Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS  

 

 

     

                                                 Dr. Pablo A. de Cuba

 

Cuba: Descentralización, privatización o el Oráculo para una propuesta o desafío (síntesis)

 

La evidencia es conducente nuevamente, aún a reserva de cualquier duda razonable y tolerante, que el desgastado régimen cubano busca en un Oráculo muy lejano a Delfos la solución a sus problemas. Sin embargo, en esta búsqueda no supera, con plena y absoluta responsabilidad y conocimiento, la aplicación de antiguos métodos para tratar de solucionar nuevas situaciones sosteniendo, además, un marcado voluntarismo con matices de desespero imprimiendo la tónica de hoy día de la hermosa isla caribeña.

 

El enfoque sobre el poder del Oráculo, el cual no reside precisamente en el mismo, sino que este es solamente el lugar donde los sabios elaboraron el saber de los dioses, disiente mucho con la solución que el gobierno cubano busca y por ello también se distancia en demasía de ser un medio emanado de sabios, sino por el contrario, de empecinados mortales acorralados en su propia inoperancia. Fracaso es la palabra que reiteradamente enuncia el eco de ellos mismos ante su pretendida sordera que se enmascara en el cinismo de su actuación en el poder.

 

Ahora en Cuba se discute sobre paternalismos estatales, gastos y subsidios innecesarios que, entre otros aspectos válidos de análisis, fueron bases de defensa, altanera publicidad y sostén a ultranza de un sistema social único, insuperable y capaz de preponderar los obstáculos de las crisis del capitalismo. Empero, ahora escudriña la solución en la obligada institucionalización por decreto de empresarios privados que, entre otras cosas, surgen o son derivados del desempleo estatal. También se habla del restablecimiento de algunos derechos violados por décadas a sus ciudadanos, principalmente respecto a la propiedad, la cual ha sido saqueada indiscriminadamente por más de cinco décadas. En definitiva, se continúa haciendo lo que ha hecho el gobierno por cinco décadas: hablar y enarbolar consignas de campañas.

 

La persistencia es cabal seña de intencionalidad en un determinado conocimiento o, inclusive a veces, un instinto o premonición que el propio hombre, en su acaecer diario, ha señalado como base del éxito. Así expresado queda el exquisito vulgo refrán de que “el que persevera triunfa”. El asiento popular es probado en su efectividad siempre y cuando sea persistir en algo positivo, y nunca redundar en lo negativo, que es precisamente lo que agota el gobierno cubano en su existencia, es decir, no crea nada positivo. La especialidad en la dirección estatal hoy en día es la “curita” sobre otro reiterado error.

 

El uso, per se, impregna en la costumbre un arte mágico de disfrute solo por un espectador invisible: el tiempo. Sin embargo, la realidad existencial del error supera la constante y sana ambición del éxito humano y ha desplegado la coexistencia de la crítica, sea como expresión de la envidia, dogma o como razón, pero en cualesquiera de los casos, ha sido privilegio humano su creación para ser conducto de salvaguarda, en el propio tiempo, contra la reiteración de errores conducentes a daños irreparables o consecuencias desastrosas en el actuar o la conducta propia humana; sin embargo, el desconcertante gobierno cubano se empecina en su propia defenestración. El deterioro se suma diariamente y el empecinamiento en lo infuncional del sistema es la meta a cumplir.

 

Lo explicitado ab initio, nos conduce al ejemplar hecho de que errar es humano, pero… y ahí viene el asunto, la persistencia en el error pasa de forma directa e incidente a la negativa de cualquier solución ecléctica y se interna profundamente en un resultado peligrosamente tentado, quedando una maléfica experiencia en su existencia, es decir, lo detestable de un gobierno hecho por sus propios súbditos. Penoso pero cierto, y este panorama nos conduce al plausible y efectivo análisis de Séneca en su exposición: “Errare humanum est: Perseverare diabolicum” (errar es humano, caer en el mismo error diabólico).

