Cubanálisis El Think-Tank

                               ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

            Eugenio Yáñez

            Juan Benemelis

            Antonio Arencibia

           

LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ - 3

PASADO, PRESENTE Y FUTURO DE LA CUBA REVOLUCIONARIA (PARTE 3 DE 3)

 

CUANDO LA REVOLUCIÓN SE FUE A BOLINA 

 

El “desmerengamiento” socialista

 

Con la desaparición del “campo socialista” europeo y la caída del Muro de Berlín el régimen quedó sin coartadas para justificar el “socialismo real”, supuesto paraíso al que Cuba se encaminaba y a donde llegaría algún día.

 

Desde 1987-88 se veía venir una transformación profunda en el esquema de funcionamiento de los mecanismos “socialistas” establecidos por la URSS para sus satélites, pero poco hizo Fidel Castro para enfrentar la realidad, y continuó atrincherándose en “la rectificación” y el voluntarismo.

 

Cuando en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) se planteó la necesidad de medir cuentas y resultados en función de los precios del mercado mundial y la moneda convertible, Cuba y Vietnam pretendieron un tratamiento especial, como de hijos pobres, y no hubo modificaciones sustanciales en sus mecanismos de comercio exterior  y colaboración económica.

 

Posteriormente, cuando se comenzó a hablar en esa misma instancia de democratizar el sistema socialista, Castro envió a Carlos Rafael Rodríguez, miembro del Buró Político y Vicepresidente, a cargo entonces de la política exterior, a pronunciar un discurso melifluo e insustancial en el que aseguraba que no había nada que democratizar, pues el socialismo como sistema era inherentemente democrático. Como es natural, nadie le hizo caso y las cosas siguieron en el rumbo que ya se movían, quedando Cuba desfasada de las realidades de los cambios sociales que se estaban produciendo.

 

En 1989, tras la advertencia de Gorbachov de que el Ejército Rojo no intervendría para reprimir sublevaciones populares en Europa del Este, los gobiernos satélites comenzaron a caer uno por uno, sin que se disparara un solo tiro ni se produjeran episodios de violencia callejera ni las venganzas tantas veces anunciadas en caso de que la “contrarrevolución” derribara al comunismo.

 

Aunque la prensa cubana manejó con mucha discreción y un enfoque críptico la realidad, los cubanos todos, desde la nomenklatura a los de a pie, se daban cuenta que durante treinta años habían recibido un enfoque falso y distorsionado de las verdades del así llamado “socialismo real”, que ahora se “desmerengaba” como fichas de dominó cayendo una tras otra.

 

El fantasma de Bucarest

 

A fines de 1989 Castro envió a Jorge Risquet, miembro del Buró Político que atendía la política hacia Angola, con un mensaje para Nicolae Ceausescu, último dictador comunista en Europa: la última trinchera del marxismo-leninismo estaba obligada a resistir a toda costa frente a “la traición”.

 

De nada sirvió el mensaje: pocos días después la población de Timisoara se resistió al arresto arbitrario de un sacerdote local, y las fuerzas represivas locales poco pudieron hacer. El único derribo violento de una dictadura comunista se produciría en Rumania, cuando el sátrapa rumano lanzó los tanques contra la población y parte de ellos se negó, comenzando el choque entre las tropas de la Securitate y el ejército nacional que se negaba a masacrar a la población.

 

El enfrentamiento provocó miles de muertos en las navidades de 1989, pero finalmente las tropas leales al pueblo se impusieron, el dictador fue capturado, inmediatamente juzgado sumariamente y ejecutado. Cuentan que el cadáver de Ceausescu (foto) pesaba varios kilos de más, por la cantidad de plomo disparada en el momento del fusilamiento.

 

La noticia resultó un balde de agua fría sobre Castro y la élite cubana, no solo por su impacto en sí mismo como por el ejemplo contagioso que podría transmitir: los pueblos de Polonia, República Democrática Alemana, Checoslovaquia, Bulgaria, Hungría, Albania, y finalmente Rumania, se desembarazaban de cuarenta y cuatro años de yugo comunista y emprendían el camino hacia la democracia y la economía de mercado, sin que la Unión Soviética de Gorbachov hiciera el más mínimo movimiento para impedirlo. Más aún, hubo versiones de que fue la KGB soviética quien aceleró el proceso rumano para quitarse de encima un dictador repudiado por su pueblo, y que a la vez se había mostrado como el más rebelde de los satélites europeos de Moscú.

 

Ofensiva contra las reformas

 

Con las posiciones reformistas en la URSS avanzando a pasos agigantados, y el derrumbe del mito socialista europeo, Castro se vio de pronto sin aliados confiables y con fuentes de suministros seriamente dañadas, o interrumpidas totalmente en ocasiones. Por su parte, tanto la nomenklatura como la población cubana en general comenzaron a preguntarse si no era ya el momento de abandonar el fanatismo intransigente y buscar reformas en la destruida economía cubana, deteriorada rápidamente con el “proceso de rectificación”, y buscar caminos diferentes.

 

Los cubanos buscaban luces y vías no mirando hacia Miami, sino hacia Varsovia, Praga y Berlín. Veían a esos pueblos como ejemplos para desmantelar las estructuras centralizadas y totalitarias mediante procesos pacíficos y sin venganzas, hacer funcionar una economía que realmente contribuyera a satisfacer necesidades de la población y lograr las ansiadas libertades políticas.

 

En aquellos momentos muchos cubanos cuestionaron las políticas del Comandante, pero no su figura ni su liderazgo: en otras palabras, de buena gana muchos hubieran seguido al caudillo en una transformación democratizadora y modernizadora de la sociedad cubana. Deseaban que fuera el propio partido comunista quien encabezara “el cambio”, y que éste se produjera sin violencias innecesarias: los caminos para los cambios ocurridos en Polonia, Checoslovaquia o Hungría eran versiones mucho más atractivas para los cubanos que el rumbo que tomó Rumania, que nadie deseaba.

 

Sin embargo, el mensaje desde la cúpula castrista venía en sentido contrario: lo que ellos en verdad reprochaban a Ceausescu no era haber masacrado a los rumanos, sino no haber vencido en la confrontación. Para el machismo castrista, los gobiernos este-europeos eran traidores, “pendejos”, o ambas cosas a la vez, pero en Cuba sería diferente, pues los tanques iban a estar siempre de un solo lado, el del gobierno.

 

Los mecanismos de desinformación fomentaron el burdo rumor entre la población de que Mijail Gorbachov podría ser en realidad “agente de la CIA”, y esgrimían el fantasma de Lavrenti Beria como supuesta prueba de que tal cosa era posible. Se comenzó a reforzar el “trabajo político” y la más grosera propaganda, presentando en toda la prensa oficial un Miami que se afilaba los dientes para regresar a reclamar propiedades, desalojar a los cubanos de sus casas y restablecer todas las “lacras” del pasado que el castrismo, generosamente, había eliminado.

 

Castro en bancarrota y el “pacotilleo” oficial

 

Ya para 1990 los soviéticos no garantizarían a Cuba los subsidios que habían mantenido durante treinta años, e incluso los convenios vigentes no tenían posibilidad de cumplimiento por la inestabilidad de la sociedad soviética. Fidel Castro siguió comportándose como si la realidad no existiera, y ni siquiera se tomaron medidas para hacer más austeros los Juegos Panamericanos de 1991, programados para realizarse ese verano en Cuba.

 

La economía comenzó a resentirse seriamente, y de pronto los chinos dejaron de ser los “mandarines de Pekín” y se recordó los terribles daños contra la revolución provocados por “el criminal bloqueo imperialista”.

 

Ni el níquel ni el turismo tenían en esos momentos peso significativo en la captación de moneda dura para el país; la gran empresa militar GAESA todavía no aportaba suficientes divisas y ya ni la pobre producción azucarera o la de cítricos de baja calidad serían adquiridas por los “países socialistas hermanos”. 

 

El resto de las exportaciones existentes o potenciales no presentaban ni la cantidad ni la calidad imprescindibles para garantizar la subsistencia. Y con los escándalos surgidos por las acusaciones de narcotráfico y la salida a la luz de los nada éticos mecanismos de “captación de divisas” del Ministerio del Interior, las fuentes del castrismo para la obtención de moneda dura, se constreñían continuamente y a gran velocidad: Cuba estaba en bancarrota.

 

Castro temía un estallido popular, aunque estaba dispuesto a aplastarlo con una violencia tal que habría hecho palidecer a Ceausescu. El partido comunista y todo el aparato de la propaganda y la represión estaban desconcertados y totalmente paralizados, sin una verdadera preparación para estos escenarios, y se mantenían muy frescos en la nomenklatura y en la población los recuerdos del “caso Ochoa”: los fusilamientos y condenas a prisión de “vacas sagradas” del régimen caídos en desgracia.

 

Fue la Unión de Jóvenes Comunistas, cuyo primer secretario era el relativamente popular “Robertico” Robaina, quien encabezó las movilizaciones juveniles con el lema “31 y pa’lante”, en referencia al aniversario de la revolución, sacó a los jóvenes a la calle con la consigna de “sígueme”, y movilizó a las organizaciones estudiantiles y universitarias en una campaña de apoyo a la revolución y el socialismo que tuvo mucho que ver con sacarle las castañas del fuego a Castro en aquellos momentos.

 

La habilidad de Robaina consistió en vincular a la movilización política los conciertos de los mejores artistas del patio, usar lemas pegajosos para despojar de sequedad las consignas del régimen. Así logró captar a muchos jóvenes cubanos ansiosos de disfrutar un espectáculo en el que a veces se veía al dictador saltar azorado junto a otros en la tribuna cuando “Robertico” gritaba: “!El que no brinque es yanqui!”

 

Tras la UJC, la federación de mujeres cubanas, los comités de defensa de la revolución y los sindicatos reaccionaron a la sacudida juvenil, y se incorporaron, con mucho menos entusiasmo y creatividad, a una gigantesca movilización nacional que canalizaba las energías de la población en un sentido que no solo impidió el surgimiento de un movimiento popular contestatario, sino también frustró las intenciones y esperanzas de reformas que abrigaban muchos en la nomenklatura.

 

El período especial

 

La última ilusión castrista de regresión al “ancien régime” ocurrió en 1991, en ocasión del golpe de estado reaccionario contra Gorbachov. Aunque la prensa oficial cubana no lo apoyó directamente, un silencio cómplice se negó a condenar la jugada violenta de los “duros” del partido soviético, y durante las primeras horas se observó una mirada de aliento y optimismo en la élite del castrismo: las cosas podrían volver a los “buenos tiempos”. Pero cuando al día siguiente comenzaron a llegar las noticias de la resistencia de Yeltsin, la actitud de los militares moscovitas, y el regreso de Gorbachov, Castro comprendió que se había perdido la última oportunidad de recuperar una época que ahora se desvanecía sin remedio con el paso de los días.

 

Castro no estaba dispuesto a ceder un ápice de su poder aunque llevara a los cubanos a extremos de miseria y carencias. Desde que en 1982 Brezhnev anunciara a Raúl Castro que la URSS no defendería a Cuba en caso de una invasión norteamericana, se había desarrollado a gran velocidad, pero sin anuncio público, un cambio sustancial en la doctrina militar cubana: sabiendo que era imposible ganar un enfrentamiento armado con Estados Unidos, se desechó definitivamente la doctrina de defensa contra-desembarcos y se estableció la de “la guerra de todo el pueblo”, basada en las experiencias vietnamitas, como filosofía militar del régimen.

 

Esta “guerra de todo el pueblo” suponía vivir en un “período especial” de subsistencia, con el mínimo de recursos, mientras las fuerzas armadas regulares y las milicias de tropas territoriales desarrollaban una prolongada guerra de resistencia frente “al invasor”, que más temprano que tarde movilizaría a la “opinión pública internacional” a favor de los cubanos y “contra el imperialismo”.

 

En la versión más pesimista del “período especial” se entraba en la llamada “opción cero”, donde se suponía que el país no recibiría ni una gota de petróleo extranjero ni un gramo de importaciones, y se retrocedía a la tracción animal y la leña como combustible, los pozos artesanos como fuente de suministro de agua, y las bicicletas chinas como medio de transporte de la población y los armamentos.

 

La guerra contra todo el pueblo

 

Contra la voluntad de la gran mayoría de la población cubana y de una buena parte de la nomenklatura, que deseaban las reformas, Castro rechazó toda reforma y optó por establecer un “período especial en tiempo de paz”, implantando un régimen cuartelario, sin las más mínimas opciones democráticas, ni siquiera dentro del partido o de la élite más cercana.

 

Ahora, más que nunca, una desavenencia con la línea del caudillo sería considerada una traición, y los intentos de reformas, delitos aberrantes: el lema de “socialismo o muerte” comenzó a sustituir al clásico “patria o muerte” surgido en 1960.

 

En 1992 la siempre dócil Asamblea Nacional del Poder Popular, contrariamente a la experiencia de los países socialistas europeos que habían borrado de sus constituciones el artículo que otorgaba al partido comunista “el papel rector de la sociedad y el estado”, lo ratificó con más fuerza que nunca, aunque debió desaparecer de su texto la bochornosa y muy lacayuna declaración de “eterna amistad” con una Unión Soviética que, para bien de la humanidad, ya había desaparecido desde el primer día de ese año.

 

Aferrado a un régimen de poder unipersonal y absoluto que ni siquiera con los colosales subsidios soviéticos funcionaba adecuadamente, Castro fue sumiendo la sociedad cubana en una terrible crisis, con carencias extremas, necesidades sin satisfacer, y las esperanzas desvaneciéndose. En esta situación, todos los supuestos “principios” inconmovibles con los que discurseó tantos años se fueron a bolina, y fue quedando en su desnudez como un caudillo latinoamericano más, interesado solamente en mantener el poder.

 

Habiendo defenestrado durante “la rectificación” un conjunto de capacitados funcionarios de la esfera de la economía, a los que calificó de “tecnócratas”, el dictador no tenía a su disposición bastantes directivos con formación económica suficiente para las tareas que surgían. Marcos Portal (foto), ministro de la industria básica, hombre relativamente joven y capaz, emparentado además con los Castro por vías matrimoniales, se fue convirtiendo paso a paso en gran estrella del período especial, y, sin decirlo directamente, era mostrado como ejemplo del dirigente leal y efectivo, conocedor de los “mecanismos” de dirección realmente fidelistas, y capaz de llevar adelante las tareas que debía enfrentar el país. Así ascendió hasta el Buró Político antes de caer en desgracia.

 

Otros más jóvenes, y sin experiencia de dirección, fueron colocados por Castro bajo su sombra en el “Grupo de coordinación y apoyo del Comandante en Jefe”, que era conocido entre la nomenklatura como “el grupo de apoyo”.

 

Sin conocimiento suficiente, pero considerados por ministros y empresarios como los tentáculos del Comandante, eran mirados con mucha cautela cuando llegaban a los despachos, solicitaban informes, comentaban estadísticas que no conocían a fondo, y se retiraban con sus libretas llenas de notas y garabatos, dejando tras sí una estela de preocupaciones y ansiedad.

