Cubanálisis El Think-Tank

ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

            Eugenio Yáñez

            Juan Benemelis

            Antonio Arencibia

LO HUMANO Y LO DIVINO:

LAS RELACIONES IGLESIA-ESTADO EN CUBA ( I I )

 

 

Iglesia y Estado: ¿Derechos religiosos, o derechos ciudadanos?

 

El director de un órgano de la prensa católica en Cuba (Orlando Márquez Hidalgo, Palabra Nueva #195, Abril 2010), al abordar el tópico de los derechos en Cuba para los creyentes, señalaba que:

 

“Disertar sobre las relaciones Estado-Iglesia en Cuba, desde cualquiera de ambos lados, es siempre un reto y un riesgo. Un reto porque, estando aún vivos y activos muchos de los protagonistas de aquellas divergencias primeras, es difícil sustraerse a los señalamientos y no hablar desde algunas experiencias dolorosas. El riesgo está, para la Iglesia, en que su palabra tal vez no sea bien recibida o interpretada, si la lectura se hace exclusivamente desde un prisma político”.

 

Si entendimos correctamente el párrafo anterior, se estaría pidiendo, no solo a los fieles católicos, sino a cualquier cubano, el intercambio respetuoso de criterios con esa Iglesia, porque ésta se ocupa de la vida eterna, y por ello no deben enjuiciarse las acciones en que se involucran sus líderes en el plano terrenal sólo con rasero político, tengan o no repercusiones de esa índole. Pero toda religión organizada impacta en una sociedad no solo desde el punto de vista espiritual, sino que al interactuar con los poderes políticos asume una responsabilidad. En Cuba, el papel de la Iglesia Católica en los últimos veinte años, por ejemplo, puede interpretarse como de intentos de colaboración con el régimen, o de silencio vacilante ante sus desmanes, postura muy lejana de la que sostuvo frente al castrismo triunfante, y que por ello la comprometen en momentos cruciales del país.

 

Por eso es imprescindible abordar desde el ángulo político la actuación no sólo de la Iglesia Católica en Cuba, sino también la de las principales organizaciones evangélicas, y las de otras denominaciones o asociaciones religiosas en la Isla. Y daremos nuestro criterio cuando la legítima lucha de las instituciones religiosas por sus derechos y los de sus fieles los favorezca o les priorice por sobre los derechos de todo el pueblo cubano como nación.

 

Por su peso indiscutible, hemos decidido comenzar por las relaciones entre la jerarquía católica romana y el régimen de los hermanos Castro. El análisis partirá de un breve bosquejo histórico del cristianismo para entrar rápidamente en la evolución de la relación Iglesia Católica-Estado Socialista en Cuba, especialmente, tras la caída del comunismo en Europa del Este y la Unión Soviética.

 

Una religión bi-milenaria y una experimentada Iglesia

 

El cristianismo sufrió su gran transformación inicial cuando dejó de ser la religión “de los esclavos” en Roma, para convertirse en la religión oficial de aquel Imperio. La extraña conversión del emperador pagano Constantino a la religión del Nazareno, en su lecho de muerte, está envuelta en la leyenda, pero más de un autor la valora como una decisión política.

 

Dicen que fue en esencia una milenaria anticipación del famoso lema oportunista del rey francés Enrique IV, “París bien vale una misa”, en la que solamente habría que cambiar París por Roma. Nos atrevemos a decir que esa primera gran experiencia de los jerarcas cristianos en el mundo de la realpolitik fue el basamento de mucha de su actuación posterior, que se incrementó en el transcurso de los siglos, al tener que coexistir, sobrevivir y aliarse dentro de los estados de cada época, no sólo como fuerza religiosa, sino también política.

 

La Iglesia Católica, Apostólica y Romana, globalmente preponderante, fue el resultado de siglos de lucha dentro de sus propias filas, tanto frente a “herejías” internas como ante la ortodoxia cristiana del Oriente, el cisma que enfrentó a varios Papas por la autoridad pontificia, y la Reforma Protestante. Gran parte de su poderío actual se deriva del papel de la iglesia de Roma como aglutinador de los Estados cristianos de Europa, ante la gran amenaza religiosa y política del Islam, entre los siglos VII y XVI.

 

Una etapa muy diferente se inició con la unificación de Italia, hace 150 años. Entonces, la sede terrenal del Catolicismo Romano quedó circunscrita a un territorio totalmente simbólico, sin ninguna fuerza armada efectiva, el Estado Vaticano. El genocida José Stalin, en su época, quiso burlarse de ese Estado al preguntar cínicamente en una reunión internacional “¿cuántas divisiones tiene el Papa”?, pero el gran poderío del Papado se mantuvo y se mantiene con su influencia mundial en asuntos políticos de gran alcance, así como sus enormes riquezas.

 

El Papado de Juan Pablo II

 

Si nos ubicamos en la bisagra de nuestro siglo y el anterior, comprobamos que el catolicismo ha logrado mayor comunicación con las masas, gracias a la modernización de su culto y su desarrollo en las lenguas nacionales. Es indiscutible que la elección del cardenal Karol Wojtyla al solio de San Pedro jugó un gran papel en esa expansión, quien tras asumir el Papado con el nombre de Juan Pablo II se destacó como incansable viajero propagador de la doctrina de su iglesia.

 

Aunque la vieja lucha de la Iglesia contra el comunismo ateo se había enfilado contra el Socialismo de Estado desde el mismo comienzo de la Revolución bolchevique en Rusia, Wojtyla dedicó sus mayores críticas contra los clérigos seguidores de la Teología de la Liberación, que coincidían, y muchas veces cooperaban, con los marxista-leninistas, en objetivos y agendas sociales. Eso se puso de manifiesto en 1983 cuando, durante su visita a Nicaragua, reprendió públicamente a su llegada al sacerdote Ernesto Cardenal, entonces Ministro del gobierno sandinista de Daniel Ortega.

 

El Papa polaco fue, además, un especial símbolo de resistencia al comunismo en su país natal, y eso fue evidente cuando, durante la visita que hizo a su tierra en 1987, saludó al sindicato libre Solidaridad ante 750,000 personas que le aclamaron.

 

Por esa razones, en 1985, Fidel Castro había diferido su pretendido encuentro con Karol Wojtyla, planteando al sacerdote brasileño Frei Betto que “la visita del Papa a Cuba debe producirse cuando estén garantizadas las condiciones mínimas, para que sea un encuentro útil”.

 

No obstante, al año siguiente, cuando las cosas no pintaban muy bien en la URSS con la perestroika de Gorbachov, Castro seguía mandando señales al Vaticano, y tras recibir a la Madre Teresa de Calcuta, la autorizaba a instalar su orden religiosa en Cuba. Pero no se trataba de otra cosa que de una jugada más del tirano en el área de las relaciones internacionales con el Papado, ya que por doctrina y análisis histórico el régimen consideraba a la Iglesia Católica en Cuba como aliada tradicional de sus enemigos de clase.

