Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                                                                                       Dr. Antonio Morales-Pita, Chicago

Sobre la falta de unidad entre los cubanos

 

 

Cada pueblo tiene su propia idiosincrasia y sus valores. Antes del 1959 entre los cubanos existían divisiones generalizadas en todos los pueblos del mundo, es decir, las basadas en diferencias de clase, cultura y educación. En el ámbito religioso había aceptación de cualquier religión y se respetaba tanto al creyente como al ateo, desde el que nunca ponía sus pies en una iglesia hasta el que asistía semanalmente. Los cubanos tenían la opción de participar en política.  Se podía ser apolítico y dedicarse tranquilamente al trabajo, la familia y a vivir lo mejor que se pudiera. Ningún partido se había abrogado el derecho de identificarse con la patria, ni de exigir su unicidad en el país.

 

Durante los primeros cincuenta y ocho años del siglo XX, Cuba no era un modelo de democracia, hubo varias dictaduras de derecha, pero al menos el cubano promedio se sentía libre de consumir bienes y servicios en función de sus posibilidades económicas y gustos, de ser dueño de un negocio, de viajar fuera del país y regresar cuando lo entendiese conveniente, y de no depender necesariamente del gobierno.

 

El derrocamiento de la dictadura de Batista desbrozó el camino a Fidel Castro para transformar los valores del pueblo cubano y conducirlo hacia una sociedad comunista. La temprana oposición del gobierno norteamericano y la eliminación de la cuota azucarera fueron utilizadas, entre otras cosas, para justificar la penetración soviética en la economía cubana y acelerar el proceso de socialización de la producción.

 

El proceso liderado por Fidel Castro exacerbó las diferencias entre los cubanos por cuanto se erigió en el emancipador de la clase obrero-campesina, atacó frontalmente la propiedad privada oriunda y foránea, chocó contra las instituciones religiosas, y en definitiva cambió los valores del pueblo cubano: la patria, la familia y Dios.

 

Desde un principio, Fidel Castro trató de semejarse a los próceres de la independencia. Usó ampliamente el nombre de José Martí, especialmente sus escritos antiimperialistas, convirtiendo a un líder de la guerra contra España del siglo XIX en un marxista leninista del siglo XX.  El Comandante tenía que identificarse con la patria, de tal forma, que luchar contra la revolución implicaba ir en contra de la patria.  Algunos años después del triunfo revolucionario, en determinado momento en que se le subió el poder a la cabeza, llegó a enunciar que la patria era él.  Por lo tanto, inclusive estar en desacuerdo con algunas de las innumerables erróneas medidas del presidente de Cuba implicaba estar en contra del país.

 

A partir de esta falsa identificación entre un hombre ciegamente enamorado del poder y la patria que nos vio nacer, surgió otra división.  Era difícil coincidir en todo con el comandante en jefe y entonces se fueron creando dos grupos irreconciliables de cubanos: los incondicionales que repetían como autómatas todos los planteamientos oficiales y los que tenían criterio propio y no podían estar de acuerdo con todas las medidas promulgadas por el gobierno. Había además un grupo intermedio vacilante que no se plegaba totalmente a la política oficial, pero tampoco se le oponía velada o abiertamente. En Cuba ya no era posible ser apolítico: o se estaba con la revolución o en su contra. 

 

 La división llegó al seno de las familias: entre los miembros que estaban de acuerdo o en contra de la revolución, entre padres e hijos que eran separados porque estos últimos eran enviados a estudiar en el campo con carácter obligatorio, entre esposas y esposos que eran obligados a separarse para cumplir misiones internacionalistas o simplemente la zafra azucarera. Los individuos que se negaban a cumplir misiones internacionalistas eran acosados y ridiculizados en sus centros de trabajo y por los comités de defensa de la revolución (CDR). 

 

La mayor división en el seno familiar tuvo lugar cuando los cubanos que emigraban a los Estados Unidos (calificados peyorativamente como gusanos) eran condenados a perder comunicación con los familiares que permanecían en Cuba. Cuando alguien quería obtener un empleo era preguntado si tenía familiares en los EE. UU y si mantenía relaciones con ellos. Una respuesta positiva le negaba acceso al trabajo, y era reportado al CDR, una de las organizaciones más represivas del régimen cubano.  Cuando la subvención soviética ya no era suficiente para cubrir las deficiencias del sistema, se abrieron las puertas a las familias en el exilio, pero surgió otra división entre los cubanos: los que poseían y los que no poseían acceso al dólar (en otras palabras, a una vida más o menos decorosa).

 

Antes de la revolución existía libertad de culto, los cubanos eran libres de creer o no creer en Dios y por lo regular no se reportaban casos de personas que fueran excluidas de determinadas sociedades o reprimidas, o expulsadas de los centros de estudios simplemente por confesar sus creencias religiosas. El Comandante creó un antagonismo entre los creyentes y no creyentes lo cual recrudeció la división entre los cubanos que no creían y los que creían, quienes eran estigmatizados como no revolucionarios y malos cubanos. Si un “revolucionario” entraba a una iglesia, se casaba por la iglesia, o bautizaba a sus hijos, era mal visto por los miembros de su centro de trabajo o centro de estudio. Se interpuso una barrera de rencor entre los cubanos debida a su relación con Dios.

