Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 Las raíces de la burocracia

 

Isaac Deutscher

 

Escrito: A principios de 1960, Isaac Deutscher pronunció tres conferencias sobre el tema de la burocracia en un seminario para licenciados en la London School of Economics. El texto que sigue es una versión abreviada de sus conferencias, editada por Tamara Deutscher.

Esta edición: Marxists Internet Archive, noviembre de 2011.

Digitalización: Martin Fahlgren, 2011.

 

I

 

Somos testigos de una clara tendencia al aumento de la burocratización de las sociedades contemporáneas, independientemente de sus estructuras sociales y políticas. Los teóricos de Occidente nos aseguran que el ímpetu de la burocratización es tal, que vivimos ya bajo un sistema “managerial” que ha llegado a reemplazar casi imperceptiblemente al capitalismo. Por otro lado, tenemos el enorme, asombroso crecimiento de la burocracia en las sociedades postcapitalistas del bloque soviético, y especialmente en la Unión Soviética. Nos asiste toda la razón al tratar de elaborar alguna teoría de la burocracia que sea más completa y satisfactoria que el cliché tan de moda como en gran medida sin sentido de “sociedad managerial”. Sin embargo, no es fácil abordar el problema de la burocracia; en esencia este problema es tan viejo como la civilización misma, aunque la intensidad con que ha aparecido a la vista de los hombres ha variado grandemente según las épocas.

 

Si he decidido hablar sobre las raíces de la burocracia, es por la razón de que, a mi entender, hay que calar muy hondo para hallar las causas más profundas -las causas primeras- de la burocracia, al objeto de ver cómo y por qué esta lacra de civilización humana ha alcanzado proporciones tan aterradoras. Dentro del problema de la burocracia, del cual el problema del Estado constituye un paralelo aproximado, se concentra buena parte de esa relación entre individuo y sociedad, entre hombre y hombre, que ahora se ha convertido en moda calificar de “alienación”.

 

El término sugiere el dominio del “bureau”, del aparato, de algo impersonal y hostil que ha adquirido vida y poder sobre los seres humanos. En el lenguaje diario, también hablamos de los burócratas sin alma refiriéndonos a los hombres que integran ese mecanismo. Los seres humanos que gobiernan el Estado parece como si carecieran de alma, como si fueran meros dientes del engranaje. En otras palabras, nos enfrentamos aquí, de lleno y directamente, con la reificación de las relaciones entre seres humanos, con la aparición de vida en mecanismos, en cosas. Lo cual nos lleva inmediatamente a la memoria, por supuesto, el gran complejo del fetichismo: en todos los ámbitos de nuestra economía de mercado, el hombre parece hallarse a merced de las cosas, de las mercancías, incluso del dinero. Las relaciones humanas y sociales se objetivan, en tanto que los objetos parecen adquirir la fuerza y el poder de las cosas vivas. La semejanza entre la alienación del hombre respecto al Estado y a los representantes del Estado, la burocracia, y la alienación del hombre respecto a los productos de su propia economía, es evidentemente muy estrecha, estando las dos clases de alienación parecidamente interrelacionadas.

 

Existe una gran dificultad en pasar de las meras apariencias a la entraña misma de la relación entre sociedad y Estado, entre el aparato que gobierna la vida de una comunidad y la comunidad misma. La dificultad estriba en lo siguiente: la apariencia no es sólo apariencia, sino también parte de una realidad. El fetichismo del Estado y la mercancía está, por así decirlo, “incrustado” en el propio mecanismo de funcionamiento del Estado y el mercado. La sociedad se siente enajenada del Estado, a la vez que inseparable de él. El Estado es la carga que oprime a la sociedad, y también es el ángel protector de la sociedad, sin el cual no puede vivir.

 

De nuevo, algunos de los más oscuros y complejos aspectos de la relación entre sociedad y Estado se reflejan clara y curiosamente en nuestro lenguaje corriente. Cuando decimos “ellos”, refiriéndonos a los burócratas que nos gobiernan, “ellos” que gravan con impuestos, “ellos” que hacen las guerras, que realizan toda serie de cosas en las que la vida de todos nosotros se halla comprometida, expresamos un sentimiento de impotencia, de enajenación del Estado; pero somos asimismo conscientes de que sin el Estado no habría vida social, desarrollo social, ni historia. La dificultad en distinguir la apariencia de la realidad estriba en esto: la burocracia desempeña ciertas funciones que son obviamente necesarias e indispensables para la vida social; sin embargo, también desempeña funciones que teoréticamente pueden calificarse de superfluas.