 

El fallecido Dr. Jorge Ramírez Calzadilla, del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas de La Habana, reflejaba aún después de la Proclama de renuncia de Fidel Castro “con carácter provisional” en julio del 2006, los viejos prejuicios comunistas al respecto. Así, en septiembre de aquel año escribiría y publicaría en la prensa que la Iglesia Católica

 

“[d]urante la época colonial fue de jure la institución representativa del sistema y en la república neocolonial logró mantener de facto un sitial privilegiado”. También dijo que ésta no había evolucionado en Cuba y “mantenía de forma particularmente arraigada sus concepciones esquemáticamente antagónicas sobre el socialismo como sistema social”, sin abrirse a los cambios surgidos en el seno de la Iglesia Romana universal a partir del Concilio Vaticano II.

 

Se manifestaba una contradicción evidente en ese escrito con la nueva política de Fidel Castro. Atrás quedarían décadas de despreció a la América Latina y a sus gobiernos, manteniendo relaciones solamente México, con los partidos comunistas del continente y con los movimientos insurgentes de izquierda. También pasaron los tiempos de júbilo por los triunfos del socialista chileno Salvador Allende y de los sandinistas en Nicaragua.

 

Al perder sus aliados comunistas en Europa, el dictador quería presentarse como respetuoso y cercano a la Iglesia Católica para mejorar su imagen en el continente. Sin embargo, igual que el enfrentamiento de su régimen contra el pueblo cubano lo presentó siempre como un diferendo entre Cuba y Estados Unidos, entonces pretendió mejorar sus relaciones con el Vaticano y el Papa, relegando continuamente y tratando de ignorar al máximo a la Iglesia católica en Cuba.

 

El rechazo visceral del régimen a la Iglesia de Cuba se seguía produciendo, a pesar de que esa institución seguía tratando de buscar un acercamiento. En febrero de 1986 se había celebrado el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC), un importante evento en el que la Iglesia Católica había tratado de embellecer la historia de las relaciones entre el catolicismo y el castrismo. El Documento Final del Encuentro, por ejemplo, afirmó que:

 

“[…] La Iglesia pasó desde una aceptación de la realidad del carácter socialista de la Revolución, sin antagonizar el proyecto socialista como tal, hasta la coincidencia en los objetivos fundamentales en el campo de la promoción social: salud pública, enseñanza y trabajo al alcance de todos, satisfacción de las necesidades básicas, etc.”

 

Olvidaban, o simulaban ignorar los firmantes, que muchos años atrás el Arzobispo de Santiago de Cuba, Monseñor Enrique Pérez Serantes, se había opuesto en numerosas pastorales a las medidas “revolucionarias” contra la libertad de enseñanza, las nacionalizaciones sin indemnización, y el despojo de tierras a los campesinos medios. Precisamente esas denuncias precipitaron el desmantelamiento de las propiedades de la Iglesia y de sus medios de acción, y la expulsión de los sacerdotes extranjeros por la dictadura, que se mencionó anteriormente.

 

En cuanto a la segunda parte del párrafo citado, baste decir que era casi risible hablar en 1987 de coincidencia con el objetivo castrista en la enseñanza, cuyo contenido ideológico iba en contra de principios católicos. Claro que, habilidosamente, el documento no emplea la palabra educación, con lo que los firmantes del mismo se pueden defender diciendo que cuando hablaban de enseñanza querían decir que favorecían la instrucciónal alcance de todos”.

 

Otra semilla sembrada en el Encuentro Nacional Eclesial Cubano instaba al diálogo entre “católicos y marxistas” que suponía, por lo tanto, el de la Iglesia cubana con el régimen. Tal solicitud sería reiterada, pero rechazada o ignorada repetidamente por la dictadura, hasta que la Sucesión “raulista” lo consideró conveniente.

 

En 1987 Fidel Castro le dijo al periodista comunista italiano Gianni Miná, en una extensa entrevista, que estaba en constante comunicación con la Santa Sede, sobre la cuestión de la deuda externa y la crisis económica, y dejaba abierta la posible visita papal planteando:

 

“Tenemos ese tipo de relaciones y ciertamente habría muchos temas que podrían ser objeto de intercambio.”

 

La conferencia de los Obispos Cubanos

 

A raíz de la violenta crisis que escenificaba la nación, con el descalabro del bloque comunista y la merma de los subsidios que se recibían de la Unión Soviética, la cúpula gobernante debatió planes para aplicar incluso una política de comunismo de guerra, la llamada “Opción Cero”, que implicaba la imposición de medidas restrictivas respecto al consumo de la población y los recursos que el Estado dedicaba a los servicios públicos. Todo ello fue motivo de análisis y de nuevas directivas recogidas en el IV Congreso del PCC.

 

Ante la complejidad y urgencias de la situación nacional y la autorización -oportunista- para que los creyentes de cualquier denominación pudieran militar en las filas del Partido Comunista, que se estableció en el cuarto congreso de la organización comunista, la Iglesia, basada en su legendaria experiencia histórica de casi dos milenios, respondió con acciones concretas muy bien concebidas, que representaron en la práctica una decisión estratégica de largo plazo para lidiar con el régimen, que podría decirse que se mantiene hasta nuestros días.

 

La Iglesia celebró el 8 de septiembre de 1993, en La Habana, la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, bajo la dirección del Arzobispo de La Habana, Jaime Ortega y Alamino, con la asistencia del Arzobispo de Santiago de Cuba, los obispos de Cienfuegos, Holguín, Pinar del Río, y Matanzas, y los obispos auxiliares de Cienfuegos-Santa Clara, La Habana, y Camagüey, y de esa los resultados de esa Conferencia se hizo público el Mensaje “El Amor todo lo espera”.

 

Esta Conferencia fue el punto de viraje de la Iglesia cubana, de una posición de silencio conciliatorio a una crítica directa a la política gubernamental, estableciendo su posición futura y lo que consideraba que el régimen debería atender. En el Mensaje surgido de la Conferencia, “El Amor todo lo espera”, se reafirmaba a la Virgen de la Caridad y al Sagrado Corazón de Jesús como los signos religiosos del pueblo cubano, que se debían respetar.

 

En su mensaje, el obispado cubano le recordaba al régimen que una sociedad más justa, humana y próspera, no se construía solamente trasladando montañas o repartiendo equitativamente los medios materiales, puesto que a nadie le gustaba sentirse tratado solamente con justicia. Por eso, subrayaban, en Cuba debía reinar el amor entre sus hijos para cicatrizar las heridas abiertas por el odio, y que debía decretarse ya la hora del perdón y de la amnistía.

 

Ante la política del Congreso del Partido de admitir creyentes en la organización el mensaje del obispado reiteraba que la Iglesia no se identificaba con ningún partido, agrupación política o ideología, que no podía tener un programa político ni podía ser juez de las personas, pero que ello no le impedía dar su juicio moral sobre todo lo que fuese humano e inhumano.