 

Ahora, derivado del bendito error de planificar hasta la existencia humana en el socialismo, el Gobierno de Cuba se ha inspirado en algo tan casi primitivo como la unión humana descentralizada y, fuera de todo atributo de propiedad, busca resultados lucrativos con la eficiencia en sus actuares. Penosamente, la indescriptible amalgama de Gobierno, Nación y Partido ha funcionado contra toda esperanza humana de cambio y satisfacción.

 

El permanente y doloso desestímulo al libre ejercicio económico del hombre en el socialismo es la espina dorsal de un sistema donde la pobreza es la garantía de su subsistencia. El totalitarismo socialista lleva implícito que su poder solamente se mantiene con la pobreza generalizada. El libre acceso a la riqueza constituye la antítesis del sostenimiento político en el socialismo. Hablar de lo contrario es cacofonía y tiende a posarse en la ridícula posición de una puesta en escena por antonomasia actuante en contra del homo economicus clásico.

 

No es solamente la incidencia del inoperante estadio interno de ejecución del poder político en la desmembrada economía cubana, que agota el actual panorama de medidas de muy corto alcance. Ya los susidios y los intercambios del nuevo socialismo apenas restan presión al fracaso socialista cubano, sino que aún en los espejismos del triunfalismo y el voluntarismo cubano se hable, inclusive, que la Caixa de color socialista en España busca otorgar micro-créditos a empresarios cubanos, lo cual seguramente el gobierno implemente con los conocidos “chavitos” (CUC) y deje la base de la monetización cambiaria a favor de sus desgastadas y endeudadas arcas. En fin, seguimos en bandazos: o no llegamos o nos pasamos.

 

La oscuridad de la duda se mantiene al efecto del análisis de la relación efectividad/resultado del sistema cubano. ¿Hasta dónde llega el desgaste irreversible de la economía cubana y su incidencia en la capacidad individual de los cubanos? Difícil respuesta.

 

En estos últimos años, la dirigencia en Cuba se ha enfrentado a una lucha entre el goce del poder y el tiempo en su permanencia, que ha traído, consecuentemente, la toma de decisiones extemporáneas, las que, en muchos casos, han sido inoperantes e insuficientes por el mero hecho de la falta de recursos mínimos para su emprendimiento. Ya en Cuba apenas se produce y, con ello, el consumo cada vez está más deprimido.

 

A golpe de impulsos sostenidos por el voluntarismo no se hace efectivo ningún conjunto de medidas aplicadas a esta compleja problemática que no parte de la simple descentralización económica. La descentralización no puede ser respuesta a todos nuestros males: los problemas más intensos no se resuelven elevando el número de actividades de cuentapropistas y reduciendo la plantilla del Estado.

 

El actuar malicioso del gobierno supera toda tolerancia en busca del tiempo humano y no el tiempo bíblico (la eternidad) que el Oráculo no puede brindarle. Los problemas aún persisten y están a “flor de tierra” al igual que sus soluciones: libertad de iniciativa y de gestión individual o empresarial superará la falta de expectativa de mejoría y, con ello, la imprescindible confianza del hombre en si mismo, y es eso, precisamente eso, es lo que el gobierno cubano sabe y lo tiene por demostrado en el exilio y diáspora del cubano en varios rincones de este mundo.

 

Cierto es que un primer problema a superar es la centralización estatal improductiva en la isla que en realidad condiciona la descentralización desde lo humano hasta lo fiscal. Otro asunto derivado de este es la concentración del capital humano precisamente dentro de esa centralización y en las ciudades más grandes, comenzando por la capital habanera. El tercero, igualmente condicionado a los anteriores, es la centralización financiera rígida y única (con alto matiz de desconfianza y dolo estatal). El cuarto, es la centralización tecnológica y de la información, y el peor de todos es la centralización de la iniciativa y la confianza humana. Esta última es la más difícil de superar en un país donde la facultad de comparar se ha perdido y la orientación pasó a ser la función real de imposición en relaciones de ordeno y mando, con una dócil población creyente de un proyecto a capricho y por obra y gracia de una persona en la inmaculada cúpula del poder.