 

Muchos de ellos habían sido estudiantes universitarios de buenos resultados y poseían una formación profesional aceptable y determinada experiencia de dirección, pero no acumulaban experiencia laboral ni conocimientos específicos sobre las ramas de la economía en que eran involucrados. Por este camino fueron ascendiendo a la cúpula un grupo de personas que llegarían a ocupar altos cargos en el entramado administrativo castrista, como Carlos Lage, “Felipito” Pérez Roque (foto), “Carlitos” Valenciaga y Otto Rivero. No obstante, ninguno de ellos, ni en sus mejores momentos, logró acercarse o ganarse las simpatías del aparato raulista de las fuerzas armadas y los militares, quienes los veían simplemente como “muchachitos” que habían caído bien a Fidel Castro en un momento.

 

Sin un equipo de dirigentes económicos de suficiente calibre, y el cese de la inmensa ayuda a que estaba acostumbrado, Castro no pudo mantener ni siquiera el mito de “los logros” revolucionarios, y la salud pública, la educación y los deportes comenzaron a agrietarse y erosionarse rápidamente, al tener que depender exclusivamente de recursos nacionales de una economía en crisis que no era capaz ni de alcanzar los niveles de la “reproducción simple”. El producto global comenzaba a mostrarse en su verdadera dimensión, descendiendo continuamente, y aunque no hay cifras oficiales confiables, es posible que el producto interno bruto haya descendido hasta 30% en algunos momentos.

 

Capitalismo de estado haitiano

 

La producción industrial del país cayó en barrena, al no disponer de capitales, recursos, tecnologías ni capacidades gerenciales suficientes. Lo poco que se lograba producir no cubría mínimamente las necesidades del país, y en ocasiones se destinaba en su totalidad para la exportación, afectando los consumos nacionales.

 

La producción agropecuaria y la industria azucarera comenzaron a languidecer, y al unirse este fenómeno con la reducción de importaciones alimenticias, repercutió con mucha fuerza en el consumo de la población, donde llegaron a desarrollarse epidemias a causa de las deficiencias alimenticias, que Castro tercamente se negó a reconocer, al punto de  defenestrar dirigentes de salud pública que se atrevieron a insistirle que se trataba de enfermedades relacionadas con la sub-alimentación.

 

La flota pesquera, que hubiera podido contribuir a aliviar este problema, quedó sin combustible ni recursos, y comenzó a deteriorarse sin una elemental capacidad operacional ni sentido útil. Las grandes y ahora obsoletas fábricas soviéticas de antaño, como la de combinadas cañeras KTP-1 en Holguín, resultaron rápidamente elefantes blancos en medio del pasaje cubano, ineficientes, gigantescas consumidoras de combustible, sin sentido ni potencialidades productivas aceptables para nada. Miles y miles de millones de dólares en inversiones mal concebidas y peor ejecutadas quedaron como rígidos monumentos a la soberbia y la ineptitud del castrismo.

 

Comenzó a desempolvarse una oscura Ley de Inversiones Extranjeras, creada en tiempos de la “tecnocracia” y el Nuevo Sistema de Dirección de la Economía, pero prácticamente no aplicada, para la búsqueda de recursos financieros para “producciones cooperadas” y otro tipo de asociaciones, siempre basados en que Cuba aportaría mano de obra dócil y barata y fábricas ociosas y los extranjeros el capital, la tecnología y la comercialización.

 

Algunos potenciales inversionistas serios, junto a una banda de traficantes, mercachifles, farsantes y pacotilleros se acercaron a Cuba para explorar las posibilidades. Para eterno bochorno del castrismo, se crearon empresas estatales para “contratar” fuerza de trabajo para los inversores extranjeros, eufemismo con el que se le cobraba a los inversionistas extranjeros por los costos laborales en condiciones de mercado, y se le pagaba a los trabajadores cubanos con los salarios estatales oficiales de la dictadura, en ocasiones representando un 5 ó 6% del monto del salario que se apropiaba el estado.

 

De pronto Castro mostró inclinaciones latinoamericanas y más comprensión hacia la Iglesia, lo que le resultaba necesario para mejorar su posición en el continente. Mientras daba entrevista prolongada al comunista italiano Gianni Miná alabando a Che Guevara, utilizó la complicidad o tontería útil del brasileño Frey Beto (foto) para mostrarse más abierto hacia los creyentes, al punto que posteriormente autorizó el ingreso de religiosos al partido. De pronto, de un ateísmo aberrante, se pasó al “socialismo o muerte, Dios nos bendiga”.  

 

La “cuenta del Comandante en Jefe” exigía que el 85% del dinero en divisas que obtenían funcionarios, profesionales, artistas y deportistas en el extranjero fuera a las arcas oficiales, en un descarnado saqueo de los talentos de los cubanos. Armando Hart, Ministro de Cultura y miembro del Buró Político, decía no entender por qué los mexicanos, españoles o franceses percibían derechos de autor en moneda de sus países y los cubanos insistían en recibirlos en dólares. Como solución deseaba “incrementar el trabajo político y de convencimiento” con los creadores cubanos.

 

La “gusanera” de Miami y todo el exilio alcanzó nuevamente niveles de crisálida en la propaganda oficial, propiciando las remesas desde el exterior, y se autorizó la tenencia de dólares por parte de la población, lo que hasta entonces, durante muchos años, había sido causa de acusación y prisión para los cubanos.

 

Hubo que hacerse de la “vista gorda” y autorizar una vez más el mercado campesino, el trabajo por cuenta propia, los artesanos y “merolicos”, los taxis privados y otros servicios a la población regulados por diversas directivas arbitrarias e impuestos leoninos, como los restaurantes familiares denominados “paladares” por la población. Sencillamente, el estado socialista no era capaz de garantizar las más elementales condiciones de vida a sus ciudadanos, aunque se desgañitara con la propaganda.

 

Los líderes electos de América Latina, España y Portugal pedían a Castro aperturas y reformas para bien de los cubanos, pero el tirano los escuchaba despectivamente o no les respondía. Las Cumbres Iberoamericanas fueron demostrando, una tras otra, su inutilidad, al resultar impotentes para promover transformaciones democráticas en Cuba o aumento de las condiciones de bienestar de los cubanos.

 

Escapando hacia adelante

 

A través del colombiano Gabriel García Márquez, Premio Nóbel de Literatura, y amigo de Fidel Castro, la administración norteamericana de Bill Clinton buscaba caminos para normalizar las relaciones con Cuba y propiciar una transformación democrática en el país. En aquellos momentos, finales de 1993 y comienzos de 1994, el comunista ruso Guennadi Zhugianov aparecía con ciertas posibilidades en las encuestas para obtener la presidencia rusa ese año, y Castro decidió apostar fuerte y cerrar toda posibilidad de entendimiento con Estados Unidos.

 

Fríamente calculado, organizó el derribo violento de avionetas civiles y desarmadas de la organización exiliada “Hermanos al rescate”, que además de su noble labor humanitaria de rescatar balseros en alta mar había incursionado en territorio nacional para lanzar octavillas de propaganda sobre La Habana.

 

Juan Pablo Roque, un agente cubano infiltrado en Miami con la misión de localizar la ubicación del general Rafael del Pino, quien había desertado de la fuerza aérea cubana años antes, y por quien Castro ofrecía secretamente hasta dos millones de dólares como recompensa, transmitió a La Habana la información imprescindible para la operación. Así,  el 24 de febrero de 1994 dos aviones Mig de la fuerza aérea cubana derribaron con sus misiles en aguas internacionales dos avionetas civiles y desarmadas, provocando la muerte de sus cuatro tripulantes.

 

La repulsa internacional fue absoluta, y ahora no existía “campo socialista” que apoyara la barbarie castrista, como ya había apoyado el derribo por los soviéticos de un avión comercial surcoreano cargado de pasajeros años antes. El gobierno de Clinton se vio forzado a actuar con energía, poniendo en vigor la Ley Helms-Burton, que esperaba por su aprobación.

 

Muchos creyeron que Castro había cometido “un grave error” con el derribo de esas dos naves civiles, pero en su maquiavélico enfoque había logrado plenamente sus objetivos: cerraba toda posibilidad de entendimiento con Estados Unidos, y por consiguiente daba otra justificación más a su “período especial”, a sus “principios” y al régimen de fusta y hierro con que gobernaba. Si la evolución de la situación en Rusia hubiese llevado a Zhugianov a una posición de influencia, Castro creía poder rescatar antiguos vínculos: la base de espionaje electrónico de Lourdes seguía activa, los sistemas de inteligencia estratégica seguían coordinando, y buena parte de los “bolos” realmente bolcheviques seguía sintiendo nostalgia por la “Isla de la libertad”.

 

El “Maleconazo”

 

El 5 de agosto de 1994 un grupo de personas sin organización ni programa alguno comenzó de manera espontánea una serie de protestas en el Malecón habanero, en la zona entre La Habana Vieja y Centro Habana, que rápidamente se convirtió en manifestación antigubernamental, y provocó destrozos de vidrieras en las tiendas que vendían productos solamente en moneda convertible, mientras lanzaba gritos contra el gobierno.

 

La noticia cundió como la pólvora, y el régimen respondió rápidamente: las fuerzas de la policía, las brigadas de respuesta rápida y el contingente insignia de la construcción, “Blas Roca”, creado por el propio Fidel Castro como bandera y vanguardia de la “rectificación”, cabillas en mano fueron despachados hacia el Malecón habanero en el área de los municipios Centro Habana, Habana Vieja y Plaza. La zona se convirtió de inmediato en un territorio bajo el control del “pueblo enardecido” armado con palos y cabillas, además de las armas de la policía, que sobrecogió a los manifestantes, los controló y los redujo rápidamente en medio de la represión física y numerosas detenciones.

 

Al poco tiempo aparecieron las tropas especiales y la seguridad personal, anticipando la llegada de un Castro desafiante y altanero, que recorrió el Malecón perfectamente protegido por cíclopes de su escolta, preguntando a gritos: ¿Dónde están los guapos… dónde están los contrarrevolucionarios? Simultáneamente, los comités de defensa de la revolución movilizaban apresuradamente a sus miembros en todas las calles cercanas a Malecón y los acercaban a los lugares de los hechos dando vivas al dictador.

 

Después se supo que el MINFAR y los batallones de tanques del perímetro de defensa de Ciudad de La Habana habían sido puestos en alarma de combate por orden de Raúl Castro, y estaban listos para intervenir si hubiera sido necesario, bajo las órdenes del ministro del interior, Abelardo Colomé Ibarra, “Furry”, lo que sin lugar a dudas hubiera desatado un baño de sangre en la ciudad.

 

Este fenómeno, conocido como “el maleconazo”, ha ido ganando historias y leyendas año tras año, y lamentablemente en algunas ocasiones se presenta en el exilio como un evento casi comparable a la sublevación de Budapest en 1956 o a la del guetto de Varsovia en la Segunda Guerra Mundial, cuando en realidad fue mucho menos y con mucha menos trascendencia. La represión fue muy rápida y muy eficiente: no hubo muertos de ningún bando, y a las pocas horas el Malecón había retornado a su vida “normal”, o al menos aparentemente.

 

La crisis de los balseros y el pacto migratorio

 

El olfato político de Castro le advirtió de inmediato que la tensión social ya había subido demasiados decibeles y necesitaba una válvula de escape. Sin poder reeditar esta vez el escandaloso éxodo masivo del Mariel en 1980, creó inmediatamente una “crisis de los balseros”, declarando públicamente que todo el que lo deseara podría largarse del país, y dando instrucciones a las fuerzas armadas y el ministerio del interior de no interferir a los que preparaban su partida.

 

Rústicos botes, balsas improvisadas, a veces solamente unas tablas mal amarradas sobre cámaras neumáticas de tractores, camiones o automóviles, se lanzaban al mar frente al mismo Malecón de los incidentes de días anteriores, cargadas de desesperados hombres, mujeres y niños deseosos de abandonar el país, despedidos por familiares, amigos y curiosos, mientras la policía organizaba el tráfico en las calles para que los balseros cruzaran el Malecón, y la televisión nacional filmaba y transmitía el espectáculo como demostración de la “libertad” existente en Cuba.

 

Más de treinta mil cubanos se lanzarían al mar en sus balsas durante esas dramáticas jornadas. Estados Unidos se vio de pronto ante la irresponsabilidad castrista y el fantasma de una crisis humanitaria, y no sintiéndose capaz tampoco esta vez de dar una respuesta militar a la provocación, decidió que los rescatados en el mar fueran trasladados a la Base Naval de Guantánamo, y cuando ya estas instalaciones fueron sobresaturadas de balseros, se utilizaron otras bases, como en Panamá.

 

Después de un largo limbo migratorio de más de un año y de interminables dificultades materiales y sicológicas, los balseros retenidos pudieron arribar legalmente a Estados Unidos, pero en el ínterin los gobiernos de Cuba y Estados Unidos firmaron un pacto migratorio comúnmente llamado “pies secos, pies mojados”, vigente hasta nuestros días, mediante el cual cualquier cubano que arribe ilegalmente a Estados Unidos, es decir, que ponga sus pies en territorio norteamericano, recibirá autorización para permanecer en el país, pero los capturados en el mar, aún a pocos metros de tierra firme (pies mojados) son devueltos a la Isla por los propios guardacostas de Estados Unidos.

 

Cuba dio garantías en ese pacto de que los devueltos al país no serían sometidos a represalias de ningún tipo, y la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana monitorea la situación lo mejor que puede dentro de condiciones difíciles. Por el mismo acuerdo, Estados Unidos ofreció al régimen un total anual de veinte mil visas de residentes para los cubanos en la Isla, programa que, con altas y bajas y denuncias de ambas partes, se ha mantenido hasta el momento.

 

Las reuniones semestrales establecidas en ese acuerdo migratorio se celebraron alternas en Cuba y Estados Unidos por un tiempo, pero Estados Unidos se quejó de que el gobierno cubano pretendía utilizar dichas reuniones para temas ajenos a los previstos, y desde el año 2004 se han interrumpido.

 

El factor Chávez

 

l 4 de febrero de 1992 un oscuro teniente-coronel de los paracaidistas venezolanos, de nombre Hugo Chávez Frías, intentó derribar al presidente constitucional de Venezuela,  mediante un sangriento y fallido golpe de estado fundamentado como de inspiración “bolivariana”. Esa acción de inmediato recibió el repudio de América Latina por atentar contra un gobierno democráticamente electo, aunque Castro no lo condenó explícitamente: la referencia a Simón Bolívar para justificar el ataque recordaba demasiado la utilización de José Martí como presunto autor intelectual del asalto al Cuartel Moncada.

 

El golpista y sus cómplices fueron juzgados en el marco de la ley y el estado de derecho y condenados a prisión, para ser amnistiados posteriormente por el entonces presidente venezolano Rafael Caldera, y volver a la actualidad noticiosa poco después, pero en condiciones muy diferentes.

 

Mientras la economía y la sociedad cubana sufrían la más terrible crisis nacional, Castro continuaba dispuesto a sacrificar a los cubanos hasta sus últimas consecuencias antes de ceder su poder personal y absoluto ni siquiera parcialmente, y sin dejar de mantener sus estrategias políticas internacionales de subversión e injerencia. Venezuela, calculaba Castro, podía volver a convertirse en centro de atención estratégica, veinte años después del fracaso del foco guerrillero.