 

El mensaje seguía su vertiente frontal al régimen destacando que el gran error de la revolución consistió en acudir a buscar soluciones de los problemas del país donde no se originaban los mismos, y con quienes desconocían la realidad cubana por encontrarse lejos del área geográfica y de la realidad y tradición cultural del país. Por eso, y aludiendo a la alianza del régimen con la Unión Soviética, consideraron que la mayoría de los obstáculos presentes provenían de esa estrecha dependencia que llevó a copiar estructuras y comportamientos extraños. Y, de ahí, el criterio que se había generalizado, de que era únicamente del extranjero de donde se debían esperar las soluciones.

 

En abierta crítica a la política de aislar la comunidad cubana de la Isla con la exiliada, el mensaje ratificaba que aquellos cubanos que podían ayudar económicamente eran precisamente a quienes el régimen había hecho extranjeros, y preguntaba ¿No sería mejor reconocer que ellos tienen también el legítimo derecho y deber de aportar soluciones por ser cubanos? Y seguía: ¿Por qué hay tantos cubanos que quieren irse y se van de su Patria?, mientras proponía intentar resolver los problemas del país junto con todos los cubanos.

 

Por eso -decían los obispos- de un proceso que nació lleno de promesas, su actual realidad no coincidía con la idea que la población se había hecho de ella. Y señalaban que en el orden económico las necesidades materiales elementales estaban en un punto de extrema gravedad. Acotaba el mensaje que lo que se ventilaba y decía del sector agrícola se podía decir también de otros sectores y servicios. Y relacionaba el deterioro del clima moral, la prostitución y la violencia, los altos índices de alcoholismo y de suicidios, la nupcialidad prematura, el aumento alarmante de los divorcios, la mortalidad por abortos, la agresividad reprimida, como consecuencia de las carencias materiales más elementales, como alimentos, medicinas, transporte, fluido eléctrico, etcétera, que favorecían un clima de tensión.

 

Pero destacaban también la intolerancia, la vigilancia habitual y la represión, que iban acumulando una reserva de sentimientos de agresividad, aconsejando que con más medidas punitivas no se lograría otra cosa que aumentar el número de transgresores.

 

Los obispos enumeraron los factores que incidían en la crisis, como la condición insular del país, la transformación de las relaciones comerciales con los países antes socialistas, fundadas sobre bases ideológicas, pero que ya entonces lo estaban sobre bases estrictamente administrativas y económicas, amén del embargo norteamericano potenciado por la ley Torricelli.

 

Proponían como solución que, más que medidas coyunturales de emergencia, se hacía imprescindible un proyecto económico de contornos definidos, capaz de inspirar y movilizar las energías de todo el pueblo, pues se estaban perdiendo los valores fundamentales de la cultura cubana, como la familia, transformándose en un país escéptico, desconfiado, donde queriendo lograr que naciera un hombre nuevo estaba apareciendo un hombre falso.

 

La Conferencia del obispado cubano se aventuró en terreno delicado al proponer que la gravedad de la situación económica de Cuba tenía también implicaciones de tipo político, por lo cual se debían erradicar ciertas políticas irritantes, como el carácter excluyente y omnipresente de la ideología oficial, que había conllevado a la identificación de términos unívocos, tales como Patria y socialismo, Estado y gobierno, Autoridad y poder, Legalidad y moralidad, Cubano y revolucionario. Asimismo, era necesario erradicar las limitaciones impuestas a la libertad y el excesivo control de los órganos de Seguridad del Estado, que llegaba hasta la vida privada de las personas, y abogó por despenalizar el alto número de prisioneros por acciones que podrían reconsiderarse.

 

Asimismo, el mensaje eclesiástico abogaba por la no discriminación de ideas filosóficas, políticas o de credo religioso, puesto que en el país había criterios distintos sobre la situación cubana y sobre las soluciones posibles. Si bien, expresaba, en Cuba había un solo partido, una sola prensa, una sola radio y una sola televisión, los cubanos a nivel nacional no debían ser forzosamente uniformes.

 

Aunque reconocían que dentro y fuera de Cuba había quienes se negaban al diálogo, porque el resentimiento acumulado era muy grande, los Obispos le recordaban al régimen que el diálogo tenía un innegable respaldo popular, siempre que no fuera para ajustar cuentas o para reducir al silencio al adversario, pues si bien con la fuerza se podía ganar al adversario, con ello se perdía a un amigo. Los Obispos abogarían por un diálogo con interlocutores responsables y libres, y no de aquellos que antes de hablar las personas ya se sabía lo que iban a decir y tenía elaborada la respuesta.

 

Los entonces Arzobispos Jaime Ortega y Pedro Meurice, junto a los demás Obispos cubanos subrayaron que la Iglesia Católica nunca estuvo lejos del pueblo, puesto que se había quedado con los que se quedaron, y que por tal conocía los sufrimientos acumulados por una población que ya no podía más, a causa de los trabajos que pasaba para realizar sus labores cotidianas, o de las extremas necesidades elementales. Recordaron los grandes lutos nacionales por los internacionalistas que murieron, el dolor de los presos y sus familias, por las carencias materiales, o por la ausencia definitiva de sus familiares. La Conferencia finalizó señalando que era un deber del gobierno revitalizar la esperanza de los cubanos, y también de la Iglesia, que si bien estaba separada del Estado no lo estaba de la sociedad.

 

El obispado cubano, encabezado por Ortega Alamino, fue duramente criticado por la prensa oficial, por proponer un diálogo nacional que diera lugar a cambios urgentes que se requerían ante la disolución del bloque socialista europeo y de la URSS.

 

Con ese documento, la Iglesia Católica seguía los acuerdos del Encuentro Nacional Eclesial Cubano de 1987, pero chocaba con el exacerbado inmovilismo de Fidel Castro, que prefería para el pueblo cubano la miseria del Período Especial para mantenerse en el poder. Hay que reconocer que la COCC se adelantó 18 años al PCC en las propuestas de cambios imprescindibles, pues el Partido, como mero apéndice de la voluntad del tirano, no se atrevía entonces a discutir siquiera otras formas de supervivencia del régimen.

 

Sin embargo, el Vaticano no estaba ajeno a esa situación, y tomaba la iniciativa. En 1994 el Papa Juan Pablo II, al proclamar Cardenal a Jaime Ortega, restablecía el cardenalato en Cuba, interrumpido desde la muerte en 1963de su predecesor, Manuel Arteaga Betancourt, tras su persecución y asilo en la embajada argentina en La Habana.

 

Como la actitud de Juan Pablo II y de sus simpatizantes y compañeros de viaje frente al comunismo se mantuvo hasta el fin de los regímenes comunistas del Este de Europa y de la Unión Soviética, su visita a Cuba tuvo que esperar hasta enero de 1998.

 

Hay que señalar que estadísticas oficiales publicadas a fines de la década de los noventa muestran que el 82,23% de la población de la Isla tenía entonces algún tipo de creencias religiosas, cifra que alcanzaba el 84,80% entre los jóvenes. Este último dato adquiere mucha relevancia, pues a pesar de haberse educado a estos jóvenes durante décadas de practica política gubernamental ateísta y ateizante en la Isla, las religiones seguían arraigadas entre los cubanos, que ante el absoluto fracaso ideológico del régimen se mantenían apegados a ese “opio del pueblo”, como lo definían los comunistas, pero que al menos les brindabas las esperanzas que la dictadura les negaba.