 

Los aspectos contradictorios de la burocracia han conducido, por supuesto, a dos concepciones filosóficas, históricas, y sociológicas del problema, contradictorias y diametralmente opuestas. Aparte de muchos matices intermedios, se dan tradicionalmente dos enfoques básicos sobre la cuestión de la burocracia y el Estado: el burocrático y el anarquista. Recordarán ustedes que a los Webbs [1] les gustaba dividir la gente en aquellos que apreciaban los problemas políticos desde un punto de vista burocrático, o anarquista. Lo cual es, desde luego, una simplificación, aunque sin embargo hay razones que abonan esta división. El enfoque burocrático ha tenido sus grandes filósofos, sus grandes profetas y sus sociólogos célebres. Con toda probabilidad el mayor apologista filosófico del Estado fue Hegel, así como el mayor apologista sociológico del Estado fue Max Weber.

 

No cabe duda de que la vieja Prusia fue el paraíso de la burocracia y que, por consiguiente, no es algo puramente accidental el que los mayores apologistas del Estado y la burocracia procedieran de Prusia. De hecho, Hegel y Weber, cada cual a su manera y a niveles distintos de pensamiento teorético, son los metafísicos de la burocracia prusiana que generalizan partiendo de la experiencia de dicha burocracia prusiana y proyectan esa experiencia sobre la escena de la historia mundial. Por tanto, es necesario tener presente los postulados básicos de esta escuela de pensamiento. Para Hegel el Estado y la burocracia eran ambos el reflejo y la realidad de la idea moral, esto es, el reflejo y la realidad de la razón suprema, la realidad del Weltgeist, la manifestación de Dios en la historia. Max Weber, que en cierto modo es un descendiente, un nieto de Hegel (un nieto pigmeo quizás) incluyó la misma idea en el catálogo típicamente prusiano de las virtudes de la burocracia.

 

“Precisión, rapidez, claridad, conocimiento del expediente, continuidad, reserva, unidad, subordinación estricta, reducción de fricciones y de costos materiales y personales – esas se consiguen al punto óptimo en la administración estrictamente burocrática, especialmente en su forma monocrática... la burocracia se atiene también al principio sine ira ac studio”. [2]

 

Acaso esas palabras no pudieran escribirse más que en Prusia. Naturalmente, esta lista de virtudes puede muy fácilmente anularse con una lista semejante de vicios. Pero lo más sorprendente y, en cierto sentido, inquietante, es, a mi entender que Max Weber se le ha convertido recientemente en el faro intelectual de gran parte de la sociología occidental. (En una polémica sostenida con el profesor Raymond Aron el reproche más grave que me hizo fue el de que escribo y hablo “como si Max Weber jamás hubiese existido”).

 

Me hallo totalmente dispuesto a admitir que probablemente nadie haya estudiado tan profundamente como Max Weber las minucias de la burocracia. Es cierto que confeccionó un catálogo con las distintas peculiaridades de su desarrollo, pero no logró entender plenamente su significado. Todos sabemos el rasgo característico de esa vieja escuela alemana, la sedicente escuela histórica del derecho, que podía elaborar sobre un asunto cualquiera -la industria burocrática incluida- un volumen tras otro, pero que en raras ocasiones sabía observar el curso principal de su desarrollo.

