Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

(entrevista al Cardenal Jaime Ortega)

No hay nada más interesante que ser párroco

 

Yarelis Rico Hernández, en Palabra Nueva

 

Es un hombre de carne y hueso, como otro cualquiera, con tristezas y alegrías acumuladas, ansias de paz y armonía, con sueños y con un amor hacia la Iglesia y Cuba que le sale por cada poro de su piel. Querido por muchos, incomprendido por otros, Jaime Ortega Alamino es el único cardenal que tienen hoy los católicos cubanos y es, además, arzobispo de La Habana desde 1981. Aunque prefiere que lo identifiquen como el párroco que, según afirma, nunca ha dejado de ser, el cardenal y arzobispo se acepta como una persona de diálogo, no un diplomático. “Y el diálogo -dice- es el nuevo nombre del amor”.  El presente y futuro de la Iglesia y de Cuba acude como constante ruego en sus oraciones y reiterado tema en sus homilías, declaraciones y en las conversaciones que no teme entablar con sus fieles católicos o con cristianos de otras denominaciones, también con comunistas o con ateos, con hombres y mujeres de derecha o izquierda, con emigrados, políticos, congresistas o economistas. Con setenta y ocho años y ya presentada su renuncia por edad al Papa, según estipula el Código de Derecho Canónico, el cardenal Jaime Ortega insiste en que la Iglesia debe arriesgarse en una misión cada vez más comprometida hacia fuera de los templos.

 

De esta y otras cuestiones, habló a Palabra Nueva, durante una larga mañana de enero.

 

Una primera razón condiciona este intercambio: el más reciente Consejo Pastoral de la Arquidiócesis de La Habana, donde se reflexionó sobre la misión evangelizadora de la Iglesia en Cuba. En este encuentro usted aseguró que “lo más difícil en cualquier renovación es el cambio de mentalidad”. Su Eminencia, ¿tiene la Iglesia en Cuba la necesidad de renovarse? Si así fuera, ¿en qué aspectos lo haría?, ¿existen las condiciones para esa renovación?

 

“Yo creo que se necesita una capacidad nueva de interiorizar muchas de las cosas que en  el mundo de hoy nos hablan, nos interpelan y esperan de parte nuestra respuestas y actitudes diferentes. No es cambiar el dogma, no es cambiar la fe, se trata de saber lo que significa vivir esa fe en un momento dado de la historia. En esa dinámica, la Iglesia cubana y universal debe renovarse, cambiar, pero no un cambio revolucionario en el sentido original de la palabra, de un volverse todo al revés, lo cual es siempre preocupante para muchos. El cambio debe ser más bien evolutivo, progresivo, en la dirección de apertura al mundo de hoy. Fue lo que intentó el Concilio Vaticano II y lo que se ha pretendido en estos más de cincuenta años postconciliares y que debe lograrse siempre en cotas crecientes.

 

“Según las perspectivas que nos abre el pontificado de Francisco, los cambios de mentalidades son necesarios, imprescindibles, diría yo. Esa transformación o apertura del pensamiento no coincide con las edades de las personas, sino con su disponibilidad para acoger lo que el Papa llama ‘las sorpresas de Dios’, lo que en la historia irrumpe de pronto y nos hace ver que el rumbo debe enderezarse, que debemos tomar nuevas decisiones. Para ello hace falta una concepción diversa acerca del futuro, de la realidad, de cómo se ha vivido hasta hoy.

 

“Dijéramos, en cuanto a la Iglesia, que su acción pastoral debe enrumbarse, una realidad que exige en la mentalidad del cristiano una disponibilidad al cambio. Nosotros contamos siempre, y esa es nuestra fe, con la acción del Espíritu Santo, esperamos que él ilumine nuestros corazones. Preguntado por un periodista acerca de cómo había enfrentado la nueva realidad de verse fotografiado continuamente y de sentirse rodeado todo el tiempo por la gente sin dejar de mantener una sonrisa de acogida, cuando quizás pudieran tener la imagen de que era un hombre de mucho orden, trabajo y entrega, pero sin esa capacidad relacional tan extraordinaria que hoy muestra, el Papa respondió: ‘Es cierto, he cambiado, es la acción del Espíritu Santo’. La Iglesia siempre confía en la acción del Espíritu.

 

“Es común observar esa especie de temor ante cualquier tipo de transformación no solo dentro de la Iglesia, en otros campos, como el político, también. Lo hemos visto en Cuba ante la nueva mentalidad que exige la realidad de hoy. Las autoridades más altas de la nación han expresado que es difícil ese cambio de mentalidad en las personas para comprender que estamos enfrentados a épocas nuevas y muy cambiantes. Yo me refería en el Consejo Pastoral a que debemos trabajar en el tipo de educación a los niños, en el tipo de formación catequética, de formación en la vida cristiana de esos niños, todo esto hay que transformarlo. Hay frases que por repetidas se nos vuelven comunes y hasta ‘normales’. Por ejemplo, ‘hay que cuidar a los niños porque ellos son el futuro de la Iglesia’. Y los niños no son el futuro de la Iglesia, los niños son Iglesia. La Iglesia está formada por niños, jóvenes, adultos, ancianos. No es cuidar para asegurar el futuro, es que ellos son presente y parte de la Iglesia. Tanto el niño, como el adulto, tienen que aprender a ser discípulos misioneros, pero cada uno desde su condición. Ese es un cambio que pareciera sencillo y no es fácil que cale”.

 

 El propio Papa Francisco ha insistido en que debemos dejar de ser una Iglesia referencial, encerrada en sí misma y salir hacia las periferias existenciales. La Iglesia en Cuba, desde el ENEC, acontecimiento en el que usted participó de manera muy comprometida, es una Iglesia “en salida”. Desde esta experiencia que ya la Iglesia nuestra ha vivido, ¿cómo considera que debe producirse el encuentro con estas “periferias existenciales” que el Papa menciona? ¿Tiene identificada la Iglesia en Cuba cuáles son nuestras “periferias existenciales”?

 

“Las periferias no coinciden, diríamos, con las cinturas de miseria material que puedan existir en todo país, en toda ciudad. No son simplemente geográficas, delimitables como en un mapa. Como Iglesia, nos es necesario un plano de tipo social que nos permita identificar que tenemos personas periféricas en el trato nuestro con respecto a lo que es el mensaje cristiano, a lo que es la misma fe, a lo que es la presencia de un cristiano en el mundo, a lo que es el mensaje de paz y de reconciliación que trae la Iglesia. Hay quien es totalmente ajeno, distante y hasta ve con sospecha a la Iglesia.”

 

Condicionamientos históricos, malos testimonios de cristianos, una vieja mentalidad, dura o poco abierta, una Iglesia muy encerrada en sí misma por distintas razones, a veces por autoprotección ante un medio que le es hostil, ha propiciado que tengamos personas extrañas a la Iglesia y que, al mismo tiempo, están muy cerca de ella. A pocos pasos de un centro o una casa parroquial, encontramos personas que se sienten a gran distancia de ese lugar, no hemos sido capaces de tender un puente o salir a encontrarnos con el otro.