 

Impacto en Cuba de la visita papal

 

Como sabemos, en el momento de la llegada de Juan Pablo II a Cuba, el país estaba en pleno Período Especial, tras siete años de perder los subsidios soviéticos y cuatro décadas de ineficacia económica del castrismo, y todavía Hugo Chávez no había alcanzado la presidencia de Venezuela.

 

Como eran otros tiempos, Castro -que había tenido que admitir para poder gobernar, entre otras cosas, la legalización del dólar, el turismo extranjero, la prostitución “más culta y más sana del mundo” y el “cuentapropismo”-, estaba dispuesto a aceptar el papel protagónico del Papa, su reverso ideológico, quien sería aclamado por multitudes de cubanos a lo largo y ancho de la Isla. A cambio, el tirano esperaba sacarle dividendos al engaño de presentarse ante el mundo como un ejemplo de tolerancia religiosa.

 

Desde su llegada, Juan Pablo II hizo un llamamiento a los cubanos: “No tengan miedo de abrir sus corazones a Cristo”, y después pidió al régimen y a los gobiernos extranjeros “Que Cuba se abra con todas sus magníficas posibilidades al mundo y que el mundo se abra a Cuba”, que marcaron la línea del Vaticano.

 

Esa petición consistía en que se abriesen espacios en la Isla para la libertad religiosa, especialmente de los católicos, y que se produjese la apertura del castrismo, que debería ser reciprocada por los demás países.

 

Sus discursos, mensajes y homilías en Cuba, esencialmente evangelizadores, marcaron además la posición doctrinaria católica respecto al matrimonio, la familia, el divorcio, el control de la natalidad y el aborto, cuestiones que aún hoy enfrentan a la Iglesia incluso con gobiernos laicos de países desarrollados, como el del PSOE en España.

 

Comprensiblemente, el Pontífice también debió tocar cuestiones en esferas de interés para la dictadura castrista, como su crítica a “los embargos económicos, que son siempre condenables por lesionar a los más necesitados”, y su alerta a los jóvenes cubanos contra “la tentación de rendirse a los ídolos de la sociedad de consumo fascinados por su brillo fugaz. Incluso todo lo que viene de fuera del País parece deslumbrar”.

 

En esa cuerda, el Papa también criticó el resurgir de “una forma de neoliberalismo capitalista que subordina la persona humana y condiciona el desarrollo de los pueblos a las fuerzas ciegas del mercado, gravando desde sus centros de poder a los países menos favorecidos con cargas insoportables”.

 

Pero el Papa no podía menos que tocar también temas medularmente políticos como es el de la libertad:

 

-los jóvenes cubanos (…) amantes de la libertad

 

-los valores afloran con mayor nitidez cuando encuentran espacios de libertad

 

-la libertad que no se funda en la verdad condiciona de tal forma al hombre que algunas veces lo hace objeto y no sujeto de su entorno social, cultural, económico y político, dejándolo casi sin ninguna iniciativa para su desarrollo personal.

 

También se refirió el Papa en su homilía en Santa Clara, en la zona central del país, a los problemas familiares causados por la emigración, a la política de separar a los hijos de los padres, y al impacto social de crisis de la economía cubana:

 

“La situación social que se ha vivido en este amado País ha acarreado también no pocas dificultades a la estabilidad familiar: las carencias materiales -como cuando los salarios no son suficientes o tienen un poder adquisitivo muy limitado-, las insatisfacciones por razones ideológicas, la atracción de la sociedad de consumo. Éstas, junto con ciertas medidas laborales o de otro género, han provocado un problema que se arrastra en Cuba desde hace años: la separación forzosa de las familias dentro del País y la emigración, que ha desgarrado a familias enteras y ha sembrado dolor en una parte considerable de la población. Experiencias no siempre aceptadas y a veces traumáticas son la separación de los hijos y la sustitución del papel de los padres a causa de los estudios que se realizan lejos del hogar en la edad de la adolescencia, en situaciones que dan por triste resultado la proliferación de la promiscuidad, el empobrecimiento ético, la vulgaridad, las relaciones prematrimoniales a temprana edad y el recurso fácil al aborto”.

 

En cuanto a las cuestiones de interés específico de la Iglesia, durante su visita el Jefe de la Iglesia Católica amplió a once las diócesis cubanas, al erigir la de Guantánamo-Baracoa, para la cual nombró como Obispo a Monseñor Carlos Jesús Patricio Baladrón Valdés, hasta entonces Obispo auxiliar de La Habana.

 

El Papa, conjuntamente con el obispado cubano, reorganizó territorialmente y por jerarquía la estructura de Vicariatos, Parroquias, Iglesias, Capillas, Comunidades y órdenes masculinas y femeninas. La estructura de la Iglesia Católica en Cuba mostraría entonces una impresionante red que cubre toda la Isla, pero con una organización mucho más sencilla, eficiente y efectiva que cualquiera de las organizaciones e instituciones creadas por el régimen totalitario cubano. Quedó organizada como sigue:

 

3 Arzobispados (La Habana, Camagüey y Santiago de Cuba)

 

8 Diócesis (Pinar del Río, Matanzas, Santa Clara, Cienfuegos, Ciego de Ávila, Holguín, Bayamo, Guantánamo) y 729 Parroquias, Iglesias, Capillas y Centros Catequistas.

 

Diócesis de Pinar del Río, con 3 Vicarías Pastorales. 68 Parroquias, Iglesias y Capillas.

 

Arzobispado de La Habana, con 4 Vicarías Pastorales. 176 Parroquias, Iglesias y Capillas.

 

Diócesis de Matanzas, con 6 Vicarías Pastorales. 64 Parroquias, Iglesias y Capillas.

 

Diócesis de Santa Clara, 79 Parroquias, Iglesias y Capillas.

 

Diócesis de Cienfuegos, con 53 Parroquias, Iglesias y Capillas.

 

Diócesis de Ciego de Ávila, con 22 Parroquias, Iglesias y Capillas

 

Arzobispado de Camagüey:

 

Archidiócesis de Camagüey, con 45 Parroquias, Iglesias y Capillas

 

Diócesis de Holguín, con 51 Parroquias, Iglesias y Capillas

 

Diócesis de Bayamo-Manzanillo, con 31 Parroquias, Iglesias y Capillas.

 

Arzobispado de Santiago de Cuba:

 

Archidiócesis de Santiago de Cuba, con 142 Parroquias, Iglesias, Capillas y Centros Catequistas.

 

Diócesis de Guantánamo-Baracoa, con. 18 Parroquias, Iglesias y Capillas.