 

La descentralización política, administrativa y económica no ha pasado, y lo más seguro es que no pasará, por la mente de la excluyente cúpula gobernante.

 

Por ello es que a pesar de estos nuevos empleos fuera de la plantilla del gobierno, no existe un margen de autonomía en la gestión de incentivos al desarrollo generalizado del país. El gobierno controla y dispone de todo, y así ni a la esquina de Prado y Neptuno llegaremos. Tiempo y más tiempo perdido, pero garantizando la existencia y nepotismo de cúpula dirigente cubana.

 

Esta forzada descentralización, no es fundada en una autonomía de gestión y de resultado con base en la competencia a nivel de mercado. La realidad: concentra una privatización de funciones de gestión económica humana en un sector de mercado apenas visible a las necesidades sociales. Es por ello que tendremos que ver mas “merolicos” resolviendo que empresarios capaces de aglutinar recursos y crear empleos.

 

Si de verdad el gobierno pretende ser útil, debemos tomar claridad en lo pertinente a que un proceso de descentralización no puede ser confundido (porque no lo es) con un simple proceso de desconcentración de determinada cantidad de fuerza improductiva de burócratas o tecnócratas en un sector dado o, inclusive,  con aquel  que se identifica con un tema de división geográfica (territorialmente hablando, más provincias); la realidad es otra: puede haber descentralización sin desconcentración, como ahora que estamos frente a un proceso de irrelevante privatización de iniciativa humana (oficios) pero sin embargo, no puede haber desconcentración sin descentralización.

 

Lo anterior es relevante si realmente el gobierno cubano pretende implementar ciertos ajustes y mecanismos de inversión nacional privada y extranjera y los puede exponer para que se identifiquen como mecanismos descentralizadores como tal, enfocados y conducentes a una privatización.

 

No confundamos el actuar e interés humano dentro de un régimen de concesión, renta o administración de propiedad (nula propiedad) a una total responsabilidad sobre la facultad de ostentar la capacidad de ejercer la propiedad. Todo atributo sobre el control de la propiedad se constituye en desestímulo a la máxima eficiencia en la utilización y explotación de la misma.

 

De este y sobre este extremo, ojalá que coincidamos con el gobierno en una utilización de las remesas con fines de inversión, aún sea sin reconocimiento de inversión extranjera, y asentándolo contablemente y con matiz legal de nacionalización doméstica por internamiento de los capitales remesados, ajustando cualquier política fiscal o de incentivos a considerar dichos montos como nacionales, sin reconocimiento del inversor externo (cubanos radicados en el exterior); reiteramos, como inversión doméstica sin capacidad de repatriación y limpio de cualquier carga o gravamen (sin deuda). Amén sea.

 

No es secreto que Cuba no ha estado atravesando, ni en los últimos ni anteriores años, un periodo de gradual proceso de modernización del aparato estatal con el ánimo de lograr un Estado más eficiente que haga cumplir su propia ley (la cual requiere actualización) y que solamente regule algunos aspectos imprescindibles en materia económica, superando gradualmente su innecesaria intervención en aspectos como la libre iniciativa privada y la competencia.

 

En lo atinente a esta necesidad insuperable de modernidad, el Estado cubano ha actuado de forma totalmente inversa, aplicando altos niveles de centralización y concentración de decisiones, desestimulando, como consideramos no debe ser, varios mecanismos y/o técnicas de reversión del estatismo que coadyuven a evitar la toma decisiones extremas (desempleo, subsidios, otros) y la aplicación de coloretes a incentivos con reflejo y sombra de espejismos de apertura (cuentapropistas).

 

Para nadie seria objeto de preocupación que respecto al Estado cubano su modernización se materialice en estadios distintos a los existentes actualmente, incluyendo el factor humano, es decir, su actual dirigencia.

