Cubanálisis El Think-Tank

ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

            Eugenio Yáñez

            Juan Benemelis

            Antonio Arencibia

LO HUMANO Y LO DIVINO:

LAS RELACIONES IGLESIA-ESTADO EN CUBA ( I )

 

Con el trabajo que presentamos, Cubanálisis-El Think Tank incursiona por primera vez, como tópico principal, en el delicado terreno de las relaciones Iglesia-Estado en Cuba. Los autores, aunque no somos activistas de la Iglesia Católica, ni de ninguna otra denominación religiosa, cristiana o no, respetamos absolutamente la libertad de cultos y creencias, que son derechos humanos inalienables.

 

Cuando las iglesias organizadas, como es el caso de la Católica Romana, piden a los gobiernos (Carta de Juan Pablo II a los Jefes de Estado firmantes del Tratado de Helsinki, 1980):

 

“libertad de expresión, de enseñanza, de evangelización; libertad de ejercer el culto públicamente; libertad de organizarse y tener sus reglamentos internos; libertad de elección, de educación, de nombramiento y de traslado de sus ministros; libertad de construir edificios religiosos; libertad de adquirir y poseer bienes adecuados para su actividad; libertad de asociarse para fines no sólo religiosos, sino también educativos, culturales, de salud y caritativos”.

 

Podemos suscribir totalmente esas palabras del difunto Papa, porque aspiramos también a todos esos derechos para todos los cubanos, pero por razón de su ciudadanía y de su condición humana, y no solamente de su fe.

 

Bases de la religiosidad en Cuba

 

Marx, el patriarca del comunismo, creía que la religión era el opio espiritual de los pueblos. Temía que la gente creyera en Dios y no quisiera aceptar que su teoría de una sociedad sin clases equivalía al paraíso en La Tierra. El primer capitulo del libro Dialéctica de la naturaleza, de su gran colaborador Federico Engels, contiene un estudio crítico de Mendeleyev y su grupo de estudio del misticismo. Engels afirmaba que todo lo que ocurrió durante o antes de la Edad Media, debía justificar su existencia ante el tribunal de la racionalidad humana.

 

Al hacer esta observación, Engels consideraba que él mismo y Marx serían jueces de ese tribunal. Mijaíl Bakunín, un anarquista inicialmente amigo de Marx, describía al autor de El Capital de esta manera: “Él se ve como Dios ante el pueblo. No puede tolerar que exista otro Dios más que él. Quiere que las personas lo adoren como a ser supremo y que le rindan homenaje como a un Ídolo. Si no es así, él las ataca verbalmente o las persigue”.

 

Ninguna religión en Cuba, en toda su historia, tuvo nunca la fortaleza ni la trascendencia de la Iglesia Católica en América Latina, España, Italia, Polonia, o incluso Alemania, Checoslovaquia y Hungría. A pesar de que la Iglesia Católica en Cuba era mucho más débil que en muchos otros países latinoamericanos, era una de las instituciones culturales más importantes del país.

 

Cuando ocurre la llegada de Cristóbal Colón a la Isla, ni siquiera el grupo de mayor desarrollo entre los aborígenes cubanos -los taínos- tenía una religión estructurada al nivel de la de los aztecas, mayas e incas. Este grupo creía en seres sobrenaturales creadores llamados cemíes, simbolizados por ídolos de piedra, madera o barro, y en los espíritus de los muertos, que actuaban sobre hombres, animales, plantas y fuerzas naturales. Luego, la violencia de los conquistadores encabezados por Diego Velázquez, la esclavización de los indios en las encomiendas y las nuevas enfermedades que portaban los europeos, los llevó al límite de la desaparición.

 

La evangelización obligatoria y las uniones de grado o forzosas de los españoles con sus mujeres llevaron con el tiempo a la absorción de los aborígenes restantes. De sus creencias y ritos casi nada quedó y se impuso la religión oficial de España: la católica romana.

 

Pero todo comenzó a cambiar tras el inicio de la trata de esclavos, al desarrollarse la producción azucarera en el país, cuando fueron llevados a Cuba decenas de miles de africanos, capturados como bestias por los traficantes portugueses cerca de las costas del Golfo de Guinea, en las praderas del Dahomey, o en las llanuras de N’gola, y embarcados a la fuerza para cortar caña de azúcar en la isla tropical. Lo único que llevaban a su nuevo y desconocido destino esos infelices seres humanos esclavizados, además de sus dolores y su sufrimiento, eran lenguas, tradiciones y creencias religiosas, que no tenían nada que ver con los dogmas católicos.

 

En la medida que crecía la población esclava en Cuba la primacía del catolicismo en la isla se basaba cada vez más en las relaciones de fuerza y poder que en su correlación numérica, la que poco a poco fue favoreciendo a los esclavos.

 

Sin embargo, parece ser que en algún momento de ese infame comercio humano los portugueses capturaron, sin siquiera saberlo ni porque les interesara, a una parte del tronco de la familia real mandinga, precisamente la rama que tenía que ver con los temas religiosos. Los esclavistas españoles tampoco supieron nunca de este evento casual, ni tampoco les interesaba, y los “teólogos” mandingas esclavizados cortaron caña y recibieron latigazos a la par de todos sus compañeros de infortunio.

 

Con el tiempo, debido a esos acontecimientos fortuitos y a la presencia entre los esclavos y sus descendientes de esa “casta sacerdotal” (por llamarla de alguna manera), parte de las religiones africanas en Cuba pudieron transmitirse y asentarse mucho mejor estructuradas, y desarrollarse más sólidamente, a diferencia de lo que pasaría entre las poblaciones esclavas en Estados Unidos, Brasil, y las islas del Caribe, donde la distancia y el tiempo fueron desdibujando sus bases conceptuales originales.

 

Así, en Cuba se fue estructurando poco a poco entre los esclavos negros una “teología” de raíces africanas que resultó inmune a la primacía absoluta del catolicismo, rasgo muy peculiar en el hemisferio occidental por la fidelidad a sus semillas.