 

Para resumir la historia de Hugo Chávez en aquellas fechas posteriores al frustrado golpe, la prisión, amnistía y regreso a la vida pública, basta este fragmento del libro “Jaque al Rey. La muerte de Fidel Castro (con carácter provisional)”:

 

“Hugo Chávez es un hijo político de Fidel Castro, y su hijo predilecto, mucho más querido que Daniel Ortega, Salvador Allende, Maurice Bishop o Agostinho Neto. Y mucho más agradecido, porque puede serlo, no porque los otros no lo fueran, a su manera.

 

Propaganda aparte, Chávez no era nadie en 1992, cuando se lanzó al golpe de estado contra el gobierno democrático de Venezuela. Y después de eso fue, simultáneamente, acusado, convicto, presidiario, y después indultado por otro gobierno democrático de Venezuela.

 

Ese otro gobierno democrático había recibido, y de hecho reconocido, a Jorge Más Canosa y líderes del exilio anticastrista de Miami, lo cual disgustó sobremanera al Comandante en Jefe, que se toma esas movidas políticas como insultos personales, pues la Revolución y Cuba son él mismo, nadie más.

 

-El Comandante quiere que le identifiques al tipo que más le jodería a Caldera si lo reciben en Cuba con honores… búscalo y avísame…

 

Castro pidió al embajador cubano en Caracas, Germán Sánchez, que por cierto se mantiene todavía como embajador más de doce años después, que localizara al líder opositor que más disgustara al presidente Rafael Caldera (foto) de ser recibido en La Habana; después de buscar detenidamente, el embajador cubano recomendó que se invitara a Hugo Chávez.

 

Chávez fue recibido en La Habana con los máximos honores, alfombra roja en el aeropuerto, acto solemne en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, tratamiento de jefe de estado: el primer sorprendido tiene que haber sido el mismo Hugo Chávez.

 

Luis Miquelena, el marxista venezolano que asesoraba a Chávez por entonces, y que lo hizo durante los primeros años de su gobierno, le contó a un amigo sobre ese viaje, en el que él también estaba:

 

-Cuando yo vi esa alfombra roja y toda esa vaina, me di cuenta que Fidel quería que Chávez fuese presidente… y que lo estaba tratando como si ya supiera que iba a serlo… eso era demasiado recibimiento para alguien que no era nada en ese momento…

 

Este tratamiento impactante, y el apoyo de los dineros y la experiencia de los servicios de inteligencia cubanos, fueron conformando la imagen de un Hugo Chávez político, maduro, responsable, y carismático, que se lanzó a la carrera presidencial en las elecciones de 1998 y pudo ganar con amplia mayoría la presidencia”.

 

La carta bolivariana

 

El apoyo inicial de Castro a Hugo Chávez tenía un carácter geopolítico para la posición cubana en América Latina, y no podía calcular en aquellos momentos que cuando Chávez alcanzara el poder en Venezuela garantizaría la supervivencia del régimen por muchos años.

 

Entre 1998 y abril del 2002 Chávez disfrutó de una simpatía velada por parte de Castro y una discreta y silenciosa colaboración, básicamente por parte de los servicios de inteligencia y las redes de la “revolución latinoamericana”.  Comenzaba a repetirse en Venezuela la llegada de “internacionalistas” latinoamericanos, como había sucedido antes en el Chile de Salvador Allende y la Nicaragua sandinista. El teniente-coronel devenido presidente no se podía mostrar abiertamente defensor del castrismo, por la tradición democrática de la nación y la repulsa natural de casi todos los venezolanos a las dictaduras.

 

Sin embargo, tras la matanza indiscriminada de civiles que manifestaban pacíficamente contra los desmanes del gobierno por las calles de Caracas, Chávez fue derrocado y detenido el 11 de abril del 2002 por  un movimiento de repulsa popular, secundado por las fuerzas armadas. El poder fue ocupado de forma provisional por una junta que demostró, en las pocos horas que pudo mantenerse, un nivel enciclopédico de torpeza y falta de sensibilidad.

 

Castro no podía darse el lujo, en medio de la profunda crisis cubana, de perder un aliado como Hugo Chávez. Perfectamente informado de los detalles e intimidades del poder en Venezuela por su embajada en Caracas y sus servicios de inteligencia, organizó un fulminante contragolpe, intentó movilizar a las cuatro de la madrugada al cuerpo diplomático en La Habana para volar a Caracas con el canciller Felipe Pérez Roque y “rescatar a Chávez” para trasladarlo hacia Cuba.

 

Con Yadira García a su lado, miembro del Buró Político, ministra de industrias y cabeza visible de la movilización popular para el “rescate” del balserito Elián González años atrás, organizó un virtual puesto de mando en el Palacio de la Revolución, estableció contacto telefónico con oficiales venezolanos no sumados al golpe, movió todos sus recursos públicos y secretos disponibles en Venezuela y en Cuba, y en poco más de cuarenta y ocho horas logró la liberación de Chávez, su retorno al poder y la desbandada de los golpistas.

 

Las deudas de gratitud de Hugo Chávez

 

El teniente-coronel restablecido en la presidencia por el Comandante sabía que tenía una deuda de gratitud con Castro, quien le había salvado la vida y devuelto al poder que tan cobardemente había cedido a las primeras demandas, reeditando su rápida rendición ante el fracaso del golpe de 1992: no era el valor personal lo que le caracterizaría, sino, por el contrario, la bravuconería, la desfachatez, la grosería y la insensibilidad.

 

Nada de esto era importante en el esquema estratégico castrista, que comenzó a escalar la ayuda militar y de inteligencia, y a enviar los primeros médicos, maestros y entrenadores deportivos reales, pues bajo esa denominación habían viajado ya a Venezuela asesores provenientes del MINFAR y del MININT cubanos, que incluían desde especialistas en carnet de identidad y comités militares hasta oficiales de operaciones, comunicaciones, inteligencia militar y contra-inteligencia.

 

Los frecuentes viajes de los generales Colomé Ibarra y Julio Casas Regueiro, y el contralmirante Gandarilla, jefe de la contra-inteligencia militar, permitirían a Castro garantizarle a Hugo Chávez la progresiva politización de la fuerza armada venezolana para difuminar su carácter nacional y convertirla en un apéndice político-ideológico del poder bolivariano y organizarle un sofisticado mecanismo represivo para prevenir que nunca más se produjeran sorpresas desagradables como las de abril del 2002.

 

La imagen “civil” de la colaboración le fue asignada al Vicepresidente Carlos Lage, lo que al final del camino resultaría perjudicial para su propia carrera a la sombra del poder. Y el apoyo para el “trabajo político y las organizaciones de masas” se fue desarrollando muy discretamente y en silencio, de conjunto con las “misiones” en los barrios populares y en todos los estados del país, organizándose réplicas de los comités de defensa de la revolución y la federación de mujeres, aunque no se logró el control del movimiento sindical, de fuertes tradiciones independientes. En su momento, comenzaría la formación de milicias armadas como cuerpos paramilitares de apoyo al ejército, en el más puro esquema cubano.

 

Castro también asignaría médicos al presidente y sus familiares, (el más efectivo y práctico mecanismo de penetración de los secretos del poder), y aportaría la seguridad personal del presidente, esquema que había  puesto en práctica antes con los africanos Marien Nguabi, Sekou Touré, Agostinho Neto y Samora Machel, así como con los latinoamericanos Salvador Allende y Daniel Ortega.

 

Hugo Chávez por su parte, ordenó la entrega a Cuba de 58,000 barriles diarios de petróleo a precio preferencial y con un crédito blando de muy difícil recuperación, a través de un extraño y nebuloso convenio comercial que fue infructuosamente denunciado por muchos mecanismos institucionales venezolanos.

 

Gracias a estos envíos diarios de petróleo, cuando las arcas cubanas estaban vacías y los créditos totalmente cerrados por no pagar sus deudas, Castro pudo disponer del oxígeno que necesitaba urgentemente para sobrevivir. Y en la medida que los tentáculos castristas se fueron extendiendo en el país y Chávez se sentía cada vez más seguro para desarrollar su proyecto bolivariano y afianzar su dictadura “democrática”, la ayuda económica a la Isla se fue haciendo mayor y más abierta, pública y garantizada por convenios, ya que cada vez quedaban menos instituciones y personalidades que se enfrentaran a las decisiones arbitrarias del mandatario.

 

Mientras muchos hablaban superficialmente de la dependencia cubana del petróleo venezolano, era realmente el mandatario venezolano Hugo Chávez quien debía su permanencia y fortalecimiento en el poder a la ayuda subterránea y abierta del régimen cubano.

 

La contra-apertura castrista

 

En la década de los noventa el régimen hacía malabares con la economía y obtenía divisas en el mercado mundial por distintas vías con la venta de azúcar, tabaco, cítricos y algunas frutas; más exiguas cantidades de productos industriales, ingresos por servicios de colaboración hacia el Tercer Mundo más solvente, negociaciones con información de inteligencia o biotecnología a satrapías árabes del Medio Oriente, y las remesas de los exiliados.

 

Además, el complejo empresarial-militar GAESA comenzó a rendir frutos económicos por actividades en el exterior o la llamada “exportación en fronteras” (servicios en dólares dentro del país). Entusiasmado entonces por lo que consideraba una salida de la crisis del derrumbe del socialismo, Castro comenzó a desarrollar con vehemencia los que consideraba pilares fundamentales de su proyecto social.

 

Habiendo garantizado el mínimo nivel de subsistencia y supervivencia a la población, y aplastado toda manifestación de descontento o reformismo, el caudillo comenzó a asignar recursos a la producción de productos de biotecnología y farmacia, a fomentar el turismo segregado de la población cubana y a exportar profesionales a los lugares más remotos en países extranjeros, a quienes pagaba una fracción del contrato estatal como salario.

 

Sin dominar los mecanismos de comercialización imprescindibles, y sin capital suficiente para operaciones comerciales de gran envergadura de alcance mundial, el castrismo buscó los mercados tercermundistas ofreciendo productos médicos genéricos como sucedáneos de medicamentos de marcas reconocidas, y condiciones de pago favorables a los potenciales compradores, como el comercio “barter” (de intercambio de productos), precios bajos, o participación de capital en las empresas: los objetivos del comercio exterior cubano fueron mercados pobres, con no muchos recursos, y una predisposición “política” a negociar con Cuba, pero que le permitieron al régimen los ingresos imprescindibles para evitar la quiebra total o el estallido social.

 

De pronto, los capitales canadienses de la Sherritt mostraron interés en invertir en el níquel cubano mediante empresas mixtas, y los europeos, básicamente españoles, y también italianos, en el turismo, aprovechando las ventajas naturales del país, además de los bajos costos de la dócil fuerza de trabajo y la relativa “tranquilidad” social cubana. Muchos mercachifles de la primera oleada habían demostrado que no daban demasiado ni eran convenientes, por lo que dejaron de ser de interés para el régimen, pero los grandes capitales canadienses y europeos eran harina de otro costal y podrían ofrecer a Castro las inversiones y recursos requeridos para relanzar la economía, mientras miraban hacia el otro lado con relación a las realidades sociales del país y se aprovechaban de la ineficiencia y la corrupción de la élite empresarial cubana para afianzar sus posiciones.

 

Con estas perspectivas, Castro no vaciló en lanzar una contra-apertura, dando marcha atrás a una serie de medidas que debió tomar anteriormente para poder mantener a flote su régimen: se comenzaron a cerrar oportunidades o retirar licencias para trabajos por cuenta propia, se elevaron los impuestos y requisitos arbitrarios contra los “paladares”, el mercado campesino y el transporte privado. Esto último se hizo extensivo a las remesas desde el exterior y el cambio de divisas, se elevaron exorbitantemente los precios en las tiendas para la recaudación de divisas, los trámites migratorios, los pasajes aéreos hacia y desde Cuba y las tarifas telefónicas de larga distancia al exterior, a la vez que se recrudecían los controles sobre el alquiler de habitaciones a los turistas, y se ponían trabas a los profesionales para abandonar sus especialidades y dedicarse a actividades laborales más lucrativas en el comercio y los servicios al turismo.

 

La visita del Papa

 

En 1998, después de prolongadas negociaciones e incansables gestiones, se anunció la visita del prestigioso Papa Juan Pablo II a Cuba. El extraordinario papel del sacerdote polaco, que con el tiempo devino Sumo Pontífice, en el enfrentamiento, cuestionamiento y caída del comunismo europeo, hizo pensar a muchos en todas partes que Cuba estaba frente a posibilidades reales de aperturas y cambios.

 

El instinto político de Castro estaba preparado para un evento de tal naturaleza. Recibió al Papa con todos los honores, (dicen que Raúl Castro se arrodilló ante al visitante, aunque no hay imágenes para demostrarlo), y organizó en la Plaza de la Revolución una misa-concentración tan gigantesca e impactante como había sido el apoteósico recibimiento oficial al dictador soviético Leonid Brezhnev o la velada por la muerte de Che Guevara en Bolivia.

 

El Papa pidió a los cubanos no tener miedo, y llamó a que el mundo se abriera a Cuba y Cuba a su vez se abriera al mundo, recorrió el país con todos los honores y el respeto oficial, desarrolló su misión pastoral sin dificultades de ningún tipo, todo el tiempo atendido por las más altas autoridades del país, y regresó a Roma.

 

Eso fue todo, o casi todo. Castro declaró el día de Navidad como feriado, lo que había eliminado desde 1969 con el “esfuerzo decisivo” para la zafra de los supuestos diez millones, y permitió algunos minutos de radio y televisión al año a autoridades eclesiásticas para mensajes pastorales, así como algunas procesiones católicas que pudieran realizarse fuera de las iglesias. Nada más. La supuesta mejoría de las relaciones con la Iglesia fue un acto formal y una cortesía, pero en el terreno práctico la Iglesia no logró alcanzar nunca los nuevos espacios que pretendía a partir del efecto de la visita del Papa al país.

 

Cuando infinidad de “expertos” y “conocedores” de la realidad cubana se rasgaban las vestiduras y perdían su tiempo y su trabajo definiendo a Carlos Lage como “arquitecto de las reformas” y asegurando ver “señales” de que Cuba avanzaba a la apertura basados en que Castro había vestido de civil en algunas ocasiones internacionales, en la Cumbre Iberoamericana de La Habana, en 1999, Castro despreció olímpicamente a todos los mandatarios visitantes, les dejó que le recomendaran todo lo que quisieran sobre aperturas, cambios y democratización, y al final dijo en la cara de todos, cínicamente, haberlos escuchado a todos y cada uno con la paciencia de Job y la sonrisa de La Gioconda, pero que no cambiaría en lo más mínimo su régimen dictatorial.

 

Por si fuera poco, en la Cumbre siguiente, Panamá 2000, se negó a firmar una declaración de condena al terrorismo suscrita por todos los mandatarios menos Cuba. Los “cambios” de Castro quedaban para las mentes calenturientas deseosas de ver lo que no existe, pero en honor a la verdad, es culpa de los que quisieron inventar la realidad: Castro siempre ha dicho muy claramente que no estaba dispuesto a cambiar en ninguna circunstancia: en eso hay que reconocerle una consistencia rayana en su testarudez y su adicción por el poder.