 

“Salir a encontrarnos no es emprender un gran viaje o desplazarse kilómetros, sino, simplemente, salir de uno mismo para ir al otro y darnos cuenta de cuáles son sus necesidades, sus expectativas y hasta sus prejuicios, para compartir con él la alegría, todo lo humanamente aceptable que llena a una familia. En todo esto hay una manifestación de ‘soy como tú’, ‘estoy a tu lado’, ‘comprendo tu sufrimiento’, ‘acudo a tus necesidades cuando puedo’, ‘te tiendo una mano’, ‘te miro con simpatía’, ‘no tengo en cuenta tu rostro, tu estado de ánimo, si llevas una cara seria’, ‘yo quiero romper ese muro’. Ahí están las periferias. La misión hoy empieza enfrente de la casa parroquial.

 

“La Iglesia en salida es una Iglesia que no se hace extraña, que no se hace muy autosuficiente. No es una sociedad cerrada que se contenta con admitir socios para que se sientan bien y no quieran ser molestados y disfrutar entre ellos algo que solo ellos comparten. Eso no es la Iglesia. Un profesor sueco de Religión Comparada pasó una vez por La Habana y quiso hablar conmigo. Me dijo: ‘Yo le he preguntado a los jóvenes de Cuba lo que significa la Iglesia para ellos, ¿y sabe lo que me han dicho?’. Le pregunté dónde les había encontrado e interrogado y me respondió que en el Malecón. La respuesta de los jóvenes fue más o menos esta: ‘Si la Iglesia supiera lo que significa para nosotros, se acercaría más a nosotros’. No llegamos hasta ellos, es verdad, hay un muro de separación entre ellos y nosotros que debemos romper”.

 

¿Y por qué no se rompe?

 

“Primero por la variabilidad de ese mundo que está en la periferia, puede que alguna persona se acerque un día, mire, pase y siga. San Agustín dijo: ‘Yo temo a Jesús que pasa’. Pasa muchas veces por la vida de la gente y en ese momento no hay nadie que sea capaz de acoger, de decir una palabra, de invitar a pasar, pues teniendo imágenes de un pasado más tenso, desde dentro de la Iglesia ven a esa persona o a ese grupo en la puerta y se cuestionan enseguida, ‘¿qué querrá ese grupo?’. En nuestra diócesis hay un joven sacerdote que se acercó a la Iglesia siendo ya estudiante universitario. No estaba bautizado, venía una noche en el autobús que doblaba frente a una iglesia y la vio abierta, pasaban las doce de la noche y estaba muy llena, con mucha gente; se bajó, entró por primera vez y para siempre. Pero su comentario era: ‘nadie se acercó a mí, fui yendo domingo tras domingo y nadie vino a mí, hasta que caminé hacia adelante y me acerqué a un grupo de jóvenes que cantaba en el coro y, poco a poco, fueron aceptando mi presencia’. Pero no todo el mundo hace lo que ese joven, puede ser que otro pase, mire pero no se baje o, quizás, al no ser acogido, decida no regresar. Confluyen muchas cosas, pero lo que no puede fallar en nosotros es, primero, la acogida y, después, la salida. Lo importante es que yo acoja al ser humano donde está y lo lleve hacia una humanidad más alta, y allí es donde aflora después la posibilidad del cristianismo. El cristianismo es humanidad”.

 

¿Tenemos periferias dentro de la Iglesia? Pienso en las mujeres solteras que están en nuestras comunidades, los homosexuales, las jóvenes que en algún momento se han practicado el aborto, personas sincréticas, miembros del Partido Comunista…

 

“La Iglesia en Cuba, en general, ha tenido acogida para la mujer soltera, el homosexual, el sincrético, el comunista, el ateo… Aun en momentos difíciles, cuando algún tipo de persona era llevada muy reciamente por las estructuras sociales, la Iglesia fue -digamos- tolerante y acogedora en el buen sentido de la palabra, siempre considerando con misericordia. Hemos sido una Iglesia que ha practicado la doctrina cristiana, la que está consagrada en el Código de Derecho Canónico, pero lo hemos hecho con un sentido muy grande de comprensión y misericordia, sin variar nada de lo estrictamente pedido por la Iglesia en su legislación. La Iglesia en Cuba ha tratado de ser muy comprensiva en general. A veces, algún sacerdote que viene del extranjero presenta una dureza que nuestro sacerdote cubano no tiene.

 

“En ocasiones, las exigencias para el bautismo han llegado a ser excesivas. Y el bautismo tenemos que verlo como lo que es, un regalo de Dios. No podemos pedir en exceso a la persona que viene a bautizar a un niño. Tenemos sacerdotes que no han querido bautizar a un niño porque no es del barrio o no es de la zona parroquial. Esto no puede ser así, puesto que la persona siente que está ante un organismo totalmente burocrático y no frente a una comunidad de fe. Cuando hubo una racha en Cuba de exigir tantos detalles para bautizar a un niño, el número de bautismos bajó enormemente. Recuerdo la queja de una señora que me dijo: ‘Yo llevo tres noches durmiendo en la cola para comprarle un colchón a mi hijo, llego aquí y me piden miles de cosas para poder bautizarlo. ¿Es que también la Iglesia nos va a hacer la vida imposible?’. Tiene que existir una atención personal a cada familia, a cada persona, porque no trabajamos con casos, trabajamos con personas. Cuando yo llego a la persona concreta, no puedo tener esa rigidez. El bautismo debe ser, como decía el padre Arroyo (q.p.d.), un día inolvidable en la vida de la familia”.

 

 Este Consejo, específicamente, se celebra tres años después de presentar su renuncia al Santo Padre según estipula el Código de Derecho Canónigo, la que se hará efectiva cuando el Papa decida. ¿Tiene idea de cuándo?

 

“El Santo Padre me ha dicho, ‘tu carta está en mi gaveta, hay que esperar otro momento un poquito más propicio y después, ya veremos’. No tengo idea de cuándo será, pienso que sea, quizás, durante este año. Casi siempre los cardenales estamos más tiempo, nos dan dos años, aunque ya yo voy para tres. Hay un límite absoluto: los ochenta años, pero, sinceramente, no espero llegar a ese límite, pues ya uno tiene más riesgos de enfermar y perder facultades”.

 

Teniendo en cuenta que usted es el obispo que más tiempo ha permanecido en la que primero fue diócesis y luego arquidiócesis habanera, ¿le preocupa el retiro? ¿Ha pensado en qué hará después?