 

En su reunión con los obispos cubanos, en vísperas de su partida, el Papa reclamó la libertad religiosa como “derecho inalienable”, y detalló su concreción en Cuba de la siguiente forma:

 

“El respeto de la libertad religiosa debe garantizar los espacios, obras y medios para llevar a cabo estas tres dimensiones de la misión de la Iglesia, de modo que, además del culto, la Iglesia pueda dedicarse al anuncio del Evangelio, a la defensa de la justicia y de la paz, al mismo tiempo que promueve el desarrollo integral de las personas. Ninguna de estas dimensiones debe verse restringida, pues ninguna es excluyente de las demás ni debe ser privilegiada a costa de las otras (…) Es normal que la Iglesia tenga acceso a los medios de comunicación social: radio, prensa y televisión, y que pueda contar con sus propios recursos en estos campos”.

 

Al impacto de la presencia y las palabras de Juan Pablo II, que fueron ampliamente divulgadas por los medios del régimen, no escapó nadie en la Isla, y ni siquiera los más alejados de sus posiciones ideológicas o religiosas pudieron negar que se trató de un acontecimiento trascendental.

 

En sus palabras de bienvenida al Papa Juan Pablo II, pronunciadas el 24 de enero de 1998, el  recientemente fallecido Monseñor Pedro Meurice Estiú, como Arzobispo de Santiago de Cuba, y Primado de la Isla, destacó una posición crítica de la Iglesia respecto al régimen, en consonancia con los puntos de vista expuestos en la Conferencia de Obispos de 1993. El Arzobispo Meurice, delante de Raúl Castro, entonces ministro de las FAR, Segundo Secretario del Partido y Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros destacó que hablaba a nombre de los anhelos y las angustias del pueblo cubano que sufría una gran pobreza material que lo entristecía y agobiaba, dejándole sin opciones, sin dejarlo ver más allá de la inmediata subsistencia.

 

Monseñor Pedro Meurice “presentó” al Papa a

 

“un número creciente de cubanos que han confundido la patria con un partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido las últimas décadas y la cultura con una ideología”.

 

En franca crítica, el Arzobispo Meurice consideró que el pueblo se hallaba cada vez más bloqueado por intereses foráneos, padeciendo una estructura de egoísmo debido a la dura crisis económica y moral que afrontaba.

 

Abogó por la necesidad de que el pueblo aprendiera a desmitificar los falsos mesianismos, pues se necesitaban superar las desigualdades y la falta de participación. Criticando al régimen, le expresó la existencia de desarticulados o encallados espacios de asociación y participación de la sociedad civil, la cual anhela reconstruir la fraternidad a base de libertad y solidaridad. El desarraigo, según el Arzobispo, llevaba al punto de rechazar lo cubano y sobrevalorar lo extranjero.

 

El pueblo cubano, según Meurice, a pesar de la Revolución, no había podido optar y desarrollar un proyecto de vida, por causa de un camino de despersonalización, fruto del paternalismo. Si bien, dijo, se había defendido la soberanía, sin embargo se había olvidado que esa independencia debía brotar de una soberanía de la persona, que sostiene a la nación desde abajo.

 

El Arzobispo relató cómo la Iglesia se hallaba en una etapa de franco crecimiento, luego de años de medios empobrecidos y faltos de agentes pastorales. Añadió que no se debía confundir el actual despertar religioso con un culto pietista o por escapes a los compromisos. Fue muy enfático en destacar que la nación cubana estaba constituida entre los que vivían en la diáspora y los que vivían en la Isla, y que tal unidad debía partir de la diversidad.

 

El catolicismo cubano tras la visita del Papa

 

Durante la visita del Pontífice, la frase “globalización de la solidaridad” fue empleada tanto por Fidel Castro como por el Papa Juan Pablo II, pero con diferentes concepciones: para Fidel Castro se trataba de una derivación del “internacionalismo proletario”, sustentado por el marxismo-leninismo, mientras que para el Papa poseía un contenido evangélico cristiano, derivado de la moderna “Doctrina Social de la Iglesia Católica”, iniciada a finales del siglo XIX por el papa León XIII, desarrollada como respuesta católica ante el auge de las ideas socialistas.

 

Tras la visita del Papa a Cuba, se van a ir perfilando dos agendas diferentes entre los católicos cubanos: una, la de gran parte de la jerarquía católica de la Isla, que buscaba ampliar el rol alcanzado por la Iglesia Católica Romana en Cuba hasta aquel momento, y, otra, la de una minoría católica de base que empezó a buscar vías políticas frente a la dictadura.

 

Para entender este proceso no puede desconocerse lo que apuntábamos anteriormente: la política religiosa del régimen de relegar al alto clero cubano mientras favorecía las relaciones con el Vaticano y con dignatarios católicos de otros países. Eso explica que la prensa oficial ignorara totalmente, por ejemplo, los actos y mensajes con motivo del Centenario de la Diócesis de Pinar del Río, como expresión del disgusto del régimen ante el combativo movimiento de laicos respaldados por su Obispo, que se había desarrollado en la más occidental de las provincias cubanas.

 

El más evidente ejemplo de esa contradicción se dio cuando se inauguró en La Habana a inicios del 2003 el Convento del Santísimo Salvador de Santa Brígida, con la presencia de Fidel Castro, una semana después que el Cardenal Ortega publicase la Carta Pastoral “No hay Patria sin virtud”, en la que reiteraba el lema del Padre Félix Varela: “Hay que educar a los cubanos para la libertad”, y decía que el pueblo cubano vive con “un temor difuso y generalizado al porvenir”, al faltar en el país “propuestas que levanten el ánimo y acrezcan la esperanza”.

 

El acto contó con la presencia de dos cardenales de fuera de Cuba: el de Guadalajara, Juan Sandoval Iñiguez, gran promotor de la inauguración, y Crescenzio Sepe, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, en representación de la Santa Sede; pero el cardenal-arzobispo de La Habana y los obispos cubanos se negaron a asistir.

 

Después hubo un acto en el Palacio de la Revolución, donde la Abadesa General de la orden de Santa Brígida condecoró a Fidel Castro con la Estrella de Comendador de esa congregación, nada menos que “como reconocimiento especial por sus esfuerzos en la promoción de los altos ideales del diálogo y la paz”.

 

Para entender mejor la situación nacional e internacional en aquellos tiempos no hay nada mejor que medir la actuación de la Iglesia y la del régimen en torno a tres acciones políticas de gran importancia ocurridas en el 2002 y el 2003. Nos referimos a:

 

  • La presentación por Osvaldo Payá, activista católico y líder del Movimiento Cristiano Liberación, del “Proyecto Varela” ante la Asamblea Nacional del Poder Popular en Mayo del 2002: un proyecto de ley basado en la Constitución castrista de 1976, que propugnaba libertades individuales en un marco de reformas políticas en la isla. La propuesta desató la indignación de Fidel Castro, quien promovió una gigantesca farsa nacional para anularla, modificando mediante referendo su propia constitución y haciendo “intocable” el régimen socialista.

 

  • El 11 de abril del 2003, por orden del tirano, tras una farsa de juicio sumarísimo, y transgrediendo las sanciones establecidas en el propio Código Penal castrista, fueron fusilados tres jóvenes negros de La Habana que intentaron secuestrar una lancha de pasajeros para llegar a Estados Unidos. Otros cinco jóvenes que les acompañaban en aquella acción, en la que no hubo ningún hecho de sangre, fueron condenados a cadena perpetua y se mantienen en prisión.

