Cubanálisis El Think-Tank

ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

            Eugenio Yáñez

            Juan Benemelis

            Antonio Arencibia

LO HUMANO Y LO DIVINO:

LAS RELACIONES IGLESIA-ESTADO EN CUBA ( I I I y FINAL)

 

Iglesia y régimen durante la Sucesión

 

El 31 de julio de 2006 se divulgó la Proclama de Fidel Castro donde cedía sus cargos “con carácter provisional” a su hermano y sucesor anunciado, Raúl Castro. Hasta los menos agudos conocían la reticencia del dictador a soltar el poder absoluto ni en medio de graves accidentes, y por eso todos pensaron, con razón, que había comenzado a transitarse en Cuba una nueva etapa

 

Ni corta, ni perezosa se pronunció la Iglesia sobre aquel “momento especialmente significativo”, en una declaración de los obispos cubanos que fue leída en todas las parroquias del país. Mucha tinta ha corrido denunciando la petición de la conferencia de obispos de rogativas por la enfermedad de Fidel Castro, pero esa institución no podía hacer otra cosa que lo que se acostumbra en caso de peligro de muerte de una figura política, so pena de quedar como opuesta abiertamente al sucesor.

 

La etapa que se abría entonces, compleja y llena de sorprendentes “resurrecciones” del tirano, se empezó a definir por un discurso diferente por parte de Raúl Castro sobre la necesidad de discutir en asambleas algunos problemas del país.

 

La renovada Conferencia de Obispos en línea con el Cardenal

 

Casi paralelamente se daban cambios dentro de la Iglesia cubana, en el marco de lo reglamentado sobre la edad de retiro de los obispos. Mediante ese procedimiento, a fines del 2005 el Papa Benedicto XVI había nombrado nuevo obispo de Holguín a Emilio Arenguren, quien ocupaba igual jerarquía en Cienfuegos. Según algunos católicos holguíneros vinculados a la revista literaria independiente Bifronte, el nuevo obispo cesó el apoyo institucional que habían recibido hasta entonces de Monseñor Héctor Luis Peña, que pasaba a retiro.

 

En el 2007 ocurría la doble sustitución de los titulares de Santiago de Cuba y de Pinar del Río, Pedro Meurice y José Siro González, quienes habían mantenido una postura digna en lo pastoral y lo político. El arzobispado de Santiago de Cuba fue cubierto -a recomendación del propio Meurice- por Dionisio García Ibáñez, hasta entonces a cargo de la diócesis de Bayamo-Manzanillo. El obispado pinareño sería ocupado por Jorge Serpa, sacerdote cubano con 31 años de labor en Colombia, quien sólo en 1999 recibiera permiso para regresar a la patria, donde se hizo cargo, primero, del vicariato del este de la arquidiócesis de La Habana, y más tarde del importante rectorado del Seminario “San Carlos y San Ambrosio”.

 

Lamentablemente, desde su llegada a Pinar del Río el nuevo obispo entró en crisis abierta con Dagoberto Valdés, quien -como consecuencia- dimitió como director de la revista Vitral, de contenido reflexivo y crítico en sus artículos, en los que no se eludía ningún asunto nacional, incluidos los considerados de dominio estrictamente político. La separación de su equipo de redacción y de Dagoberto Valdés, y el cambio de la línea editorial, fueron interpretados como concesiones al gobierno, que públicamente había acusado a Valdés de opositor y consideraba a Vitral una publicación contestataria.

 

El órgano de la diócesis cesó por un tiempo “por razones económicas”, y cuando reapareció, bajo la dirección de Humberto Bomnín, lo hizo con el mismo nombre, pero con el mismo perfil bajo y nada contencioso de Palabra Nueva, que dirige Orlando Márquez, portavoz también del arzobispado de La Habana.

 

El nuevo obispo pinareño también puso freno a la labor social de los laicos agrupados en el Centro de Formación Cívica y Religiosa de la capital provincial, y desautorizó el Vía Crucis convocado por ese centro mediante un llamamiento que apoyaba a las Damas de Blanco.

 

Como ejemplo de la importancia que daba la Iglesia a mantener las buenas relaciones con el régimen, cuando en el 2008 Dagoberto Valdés fundó la revista digital Convivencia, y fue atacado por ello en la prensa oficial, de entre las filas del alto clero solo salió en su defensa el Obispo Emérito, José Siro González, desde su lejano retiro en Mantua, Pinar del Río.

 

En un hecho inusual, en el 2007, Monseñor Wilfredo Pino, actualmente al frente de la diócesis Guantánamo-Baracoa, la última creada, había recibido la ordenación episcopal en la plaza pública de Guantánamo, en acto multitudinario al que asistieron las autoridades del gobierno provincial y la jefa de la Oficina de Asuntos Religiosos del Partido Comunista, Caridad Diego.

 

Confluencia Régimen-COCC-Roma

 

La Conferencia de Obispos Católicos de Cuba (COCC), se reunió con el Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado del Vaticano, y emitió una nota de prensa el 25 de febrero del 2008, donde renovaba su voto de confianza “al nuevo Presidente Raúl Castro Ruz, al Consejo de Estado y a la Asamblea del Poder Popular”. Dos meses antes la COCC había saludado

 

que las más altas autoridades del país invitaran a trabajadores, estudiantes y pueblo en general a debatir los problemas más urgentes de toda índole que afectan a nuestro pueblo”.

 

El cardenal Tarcisio Bertone, “número dos del Vaticano”, se encontraba en Cuba para conmemorar el décimo aniversario de la visita de Juan Pablo II, y fue, -de modo demasiado casual- el primer representante de un Estado extranjero recibido por Raúl Castro en su nuevo cargo de general-presidente. Según ha analizado el vocero del Arzobispado de La Habana, Orlando Márquez, se trataba de un gesto “sumamente significativo” por parte del régimen.

 

En la conferencia de prensa conjunta del cardenal Bertone con el entonces canciller cubano Felipe Pérez Roque (25 de febrero de 2008), este último destacaba “la coincidencia entre la Santa Sede y el gobierno cubano en temas principales de la agenda internacional”. Según Pérez Roque, con Bertone se había discutido “acerca de las relaciones entre la Iglesia católica de Cuba y el Estado cubano”, las cuales habían mejorado en los últimos años. Por su parte, el cardenal Bertone calificaba de “éticamente inaceptable” el bloqueo -el término utilizado por los castristas-, y confirmó las gestiones de la Santa Sede para que cesara el embargo aplicado desde 1962.

 

Los antecedentes de la misión del cardenal Bertone podríamos percibirlos desde la activa gestión diplomática de Monseñor Cesare Zacchi, quien desempeñó la representación de la Santa Sede desde 1962, tras el cese del Nuncio Apostólico en La Habana, Monseñor Luis Centoz, quien se destacó por sus estrechas relaciones con Fulgencio Batista.