 

El tan mencionado “sincretismo” a que se hace referencia en mucha literatura tiene que ver más con expresiones sociológicas y culturales cubanas que con puramente religiosas, que a lo más que llegó en la isla fue a “africanizar” algunas figuras y ritos del catolicismo: Changó, Yamayá, Ochún, las más conocidas. Las relaciones que mantenían los españoles con las esclavas africanas no iban más allá del sexo, y terminaban tras la eyaculación: los esclavistas no pretendían evangelizar a sus esclavas, sino solamente disfrutarlas.

 

Además, estando la Iglesia Católica en Cuba tan identificada con la corona española y el régimen colonial, la reacción de muchos de los cubanos blancos que simpatizaban con independizarse, o al menos con la autonomía, fue mirar a la Iglesia con cierto recelo, y decidir, por instinto, mantenerse a determinada distancia. Por otra parte, esos cubanos blancos nunca intentaron con demasiada fuerza imponer a la población esclava ni a la liberta -que continuaba dependiendo de sus antiguos propietarios- una militancia católica que ni ellos mismos practicaban de manera muy ortodoxa, y se desentendieron del tema religioso con relación a los negros, lo que se hizo más laxo todavía al desarrollarse la participación masiva y destacada de las masas negras en las guerras por la independencia cubana.

 

La colonia estableció la obligatoriedad de los bautizos masivos de los esclavos a su arribo a las plantaciones, así como la asignación de un nombre católico con el apellido del dueño de la plantación.  Por tal razón, son numerosos los Zulueta, los Baró, los Iznaga, los Sánchez. Se les autorizaba tener un altar católico, donde los esclavos escogían del santoral aquellos que eran más afines a sus dioses africanos (Santa Bárbara, la Virgen de Regla, etc.)

           

Los dogmas, ritos y ceremonias litúrgicas del catolicismo, de altares con ofrendas, un dios conceptual al que se invocaba indirectamente, con varias órdenes de divinidades inferiores, espíritus malévolos que se debían combatir, el carácter fetichista de las imágenes, las vírgenes y santos milagrosos, congregaciones religiosas que se distinguían por el color de los vestidos, el uso de rosarios de cuentas para la oración, el culto a las reliquias, los escapularios, los cordones, las palmas benditas y demás amuletos, les pareció muy semejante a la suya.

           

Los africanos esclavizados en Cuba imaginaban que sus amos europeos concedían, al igual que ellos, poderes sobrenaturales a las piedras, plantas, árboles, animales. Asimismo, presenciaban cómo muchos blancos creían que las enfermedades las provocaban espíritus malignos o demoníacos, y realizaban entonces ofrendas, oraciones, exorcismos, y usaban agua bendita en busca de sanación.

 

Por otra parte, los cristianos españoles que se hallaban en Cuba mantenían también tradiciones pre-cristianas de su pasado celta e ibero, de la influencia griega y la ocupación romana. Por eso concedían propiedades curativas o mágicas a metales y piedras, como el cobre para el reumatismo, el oro para la sangre, la herradura de hierro para “buena suerte”, y el azabache contra “el mal de ojo”.

 

La creencia en los poderes mágicos de las piedras preciosas como la cornalina, el jade, la calcedonia el ámbar, o las perlas, arranca de la antigüedad y trasciende a los grandes sistemas religiosos de la humanidad, incluyendo al cristianismo europeo. Los españoles trajeron al Nuevo Mundo, entre sus “piedras mágicas curativas”, el jade de los chinos, que fue adoptado por los indios, y la famosa “piedra del Águila” (limonita), aplicada incluso a María de Portugal, primera esposa de Felipe II, para ayudarla al parto.  De los árabes recibió España también el uso de muchas “piedras milagrosas” como el “bezar”, originado en los cálculos renales de animales o humanos.

 

Sin dudas, la población cubana presentaba una intensa inclinación hacia todo lo “sagrado”, hacia la reflexión de su existencia y la lucha contra sus limitaciones, pero, la actitud de la iglesia católica cubana se limitó a permitir ese sincretismo a cambio de una aceptación simbólica del catolicismo. Y, por largo tiempo, los detractores de estos cultos alegaron que los mismos resultaban prácticas de “brujería” y de “magia negra”.

 

A los esclavos africanos les parecerían muy familiares las ceremonias de iniciación en la religión católica, o sea, el bautismo del agua: un acto que busca la purificación del alma, la curación de enfermedades y el perdón de los pecados, siempre a través del agua. Para ellos esa práctica tenía similitud con el culto a la deidad Yoruba de Oshun. Asimismo, les parecía familiar el simbolismo mágico-religioso de la primera comunión, donde el iniciado, vestido de blanco, al igual que en la santería, recibe la unción en medio de velas, incienso y cánticos, simbólicamente prueba la carne de Cristo, y es rociado con agua bendita.

 

Los colonos españoles, hombres humildes de Galicia y Andalucía, curaban las enfermedades haciendo un uso extenso de la herbología y productos naturales. Así, al disponer de religiones menos intransigent­es que la cristiana, los africanos incorporaron o adecuaron a sus creencias fórmulas del rito católico y aspectos teológicos cuyos planos sicológicos se hallaban muy próximos.

 

Debido a que los cientos de miles de chinos llevados a la Isla en condición casi de culíes, cuando se preparaba la abolición de la esclavitud a fines del siglo XIX, prácticamente no aportaron nada a lo cubano en el aspecto religioso, con el advenimiento de la República se fueron conformando dos corrientes de pensamiento religioso bien definidas, separadas y diferentes: una la integraban las religiones africanas, que en cierto sentido lograban mantenerse en su mayor pureza posible, dadas las circunstancias mencionadas, y la otra el catolicismo heredado de los españoles, que los cubanos practicaban “a su manera”, incluyendo casos de “católicos” no ajenos a la santería y el espiritismo simultáneamente.