 

“Ya son treinta y tres años como arzobispo, con vivencias muy interesantes. No me preocupa el retiro. Lo asumo con un sentido muy cristiano de la vida. Cuando me nombraron obispo, muchas personas, incluso otros obispos, se me acercaron para decirme: ‘Ay, lo que te ha caído encima’. Yo tenía cuarenta y dos años y me parecía que era demasiado joven aún, sin embargo no podía aceptar ese espíritu de temor, de miedo por lo que podía venírseme encima. Nunca he podido enfrentar la vida de esa manera. Por eso me dio mucho gozo cuando Francisco, recién electo Papa, dijo: ‘Para mí esto ha sido una sorpresa, una alegría, y que Dios me perdone’. Después fue más explícito al decirle a un periodista: “Yo esperaba el día de mi sacerdocio, de mi ordenación sacerdotal, y me sentí muy contento, creo que un sacerdote debe sentirse contento de ser sacerdote, si no no lo podría ser”. Y es verdad, el día que me nombraron obispo, me pasó igual, me sentí contento y no puedo decir otra cosa porque sería una insinceridad, pero la gente relacionaba aquel nombramiento con un honor y una carga, y yo no pensaba ni en el honor ni en la carga, me disponía a vivir un nuevo ministerio para servir a la Iglesia y si lo asumía con tristeza y abatimiento no sería digno de eso.

 

“Creo que el retiro lo enfrentaría de la misma manera. Lo enfrento ya, desde antes, pues he estado acondicionando el lugar donde voy a vivir, muy cerca del arzobispado, en lo que es hoy el Centro Cultural Padre Félix Varela y en el mismo espacio donde estuvieron las habitaciones del cardenal Arteaga. Sí, he pensado en qué haré después. Vida pastoral hay que seguir teniendo, atenderé algún lugar, visitaré algún sitio, me moveré de una comunidad a otra, recibiré visitas. Algunas personas me han recomendado escribir mis memorias, y si Dios me lo permite las escribiré o las dictaré. Tendré que seguir asistiendo, por ejemplo, al Consistorio, pues aunque tenga más de ochenta años, como cardenal es una obligación. Atenderé y asumiré cualquier envío del Papa, espero viajar a algunos lugares que por falta de tiempo no he tenido la posibilidad de conocer. ¡Cuántas veces me han invitado a Chile!, es un país que nunca he visitado y me encantaría ver. Quisiera aprovechar ese tiempo para visitar todas esas pequeñas comunidades que nunca he visitado o que he estado en ellas de manera muy veloz, ahora quisiera estar para compartir y conocer… Me sobrecogen esas comunidades que están en el medio del campo, en una casa, en un batey, y que son magníficas”.

 

¿Retirarse a un lugar tan cercano a la residencia habitual del arzobispo no podría crearle problemas a su sucesor?

 

“Me han recomendado retirarme a un sitio más apartado para no darle celo al otro obispo, pero no lo veo ni lo creo así. Cuando yo llegué a esta sede, aún vivía y hasta presidía algunas celebraciones, monseñor Evelio Díaz, y ya había pasado también por la arqui-diócesis monseñor Francisco Oves. Monseñor Evelio vivía en un lugar muy incómodo, no fue bien alojado el pobre arzobispo, él mismo no cuidó esta edificación y se hallaba viviendo en casa de su hermano, en una habitación ubicada en un tercer piso. Atendió durante mucho tiempo la capilla de Tarará, hasta que la cerraron, pero lo invitaban a predicar en todas partes, fiestas patronales, días de precepto. Todo sucedía estando yo aquí, es más, a veces ni me enteraba. Monseñor Evelio predicaba muy lindo, era un poeta. La gente disfrutaba escuchándolo”.

 

Le seré muy sincera (interrumpo), no creo que sucederá lo mismo con usted.

 

“Pero no es porque el obispo se entere. Tiene que enterarse, por supuesto, pero no importa”.

 

Pero a esa realidad le añadiríamos además, que usted es cardenal, el único cardenal que hay en Cuba y como figura pública de nuestra Iglesia ha tenido un papel importantísimo en el diálogo con las autoridades del país…

 

“Eso es verdad, pero cuando he dialogado con las autoridades lo he hecho siempre en nombre de la Iglesia y no a título personal. La ciudad de La Habana es una plaza muy importante. Aquí está el nuncio apostólico, aquí están las más altas instancias del Gobierno, tenemos a los diplomáticos, la prensa extranjera y, territorialmente, es una diócesis extensa y variada en su composición. Abarca La Habana, Isla de la Juventud y territorios de las provincias de Mayabeque y Artemisa. Durante mi episcopado he compartido con nuncios muy populares, que han visitado todas las parroquias, y para mí ha sido un honor y hasta un descanso que ellos oficien una celebración, prediquen… Pero aunque vaya el nuncio, y hasta confirme, porque algunos lo han hecho, aquí se sabe bien quién es el obispo, la gente lo llega a saber muy bien.

 

“Es una plaza bien, bien difícil. Es el lugar donde habrá, además, un obispo emérito y eso, reconozco, debe tenerse en cuenta. Es la plaza que cuenta también con obispos auxiliares, donde hace falta mucha colaboración, y todas estas personas, en un momento dado, son una gran ayuda y benefician la vida de la diócesis, la enriquecen. Pienso que ningún obispo en Cuba es celoso, y el que nombrarán saldrá de dentro de ellos”.

 

Pero Francisco puede sorprender hasta con uno cuyo nombre no esté en la lista de posibles candidatos…

 

“Bueno… Él contará conmigo, como es natural [Ríe]”.

 

¿Cuáles son las mayores diferencias entre la Iglesia que encontró hace cincuenta años, cuando fue ordenado sacerdote, y la Iglesia que halla al momento de su retiro como arzobispo de La Habana?

 

“Yo empecé en una época en que la Iglesia universal acababa de celebrar el Concilio Vaticano II. Había una gran esperanza, una gran expectación, pero hubo una tremenda sacudida en aquella Iglesia, y eso le tocó vivirlo al Papa Pablo VI, un hombre de gran sufrimiento y gran inteligencia, que supo llevar adelante el Concilio, concluirlo y comenzar a ponerlo en práctica. A solicitud de los propios sacerdotes y de religiosos también, se concedieron muchas salidas del ministerio y de la vida consagrada. Hoy estas salidas se siguen concediendo, pero las cifras han disminuido enormemente. En aquel momento, aquello pareció como una acumulación de personas con problemas, pues nunca se daba una reducción al estado laical. Era muy raro. Fue entonces que disminuyó el número de religiosas, de religiosos, se perdieron los signos sagrados de la Iglesia, y si bien con la introducción de las lenguas del pueblo, ganó mucho la liturgia y se reavivaron las misas, la gente fue más lejos de lo que debía y las iglesias se despojaron de las imágenes que tenían devoción popular, se comenzó a producir un divorcio entre el pueblo tradicional y aquella élite tan transformadora. Todo aquello hizo que la Iglesia sufriera, al mismo tiempo que tenía una nueva visión sobre el mundo y una disponibilidad para anunciar el Evangelio, era una Iglesia que iba, en los próximos años, a sufrir la resaca del concilio, la resistencia y la mala interpretación.

 

“En ese ambiente postconciliar, pero en medio de Cuba, inicié mi sacerdocio. Había ocurrido aquello tremendo, aquel cambio, y toda revolución estremece y da miedo, a eso se sumaba que nuestra Iglesia sufría enormemente la pérdida de tantos religiosos, tantos sacerdotes que partían al extranjero, algunos por fuerza y otros por decisión propia. Era una Iglesia reducida en número. Yo regresé de mis estudios en Canadá con alegría, con gusto, y siempre le doy gracias a Dios por haber regresado. Recuerdo que al terminar aquella cuarta misa que celebraba un domingo, mientras me quitaba los ornamentos, me dije a mí mismo: ‘en ningún lugar del mundo yo podría tener un ministerio tan lindo como el que tengo en Cuba’. Me sentía muy feliz.