 

En el otro extremo tenemos la concepción anarquista de la burocracia y del Estado, con sus representantes más ilustres -Proudhon, Bakunin y Kropotkin- y con sus varias corrientes secundarias, liberal y anarco-liberales de distintos matices. Bien, cuando se mira de cerca a esta escuela se ve que representa la rebelión intelectual de la vieja Francia de la burguesía y de la vieja Rusia de los mujiks, contra sus burocracias. Esta escuela de pensamiento se especializa, por descontado, en elaborar catálogos de los vicios burocráticos. El Estado y la burocracia se consideran los eternos usurpadores de la historia. El Estado y la burocracia se consideran como la encarnación misma de todo mal de la sociedad, el mal que no puede erradicarse más que mediante la abolición del Estado y la destrucción de toda burocracia. Cuando Kropotkin deseaba mostrar la profundidad de la corrupción moral de la Revolución francesa, explicaba cómo Robespierre, Danton, los jacobinos, y los hebertistas se pasaron de revolucionarios a hombres de Estado. A sus ojos, lo que viciaba la revolución era la burocracia y el Estado.

 

En realidad, cada uno de esos enfoques encierra una parte de verdad porque en la práctica el Estado y la burocracia han sido los Jekyll y Hyde de la civilización humana. Tanto uno como otra representaban en verdad las virtudes y los vicios de la sociedad humana y su desarrollo histórico en forma más abierta y decidida que ninguna otra institución. Estado y burocracia concentran en sí mismos esta dualidad característica de nuestra civilización: hasta el momento, cada progreso conseguido se ha visto rematado por un retroceso; cada avance obtenido por el hombre ha sido comprado al precio de una regresión; cada despliegue de energía humana creadora ha sido pagado con la mutilación o la atrofia de alguna otra facultad creadora. Considero que esta dualidad se ha puesto claramente de manifiesto en el desarrollo de la burocracia de todos los regímenes sociales y políticos.

 

Las raíces de la burocracia son ciertamente tan viejas como nuestra civilización, o incluso más viejas todavía, pues se hallan enterradas en la frontera entre la tribu comunista primitiva y la sociedad civilizada. Es ahí en donde encontramos el más remoto aunque muy distante antecedente de las masivas, elaboradas y burocráticas máquinas de nuestra época. Ellas se manifiestan en el preciso instante en que la comunidad primitiva se divide en conductores y conducidos, organizadores y organizados, directores y dirigidos. Cuando la tribu o el clan empiezan a darse cuenta de que la división del trabajo aumenta el dominio del hombre sobre la naturaleza y su capacidad para hacer frente a sus necesidades, descubrimos entonces los primeros gérmenes de burocracia que se convierten asimismo en el más temprano preludio de una sociedad clasista.

 

La división del trabajo comienza con el proceso de producción que también trae consigo la primera jerarquía de funciones. Es aquí donde tenemos la primera muestra del abismo que estaba a punto de abrirse en el curso de la civilización entre el trabajo mental y el trabajo manual. El organizador del primer proceso elemental de cuidado del ganado pudo haber sido el antecesor del mandarín, del sacerdote egipcio, o del moderno burócrata capitalista. La fundamental división entre músculo y cerebro trajo consigo las muchas otras subdivisiones, entre agricultura y pesca, o comercio y artesanía, o navegación. La división de la sociedad en clases se produjo en el curso del fundamental proceso de desarrollo histórico. En la sociedad, desde los albores de la civilización hasta nuestros días, la división básica no ha sido tanto la existente entre el administrador y el obrero, como entre el propietario y el hombre sin propiedad y esta división absorbía o dominaba a la primera. La administración ha estado subordinada en la mayoría de las épocas a los duelos de la propiedad, a las clases poseedoras.

 

A grandes rasgos, se podría clasificar los varios tipos de relaciones entre la burocracia y las clases sociales fundamentales: el primero podría denominarse tipo egipcio-chino; a continuación viene el romano-bizantino, con su ramificación de una jerarquía eclesiástica en la iglesia romana; tenemos luego el tipo de burocracia capitalista de Europa Occidental; el cuarto sería el tipo post-capitalista. En los tres primeros tipos, y especialmente en la sociedad feudal y esclavista, el administrador está completamente subordinado al propietario, tanto más cuanto que en Atenas, Roma y Egipto se acostumbraba a reclutar la burocracia entre los esclavos. En Atenas la primera fuerza de policía se reclutó entre los esclavos porque se consideraba que era indigno de un hombre libre privar a otro hombre libre de su libertad. ¡Encomiable instinto! Nos hallamos aquí ante la casi ingenuamente más chocante expresión de la dependencia del burócrata respecto del dueño de la propiedad: el burócrata es el esclavo porque la burocracia es la esclava de la clase poseedora.