 

A la recepción que siguió a la consagración como Obispo, en 1967, de Monseñor Zacchi, había asistido Fidel Castro, lo que posibilitó una conversación con los Obispos Católicos de Cuba, la primera desde el triunfo revolucionario. La gestión mediadora de Monseñor Zacchi -quien junto a Castro solía practicar la pesca submarina- fue objeto de severas críticas y denuncias ante la Santa Sede, por parte del clero y del laicado, tanto en Cuba como en el exterior.

 

Sin embargo, durante mucho tiempo el régimen hacía todo lo posible por mejorar su imagen, no solo ante el Vaticano, sino también ante la opinión internacional de los creyentes, aunque sin preocuparse demasiado todavía por el estado de sus relaciones con las iglesias en Cuba.

 

No por casualidad, cuando comenzaba el coqueteo oportunista de Fidel Castro y el régimen con los religiosos cubanos, en previsión del inminente derrumbe del “campo socialista”, y se convertía en imprescindible la necesidad de acercarse a España y América Latina, sin mucho alboroto se había dejado de cantar La Internacional al cierre de los actos políticos, o cuando se cantaba, posteriormente, se hacía sin incluir los clásicos versos:

 

“No más salvadores supremos,

ni césar, ni burgués, ni Dios,

que nosotros mismos haremos

nuestra propia redención”

 

Como la “propia redención” no era tan fácil de lograr por parte del régimen, fue necesario dejar a un lado la bravuconada de La Internacional, y aunque no fuera oficialmente reconocido un Dios, al menos ya no se le negaba públicamente en el cántico comunista.

 

Simultáneamente, una parte de la oposición y disidencia interna presionaba por una Iglesia abiertamente beligerante, que se pronunciase por un “cambio democrático”, como ocurrió en el antiguo bloque soviético. Las criticas fundamentales a los representantes del Vaticano son las de no explicitar su apoyo a los presos políticos, de no reunirse con sus familiares.

 

El opositor “Movimiento Cristiano de Liberación”, que había contado con el apoyo de algunos Obispos católicos y podría en algún momento convertirse en un Partido Demócrata-Cristiano alternativo al régimen socialista cubano, consideró que la posición del enviado de Benedicto XVI mostraba una “excesiva complacencia” hacia el gobierno, e injusta hacia el pueblo cubano y su Iglesia.

 

Esos “guiños” mutuos entre el Sucesor, la Conferencia de Obispos y la Santa Sede a veces tropezaban con la voz solitaria y digna de un simple cura párroco, el padre José Conrado Rodríguez, que había tenido que salir de Cuba por escribir a Fidel Castro en 1994 una carta muy crítica. Ubicado a su regreso en 1998 en la parroquia de Santa Teresita del Niño Jesús, en Santiago de Cuba, el padre José Conrado volvió a la carga en el 2009 con una carta a Raúl Castro donde le señalaba que, ante un momento tan crítico como el que se estaba viviendo, se debía plantear una profunda revisión de criterios, prácticas, aspiraciones y objetivos pero le recordaba lo que no debía hacerse empleando las palabras de Martí a Máximo Gómez: “No se funda un pueblo, general, como se manda un campamento”.

 

La Iglesia Católica cubana como institución y sus principales figuras protagónicas

 

Sería un análisis demasiado simplista considerar que las actitudes y comportamiento de las principales figuras jerárquicas de la Iglesia Católica en Cuba son producto de la improvisación o del estado de ánimo personal de cada una de ellas.

 

Lamentablemente, no son pocas las voces de opositores dentro de Cuba o de exiliados cubanos en cualquier parte del mundo que en demasiadas ocasiones comentan, a veces muy emocionalmente, declaraciones o comportamientos de tal o cual figura de la jerarquía eclesiástica cubana, o un documento oficial emitido por la institución. El derecho a opinar a favor o en contra sobre cualquier conducta, declaración, documento, o aspecto de la vida es, por supuesto, inviolable, y debe mantenerse continuamente.

 

No es nada lamentable que opositores y exiliados opinen respetuosamente sobre cualquier declaración o documento, no solamente de la Iglesia Católica, sino de todas y cada una de las denominaciones religiosas que existan en el país, o de cualquier institución o personalidad relacionada con el tema cubano.

 

Lo verdaderamente lamentable aparece cuando esas opiniones se expresan o se escriben partiendo del principio, o teniendo como base, aun inconcientemente, que se trata de gestos y actitudes personales de los miembros de la jerarquía de la Iglesia Católica, como si esas personas pudieran actuar “por cuenta propia” o hacer lo que les de la gana o les parezca lo más adecuado, ya sea a espaldas de, o ignorando a, la bi-milenaria institución que representan. Enfoques de esa naturaleza no resultan serios, ni pueden tomarse en cuenta en un análisis profesional y riguroso.

 

Cuando analizábamos en la segunda parte de este trabajo la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba en 1993, señalábamos:

 

Ante la complejidad y urgencias de la situación nacional y la autorización -oportunista- para que los creyentes de cualquier denominación pudieran militar en las filas del Partido Comunista, que se estableció en el cuarto congreso de la organización comunista, la Iglesia, basada en su legendaria experiencia histórica de casi dos milenios, respondió con acciones concretas muy bien concebidas, que representaron en la práctica una decisión estratégica de largo plazo para lidiar con el régimen, que podría decirse que se mantiene hasta nuestros días”.

 

En cualquier actividad que se lleve a cabo por grupos de personas interrelacionadas, en cualquier lugar del mundo, en cualquier época, destacarán las características individuales de cada uno, trátese del Partido Comunista cubano, el equipo de fútbol Manchester United, la familia de Vito Corleone, el parlamento australiano, la administración del presidente Obama, o la Orquesta Sinfónica de Berlín: lo verdaderamente importante y trascendente no radica en el estilo individual de cada uno de los participantes, sino en el resultado que se logra funcionando en conjunto; por eso, cuando alguien desentona en el agregado, existen normas y reglas para rápidamente llamarle a capítulo, o separarlo del equipo si no logra adaptarse a la actividad en colectivo. Lo mismo sucede en la Iglesia Católica en general, cuyos sacerdotes, para profesar, tienen que hacer voto o promesa de obediencia.

 

Naturalmente, la personalidad, la formación y el estilo de trabajo de cada miembro de la jerarquía eclesiástica influyen en la forma de su comportamiento y en la contundencia o sutileza de sus palabras, llamados y declaraciones, y determinan la impronta y legado de cada uno dentro de la institución y en relación con sus feligreses y el resto de la población, pero la Iglesia funciona con una organización muy efectiva y una férrea disciplina, de forma tal que lo que se diga o se haga en el extremo occidental del país estará en línea con lo que se diga o se haga en el extremo oriental, y nada de eso es ajeno a la política eclesiástica en Latinoamérica, Asia, Europa, África, América del Norte y Oceanía. Si todos los caminos llevan a Roma, todas las políticas y doctrinas de la Iglesia parten de Roma, o más exactamente, del Vaticano.