 

“El permiso para que entráramos al país los seminaristas que estábamos fuera (eso fue después de Girón) fue como para cien y regresamos no más de cincuenta y dos o cincuenta y tres. Me ordené, después de eso vino el año 1966, que resultó muy difícil para la Iglesia, un año de muchos acontecimientos desencadenados, la Iglesia volvió a estar bajo una mirada negativa, hubo problemas con las catequesis y con los catequistas, los pequeños no podían ir a la catequesis si no asistían con los padres. Disminuyó considerablemente el número de niños en la catequesis. El año 1964 fue un tanto tranquilo, pero en 1965 ocurrió el éxodo de Camarioca, y en 1966 se produce la encarcelación del padre Miguel Loredo 1 OFM, algunos sacerdotes somos enviados a las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), se suceden tiempos con muchas dificultades.

 

”Pasados esos momentos difíciles para algunos (porque el padre Loredo estuvo diez años en prisión), 1 optamos por permanecer en la Iglesia, pero una Iglesia en éxodo. Por esa época se habilita el puente aéreo de Varadero, todos los días salían de doscientas a trescientas personas por ahí, muchas de ellas católicas. La década del setenta también fue muy dura, aunque la economía interna de la gente y la distribución de alimentos mejoró algo. La Iglesia fue saliendo poco a poco adelante, todavía con gran dificultad en aquellos años. Ambas décadas, la del sesenta y la del setenta fueron muy difíciles para la Iglesia.

 

“Es en la década de 1980 cuando se prepara el ENEC, 2 que viene a ser como un despegue para la Iglesia. Con el ENEC se habla de la Iglesia encarnada, una Iglesia orante y misionera. La gente aceptó muy bien orante, pero encarnada no. Nuestras mentalidades permeadas por años de sufrimiento dentro de la Iglesia, no podían asumir esa realidad de encarnarse, sembrarse, meterse dentro de la gente. Mucha gente no aceptaba ser parte de la vida social y política de Cuba y ofrecía resistencia. Decían que una Iglesia encarnada no, y no era, además, una frase venida de la Santa Sede, sino nacida aquí, de la propia Iglesia de Cuba. La gente nuestra no asimiló al principio ‘encarnada’. Sin embargo, misionera sí fue aceptada, y por ahí nos fuimos. Iniciamos entonces la Misión de la Cruz de la Evangelización para celebrar el V Centenario del descubrimiento de América. ¡Nueve años de misión!

 

“Una cruz muy simple de madera fue recorriendo toda Cuba, ciudad por ciudad, hasta lo último y más recóndito de la Isla. Fueron las primeras misiones de puerta en puerta para invitar a la gente a compartir la Buena Nueva, a anunciar a Jesús entre nosotros. Éramos muy bien recibidos. Hoy esa cruz está en el santuario de La Caridad, en El Cobre. El deseo y el hecho de ser una Iglesia misionera nos impulsó a abrirnos a la gente y a empezar a abrir las puertas de las iglesias, aunque aquí vale una aclaración. Todavía hoy, nuestras iglesias de La Habana no están suficientemente abiertas, muchas permanecen cerradas el día entero, otras abren un ratico antes de la misa, pero no es una iglesia que dé el testimonio que ha pedido el Papa Francisco, quien ha insistido en que permanezcan abiertas.

 

“Durante esa misión tras el ENEC, nos percatamos de que estaba viva la fe cristiana en el pueblo de Cuba. A cada paso por los pueblos y ciudades, aumentaba la creatividad. Fue un despertar de la Iglesia que facilitó la misión; pero lo que más movió a la Iglesia fue, sin dudas, la posibilidad de la apertura.

 

“Después vino el período especial y, en medio de esta etapa, nació Cáritas, que también ha abierto muchas puertas de contacto con la gente necesitada, con los enfermos, con las donaciones que han crecido y hasta con una ligera presencia en medio de desastres. Aunque como institución, la Iglesia en Cuba no tiene ese gran volumen de dinero, administra muy bien lo que le dan y trata de incrementarlo por diversos medios para tener otras ayudas que se suman a las de Cáritas, como por ejemplo, la de los Caballeros de la Orden de Malta. Es decir, que la acción caritativa de la Iglesia es también muy importante. Lo dijo Benedicto XVI en su carta sobre la caridad y el Papa Francisco lo retoma cuando expresa: ‘El quehacer con los pobres y la ayuda al necesitado es una forma eminente de evangelización’. Después tuvimos la posibilidad de visitar las prisiones y organizar una pastoral penitenciaria que ha incluido también a las familias de los reclusos. Hoy podemos celebrar catequesis y misas cada mes en centros de reclusión.

 

“Pero sin duda alguna, fue la visita del Papa Juan Pablo II lo que cambió totalmente la percepción que podía haber en la sociedad cubana, de la Iglesia. Ya Cáritas, durante los primeros años de la década del noventa, había dado como un testimonio de que queríamos el bien, que queríamos darle la mano a todos. En aquella época, la carencia de medicinas era muy grande y nosotros estábamos trayendo grandes cantidades de medicamentos del exterior y repartiéndolos… Y una vez experimentada esa acción pastoral en la sociedad, de servicio a los demás, viene el Papa Juan Pablo II. Lo más grande de este hecho es la autoconciencia de la Iglesia cubana, pero también del pueblo cubano de que la Iglesia está presente en medio de él. Una Iglesia que podía organizar una visita como aquella, una Iglesia que podía encontrar una acogida tan grande en el pueblo. Cuando el Papa llega y va a las plazas, la Iglesia nuestra sale por primera vez a la calle.

 

“Yo recuerdo el impacto que causó el cartel del Cristo en la fachada de la Biblioteca Nacional, que decía ‘En ti confío’. Cuando fue completándose, yo estaba en la plaza, y al verse totalmente la figura de Cristo, hubo una exclamación tremenda en aquella plaza que estaba llena y todo el mundo comenzó espontáneamente a aplaudir. Dos pastores protestantes que estaban cerca de mí me abrazaron. Ellos no aceptan las imágenes, pero en ese momento era la alegría de una fe compartida entre todos, era el pueblo entero que estaba viendo la imagen familiar del Sagrado Corazón, la misma que siempre permaneció en muchas casas de Cuba. Eso fue inolvidable y será inolvidable, y lo generó la visita de Juan Pablo II. Más tarde tuvimos en La Habana la interamericana de obispos, que transcurrió muy bien.

 

“La Iglesia en Cuba ha dado siempre pasos pequeños, sostenidos, progresivos, hacia adelante, nunca ha habido un paso atrás en la vida de la Iglesia. Lo que se obtiene una vez, queda perennemente, década por década, y así ha sido hasta el día de hoy. Nunca, en momentos de crisis, que los ha habido grandes, y en los que se ha suspendido todo tipo de diálogo y hemos estado aquí como yuxtapuestos, sin estar unidos, en esos momentos tan tremendos, nunca se volvió atrás”.