 

Las diferencias entre clases sociales (pobres o ricos) se agudizaron porque, por un lado se identificaba a los dueños de negocios con los cubanos apátridas; y, por el otro, se entronizó el culto a la pobreza.  La envidia frecuentemente presente entre los triunfadores y los perdedores en el terreno económico fue fortalecida por el odio de clase. Una buena parte de la clase económicamente fuerte emigró a los Estados Unidos, España, y otros países de la América Latina.  La diáspora cubana es producto de la división entre cubanos y un motivo adicional para acrecentarla.

 

La emigración cubana también experimentó y experimenta aún hoy en día divisiones internas en función del tiempo de estancia fuera de la patria, de la tenencia de familiares en Cuba, de las perspectivas de regresar a la patria cuando caiga el régimen, y de la actitud ante la derogación del embargo norteamericano contra el gobierno de Cuba. Hay emigrantes a favor del diálogo para efectuar los necesarios cambios en la economía cubana; mientras que los emigrantes de línea dura exigen cambios fundamentales inmediatos. Las diferentes oleadas de emigrantes también han creado diferentes grupos, por ejemplo, los 125 millares del Mariel, los 30 millares de agosto del 1994 desde La Habana  y los que se han sumado después del período especial (ver “Si Cuba no fuera una Isla” de Tania Díaz Castro en www.cubanalisis.com).

 

La labor divisionista del régimen cubano ha sembrado el rencor entre los cubanos.  Todos somos víctimas del castrismo. Los cubanos que residen en Cuba están sujetos a una fuerte represión física y psicológica (especialmente evidente contra los disidentes). El adoctrinamiento ha creado una profunda huella en la dependencia del cubano medio hacia el gobierno, un odio frontal contra la democracia verdadera, un constante temor e inseguridad en la expresión de sus opiniones. Estos cubanos están sufriendo enormes calamidades especialmente desde 1990 en que comenzó el mal llamado “período especial”. Tratar de conseguir que comer y cómo trasladarse de un lugar a otro se convirtieron en tareas primordiales de la población cubana.

 

No es de extrañar que, a pesar de existir grandes dificultades – en Cuba y en Estados Unidos - para los cubanos que tratan de llegar a la Florida por mar, el número de cubanos emigrando desde la isla va en aumentando. A la deplorable situación económica y la recrudecida represión, se suma el desencanto generalizado con el sistema, que ha probado su ineficacia sin tapujos desde la caída del campo socialista. El ser humano puede resistir situaciones difíciles cuando hay esperanza de un futuro mejor y se tiene fe en los dirigentes; pero cuando se cae la venda de los ojos sobre la verdadera naturaleza de la dictadura de los Castro, la situación es verdaderamente inaguantable.  Resulta altamente agobiante y despreciable la interminable verborrea política imputándole al embargo norteamericano y a las calamidades naturales las desgracias económicas nacidas al calor del bloqueo castrista y de la insaciable sed de poder del dictador cubanos y sus seguidores.

 

Los cubanos que vivimos fuera del país también somos víctimas, pero de un modo diferente. Si bien no estamos privados de un mínimo de condiciones de vida ni sujetos al bombardeo ideológico de la prensa cubana, estamos limitados (y en algunos casos imposibilitados) de visitar a nuestros familiares en Cuba. La comunicación por teléfono es extremadamente costosa e insegura. La comunicación por correo electrónico es casi inexistente. Si queremos visitar la patria, tenemos que someternos a la afrenta de obtener visa y hasta sufrir las consecuencias de medidas impuestas por el gobierno norteamericano. Si tenemos familiares en Cuba, sufrimos el dolor de sentir la impotencia para resolver los problemas y hasta de vernos privados de enterrar a nuestros muertos.

 

Absolutamente todos los cubanos dentro o fuera de Cuba sufrimos el infortunio de ver destruido nuestro país, de saber que la otrora bella ciudad de La Habana y en general todas las ciudades cubanas, se han convertido en urbes insalubres, decadentes, que parecen haberse detenido en el 1959 y retrocedido hacia épocas anteriores con un sistema de transporte y una infraestructura deplorables.

 

Los que llegaron en los primeros años en general soñaban con regresar y estaban constituidos por cubanos de buena posición económica en Cuba, cuyos negocios fueron afectados por las leyes revolucionarias, tuvieron la visión de preconizar el fatal desenlace de esta fallida revolución cubana, o chocaron directamente contra las injusticias del sistema. Se establecieron exitosamente en los países receptores desde un punto de vista financiero, pero nunca perdieron el sueño de ver a Cuba libre y democrática ni erradicaron totalmente la nostalgia de los símbolos patrios. Una buena parte de estos cubanos se asentaron con toda la familia inmediata en el territorio extranjero.