 

Sentados sobre la existencia y aplicación de una base compuesta de modernización del aparato estatal y de renovaciones humanas, tres tópicos a considerar serian:

 

a) Una Reforma Institucional orientada a lograr que el Estado se dinamice administrativa y políticamente sin perder ni dejar al garete los aspectos de mínima eficiencia y organización. El proceso de descentralización debe ser enmarcado en este extremo.

 

b) Una Reforma Legislativa que encamine el supremo establecimiento de un real y efectivo Estado de derecho y;

 

c) Una Reforma de Política Económica con la finalidad de lograr un Estado como ente planificador que constantemente genere incentivos para una adecuada producción de bienes y servicios, interviniendo al extremo subsidiariamente en la economía, y siempre que se justifique la existencia de un comprobado interés público. Dentro de este otro extremo, enmarcamos aspectos tan medulares como la privatización y la desregulación a las cuales ya nos referimos.

 

Colocado en un simple plano, resalta una disyuntiva que el régimen siempre ha mantenido a raya a cualquier costo, y es la pertinente a la imposición que conlleva el resultado de aumentar la actividad lucrativa privada en cualquier sociedad.

 

So pena de anticipo al fracaso, el gobierno ha de soportar con absoluta claridad de resultado que la inversión privada debe ser, y es por excelencia, la fuente primordial de desarrollo particular, y con ello general, de cualquier esquema socio-económico descentralizado. Cosa esta que la concepción socialista cubana siempre ha llevado a extremos de rechazo y negación, usando con total alegación y fundamentación en contrario la natural ineficiencia económica del Estado. Una nueva realidad se impone o se destruye, pero a medias no puede quedar, aunque sea la pretensión gubernamental actual. O abren definitivamente las compuertas o se acaba de hundir este demacrado barco que se llama socialismo.

 

El gobierno, ha invocado, pero no ha reconocido a pleno gusto por el mero hecho de ser contrario a sus propios actos anteriores y actuales, que el Estado ya no puede seguir encargándose de todo. No hay ni nunca ha existido ninguna magia en el Estado eficiente, y menos aún en el socialista.

 

Aunque dolosamente el gobierno cubano no aparenta reconocer que la ya retrograda concepción del Estado como una gran maquinaria todopoderosa, cuyos engranajes controlan y dirigen todo, ha quedado obsoleta, debido, entre otras cosas, a las demoledoras exigencias de integración internacional, y cuyo pecado mayor ha sido no trasladarlas a las relaciones internas de cualquier nación, y en especial, la cubana.

 

Esta realidad supera cualquier ficción, so pena de aislacionismo, como ha ocurrido. Como resultado, también ha coadyuvado al crecimiento de la falta de comparación y creatividad del cubano del diario amanecer y, con ello, la generalización de la pobreza. Esa es la semilla por excelencia, el caldo de cultivo que el socialismo precisa para su totalitarismo político: la desgraciada pobreza.

 

Hasta ahora, y ahí comienza el peligroso juego de la mediocridad, el invento y el posible engaño, el Estado no ha emprendido ningún proceso en virtud del cual se transfieran bienes y actividades del sector público al privado. La “irreversible” propiedad estatal socialista, a los efectos del requerimiento doméstico, está inmutable, a sabiendas que, precisamente, este es el sector con mayor capacidad de inversión que impulsa y define el desarrollo de las empresas, y de ahí en lo adelante todas las relaciones propias del tráfico mercantil y financiero, hasta las infraestructuras organizacionales e industriales: en resumen, la riqueza de un país.

 

No obstante, debemos aclarar que el proceso de privatización no implica, necesariamente, que el sector público se desprenda de su potestad reguladora y fiscalizadora sobre las materias y bienes transferidos, o aún de aquellos bienes que garantizan su propia existencia y naturaleza de poder, y con los cuales, a su vez, responde materialmente de sus obligaciones tanto internas como internacionales. Es decir, su propia responsabilidad patrimonial como persona jurídica.