 

Para todos está claro que usted es nuestro arzobispo, pastor de la Iglesia que peregrina en La Habana, sin embargo, al mismo tiempo se le atribuye habilidad diplomática y se le identifica como figura pública de alcance social y político, algo que suele ser controversial en la historia de la Iglesia. ¿Cuánto de pastor hay en el diplomático hábil, y cuánto de diplomático hábil hay en el pastor?

 

“A mí me parece que lo que se ha definido como diplomacia es la capacidad de diálogo. El Papa Pablo VI dijo: ‘Diálogo es el nuevo nombre del amor’. Y el amor es lo cristiano, es lo propio de un pastor. Ahí está toda la lógica que podemos desmenuzar un poco más. El Papa Benedicto XVI en su última conversación conmigo, siete u ocho meses antes de su dimisión, me preguntó si la Iglesia en Cuba estaba por el diálogo. Me lo preguntó abruptamente, porque estábamos hablando de su viaje a Cuba. Le respondí que sí, y me preguntó si también los más jóvenes estaban por el diálogo. ‘Quizás los más jóvenes no vivieron las grandes dificultades que tuvo la Iglesia en el pasado, y no se dan cuenta de cuánto ha cambiado la situación de hoy’, comentó el Santo Padre. Le dije: ‘Santidad, también hay otro factor, aquellos que vivieron una época muy difícil, de escuelas en el campo, de mucho adoctrinamiento de tipo ideológico que los llegaba a fatigar, a cansar, se han vuelto, quizás, como distantes internamente, como visceral-mente ajenos’. Y me respondió el Papa: ‘pero el diálogo es el único camino’. Yo le dije que sí, que todos, como cristianos, comprendemos que ese es el único camino. Y me dice: ‘La Iglesia no está en el mundo para cambiar gobiernos, sino para transformar con el Evangelio el corazón de los hombres, y esos hombres cambiarán el mundo según la disposición de la providencia’.

 

“El día en que el Papa Francisco fue elegido, yo viajaba en el mismo microbús de él viniendo de la Capilla Sixtina para la casa de Santa Marta. Llovía, hacía frío, veníamos sentados uno al lado del otro y le dije: ‘Jorge yo quisiera hablar contigo un poco’; y me preguntó: ‘¿Cuándo?’. Le dije: ‘Ahora mismo, nos quedan cuarenta minutos antes del almuerzo’. Me preguntó si mi habitación era grande, le respondí que sí, era la que me había tocado en la rifa, a él le había tocado una chiquita y en el quinto piso. Me indicó: ‘Yo bajo a tu habitación’. ‘Yo quiero hablar contigo sobre América Latina -precisé-, porque tú vas a ser Papa hoy en la tarde’. ‘Bueno, si no se vira la tortilla’, acotó.

 

“La conversación era sobre América Latina, pues se trata de una región donde ha habido muchos cambios, los cuales han sido muy favorables en el sentido de su política social. Yo, cuando era vicepresidente del CELAM, participaba en la redacción de aquellos documentos que hablaban de la gran diferencia entre ricos y pobres y de la dependencia que tenía América Latina de Estados Unidos. Todavía la diferencia entre ricos y pobres sigue siendo grande, pero no existe esa dependencia de Estados Unidos, a nadie se le ocurriría hoy hablar de eso en un documento. ‘Toda la América Latina está unida, Cuba es la que preside la CELAC’, le dije. ‘Esos cambios hubiéramos querido hacerlos con nuestra gente que estudió Doctrina Social de la Iglesia en nuestra universidades, pero no fue así, fueron hechos por Hugo Chávez, Evo Morales, los Kirchner, Lula da Silva, Rafael Correa, Daniel Ortega, todos con una inspiración que viene desde atrás, de la Revolución Cubana de Fidel Castro. Y ante esos cambios -le dije-, me parece ver la Iglesia como expectante. Y qué espera la Iglesia, que pasen estos gobiernos y vengan otros que le den un lugar de privilegio y la favorezcan, en ocasiones esta expectativa se vuelve crítica’. Y el cardenal Bergoglio, pues todavía no era Papa, me respondió: ‘No, no, la Iglesia no puede estar nunca a la expectativa, y menos una expectativa crítica. La Iglesia no puede ser nunca una simple espectadora, estos procesos la Iglesia los tiene que acompañar en diálogo’. Le conté entonces mi última conversación con Benedicto XVI, y al llegar al final de mi historia y decirle la frase que cerró aquel encuentro, él se emocionó: ‘¡Ay, que frase! Esto lo pondría yo en una pancarta, a la entrada de todas las ciudades del mundo’.

 

“Fíjate, diálogo es una palabra clave, diálogo es lo que ha habido aquí entre Estados Unidos y Cuba, diálogo es lo que facilitó el Papa con su gestión, lo que él quiere facilitar en los lugares en conflicto, yendo hasta los extremos. Él, como pastor, lo mismo que el Papa Benedicto XVI, sabe que diálogo es la parte diplomática, la única diplomacia vaticana, la diplomacia eclesial del amor. Yo no soy un diplomático del tipo común, no soy dado a redactar carticas bien hechas, formalitas, pero ser una persona de diálogo, eso sí. Y diálogo es el nuevo nombre del amor. Hace años atrás, los obispos cubanos hablábamos en Roma con el cardenal Agostino Casaroli, quien era entonces secretario de Estado del Papa Juan Pablo II, pero tenía amplia experiencia en la diplomacia vaticana desde los pontificados de Juan XXIII y Pablo VI en cuanto a entablar diálogo con los países del llamado bloque soviético, con gobiernos contrarios y abiertamente hostiles. Nos quedamos absortos oyéndolo, mientras contaba toda la labor política de la Santa Sede hacia los entonces países socialistas, él fue el padre de esa labor política. Nos narró cómo llegaba vestido de civil, lo mismo a la Unión Soviética, que a Hungría, a Checoslovaquia, a Polonia… Y, sin dudas, logró cosas muy importantes. Nos decía: ‘Saben lo que pasa, que yo soy chiquito y hablo bajito, el Papa es grande y habla fuerte. Ya eso es muy importante’. ‘Yo siempre he dicho -nos narraba-, que todos los seres humanos son iguales, los comunistas tienen las mismas angustias que yo, tienen los mismos problemas familiares y del corazón que puedo tener yo, pueden tener las mismas ansias de paz y felicidad como las mías; pueden tener un lenguaje muy distinto, pero en último término estoy hablando con un ser humano que siente, que sufre, que ama, y siempre he pensado en eso’. Terminó asegurándonos: ‘Parece que los que han vivido mucho tiempo en países comunistas, se extrañan al oír esto, porque yo como muchas tardes con el Santo Padre y se queda muy serio cuando digo estas cosas’…, y nos miró a todos nosotros. Un obispo cubano le preguntó: ‘¿Eminencia, cuál es el arma suya para esa capacidad diplomática?’, y respondió inmediatamente: ‘Mi respuesta no es nada diplomática, los va a desconcertar, pero es la única verdadera. Mi respuesta es el amor’.