 

Dentro del orden feudal, la burocracia se halla más o menos eclipsada debido a que los administradores, o proceden directamente de la clase feudal, o son absorbidos por esa clase. La jerarquía social está, por así decir, “incrustada” en el orden feudal, y no hay necesidad de una máquina jerárquica especial para dirigir los asuntos públicos y disciplinar a las masas desprovistas de propiedad.

 

Luego, mucho después, la burocracia adquiere un status mucho más respetable y sus agentes se convierten en “libres” asalariados de los dueños de la propiedad. A continuación pretende alzarse por encima de las clases poseedoras y ciertamente de todas las clases sociales. Y en algunos aspectos y hasta cierto punto, la burocracia consigue en verdad este supremo status.

 

La gran separación entre la maquinaria del Estado y las demás clases aparece, naturalmente, con el capitalismo, en donde ya no existe la primitiva jerarquía y dependencia del hombre respecto del otro hombre claramente delimitada, tan característica de la sociedad feudal. “Todos los hombres son iguales”: la ficción burguesa de la igualdad ante la ley hace esencial que deba funcionar un aparato de poder, una maquinaria estatal organizada con arreglo a una estricta jerarquía. Al igual que la jerarquía del poder económico sobre el mercado, la burocracia, en cuanto jerarquía política, debería ver que la sociedad no presenta la apariencia de igualdad que oficialmente pretende tener en tanta estima. Surge ahí una jerarquía de órdenes, intereses, capas administrativas, que perpetúan la ficción de la igualdad, y no obstante refuerzan la desigualdad.

 

¿Qué es lo que caracteriza a la burocracia en este estadio? En primer término la estructura jerárquica; a continuación el carácter aparentemente autosuficiente del aparato de poder incluido en ella. El enorme alcance, extensión y complejidad de nuestra vida social, se nos dice, hacen cada vez más difícil la dirección de la sociedad; sólo diestros especialistas que poseen los secretos de la administración son capaces de desempeñar las funciones organizativas. No, en verdad no nos hallamos muy lejos todavía del tiempo en que el sacerdote egipcio custodiaba los secretos que le conferían poder y permitían que la sociedad creyera que sólo él, el inspirado por la divinidad, podía estar al frente de los asuntos humanos. La arrogante burocracia, con su jerga mixtificadora que en muy gran medida constituye la causa de su prestigio social, no está al fin y al cabo, demasiado alejada del sacerdocio egipcio y sus mágicos secretos. (A propósito, ¿no está también muy próxima a la burocracia estalinista con su obsesivo hermetismo?)

 

Muchas décadas antes de Max Weber, que se sintió tan impresionado por la esotérica sabiduría de la burocracia, Engels veía las cosas bajo un prisma más realista y objetivo:

 

“El Estado”, dice, “no es en modo alguno un poder impuesto a la sociedad desde fuera... Antes bien, es el producto de la sociedad en determinado estadio de desarrollo. Es el reconocimiento de que esta sociedad se halla inmersa en una contradicción para ella insoluble, de que ha llegado a dividirse en contradicciones irreconciliables... A fin de que... las clases con intereses económicos opuestos no se desgasten a sí mismas ni a la sociedad en estéril lucha, se ha hecho necesario un poder que se sitúe en apariencia por encima de la sociedad, que domine el conflicto y lo mantenga dentro de los límites del ‘orden’. Ese poder, que surge de la sociedad, pero que se sitúa por encima de ella y se vuelve cada vez más ajeno a ella, es el Estado”.

 

Al fin y al cabo, podemos añadir nosotros, incluso el Estado de bienestar es sólo el poder que surge de la sociedad pero que se sitúa por encima de ella y se vuelve cada vez más ajeno a ella. Engels continúa diciendo:

 

“Los funcionarios, hallándose como órganos de la sociedad, en posesión de la fuerza y el poder públicos y del derecho de imponer tributos, se sitúan, a continuación, por encima de la sociedad.”