 

A tal efecto, pueden ser, y son, diferentes las formas y el tono en que hablan, escriben o se expresan el Cardenal Jaime Ortega Alamino, el Arzobispo Dionisio García Ibáñez, el Padre José Conrado Rodríguez, Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, el Nuncio Apostólico (embajador) del Vaticano en La Habana, o en que lo hacían el recientemente fallecido Monseñor Pedro Meurice Estiú o el ahora retirado Obispo Emérito de Pinar del Río, José Siro González, pero de ahí a pretender derivar eventuales disidencias internas que trascienden al ámbito público, políticas eclesiásticas divididas, o funcionarios eclesiásticos actuando “por cuenta propia”, hay una gran e insalvable distancia.

 

Cuando el obispo católico de Guantánamo, Wilfredo Pérez, llama a “cambiar la mentalidad” y construir “una Cuba nueva” con reconciliación y sin desconfianza, en el mensaje radial por el día de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, no se inspira por su cuenta ni expresa sus deseos personales.

 

No puede decir, porque quiera, que “el deseo de cambiar muchas cosas que deben ser cambiadas está en la mente y el corazón de los cubanos. Pidamos que todo esto se sepa hacer bien”. Ni tampoco estar hablando de la necesidad de “construir una casa nueva, una Cuba nueva. Uno puede mejorar su casa pintando la fachada, cogiéndole las goteras…, pero la casa sigue siendo la misma”.

 

Es el mensaje de la Iglesia en la voz del Obispo, cuando pide a los guantanameros que “los primeros en cambiar sus actitudes seamos nosotros y, si es necesario, sepamos perdonar y olvidar” e invita: “Recemos para vencer las desconfianzas”. Tan evidente es este hecho que el texto completo de su alocución radial en Guantánamo aparece publicado inmediatamente en el sitio digital de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, www.iglesiacubana.org.

 

No se puede olvidar, además, que en caso de que en algún momento surjan internamente desavenencias u opiniones discordantes en el seno de su jerarquía, la Iglesia dispone de experiencia, sistemas, mecanismos y procedimientos harto probados para la solución de situaciones de ese tipo sin que vayan a trascender directamente a la opinión pública.

 

La mejor y más efectiva institución del régimen totalitario, cualquiera que sea, quisiera, aunque fuera solamente en un día festivo, funcionar con la disciplina y coordinación que funciona la Iglesia Católica, no solamente en Cuba, sino en cualquier parte del mundo.

 

La revisión histórica de las relaciones con el régimen

 

En esta nueva etapa el cardenal y los obispos han respaldado esfuerzos por matizar el choque que tuvieron sus antecesores, a inicios de la década de 1960, con el castrismo. A fines del 2008, el Cardenal Ortega había explicado esa confrontación en una conferencia en Alemania, planteando que al proclamarse el carácter socialista de la Revolución, y su adhesión al campo soviético, los católicos cubanos temieron que le sucediera a la Iglesia en Cuba lo mismo que había sucedido en otros países de Europa del Este bajo el estalinismo. Hasta ahí ningún problema, pues sucedió a la Iglesia precisamente lo que temían los católicos.

 

Pero, un año después, al conmemorarse el Cincuentenario del Primer Congreso Católico Nacional, celebrado en La Habana, la Diócesis de Santa Clara celebró un Panel Conmemorativo, donde Orlando Márquez Hidalgo, director del órgano del Arzobispado habanero, Palabra Nueva, ofreció una Conferencia (hoy muy recomendada por el Cardenal Ortega), donde encontraba culpas en las filas católicas.

 

Márquez apuntaba que en aquel Congreso Católico se dieron dos actitudes respecto al Gobierno Revolucionario: una, la de la alta jerarquía eclesiástica, que en el recibimiento en la Plaza “José Martí” a la imagen de la Virgen de la Caridad, contó con la presencia de los entonces nuevos dirigentes del país y, otra, fue la que sostuvieron las Agrupaciones laicas de Acción Católica, que organizaron el acto de clausura en el Stadium del Cerro.

 

Según afirmó el conferencista:

 

“Pareciera que la Iglesia no podría librarse de la puja entablada por intereses opuestos. Para algunos representantes de la «derecha» de entonces, no era la celebración de la fe, la oración por el bienestar de la Patria, la súplica por el consuelo ante el dolor o la fervorosa devoción mariana de los cubanos, sino la expresión clara y alta lanzada desde la Iglesia contra la amenaza del comunismo. Y todo indica que, a la postre, la devoción multitudinaria del pueblo sencillo a la Virgen de la Caridad en la Plaza José Martí, o la adoración pública al Cuerpo Místico de Cristo en el mismo lugar, fueron superadas por “la exclamación monorrítmica de ¡Comunismo no! ¡Comunismo no! ¡Comunismo no!”, coreada en el estadio “La Tropical”, durante la asamblea de las cuatro ramas de la Acción Católica”.

 

Contrastaba Márquez Hidalgo la presencia en 1959 de dos grupos de fieles:

 

la mayoría de los presentes en la Plaza eran gente sencilla del pueblo, (…) bien distantes del catolicismo de elite, militante y articulado en los conocidos movimientos eclesiales”.

 

Y señalaba además, como factores que acelerarían el choque posterior Iglesia-Estado:

 

-Que en el interior de la Iglesia “prevalecía el fuerte rechazo de un clero mayoritariamente español, marcado por la Guerra Civil de su país de origen”.

 

-Que “el partido de los comunistas cubanos, aunque tenía influencias en una parte del sector obrero, no gozaba de una imagen pública positiva, especialmente en medio de la efervescencia de 1959 tras la derrota de Batista, con quien los comunistas cubanos se habían “aliado” en el pasado, y contra quien poco habían luchado en la guerra revolucionaria”.

 

Al cerrar el tema, Márquez recordaba “la convicción de la mayoría, especialmente la que se unió a la lucha, de que la Revolución no se había hecho para establecer un régimen marxista-leninista en Cuba”.

 

Con esto el conferencista se asomaba, pero no se atrevía a enunciar la conclusión evidente: que aunque hubo otros factores en movimiento, la clave para el enfrentamiento con la Iglesia fue el proyecto de Fidel Castro y su grupo más íntimo, de engañar a sus seguidores y al pueblo, llevando solapadamente al país por el camino comunista, y traicionando así la insurrección democrática antibatistiana.

 

La mediación de la Iglesia Católica

 

A comienzos del 2010 se había llevado a cabo un Panel en la X Semana Social Católica, sobre el tema “La Mediación de la Iglesia Católica en Cuba”, donde se abordó el proceso por el cual la Iglesia se había convertido -hasta el presente- en el único interlocutor con el régimen, lo que la lleva a ser (mientras no cambien las circunstancias), el principal actor de la sociedad civil en la Isla.

 

Ya en el Mensaje de Navidad de los Obispos Católicos de Cuba en el 2007 se haría mención a la “esperanza” y la “expectativa” respecto “a cambios necesarios que puedan mejorar y transformar la vida nacional”, enfatizando que la Iglesia católica,

 

como parte de nuestro pueblo (…) ofrece su oración y su contribución para que se encuentren soluciones reales y eficaces que favorezcan caminos de esperanza”.