 

La Constitución de 1901, igual que otras avanzadas en Occidente, planteaba la separación entre la Iglesia y el Estado, la libertad de “profesión de todas las religiones, así como el ejercicio de todos los cultos, sin otra limitación que el respeto a la moral cristiana y al orden público”. Y al Estado se le prohibía subvencionar “en caso alguno ningún culto”. El concepto de “moral cristiana” aceptado como principio era también un gesto hacia Estados Unidos, impulsor y protector de la independencia, pero como los evangélicos eran una pequeña minoría en el país, equivalía a “moral católica”. En realidad se iniciaba la República con una sociedad dividida en el plano religioso, entre el catolicismo “cubano” de la mayoría de la población blanca y hasta cierto punto parte de los mestizos “asimilados”, y la religión “sincrética” de origen africano de la mayoría de la población negra.

 

Tal división se reforzó posteriormente con el arribo a Cuba en el primer tercio del siglo XX de más de un millón de inmigrantes españoles, que venían por primera vez a establecerse, o que regresaban, a la nación que pocos años antes había logrado su independencia de la metrópoli española tras treinta años de cruentas guerras independentistas, lo que permite vislumbrar el nivel de tolerancia que en estos aspectos imperaba en la joven república.

 

Pero ese catolicismo, para muchos cubanos, siempre fue “a su manera”, o como se dice en Cuba, acordándose de Santa Bárbara solamente cuando tronaba. Aunque muchas personas mantenían profundos sentimientos católicos y respetaban bastante la liturgia, también muchos cubanos se proclamaban católicos, y estaban bautizados por tradición, pero no asistían regularmente a misa, ni se confesaban ni comulgaban. Por otra parte, el clero en la República tenía que soslayar que la mayoría de los próceres de la independencia habían sido masones distinguidos, y por eso, objeto de excomunión y condena en numerosas Encíclicas papales.

 

Para la mayor parte de los cubanos la Navidad era percibida más como el día posterior a la Nochebuena que el día del nacimiento de Jesús, y los pocos que asistían a la Misa del Gallo generalmente lo hacían tras la cena en casa: casi nadie esperaba a medianoche para oír misa y después comerse el lechón asado, el arroz con frijoles negros o el congrí, la yuca con mojo, los dulces caseros y los turrones, y tomarse las correspondientes cervezas, en un día que, según el comentario popular generalizado, los únicos que no bebían eran los borrachos habituales.

 

Y la Semana Santa era, para muchos, ir a la iglesia a buscar “guano bendito” el Domingo de Ramos -tal vez la ceremonia más popular de Semana Santa en Cuba-, quizás “recorrer las estaciones” -o una parte de ellas- el Jueves Santo, mantener profundo recogimiento el Viernes Santo -ni juegos infantiles, ni música, ni bebidas- y quizás participar algunos en un Vía Crucis, y no trabajar en el Sábado Santo -entonces llamado “de Gloria”- antes de las diez de la mañana. No mucho más.

 

Ni siquiera las autoridades eclesiásticas de más rango en el país, a pesar de que eran muy respetadas por todos, -gobierno, autoridades, y la población en general- tenían el poder de influencia y movilización en la sociedad civil cubana que han tenido otros líderes de la iglesia en otros países de América. Las autoridades religiosas de mayor rango en los momentos de la lucha revolucionaria a finales de los años cincuenta del siglo pasado, como el cardenal Manuel Arteaga en La Habana o el arzobispo Enrique Pérez Serantes en Santiago de Cuba, nunca lograron el peso específico y movilizativo que llegó a tener, por ejemplo, un cardenal como Obando y Bravo en Nicaragua.

 

Unos pocos pastores protestantes y sacerdotes católicos se incorporaron a la lucha guerrillera anti-batistiana, y Fidel Castro se las ingenió para colgarse al cuello una cadena de oro y una imagen de la Virgen de la Caridad, patrona de Cuba, promoviendo una imagen de católico tolerante y ex-alumno del Colegio de Belén en La Habana. Aunque destacados líderes de la lucha revolucionaria, como Frank País y José Antonio Echeverría, eran firmes creyentes, nunca la Revolución fue motivada ni influida por asuntos religiosos ni mucho menos; del mismo modo, ninguno de los gobiernos republicanos cubanos se consideró nunca anti-religioso.

 

Aunque en 1959 Raúl Castro se casó por la iglesia con Vilma Espín, la mayoría de los barbudos rebeldes que entraron a La Habana en enero de 1959 estaban más interesados en ir a la televisión a que les vieran y enviar saludos a sus familiares, o a los bares habaneros que proliferaban en la ciudad, en busca de tragos y mujeres, que a la iglesia para dar gracias a Dios. Dos de los más cercanos colaboradores personales de Fidel Castro, Celia Sánchez, su asistente personal de máxima confianza, y el Dr. René Vallejo, su médico y jefe de su escolta, ambos ya fallecidos, practicaban la santería y el espiritismo.

 

Además del catolicismo y las religiones de origen africano, no deben desconocerse en Cuba otras dos corrientes significativas: la masonería y el protestantismo.

 

No puede definirse la masonería, por su carácter aconfesional, como secta religiosa, aunque la Iglesia Católica haya considerado en el pasado a los masones como “herejes”. El origen de la masonería en los tiempos se define con criterios diferentes en dependencia de las corrientes que lo analicen, pero está claro que ideólogos y dirigentes políticos de la Revolución Francesa de 1789 eran francmasones y popularizaron el lema masón de Liberté, Egalité, Fraternité. Los postulados básicos de la masonería, su espíritu colectivo, y su búsqueda de la superación del hombre, resultan aun hoy en día atractivos para muchos.

 

Desde comienzos del siglo XIX comenzaron a establecerse instituciones masónicas en Cuba, y en ellas se agruparon muchos cubanos simpatizantes de la independencia, que conspiraban dentro de las logias para liberarse del yugo español, dándole a algunas de ellas un marcado carácter político. Un gobernador colonial consideró que en Cuba existían más de doce mil masones. Desde los conspiradores de los Rayos y Soles de Bolívar, es extenso el listado de nombres ilustres de nuestra historia vinculados a la masonería, entre ellos José Martí, Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, Perucho Figueredo, Francisco Vicente Aguilera y Juan Gualberto Gómez.