 

El castrismo del siglo XXI

 

Cuando en el mundo se esperaba el año 2000 con ilusiones, una exagerada preocupación por un posible fallo de las computadoras que no se adaptarían a los cuatro dígitos para identificar los años, y temores atávicos de catástrofes devastadoras, los cubanos tuvieron solamente malas noticias: un mensaje de Fidel Castro por el aniversario de la revolución, nada de felicitaciones for navidades o fin de año. Este consistía en el anuncio de que los tiempos seguirían siendo duros y difíciles, y que por lo tanto la política a seguir sería de más de lo mismo, sin esperanzas ni ilusiones, pero con una renovada confianza en los logros de la revolución, bajo el liderazgo y sabiduría del Comandante en Jefe, y una férrea disciplina, se llegarían a  obtener “nuevas victorias”.

 

La orfandad conceptual y la fundamentación teórica del castrismo del nuevo siglo eran evidentes. Sin poder recurrir a Marx, Engels y Lenin, absolutamente desvalorizados con el fracaso del “socialismo real”, con chinos y vietnamitas alabando a Mao y “el tío Ho” pero a la vez propiciando la propiedad privada y la economía de mercado, y sin poder culpar a José Martí del desastre castrista, Fidel Castro recurrió a momias como Raúl Valdés Vivó y Armando Hart para “reinventar” una teoría revolucionaria que justificara la miseria de los cubanos.

 

Sin embargo, con tales “pensadores” no se logró más que reconocer lo evidente: que el llamado “socialismo real” fue un fracaso absoluto. Decían ahora, quienes siempre habían aplaudido la ortodoxia, que el desplome del sistema no era culpa de las ideas, sino de su errónea aplicación por la colección de idiotas que había impuesto el comunismo en el mundo sin comprenderlas cabalmente. ¿Quién si no Fidel Castro quedaba en la cerrada categoría de intérpretes y ejecutores sin tacha de esas ideas?

 

Escribían aquellos exégetas del caudillo que bastaba simplemente la “originalidad” de la llamada revolución cubana, y comenzar de nuevo, esta vez sin aquellos terribles errores y desviaciones, para tomar nuevamente el camino del paraíso vez dentro de quien sabe cuantos años.

 

Era tan ridícula la “teoría” que pretendían sacar a flote las momias “revolucionarias”, que fue necesario poco a poco comenzar a desempolvar y darle determinada participación a quienes habían sido jóvenes figuras ligadas al marxismo contestatario en los años sesenta y setenta en la Universidad de La Habana y su Departamento de Filosofía que se habían mantenido en el país, grises, silenciosos y disciplinados, ahora con treinta años más de edad, para intentar darle coherencia a aquella fundamentación teórica raquítica y sin futuro.

 

Más que hablar de la revolución, los intelectuales convocados introdujeron el concepto del “proyecto cubano” en abstracto y evitando referencias específicas, señalaron la necesidad de reconocer que el mercado es una realidad, pero que debe ser controlada por el régimen en función de “la población” como un ente abstracto y sin forma. Otro aporte, que comenzaba a cobrar fuerza en los círculos izquierdistas internacionales era la necesidad de “reinventar” el socialismo sin repetir los errores del pasado, pero en Cuba eso significaba no mencionarlos ni definirlos, y sobre todo no personalizarlos.

 

En otras palabras, dicho en cubano, se atrevieron a jugar con la cadena, pero nunca con el mono: las amargas experiencias de 1971 les habían enseñado a estas personas inteligentes y capaces que aunque les pedían algo, lo que realmente esperaban de ellos no era lo que ellos mismos decentemente pensaran, sino lo que el poder deseaba escuchar. Y se las fueron arreglando durante todos esos años, y hasta la actualidad, para decir y escribir,  mas decir que escribir, pareciendo que dicen o quieren decir, pero siempre cuidándose las espaldas. No se les puede criticar el instinto de supervivencia ni su negativa a tropezar otra vez con la piedra que les convirtió en casi no-personas por décadas: fueron cándidos una vez, pero nunca fueron tontos.

 

La “revolución cubana” se quedó sin fundamentos conceptuales: de una utopía rebelde y carismática pasó a un marxismo guerrillero hereje y antisoviético; salió de una cosmovisión totalizadora como fue el marxismo-leninismo convencional, para retornar a una herejía trostko-guevarista huérfana, disfrazada de “rectificación”. Finalmente intentó la fundamentación pragmática de una praxis incoherente para terminar siendo, más que una teoría, un enjambre seudo-teórico sin ningún valor para las ciencias, pero de cómoda aplicación ideológica y para la propaganda. Y eso basta al régimen en la medida que contribuye a mantener el poder, de espaldas a las realidades, necesidades y anhelos de los cubanos.

 

La revitalización de la economía cubana con el apoyo chavista

 

En la medida que el Hugo Chávez posterior al contragolpe restaurador del año 2002 aumentaba sus compromisos con el régimen cubano, comenzó a experimentarse una cierta recuperación de la economía, al garantizarse los suministros de petróleo. Estos en cierto momento fueron elevados a unos 98,000 barriles diarios, aunque la cifra exacta nadie la conoce fuera de un grupo muy selecto dentro del régimen, pero representan unos cuatro millones de toneladas al año adquiridas a precios muy bajos con créditos a largo plazo y compensadas con “servicios profesionales” llevados a cabo por cerca de cuarenta mil cubanos en Venezuela.

 

Aunque ese volumen de petróleo sigue siendo inferior al suministro soviético, debe ser sumado a la producción cubana de petróleo y gas, y tomar en consideración una mejor utilización de los recursos en comparación con la época de los subsidios soviéticos, lo que garantiza que Cuba en la actualidad disponga de un excedente petrolero.

 

Esta realidad, más los interminables convenios de cooperación en condiciones demasiado preferenciales, los suministros estratégicos y determinadas partidas de efectivo y recursos que llegan “bajo la mesa” escapando a los controles gubernamentales de ambos países, garantizan al régimen de La Habana los recursos elementales para subsistir y dilatar un estallido social que resultaría inevitable sin el apoyo continuo de Hugo Chávez, disponiendo a su antojo y sin control de los recursos de la nación venezolana.

 

Los militares, a través del complejo económico-empresarial GAESA, lograron desarrollar un conjunto de actividades económicas que se extendían desde la Corporación “Gaviota” para la gerencia en territorio nacional de hoteles operando con dólares, hasta servicios especializados de cartografía, aviación turística, buceo y  reparación de vehículos, o la corporación  ANTEX, cuyos cuarteles operativos en Luanda desarrollan operaciones comerciales de todo tipo en África.

 

Con los años, GAESA creció fuerte y rápidamente, bajo el mando del general Julio Casas Regueiro y la dirección operativa de Luis Alberto Rodríguez López-Callejas (foto), yerno de Raúl Castro, hasta constituir un emporio que aportaba a las arcas nacionales más de mil millones de dólares en ingresos brutos. Esto sobrepasaba con creces los ingresos en moneda fuerte obtenidos por una zafra azucarera que cada año resultaba más ineficiente y decaía en volúmenes de toneladas producidas, o la industria de farmacia y biotecnología que se anunciaba como la niña de los ojos de Fidel Castro, pero no crecía lo suficiente.

 

La industria del níquel bajo gerencia canadiense, y con know-how, tecnología y recursos de los capitales canadienses, fue convirtiendo paso a paso las ineficientes fábricas de níquel de la época soviética en industrias más eficientes, aumentando de manera sistemática la producción y reduciendo los costos, beneficiándose de la relativa motivación de una fuerza de trabajo que prefiere trabajar para la Sherritt canadiense más que para el poder popular o la agricultura estatal. En una coyuntura favorable donde los precios y la demanda mundial del mineral aumentaron, la producción niquelífera comenzó a erigirse en un baluarte de ingresos en divisas del país, al extremo de llegar en los últimos años a ocupar el primer lugar del país en el aporte de fondos convertibles.

 

El turismo, con capitales y gerencia occidental, fundamentalmente española, aprovechó la infraestructura hotelera ya existente en el país, el clima, las innumerables riquezas y bellezas naturales del archipiélago cubano y su flora y fauna, y un gigantesco y acelerado plan de construcciones hoteleras, para poner en la mira potenciales sectores de clientes en busca de turismo económico, de descanso y esparcimiento natural, sin demasiado interés en la actividad política del país, y lograr cantidades crecientes de turistas provenientes de países como Canadá, España, Alemania, Inglaterra y las naciones nórdicas, y clases medias latinoamericanas, un poco más enfocadas hacia el romanticismo revolucionario, los “logros” sociales del país y turismo sexual, aunque en este último España se lleva las palmas, junto a la vergüenza de haber sido cómplice, desde el inicio, de una política de turismo segregado, de “apartheid”, que ponía las maravillas al servicio de los extranjeros, discriminando criminalmente a los cubanos en su propio país.

 

Los malabares financiero-monetarios

 

Francisco Soberón (foto), talentoso y eficiente funcionario con exitoso resultado empresarial en condiciones de economía de mercado, fue promovido a presidir el Banco Nacional, en un intento por poner orden en las caóticas finanzas cubanas y la circulación monetaria, y buscar solución a la insolvencia del país, a quien una inmensidad de prestamistas habían cerrado los créditos.

 

En sucesivas y sorpresivas acciones se ajustaron las tasas de cambio dólar-peso cubano, y se estableció la obligatoriedad de la circulación del peso convertible cubano para las operaciones comerciales en la Isla. Aunque poseer dólares ya no se considera delito, no se les reconoce validez para comprar los productos que se venden en moneda dura en el país ni para las operaciones contractuales entre empresas.

 

Sin embargo, lo que aparentemente son decisiones monetario-financieras conllevan a la vez dos factores de control poblacional: al tener la población que cambiar sus dólares por pesos convertibles para poder consumir, el gobierno conoce de antemano la cantidad de circulante convertible en el país y puede regular la oferta-demanda del mercado en moneda convertible a su conveniencia, evitar excesos de inventarios y modificar los ciclos de rotación de los productos, sin sorpresas inesperadas.

 

Por otra parte, aunque sea “igual que el dólar” a los efectos comerciales dentro del país, el peso convertible, identificado oficialmente como CUC y popularmente como “chavito”, no tiene valor fuera del país. Los poseedores de grandes cantidades ocultas de dólares tienen poco que hacer con ellos en estas condiciones, y funcionarios estatales tentados a abandonar el país de manera “ilegal” no pueden llevarse consigo dinero de las arcas gubernamentales, pues con sus CUC no tienen nada que hacer en ningún lugar fuera de las fronteras cubanas: a esos efectos, son tan inoperantes como los pesos cubanos convencionales.

 

En el tema de la deuda externa y la obtención de créditos frescos las cosas fueron mucho más difíciles, pues a la proverbial morosidad castrista para honrar sus compromisos en el mundo financiero se añadían las sorpresivas complejidades políticas del comportamiento de Castro, quien por motivos puramente de diplomacia internacional podía crear crisis no previstas o utilizar la morosidad como un arma de presión.  Esto sucedió, por ejemplo, con relación a México en tiempos del presidente Vicente Fox, o respecto a las deudas con Argentina que vienen desde la época de las juntas militares, y además se complican los pagos por haber mucho dinero de origen ilegal depositado en Cuba, obtenido por la fuerza por secuestradores e insurgentes.

 

A todo lo anterior hay que añadir las deudas pendientes durante los treinta años de la era soviética y el campo socialista, que Cuba no desea reconocer alegando el “desmerengamiento” de ese mundo ficticio, del que sin embargo recibió más ayuda real, contante y sonante, que toda la ayuda recibida por Europa durante los años del Plan Marshall.

 

El “secuestro” de Elián y la Batalla de ideas

 

El caso del niño-balsero Elián González, milagrosamente rescatado tras un naufragio en alta mar frente a las costas de Estados Unidos en el que falleció su madre, y fuera colocado bajo la custodia de sus tíos abuelos y primos en Miami, fue hábilmente aprovechado por Castro desde un inicio para desarrollar una campaña de agitación política y además desviar la atención de los cubanos de las penurias económicas y la falta de esperanzas.

 

La reclamación por su padre, residente en Cuba, que alegaba no tener conocimiento del intento clandestino de salida del país por parte de la fallecida madre con el niño, ofrecía a Castro inmejorables oportunidades. Lo que para el gobierno de Estados Unidos era un problema migratorio y sobre derechos de custodia,  a resolver en los tribunales, Castro lo presentó como un “secuestro” llevado a cabo por “la mafia de Miami” con la complicidad del gobierno de los Estados Unidos, entonces presidido por Bill Clinton.

 

El exilio de Miami presentó la contraofensiva en el terreno político, lo que desde el inicio lo condenó a la derrota estratégica, pues el gobierno de Estados Unidos nunca vio el caso como tema de política internacional, sino como asunto de tribunales, con el criterio de que los hijos deben estar con sus padres, sin criterios ideológicos por medio.

 

La movilización en Cuba fue masiva, agotadora e interminable. Yadira García, la misma persona que posteriormente resultaría la mano derecha operativa de Castro en el contragolpe que repuso a Hugo Chávez en el poder, estaba entonces al frente del partido comunista en la provincia de Matanzas, donde residían el balserito y su más cercana familia, y fue encargada por Castro de las movilizaciones y la agitación y propaganda alrededor del "secuestro".

 

Tras meses de continuas manifestaciones, desfiles, actos de protesta, procesiones en Miami, negociaciones interminables, payasadas y declaraciones absurdas de ambas partes involucradas, decisiones de los tribunales de apelación, y frustraciones masivas, todo terminó con la captura por la fuerza del balserito por autoridades de inmigración, en la casa de sus tíos-abuelos en La Pequeña Habana. A pesar de un intento tardío de huelga general en Miami de repudio a la acción de fuerza del gobierno de los Estados Unidos, Elián González regresó a Cuba en brazos de su padre, que había sido enviado por Castro para recogerlo.

 

Para los exiliados cubanos resultó una frustración y un balde de agua fría el resultado, que de manera indirecta contribuyó a la derrota de Al Gore en las elecciones presidenciales del año 2000, y para Fidel Castro personalmente, más que para el régimen en su conjunto, fue una contundente victoria en el plano interno, y el pretexto para el surgimiento de la Batalla de Ideas.

 

A partir de entonces, imposibilitado de dar pan, Castro optó por dar circo a los cubanos, sometiéndoles a un interminable bombardeo ideológico en la radiodifusión estatal, que es toda la que existe en el país, teniendo en cuenta la precariedad de la otrora omnipresente prensa escrita, por la escasez de papel y medios de impresión y distribución. Otto Rivero, otro de los cobijados a la sombra del poder por las simpatías que despertaba en Castro, fue promovido al pomposo cargo de Vicepresidente del Consejo de Ministros para la Batalla de Ideas.

 

La Batalla de Ideas pretendía escamotear la realidad frente a los anhelos de los cubanos, y uno y otro día sus voceros repetían cansina y selectivamente aspectos de los “logros” revolucionarios: que no había mucha comida ni variedad en la misma, pero peor estaban “los pueblos” en América Latina. Que no había suficiente ropa ni zapatos, pero miren para África y verán que los hay en peores condiciones. Que la atención a la salud era gratuita, aunque silenciaban que no había aspirina en las farmacias, y los que ingresaban debían llevar sábanas y jabón para su estancia en un hospital.