 

Engels describe el proceso del surgimiento del Estado a partir de la comunidad primitiva:

 

“Ellos (los funcionarios) no se contentan con la libre y espontánea consideración con que se obsequiaba a los órganos de la comunidad tribal... Poseedores de un poder ajeno a la sociedad, hubo de colocárseles en una posición de reverencia mediante leyes especiales que les aseguraran el disfrute de una aureola e inmunidad sociales.” [3]

 

Empero, de nada sirve enojarse por el fenómeno de la burocracia: su fuerza es únicamente el reflejo de la fragilidad de la sociedad que reside en la separación existente entre una amplia mayoría de trabajadores manuales y una reducida minoría que se especializa en el trabajo mental. El pauperismo intelectual del que todavía no se ha emancipado nación alguna reposa sobre las raíces de la burocracia. De esas raíces han nacido otras excrecencias, pero las raíces se han mantenido dentro del capitalismo y el capitalismo del bienestar e incluso han sobrevivido en la sociedad postcapitalista.

 

II

 

Quería iniciar esta segunda conferencia volviendo a una definición más rigurosa del objeto de nuestra discusión. No me interesa la historia general de la burocracia, ni deseo brindar un panorama de las variedades y modalidades del dominio burocrático que la historia muestra. El centro de mi atención es el siguiente: ¿Cuáles son los factores que han sido responsables históricamente del poder político de la burocracia? ¿Qué factores favorecen la supremacía política sobre la sociedad, de la burocracia? ¿Por qué, hasta el presente, ninguna revolución ha logrado desarticular y acabar con el poder de la burocracia? Al día siguiente de cada revolución, independientemente de su carácter y del ancien régime, que la haya precedido, surge una nueva maquinaria estatal, cual fénix de las cenizas.

 

En mi primera conferencia set-talaba -con un énfasis un tanto extremado- el perpetuo factor que opera en favor de la burocracia, a saber, la división del trabajo en trabajo intelectual y trabajo manual, el foso existente entre organizadores y organizados. En realidad, esta contraposición es el preludio de la sociedad clasista; pero en el subsiguiente desarrollo social, ese preludio parece como si quedara soterrado por la división más fundamental entre el propietario de esclavos y el esclavo, el señor feudal y el siervo, entre el propietario y el carente de propiedad.

 

La considerable influencia de la burocracia, en cuanto grupo social distinto e independiente, se produjo sólo con el desarrollo del capitalismo y ello ocurrió así por una serie de razones económicas y políticas. Lo que favoreció la expansión de la burocracia moderna fue la economía de mercado, la economía monetaria y la continua y cada vez más honda división del trabajo, de la cual el capitalismo no es sino un resultado. En tanto el empleado del Estado era un recaudador del campo, o un señor feudal, o un auxiliar del señor feudal, el burócrata todavía no era burócrata. El recaudador del siglo dieciséis, diecisiete o dieciocho tenía algo de empresario; o era un sirviente del señor feudal o miembro de su séquito. La configuración de la burocracia como grupo distinto sólo se hizo posible con la extensión y universalización de una economía monetaria, en la que cada empleado de Estado recibe su salario dinerariamente.

 

El crecimiento de la burocracia halló un nuevo estímulo en la desaparición de los particularismos feudales y en la formación de un mercado a escala nacional. La burocracia nacional sólo podía hacer su aparición sobre la base de un mercado nacional. En sí mismas, esas causas económicas generales del crecimiento de la burocracia sólo aclaran cómo se hizo posible la burocracia en su forma moderna, pero no alcanzan a explicar por qué se ha desarrollado y por qué ha adquirido su importancia política bajo determinadas circunstancias históricas. Para hallar una respuesta a esas cuestiones no hay que buscarla en cambios económicos, sino en estructuras socio-políticas. Así, por ejemplo, tenemos el caso curioso de que Inglaterra, el país del capitalismo clásico, fue el menos burocrático de todos los países capitalistas, mientras Alemania, el país capitalista subdesarrollado hasta el último cuarto del siglo diecinueve, fue el más burocratizado. Francia, que ocupaba una posición intermedia, ocupaba asimismo una posición intermedia respecto al poderío de la burocracia dentro de la vida política.