 

Tras la independencia la masonería en Cuba se extendió, constituyendo una institución de prestigio, que en 1959 contaba con 34,000 miembros, y guardaba en sus archivos, entre otros documentos, la expulsión de la masonería del dictador Gerardo Machado, al negarse a abandonar el poder en 1933, y llamados a los golpistas del 10 de marzo de 1952 para la celebración de elecciones donde ningún golpista pudiera participar.

 

Con la radicalización de la revolución de 1959 muchos masones se desencantaron y comenzaron a abandonar el país, fundando incluso logias “en el exilio” en Estados Unidos, en las ciudades de Miami, Tampa, Atlanta y Nueva York, y otras en Puerto Rico, California, Chicago, Texas y Louisiana.

 

La presión del enfrentamiento del castrismo con las organizaciones religiosas en la Isla incluyó a los masones, a quienes también limitaba los recursos, y la membresía comenzó a descender, hasta llegar a menos de veinte mil en 1981.

 

Sin embargo, a partir de 1982 se invierte la tendencia decreciente de la membresía, y en estos momentos se calcula que superan los 24,000 afiliados, y se dice que hay más de 1,500 nuevas solicitudes de ingreso, muchas de ellas de jóvenes y profesionales.

 

Por su parte, el protestantismo en Cuba colonial no se benefició de la libertad de cultos de 1869 que garantizaba la Constitución de la Primera República Española. El inicio de la Guerra de los Diez Años mantuvo sometida a la población de la Isla a un régimen militar represivo de todas las libertades, incluso la religiosa, para combatir la insurrección.

 

La Paz del Zanjón de 1878, que puso fin a aquella guerra, propició el arribo de misiones protestantes encabezadas por cubanos que regresaban del exilio en Estados Unidos. Así, en la década de 1880 se establecieron algunas denominaciones evangélicas, primero en La Habana, y luego se extendieron a otras ciudades y pueblos: los episcopales a Matanzas; los bautistas a Regla, Guanabacoa, Batabanó y Trinidad, y los presbiterianos a Placetas, Remedios, Sagua la Grande, Camajuaní y Caibarién.

 

Un número importante de protestantes cubanos simpatizaron o colaboraron con el independentismo, de lo que se percataron las autoridades coloniales y el alto clero católico en la Isla. Estos últimos denunciaron los alzamientos de la Guerra de 1895 como resultado de una “conspiración masónica y protestante”, separatista. Miembros de esas iglesias fueron a la manigua, y otros huyeron a la Florida. Por orden de los militares españoles se cerraron muchos templos evangélicos y se prohibieron sus actividades religiosas

 

A partir de 1899 regresa con fuerza el protestantismo a Cuba, primero al amparo de la ocupación militar de Estados Unidos, y luego en base a la libertad de cultos proclamada por la Constitución de 1901. Aparecen entonces nuevas denominaciones, como los Cuáqueros, los Adventistas del Séptimo Día, el Ejército de Salvación, el Bando Evangélico de Gedeón, y la Iglesia Luterana, y se lleva a cabo la expansión de las congregaciones hacia el oriente de la Isla. En 1916 éstas contaban con más de 15,000 miembros, y había un total de 158 misioneros norteamericanos, que primaban en número sobre los pastores y ministros cubanos. A partir de 1930 esa situación se incrementa con la llegada de más misioneros pentecostales procedentes de Estados Unidos.

 

Según la Encuesta Nacional sobre el sentimiento religioso del pueblo de Cuba, realizada por la Agrupación Católica Universitaria en 1954, el 6% de los cubanos profesaba el protestantismo evangélico. Al mismo tiempo, movimientos religiosos no evangélicos, ni protestantes, como los Testigos de Jehová, incrementaba su actividad proselitista en zonas rurales del país.

 

Actualmente, según datos oficiales, los grupos protestantes y evangélicos autorizados por el régimen a inscribirse en el Registro Nacional de Asociaciones, congregan a sus seguidores en más de 900 templos y en 1,640 casas de culto legalmente autorizadas.

 

Primeros choques del régimen con la Iglesia

 

Desde los primeros años del gobierno revolucionario se iniciaron los choques con la Iglesia Católica cubana y los enfrentamientos fueron subiendo de tono a bastante velocidad. Curiosamente, la estructura de poder que fue diseñando Fidel Castro desde antes del primero de enero de 1959 recordaba más a la Iglesia que a un gobierno o un partido comunista de corte estalinista: desde el mito de “los doce” que sobrevivieron al desastre de Alegría del Pío tras al desembarco del Granma, hasta la infalibilidad absoluta del Comandante o la exigencia de subordinación incondicional sin disensos.

 

Y a pesar de las referencias a Marx, Engels y Lenin, y el mezquino birlibirloque de pretender mezclar a José Martí con tales personajes, los verdaderos referentes de Fidel Castro fueron siempre los caudillos Francisco Franco, de España, y Benito Mussolini, de Italia, pero con una diferencia: el Comandante no se conformaba con neutralizar a la Iglesia Católica cubana: la necesitaba subordinada a su delirio de grandeza.

 

Al principio Castro hablaba a favor de la enseñanza del cristianismo, pero las clases de alfabetización que los estudiantes universitarios católicos daban a los soldados en el Campamento de Managua, provincia de La Habana, fueron canceladas en abril de 1959 por el Comandante Juan Almeida, que alegó que, cumpliendo órdenes superiores, las clases no podían continuar.

 

Pero la Iglesia católica no se mantuvo sumisa en estos inicios. La represión oficial contra ella comenzó cuando esta institución comenzó a oponerse a la transformación de Cuba en una sociedad marxista-leninista. En marzo de 1960, la revista católica La Quincena planteaba que la doctrina y práctica comunistas merecían el repudio del hombre libre.

 

Dos meses después, el Arzobispo de Santiago de Cuba, Enrique Pérez Serantes, en una famosa carta pastoral, declaraba que no se podía seguir aludiendo ni hablando como si el enemigo estuviese en nuestras puertas, porque en realidad estaba adentro, como si Cuba fuese su casa; y finalizaba con una reflexión que seria conocida de inmediato en toda la población, alegando que el gran enemigo del cristianismo era el comunismo.

