Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 Las raíces de la burocracia ( I I y FINAL)

 

Isaac Deutscher

 

Tengo bien presente que en razón de lo vasto del tema, no puedo ir más allá de indicar en esquema los puntos principales que precisan de posterior elaboración. Quizá debiera avisarles de que no voy a tratar del socialismo reformista y la burocracia. Éste, aun a pesar de su importancia política especialmente en este país, presenta desde mi punto de vista un interés teorético muy limitado. A mi entender constituye un capítulo de la rúbrica “Capitalismo y burocracia”. El grueso de la economía continúa siendo capitalista, aunque esté nacionalizado el 15 o hasta el 25 por ciento de la industria, y en este caso la cantidad decide también la cualidad. Todo el ambiente de la vida social es capitalista, y un espíritu burocrático capitalista impregna todas las industrias, incluyendo las nacionalizadas. Oímos un montón de quejas sobre “la burocracia en los ferrocarriles”, o en las minas de carbón. Durante la reciente huelga, se nos presentó por la televisión algunos ferroviarios que nos informaban de que “las cosas no son ya como antes”: antes de la nacionalización de los ferrocarriles podían mantener una relación más personal entre ellos y sus empresarios, mientras que ahora la industria se ha hecho tan anónima que no existe vínculo entre los trabajadores y esta gran empresa de alcance nacional. Este “vínculo personal” era, desde luego, una fantasía de la imaginación de los obreros. ¿Qué tipo de relación personal había entonces entre un guardagujas y uno u otro de los amos de las cinco gigantescas compañías de ferrocarriles? Pero políticamente era importante que este ferroviario creyera realmente que en los Ferrocarriles Occidentales, del Sur, o del Centro, era algo más que un simple diente del engranaje: ahora se sentía “alienado” dentro de esta gran entidad en la que tenía que encajar, y para la que tenía que trabajar. Y esta “alienación”, dentro de lo que cabe, es un problema común a todo tipo de cuerpos burocráticos, independientemente de cual sea su medio social, y yo sería el último en negar que hay ciertos rasgos comunes entre la burocracia de un sistema capitalista y uno postcapitalista.

 

Ahora quisiera referirme a aquellos problemas específicos de la burocracia que se promueven en una industria plenamente nacionalizada tras una revolución socialista, bajo un régimen que, al menos en sus orígenes, es en todos los sentidos una dictadura proletaria. Evidentemente este problema afecta a un tercio del mundo, así que es lo suficientemente grave y estoy muy seguro de que muchos de ustedes verán todavía cómo llegará a adquirir validez al menos en dos tercios de la Tierra.

 

Una de las observaciones que se me ocurrían cuando examinaba algunas de las obras marxistas clásicas sobre la burocracia, era con cuánto optimismo -incluso podría decirse con cuánta alegría- lo enfocaban, al menos relativamente, los marxistas. Por no darles más que un ejemplo, Karl Kautsky se preguntó a sí mismo en una ocasión si la sociedad socialista se veía amenazada por todas las lacras de la burocracia. Recordarán ustedes, si han leído Los fundamentos del cristianismo, que Kautsky discute el proceso mediante el que la Iglesia cristiana se vio transformada de una fe de los oprimidos en una gran maquinaria burocrática imperial. Esta transformación fue posible dentro del ambiente de una sociedad que vivía del trabajo esclavista. Los esclavos de la antigüedad, desprovistos de toda conciencia activa de clase, estaban llamados a convertirse en esclavos de la burocracia. Pero la moderna clase obrera, lo bastante madura para derrocar el capitalismo, mantenía Kautsky, no permitirá que una burocracia se monte a sus lomos. Este no era simplemente un juicio personal de Kautsky, quien durante más de dos décadas, transcurridas entre la muerte de Engels y el estallido de la Primera Guerra mundial, fue el portavoz más autorizado del marxismo y considerado como el verdadero sucesor de Marx y Engels. El mismo Engels, en varias de sus obras, en especial en el Anti-Dühring, se entregó a una idea que casi descartaba por adelantado la posibilidad de una burocracia bajo el socialismo: “El proletariado se hace con el poder del Estado y en primer lugar transforma los medios de producción en propiedad del Estado. Pero al proceder así, se pone fin a sí mismo en cuanto proletariado, y pone fin a todos los antagonismos de clase...” [4] Las sociedades anteriores precisaban del Estado como organización de la clase explotadora, como medio de mantener sometida a la clase explotada: esclavos, siervos y trabajadores asalariados. Bajo el socialismo, cuando el Estado se hace realmente representativo de la sociedad como un todo, se convierte en superfluo. Y con el completo desarrollo de las modernas fuerzas productivas, con la abundancia y superabundancia de bienes, no habrá necesidad alguna de mantener a los hombres y al trabajo en vasallaje.