 

El proceso de creación de la propiedad privada en Cuba atravesará  la difícil situación heredada del Estado sobre los procesos de intervención y nacionalización de la propiedad comercial y personal cubana anterior a 1959 pero, proceso al fin, será superado con creces desde adentro, a pesar del criterio de “expertos” sobre el tema cubano que, como buenos diletantes, aun requieren justificar recursos para estudios sin fines prácticos y, definitivamente, con muy poco aporte de conocimiento sobre la realidad cubana que opacan, desgraciadamente,  la intención de otros que si buscan soluciones a pesar de lo directo e intransigente  que pudiera ser su lenguaje.

 

Demás esta decir que estamos haciendo un simple esbozo sobre el planteamiento de descentralización en cuanto a temas económicos se refiere. Seguidamente trataré de dar, igualmente resumido, un boceto sobre la extensa, agotadora, sobrante y contradictoria producción legislativa justificante de la intervención del arcaico Estado socialista cubano en la economía.

 

La legislación

 

La creación de normas interventoras en la economía es parte de la función de cualquier Estado. En adición, cuando el Estado legisla es por la razón principal de que quiere tomar el control de algo que garantice su poder. La demasía en este soberano acto de poder es conducente al daño irreparable de la corrupción y burocracia, que se constituyen en desestímulo para cualquier intento de regenerar la incapacidad económica de determinada política.

 

En Cuba, el gobierno ha tenido, y consecuentemente ha actuado con toda intención, con un desentendimiento absoluto respecto a la descentralización y la modernización del aparato estatal y la desburocratización del mismo. Las prácticas autoritarias y tratamientos leoninos sobre la problemática de la propiedad del ciudadano común ha sido reiterada respecto a su tendencia al despojo. Realmente, la práctica del Estado cubano se ha caracterizado por la inexistencia de políticas descentralizadoras del gobierno en materia económica, a lo cual se añade una marcada reiteración del proceso de re-centralización. La argumentación justificativa al respecto ya desgasta la mente y la tolerancia: el feroz bloqueo norteamericano.

 

Nuevamente, este proceso de descentralización se constituyó, en si mismo, en un mecanismo de dependencia humana al aparato centralizado de gobierno. Jurídicamente, la nueva producción legislativa se consagró en garantizar el dominio del poder central en lo político y en lo económico. Tanto es así que nacieron nuevas estructuras del aparato estatal de siniestro proceder, tales como la contraloría del Estado y el nombramiento de más inspectores y masas de jóvenes a grito de vanguardias por la revolución, pero en el fondo nada de economía.

 

De pronto, y ante el aumento de la asfixia, en materia de descentralización nacen medidas de desempleo estatal, arrendamiento de tierras, y ahora el aumento de la actividad de cuentapropistas. Sin embargo, es el gobierno quien sigue autorizando la actividad económica humana y determina cuales son y como se ejercen.

 

El actual proceso aparenta estar enfocado desde una perspectiva económica, pero a “toques de marcha fúnebre”. Solo el poder central determina dónde, qué hacer y quién puede hacer una actividad económica y/o comercial independiente.

 

En un aspecto tan importante como la actividad económica de cualquier nación, el gobierno cubano se otorga el lujo de seguir clasificando la vida de sus ciudadanos.

 

Para iniciar el desarrollo de cualquier actividad económica es necesario incentivar desde los pequeños hasta los grandes inversionistas, tanto domésticos (residan o no en el país) como foráneos, y para eso se debe buscar, entre otras cosas más, una real autonomía financiera, sin dependencia reguladora y económica del Estado, centrado en utilizar al crédito en su real esencia, es decir, como catalizador de la inversiones.

 

Sacar o arrancar de “cuajo” las planificaciones absurdas de cuanto exista, y buscar que se regeneren y multipliquen sus propios recursos, utilizando todas las potencialidades que se posean, y destinar los activos que permitan mecanismos de desarrollo, teniendo acceso a la posibilidad de endeudamiento y la obtención de créditos, etc.; siempre  evitando que el desarrollo dependa, única y exclusivamente, de asignaciones gubernamentales, que en realidad solo generan dependencia, es la función primaria del Estado cubano. Que materialice dicha función depende de la actual y desgastada cúpula fracasada de gobierno. La duda que referimos anteriormente se mantiene.