 

La denuncia más poderosa provino en una Circular Colectiva de los Obispos Católicos, en agosto de 1960. En esa Circular, los Obispos comentaban que el catolicismo y el comunismo se correspondían a dos concepciones del hombre y del mundo totalmente opuestas, e irreconciliables.

 

La reacción de Fidel Castro fue violenta.  Las turbas organizadas por el Partido Socialista Popular interrumpían las lecturas de la Circular en las iglesias. Muchos de los curas que lograron leerla fueron detenidos, y otros fueron amenazados. En una famosa alocución televisiva, Castro dijo que le gustaría ver una carta pastoral condenando los crímenes del imperialismo, y consideró que quienes condenaban a la Revolución traicionaban a Cristo y serían capaces de volver a crucificarlo otra vez.

 

El único programa católico que quedaba entonces en la TV nacional, dirigido por las Organizaciones Nacionales Católicas, “Mensaje para Todos”, fue suspendido, y su productor, José Ignacio Lasaga, fue acusado de difamación, sobre todo por sus análisis sobre los sindicatos en los países comunistas, que fue interpretado como una crítica explícita a las políticas de Fidel Castro. También fueron suprimidos otros programas religiosos en TV y radio, incluyendo “Por un Mundo Mejor”.

 

En octubre de 1960, el Arzobispo Pérez Serantes volvió nuevamente a enfrentarse al gobierno, en una carta pastoral donde alegaba que el comunismo penetraba sobre todo en las mentes de los pobres, y con gran coraje apuntaba que las cartas estaban sobre la mesa; pero que la lucha no era entre Washington y Moscú, sino entre Roma y Moscú. De nuevo se desataría la histeria, y el periódico Revolución acusaba a la curia católica de estar “al servicio de la Embajada Yanqui”.

 

En sus ataques, el diario Revolución acusó a la Iglesia Católica de convertirse en la punta de lanza del imperialismo y la contrarrevolución, no precisamente por razones religiosas, sino en defensa de lo que calificaría como intereses egoístas y anticristianos de los ricos, de los explotadores de los humildes, de los mercaderes, de los escribas y fariseos que la Revolución había tenido que confrontar para poner fin a la injusticia, la miseria, el delito y la servidumbre que estranguló a Cuba.

 

Castro señaló que después del ataque al Palacio Presidencial en La Habana el Cardenal Arteaga había ido allí a darle “el beso de Judas” al propio Fulgencio Batista, y el periódico Revolución publicó una enorme foto en primera plana del Cardenal estrechando la mano al “dictador sanguinario”.

 

En 1961 se produjo la ruptura total. Los sacerdotes que se oponían a la Revolución eran acusados de ser “autores indirectos” del terrorismo anticastrista. Después que una bomba explotó en una escuela privada en marzo de 1961, una multitud de miles se manifestaron gritando que los curas fueran enviados al paredón de fusilamiento. El líder sindical Jesús Soto, en su discurso ante la multitud, planteó que los “curas fascistas” estaban “alentando a los niños a poner bombas”, y que incluso le dieron instrucciones a un niño para que matara a su propia madre.

 

El golpe decisivo contra la Iglesia vino inmediatamente después de la invasión de Playa Girón en abril de 1961. Curas y monjas fueron puestos en arresto domiciliario, todas las asociaciones religiosas fueron ocupadas militarmente y registradas, y fueron profanadas algunas iglesias. Comenzó el pánico. Algunos curas se disfrazaron de campesinos y trataron de escapar; muchos de ellos, incluyendo a dos obispos, fueron arrestados y enviados a prisión. El Cardenal Arteaga pidió asilo en la Embajada de Argentina.

 

El Primero de Mayo de 1961, Castro anunció la expulsión de todos los sacerdotes extranjeros y la nacionalización de todas las escuelas privadas, incluyendo las católicas. Dijo que los curas habían estado “inculcando” ideas contrarrevolucionarias en las escuelas, donde tenían a los jóvenes “bajo la influencia del veneno de la contrarrevolución”.

 

Los curas extranjeros no fueron los únicos expulsados. Unos 130 sacerdotes, monjes y monjas, incluyendo al Obispo Auxiliar de La Habana y otros 32 cubanos, fueron obligados a embarcarse en el buque Covadonga y enviados a España.

 

En 1961, con la ruptura de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, se llevó a cabo un gran éxodo de los misioneros norteamericanos. En marzo de 1963 Fidel Castro proclamó que el régimen consideraba enemigos a grupos o “sectas”, como el Bando Evangélico de Gedeón, a los pentecostales, y a los Testigos de Jehová. Tiempo después fueron ilegalizadas las actividades de los Testigos, que se oponían al servicio militar y al saludo a las banderas nacionales. También fue cerrado el Instituto Bíblico Pentecostal de Manacas, y su director, el norteamericano Floyd Woodworth, fue expulsado ese mismo año junto a otros misioneros estadounidenses, y hacia 1965 fue cerrado el Seminario Adventista de Santa Clara. Miles de miembros cubanos de esas y otras iglesias evangélicas y protestantes, junto a ciudadanos creyentes o no, abandonaron el país.

 

Durante la crisis del Período Especial, en los años noventa, Fidel Castro se reunió con 75 líderes de distintas denominaciones en una larga sesión transmitida por la Televisión Nacional. En esa ocasión volvió con cinismo al tema de la religión, que también había abordado con el sacerdote católico Frei Betto, y culpó al “ateísmo proveniente de manuales importados” por los problemas que habían ocurrido con la comunidad protestante.

 

Cuando fue cancelada una procesión religiosa el 10 de septiembre de 1961, más de 4,000 personas se congregaron a pesar de ello y comenzaron a caminar hacia el Palacio Presidencial gritando ¡Viva Cristo Rey! La policía disparó a la multitud. Varias personas fueron heridas, y resultó muerto un miembro de la Juventud Católica. En este clima de represión, fue cerrado el Seminario de La Habana, y los seminaristas fueron enviados a otros países a hacerse sacerdotes.

