar para un borrón y cuentas nuevas y que esta orilla del norte lo pague todo.

 

No hay dudas que quien apoya estas realizaciones mediocres no acepta para nada ser parte de un pueblo que ha perdido hasta la capacidad de comparar, y que ha subsistido gracias a los que “se fueron”.

 

Y ahora, para perder más el tiempo en lo innecesario, discutimos si la emigración actual es política o económica, para hacerle antesala al castrismo de eliminar la conocida ley de ajuste cubano. Hay que buscar el color del agua para saber que la imposibilidad de desarrollo en Cuba tiene causas exclusivamente políticas. Si queremos hablar de emigración económica hablemos de esta América nuestra pero del río Bravo a la Patagonia.

 

Los Estados Unidos nunca han ejercido fuerza en la aplicación de la ley del embargo. Esa ha sido la causa real del fracaso de su política respecto a Cuba.

 

El constante miedo al éxodo masivo y la ingenuidad de que el gobierno de Cuba no le hace daño a nadie a pesar de sus “listas” de no se sabe cuántas tipologías y clasificaciones, producto de la creación burocrática e inoperante del gobierno, y lo peor, la intromisión camuflada en la vida del ser común, no han experimentado mella en la política del gobierno cubano.

 

Si realmente no ha cumplido su objetivo esa política de restricción comercial, ¿cuál es entonces la razón fundada de los miles de millones que hoy reclama la administración cubana por “daños al pueblo” derivados de las leyes comerciales de los Estados Unidos de América?

 

Sin temor a la exposición critica, solo veamos la capacidad discriminatoria y despectiva de un gobierno, como el cubano, que posee, igualmente, lista de personas clasificadas como “no deseadas y con prohibición de entrada”, pero que sí ejerce en su cumplimiento y la conforman un grupo de cubanos que no pueden entrar en su país natal solo por disentir, con toda razón o no, de su gobierno. Es el costo de ser libre lo que el gobierno cubano le cobra a los cubanos que están fuera de su control servil.

 

Quieren que viajen por “amor familiar”, pero que paguen caro. El gobierno de la Cuba actual detesta, pero a su vez envidia, a los que se fueron. Esa envidia nace por el hecho de demostrar que el cubano es capaz de hacer progresos con un solo recurso: ser libre.

 

Plasmado en tinta clara y legible palabra, vemos que estas tendencias, ahora materializadas  entre las relaciones Cuba-USA, quedan entendidas entre gobiernos, y para nada entre pueblos. Así de despejado, estas relaciones tienden a exponerse demagógicas y cínicamente a nombre de ambos pueblos, pero la realidad y alcance es a nombre de dos gobiernos; y lo peor es que uno de ellos sin legitimación alguna: el cubano.

 

En suma, queda transparente en el análisis simple que, si muy oscuro es el futuro de un país donde los gobernantes no alzan la mirada más allá de los pocos años del mandato que le confieren los ciudadanos, más oscuro aun es lo ciego de los gobiernos dictatoriales, que hacen de su partido la expresión de patria, y del tiempo la inseguridad futura de sus ciudadanos.

 

A un pueblo no se le puede tomar como una apuesta. La libertad no entra por una Embajada, ni tampoco estas derriban gobiernos. Los gobiernos que de la ilegitimidad obran, quedan como malos sus gobernantes, y de eso la historia se encarga.

 

Dos embajadas con dos banderas no significan ningún triunfo si no subyace un real acto de convencimiento y realización de patria y pueblo. Una naturaleza de legitimación voluntaria de dichos actos por voluntad efectiva de beneficios entre ambos pueblos, y con ello naciones, está aún por verse.

 

Si este juego falla, solo quedara una estremecedora derrota y burla política de criterio impositivo generado por miedo, mediocridad política y humana creada generada al vacío.

 

Amén así no sea.