 

Buscar y sentar equidad en los procesos humanos (incluyendo el económico) es una ardua y difícil tarea. Sin embargo, utilizar el libre hacer es menos peligroso que nombrar un administrador estatal. En tal pronunciamiento, exponemos igualmente que hacer depender el financiamiento de la descentralización, y con ello a lo que buenamente el Estado o el gobierno central quieran otorgar a las fuerzas gestoras y generadoras de las riquezas, es contraproducente, y solo genera más dependencia al gobierno central, y con ello a la incapacidad de la burocracia de clasificar para qué y a quién.

 

El éxito de estas medidas no solo puede buscarse en la redistribución de recursos propiedad del gobierno, sino en lograr que las fuerzas productivas se autogestionen con recursos propios, permitiendo una verdadera capacidad financiera autónoma, habilitados para un desarrollo descentralizado, acorde con el principio de provisión autónoma de recursos financieros que, como sugerimos en este ensayo, puede tener su origen en las remesas externas sin consideraciones de inversión extranjera y sí como doméstica.

 

Es imperativo para el éxito alentar y no atemorizar a los incipientes empresarios o cuentapropistas cubanos para que puedan autogestionarse, que se sientan capaces de aprovechar al máximo sus potencialidades y se fijen la real y posible meta de convertirse en fuentes de desarrollo.

 

Esta incipiente fuerza de desarrollo, si no la extirpan como ha ocurrido en otras ocasiones en que el gobierno cubano ha actuado contrario a la lógica y con toda intención dolosa de mantener el control a cualquier costo, superarían cualquier expectativa actual. Para ello, lo primero es eliminar la clasificación de actividades a descentralizar y dejar libremente la participación humana en las funciones de una economía doméstica depauperada por la acción del propio Estado que ahora se ahoga en sus propias contradicciones. Sin embargo, la tecnocracia aduladora del gobierno y temerosa de enfrentar un futuro de competencia efectiva, asesora que con esta descentralización se derrumbaría toda teoría socialista “moderna”, que invoca que desde el punto de vista económico la descentralización debería originar una adecuada redistribución de los recursos de Estado hacia las entidades descentralizadas estatales y para-estatales o de esquema jurídicamente privado, a fin de que éstas puedan financiar las funciones y servicios que se le transfieren en administración para que puedan proporcionarlas en condiciones óptimas a la población. En suma, la espera de una cuota social de la que nunca se ha demostrado su existencia en la corta historia del socialismo mundial. Reiteramos, nunca se ha demostrado la efectiva existencia de dicha cuota social.

 

Si el gobierno cubano enfoca esta producción de medidas de incentivos privados de participación humana con una  visión que no vaya más allá de esta idea descentralizadora se regenerará, al paso de muy poco tiempo, y con efectos triplicadamente negativos, la irremediablemente nueva dependencia estatal, al concebir la descentralización como una labor de repartición “presupuestada y planificada” de la riqueza  y no de fomento para producir y multiplicar ésta y, con ello, haciendo fracasar toda posibilidad de abasto autónomo de recursos.

 

No negamos lo imprescindible que resulta, en un principio, el apoyo del gobierno, y en tal sentido, deben darse transferencias de recursos, pero ello no puede ser la meta, sino el paso inicial para progresivamente ir dejando que dentro del tráfico mercantil y financiero se autogestionen, una vez que ya hayan obtenido un prudencial desarrollo. Quitar la escalera dejaría estas iniciativas agarrándose a la brocha. Es así que el gobierno, en esta incipiente etapa, tiene absoluta e indelegable responsabilidad de incentivar este desarrollo: lo contrario seria doloso y premeditado actuar, un asesinato económico, y con ello, socialmente repudiable. Esperemos que así no se enfoque, y menos aún se ejecute.