 

“Entonces, no debemos despreciar nunca la palabra diplomático cuando se habla de diplomacia de la Iglesia. La diplomacia de la Santa Sede no se opone a la diplomacia del pastor, al contrario, se integra de tal manera que es muy pastoral la diplomacia y muy necesaria al pastor. Y si le faltara esa diplomacia, le faltaría un elemento muy importante que es el estilo de nuestra pastoral: el amor. Por eso se ha hecho todo lo que se ha hecho con respecto a Cuba de esa manera, en silencio, porque se ha actuado con un deseo muy grande de servir, y eso es lo que hace falta, creo yo, con resultados o sin ellos, pero eso es. Como me dijo el Papa Benedicto XVI, ‘es el único camino de la Iglesia’. E insisto, diálogo es el nuevo nombre del amor, según el Papa Pablo VI. Por lo tanto, es a través del amor cristiano que deben hacerse estas cosas, creo yo. No es el amor alabardero ni clamoroso que se vale de declaraciones altisonantes, es el amor que no se irrita con el mal, no hace mal, todo lo espera… Tiene que ser así. Es la actitud fundamental para todo, desde acoger al más pequeño hasta acoger al más grande”.

 

En el año 2010 la Iglesia inició un diálogo con las autoridades del país. Este diálogo tuvo, al menos como resultados visibles, la excarcelación de los presos y la devolución de algunos templos ocupados por el Estado. Sin embargo, muchos, dentro de la Iglesia consideramos que este diálogo no se institucionalizó, ni alcanzó todos los niveles. ¿A qué se debe esto?

 

“El paso fue de una trascendencia enorme y la participación de la Iglesia en aquella liberación de prisioneros, uno por uno, cada nombre, cada prisionero, fue algo muy grande en sí mismo. La devolución de iglesias ocurrió en un segundo momento, pero continúa de manera progresiva. Van devolviendo un templo, luego otro. Sucedieron en silencio otros hechos, como lograr la entrada al país de algún que otro religioso a quien las autoridades no se lo permitían, un hecho que el propio presidente cubano consideró una ofensa para la Iglesia.

 

“El diálogo continúa, sin dudas, de ello es fácil percatarse tan solo viendo lo que significó la Peregrinación Nacional de la Virgen de la Caridad. En países de Europa eso no ocurre, no se cierran carreteras ni se pone todo el servicio de vigilancia de tránsito a disposición de un acontecimiento como este. Aquellos policías que aún hoy nos saludan por todas partes, eran los que iban en motocicletas, con orgullo delante de la Virgen, cuidándola, protegiéndola. La Virgen estuvo frente a las escuelas, visitó hospitales, cárceles, hogares maternos, empresas, pasó por unidades militares y ante ella se paraban en atención. Fueron posibilidades que se dieron para esto.

 

“La Iglesia en Cuba ha dado siempre pasos pequeños, sostenidos, progresivos, hacia adelante, nunca ha habido un paso atrás en la vida de la Iglesia. Lo que se obtiene una vez, queda perennemente, década por década, y así ha sido hasta el día de hoy. Nunca, en momentos de crisis, que los ha habido grandes, y en los que se ha suspendido todo tipo de diálogo y hemos estado aquí como yuxtapuestos, sin estar unidos, en esos momentos tan tremendos, nunca se volvió atrás”.

 

“Se sigue dialogando, no hay una ruptura de diálogo. Esperamos que pueda producirse un acuerdo a nivel de la Santa Sede con el Estado cubano sobre la Iglesia en Cuba, en el que se recoja todo lo alcanzado, se precise que eso se mantendrá para siempre y quede, además, un marco abierto para seguir adelante. Pero, sin dudas, se ha establecido un proceso de gran fluidez que debe continuar”.

 

En medio del proceso para el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, ambas partes reconocieron vehementemente el papel del Papa Francisco. Se conoce que la Iglesia ha venido abogando por una reconciliación hace mucho tiempo, no obstante unos están en contra y otros a favor de esta normalización en las relaciones. ¿Qué propuesta concreta tiene la Iglesia para “enderezar el camino torcido” y sanar las heridas que en muchos cubanos ha provocado este largo período de confrontación entre Estados Unidos y Cuba y que, al mismo tiempo, ha tenido graves consecuencias dentro de Cuba?

 

“Lo que constata todo el mundo, en Cuba, y la Iglesia está presente en todo el territorio, es que el pueblo en general se alegra ante esta nueva situación, ante esta nueva posibilidad de relaciones entre ambos países. Como es algo nuevo, cada uno entiende al nivel de sus posibilidades de comprensión de la realidad política del mundo, de sus intereses personales. Ha habido personas, y no de nuestra Iglesia, incluso un miembro del Partido Comunista, de nivel intelectual alto, que me ha dicho: ‘Yo encuentro muy bien todo esto, pero ¿qué le aporta esta relación mañana a mi mesa y de aquí a un mes a mi bolsillo?’.

 

“Mucha gente del pueblo padece de este escepticismo, dijéramos muy economicista, que solamente se limita al hecho de su mesa y de su bolsillo. Tal pensamiento los hace víctimas de un individualismo que se ha creado en Cuba, quizás como reacción exagerada al colectivismo. La gente tiende a enfocarse en su propio problema, está quien se alegra pensando que muy pronto habrá una mejoría mientras que otros se quedan escépticos porque creen que no habrá una mejoría para ellos. Es difícil para un tipo de personas y un cierto nivel, no quiero decir nivel intelectual ni nivel político, sino de pertenencia, poder pensar en pueblo como tal, en nación, no darse cuenta que lo que ocurrió el 17 de diciembre fue un acontecimiento histórico, uno de los más grandes en la historia de Cuba, como lo fue la visita del Papa Juan Pablo II, como lo fue la Revolución Cubana…

 

“El pensamiento debe ser: nosotros, en esta nueva realidad, vamos a tratar de que todos puedan mejorar su situación. Otros tienen un pensamiento tan innoble como el expresado por una señora que está a punto de vender su casa y emigrar para Estados Unidos: ‘¿Qué te parece cómo se han puesto de acuerdo estos dos…?’, y les da un calificativo muy feo. ‘Todo para fastidiarnos a nosotros. Porque yo iba a vender mi casa, la tengo casi vendida porque quiero irme, y ahora se acabará la Ley de Ajuste Cubano’. Es la persona centrada en sí misma, de manera que no le importa nada, realmente no comprende que hay bienes mayores que el propio, que a veces es turbio ese bien que está buscando. Hace falta altruismo, capacidad patriótica, de pensamiento elevado que lleve a pensar en la nación, en el futuro, de una manera muy amplia, y yo, como parte de esa realidad, participando en ella. Quizás todo esto sucede porque los cubanos se han acostumbrado a no participar, sino a ser espectadores de los acontecimientos, pero la acción queda para la historia, el papel de ambos presidentes, del Papa, de la Iglesia. He tenido la oportunidad de conversar con otros participantes, norteamericanos y cubanos, y me han dicho: ‘Creo que la Iglesia tiene que seguir desempeñando un papel en este proceso que debe continuar’”.