 

  • En aquellos mismos momentos se estaban desarrollando los juicios sumarísimos de la Primavera Negra, en los que fueron condenados a largas penas de prisión, de hasta 28 años, 75 disidentes cubanos, 25 de los cuales habían tomado parte activa en el desarrollo del Proyecto Varela.

 

La repulsa por la arbitrariedad y la represión llegó hasta viejos simpatizantes foráneos del castrismo, como el portugués José Saramago y el uruguayo Eduardo Galeano, quienes junto a más de 60 escritores de todo el mundo firmaron una carta de protesta al régimen. La respuesta de la dictadura fue presionar una urgente declaración de la intelectualidad oficialista que intentaba justificar la represión, y hasta el crimen, admitiendo que “Para defenderse, Cuba se ha visto obligada a tomar medidas enérgicas que naturalmente no deseaba.” Casi todas las principales figuras del arte y la literatura en la Isla se sumaron al grupo de los que, -como había dicho Monseñor Meurice ante el Papa-, “han confundido la patria con un partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido las últimas décadas y la cultura con una ideología”.

 

En esa misma cuerda, se ha tratado de justificar el silencio de la mayoría del alto clero católico ante estas tres coyunturas, por el temor a la cólera del tirano, pero esa falta a sus deberes para con los más desafortunados no les exonera, pues les marcó políticamente como aliados objetivos de la represión castrista por omisión, o demasiado apocados para su jerarquía. Se empezaba a percibir un cambio entre el muy crítico obispado cubano del Mensaje El amor todo lo espera de 1993 y el de una década después, cuando los intereses -a mediano plazo- de la Iglesia Católica en Cuba tomaban precedencia sobre los derechos de los ciudadanos cubanos.

 

Ese rol ambivalente se reflejaba en las publicaciones de la prensa católica en Cuba, como lo demuestra detalladamente en un informe de junio del 2003 el escritor y periodista Christian Lionet, publicado en Reporteros sin Fronteras, sobre las publicaciones de la prensa católica en Cuba.

 

Según el reportaje, en aquel momento el estilo de la mayoría de esas publicaciones era el siguiente:

 

Las alusiones a la situación del país, y a la actualidad, son sigilosas, las críticas siempre implícitas. El tono es sistemáticamente cortés y respetuoso con las autoridades y la administración, sobre todo cuando el artículo subraya alguna divergencia entre el punto de vista cristiano y las concepciones y prácticas del régimen castrista.

 

El informe también recoge que había dos excepciones a lo anterior: una era la de la revista más “profesional” de las diócesis católicas, Palabra Nueva, de la archidiócesis de La Habana, con una tirada de 10,300 ejemplares en noviembre del 2002. Su director, Orlando Márquez, coordinaba la “prensa católica de Cuba” como miembro del Consejo episcopal para cuestiones de prensa. Y la otra la de la revista Vitral, de la diócesis de Pinar del Río, con 5,000 ejemplares, consideraba la más reputada, y esta vez el artículo no ponía el adjetivo entre comillas, como hizo en el caso anterior.

 

Según Christian Lionet, esta última publicación debía su fama a la virulenta campaña de denigración de “Granma”, el periódico del Partido Comunista cubano, contra su director, Dagoberto Valdés, y el entonces obispo de Pinar del Río, Monseñor José Siro González Bacallao, por su apoyo al Proyecto Varela que lideraba Osvaldo Payá Sardiñas.

 

Vitral había convocado a los cristianos a dar sus firmas al proyecto, y ese llamamiento de la revista “se leyó en todas las iglesias de la diócesis, en los sermones dominicales”. La reacción del Vaticano a ese virulento ataque del régimen fue nombrar a Valdés delegado en la Comisión Pontificia Justicia y Paz, siendo el “primer laico cubano miembro de la curia romana”.

 

Por su parte, Orlando Márquez, Director de Palabra Nueva, le confesaba a Reporteros sin Fronteras:

 

“Nuestro problema es conseguir que no se nos confunda con la prensa de la oposición. Está claro, somos la revista de la Iglesia, y la Iglesia no es ni aliada del poder ni opositora. Pero la prudencia no es sinónimo de silencio o de complicidad. Nuestro mensaje se dirige a todos, cualquiera que sea su afiliación política”.

 

Pero el entrevistador matizaba ese planteamiento con opiniones obtenidas de “algunos miembros del clero y varios fieles [quienes] reprochan a Palabra Nueva un exceso de prudencia, que sería un reflejo de la del arzobispo de La Habana, Monseñor Ortega”.

 

Eso explica el silencio de esa publicación de la Iglesia sobre el “Proyecto Varela”, que había presentado Osvaldo Payá en mayo del 2002, ante la Asamblea Nacional del Poder Popular, y que recibió en La Habana la aprobación pública del expresidente de Estados Unidos, Jimmy Carter.

 

Cinco años después de la visita de Juan Pablo II, el respaldo del alto clero criollo, y el del Vaticano, a los elementos católicos críticos del régimen, había empezado a cambiar, favoreciendo la convivencia cautelosa Iglesia-Estado. Pero se trataba de un proceso nada lineal, donde la Iglesia Romana en la Isla tendría a veces roces con la dictadura, pero también obtendría espacios, lo que sería reciprocado con expresiones de respeto del alto clero a “las autoridades”.

 

Esta ambivalencia por parte y parte se inscribía en un cambio de estrategia con relación a las religiones en otros países de América Latina. En Venezuela, Hugo Chávez, impulsado por el oportunismo religioso de su maestro y modelo Fidel Castro, se saltó la etapa del ateismo socialista radical e inició su trayectoria de presidente electo con un viraje hacia el “cristianismo popular” nacional.

 

Luego, a medida que se adentraba en su mal cocinado “Socialismo del siglo XXI”, el chavismo utilizó a sacerdotes simpatizantes para enfrentarlos al alto clero del país, agrupado en la Conferencia Episcopal Venezolana. Reflejando la política gubernamental de apoyo abierto a las FARC colombianas, los muros de pueblos y ciudades venezolanas se adornaron también con falsas imágenes de “Cristo guerrillero” blandiendo un fusil. Se trataba no solamente de un guiño al sentimiento religioso de los colombianos y al recuerdo del cura guerrillero Camilo Torres, sino toda una estrategia del cuasi dictador por hacerse pasar por creyente, aprovechando la ignorancia de mucha gente de pueblo.

 

Un viraje similar, pero con otras alianzas, se había experimentado en Nicaragua, dirigido por Daniel Ortega junto a su esposa, Rosario Murillo, llevando al Frente Sandinista (FSLN) a una postura populista en sus años de partido de oposición en diversos ámbitos, desde la derogación de la ley del aborto, que había sido uno de los logros del propio FSLN durante la década sandinista. Eso se puso de manifiesto especialmente durante la campaña presidencial del 2006, en que Daniel Ortega apareció recibiendo la comunión de manos del cardenal Obando y Bravo.