 

Castro mutiló a la Iglesia porque representaba un obstáculo para el desarrollo de la ideología marxista, algo que explicó claramente el entonces Ministro de Educación, Armando Hart, en marzo de 1961, cuando acusó a los sacerdotes de enseñar a los niños que Fidel Castro y otros líderes revolucionarios eran “representantes del Demonio” y que “se comían a la gente viva”.

 

El gobierno quería crear el Hombre Nuevo imaginado por Che Guevara, pero la Iglesia quería educar al tipo de “hombre nuevo” que San Pablo tenía en mente. Para Castro y sus aliados, esta situación era intolerable.

 

El Secretario General del PSP, Blas Roca, en agosto de 1960, escribió que no se podía permitir que los reaccionarios, los agentes del imperialismo y los grandes propietarios que, por alguna razón, usaban vestimentas religiosas, usasen el templo de oración y el púlpito… para realizar propaganda contrarrevolucionaria, para servir al imperialismo yanqui contra Cuba, para sembrar la confusión en el pueblo cubano y para oponerse a las medidas revolucionarias.

 

En 1965 quedaban solamente 220 sacerdotes en Cuba. No fueron cerradas las iglesias, simplemente las dejaron languidecer. A pesar de todo, alguna gente, sobre todo de edad avanzada, continuó asistiendo a misa. Pero cualquiera que profesara creencias religiosas era víctima de discriminación, que incluía la negación a progreso educativo y profesional.

   

El culto a Fidel Castro llegó a su apogeo con la creación del PCC en 1965; en lo adelante, se debía recurrir a sus discursos para tomar cualquier decisión: la visión de una persona se había instalado en la mente de millones. El Partido establecía lo que se podía hacer y cómo; todo lo que excedía ese limite no se podía hacer, ni siquiera concebir. Todo el pueblo cubano practicaba un ritual casi religioso.

   

Sólo se permitía reverenciar al único líder, y sólo se permitía citar a Fidel Castro. Pronto su endiosamiento llegó al punto de que no habían centros de trabajo o locales gastronómicos en los cuales no se expusieran en las paredes citas de Castro o no se le dedicara alguna alabanza. Todos estaban bajo el manto de control del espectro de un líder intérprete del comunismo. Mentir, aceptar mentiras y depender de mentiras, se convirtió en el “modus vivendi” de Cuba.

 

Ruptura abierta con la Iglesia

 

Daría comienzo entonces a una larga etapa de ruptura casi total con la iglesia católica nacional, que se extendería más tarde a otras denominaciones religiosas. El régimen seguía reprimiendo a los Testigos de Jehová, el Bando de Gedeón y los Adventistas del Séptimo Día, que sufrieron agresiva propaganda en contra, persecución y represión, mientras se mantenía una especie de “odio amistoso y cordial” hacia la otrora amplia comunidad hebrea cubana -comunidad que decrecía continuamente por la emigración de muchos de sus miembros- y una prudente distancia hacia la masonería. A la vez se mostraba un poco más de tolerancia hacia las principales denominaciones evangélicas existentes en el país, que nunca expresaron un enfrentamiento abierto hacia el régimen.

 

La Iglesia no tuvo acceso a los medios masivos, y los clérigos que quedaron vivían bajo la constante amenaza de expulsión o encarcelación si pasaban de la línea. El clima de terror aumentó en 1966, con el envío a prisión del sacerdote Miguel Ángel Loredo, quien había expresado sus “reservas” sobre la Revolución y había orado públicamente por los miles de presos políticos. Loredo fue enviado a prisión con cargos de darle santuario a un secuestrador de un avión cubano y asesino de su piloto, y pasó casi diez años preso.

 

Según un ex recluso entrevistado por Ernesto Cardenal, quien fue Ministro de Cultura de Nicaragua bajo los sandinistas, unos 35,000 cubanos fueron confinados en las UMAP. Durante su visita a Cuba en 1970-1971, Cardenal conversó con un joven católico que había sido enviado a un campamento de la UMAP (al cual él llamaba un “campo de concentración”) debido a que era católico. Esta persona dijo que había unos 2,000 católicos en la UMAP, pero que allí los peor tratados eran los Testigos de Jehová. Las UMAP fueron completamente consistentes con la campaña para crear al Hombre Nuevo, ya que su objetivo era “reeducar” al hombre y recrearlo a la imagen de la Revolución.

 

Durante casi medio siglo esa fue la realidad de las relaciones entre el gobierno cubano y las iglesias en el país, mientras que desde el Vaticano se mantenía una política muy cauta hacia la dictadura: siempre se mantuvo un Nuncio Apostólico (embajador) en Cuba -que en un tiempo llegó a ser el decano del cuerpo diplomático acreditado en La Habana-, y el régimen, en reciprocidad, mantenía un embajador ante la Santa Sede, pero las relaciones no iban mucho más allá de lo cortés, respetuoso y protocolar, sin darle a la iglesia católica cubana la más mínima oportunidad de recuperar los espacios que se le habían arrebatado.

 

Otra de las atrocidades cometidas por el régimen fue la represión contra la religión y la persecución de los grupos religiosos de origen africano y raigambre vernácula, después de la fundación del Partido Comunista de Cuba. El PCC instruyó a sus delegaciones locales para que eliminasen todos los credos religiosos y sociedades secretas no oficiales, como la santería, el palo Congo, los Abakuá, las sectas protestantes, por considerar que esos grupos eran secuelas del capitalismo.

   

Distintos niveles gubernamentales participaron directamente en el enfrentamiento a estos grupos, como la policía criminal, los núcleos del PCC en los municipios, los Comités de Defensa de la Revolución, y la Seguridad del Estado. Se buscaba que todos los integrantes de estas iglesias, templos y facciones religiosas, se arrepintieran. No obedecer implicaba el no acceso a la educación superior, a trabajos mejor remunerados, a viajes al exterior, y a cargos oficiales, e incluso podían ser internados en campos de trabajo.