 

Igualmente, este incentivo ha de promover las alianzas entre micro y pequeños empresarios para la consecución de mayores logros económicos. Estas alianzas deben alcanzar, inclusive, la participación de entidades estatales aun centralizadas, y así abrir la capacidad de las vías de estímulos de todo tipo, incluyendo las fiscales, para garantizar colateralmente, si fuere necesario, las inversiones en infraestructura requeridas, ya sea directamente o mediante concesiones.

 

En fin, la meta en cuanto al proceso de privatización no debe estancarse por ningún motivo.

 

La idea del empresario y de la empresa no es gloria del socialismo: por el contrario, su destrucción ha sido una finalidad del sistema. La falacia en cuanto a la participación de la ciudadanía en las labores inherentes al Estado, el Gobierno y la economía no superó la prueba del tiempo y feneció en 70 años de sovietización. El socialismo, ya lo hemos expuesto en anteriores trabajos, ha sido el sistema socio-económico y político más corto que ha conocido la historia de la humanidad, cuyo legado ha sido su vacío contenido humano y económico como causa suprema de su desaparición.

 

No debemos confundirnos respecto al éxito de las inversiones extrajeras en la economía socialista, y la prueba está en la desinversión que ha ocurrido dentro de procesos centralizados de incentivo económico y de participación excluyente de la mano de obra nativa. Consecuentemente insistimos en que deben brindarse facilidades a los inversionistas para que puedan invertir con seguridad.

 

Sabido es, y así se ha instituido en la prueba de su efectividad, que para cualquier tipo de inversión (sea domestica, mixta, extranjera, u otra combinada), la garantía parte en su resultado del beneficio financiero sobre una plataforma de estabilidad política y protección legal.

 

En las inversiones, tanto doméstica como en la mixta, la protección adicional se sustenta, además, en una garantía de no participación extranjera en los sectores reservados al tráfico mercantil de participación de nacionales. En ambos casos, tanto los empresarios nacionales como la parte del Estado que intervenga, han de ser considerados en sus respectivas condiciones de sujetos autónomos y con capacidad de endeudamiento; y no dependientes del gobierno o con privilegios de giro, subsidio, inmunidad estatal, u otra forma de protección excesiva de su condición de persona jurídica (velo corporativo sujeto a responsabilidad).

 

La actividad empresarial en Cuba solamente despegará cuando se muestre ella misma como centro de inversión rentable y competitivamente apta dentro del mercado interno; y ello implica también una estabilidad política importante. En una nación donde todo depende de un selecto grupo de gobernantes que, de una forma u otra suelen hacer caso omiso de sus compromisos y violan sus propias leyes, el riesgo aumentará para los potenciales inversores, aumentando el nivel de capacidad de riesgo/país y, con ello, los capitales que son de naturaleza golondrinos, se ahuyentaran hacia dónde su inversión sea más segura y mejor aprovechada.

 

La propuesta esencial de este tanteo de actuaciones recae en la descentralización de la iniciativa humana en la vida económica con un sustento inicial de financiamiento propio, donde la capacidad de endeudamiento recaiga en las remesas, y con ello se evite que dicho poder de endeudamiento pudiera afectar la estabilidad de la incipiente actividad económica. Buscar que internamente se corran los propios riesgos.

 

Actualmente no existe una capacidad de endeudamiento individual y descentralizado real: hay que recurrir a las instituciones del gobierno como proveedor si así estuviera previsto. Ahora la propuesta se extiende a que el gobierno actúe como avalista en el caso de financiamiento de sociedades de garantía recíproca que nacen dentro del concepto de micro y pequeña empresa. El capital de esas sociedades pudiera ser, igualmente, originado en las remesas.