 

Las relaciones serían distantes y frías durante mucho tiempo, aunque en la era de Raúl Castro hubo tímidos intentos de ambas partes para cambiar el status quo de esas relaciones, al diluirse la siempre amenazadora, intransigente y prepotente presencia de Fidel Castro en el escenario nacional.
 
Estos intentos se coronarían de manera muy patente el jueves 20 de mayo de 2010, cuando Raúl Castro, en un movimiento imprevisible, se reunió con la máxima jerarquía católica cubana.
 
En la reunión de 4 horas, mantenida por el general-presidente, en presencia de Caridad Diego, Jefa del Departamento de Atención a Asuntos religiosos del Partido Comunista de Cuba, con el cardenal primado, Monseñor Jaime Ortega, y el Presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, Monseñor Dionisio García Ibáñez, se abordó el tema de los “presos políticos” con problemas de salud, y la huelga de hambre del opositor Guillermo Fariñas. Con ello, el Gobierno reconocía de facto a la Iglesia, públicamente, como mediadora del conflicto.

Esa negociación de la Iglesia con el régimen en 2010 resultó un hecho inédito en la historia de la Revolución cubana, aunque tal situación no lo era antes de 1959, ni tampoco lo es en los demás países de América Latina. Una institución independiente del Gobierno, la Iglesia católica, cuya relación desde 1959 fue de choques y distanciamiento, se sentaba a “negociar” con el gobierno.
 
El Cardenal, en palabras posteriores, puntualizó que esta gestión era “nacional y entre cubanos”, y que se habían tratado también otros temas relacionados con el futuro de Cuba.
 
Se estima que entre las solicitudes hechas por el Cardenal figuraba la autorización del reconocimiento de los certificados y títulos por estudios terminados, otorgados por la Iglesia, que hasta el momento carecen de valor legal, aunque en muchos casos se les confiere tácita validez. Asimismo, el reconocimiento de los empleos en los espacios eclesiales y la autorización de la tenencia de una imprenta propia, y acceder a la red nacional de distribución para la venta de sus publicaciones.
 
Hay quienes plantean que se trata de la aceptación de la Iglesia como factor político para discutir el futuro del país, algo no desestimable y hecho público en la Carta Pastoral de 1992, en la cual se halla implícita la decisión de la Iglesia de jugar un papel político activo.
 
Algunos consideran que la Santa Sede espera “gestos” favorecedores a la Iglesia en Cuba, principalmente el acceso a los medios de difusión y a la enseñanza, así como el otorgamiento de permisos regulares para la entrada de personal desde el exterior y la ampliación de la pastoral penitenciaria. Otros estiman que la Iglesia católica, además, trata de evitar que en el país se produzca un “vacío de poder”, que pudiera generar violencia.
 
Es interesante confrontar al respecto el punto de vista expresado en el Panel sobre la Mediación de la Iglesia por Leinier González Mederos, Vice-editor de Espacio Laical, publicación de los laicos de la Archidiócesis de La Habana:

 

Al propiciar que la Iglesia participara en la solución de ese conflicto, el gobierno cubano daba un paso político trascendental. Cedía al reclamo de libertad para los presos y al cese de los actos de repudio, pero no a instancias de la Unión Europea o Estados Unidos, sino a petición de un “actor nacional”. Es por ello que podemos afirmar que, si en la esfera económica los pasos más audaces dados por el gobierno de Raúl Castro han sido el reparto de las tierras, el ajuste de las plantillas laborales en el sector estatal y la decisión de relanzar la pequeña empresa privada; en el plano político, el haber reconocido públicamente la legitimidad de la Iglesia Católica para opinar y gestionar sobre asuntos nacionales tiene la primacía absoluta.

 

Es evidente el intento de reducir la mediación a un “actor nacional”, la Iglesia Católica, cuando lo que se coordinó, con la anuencia de Raúl Castro para darle salida conveniente al régimen del problema de los presos políticos, fue una negociación más amplia. Pero, además, el alto clero cubano o sus voceros silencian que el factor catalizador del acuerdo fue el impacto internacional de la muerte del disidente Orlando Zapata Tamayo, el 23 de febrero del 2010 tras 86 días de huelga de hambre.

 

El único que lo dijo claramente fue el padre José Conrado Rodríguez:

 

Que se diera por primera vez presencia de la iglesia en una negociación de ese tipo -a ese nivel y con esa magnitud- es el fruto, ante todo, de la constancia y la valentía de un grupo de mujeres, madres, esposas, hermanas y familiares de los presos, que fueron encarcelados injustamente en el 2003. La constancia y la lucha pacífica de las Damas de Blanco ha sido un elemento fundamental junto con la muerte de Orlando Zapata Tamayo, que resultó ser una especie de aldabonazo internacional, además de la inusual resonancia que tuvo dentro de Cuba. Y, sin dudas, la huelga de hambre de Guillermo Fariñas, porque el impacto del fallecimiento de Zapata Tamayo provocó un enorme interés por la situación de Fariñas, o sea, que todo el mundo se sensibilizó con la muerte de Zapata y con la posibilidad de que muriera Fariñas.

 

Realmente, nunca hubo una negociación bilateral, sino trilateral: dictadura neocastrista, gobierno de España (PSOE), e Iglesia Católica (COCC). Y a esos factores visibles se sumaron los movimientos entre Europa y la Isla, de purpurados de la Santa Sede y Nuncios Apostólicos, sin contar un viaje poco divulgado del Cardenal Ortega a Estados Unidos en Junio del 2010, para entrevistarse, (según el diario El País), con funcionarios de la Administración Obama y congresistas norteamericanos.

 

Cuando el acuerdo final fue hecho público, el 8 de Julio del 2010, el cardenal cubano, que no fue el único negociador, fue muy criticado desde el exilio y la oposición interna, en ocasiones de forma muy grosera y descompuesta, porque, como mediador con los familiares de los presos, aceptó transmitir a los prisioneros políticos la propuesta de “liberación” del régimen, que consistía en convertirlos a casi todos en desterrados en España, propuesta donde la mayoría tuvo poco margen para escoger.

 

Y así también la dictadura neocastrista obtuvo otra ventaja, porque con el destierro de los presos, acompañados de sus familiares, quedó muy debilitado el movimiento de las Damas de Blanco.

 

Sin embargo, con posterioridad a esa negociación que repercutió en el mundo entero, el Cardenal Ortega viajó discretamente a España y Estados Unidos, como ya se mencionó, aparentemente en gestiones que tenían algo que ver con ciertos intereses del régimen en política exterior. En EEUU se reunió con funcionarios del Departamento de Estado y congresistas (no con los congresistas cubano-americanos). En España con figuras de la política exterior española, y también con una representación de los cubanos excarcelados-desterrados.

 

Además, la Iglesia ha participado en otras gestiones con el régimen que han tenido resultados positivos, como cuando intercedió por el cese del acoso a Reina Luisa Tamayo y sus familiares, y la autorización para que todos ellos viajaran a Estados Unidos con las cenizas de Orlando Zapata Tamayo.