   

Las persecuciones religiosas alimentaban el mensaje del PCC de que la comunista era la única ideología y la legítima. Esta persecución cayó sobre un gran número de creyentes de buen corazón y respetuosos de la ley. Luego surgió la categoría de creyentes “patrióticos”. La situación era que cualquiera que fuese la religión de cada uno, había un sólo criterio posible: seguir las instrucciones del PCC y saber que el Partido estaba por encima de todos los credos. Si se era cristiano, ahora el Partido era el Dios del Dios cristiano. Así no se dejaban opciones: lo que el PCC decía, había que decirlo; lo que él necesite, había que hacerlo. Todos los creyentes debían cumplir las metas del Partido, mientras sostenían sus credos sólo en privado. De no hacerlo eran blanco de las medidas represivas de la dictadura del PCC.

 

En esencia, Castro estaba empleando técnicas de propaganda que habían sido usadas durante siglos por la Iglesia Católica en América Latina: en vez de tratar de enseñar las complejidades de la teología cristiana a gente sencilla, la Iglesia obligó a convertirse a su fe y después alentó al pueblo a venerar vírgenes y santos que simbolizaban las virtudes cristianas. Para la gente era fácil identificarse con ellos, especialmente porque podían ver y tocar sus imágenes en las iglesias.

 

Además de demoler las formas físicas de la religión y la cultura, el PCC recurrió a toda su capacidad para borrar la identidad espiritual del pueblo. Hacia los años sesenta casi no quedaban en pie lugares de culto en Cuba. La Revolución fue la causa de las mayores catástrofes para la identidad del país, con su campaña contra las viejas ideas, la vieja cultura, las viejas costumbres y los viejos hábitos.  

 

Reacomodando posiciones posteriormente

 

Las relaciones del régimen con la iglesia católica siempre se mantuvieron en un punto crítico. Asimismo, el gobierno presionaba a los militantes católicos para que se definieran entre el partido comunista y la Iglesia, y expresaba que la jerarquía católica estaba en contra de la revolución.

 

Con la crisis interna de finales de los años ochenta, exacerbada por el “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas”, más la caída del campo socialista y el desmerengamiento de la Unión Soviética, Fidel Castro necesitaba más que nunca mejorar sus relaciones con los gobiernos de América Latina, y de ahí su repentino y calculado viraje en las posiciones del régimen hacia las iglesias y los creyentes en Cuba.

 

La iglesia católica cubana comenzó a marcar más clara distancia del régimen tras la caída del “socialismo real” y durante el Período Especial. Su popularidad entonces se elevaría, motivo por el cual Fidel Castro desistió de la visita del Papa Juan Pablo II, temeroso a enfrentar mayor oposición de una renovada iglesia.

 

El secretario de la Conferencia Episcopal, Carlos Manuel de Céspedes, manifestó el 5 de diciembre de 1988 que la uniformidad política oficial no lograba disimular los pluralism­os, tensiones y frustraciones, apuntando que “la falsedad, el disimulo, la apatía y la deshonestidad van permeando distintos sectores de la vida social”. En una crítica a la política exterior del gobierno, el sacerdote expresó en ese momento que “las llamadas misiones internacio­nalistas, civiles o militares son las que están en la raíz de tantos dolores y de tantas crisis personales y familiares”.

 

El 18 de marzo de 1990 el diario Granma atacaba a la Iglesia católica, y una semana después, en conferencia de prensa, Castro apuntaba que “la iglesia católica se había unido a la contrarrevolución y al imperialismo yanqui y se había olvidado de su pueblo”.

 

Como norma general, las iglesias se estaban llenando. Los católicos, entonces, comenzaron a organizar procesiones por todos los pueblos de la Isla, con la imagen de la Virgen de la Caridad, que era recibida por multitudes no convocadas por el gobierno. El régimen, consternado, organizaba fiestas paralelas donde se regalaba cerveza; pero la gente tomaba la cerveza y se iba para la procesión. 

 

Durante su primera visita a Brasil Castro atacó a la jerarquía eclesiástica cubana, acusándola de mentir y de esperar agazapada a que la revolución tuviese dificultades para atacarla.

 

La marginalizada iglesia católica ahora parecía a los ojos populares que siempre había tenido razón. La función misionera de la iglesia, sobre todo en las provincias orientales bajo la batuta de Monseñor Meurice, se enfilaría a predicar la conversión. Muchos clérigos en el interior del país se decidieron a predicar fuera de los recintos de las iglesias. Ante el intento gubernamental de conformar una simbiosis entre la patria y la revolución, la iglesia entonces presentó la simbiosis entre la patria y la Virgen del Cobre. El recorrido de la estatua de la Virgen del Cobre, en 1990, pese a que se llevó a pocos lugares, provocó multitudes a su paso.

 

En 1991 el arzobispado de La Habana emitió varias pastorales donde criticaba la situación del país y la falta de libertad religiosa. El 1 de diciembre de 1991 los obispos cubanos emitieron un comunicado, donde apuntaban los elevados riesgos de violencia que estaba provocando la perentoria situación económica, y asimismo denunciaron la represión contra los disidentes, en especial contra María Elena Cruz Varela.

 

La Iglesia católica cubana rechazó la invitación del IV Congreso del Partido Comunista para que los católicos se incorporasen al PC, expresando que “a un católico le es moralmente imposible pertenecer a dicho partido sin perder por ello su identidad cristiana”, y que ello no representaba una solución de fondo a los problemas del país.

 

El 1 de julio de 1992 el arzobispo católico de La Habana, Jaime Ortega, criticó fuertemente la actitud de algunos grupos protestantes, que gozaban de ciertos privilegios con las autoridades, de los cuales dijo que atacaban públicamente a la iglesia católica en los últimos meses.

 

Fidel Castro realizó gestos de “cordura” para con sectas protestantes, como la evangélica, del controversial Raúl Suárez, reverendo de la iglesia Bautista y cabeza del Consejo Ecuménico, autorizada a dar prédicas radiales en ocasiones especifi­cas. La iglesia evangélica fue autorizada a distribuir, en 1992, 70,000 biblias, como parte de un proyecto del Consejo Ecuménico Cubano autorizado por el gobiern­o. Pero el Consejo Ecuménico de Suárez no representaría a todas las iglesias evangélicas cubanas; muchos católicos denunciaron este gesto de Castro como una estrategia para dividirlos de los protestantes y evangélicos y enfrent­arlos individualmente.