 

Creo que fue Trotsky quien utilizó una metáfora muy llana pero muy expresiva: el policía puede utilizar la porra para regular el tráfico o para dispersar una manifestación de huelguistas o parados. En esta simple frase se resume la clásica distinción entre la administración de las cosas y la administración de los hombres. Si suponemos una sociedad en que no exista supremacía de clase, el papel de la burocracia se reduce a la administración de las cosas, del proceso productivo y social, objetivo. No estamos interesados en la eliminación de todas las funciones administrativas (esto sería absurdo en una sociedad industrial en desarrollo), sino en circunscribir la porra del policía a su verdadera misión, la de despejar los embotellamientos del tráfico.

 

Cuando Marx y Engels analizaron la experiencia de la Comuna de París, no eran del todo conscientes de la amenaza burocrática que podía sobrevenir en el futuro, y se veían en apuros para suscribir las medidas que la Comuna había adoptado para garantizar una revolución socialista contra el recrudecimiento de un poder burocrático. La Comuna, subrayaron, había tomado una serie de precauciones que debieran servir de tipo y modelo para futuras transformaciones socialistas: la Comuna se eligió a través de elecciones generales y estableció un cuerpo de funcionarios electo, cuyos miembros podían ser depuestos en cualquier momento a petición del electorado. La Comuna abolió el ejército permanente y lo reemplazó por la milicia popular; asimismo fijó el principio de que ningún funcionario ganaría más que un obrero corriente. Esto debiera haber abolido todos los privilegios de una clase o grupo burocráticos. La Comuna, en otras palabras, constituyó el ejemplo de un Estado que había de comenzar a extinguirse desde el momento mismo de su implantación. No fue algo casual que, solamente unas pocas semanas antes de la Revolución de Octubre, Lenin realizara un esfuerzo especial para restaurar esta parte, por aquel entonces casi olvidada, de la enseñanza marxista acerca del Estado, del socialismo y la burocracia. Lenin expresó su idea del Estado en aquel famoso aforismo: bajo el socialismo, o incluso en una dictadura proletaria, la administración habría de llegar a ser tan simplificada que cualquier cocinero sería capaz de conducir los asuntos del Estado.

 

A la luz de toda la dolorosa experiencia de las últimas décadas, no deja de ser bien fácil descubrir en verdad cuantísimo los representantes del marxismo clásico, menospreciaban el problema de la burocracia. Dos razones había, a mi juicio, para que esto fuera así. Los primeros fundadores de la escuela marxista nunca intentaron realmente describir por adelantado la sociedad que emergía tras una revolución socialista. Analizaban la revolución en abstracto, por así decirlo, de la misma forma en que Marx no analizó en Das Kapital ningún sistema capitalista específico, sino el capitalismo en abstracto, el capitalismo per se; de igual forma pensaron sobre la sociedad postcapitalista o socialista en abstracto. Si consideramos que su análisis lo llevaron a efecto tantísimas décadas antes del intento efectivo, su método estaba científicamente justificado. La otra razón es, por así decirlo, psicológica. En nada les podía ayudar ver la revolución futura bajo el modelo de la mayor experiencia revolucionaria de su propia vida: la de 1848. La veían como un proceso en cadena de revoluciones europeas, tal como sucedió en 1848, extendiéndose al menos sobre Europa más o menos simultáneamente. (Aquí estaba aquel germen de la idea de revolución permanente, que en este aspecto no fue creación original de Trotsky, sino que estaba en realidad muy profundamente arraigada en el pensamiento del marxismo clásico).

 

Una revolución socialista paneuropea habría estado relativamente segura inmediatamente después de su victoria. Con muy poca tensión social difícilmente habría habido ningún conflicto civil, y sin guerras de intervención no habría habido necesidad de la reimplantación de ejércitos permanentes que son un importante factor de burocratización. También suponían que, al menos en las sociedades altamente industrializadas de Europa Occidental, la muy considerable proporción de la clase trabajadora constituiría un fuerte apoyo masivo para el gobierno revolucionario. Asimismo confiaban en que una vez que la clase trabajadora europea hubiese sido ganada para la revolución, por así decirlo, habría, COMO quien dice, permanecido fiel y leal a la misma. Esto, unido a la tradición democrática existente, supondría la más sólida garantía contra cualquier reavivamiento o formación de una nueva maquinaria burocrática.