 

Hacían énfasis en el carácter gratuito de la educación pero no en la escasez de profesores calificados ni en la necesidad de un aval político para acceder a determinadas carreras, ni en los seis años de enseñanza media con escuela al campo o en el campo, aunque al graduarse haya que ubicarse donde decida “la revolución” y los salarios reales sean menores que los que se obtienen de las propinas trabajando en el turismo. A pesar de todo eso, Cuba sería “el país más culto del mundo”.

 

A falta de pan, casabe, dice el antiguo refrán. En Cuba, sin embargo, a falta de pan y casabe, batalla de ideas. Batalla que, por otra parte, es virtual, porque no se reconocen adversarios. Los papagayos de la Mesa Redonda hablan interminablemente sobre lo humano y lo divino, sin que para nadie exista derecho de réplica, contra-discurso o la más mínima posibilidad de que una opinión diferente sea presentada y escuchada, aun “dentro de la línea de la revolución”.

 

Castro vuelve a lo suyo

 

Con una relativa estabilización de la economía en los niveles mínimos de subsistencia de la población y supervivencia para el régimen, en los inicios del siglo XXI Castro regresó poco a poco a lo suyo, a lo que mejor domina, a lo de siempre: la dirección caótica, la improvisación, los cambios de dirección, la sustitución inconsulta de “cuadros”, los planes inesperados e irrealizables

 

Ya con setenta y cinco años sobre sus huesos no le motivaba tanto la llegada sorpresiva “al terreno”, la visita de madrugada, el control operativo de cada detalle, que en realidad fue abandonando sistemáticamente, más que traspasando a otros. Raúl Castro era el encargado de enderezar las cosas y cubrir los vacíos del “jefe”, que en pose de gran estadista trataba de recomponer las relaciones con los chinos, encontrar financiamientos milagrosos o mercados inesperados para “sus” productos, mostrar los “logros” de la biotecnología cubana, conversar con ayatolás y jeques, ofrecer entrevistas a periodistas extranjeros, visitar países latinoamericanos para tomas de posesión presidencial, o llegar a Europa para aparecer de traje y corbata en eventos internacionales.

 

En el transcurso primero de semanas y posteriormente meses, el consejo de ministros no se reunía o tenía que hacerlo sin la presencia de Castro. Hubo una sesión de la Asamblea Nacional en la que no participó porque estaba de visita en China. Durante meses, y hasta años, los secretarios provinciales del partido comunista no vieron al Primer Secretario en su territorio, y entre ellos y los jefes militares conducían las provincias a su saber y entender, porque cada vez eran menos los controles desde la oficina del dictador, y si acaso, se hacían a través del “grupo de apoyo”.

 

En el plano de la política externa, Castro arreció su campaña “antiimperialista” frente a Estados Unidos, que desde el 2001 tenía a George W Bush de presidente, “denunciando” el supuesto papel de “la mafia de Miami” en la decisión presidencial del año 2000 en La Florida, y utilizando a su vez este recurso para “demostrar” el terrible futuro que esperaba a los cubanos en caso de una regresión capitalista en el país.

 

Veranos y primaveras

 

En el verano del año 2002, con su salud deteriorada, 77 años de edad, sufrió de un ligero “desmayo” mientras hablaba en una concentración en el poblado habanero de El Cotorro, en la provincia de la Habana. Las alarmas internacionales se dispararon, y las agencias de prensa hablaron de “isquemia”. Los cubanos dentro del país y los exiliados vieron frente a las cámaras un Castro frágil y débil, que por unos instantes estaba fuera del mundo, y todos comprendieron que el Comandante no era eterno ni inmortal. Los gobiernos extranjeros confirmaron lo que ya sabían, que la salud de Castro se deterioraba y que un cambio de poder se avecinaba, aunque nadie pudiera precisar cuándo sería.

 

La reacción de un Pérez Roque avispado que de inmediato saltó a los micrófonos gritando “Viva Fidel, viva Raúl”, el desconcierto e inmovilidad de la nomenklatura en la tribuna, y la actuación de Ramiro Valdés, que trajo consigo a Juan Almeida y Guillermo García para que los únicos tres Comandantes de la Revolución que existen el país subieran a la tribuna a agitar banderitas cubanas, sin que la seguridad personal de Castro se atreviera a impedirlo, fueron elementos que darían la pauta de cómo se estructuraría el poder tras la salida de Castro del juego diario, aunque entonces fue imposible darse cuenta del real significado de esos movimientos.

 

Menos de cuarenta y ocho horas después las ilusiones, los temores y las frustraciones se fueron al piso, cuando Castro pronunció un discurso de casi seis horas de duración sin divagar ni vacilar durante su intervención, aparentando un estado físico y mental inmejorable, aunque estaba claro que, más que nada, había sido un acto casi heroico de su parte para asegurar a todos que seguía al mando y que nadie debía atreverse a cuestionarlo.

 

Pocos meses después, por si alguien esperaba cambios o consideraba que Castro se había debilitado demasiado, aprovechó la coyuntura internacional creada por la muy esperada invasión de George Bush a Irak, para detener en un operativo sensacionalista a setenta y cinco sencillos y desarmados disidentes pacíficos y periodistas independientes, juzgarlos sumariamente en parodias de procesos, “quemar” públicamente agentes de la seguridad infiltrados en los grupos, denunciar a la oficina de intereses norteamericana en La Habana de complicidad, y condenar a los detenidos a largas, injustificables y crueles penas de prisión que, sumadas todas, alcanzaban más de 1,500 años de cárcel, en lo que fue de inmediato conocido como La Primavera Negra del 2003.

 

La repulsa internacional fue inmediata, pero Castro respondió con un soberbio desprecio. La Unión Europea aplicó tímidas sanciones contra el régimen, y la respuesta inmediata del dictador fue cortar brutalmente  todos los contactos del gobierno con las embajadas en La Habana y congelar todas las negociaciones y proyectos que estaban en aquellos momentos en el tintero.

 

En el plano interno, la población comprendió que ni viejo, con zapatillas deportivas o aunque se desmayara, Castro dejaba de ser el tirano de siempre, que no vacilaba en aplastar bajo la bota de hierro de la “revolución” tanto a un general-héroe como un modesto periodista independiente, sin preocuparse de las consecuencias. “Socialismo o muerte” podría ser una broma para cualquiera menos para el propio Castro, para quien “socialismo” era él mismo, nadie más.

 

Las tres revoluciones

 

A pesar de su rápida reacción tras el desmayo de El Cotorro, Castro se veía cansado y deteriorado en sus intervenciones públicas. Redujo sus caminatas en las manifestaciones y comenzó a recurrir cada vez más a la televisión para exponer sus inapelables criterios.

 

Comenzó a concentrarse en tres proyectos megalómanos: la revolución energética, la revolución en la enseñanza, y la revolución en la salud pública, que en definitiva no eran más que variaciones sobre un mismo desatino.

 

La supuesta revolución energética se basaba en la instalación en serie de los llamados “grupos electrógenos”, conjuntos de relativamente pequeños generadores eléctricos que consumían, naturalmente, mucha menos energía que las ineficientes termoeléctricas de la era socialista montadas en el país, y que se utilizaban interconectados con las redes energéticas nacionales para reemplazar el servicio cuando se producían “apagones”, dar facilidades para el mantenimiento de las deterioradas redes, o llevar el servicio a regiones no alcanzadas por la red nacional, que cubre más del 95% del país.

 

Paralelamente, se llevó a cabo una campaña masiva en el país para sustituir bombillos incandescentes por fluorescentes, llamados “ahorradores”, reemplazar los ineficientes refrigeradores y electrodomésticos soviéticos y los supervivientes de la era americana de antes de 1959, por similares de menor consumo y fabricación china. Estos equipos se vendían a la población a precios exorbitantes.

 

El colmo fue ver a Fidel Castro en televisión “explicando” a las amas de casa y a todos los cubanos cómo cocinar arroz en una olla automática china.

 

La revolución educacional consistía en universalizar la ya supuestamente universalizada educación en el país, llevando los centros de enseñanza superior hasta los últimos rincones y municipios del país, lo que si bien daba acceso directamente a esos estudios a una buena parte de la población, en programas de cursos para trabajadores, requeriría una masiva utilización de inexistentes profesores, por lo que comenzaron las sobrecargas docentes para los existentes, las improvisaciones de emergencia y las designaciones irresponsables.

 

Simultáneamente, la formación de profesores de enseñanza media se basó en un sistema escalonado, donde los estudiantes de grados superiores impartían clases a los de grados inferiores, con lo que se quebró radicalmente la calidad de la enseñanza, pues en no pocas ocasiones alumnos de noveno grado, por ejemplo, “enseñaban” a los de séptimo. Posteriormente se introdujo en ese nivel la desastrosa idea de Castro de formar  “Profesores Generales Integrales” que impartiesen todas las asignaturas, rol que anteriormente correspondía a varios profesores de distintas materias. De forma similar, los bajísimos resultados obtenidos por los alumnos de las escuelas  primarias se deben a la abrumadora escasez de maestros con suficiente calificación y experiencia.

 

La revolución en la salud se basaba en la llamada “Operación Milagro” y la cirugía oftalmológica masiva mediante técnicas novedosas, el envío en gran escala de personal médico al exterior para cobrar por sus servicios y obtener ingresos en divisas para el país, mientras los hospitales cubanos carecían del personal necesario para funcionar y los inventarios farmacéuticos más elementales alcanzaban estados lastimosos. El daño supuso además el abandono definitivo de los planes del “médico de familia” por falta de profesionales cubanos que eran enviados al exterior.

 

El proyecto comprendía sofisticadas clínicas para dar servicio en divisas a los extranjeros, y la formación como médicos de estudiantes extranjeros en una Facultad Latinoamericana de Medicina, así como también estudiantes caribeños y africanos.

 

Con independencia de la megalomanía y el destrozo de la red asistencial cubana, es innegable que la extensión de estos servicios profesionales al extranjero eran muy bien recibidos por los pacientes que recibían sus beneficios, y constituían un factor de apoyo político-social a los mandatarios que solicitaban tal colaboración.

 

Los pies de barro del gigante

 

El 20 de octubre del 2004, al terminar un discurso en Santa Clara, Fidel Castro tropezó y cayó al piso estrepitosamente cuando pretendía bajar de la tribuna, sufriendo fracturas en huesos de la pierna y el brazo, en una impactante escena que fue vista por televisión y que las agencias noticiosas extranjeras transmitieron a todo el mundo en instantes.

 

Tratando de mantener el control, y soportando el dolor, dijo brevemente a las cámaras que todo estaba bien, y se hizo operar posteriormente con anestesia local, “por si acaso”, pues no deseaba estar fuera de este mundo ni provisionalmente. Escribió una nota para la población, pretendiendo demostrar que fue solo un tropezón y no un fallo motor o neurológico:

 

"Cuando llegué al área de concreto, a unos 15 o 20 metros de la primera hilera de sillas, no me percaté de que había una acera relativamente alta entre el pavimento y la multitud. Mi pie izquierdo pisó en el vacío, por la diferencia de altura con relación al área donde estaban situados los participantes en sus respectivas sillas. El impulso y la ley de gravedad, descubierta hace tiempo por Newton, hicieron que al dar el paso en falso me precipitara hacia adelante hasta caer, en fracción de segundos, sobre el pavimento. Por puro instinto, mis brazos se adelantaron para amortiguar el golpe; de lo contrario, mi rostro y mi cabeza habrían chocado fuertemente contra el piso".

 

Era, efectivamente, solamente un tropezón, que para cualquier hijo de vecina no va más allá de la anécdota y el dolor de las fracturas, pero un tropezón del Comandante en una Cuba llena de tensiones y problemas, además de simbólico, alertaba sobre su estado de salud y ponía sobre la mesa un tema tabú, del que solo se hablaba en susurros: ¿qué pasaría en Cuba tras su muerte?

 

Aunque Castro mantuvo su acostumbrado alto perfil en las noticias, aún en silla de ruedas y sin aportar nada nuevo, estaba claro que ya la salud del “jefe”, a los 78 años, era motivo de preocupación, sabiendo todos que el régimen se basaba y giraba alrededor de la figura de Castro. Sin embargo, el país continuó en su marasmo inmovilista de siempre y la escandalosa propaganda “antiimperialista”.

 

La muerte vestida de verde olivo

 

El 17 de noviembre del 2005, con el pretexto de recordar el día que comenzó a estudiar en la Universidad, sesenta años antes, Castro habló en la Universidad de La Habana, en lo que sería su discurso más trascendental en casi medio siglo de oratoria interminable, en términos apocalípticos, pero en parábola:

 

“Cuando los que fueron de los primeros, los veteranos, vayan desapareciendo y dando lugar a nuevas generaciones de líderes, ¿qué hacer y cómo hacerlo?  Si nosotros, al fin y al cabo, hemos sido testigos de muchos errores, y ni cuenta nos dimos”.

 

“¿Puede ser o no irreversible un proceso revolucionario?, ¿cuáles serían las ideas o el grado de conciencia que harían imposible la reversión de un proceso revolucionario?”

 

El golpe fue tan fuerte que la élite gobernante a quien iba dirigido el mensaje quedó sorprendida, paralizada: sin disponer de información, no sabían lo que estaba sucediendo. Y optaron por callar. Ahí estaban todos los que serían posteriormente nombrados en la Proclama al Pueblo de Cuba, llamados allí por el tirano, a los que decía, sencillamente, que después de su muerte la revolución podría desaparecer irremisiblemente.

 

Pasaron 36 días de estupor y temor en la élite desconcertada: Felipe Pérez Roque hizo un intento de respuesta de la nomenklatura el 23 de diciembre de ese año en la Asamblea Nacional del Poder Popular, proponiendo “Mantener la autoridad moral de la dirigencia, mediante un liderazgo basado en el ejemplo y sin privilegios frente al pueblo; garantizar el apoyo de la mayoría de la población “no sobre la base del consumo material, sino sobre la base de las ideas y las convicciones”; e impedir que surja una nueva burguesía que “sería otra vez, si la dejamos salir, pro yanqui, pro transnacional…”: era más de lo mismo, cuarenta y siete años más. La gerontocracia militar se molestó: vieron en Pérez Roque una intención de protagonismo que desconocía a los “históricos”.

 

LA SUCESIÓN: DESDE LA PROCLAMA AL  “RAULATO”

 

En el seno del régimen, la problemática de la sucesión había sido proyectada cuando Fidel Castro planteó la posibilidad de que se revirtiera el “proceso revolucionario” tras la desaparición de la vieja guardia guerrillera.  La lucha de grupos por el poder entre los “talibanes”  y  los “raulistas”, tomó carácter ideológico y se hizo pública. ¿Cómo era posible que en el 2002 se hubiese proclamado la “irrevocabilidad del socialismo” y  ahora el mismo Castro la pusiera en duda?

 

En una atmósfera enrarecida por el mal presagio del líder, el 2006 fue de una actividad febril por parte de la cúpula: la seguridad personal comienza a proteger a Raúl Castro con medidas comparables a las de su hermano, y aparece hablando públicamente con chaleco y gorra antibalas; se sustituyen ministros, primeros secretarios del partido y la juventud comunista en provincias, y cuadros intermedios. Se resucita el Secretariado del Partido, para que se encargue de la dirección de un aparato partidista que languidece entre la abulia de sus militantes y la ineficacia de sus dirigentes.