 

Muy recientemente, el ex-gobernador de New Mexico, Bill Richardson, de visita en La Habana, se reunió con el Cardenal Ortega, en un aparente esfuerzo por conseguir el apoyo de la Iglesia para lograr, por motivos humanitarios, la liberación y regreso a su país del contratista norteamericano Alan P Gross, injustamente condenado por el régimen a quince años de prisión.

 

Sin embargo, no han recibido similar repulsa que el Cardenal las acciones de líderes evangélicos que se han alineado junto a la dictadura contra pastores y feligreses de base que no se someten a la conducta política de sus dirigentes religiosos.

 

En los mismos instantes de tener listo este análisis para publicarlo on-line, la unidad de la Iglesia Pentecostal Asamblea de Dios ubicada en las calles Infanta y Manglar, en La Habana, dirigida por el pastor Braulio Herrera Tito, se encuentra sitiada por infinidad de policías, al mando de altos oficiales de esa institución.

 

En el interior del centro se mantiene el pastor en un “retiro espiritual”, con diversos feligreses, niños incluidos, -se dice que varias decenas- que fueron al templo a “protegerle”, y a quienes se pudo ver en un ambiente festivo, cantando y bailando, en el momento en que abrieron una puerta. Sin embargo, el alarmante comentario que ha comenzado a circular en los alrededores, es que el pastor mantiene “personas secuestradas” dentro del centro, lo que augura una eventual solución violenta.

 

Aunque las causas no están completamente claras al colocar nuestro análisis on-line, y existen varias versiones encontradas, aparentemente la Asamblea de Dios retiró sus credenciales al pastor y lo separó de sus funciones.

 

Mientras la agencia española EFE reporta que familiares de algunos de los recluidos en el lugar denunciaron el caso, periodistas independientes desde La Habana señalan que el superintendente general de las Asambleas de Dios en Cuba, quien es considerado una persona con simpatías hacia el régimen dictatorial, presentó una denuncia ante la policía solicitando que el pastor fuese desalojado por el delito de “ocupación ilegal” del Templo.

 

Periodistas independientes destacan que la causa real de la denuncia y acciones contra el pastor fue que, en sus prédicas, hablaba sobre los derechos humanos, algo contrario a los lineamientos superiores planteados por su denominación religiosa.

 

Este caso no es el primero que se conoce entre los grupos evangélicos, y ya anteriormente han sucedido otros eventos similares en el interior de la Isla, que han culminado con desalojos forzados. Acontecimientos, sin dudas, nada moralmente gratificantes para las jerarquías de esas denominaciones religiosas que tan bochornosamente se han prestado para ello.

 

Habrá que ver como termina este lamentable incidente, pero es casi seguro que el régimen satisfaga el requerimiento del superintendente general para desalojar al pastor, sea “por las buenas” o, de no ser posible, a la fuerza.

 

Las Iglesias y el nuevo ciclo represivo

 

La excarcelación de los presos políticos se prolongó durante nueve meses, de Julio del 2010 a Abril del 2011, pero simultáneamente el régimen llevó a cabo un nuevo ciclo de represión y encarcelamiento de opositores. La Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional ha acusado recientemente al “más alto nivel” del gobierno de Raúl Castro de incrementar la represión contra los disidentes, con 2,221 arrestos temporales en lo que va de 2011, el doble que en el mismo período de 2010.

 

Mientras eso sucedía, la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre recorría la Isla en procesión, se volvía a la costumbre del día de la Navidad como feriado, y el general-presidente se despedía del Nuncio Apostólico, Giovanni Angelo Becciu, que terminaba su misión, recibía las bendiciones de los pastores del Consejo de Iglesias de Cuba, o se cubría la cabeza con la kipá judía para acceder a la Sinagoga de la Comunidad Hebrea de Cuba y participar en la festividad religiosa de Jánuka.

 

Tal parecería que en pago al acercamiento con el Sucesor se ha decidido el traslado del padre José Conrado Rodríguez fuera de su parroquia santiaguera, hacia el poblado rural de El Cristo. Siempre cabe la suspicacia de que el alto clero supiese que se iba a llevar a cabo una campaña de descrédito contra ese presbítero, pues días después de anunciarse el traslado, los blogueros oficialistas cavernícolas le acusarían de “agente de la CIA”, por haberse reunido en el 2009 con Jonathan Farrar, entonces jefe de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana.

 

Pero, además, la represión de las protestas de base se ha extendido recientemente a otras denominaciones cristianas. Hace poco era destituida por sus superiores la pastora Soraya Milanés Guerra como líder de las Damas Bautistas de Oriente, por apoyar a un disidente en huelga de hambre.

 

Como se ha estado reportando, hay una “rebelión a bordo de las iglesias protestantes, tradicionales aliadas del régimen de La Habana”. Se mencionan ejemplos, como fueron la expulsión de un pastor y sanciones a otro por parte del obispo de la Iglesia Metodista de Santa Clara, por realizar acciones o declaraciones consideradas desafectas al régimen.

 

Similares sanciones se han aplicado en la Iglesia de la Biblia Abierta, en Palma Soriano y en Palmarito de Cauto, provincia de Santiago de Cuba, por presión de los órganos políticos y represivos. En esta última localidad, oficiales de la Seguridad del Estado han advertido a los pastores de la Asamblea de Iglesias Cristianas, del Templo Bautista, y de la Iglesia de Santidad Episcopal, que si quieren mantener abiertos sus locales de culto no pueden permitir en ellos declaraciones contra “las autoridades”.

 

Lo anterior no es casual: coincide con la represión de fines de agosto a los desfiles e intentos de protesta en La Habana y en la provincia Santiago de Cuba de Damas de Blanco y otras opositoras, antes relativamente protegidas por la gestión del Cardenal Jaime Ortega. Como escribe Yoani Sánchez,

 

el manto cardenalicio protegió y amparó en alguna medida a las Damas de Blanco, hasta que Raúl Castro comprendió que el movimiento no languidecía, sino que se extendía”.

 

Cuando las Damas de Blanco Laura Pollán y Berta Soler pidieron a Ortega la intercesión del Papa, ambos se encontraban en Madrid en la Jornada Mundial de la Juventud, (católica), pero no hubo respuesta ni del Vaticano ni del Cardenal.

 

A su regreso a La Habana, tampoco se reunió Ortega con las solicitantes, que fueron recibidas por su secretario, Monseñor Ramón Suárez, y por el cada vez más importante portavoz del arzobispado, Orlando Márquez.

 

El 5 de septiembre, en documento firmado por este último, se reiteraba la posición de la Iglesia de que

 

la violencia de cualquier tipo, aplicada a personas indefensas, no tiene ninguna justificación”,

 

pero se reproducía sin comentarios la inverosímil respuesta del régimen sobre la represión:

 

El gobierno cubano, ante estas situaciones, ha comunicado a la Iglesia que desde ningún centro de decisión nacional se ha dado la orden de agredir a estas personas.

 

De inmediato expresó Elizardo Sánchez Santacruz, líder de la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (CCDHRN), que la organización que encabeza

 

“no tiene ninguna duda en cuanto a que la orden de reprimir con brutalidad fue dictada o aprobada desde el más alto nivel”.