 

A medida que se fue radicalizando el régimen comunista, se fueron afectando más grupos de cubanos de la clase media o baja, por cuanto, el supuesto mejor futuro se alejaba cada vez más y se incrementaron las salidas legales e ilegales, incluyendo las del Mariel en el 1980.  Estos cubanos ya no necesariamente soñaban con regresar. Los jóvenes que habían nacido después de 1959 estaban menos comprometidos con un proceso de cuyos orígenes no habían participado, y aquellos que emigraban (si bien dejaban parte de la familia en la patria) por lo regular no pensaban en regresar.  La dosis de comunismo sin esperanza ya duraba más de dos décadas.

 

La caída de la Unión Soviética puso al desnudo la ineficiencia económica del régimen, y la suspensión del subsidio por el azúcar y el petróleo sumieron al país en su peor crisis económica, en la cual no se cumplían los mínimos niveles del racionamiento establecido desde 1961. Consecuentemente se reforzó la represión contra las manifestaciones de protesta y disidencia y las razones para la emigración eran de carácter económico y político.  La crisis de los balseros del 1994 obligó al gobierno a la apertura del mercado libre campesino  y a la liberalización del uso del dólar norteamericano, las cuales mitigaron un poco el descontento por la falta de alimentos, pero a su vez ampliaron las diferencias entre los cubanos de a pie y los que tenían acceso al dólar.

 

El éxodo de cubanos tomó diversas formas, se mantuvieron los viajes ilegales en embarcaciones por el Estrecho de la Florida, se incrementaron las salidas ilegales desde territorio mexicano, se acentuaron las deserciones de profesionales (estudiantes, artistas, científicos, deportistas, etc.) en el Canadá, España, y países latinoamericanos, se adicionaron las visas concedidas por la Oficina de Intereses de los Estados Unidos mediante rifas. Los números de emigrantes siguieron en aumento, muchos de los cuales no pensaban en regresar al país donde habían sufrido persecución, acoso, decepción y carecido de los bienes y servicios más elementales a los seres humanos.

 

Es cierto que los cubanos dentro y fuera de Cuba estamos divididos por obra y gracia del régimen comunista, y precisamente esta división nos debilita y fortalece al dictador.  El Comandante ha sabido usar constantemente la frase de “Divide y vencerás”. Se ha valido de ella para perpetuarse en el poder y para que el embargo, no solamente no le afecte en su hegemonía sobre la economía y el pueblo cubanos, sino que le sirva de chivo expiatorio para cubrir las múltiples deficiencias del sistema y le sirva de instrumento del adoctrinamiento contra el gobierno de los Estados Unidos (Ver artículo de Jorge Sanguinetty “La diferencia entre el bloqueo castrista de la economía cubana y el embargo americano de la economía castrista”, en www.cubanalisis.com).

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La historia universal demuestra que la unión de fuerzas opositoras es capaz de derrotar regímenes oprobiosos.  La reciente experiencia venezolana - de unidad entre las fuerzas de la oposición incluyendo a los estudiantes, a miembros del partido de Chávez y algunos militares para lograr el “no” – demuestra que es posible hacer a los tiranos morder el polvo de la derrota utilizando sus propias armas.  Hasta estos momentos Fidel Castro ha logrado crear y mantener la maquiavélica división entre cubanos fuera y dentro de Cuba, la cual no ha permitido concebir un plan de todos los cubanos amantes de la libertad para salvar a nuestro país. Nuestro Apóstol pudo lograr la unidad entre las fuerzas opositoras a la colonial España del siglo XIX. 

 

¿Existirá entre nosotros un segundo José Martí, ya sea físicamente dentro o fuera de la patria, capaz de amortiguar las diferencias entre todos los compatriotas y de hacer prevalecer la principal fuerza que nos une, o sea la libertad de nuestra tierra?  Los casi cincuenta años de sufrimientos, dolor, muerte y miseria a los que ha estado sometido nuestro país, sumados a la bochornosa falta de derechos humanos y de libertad, son un motivo más que suficiente para lograr un acuerdo o reconciliación entre los diferentes grupos que pudieran dirigir a Cuba en un tránsito hacia la economía de mercado.

 

Durante el 2007 la resistencia interna se ha ido fortaleciendo (ver el “Proyecto de ley de reencuentro nacional” de diciembre del 2007 firmado por Oswaldo Payá y presentado a la Asamblea Nacional de Poder Popular.) El economista independiente Oscar Espinosa Chepe en su artículo “Discurso controvertido” (www.cubanalisis.com) hace un análisis amplio de los aspectos positivos y negativos del discurso de George Bush el 24 de octubre del 2007, especialmente cuando plantea: “El aferramiento a viejas concepciones de la guerra fría en estos momentos sólo beneficia a los sectores más conservadores dentro del régimen, que rechazan cualquier cambio y que encuentran en la confrontación con Estados Unidos una ayuda a sus designios de mantener su poder absoluto”.

 

La necesidad política y socio-económica existe evidentemente. ¿Resurgirá nuestro nuevo apóstol?  Quiera Dios que exista entre nosotros y que sea capaz de unirnos. Este nuevo año podría ser testigo de importantes acontecimientos.