 

Cuando nos sentimos tentados de reprochar a los fundadores de la escuela marxista el menospreciar los peligros de la burocracia en la sociedad postrevolucionaria, hemos de tener presente la circunstancia de que consideraban como primera condición la abundancia de bienes, una condición previa y raison d'étre de cualquier revolución socialista. ”La posibilidad de asegurar a cada miembro de la sociedad, gracias a la producción social, una existencia que no sólo sea enteramente suficiente desde un punto de vista material... sino que les garantice asimismo el ilimitado y completo desarrollo y ejercicio de sus facultades físicas y mentales -esta posibilidad existe ya- existe, ciertamente”, declaraba Engels enfáticamente hace cerca de noventa años en el Anti-Dühring [5]. No es hasta mediados de este siglo cuando nos enfrentamos con algunos intentos de revolución socialista en países en donde una producción trágicamente insuficiente convierte cualquier existencia material digna en algo casi imposible.

 

Indudablemente hubo en el marxismo una actitud ambivalente respecto al Estado. Por una parte -y esto lo tenía el marxismo en común con el anarquismo- una convicción basada en un análisis histórico extraordinariamente realista de que todas las revoluciones se frustran en el momento y hora en que no se deshacen del Estado; por otra, el convencimiento de que la revolución socialista tiene necesidad de un Estado para su objetivo de aplastar, abatir, el viejo sistema capitalista y crear su propia maquinaria del Estado que ejerciera la dictadura proletaria. Pero esa maquinaria no representaría, por primera vez en la historia, los intereses de una minoría privilegiada, sino los de una masa de trabajadores, los verdaderos productores de la riqueza de la sociedad. “El primer acto en que el Estado aparece realmente como el representante de la sociedad en su conjunto” -la toma de posesión de los medios de producción- “es al mismo tiempo su último acto independiente en cuanto Estado”. [6] Desde ese momento la intromisión del Estado en las relaciones sociales se hace innecesaria. El gobierno de las personas queda sustituido por la administración de las cosas. Desaparece la función política del Estado. Lo que permanece es la dirección del proceso de producción. El Estado no será abolido de la noche a la mañana, como los anarquistas imaginan; irá “extinguiéndose” lentamente.

 

La realidad de la revolución rusa fue en todos y cada uno de los aspectos una negación de los supuestos del marxismo clásico. No se trataba, ciertamente, de la revolución en abstracto, ¡fue bastante real! No siguió el modelo de 1848, no fue un cataclismo paneuropeo; quedó reducida a un solo país. Ocurrió en una nación en donde el proletariado lo formaba una escasa minoría e incluso esa minoría estaba desintegrada como clase por el proceso de la guerra mundial, la revolución y la guerra civil. También se trataba de un país extremadamente atrasado, de una pobreza impresionante, en donde el problema inmediato al que el gobierno revolucionario hubo de hacer frente no fue la construcción del socialismo, sino el crear las primeras bases para una vida civilizada moderna. Todo ello desembocó por lo menos en dos fenómenos políticos que llevaron invariablemente al recrudecimiento de la burocracia.

 

Ya he explicado cómo el predominio político de la burocracia siempre seguía a un estancamiento de la lucha de clases, a un cansancio de todas las clases sociales en el curso de las luchas sociales y políticas. Ahora, mutatis mutandis, observamos nuevamente después de la revolución rusa idéntica situación. Al principio de los años 1920, todas las clases de la sociedad rusa, obreros campesinos, burguesía, terratenientes, aristocracia, estaban destruidas o política, moral e intelectualmente exhaustas. Después de todas las pruebas de una década repleta con una guerra mundial, una revolución, guerras civiles y la devastación industrial, ninguna clase social es capaz de afirmarse. Lo que quedaba era sólo la máquina del partido bolchevique, que estableció su supremacía burocrática sobre la sociedad en su conjunto. A pesar de ello, cela change et ce n'est plus la méme chose: en su conjunto, la sociedad ha sufrido un cambio fundamental. El viejo abismo entre los propietarios y las masas sin propiedad da lugar a otra división de naturaleza distinta, pero no menos perniciosa y corrosiva: la división entre gobernantes y gobernados. Más todavía, después de la revolución adquiere una fuerza aún mayor que la que tenía cuando se hallaba soterrada bajo las distinciones de clase y la discordia de clase. Lo que nuevamente emerge a la superficie es la perenne, la más antigua división entre organizadores y organizados. El preludio a una sociedad aparece como epílogo. Lejos de “extinguirse”, el Estado postrevolucionario concentra en sus manos un poder mayor del que nunca había tenido antes. Por primera vez en la historia, la burocracia aparece omnipotente y omnipresente. Si bajo el sistema capitalista vimos que el poder de la burocracia halla siempre un contrapeso en el poder de las clases propietarias, aquí no vemos tales restricciones ni tales limitaciones. La burocracia es la directora de la totalidad de los recursos de la nación; aparece más independiente que nunca, separada, colocada realmente muy por encima de la sociedad. Ciertamente, lejos de extinguirse, el Estado alcanza su apoteosis que adopta la forma de una casi permanente orgía de violencia burocrática sobre todas las clases de la sociedad.