 

La base de estabilidad en estos procesos de participación conjunta parte, además, de la voluntad política de hacer, de una conducta responsable del gobierno, donde no exista el privilegio de incumplir sus obligaciones por actuaciones de poder. Por ello, todas estas propuestas y aspectos importantes que, muy brevemente estamos mencionando, deben ser refrendadas en leyes, además de ser estudiadas a profundidad, analizando y calculando sus implicaciones y potenciales riesgos y beneficios.

 

Lamentablemente, no consideramos que este gobierno sea capaz de cumplir estas propuestas de solución. Estamos buscando que un desafío se vea como real y viable; que sea visto como una real opción a favor de nuestro país y no como idea de intransigencia entre nosotros mismos.

 

Esta propuesta “desafiante”, en buena lid, parte de la descentralización estatal con un amparo legal capaz de cambiar los flujos de inversión privada hacia dentro de nuestras propias fronteras nativas, creando centros económicos alternativos al Estado en una competencia fuera de privilegios. Para ello se requiere que internamente se generen liderazgos empresariales surgidos de una practica humana independiente, pero amparada en una transparencia política por parte del Estado con la aplicación de políticas sociales descentralizadas, sin temor a la persecución y la represión, para que así se provean de medios y vías estables de inversión descentralizada, dentro de un marco jurídico-institucional favorable, y de la participación activa de todos los sectores empresariales nacionales y extranjeros del país.

 

Sabemos lo difícil del reto para el Estado, y de su propio miedo.

 

El Estado, como tal, ha de sentar sus propias bases y dejar claramente expuesto que la descentralización, per se, es sólo una condición necesaria para el desarrollo de la riqueza nacional. La exigencia que ha de cumplir es, precisamente, que la condición suficiente será la descentralización de la inversión privada y la descentralización empresarial.

 

En esta etapa inicial, el Estado se ha de convertir en ejemplar promotor y gestor del desarrollo, en cooperación con el sector privado. ¿Será posible ese papel bajo la égida del actual gobierno?.

 

Estamos abiertos al debate sobre estos temas. Buscamos entrar en un mar de propuestas constructivas y sobre bases reales. Criticar es fácil, construir es lo difícil.

 

Como es lógico, en estas breves líneas no se pueden abarcar todos los temas vinculados a la descentralización; hacemos énfasis en la importancia de una consolidación económica como base para el desarrollo generalizado del país. Es imperativo pederle el miedo a la apertura de los mecanismos de inversión, las privatizaciones y las concesiones, bajo la quimera de que son fuentes de desempleo y otros males, que sólo son provocados por el miedo y el fetiche del poder y sus males derivados.

 

Los problemas económicos y otros más que nos atañen pueden ser solucionados por nosotros mismos, todos los cubanos, y en nuestro propio mercado, por la vía y mediante la aplicación de mecanismos de incentivo de la inversión y la competencia. No pretendemos que todo se convierta en el viejo juego de que el problema sea o no privatizar: el asunto está en privatizar de forma eficaz y con capacidad correctora, generando inversión, sin seguir emitiendo por el Estado “cheques en blanco” que solo lleven a prácticas monopólicas encubiertas, en perjuicio de todos los cubanos, que ya no pueden estar mas dañados de lo que están en espera de una “cuota” que nunca llegará.

 

Estas simples propuestas las ofertamos de forma libre y sin consideraciones o reservas de críticas o ajustes; pero eso sí, por más que busquen en el Oráculo del lejano existir de un socialismo probadamente ineficaz, las soluciones serán mera pintura de acuarela en el desgastado cuadro clásico que es la economía cubana.

 

La esencia de estas medidas no es resolver el día, sino una situación nacional precaria. Resolver” no debe ser el verbo por excelencia del cubano, incluyendo ahora al gobierno. Cambiemos, por nuestro propio bien, el enfoque, y determinemos un camino a recorrer de forma transparente y sin reservas.

 

Cuba requiere, obligatoriamente, reinsertarse en la modernidad.

 

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Nota: Este trabajo es propiedad exclusiva de CUBA GLOBAL REINSERTION FOUNDATION, INC. Su autor así lo condiciona.