 

El quinto Pleno del Comité Central del Partido respalda la posición de Raúl respecto a la sucesión, de que únicamente el Partido Comunista podía ser heredero del poder de Fidel Castro. Esto es un primer golpe de advertencia a los “talibanes” que pretendían que el dictador se decidiera por uno de ellos como “delfín”, para saltarse al general como sucesor designado.

 

En mayo del 2006 la revista Forbes, una vez más, publica la lista de mandatarios y soberanos más ricos del mundo, y Castro aparece nuevamente entre los primeros, con fortuna multimillonaria. Forbes, como siempre, se basa en cálculos y suposiciones moralmente legítimos, pero indemostrables desde el punto de vista jurídico. Castro lo sabe, tras casi medio siglo de acciones  y operaciones encubiertas, diversionismo, cuentas secretas y testaferros que manejan el dinero "de la revolución". Aunque era ya casi un hábito esta inclusión en la lista, esta vez el Comandante, necesitado de crisis que desvíen la atención de los problemas internos,  reacciona virulentamente, acusa a la publicación de libelo, se presenta en televisión y declara vivir de su salario como gobernante, que no podrán demostrar que ni un solo dólar de los millones que le achacan es real. Emplaza a Forbes y amenaza con demandarla, pero todo queda interrumpido con el quebranto de salud posterior,

 

Porque, -repentinamente para los que no lo sabían-, a finales de julio de aquel año Fidel Castro parece que se muere. La Proclama sucesoria preparada de antemano nombraba a varios herederos y obviaba a otros, pero en la práctica Raúl Castro iba a imponer cambios no recogidos en el documento: Ramiro Valdés sería designado Ministro de Informática y Comunicaciones, posteriormente Jorge Luis Sierra Cruz, miembro del Buró Político y el Secretariado, fue nombrado Ministro de Transportes, y se le da gran destaque al Secretario del Partido para Relaciones Internacionales, Fernando Remírez de Estenoz, en lo que parecía presagiar el eclipse del Canciller Pérez Roque.

 

En diciembre, la ausencia del Gran Enfermo del desfile por el 50 Aniversario del Desembarco del Granma y las actividades por su 80 cumpleaños, reforzaban ante el país y el mundo la impresión de una dolencia grave e incurable. Esto era acrecentado por un imperdonable fallo de la propaganda del régimen que  mostraba a Castro en un video donde se veía un anciano de caminar vacilante, que movía los hombros para demostrar agilidad, y usando un teléfono como si estuviese en control. Por eso, como símbolo de continuidad y tranquilidad para los incondicionales del régimen, en ausencia del Jefe presidían el desfile su sucesor oficial, Raúl Castro, junto a los tres Comandantes de la Revolución: Juan Almeida, Ramiro Valdés y Guillermo García.

 

El balance a fines del 2006 desde el punto de vista de las figuras determinantes era difícil de precisar. A veces parecía que el grupo de Raúl no había logrado hacerse hegemónico, pero el equipo ejecutivo de Fidel Castro tampoco lo era, y en ocasiones ni siquiera se mencionaba en la prensa. Lo mismo sucedía con las promesas de cambios y reformas: mientras más osados y profundos los planteamientos a favor de los ajustes, peor la salud del Comandante en Jefe. Viceversa, si el lenguaje a favor de  cambios se detenía, había una mejoría en su salud.

 

En el campo de las alianzas estratégicas, entonces parecía indiscutible la inauguración de una fuerte relación económica con China. La política exterior empezaba a cambiar sus objetivos, abandonando la “diplomacia revolucionaria” a lo Fidel, y empezó a buscar también el incremento de las relaciones económicas y políticas con Rusia, y lograr un cambio en la posición de censura al régimen por parte de la Comunidad Europea. Las relaciones con América Latina se mantenían al mismo nivel, pero sin comprometerse en promover más gobiernos de izquierda.

 

El envío de asistencia médica y pedagógica a países que la solicitaran dentro y fuera del hemisferio, se mantenía como una fuente de ingresos en divisas. Igual que hizo en su primera entrevista tras la Proclama, Raúl Castro propuso a Estados Unidos, el 2 de diciembre del 2006, resolver “el prolongado diferendo” en la mesa de negociaciones, lo que fue nuevamente rechazado por el gobierno de Bush.

 

En el plano interno, aparecían un grupo de problemas inmediatos a resolver por el nuevo equipo de dirección, empezando por el de darle carácter institucional al poder que antes se concentraba en manos de Fidel Castro:

 

-el problema de los apagones eléctricos.

-el problema del transporte urbano.

-el problema de la alimentación.

-liquidar los problemas más acuciantes que amenazaban la salud pública, empezando por la erradicación total del dengue.

 

Como primeros pasos de ese plan general, para aliviar el problema del transporte, el nuevo ministro del ramo, Jorge L. Sierra, comenzó a gestionar la compra de 5,000 ómnibus y numerosas locomotoras de China, y señaló que se requerían 1,000 millones de dólares para reparar la infraestructura vial y ferroviaria.

 

En la agricultura, Raúl Castro, en lo que se anunciaban como primeros pasos de una especie de reforma, apoyaba la producción de las cooperativas y pequeños campesinos y exigía que los organismos correspondientes resolvieran de inmediato el pago retrasado por sus producciones acopiadas.

 

La recuperación de Castro  y el proyecto “Cubazuela”

 

La relación del régimen con la Venezuela “bolivariana”, vital para los imprescindibles insumos petroleros de la Isla, fue una gran jugada de Fidel Castro, pero se complicó con la sucesión. El grupo de Raúl Castro proyectaba que el petróleo cubano abasteciera las necesidades del país mediante inversiones extranjeras masivas en la Zona Económica del Golfo de México lo antes posible, porque siempre ha estado presente la sombra de una derrota electoral de Hugo Chávez o un golpe de estado que interrumpa el suministro.

 

Las imprudentes declaraciones del venezolano respecto al general, su favoritismo hacia funcionarios cubanos “no-raulistas”, y sus declaraciones a favor de una confederación de estados entre los dos países, eran cuestiones que Raúl Castro no podía dejar pasar por alto, pero tampoco podía enfrentar públicamente.

 

Los comentarios a inicios del 2007 sobre la recuperación del dictador, hechos por Alarcón, Pérez Roque y José Ramón Fernández, preludiaron una participación progresiva del viejo y debilitado caudillo en asuntos de gobierno. Esto se puso de manifiesto con el inicio de la publicación en Granma de las “Reflexiones del Comandante en Jefe”.

 

El cambio también se sentía en el incremento de acuerdos con Chávez. A fines de enero una delegación cubana de alto nivel encabezada por Carlos Lage, firmó en Venezuela un total de dieciséis proyectos de integración económica por más de mil millones de dólares.

 

En febrero, en La Habana, Marta Lomas, hoy en desgracia, presidía la firma de otro grupo de proyectos con su contrapartida del gobierno de Chávez. Estas dos reuniones iban a otorgar a PDVSA áreas de exploración petrolera en el Golfo y el norte de Matanzas, revocarían el proyecto de inversión del ferro níquel de China y lo darían a Venezuela, acordarían la instalación de un cable submarino de comunicaciones entre La Guaira y la Isla y abrirían a la participación cubana los yacimientos del Orinoco, afectando un área sensible para los intereses estratégicos norteamericanos. Se veía en todo esto la mano de Castro, que buscaba estrechar la dependencia del régimen al petróleo y los subsidios de Chávez a un nivel tal, que hiciera imposible a Raúl Castro prescindir de ellos.

 

Por otra parte se sucedieron las visitas al convaleciente Fidel Castro, primero de Evo Morales y luego de Hugo Chávez, como parte de las consultas de alto nivel entre los líderes que se proponían conformar una alianza estatal a partir del ALBA. Para cerrar el cuarteto llegó a La Habana en la noche del viernes 15 de Junio del 2007 Daniel Ortega, para el encuentro con Castro.

 

Un artículo de Fidel Vascós, publicado en Granma por aquellos días con el título “Hacia una Confederación de Estados”, arrojaba luz sobre los principales temas de discusión impulsados por Hugo Chávez para la integración económica, política y jurídica de Venezuela, Cuba, Bolivia y Nicaragua.

 

Durante agosto y septiembre del 2007 dejaron de reportarse visitas, fotos o videos del gran enfermo, poniendo en suspenso lo acordado con él, hasta entonces, por Hugo Chávez. Pero la entrevista de casi una hora de Castro con Randy Alonso, el moderador de la Mesa Redonda, a fines de septiembre, trajo nuevos alientos a los vínculos con el mandatario venezolano.

 

Puede decirse que la visita de Hugo Chávez a Cuba en octubre del 2007 fue el momento estelar del chavismo en la Isla. Puntos a su favor fueron la entrevista con Fidel Castro, el video-reportaje grabado por el equipo de prensa que le acompañaba, y la magnitud del recibimiento oficial en Santa Clara, -a nivel de visita de Estado-, en el que fuera acompañado por Ramiro Valdés y Carlos Lage, y no por Raúl Castro.

 

El venezolano estaba eufórico, además, porque el petróleo había roto un record de $85 dólares el barril y entonces declaró que “Cuba y Venezuela perfectamente pudiéramos conformar en un futuro próximo una confederación de repúblicas, una confederación, dos repúblicas en una, dos países en uno, para avanzar en un proceso”.

 

La respuesta de Raúl Castro no fue aprobatoria y dio a entender que esa propuesta tenía que ser muy bien analizada. Conoce bien el sucesor que ese proyecto tiene el rechazo absoluto de ambos pueblos y especialmente del generalato cubano.

 

El rechazo a la propuesta de Reforma Constitucional chavista el 2 de diciembre del 2007 fue un golpe para el aspirante a dictador vitalicio y obligó a Fidel Castro a hacer de tripas corazón y  felicitar a Chávez por la “dignidad y ética” de su discurso de aceptación de la derrota.

 

En busca del tiempo perdido

 

Esta fue una señal sobrecogedora para los que se lo jugaban todo en Cuba a la carta de la “revolución bolivariana”. Pero Hugo Chávez prosiguió sus planes hemisféricos como si nada hubiera sucedido y el 21 de diciembre regresaba a Cuba para reinaugurar en Cienfuegos la  primera etapa de la refinería petrolera subvencionada por Venezuela y celebrar la IV Cumbre de Petrocaribe con la asistencia de 12 jefes de estado y de gobierno.

 

En los meses de septiembre a noviembre del 2008 Fidel Castro publicaba artículos casi diarios en Granma sobre los huracanes Ike y Gustav. En uno de ellos llegó a escribir que “la hermana República Bolivariana de Venezuela, y su presidente Hugo Chávez, han adoptado medidas que constituyen el más generoso gesto de solidaridad que ha conocido nuestra patria”.

 

Sin dudar de la existencia de tal promesa, no es menos cierto que el viejo dictador cometía un desliz que afectaba la imagen del teniente-coronel por cuanto este no había declarado más que su disposición a ayudar en la situación de desastre. Esta revelación de Castro se convertía en un arma en manos de la oposición venezolana a la subvención ilimitada de Chávez a Cuba en momentos en que se decidía a reformular su propuesta de reelección indefinida a la presidencia.

 

No obstante las declaraciones públicas de amistad indestructible entre ambos regímenes, ha ido prevaleciendo cada vez más la línea de Raúl Castro frente a la de Fidel,  de que había que ser muy cuidadoso en las relaciones con Hugo Chávez, para no dejarse arrastrar por éste a posiciones desventajosas en política internacional o no perjudicarlo con declaraciones improcedentes.

 

Siguiendo ese camino Raúl Castro ha ido imponiendo a su gente de confianza al designar a Ricardo Cabrisas vice-presidente del Consejo de Ministros y su representante personal en las negociaciones con Venezuela, relegando a Carlos Lage a atender asuntos económicos internos. En noviembre 26 del 2008, Cabrisas asistió a la III Cumbre de mandatarios del ALBA en Venezuela al frente de la delegación del régimen y cuando Raúl Castro hace de la visita obligada a Caracas su primer viaje al extranjero como Presidente del Consejo de Estado, Cabrisas es el segundo en rango de la comitiva cubana.

 

Sólo le va quedando a Hugo Chávez un cierto monopolio de la noticia sensacionalista con relación a Fidel Castro. Después de haber hecho el ridículo a lo largo de dos años y medio anunciando el retorno al poder del Comandante, ha tenido que reconocer que el viejo dictador no volverá jamás a la vida pública, dando pábulo a rumores sobre su muerte, para tratar de corregirse a sí mismo una semana después.

 

Mientras tanto se ha visto claramente que la relación de Cuba con la Venezuela “Bolivariana”, a pesar de los subsidios petroleros, no es parásita sino simbiótica, pues cada elemento se beneficia del otro. Los asesores cubanos de todo tipo son vitales para los proyectos chavistas en los terrenos político, ideológico, organizativo, de control informático, educacional y de atención médica.

 

Chávez, que nacionalizó en el 2007 campos petroleros de la Exxon Mobil y la ConocoPhillips, ante la caída de los precios ha reaccionado con pragmatismo, alentando a compañías como Chevron, Royal Dutch-Shell y Total a que hagan ofertas sobre los ricos campos petrolíferos de la Franja del Orinoco. Habrá que ver  si engaña a los votantes venezolanos con este gesto de buenas intenciones con las corporaciones extranjeras y en febrero se asegura la dictadura por vía “democrática”, o si es nuevamente derrotado y lo acepta. El resultado seguramente va a  replantear los términos de su relación con Cuba.

 

La larga marcha de Raúl Castro hacia el poder.

 

La posición de Raúl respecto a Chávez demostraba el cambio ocurrido en la correlación de fuerzas entre las fracciones en el poder al año y dos meses de la Proclama. El cuadro inicial de la sucesión había cambiado. El conjunto del general Raúl Castro y los tres Comandantes de la Revolución, que en la crisis inicial que parecía concluir con la muerte del dictador conformaron una especie de “Comandante en Jefe Colectivo”, había dado paso a un único Sucesor en Jefe, que trabajaba en equipo pero que era  primus inter pares.

 

En aquellos momentos ya Raúl Castro había convertido al otrora omnipotente Grupo de Coordinación y Apoyo del Comandante en Jefe en instrumento del Consejo de Estado. Otra decisión de aún mayor significado fue el traspaso de la Reserva Estratégica que controlaba absolutamente el Comandante, al Alto Mando de las FAR.

 

El 26 de Julio del 2007, en un discurso programático en Camaguey, Raúl Castro  revelaba una proyección distinta a la de su hermano en lo económico: tras haber propiciado la discusión en los centros de trabajo y estudio de los problemas más acuciantes, propondría en el 54 aniversario del asalto al Moncada, “cambios estructurales”, que no podían ser más que reformas económicas liberadoras de las trabas al mercado interno, y que por ello fueron acogidas favorablemente por la población, en especial de las provincias orientales.

 

Aunque la prensa oficial no recogía lo planteado en los centros de trabajo y estudio al discutirse ese discurso del sucesor, la prensa de provincias empezaba a hablar de la experiencia favorable para la producción agrícola de mejores precios para campesinos y cooperativistas y los resultados en productividad de los estímulos salariales. Parecía que Raúl Castro escogía obviamente el “continuismo”, pero no el inmovilismo.