 

La agridulce despedida del cardenal Ortega

 

Para algunos comentaristas la explicación a esta nueva “debilidad” del cardenal-arzobispo ante el general-presidente, se encuentra en la disyuntiva de perder su legado histórico si exige el cese de la represión a dos meses de tener que presentar su retiro.

 

Sin pretender hacer balance aquí de ese “legado”, debemos reconocer que se trata de un cubano que a los dos años de ser consagrado sacerdote fue enviado a un campamento de trabajo forzado de la UMAP por ocho meses. De aquellos momentos Jaime Ortega ha recordado:

 

Cuando me dieron de baja y llegué a mi casa, mi padre me esperaba con un viaje a España que él había conseguido para que fuera a vivir allí. Todo el que salía de aquellos campos tenía facilidades del gobierno para abandonar el país. Le dije a mi padre que no me iría, se entristeció porque estaba preocupado por mí y mi futuro. Pero yo no quería irme de Cuba. Cuba es para mí más que la Cuba de Martí y Maceo, que la Cuba de Gerardo Machado, de Grau San Martín, de Batista, de Fidel o de Raúl. Cuba para mí es mi patria.

 

No se puede obviar el valor de tal decisión de quedarse y luchar por su Iglesia, que le ha conducido por un camino nada fácil, en medio de las presiones y del ateísmo de Estado, hasta la jerarquía que hoy ocupa.

 

Es cierto que por ganar más espacio religioso se dejó llevar por Raúl Castro a la categoría de mediador. Y para ello le facilitó el trabajo, proponiendo el destierro a presos políticos y familiares.

 

Sabe Ortega Alamino que en una atmósfera de creciente descontento por la miseria actual y los traumáticos ajustes económicos que se esperan en la Isla, la dictadura no va a permitir que florezcan las protestas. Por eso, bajo su dirección, la Iglesia cubana va a concentrarse en las actividades religiosas autorizadas por el régimen para conmemorar el Cuarto Centenario de la Virgen del Cobre en el 2012.

 

Con gran habilidad, el prelado habanero ha dejado caer la promesa -muy beneficiosa para el Sucesor- de otra visita papal a la Isla, planteando que Benedicto XVI “ha dicho que tiene deseos de venir”.

 

Los observadores consideran que, si no se complican las relaciones de la Iglesia con el régimen, el cardenal, tras su retiro, probablemente ocupe un cargo cercano al Pontífice en la Santa Sede, desde el cual mantenga alguna influencia en el tema cubano.

 

El Futuro

 

Pero todos estos planes, tanto los de la dictadura por mantenerse, como los de los jerarcas de las distintas denominaciones religiosas por ganar espacios de culto, para poder cumplirse dependerán del clima sociopolítico en Cuba, que se complica y extiende cada día más.

 

La Iglesia Católica está preparada para trabajar y estar presente en una transición, incluso una que no sea hacia una completa democracia. Además, considera que la transición ya está en marcha, incluso antes del ascenso oficial de Raúl Castro a las más altas instancias del poder. Ha enfatizado en la ampliación de los seminarios, el ingreso de sacerdotes jóvenes, y ha incrementado sustancialmente el número de sacerdotes, muchos de ellos extranjeros.

 

El propio Monseñor de Carlos Manuel de Céspedes estableció desde 1999 que la tarea y responsabilidad más importante para la Iglesia Católica era la evangelización de la cultura, el desarrollo de un plan de rescate de la conciencia histórica cubana, de la cual los jóvenes cubanos están deficitariamente informados acerca de su pasado y su presente, y no han sido entrenados en asumir totalmente el curso de la Historia del país. Para la cúpula católica cubana, la Iglesia Católica se halla en una posición preferencial para ocupar el vacío ideológico y filosófico instalado en la conciencia nacional, y para ello considera que la reciente Doctrina Social de la Iglesia Católica ayudará a desarrollar el sentido de responsabilidad.

 

La Iglesia actual, comparada con su situación en las décadas iniciales de la Revolución, posee ya medios económicos, mediante ayuda exterior, que le posibilita ser una Iglesia “que parte y reparte”, teniendo como política bien definida mostrar sencillez y espíritu de servicio a la comunidad.

 

Posee una sólida estructura organizativa y dirigentes muy bien formados, con experiencia de trabajo autónomo, pese al clericalismo que la ha caracterizado, especialmente su debilidad cuantitativa y cualitativa de las últimas décadas. Además de contar con el apoyo directo de una representación diplomática, la Nunciatura Apostólica, y también el de iglesias hermanas en otros países.

 

Pero los agentes pastorales en la Iglesia no son suficientes, y la gran mayoría no posee una visión y una actitud congregantes, o una aceptación suficientemente amplia (como es el excepcional caso del Padre José Conrado) que estén realmente capacitados para estimular semejante tarea de instrucción y reflexión, sea a través de los medios de comunicación masiva, sea por medio de la implementación de la enseñanza de inspiración católica.

 

La Iglesia se ha pronunciado contra el éxodo como respuesta individualista tradicional del cubano a los problemas del país, y plantea como estrategia ser la promotora del “Diálogo Nacional” y no dejarlo en manos del Estado, que lo ha negado constantemente, proponiendo que sea llevado a cabo por la sociedad civil cubana actual, es decir, las Iglesias, asociaciones fraternales, y grupos autónomos diversos.

 

Quedaría por ver cómo y mediante qué instrumentos legales puede la Iglesia Católica ser el centro de una reconciliación política, sin contar con el régimen.

 

Es cierto que han disminuido los criterios y actitudes anticlericales y antirreligiosas que manifestaban las capas pensantes que se desarrollaron al calor de la Revolución de 1933, las de la llamada “Generación del Centenario”, y también en sus círculos intelectuales y artísticos, pero la presencia de la Iglesia Católica en tales círculos intelectuales y artísticos no es aún de peso. Ello es uno de los dilemas de la Iglesia católica futura, ya que precisamente el “puente cultural” es lo más indicado para influir en esos círculos políticos.

 

Es una Iglesia que tendrá que seguir cuidando de su indefensión ante el Estado-Minotauro, y manteniendo relativa distancia con la disidencia y la oposición pacífica interna, porque no desea arriesgar lo que hasta el momento ha logrado, con vistas a ver ampliada y reforzada su institución para un futuro mediato y a largo plazo.

 

De ahí que la Iglesia mantuvo silencio ante la ola represiva desde los años noventa y no levantó un dedo por la suerte de los cuatro disidentes que redactaron “La Patria es de Todos”, documento que conmovió la escena internacional. Todo ello en aras del logro de su objetivo, de proyectarle a una población sin futuro -sumida en la cotidianeidad, la desesperanza y las dificultades- objetivos y esperanzas, mediante un mensaje religioso.