 

Una vez llegado por segunda vez a la presidencia, después de cinco postulaciones, Ortega renegaba de sus antiguas posiciones de izquierda y se abrazaba a la Iglesia Católica, en busca del apoyo del cardenal para “la reconciliación y el diálogo” con sus antiguos oponentes políticos de derecha. Además, tras acuerdos con partidos rivales, los diputados sandinistas aprobaron un código penal que tipifica el aborto como delito, incluso aquellos casos motivados por querer salvar la vida de la madre. Según opositores de izquierda, el líder sandinista había enarbolado un discurso anti neoliberal que ha acompañado de una conducta neoliberal.

 

En Ecuador, otro de los países que junto a Cuba, Venezuela y Nicaragua, forma parte del ALBA, su presidente, Rafael Correa, que en el 2008 manifestaba el compromiso de su país para erradicar la homofobia, cambió de postura en el 2011, acercándose a las posiciones populistas de su colega y amigo Daniel Ortega. En declaraciones al diario El Mercurio, de la ciudad de Manta, afirmó:

 

“Yo soy progresista en economía y en cuestiones sociales, pero como practicante no puedo aceptar el aborto ni el matrimonio entre personas del mismo sexo. En el terreno moral soy muy conservador, porque soy católico practicante”.

 

La excepción en ese club de dictadores y aspirantes que es el ALBA, es la Bolivia que preside Evo Morales, en la que el populismo pasa por la reivindicación de la cultura, rituales y costumbres de los pueblos indígenas originarios, totalmente desvinculados del cristianismo.

 

Más allá de la Iglesia Católica

 

Retornando a la situación en Cuba, Fidel Castro abriría el diapasón de su coqueteo religioso, en sus dos últimos años en el poder, con gestos hacia las Iglesias Ortodoxas, griega y rusa, y hasta con la diminuta comunidad judía -que se calcula que no sobrepasa los 1,500 registrados en la actualidad-, aunque se abstendría de todo acercamiento al Islam chiíta o sunnita, a pesar de sus buenas relaciones de larga data con dictadores musulmanes como Ahmadinejad, Sadam Hussein, Khadafi, al-Assad (padre e hijo), al Bashir, y los muy corruptos líderes yemenitas y palestinos.

 

Las crecientes relaciones de la población cubana con el exterior, mediante el incremento del turismo internacional, los viajes de cubanos a otros países, la existencia de grandes comunidades de cubanos viviendo en el extranjero (y que mantienen relaciones con sus familiares y colegas en la Isla), más el creciente intercambio que favorecen las nuevas tecnologías, han propiciado un proceso sostenido de cambios en el acceso a la información que han implicado modificaciones sustanciales en la vida del cubano y dejado profundas huellas en su personalidad.

 

Cambios sustanciales en el imaginario del cubano y en sus formas de vivenciar la religiosidad popular irrumpen en la Isla: nuevas corrientes religiosas y de pensamiento, en especial de los llamados “Nuevos Movimientos Religiosos” -hinduismo, budismo, taoísmo-, pasando por la recuperación de antiguos cultos autóctonos de origen étnico.

 

La revisión de la política atea y ateizante del Partido Comunista de Cuba, permitiéndose luego de su IV Congreso (1991) la entrada de los religiosos a sus filas, en una jugada absolutamente oportunista por parte de Fidel Castro, y el clima de relativa apertura que eso generó respecto a la percepción de las religiones por la población, posibilitó la flexibilización en la discriminación -no del todo eliminada- que sufrían los religiosos en general y los afro-religiosos en particular.

 

La vuelta, el inicio, o el cambio en ciertas prácticas religiosas por cubanos de todos los grupos sociales, de diferentes orígenes raciales y etnicidad diversa, (prácticas culturales distintivas de una comunidad), bien pudiera reflejar en ocasiones el enfrentamiento a una tradición cultural-religiosa que les asfixia; mas, en otros, la elección del mundo cultural-religioso con el cual, aun sin pertenecer a esa tradición, se identifican, aunque sea por la fuerza de la tradición o por el rechazo al status quo.

 

El sincretismo que está teniendo lugar en Cuba entre el Vodú y la Santería, así como el intento de retorno a algunas prácticas que se dicen aborígenes, aunque sea minoritario y muchas veces pase inadvertido para la población, y hasta para los estudiosos, son algunos ejemplos de lo sucedido en este sentido.

 

En el campo religioso se desarrolla actualmente en el país una compleja lucha donde diversas corrientes tratan de hegemonizar sus enfoques y hasta de controlar institucionalmente sus expresiones. En Cuba, diversos programas televisivos presentan la imagen, muchas veces distorsionada, arquetípica y maltratada, de los creyentes. Ha sido común que, cuando de afro-religiosos se trata, se les muestre en vínculo con sectores delincuenciales, o como representantes de estos.

 

Baste sobre este aspecto mencionar la vuelta, dentro de la Iglesia Católica cubana, al fomento de la práctica del “rezo del rosario en familia”, y de homilías marcadamente eclesiásticas, atemporales, en un intento desesperado por restablecer valores del pasado. Asimismo puede enmarcarse la inserción del carismatismo, (típico de los movimientos neo-pentecostales), en ciertos espacios cristianos cubanos, como muestra de lo que está sucediendo en la religiosidad popular en el país, que en ocasiones también influye en las estructuras de las instituciones religiosas. De hecho, el metodismo en Cuba ya ha sido penetrado por la corriente carismática.

 

Simultáneamente, retorna la moda de la lectura de horóscopos, que se circulan entre amplios segmentos de la población, incluso dentro de sectores profesionales e intelectuales. Las cartománticas aparecen públicamente en la antigua Plaza de la Catedral, en áreas dominadas por el turismo dolarizado, que impacta de diferentes maneras y, en especial, en la juventud, en la vida de la población cubana. Proliferan los adivinos, los cultos como la “Nueva Era”, los Rosacruces, grupos de impronta orientalista -como los yogas-, nuevos o renovados grupos religiosos surgidos de desprendimientos de denominaciones cristianas protestantes y evangélicas, asentadas en la Isla desde finales del siglo XIX y principios del XX, e incluso han aparecido diversas tendencias islámicas, que se inspiran en el Islam caribeño, el de algunos afro-americanos, y el procedente de África, pero no en el de los países árabes. 

 

Hay que señalar, además, la labor proselitista de “turistas-misioneros” -procedentes principalmente de los EEUU, pero también de agencias y centros religiosos ubicados en otros países, incluso de América Latina y de Europa-, que son apoyados por emisoras de radio de onda corta, así como de invitaciones a cursos de formación en el exterior para introducir su fe en la Isla.

 

Todo lo anterior tiene lugar dentro de una gran movilidad religiosa. También existen activos creyentes cristianos pentecostales que se convirtieron en católicos de comunión dominical, para luego retornar a su antigua iglesia pentecostal, así como católicos que se hacen pentecostales o se suman a grupos carismáticos de iglesias como la Metodista. También hay afro-religiosos que asisten a la Iglesia Episcopal, o que han lanzado al mar representaciones de sus “orishas” e instrumentos religiosos, al incorporarse a un grupo cristiano fundamentalista.