 

Para él y su equipo sucesor se podían llevar a cabo esos cambios porque su poder no se veía seriamente retado desde abajo, dada la debilidad de la disidencia interna. El único poder efectivo contra los planes de la élite vendría desde dentro y en efecto los frenaría: el que ostentaba todavía Fidel Castro.

 

Desde el 2007, en sus escritos, Castro negaba las posibilidades de negociación con Estados Unidos que el general había planteado con un gobierno Demócrata en el 2009 o una diferente administración republicana. Cuando su hermano declaró que estaba en estudio incrementar las inversiones extranjeras, Fidel Castro advertía que inundar el país de dinero equivaldría a vender la soberanía: según sus propuestas solo se podrían aceptar en Cuba “algunas empresas mixtas porque controlan mercados que son imprescindibles”. Si las fórmulas típicas del neoliberalismo, según el dictador, incluyen “la teoría del crecimiento continuo de la inversión y el consumo”, cualquiera que pretenda incrementar la entrada de capitales extranjeros estaría destilando “veneno” neoliberal.

 

Como parte de la formación definitiva de su equipo en aquel primer año, Raúl Castro empezó a delegar funciones importantes en José Ramón Machado Ventura, hombre de toda su confianza, cuyas tareas habían sido de índole partidista, dándole el control y supervisión de planes económicos en distintas provincias, la presidencia de la conmemoración del cincuentenario del Levantamiento de Cienfuegos, y recibiendo en su nombre las cartas credenciales de nuevos embajadores.

 

El 2007 se presentaba sin un plan sistémico para incrementar la producción agrícola, a pesar de la enorme erogación que representaba la importación de alimentos, sino se atacaban algunos puntos álgidos. Así, se eliminó la deuda con el sector de los campesinos privados, que atentaba contra la producción de ese sector, y los pasos que se dieron para la mejor distribución de los productos lácteos. En varios puntos de la Isla se notaba que las mejoras de precios de acopio y el suministro de pienso a productores individuales y Cooperativas de Créditos y Servicios daban algún resultado y estimulaban al campesino.

 

Con el transporte urbano a punto de colapsar, la llegada de ómnibus chinos Yutong abría una oportunidad de renovación para el sector. El suministro eléctrico mejoraba mientras el níquel duplicaba su precio en el mercado mundial, llegando a más de 33 mil dólares la tonelada. El monto de esa producción en el 2007 sería de unos 1,500 millones de dólares, y se aproximaría a las ganancias del turismo, en un año con menos visitantes extranjeros a pesar de no haber ocurrido desastres naturales ni conmociones terroristas.

 

Reorganizando a sus generales

 

Para diciembre del 2007 se celebraron las “elecciones” a la Asamblea Nacional, con candidatura única y la orientación de emitir el llamado “voto unido”, y el 19 de febrero del 2008 se conoció la decisión de Fidel Castro de no aceptar ser nominado para la reelección.

 

La votación por los nuevos integrantes de la Asamblea de un Consejo de Estado repetiría la farsa de votar por una candidatura en la que el viejo dictador incluyó sus propuestas de candidatos. Otra vez por unanimidad totalitaria sería “electo” un Presidente del Consejo de Estado y de Ministros, esta vez no Fidel sino Raúl Castro, y junto al general de ejército integraron esos organismos hombres de su absoluta confianza: era el grupo de ancianos que tiene en su haber medio siglo de incondicionalidad a un régimen basado en la cultura caudillista revolucionaria cubana.

 

El arreglo en la cúspide del poder entre los dos hermanos Castro fue como sigue: Raúl no aceptó el cargo de Comandante en Jefe, que cesará a la muerte de Fidel; éste seguiría siendo Primer Secretario del Partido y Reflexionador en Jefe, con derecho a jugar a “la oposición” y “serrucharle el piso” a Raúl Castro, y las decisiones estratégicas se le consultarían mientras viviera o pudiera entender lo que se le planteaba.

 

Entre los 31 miembros del Consejo de Estado quedaron junto a Raúl Castro un grupo de militares o ex militares: Machado Ventura como su segundo; Julio Casas, promovido a Ministro de las FAR; “Furry” Colomé Ibarra en el MININT; Juan Almeida; Ramiro Valdés; Guillermo García; José Ramón Balaguer; Leopoldo Cintra Frías y Álvaro López Miera (estos dos últimos “propuestos” por el propio Fidel Castro). Como una reverencia al déspota enfermo se incluyeron dos hombres de su entera confianza: “Chomy” Miyar Barruecos fue mantenido como Secretario del Consejo de Estado, y el Jefe de Despacho del Comandante,  Carlos Valenciaga, que sería posteriormente “tronado” por mal manejo de fondos.

 

La elevación en abril del 2008 de Ramiro Valdés, el general de cuerpo de ejército Álvaro López Miera, y Salvador Valdés Mesa al Buró Político, y la creación de una Comisión Ejecutiva del Buró Político integrada por Raúl Castro, Machado, Almeida, Colomé, Julio Casas, Carlos Lage y Esteban Lazo, demostraban la vigencia del pacto entre  los hermanos Castro, cuyo resultado es el control mayoritario por los hombres de confianza del general de los puestos clave del Estado, el Gobierno y el Partido Comunista.

 

Aquella reunión del Comité Central daba fin de manera oficial “a la etapa de provisionalidad iniciada el 31 de julio de 2006 con la proclama”, a la vez que convocaba para fines del 2009, doce años después del anterior, al VI Congreso del Partido.

 

Mientras no ocurra un desenlace definitivo, el pacto entre los hermanos no está escrito en piedra: con Fidel Castro no hay nada permanente. Su hermano deberá mostrar extraordinaria habilidad para sortear la sombra tenaz del Comandante. Éste, por su parte, no tiene ahora la energía suficiente como para desbaratar, aún si lo quisiera, su sucesión por el general. Una vez resuelto el problema “biológico” del Comandante, Raúl puede reanudar sus proyectos frenados, pues como dijo a los diputados en la clausura de la Asamblea Nacional en diciembre:

 

No se ha engavetado ninguno de los temas de los que he hablado en los últimos tiempos. En cada

uno de ellos se han ido instrumentando las medidas parciales que han permitido las circunstancias

 y se avanzará, sin apresuramientos ni excesos de idealismo, según se disponga de los recursos y

concluyan los estudios necesarios.

 

Para implementar esas medidas cuando llegue el momento apropiado, cuenta con una coartada ideológica infalible: que el discurso donde habló de la necesidad de cambios estructurales en el país, fue revisado  por Fidel, quien “no le quitó ni una coma”.

 

En el plano teórico, como se ha señalado en Cubanálisis, Raúl Castro no aspira a ejecutar un programa coherente de cambios profundos, sino simplemente actuar con cierto pragmatismo resolviendo los problemas heredados, ya que el llamado “raulismo” no es una línea política definida, sino el apoyo de sus incondicionales. Si se llega a la conclusión de que no se debe hablar de raulismo, sino de raulistas, quizás el mejor nombre para el gobierno del Sucesor sería “raulato” o régimen de Raúl y los suyos. En ese sentido calificaría al régimen dictatorial centrado en la figura del General-Presidente, que ostenta el más alto grado militar del país, además de la jefatura “constitucional” de las Fuerzas Armadas.

 

Dejándose llevar por su olfato político y no por principios ideológicos inmutables, el general Castro ha tenido éxito en mantener las relaciones con Irán a un nivel de recepción de créditos blandos y colaboración en áreas no conflictivas, a pesar de las intenciones de Chávez de crear un eje político Caracas-Habana-Teherán.

 

También ha sabido manejar las relaciones con el Presidente Luiz Inacio da Silva, Lula, del Brasil, buscando atraer colaboración brasileña para el petróleo y la economía en general y tratando de aflojar así la dependencia del subsidio venezolano. En ese sentido ambos gobiernos acordaron en el 2008 un paquete de inversiones y créditos calculados en  más de mil millones de dólares, que dejó muy satisfecha a la parte cubana. Lula está apoyando decididamente al régimen en el hemisferio, propició su incorporación al Grupo de Río y declaró su intención de servir de intermediario con el nuevo presidente de Estados Unidos para que ponga fin al embargo.

 

Paralelamente, Raúl Castro  logró fuertes presiones de “lobby” en Estados Unidos, lo que se evidenció en la carta de febrero del 2008 de 108 congresistas a la secretaria de Estado, pidiéndole un re-análisis de la política hacia La Habana. En el mismo sentido se produjo la declaración de los Secretarios de Agricultura de cada uno de los estados de la Unión, solicitando al gobierno federal ajustes en las medidas restrictivas impuestas en el comercio de alimentos con Cuba.

En política interna, el “raulato” se ha establecido al asumir la gente de Raúl el control indiscutible  de todas las posiciones claves en el Partido, Estado, Gobierno, FAR y MININT, culminando con el paso a posiciones sin mando directo de tropas de los tres jefes de ejército del país nombrados muchos años antes por Fidel Castro, que han sido sustituidos por tres nuevos que deben su nombramiento al General de Ejército.

Pero este régimen no puede ser confundido ni con el unipersonal y absoluto que estableciera El Comandante, ni es una fórmula de larga duración, ya que se acerca el momento en que nuevas generaciones sustituyan en el poder a “la dirección histórica de la Revolución”, como dijo Raúl este Primero de Enero en Santiago de Cuba.

Bajo el “raulato” se debe preparar ese relevo, pero nada ha avanzado desde el ominoso discurso de Fidel Castro en la Universidad de La Habana: el general reitera el peligro de que “los dirigentes del mañana (…) se reblandezcan con los cantos de sirena del enemigo” y exhorta a que  “la militancia impida que destruyan al Partido”.

Todos lo saben tan bien como el viejo tirano: cuando desaparezcan los líderes de la vieja guardia, nadie puede parar la transición democrática en Cuba.

Alimentación y vivienda: dos problemas de máxima seguridad nacional

El balance inicial de los problemas internos más graves el día de la Proclama sucesoria mostraba que tras garantizar el control del poder, el grupo de Raúl Castro consideraba la crisis alimentaria como asunto prioritario por sus implicaciones estratégicas en tres regiones del país:  

Era en estas tres agrupaciones que resultaba más elevada la presencia de ciudadanos negros y mulatos, por lo que en consecuencia la crisis alimentaria tenía también “color”.

 

No fue hasta un año después de la Proclama, en el momento que Raúl Castro anunciaba “cambios estructurales”,  que se inició la descentralización de  la estructura del Ministerio de Agricultura a nivel municipal, creándose delegaciones que tendrían, entre otras funciones, participación en el otorgamiento y control de tierras.

 

Además de esta descentralización, el estado empezó a establecer medidas de estímulo para el acopio de leche, ajos y papas, mediante aumentos notables de precios y bonificaciones en pesos convertibles (CUC), y prometió otorgar créditos y tierras, a las más productivas de las  1,300 Unidades Básicas de Producción Cooperativa (UBPC), creadas durante el Período Especial.

 

Simultáneamente se convocó la celebración en todo el país de asambleas municipales y provinciales del PCC centradas en la actividad productiva, sacando al Partido del cómodo papel de agitador permanente y control desde “el centro de todos los problemas”, para exigirle resultados concretos.

 

La declaración oficial de que la alimentación constituía problema “de máxima seguridad nacional”  hizo creer que se tomarían medidas urgentes y verdaderamente novedosas para romper la improductividad generalizada en el sector estatal.

 

Además de la práctica del establecimiento de empresas mixtas para la comercialización del tabaco y los cítricos, aceptada anteriormente por el régimen, se llegó a decir que estaban en estudio inversiones para la producción de arroz y en la ganadería, y que se estaba buscando financiamiento extranjero en general para el sector agrícola.

 

Pero, como se ha podido comprobar, el Sucesor perdió demasiado tiempo, probablemente por tener que lidiar con la oposición de su hermano a toda medida de estímulo material, y de entrada de capitales extranjeros: están aún por materializarse compromisos brasileños en la producción de soya transgénica en Cuba, cultivo de empleo generalizado en el mundo, pero al que Fidel Castro se opone decididamente. Tras dilaciones y frenos, y con el agravante del golpe demoledor de los tres huracanes del 2008, es muy posible que la situación alimentaria sea peor en este momento que al inicio de la Sucesión.

 

En cuanto a la vivienda, las necesidades acumuladas durante décadas hicieron que Carlos Lage las calificase en julio del 2008, como “el problema objetivo, material, más duro del país, referente a las condiciones de vida de la población”. En aquella intervención ante la Asamblea Nacional del Poder Popular, Lage puntualizó que de los 47.000 inmuebles con más de tres pisos existentes en el país, más de 40.000, es decir un 85,1%, necesitaba alguna obra de reparación. Añadió al respecto que, aún cumpliendo el plan de construcción de 50,000 nuevas viviendas para el 2008, eso solo resolvería entre el 5% y el 7% de las necesidades que rondaban 600,000 alojamientos en aquellos momentos.

 

Esta de por sí muy seria situación se agravó con los destrozos causados por los huracanes de septiembre y noviembre. Como consecuencia, se afectaron 500 mil viviendas en 35 municipios, con otras 70 mil dañadas por eventos meteorológicos de años anteriores, aún no reparadas.

 

Es de tal magnitud lo afectado y lo dejado de reparar que, aunque oficialmente nunca se ha dicho, el problema de la vivienda es indiscutiblemente el segundo asunto de máxima seguridad nacional, y para solucionarlo se requieren inversiones multimillonarias en materiales de construcción y casi una década de trabajo ininterrumpido, estatal y por cuenta propia.

 

El enigma del petróleo cubano

 

La riqueza petrolera de la Zona Económica Exclusiva (ZEE) de Cuba en el Golfo de México es un enigma que requiere de enormes inversiones para desvelar su valor. Casi cuatro años después del estimado inicial del “U.S. Geological Survey”, los directivos de CUPET anunciaban un nuevo y mucho mayor estimado del potencial productivo de esa zona. Para el equipo de sucesión ese petróleo bajo el mar se ha convertido en una importante baza en la estrategia económica a largo plazo.

 

Al hacerse Raúl Castro del poder provisional en julio del 2006 el precio del barril de petróleo se movía entre 50 y 75 dólares. Al asumir oficialmente el poder en febrero del 2008, el precio rondaba los 100 dólares. En junio de ese mismo año, da vueltas alrededor de los 140, y sin señales de debilitarse. Seis meses después empieza la crisis mundial y el petróleo se desploma. El 15 de enero de 2009 se cotizaba en la bolsa de New York a 36 dólares el barril.

 

Estos precios reflejan la situación de la actual crisis mundial en la que la oferta petrolera sobrepasa la demanda, y llevan a un segundo plano los costosos proyectos de exploración y explotación en la ZEE de Cuba, al menos hasta que se reanude la marcha económica global, a la que los más optimistas dan un plazo de un par de años para alcanzar su plenitud. La única forma de atraer inversiones en estos momentos es hacer grandes concesiones a largo plazo, lo que significaría hipotecar el futuro energético del país.