 

¿En qué medida, una mejoría de las relaciones entre ambos países resultará beneficiosa para la Iglesia?

 

“Para la Iglesia será muy beneficiosa. Yo le decía a la señora Roberta Jacobson, subsecretaria de Estado del Gobierno norteamericano, quien me vino a ver: ‘Espero que pronto todas estas restricciones financieras que tenemos se alivien, porque la Iglesia ha tenido que vivir un verdadero calvario para recibir la ayuda que viene desde el exterior para contribuir con las obras de caridad que desarrollamos’. El año pasado, por ejemplo, tuvimos una situación crítica con los comedores de ancianos, pues los fondos que venían de la Conferencia Episcopal norteamericana, de Catholic Reliefe Service (Cáritas de Estados Unidos), de los Caballeros de la Orden de Malta, incluso las ayudas que venían de unos terceros países como dijeran Habana, Cuba o cualquier otro nombre de territorio en la Isla, eran bloqueadas. Ayudas que pueden venir lo mismo de Irlanda, que de Francia o de cualquier otro país. No sabíamos qué medios buscar. Ella se lamentó mucho de esto, y me dijo: ‘Yo creo que pronto se aliviará toda esta situación’. He ahí un detalle que es muy importante para la misión caritativa de la Iglesia, para su presencia en la sociedad y que puede, con las nuevas medidas, mejorarse”.

 

Le haría una pregunta, que también se la hicieron al Papa, pero me encantaría saber su respuesta. ¿Le gusta, le ha gustado, ser arzobispo de La Habana?

 

“Al principio me asustó un poco, porque encontré que había habido muchos problemas aquí anteriormente. Le tengo un gran afecto a mi predecesor inmediato, ya fallecido hace algunos años, monseñor Francisco Oves, cuyos restos pudimos traer a la Catedral, y allí depositarlos como era su deseo. Murió fuera de Cuba, enfermo. Realmente, él enfermó con sesenta y tantos años, pero aquí se quebrantaron sus nervios. Le tocó vivir su episcopado en esta sede durante una época muy difícil, los años setenta. Era un hombre de diálogo frente a mucha gente que no quería el diálogo, para mí uno de los obispos más brillantes que ha tenido Cuba en el siglo pasado, hombre de una gran inteligencia, con una gran caridad, sencillez, pobreza, pero que sí se vio quebrantado. En La Habana lo quisieron, los laicos lo quisieron, el clero cubano también lo apreciaba. Después de casi tres años de administración apostólica por el obispo de Santiago de Cuba que venía cada quince días a La Habana, llegué a esta arquidiócesis.

 

“Transcurrían tiempos todavía difíciles. Acababa de pasar el éxodo del Mariel, la diócesis estaba un poquito desmantelada. Recuerdo que a mi toma de posesión vinieron el arzobispo de Miami, el arzobispo de Panamá, un arzobispo de México, y el secretario de la Congregación para los Obispos de la Santa Sede, quien me trajo un anillo del concilio que me mandaba el Papa y que usé hasta que me nombraron cardenal. Yo oía a toda aquella gente brindándome su apoyo, su ayuda y no podía ocultar cierto temor por lo que comenzaría. El nuncio me propuso una casa en Miramar porque esta casona estaba destruida, y según el propio nuncio, esta casa fue lo que enfermó al anterior obispo. Cuando mi madre supo que veníamos para acá se puso muy triste, durante mis años como obispo en Pinar del Río se había acostumbrado de tal manera a la gente de esa diócesis tan maravillosa, que le dolía dejarla atrás.

 

“Pues bien, la casa de Miramar era fabulosa, con excelentes condiciones, pero no me convencía la idea de abandonar este edificio. Vino el padre de Regla y me dijo: ‘He oído que usted se va de aquí. Este barrio está acostumbrado a ver al obispo, si usted se va de aquí, recuerde, el ojo del amo engorda el caballo. Es mejor que esté’. Le tranquilicé diciéndole que no pensaba irme a vivir a ningún otro lado. Y así fue, me quedé. Le dije al nuncio que el dinero que emplearía en arreglar la casa de Miramar, lo utilizáramos para esta casona, sumándole una cantidad mayor, por supuesto, porque esto estaba prácticamente en ruinas. Me alegró mucho la disponibilidad de los sacerdotes.

 

“Al principio me sentí un poco extraño, no soy habanero, soy matancero, y los matanceros se apegan mucho a su ciudad. No conocía La Habana, no conocía los barrios, no me ubicaba… salía mucho con el chofer para ver y aprenderme las calles, no entendía la división de vicarías, eran muchas iglesias en comparación con las que tenían otras diócesis, muchas estaban destruidas, había capillas en mal estado. Me sentía un poco perdido en medio de esta gran arquidiócesis, pero inmediatamente me puse a ver qué hacía falta y uno de los primeros pasos fue buscar los contactos internacionales para las ayudas. Al mismo tiempo tenía el consuelo de visitar esas parroquias y ver la alegría de la gente. Estuve asustado, tenía cuarenta y cinco años y hacía solo tres que era obispo. Gracias a Dios pronto me sentí consolado, La Habana no es fría, es una capital de gente cálida, muy amistosa y cariñosa. Tuve gente que me siguió a todos los lugares donde yo iba; un matrimonio mayor, una señora, llamada Caridad, que debe tener noventa años y aún vive en Santiago de las Vegas, y otra de Letrán, me los encontraba dondequiera. Yo mismo me ocupé del equipo de jóvenes de la diócesis y de la pastoral juvenil. Comencé a organizar las pascuas jóvenes, a tener encuentros muy seguidos con ellos, me resultaba interesante pasar tiempo juntos, escucharlos, hablarles, aconsejarles; muchos se han ido de Cuba, y otros, están ahí, han permanecido en la Iglesia de manera muy comprometida.

 

“Al poco tiempo de estar en La Habana fui a Roma, tenía que ir, primero a buscar el palio de los arzobispos, después a no sé qué, y aprovechando mis viajes a Roma, fui a la Congregación para los Obispos y dije que me hacía falta un obispo auxiliar. Me respondieron que no, yo estaba joven todavía. ‘Haga lo que deba hacer y por lo menos hasta dentro de diez años usted no debe tener obispo auxiliar’. Yo me dije, ‘oye, pero con lo grande que es todo allí…’. Y así fue, cuando pasó el tiempo, de Roma me dijeron que necesitaba dos obispos auxiliares. Así son las cosas, dos, y no uno como yo siempre creí.

 

“En La Habana me he sentido bien. Los que somos occidentales, yo diría de Santa Clara hasta Pinar del Río, tenemos características muy parecidas. Lo puedo asegurar, fui párroco quince años en Matanzas y tres años obispo en Pinar del Río, es gente buena, ¡qué gente tan buena! En una y otra diócesis me sentí muy feliz. Con el tiempo, La Habana se fue organizando y comencé a ordenar sacerdotes. Algunos de aquellos padres que me acogieron ya murieron, pero nunca olvido su disponibilidad y cariño hacia mi persona. Otros, que aún están, como monseñor Ramón Suárez Polcari, monseñor René Ruiz y monseñor Juan de Dios, habían sido mis alumnos en el Seminario. A todos ellos, y a muchos más, se sumaron los que fui ordenando, de ellos murieron el padre Jesús Cairo y en Miami el padre Joaquín Paret.