 

Si hubiese que buscar ciertas reglas generales acerca del ascenso y declive de la influencia burocrática en la sociedad capitalista, nos encontraríamos con que el poder político de la burocracia bajo el capitalismo ha estado siempre en proporción inversa a la madurez, el vigor y la capacidad para la autonomía de los estratos que constituyen una sociedad burguesa dada. Por otra parte, cuando en las sociedades burguesas altamente desarrolladas las luchas sociales han llegado a una especie de callejón sin salida, cuando las clases contendientes han cejado como si se sintiesen postradas tras una serie de luchas sociales y políticas agotadoras, la jefatura política pasa entonces casi automáticamente a manos de una burocracia. En tales situaciones la burocracia no sólo se constituye en el aparato regulador del funcionamiento del Estado, sino también en el poder que impone su voluntad política a la sociedad. La verdadera cuna de la burocracia moderna fue, por supuesto, la monarquía absoluta preburguesa -los Tudor en este país, los Borbones en Francia y los Hohenzollern en Prusia-, la monarquía que mantenía el precario equilibrio entre un feudalismo decadente y un capitalismo en ascenso. El feudalismo era ya demasiado débil para mantener su supremacía, el capitalismo todavía era demasiado débil para imponer su dominio; una estasis en la lucha de clases, como se produjo entre el feudalismo y el capitalismo, permitió actuar a la monarquía absoluta como mediador entre los dos campos opuestos.

 

Cuanto más fuerte era la oposición entre los intereses feudales y burgueses y más irresoluble el conflicto entre ambos, más campo se abría allí a la burocracia de la monarquía absoluta para desempeñar el papel de árbitro. Dicho sea de paso, Inglaterra (y asimismo los Estados Unidos), fue el menos burocrático de los países capitalistas precisamente porque muy pronto, históricamente, ese antagonismo entre feudales y capitalistas quedó resuelto con la fusión gradual de los intereses feudales y capitalistas. Los notables feudo-burgueses, las grandes familias aristocráticas inglesas, asumieron algunas de las funciones que en el Continente desempeñaba la burocracia. En cierto sentido, los elementos feudales embourgeoisés administraron el Estado sin convertirse en un grupo social distinto e independiente. También la historia de los Estados Unidos se vio libre de esa rivalidad entre intereses feudales y capitalistas, rivalidad que sirvió de estímulo para el crecimiento de la burocracia.

 

Un caso completamente distinto y particular lo constituyó Rusia, donde el gran poder del Estado y la burocracia dimanaban del subdesarrollo de ambos estratos sociales: ni el elemento feudal ni la burguesía fueron nunca suficientemente fuertes para dirigir los asuntos del Estado. Fue el Estado quien, cual el demiurgo, creaba las clases sociales, unas veces influyendo en su formación y expansión, otras veces interponiéndose en su camino y desbaratándolas. De esta forma su burocracia no sólo se erigió en árbitro, sino también en manipulador de todas las clases sociales.

 

Si hubiere de dar un subtítulo a mis observaciones posteriores, probablemente fuese uno muy general: sobre la burocracia y la revolución. Llegados a este punto, me gustaría aclarar alguna confusión, y temo que en el curso de ello chocaré con varias de las escuelas históricas existentes. Como ello es algo inevitable, plantearé el problema en su forma más audaz: ¿fue la revolución puritana inglesa una revolución burguesa? ¿Fue la gran revolución francesa de carácter burgués? Al frente de los batallones sublevados no había banqueros, comerciantes ni armadores. Quienes estaban en primera línea de la batalla eran los sans culottes, la plebe, los pobres de la ciudad, las clases medias más bajas. ¿Qué consiguieron? Bajo la jefatura de los “hidalgos campesinos” (en Inglaterra), y abogados, médicos y periodistas (Francia), abolieron la monarquía absolutista y su burocracia cortesana y se deshicieron de las instituciones feudales que obstaculizaban el crecimiento de las relaciones de propiedad burguesa. La burguesía había llegado a ser lo bastante fuerte y consciente de su poder como para aspirar a la autodeterminación política. No quería aceptar por más tiempo la tutela ni los dictados de la monarquía absolutista; quería gobernar la sociedad por sí misma. En el curso de la revolución, la burguesía fue impulsada hacia adelante por las masas plebeyas – y al día siguiente la burguesía intentó dirigir la sociedad por sí misma, sin límite alguno.