 

Algunos cubanos van con frecuencia a algún templo o actividades religiosas, donde también se baila y come, y en muchas iglesias evangélicas se sirve un almuerzo o una buena merienda luego del culto religioso, y se reparten “jabitas” (bolsas de plástico) a los fieles, con artículos de primera necesidad. Estas personas encuentran, en el espacio religioso, lo que les falta en otros espacios seculares.     

 

Los referentes identitarios, anclados siempre en las tradiciones, van cambiando también poco a poco, pero también sin descanso, y lo que antes caracterizaba a determinadas generaciones, puede que no lo sea para otras. Ese proceso tiene lugar a nivel local y nacional.

 

Actualmente hay presencia en Cuba de pastores y sacerdotes católico-romanos llegados desde Haití y Republica Dominicana; de haitianos, africanos, japoneses, italianos, franceses, españoles, mexicanos, venezolanos, estadounidenses, que van a Cuba para iniciarse en las afro-religiones; de cubanos que inician su período de aprendizaje del islamismo de la mano de islámicos africanos, caribeños y estadounidenses; también de cubanos que se inician en los caminos de la Nueva Era, de la mano de europeos y de latinoamericanos; de estadounidenses que descubren en Cuba la parte religiosa afro y hacen el peregrinaje; de iglesias evangélicas cubanas que tienen estrechas relaciones con sus homólogas alemanas, pero también con sus homólogas brasileñas; de espíritas que están en estrecha relación con sus hermanos religiosos de Francia y de Brasil, entre otros.

 

No es casual que el Rastafarismo penetrara por las provincias orientales -Santiago de Cuba, que es su centro, es la ciudad cubana más caribeña, dada su cercanía geográfica a las islas vecinas y la tradicional presencia de población de éstas allí-, ni que se reprodujera luego en el populoso barrio capitalino de San Miguel del Padrón, con su alta proporción de población negra y mestiza.

 

Todo un sistema educacional paralelo al estatal se desarrolla en locales aledaños a los templos religiosos, donde se imparten cursos sobre computación, idiomas -inglés, francés, italiano, portugués y otros. Lo anterior se desarrolla en medio de una ofensiva educacional del régimen, parte de su fracasada “batalla de ideas”, cargada de elementos ideológicos. En medio de esta situación, los centros religiosos -sean o no Iglesias- representan un campo de educación informal o alternativo que, en cierta medida, contribuye a pluralizar la práctica educativa en Cuba.

 

La guía elaborada por las autoridades vaticanas en el 2002, intentando regular las manifestaciones de catolicismo popular, pudiera ser interpretada como intentos desesperados de control, por la vía de la imposición de una ortodoxia, a manifestaciones populares de religiosidad que no sólo tienen el peso de sus propias historias, sino que tienden al crecimiento entre variados sectores de la población en los últimos tiempos.

 

Grandes cambios se presagian para un futuro a corto plazo en Cuba, lo que provoca expectativas de diverso tipo y no deja de inquietar a grandes núcleos poblacionales, muchos de los cuales vuelven su mirada hacia el mundo religioso en busca de respuestas y aliento para sus vidas, que no logran encontrar en el ámbito oficial.

 

Todo indica que el campo religioso cubano podrá desempeñar un papel aún más importante en los próximos años en la Isla, dependiendo en buena medida de la capacidad de los líderes religiosos de dar curso a las inquietudes y las necesidades de la población, sin caer en posiciones sectarias y dogmáticas, y de discernir con creatividad los cambios sociales.

 

Por otro lado, los frustrados intentos del régimen por anular el extenso y complicado panorama cultural-religioso, que desde sus orígenes formaba parte del tejido social de la nación cubana, llevó a sus líderes, como ya hemos visto, a intentar neutralizar las religiones, incluyendo las afro religiones.

 

Entre sus maniobras, a través del Departamento de Atención a Asuntos Religiosos del Partido, tuvo lugar la institucionalización cuasi eclesial de las religiones de origen africano desde los años ochenta, con la ostentosa Asociación Cultural Yoruba de Cuba, que se plegaría, mucho más que la Iglesia Católica en sus peores momentos, a las consignas del régimen.

 

El intento de transformar el espacio de la religión como factor político ha fracasado. Pero es axiomático que, estructuralmente, en la Cuba de los Castro Ruz no han sido creadas las condiciones para que las imprescindibles transformaciones de imaginarios, respecto a las afro-religiones y al catolicismo, y sus practicantes, pudieran ir teniendo lugar. La perseverancia de la tradición afro-religiosa y de la institución católica llevaría hacia lo opuesto.

 

Todas las religiones en Cuba se comportan ya como espacio de encuentros e intercambios de todos los elementos culturales-religiosos y espirituales de la nación. No solo tenemos el ejemplo del incremento de la feligresía católica y protestante, también hay que señalar las jornadas de toques para los orishas, y en los primeros días del año, tras las siempre lúgubres proyecciones del régimen para el año entrante, cuando muchos cubanos, incluso de otros credos religiosos, o de ninguno, se aprestan a la búsqueda de las predicciones de los orishas para los siguientes doce meses, conocidas como la “Letra del Año”.

 

Durante las referidas décadas de ateísmo fueron los afro-religiosos -incluidos los santeros- quienes mayoritariamente continuaron con la práctica del bautizo, lo que no siempre es reconocido por las autoridades católicas de la Isla, con tendencia a la incomprensión sobre un fenómeno que -admite el vicario general de la archidiócesis de La Habana, Monseñor Carlos Manuel de Céspedes- constituye en Cuba su principal desafío. Las autoridades católicas cubanas, coincidiendo con sus homólogas de gran parte de las denominaciones protestantes y evangélicas, tildan de satanismo a la Santería.

 

Mientras otros religiosos cubanos -también la generalidad de los cristianos- aseguran que la Santería es privilegiada por el gobierno, muchos santeros se sienten folklorizados en su representación por los medios masivos de comunicación, a la vez que excluidos por las diferentes instancias gubernamentales, proclives a no hacerles participes de los esporádicos diálogos que sostiene con otros religiosos.

 

La nación cubana no puede prescindir de su afro-descendencia ni de su catolicismo, ni puede excluir a los nuevos cultos y religiones a favor de una en particular, para acceder a un nuevo capítulo de la historia, de la propia y la de la humanidad. El verdadero encuentro, la reciprocidad y la exploración de caminos, y la concreción de puntos de consenso entre las múltiples expresiones religiosas y espirituales, son primordiales en ese proceso.

 

Para que ocurra, sus co-protagonistas, todos, deberán dejar de ignorarse y rechazarse, de caricaturizarse y folklorizarse mutuamente -siempre con la complicidad de los protagonistas del poder político y académico, o inducidos por estos-, cediendo a las tentaciones y a las tentativas sobre y sub-valoradoras.

 

Con todos estos elementos analizados, estamos en mejores condiciones ahora, para concluir, de poder analizar las relaciones del régimen con las iglesias en Cuba durante los años más recientes.

 

(continuará)