 

Sin embargo, dentro de la institución, han existido diferentes criterios respecto a cuál debe ser el papel de la Iglesia en cuestiones específicas en los momentos actuales y en el futuro. La diferencia de criterios entre las posiciones que pudieran llamarse “institucionalistas”, abanderadas por la Catedral de la Habana, y las “feligresistas”, que tuvieron en la persona del recientemente fallecido Monseñor Pedro Meurice su principal porta-estandarte, se refleja en el discurso de recepción que recibió Meurice al aceptar el Doctorado Honoris Causa en la Universidad de Georgetown, Estados Unidos:

 

“Por otra parte, mientras el pueblo sufra alguna injusticia o limitación, por pequeña que sea, la Iglesia debe hacer de esas necesidades y dolores de su pueblo un punto cardinal del contenido de sus relaciones con el Estado. De lo contrario, la Iglesia sólo reclamaría lo que pudiera ser considerado como sus derechos institucionales o concernientes a su vida interna, pero para los seguidores de Jesucristo estas demandas nunca pueden estar separadas de los derechos de las gentes”.

 

Hay quienes consideran que la misión de la Iglesia es “presionar”, mientras la del gobierno es “resistir”. En el Plan Pastoral 2006-2010, la jerarquía católica explicitó su intención de fomentar la sociedad civil y la conciencia ciudadana, en un accionar favorecedor de la “promoción humana”. La iglesia católica desarrolla un plan intenso de estudios teológicos, en los seminarios, en publicaciones eclesiales en casi todas las provincias, de ampliación de ordenes religiosas, tanto masculinas como femeninas.

 

En muchos templos católicos -y también en los evangélicos-, se imparten cursos de idiomas, computación, ciencias sociales, primeros auxilios, entre otros; igualmente, se responde a solicitudes de medicamentos deficitarios y, en varios casos, hasta de alimentos y ropas. Pudiera agregarse la variedad de publicaciones católicas, que pese a sus limitadas tiradas, son buscadas afanosamente por la población.

 

En los salones de las iglesias se organizan actividades para niños y jóvenes, a las cuales no asisten sólo los religiosos. Conciertos de cantantes de moda y arraigo popular -como Polito Ibáñez, Pedro Luis Ferrer y José María Vitier-, o de Navidad -con coros y artistas del Teatro Lírico-, piezas teatrales, espacios de cine-debate con una programación no accesible en la red nacional de salas cinematográficas, conferencias sobre temas de actualidad, pequeños talleres de artesanía, asistencia psicológica y legal, guarderías, y colaboración con “círculos de abuelos” y hospitales, son algunas de las funciones sociales que viene desarrollando la Iglesia católica, sin estridencias pero con marcada constancia, permitiéndole alcanzar mayor representatividad en un espacio macro-social complejo.

 

Tanto la Iglesia católica como el gobierno cubano coinciden en el anhelo de una visita a la Isla del actual Pontífice, Benedicto XVI. El cardenal Jaime Ortega invitó al Papa a visitar Cuba, durante la misa oficiada frente a la Catedral de La Habana, en presencia del cardenal Tarcisio Bertone. En su anterior visita a la nación caribeña, en 2005, Bertone le había llevado al Pontífice una invitación del presidente Fidel Castro.

 

La Iglesia católica local y la Santa Sede no quieren quedar al margen de lo que suceda en la Isla, y por eso se han anticipado a trabajar con las autoridades cubanas en proyectos de ulterior realización, en los que habrá que negociar y vencer tentaciones de prevalecer por ambas partes, pues aunque Cuba no es una nación católica tradicional, tampoco es una nación atea.

 

Aun falta por ver, en un futuro, el impacto que tendría una mayor apertura a la doctrina pentecostal, el embate de las sectas carismáticas cristianas, las misiones mormonas, la religión de Moon, la Iglesia Universal, la cienciología, y otras denominaciones.

 

La eventual existencia de una hipotética bancada católica en la Asamblea Nacional, o de legalizadas organizaciones políticas de inspiración religiosa, está en estrecha vinculación con la posibilidad de esos necesarios “cambios estructurales” a los que se refirió Raúl Castro en su discurso del pasado 26 de julio.

 

Sin embargo, temas candentes en los cuales resulta demasiado difícil en estos momentos ver una aceptación por parte del actual gobierno, aun incluso en medio de una transición económica reformista motivada por la profundidad de la crisis nacional y la aplastante acumulación de necesidades materiales en todos los órdenes, serian el de permitir educación religiosa en las escuelas, o la observancia de las tradicionales vacaciones de Semana Santa -ahora enmascaradas bajo el eufemismo de receso escolar de primavera-, o, tal vez mucho más difícil todavía, la posibilidad de dar una eventual marcha atrás a la legalización del aborto o de la planificación familiar.

 

A MODO DE COLOFÓN

 

Dijimos en la segunda parte de este trabajo que todo indicaba que:

 

el campo religioso cubano podrá desempeñar un papel aún más importante en los próximos años en la Isla, dependiendo en buena medida de la capacidad de los líderes religiosos de dar curso a las inquietudes y las necesidades de la población, sin caer en posiciones sectarias y dogmáticas, y de discernir con creatividad los cambios sociales”.

 

Ahora debemos precisar que el incremento de la religiosidad es en primer lugar la reacción espiritual de muchos cubanos ante el fracaso absoluto de la utopía comunista, y muy especialmente del castrismo.

 

También hay que señalar que este incremento ha sido favorecido por el hipócrita y oportunista cambio ideológico del régimen, que aunque ha abandonado el ateísmo estatal, exige la sumisión política a cambio de la libertad de cultos.

 

Eso plantea la cuestión de las condiciones prevalecientes en la Sucesión, donde está ocurriendo una retirada táctica hacia posiciones menos ideológicas por parte de la cúpula gobernante. Si en Cuba se mantuviese la “paz social” que piden las principales instituciones religiosas, y se impusiera algún tipo de “socialismo de mercado”, el impacto económico resultante agudizaría las diferencias sociales, haría crecer el consumo, y favorecería opciones de entretenimiento acorde a los ingresos individuales y familiares.

 

Aunque sea tardío y controlado, el acceso de los cubanos a elementos de la modernidad, reforzará en ellos criterios laicos arraigados ya durante la República, que no coinciden con las posiciones de las denominaciones cristianas sobre los anticonceptivos y el aborto.

 

En relación con el catolicismo, ya son incongruentes para muchos cubanos doctrinas y disposiciones sobre el divorcio, el celibato, la prohibición sacerdotal a la mujer, y el enclaustramiento de monjas y frailes.

 

Cuando se vuelva a ver como algo normal el desarrollo de misas, cultos y procesiones religiosas en plazas y calles de la nación, las celebraciones de Nochebuena y Navidad volverán a ser mayoritariamente, como fueron siempre, ocasiones de regocijo y reunión familiar en las casas, y no precisamente en los templos.

 

Como cubanos también nos ha caracterizado siempre el “embullo” por lo nuevo, y la experiencia de la visita a nuestro país de Juan Pablo II así lo evidenció. Un censo llevado a cabo por la Iglesia en el 2003, cinco años después del viaje del Papa, daba como cifra de la asistencia a la misa dominical a menos del uno por ciento de la población cubana. En el 2010, a doce años de la visita del pontífice, ese número no sobrepasaba el 1 por ciento de los habitantes de la Isla, según el Vice-editor de la revista Espacio Laical. Esto no quiere decir que no se hayan reforzado los sentimientos religiosos de los cubanos, sino que, como siempre, esa religiosidad se expresa a mi manera.