 

El proceso de la revolución, con todas sus crisis y antagonismos, con el constante trasiego de poder desde las alas más conservadoras a las más radicales e incluso utópicas del campo revolucionario, llevó a una nueva situación política de estancamiento entre las nuevas clases incorporadas a la escena: las masas plebeyas, los sans culottes, los pobres de la ciudad, están cansados y agotados; pero la burguesía victoriosa, ahora la clase dominante, también se halla dividida internamente, fragmentada, exhausta tras la lucha revolucionaria, e incapaz de gobernar la sociedad. De aquí que en las postrimerías de la revolución burguesa observemos la aparición de una nueva burocracia de carácter un tanto distinto: vemos una dictadura militar que exteriormente casi parece la continuadora de la monarquía absolutista prerrevolucionaria, o incluso una versión todavía peor. El régimen prerrevolucionario contaba con su maquinaria estatal centralizada: una burocracia nacional. La primera demanda de la revolución fue la descentralización de esta maquinaria. Con todo, esta centralización no se había derivado de las malas intenciones del gobernante, sino que reflejaba la evolución de la economía quo requería un mercado nacional y este “terreno abonado nacional”, por así decirlo, nutrió las fuerzas burguesas que a su vez promovieron la revolución. Las postrimerías de la revolución acarrearon un remozamiento de la centralización. Así ocurrió bajo Cromwell; y así fue bajo Napoleón. El proceso de centralización y unificación nacional y el nacimiento de una nueva burocracia, fue tan asombroso que Tocqueville, por ejemplo, vio en ello nada menos que la continuación de la tradición prerrevolucionaria. Argüía que lo que la revolución francesa había hecho fue avanzar en la obra del ancien régime y, de no haberse producido la revolución, esta corriente habría seguido igualmente su curso. Este era el argumento de un hombre que tenía sus ojos puestos exclusivamente en el aspecto político del desarrollo, e ignoraba por completo su trasfondo social y sus causas sociales más hondas viendo la forma pero no la textura ni el color de la sociedad.

 

La centralización política continuó como siempre después de la revolución, aunque la naturaleza de la burocracia había cambiado total y absolutamente. En lugar de la burocracia palaciega del ancien régime Francia tenía ahora Ja burocracia burguesa extraída de los diferentes niveles sociales. La burocracia burguesa establecida en tiempos de Napoleón sobrevivió a la restauración y halló al cabo su jefe natural en el Rey Ciudadano.

 

La fase siguiente en que advertimos otro avance de la burocracia y un nuevo fomento de las tendencias centralistas del Estado, tiene nuevamente lugar en un momento de parálisis política de todas las clases sociales. En 1848 hallamos una situación en la que una vez más se hallan opuestos entre sí diferentes intereses de clase; en esta ocasión se trata del interés de la burguesía establecida y el del proletariado naciente. Hasta el día de hoy, nadie ha descrito este proceso de mutuo agotamiento mejor que Karl Marx, particularmente en El 18 Brumario. Él demostró asimismo cómo la postración de todas las clases sociales asegura el triunfo de la burocracia, o mejor, de su fuerza militar, bajo Napoleón III. A la sazón, esta situación no sólo era peculiar de Francia, sino asimismo de Alemania – especialmente de Prusia – en donde el callejón sin salida ofrecía múltiples variantes: los intereses feudales y semi-feudales de los Junkers, la burguesía y la nueva clase obrera. Ello abocó en Prusia al imperio y dictadura de la burocracia de Bismarck. (Incidentalmente, Marx y Engels definieron al gobierno de Bismarck como un régimen “bonapartista”, aunque en Bismarck había aparentemente, desde luego, muy poco, o nada, de Bonaparte).

 

(continuará)

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Notas:

 

[1] Beatrice (1858-1943) y Sidney (1859-1947) Webb, matrimonio de sociólogos ingleses que ejercieron una gran influencia en la evolución de la sociedad inglesa. Fueron fundadores de la Sociedad de Fabianos, del Partido Laborista y de la London School of Economics. (N. del T.)

 

[2] Max Weber: Essays in Sociology, pp. 214-5 Oxford University Press, Nueva York, 1958.