 

Paisaje tras los huracanes

 

La devastación en viviendas, redes eléctricas, instalaciones agrícolas e industriales, significó la pérdida de un 20% del Producto Interno Bruto y ha afectado ambiciosos pero imprescindibles proyectos del régimen como la construcción de tres grandes trasvases en las regiones oriental y central para contrarrestar las sequías, suministrar agua potable a la población, y desarrollar sistemas de riego agrícola. También se ha visto demorado el proceso de reacondicionamiento y dragado de puertos en La Habana, Santiago de Cuba y Cienfuegos, iniciados en julio del 2008. Estos y otros proyectos corresponden a inversiones que se había planteado el gobierno para el 2008 por valor de seis mil millones de pesos, sin contar que como medida de emergencia se tuvo que utilizar buena parte de las reservas estratégicas nacionales, que deben ser completadas lo antes posible.

 

Por otra parte, estas sustanciales pérdidas coinciden con una coyuntura de crisis económica mundial, lo que hace que aunque haya países dispuestos incluso a apostar por una “apertura” a mediano plazo bajo el Sucesor, las condiciones para el otorgamiento de créditos se ha endurecido en sentido general. A esto se añade que el régimen, por su insolvencia, se encuentra en bancarrota perpetua y solo puede obtener financiamiento “blando”  de sus pocos aliados políticos.

 

En este contexto, la disidencia, limitada, golpeada, reprimida y humillada, muestra más audacia y busca ampliar su escenario. El momento es propicio, pues los gobiernos democráticos del mundo están esperando del proceso raulista una actitud más abierta y tolerante hacia la sociedad civil que la mostrada durante casi cincuenta años. La sorprendente firma por parte del régimen de pactos internacionales de derechos humanos de la ONU, y la promesa de una relativa y limitada apertura de espacios a la iglesia en Cuba, brindaron a Raúl Castro un respiro.

 

Los cálculos de la administración Bush, el exilio histórico y parte de la disidencia interna avizoraban el desplome total del sistema al día siguiente de la muerte de Fidel Castro. Hoy esa esperanza ya no es tan absoluta: hace mucho tiempo que el Comandante en Jefe interfiere, pero no gobierna, y el régimen no parece tambalearse ni con crisis económicas ni con presiones sociales. Ninguna de las "jugadas magistrales" concebidas logró desbancar la tiranía de los Castro.

 

Con el fuerte control raulista sobre la oposición, la explosión popular no pasa de algunas protestas individuales, inconexas. Con Barack Obama presidente de Estados Unidos se diluye la apuesta a una explosión interna, al menos en lo inmediato. El discurso del exilio tendrá que adecuarse en la medida que EEUU comience a desarrollar enfoques diferentes hacia el régimen, lo que resulta probable de acuerdo a lo que puede vislumbrarse, no especularse, de las declaraciones de funcionarios cercanos a Obama en los días anteriores a su toma de posesión.

 

Y DESPUÉS DE MEDIO SIGLO, ¿QUÉ?

 

Los paradigmas y supuestos que hasta hace poco se conjugaban para analizar la situación cubana han variado drásticamente. Durante el primer año y medio de Raúl Castro parecía disponer de alternativas para salir del atolladero y consolidar su sucesión y la del equipo que lo sustituiría: el vacío creado por la desaparición pública de Fidel Castro, y la conformación de un equipo leal alrededor de su persona, le permitieron aventurar ideas y consideraciones tanto en política exterior como domestica.

 

No se unió personalmente a la comparsa chavista, bajó el tono agresivo respecto a Estados Unidos, envío señales para negociar con Washington, calibró posibilidades de adquirir energía en Angola y otros países, declaró una vía de reforma estructural y nuevo estilo de dirección a fin de sacar a la Isla del callejón sin salida que implicó el castrismo, y sobre todo el período especial, y prometió mejorías en el nivel de vida y el consumo .

 

Sin embargo, las variables cambiaron: la relativa recuperación de Fidel Castro, quien comenzó a interferir en la estrategia general, tanto política como económica, y la crisis financiera internacional que golpeó también a países de los que Cuba depende económicamente, como Venezuela, España, China y Rusia.

 

La catástrofe de los tres huracanes agravó mucho más las crisis en la vivienda y la alimentación: no se materializó una ayuda sustancial definitoria por parte de los aliados cercanos como China y Rusia. Los venezolanos cumplieron sus compromisos, pero eso no marcó una diferencia visible.

 

A todo esto se suma la caída de los precios del níquel, primer renglón de obtención de moneda dura del país, y desavenencias con la Sherritt por pagos pendientes. La caída de los precios del petróleo hace mucho menos atractivas las inversiones en los yacimientos marinos de la Zona de Exclusividad Económica en el occidente de la Isla. Habrá que ver ahora si Brasil cumple su compromiso de comenzar la exploración de petróleo a profundidad cerca de las costas cubanas en 2009, pues se pretende que antes del 2012 el país sea autosuficiente en petróleo, a partir de la producción de tierra firme.

 

Lo único positivo que puede mostrar el raulato es una cierta mejoría en el transporte en general y la telefonía, aunque todavía se notan grandes deficiencias en puertos, transporte de carga y sistemas de almacenaje. El resto del panorama se conforma con una cuestionable información estadística oficial que infla todos los resultados a niveles de maravilla, y que sorprendentemente han terminado por aceptar los organismos internacionales, contra todo sentido común y prácticas en el mundo. Los índices de libertad económica de The Heritage Foundation siguen colocando a Cuba en los últimos lugares, superando solamente a Corea del Norte y algún que otro "estado fracasado". Una cosa es la información estadística y otra muy diferente la mesa de los cubanos a la hora de cenar.

 

La sesión de diciembre 2008 de la Asamblea Nacional fue bastante aburrida, sin nada importante que mostrar: la nueva ley de seguridad social no resuelve nada a corto plazo; algunos esperaban discusiones o decisiones en temas sobre los que se ha especulado demasiado, como las reformas para emigrar (tarjeta blanca, permiso de salida) o la legalización de los transexuales, ambos de dimensiones y trascendencia diferente, pero todo fue más de lo mismo. La esperada reestructuración del aparato gubernamental fue pospuesta un año más, para fines del 2009, lo que acontecería después del congreso partidista. 

 

Política exterior

 

Si anteriormente Raúl Castro trató de asegurar alternativas energéticas a la dependencia venezolana, en la actualidad ese país  es el suministrador fundamental y la única opción que dispone el régimen en materia de energía: por eso está realizando todos sus esfuerzos para apuntalar políticamente a Chávez y, en caso de peligro, no dudaría en asesorar o hasta intervenir con una maniobra de fuerza para que el teniente-coronel preserve el poder, o para santificar un posible fraude electoral, por ejemplo, si el referéndum del 15 de febrero no otorga la victoria a Chávez. La generosa chequera de Chávez se ha visto constreñida por su enorme e incontrolado gasto social y el descenso vertiginoso de los precios del petróleo, y Cuba debe asegurar, en cualquier circunstancia, que la ayuda siga fluyendo, aún a costa de un brutal golpe de estado.

 

Las negociaciones político-económicas con Rusia, si bien se han ampliado a partir de los intereses geopolíticos rusos, no alcanzan ni de lejos la condescendencia preferencial que la otrora Unión Soviética otorgaba a Cuba, ni nunca lo harán. Rusia ha jugado la carta del Caribe, no solo con Cuba sino también con Venezuela y Nicaragua, como balance a la presión norteamericana en el Cáucaso, pero muy lejos de las tensiones de la guerra fría, y mucho más como advertencia que como compromiso definitivo. En este contexto, todo es negociable.

 

La presidencia de Barack Obama y un hipotético mejoramiento de relaciones con Estados Unidos no implicarían de manera automática un respiro económico para el régimen a largo plazo: puede esperarse estabilidad en la relación migratoria, y deben elevarse los viajes de cubanoamericanos a la Isla y las remesas a familiares y amigos, aunque esto pudiera verse limitado por los efectos de la crisis económica en Estados Unidos. Aún en el mejor de los casos el impacto económico de viajes y remesas a largo plazo seria relativo, y no lo suficiente como para sacar a Cuba de su crisis. No se vislumbra que el país, por su insolvencia y sus deudas, pueda obtener créditos norteamericanos a largo plazo si no se produce primero un levantamiento del embargo, y para ello hay todo un camino pendiente de negociaciones, concesiones de ambas partes, y barreras de carácter psicológico que necesitan tiempo y paciencia, sin resultados garantizados.

 

A finales del 2009 Cuba traspasa la presidencia del Movimiento de los No Alineados (NOAL) a Egipto, y su política mundial tercermundista reducirá su alcance. Aunque siga siendo parte de la troika NOAL por cierto tiempo, deberá concentrarse en sus relaciones con América Latina y el Caribe, Rusia, China, Irán y España, pero muy lejos del alcance planetario que supone la presidencia del NOAL. El presidente Lula ha facilitado las cosas al régimen al asegurar su incorporación al Grupo de Río y diversas instituciones latinoamericanas, pero hay que ver si el gobierno del general está realmente dispuesto a aprovechar las oportunidades que se abren, o se mantendrá en su terca posición "antimperialista" de juguete.

 

La realidad socio-económica

 

La situación interna es dramática, sobre todo en el sector de la vivienda, para el cual no existe solución general: la industria de materiales de construcción no dispone de la infraestructura imprescindible para hacer frente con rapidez a las necesidades del fondo de viviendas que necesitan reemplazarse y repararse.

 

Tampoco la infraestructura del país está preparada para acelerar la economía de acuerdo a las necesidades modernas: las vías de comunicación son inadecuadas, el nivel de computadoras per cápita es risible, no existen suficientes teléfonos, y el acceso a la Internet esta vedado o completamente regulado. Aunque todo lo disponible funcionara de maravillas, una recuperación del país en estas condiciones tendría que llevarse a cabo a la velocidad que permitía la era pre-computacional, que resulta insuficiente en los tiempos de la globalización, mucho más con los grandes abismos creados durante medio siglo.

 

El dilema de la eficiencia empresarial y de buscar que los salarios se correspondan con el trabajo no ha sido abordado a fondo más allá de discursos y propaganda. Las medidas adoptadas sobre la relación trabajo-salario son insuficientes, puesto que lo fundamental,  las motivaciones individuales que llevan a una mayor productividad laboral, preocupan a un timorato y envejecido liderazgo, pos sus implicaciones sociales. ¿De qué vale elevación de salarios y acumulación de ingresos por los campesinos sin la correspondiente contraparte de bienes disponibles?

 

Y no puede desconocerse la colosal barrera psicológica: tras cincuenta años de vivir como avestruces con la cabeza enterrada en la arena, los vínculos con la libertad, la modernidad, el mercado, el desarrollo y el progreso son difíciles de comprender y aceptar cuando se vive con el  convencimiento de que no hay nada que pueda ser superior al socialismo cubano, y lo único que se pretende es "perfeccionarlo" o "reinventarlo". Mientras la iniciativa privada y el emprendimiento individual sean vistos como pecados demasiado capitales, y la sociedad civil como una aberración de mercenarios, y todas las culpas se pretenden achacar al adversario, será muy difícil avanzar realmente por ningún camino, si siquiera el de reformas "socialistas".

 

En estos momentos, al cumplirse cincuenta años de la revolución, ya Raúl Castro sólo cuenta con una alternativa real para salir de la crisis general que enfrenta en la agricultura y la industria de materiales de construcción sin poner en peligro el poder de la gerontocracia:

 

 

 

 

Y tendría que lograr estos objetivos en un plazo demasiado corto, pues las tensiones y presiones de todo signo, nacionales e internacionales, son muy grandes y crecientes. Los seis años que pidió para tratar de resolver los problemas de la vivienda son una ilusión, y además apostando a que en ese plazo el país no sea barrido por más ningún huracán.

 

Igualmente, no puede pretender continuar importando alimentos a precios cada vez más altos y pagados al contado, cuando más de la mitad de las tierras está sin cultivar, la eficiencia "socialista" de las que producen son un insulto a la inteligencia, y cientos de miles de cubanos sin trabajo ni vivienda estarían dispuestos a convertir esas tierras en riqueza si realmente tuvieran oportunidades justas para hacerlo.

 

Las desavenencias de Raúl Castro con el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés y algunos generales "africanos", que existían al comenzar la sucesión, y que fueron potencial para un enfrentamiento de lealtades, son historia y solo persisten en analistas de segunda. Los jefes de ejército en la actualidad han sido nombrados por el general-presidente, y los mandos militares no son su preocupación en estos momentos. Considerando que el "peligro de agresión imperialista" solo existe en el periódico "Granma" y algunas declaraciones de Ricardo Alarcón, la lealtad de la maquinaria represiva al raulismo está garantizada.

 

Fidel Castro, después de cuarenta y ocho años de poder unipersonal, absoluto e inapelable, ha buscado todo el tiempo manipular la sucesión para que no se produzca el desmontaje de su imagen y su obra, pero esa política ha creado un circulo vicioso que implica impedir todo tipo de reformas, aún a costa de la aniquilación de los cubanos, y hasta de Cuba como nación. 

 

En estos mismos instantes su estado de salud es más desconocido que nunca, aunque hay indicios que señalan a un deterioro general, y se trata de una persona con más de ochenta y dos años de edad, pero si a pesar de todo eso mantiene capacidad de interferir por mucho tiempo más, Raúl Castro está, sencillamente, en una trampa de la que ya no podrá salir: deberá ser fiel a la soberbia y la ambición de su hermano, y permitir que la nación se vaya a pique, o hacer algo efectivo por el país y el pueblo que dice amar y representar.

 

Raúl Castro y su élite gerontocrática se sienten legitimados por un pasado guerrillero que no pueden transferir a la siguiente generación de dirigentes. La única forma viable para una transferencia del poder de Raúl Castro y su grupo a la siguiente generación, sin un drama lamentable, terrible y sangriento, tiene que basarse en un país recuperado o recuperándose, con soluciones radicales para sus problemas fundamentales de vivienda, alimentación, consumo e infraestructura, por no mencionar las libertades políticas y los derechos humanos, asignaturas pendientes.

 

Sin embargo, la senda por la que se transita actualmente no lleva a ese camino, y la retórica "revolucionaria" de Raúl Castro sobre una transferencia de poder automática y tranquila a la siguiente camada de dirigentes no tiene fundamento. Por mucho que repita la "caravana de la libertad", en patéticas celebraciones con parodias de lo que una vez fue una explosión de pueblo, no habrá esta vez ilusión ni esperanza en la tanqueta de la victoria traicionada.

 

La única legitimidad que podría sostener en el poder al grupo que Raúl Castro designe a su vez como sucesores de la dirigencia histórica sería un cambio visible en el nivel de vida y el consumo de la población. De no ser así, y sin instituciones estatales y partidistas sólidas, lo que sobrevendrá tras el raulato será una cruenta y caótica lucha por el poder, en la cual las fuerzas armadas tendrán la voz cantante, y los cubanos, como nación y como pueblo, la peor y la más triste parte, un colosal baño de sangre, o ambas coas a la vez.

 

Cuba, como nación y como pueblo, merece un futuro más aceptable que el que está diseñando un timorato Raúl Castro de la mano de su enfermo, moribundo y megalómano hermano, tras cincuenta años de lo que ha resultado ser la mayor estafa en la historia cubana.

 

Y la revolución que se fue a bolina quedará en la historia como un interminable y cruento camino de cincuenta años avanzando agotadoramente hacia ningún lugar.