 

“Mucho dolor me causa cuando algún sacerdote se va del país, aunque para el número de sacerdotes ordenados, esta no ha sido la diócesis en que proporcionalmente se hayan ido más. Algunos se fueron enfermos y ya murieron; pero los que últimamente se han marchado, me causan mucho dolor, mucho dolor”.

 

¿Cuánto del padre Jaime, del párroco de Jagüey Grande, de la catedral de Matanzas, y de tantas pequeñas comunidades rurales, hay en el cardenal Jaime Ortega, arzobispo de La Habana?

 

“Te voy a contestar con la opinión de un empleado de esta casa. Hace unos años, estaba yo en la puerta del arzobispado, corría la primera quincena de diciembre y preparaba el nacimiento que pongo todos los años, y que cada vez enriquezco con algo nuevo, lo he enriquecido hasta ahora, no sé si en la Navidad que viene todavía me tocará a mí, pero bien… Mientras estaba ahí llegaron varias personas que querían verme, y ahí, parado, conversé con ellas. Viene este empleado y me dice: ‘Usted sigue siendo párroco’. Y es la verdad. Yo no puedo ver llegar la Navidad, como no puedo ver llegar la Cuaresma, sin que piense en lo que se hará en esos tiempos. Toda mi vida he sido párroco.

 

“No puedo dejar de tener un criterio así muy de sacerdote diocesano hecho para la parroquia, para lidiar con la gente. Los fieles de la Catedral, por ejemplo, tienen una relación conmigo como de párroco, y no soy su párroco, acostumbro a ir algún que otro domingo, en Adviento, Cuaresma, celebraciones muy señaladas. Cuando me nombraron obispo, mi madre, después de llorar mucho porque se tenía que ir de Matanzas, le respondió así a alguien que le preguntó qué pasaría conmigo a partir de ese nombramiento. ‘Lo único que le pido es que siga siendo igual, que no cambie por ser obispo, que siga jugando con la gente, hablando con todo el mundo, y hasta haciendo chistes’. Yo le dije que no iba a cambiar.

 

“Cuando llegué a Pinar del Río me hallé, primero, muy solo, muy aislado, y eso me causó un sufrimiento muy grande. Recuerdo que a las nueve de la noche, el vicario, padre Cayetano, que vivía allí conmigo, bajaba y cerraba con un hierro enorme la puerta del obispado. Aquel encierro me producía un sufrimiento que me llevaba hasta el llanto. No era así en la catedral de Matanzas, donde después de oficiar cuatro misas, bien cansado, me reunía largas horas con los jóvenes, con muchos jóvenes, no importaba si llovía o hacía frío, ellos siempre iban.

 

“Por eso yo me siento tan cercano del Papa, él dice que no puede estar solo. El sacerdote que era mi confesor y a quien le presenté mi vocación, me dijo cuando supo que yo quería ser hermano de las escuelas cristianas: ‘¿Hermano, usted?’. Le respondí que me gustaba la enseñanza, y acto seguido me aseguró: ‘No, usted puede ser sacerdote. ¿Sabe la alegría que le daría a su obispo si le dice que va para el Seminario? Eso es lo que hace falta, sacerdotes que enseñen, que no hagan grandes discursos, sino que enseñen cuando hablan al pueblo. A usted le gusta el trabajo con los jóvenes, eso es lo que hace falta, curas que trabajen con la juventud en las parroquias’. Le dije: ‘Pero, ay padre, la soledad, no me gusta la soledad’. Con la Acción Católica yo visitaba los pueblos y veía al cura en aquel cuartico encima de la sacristía, tan solo. Y me respondió: ‘Solo está quien quiere estar solo’. Y eso ha sido así. Nunca tuve soledad. Cuando fui a Pinar del Río, esa soledad episcopal de la cual hablé, pronto desapareció, empecé a visitar las parroquias, llegaba a casa a la una de la madrugada, y en La Habana fue igual. En Pinar el flujo de personas durante el día no es tanto, pero aquí es grande, constante. En los primeros momentos era el día y la noche, a cualquier hora se me aparecía un cura, y entonces, poco a poco, fui organizándome y poniendo horas hasta que llegó el momento en que estuve organizado. Logré tener tiempo para rezar un poco, cenar y luego salir para un pueblo y oficiar misas. Celebré confirmaciones unas detrás de otras, en sitios diferentes. Todo eso era en la noche, porque durante el día la mayoría de las personas trabaja. Hubo noches en que, sinceramente, me alegré de estar solo, de estar en casa, en compañía siempre de mi madre, por supuesto, que estuvo a mi lado hasta que murió. Esas noches las aprovechaba para escribir alguna homilía, leer.

 

“En La Habana nunca he estado solo, porque, además, la relación de los que no están al lado de uno, no es de gente que ignora, sino de gente a la cual yo puedo llamar por teléfono y decirle: ‘Oye, tú sabes esto… ¿qué piensas de tal cosa?’. Y me comentan, me dicen, conversan, planificamos un encuentro. No estoy solo, nunca me he sentido solo. Así que aquella frase de mi confesor en la juventud estoy seguro de que va a valer también para mi época de retiro. No creo que estaré solo, siempre habrá alguien que esté cerca. No me dejaré estar solo. Si no me buscan, yo saldré a buscar. Quisiera, si el Señor me da vida y si el Santo Padre me da un tiempo para que sea posible, tener un iglesita para atender como párroco.

 

“En mí lo que pervive es el párroco, y si hubiera tenido dudas de mi vocación para el clero diocesano, no me hubiera quedado ninguna después de haber sido párroco en Matanzas, pero después de ser obispo estoy aún más convencido: no hay nada más interesante que ser párroco”.

 

Nota

 

1 Fray Miguel Ángel Loredo, sacerdote franciscano, detenido junto a fray Serafín Ajuria el primer lunes de Resurrección de 1966 en el Convento San Francisco de Asís. Ambos fueron acusados de esconder en este lugar, sito en las calles Cuba y Amargura, en La Habana Vieja, al prófugo Ángel M. Betancourt, responsable del intento de desvío de un avión cubano con destino a Miami y del asesinato del copiloto y escolta de la nave. A pesar de la falta de pruebas y basado en la acusación de una sola persona, hasta poco antes cercana a él, el padre Loredo fue condenado a quince años de prisión, de los cuales cumplió casi diez. Fray Serafín Ajuria fue absuelto.

 

2 ENEC: Encuentro Nacional Eclesial Cubano. Se celebró en La Habana del 17 al 23 de febrero de 1986. En él participaron todos los obispos cubanos de aquel entonces, junto con una representación de sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos de las siete diócesis con las que contaba Cuba en ese momento. Este encuentro es considerado por muchos como la más importante reunión celebrada por la Iglesia en Cuba.