 

En un país donde sólo existen un puñado de instituciones independientes, el pastor Suárez se valió para hacerse un pequeño espacio, que incluía ayuda exterior y programas de asistencia social. Desde el barrio habanero de Pogolotti, una bien equipada oficina con fax, computadora y líneas telefónicas internacionales, se conectaba la iglesia de Suárez con el resto del mundo.

 

Pocos grupos religiosos lograron hacerse un espacio cercano al gobierno cubano como hizo la iglesia bautista de Raúl Suárez. Ha sido la única iglesia a la cuál se le permitió realizar transmisiones radiales. Suárez sería en lo adelante un defensor de las posiciones oficiales del gobierno castrista, y uno de los únicos tres religiosos elegidos a la Asamblea Nacional del Poder Popular.

 

La Iglesia Bautista de Suárez trabajaría con el programa de desarrollo de Naciones Unidas para iniciar un proyecto de viviendas a bajo costo en la barriada. A la vez, Suárez canalizaba fondos de la ONU hacia un número de proyectos encaminados a crear empleos en las artes, la artesanía, talleres de reparación de bicicletas, y una cooperativa agrícola. Asimismo, el Consejo Ecuménico de Cuba fue recipiente de programas asistenciales de grupos religiosos norteamericanos, que incluían comida, medicinas, e incluso bicicletas.

 

La prensa oficial divulgó la posición del Movimie­nto de Estudiantes Cristianos (MEC), una asociación no católica, bajo el rótulo de que existía espacio para el testimonio cristiano en el país, incluso dentro del partido comunista.

 

Contrariamente, la Iglesia Católica Romana sostenía por entonces relaciones muy cautelosas con La Habana; sobre todo cuando los obispos cubanos se reunieron para solicitar una apertura política del sistema. Luego, ellos mismos desaprobaron la pertenencia de los fieles católicos al partido comunista y criticaron la presencia de agentes de la seguridad en las iglesias. Pero este delicado baile diplomático se obstruccionaba con las críticas que el propio Castro lanzaba contra la dirección eclesiástica.

 

Por otra parte, el obispado cubano continuaría desaprobando el embargo de alimentos y medicinas, sobre todo, ante el crecimiento de la masa de fieles católicos como un hecho, y convencidos de que el gobierno de Castro estaba perdiendo rápidamente su autoridad moral.

 

La estrategia de la Iglesia Católica seria tratar de llenar el vacío de la crisis ideológica. El temor a ser vistos entrar en una iglesia se iría perdiendo, y el deseo de asistir a misas se elevaba.

 

Asimismo, la santería seguía también ganando adeptos en la población. Los medios de propaganda enfocaban por vez primera algunas tradiciones religiosas populares como “reconcil­iables” con la ideología oficial, como el peregrinaje anual al santuario de San Lázaro los 17 de diciembre, en la iglesia de El Rincón.

 

En 1992, en un lugar cercano a la capital, como esa iglesia de San Lázaro en Rincón, una monja que se encontraba presente en una misa instó a los fieles, quienes sumaban más de cien personas, a orar en alta voz y pedir a Dios lo que más quisieran. Una mujer, nombrada María, de apellidos desconocidos, pidió entonces en alta voz “libertad para los presos políticos y libertad para Cuba”. Inmediatamente, todos los presentes en la misa empezaron a repetir lo mismo, a coro, dando lugar a un espectáculo impresionante dentro del templo religioso.

 

El momento culminante de las relaciones entre el Vaticano y La Habana, en la etapa revolucionaria, se produjo en 1998, con la visita a Cuba del Papa Juan Pablo II, que analizaremos en detalle más adelante. Fidel Castro, político astuto y conspirador nato, recibió al Papa con todos los honores y destaques, y demostró la mayor comprensión y buena voluntad aparente, le escuchó pacientemente, y le brindó todas las facilidades que resultaron necesarias -incluida la realización de una misa masiva al aire libre en la misma Plaza de la Revolución donde años antes había recibido a Leonid Brezhnev- pero siempre convencido de que tan pronto el avión partiera de regreso a Roma, con el Papa a bordo, todo volvería a “la normalidad” castrista. ¡No faltaba más!

 

Y todo volvió al marasmo de siempre, con muchos esperanzados de que, como había pedido el Papa, el mundo se abriría a Cuba y Cuba se abriría al mundo; pero ninguna puerta se movía, ni hacia adentro ni hacia fuera.

 

Sería solamente con la salida del poder de Fidel Castro “con carácter provisional”, a fines de julio del 2006, y el ascenso de su hermano menor a la máxima dirección del país, que las relaciones comenzarían a moverse con más velocidad, incluida la visita a Cuba del “número dos” del Vaticano, el cardenal italiano Tarcisio Bertone, que “casualmente” se encontraba en Cuba en febrero del 2008, cuando Raúl Castro fue al fin proclamado oficialmente presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros, y Bertone resultó el primer representante extranjero en reunirse con el nuevo máximo dirigente cubano.

 

Tras eso, dos años después, primero supimos de un acuerdo del régimen con la Iglesia Católica cubana para permitir un espacio limitado a las Damas de Blanco, en la Quinta Avenida de Miramar, “libre de actos de repudio” los domingos después de asistir a misa.

 

Y posteriormente otra noticia, pudiera decirse sensacional, que recorrió el mundo: un inédito acuerdo negociado entre el régimen, la Iglesia Católica cubana y el gobierno socialista español, que culminó, tras varios meses de tejemanejes, con la excarcelación y destierro de los prisioneros de conciencia de la Primavera Negra y varios otros presos “políticos” ya no tan pacíficos, hasta más de ciento veinte en total, de los cuales más de cien excarcelados y más de seiscientos familiares que les acompañaban fueron recibidos en España, con todas las diferentes percepciones y conflictos que se generaron y que son ampliamente conocidos.

 

Una docena de prisioneros de la Primavera Negra, que no estuvo dispuesta a aceptar el destierro como condición de su excarcelación, logró quedarse, supuestamente en libertad, dentro de la cárcel mayor que es Cuba.

 

(continuará)