 

Hay que reconocer, por otra parte, que debido a las expulsiones de sacerdotes extranjeros en la década de 1960, se ha consolidado en el presente una cubanización de la Iglesia Católica, aunque mantener esa característica en la Isla se dificulta por la escasez de vocaciones sacerdotales, que aqueja a la Iglesia de Roma en casi todos los países.

 

No se puede prever dentro del futuro político cubano si el proceso de sucesión raulista logrará consolidarse como neocastrismo institucional, o si se producirá una tal vez relativamente lenta o rápida transición democrática tras la desaparición física de la cúpula gerontocrática. El ambiente entre los propios castristas es propicio al cambio, ya que cada vez creen menos que “el Partido es inmortal”

 

En la coyuntura entre sucesión y transición, las Iglesias, en especial la Católica, tendrían nuevas posibilidades de reivindicarse como protectores de los derechos generales de todo el pueblo cubano, y no solo los de profesar la fe o culto que deseen. Aunque su actuación hasta el presente indica que esa futura protección parece un pensamiento ilusorio.

 

Donde sí va a haber mucha necesidad de trabajo religioso y de caridad cristiana es en la masa de afectados que va a incrementarse como resultado la pérdida de los subsidios a la población en medio de la aventura del capitalismo de estado neocastrista. Ya la Iglesia, mediante un artículo en Palabra Nueva, advierte sobre los cambios que polarizarán la sociedad cubana:

 

La generación de riquezas, y el surgimiento de nuevos 'ricos' puede representar un desafío de orden ético o legal diferente, pero la pobreza extendida no resulta menos desafiante o peligrosa para nuestra sociedad.

 

Por eso en el futuro inmediato las colas no serían como antes, solamente para comprar víveres, sino filas de ancianos desvalidos, mendigos, o enfermos, en solicitud, tanto de ayuda religiosa como de solidaridad humana.

 

Por cierto, hay que poner en contexto el movimiento macro-político que está ocurriendo en los países del ALBA: los pronunciamientos y acciones de los presidentes Daniel Ortega y Rafael Correa a favor de posiciones del catolicismo en sus respectivos países no se pueden ver aislados de otras manifestaciones de complacencia con la economía de mercado y la satisfacción del Fondo Monetario con respecto a la “seriedad” de las medidas económicas de Ortega, quien aparentemente será reelegido en breve como Presidente de Nicaragua.

 

Desde la Cuba de la Sucesión, donde “el modelo no funciona ni para nosotros mismos”, se está extendiendo entre algunos de sus aliados una gran simpatía por el mercado y por la religión, que ofrecen más resultados concretos que la utopía castro-guevarista.

 

Se cierra el círculo: una conclusión final

 

En cierto sentido, el choque Iglesias-Estado, que por más de medio siglo ha caracterizado la realidad cubana, parece acercarse a un final hegeliano, con una suerte de negación de la negación para volver al principio, más desarrollado, algo muy propiamente cubano también:

 

Una nación que no era tan profundamente religiosa en 1959 -comparada con el resto de América Latina y Europa-, y donde cada uno de los cubanos se consideraba practicante de la religiosidad a mi manera, se sumió en un intento de más de medio siglo, procurado por el régimen dictatorial, de establecer un ateísmo oficial, absoluto, masivo y científico, basado en una ideología extranjera y extranjerizante, que fracasó rotunda y completamente en todo el mundo, y específicamente en Cuba, y de nuevo los cubanos, a su manera, buscan en lo divino lo que nunca pudieron encontrar en su negación.

 

También, en el aspecto religioso, el castrismo termina siendo, como siempre y en todo, un largo y doloroso camino hacia ninguna parte. Podrá discutirse si ha sido el triunfo del pensamiento religioso frente al ateísmo oficial, o el fracaso absoluto del castrismo ante la realidad, pero eso en estos momentos no importa más allá de las imprescindibles disquisiciones éticas e intelectuales.

 

Al final del círculo, vuelve al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Los asuntos “terrenales” han tenido siempre su propia dinámica que los hombres llamamos historia. En su transcurso se han superado distintos estadíos y formas de gobierno. Las ideas religiosas y políticas han impulsado y a veces frenado esos avances.

 

En la formación de la nación cubana hemos tenido la suerte de contar por igual con precursores de profunda fe católica, como el Padre Félix Varela, y de próceres como Céspedes, Agramonte y Martí, de orientación liberal masónica. En nuestras luchas por la independencia participaron junto a los mambises blancos, creyentes y no creyentes, miles de esclavos y libertos criollos y africanos con sus propias ideas religiosas, y también combatieron, en número considerable, muchos colonos chinos, adeptos a cultos asiáticos.

 

La República trajo la libertad de cultos, hasta que los castristas propalaron primero el anticlericalismo y más tarde impusieron el ateísmo de Estado, con un mínimo de cultos sin libertad. Ahora la Sucesión alardea de tolerancia religiosa y se codea con prelados, pastores y rabinos, pero reprime a aquellos que quieren poner en práctica el ideal martiano de que “la primera ley de la República sea el culto a la dignidad plena del hombre”.

 

Hay todavía mucho camino por recorrer antes de llegar a cumplir ese anhelo martiano. Las iglesias de Cuba pudieran hacer mucho a favor de la dignidad de los cubanos.

 

En un momento determinado de nuestra historia futura, tanto los líderes religiosos como los líderes políticos cubanos, deberán comparecer ante el tribunal de una opinión pública realmente libre y soberana, donde serán valorados por sus obras y no por sus intenciones.

 

 

 FUENTES PARA EL TRABAJO COMPLETO (LAS TRES PARTES):

 

Rosa Elvira Vargas y Gerardo Arreola: Condecoran a Fidel Castro con la Cruz Ecuménica de Santa Brígida, La Jornada, México, 10 de marzo del 2003.

 

Jorge Ramírez Calzadilla: Veinte Años en la Vida de la Iglesia Católica en Cuba, IPS, (Enf., 09/06)

 

La Mediación de la Iglesia Católica en Cuba, Panel de la X Semana Social Católica, Revista Vitral, Números de Enero-Marzo y Abril-Junio del 2011.

 

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Ídem: Sin libertad y sin luz, cubaencuentro.com, Abril 13 de 2007.

 

Ïdem: Obispo emérito de Pinar del Río: La revista 'Convivencia' molesta, Ibíd. Junio 18 de 2009.

 

Ídem: Pastor: 'Si dejo predicar a disidentes, el Gobierno me tumba la casa', Diario de Cuba, Agosto 19 de 2011.

 

Marcos Antonio Ramos, La Religión en Cuba, Capítulo X del libro “Cuarenta Años de Revolución. El Legado de Castro”, Editor Efrén Córdoba, Ediciones Universal, Miami, 1999.

 

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