 

Retrocedamos por un momento al análisis marxista de la revolución en abstracto y veamos dónde y de qué forma el cuadro de la Rusia postrevolucionaria contradice este análisis. De haber existido una revolución europea en la que las mayorías proletarias hubieran ganado veloz y decisivamente, y ahorrado a sus naciones todos los trastornos sociales y políticos y las matanzas de las guerras y las luchas civiles, entonces muy probablemente no habríamos visto esa aterradora apoteosis del Estado ruso. En resumen: parece que los pensadores y teóricos del siglo diecinueve tendían a acortar determinados estadios de la futura evolución del capitalismo al socialismo. Lo que el marxismo clásico “enchufó uno en otro” fue la revolución-y-socialismo, como si dijéramos, mientras que entre la revolución y el socialismo era necesario situar un terriblemente largo y complicado período de transición. Incluso bajo las mejores circunstancias, ese período habría estado caracterizado por una inevitable tensión entre el burócrata y el trabajador. Sin embargo, una cierta prognosis de esa tensión podemos hallarla en el marxismo. En su famosa Crítica del programa de Gotha, Marx y Engels se refieren a dos fases del comunismo, la inferior y la superior. En la inferior todavía prevalece el “estrecho horizonte de los derechos burgueses” con su desigualdad y sus amplias diferencias de ingresos personales. Obviamente, si según Marx la sociedad bajo el socialismo necesita todavía asegurar el completo desarrollo de sus fuerzas productivas hasta que se cree una verdadera economía de riqueza y abundancia, entonces tiene que recompensar la destreza y ofrecer incentivos. El burócrata es hasta cierto punto el obrero especializado y no existe duda alguna de que se situará en el lado privilegiado de la escala.

 

La división entre organizadores y organizados adquiere más o menos importancia precisamente porque, al haber pasado los medios de producción de la propiedad privada a la pública, la responsabilidad de la administración de la economía nacional descansa ahora sobre los organizadores. La nueva sociedad no se ha desarrollado a partir de bases propias, sino que surge del capitalismo y todavía ostenta todas las características de dicha procedencia. No está todavía madura económica, moral ni intelectualmente para retribuir a cada cual según sus necesidades, y mientras cada cual tenga que ser pagado según su trabajo, la burocracia seguirá siendo el grupo privilegiado. Cualquiera que sea la terminología pseudomarxista de los actuales dirigentes rusos, la sociedad rusa dista todavía mucho hoy de ser socialista y realmente sólo ha dado el primer paso por la vía de la transición del capitalismo al socialismo.

 

La tensión entre el burócrata y el trabajador está enraizada en las diferencias entre el trabajo mental y el manual. Sencillamente, no es cierto que el Estado ruso de hoy pueda ser dirigido por cualquier cocinero (aunque todo tipo de cocineros intenten hacerlo). En la práctica se reveló imposible implantar y mantener el principio proclamado por la Comuna de París que sirvió a Marx como garantía contra el crecimiento de la burocracia, el principio ensalzado por Lenin en la víspera de octubre, según el cual el funcionario no debería ganar más del salario de un trabajador cualquiera. Este principio implicaba una sociedad verdaderamente igualitaria; y aquí viene parte de una importante contradicción en el pensamiento de Marx y sus discípulos. Evidentemente, el argumento de que ningún empleado del Estado, sea cual fuere la categoría de su función, no debe ganar más que un trabajador corriente, no puede avenirse con el otro argumento de que en una fase más temprana del socialismo, que todavía lleva el sello de los ”derechos burgueses”, sería utópico esperar la ”igualdad de distribución”. En el Estado ruso postrevolucionario, su pobreza y el insuficiente desarrollo de las fuerzas productivas, la lucha por las recompensas hubo de ser cruel y feroz y, dado que la abolición del capitalismo estaba inspirado por un ansia de igualitarismo, la desigualdad resultó incluso más exasperante y curiosa. Se trataba también de desigualdad en un nivel de existencia abismalmente bajo, o mejor dicho, de desigualdad por debajo del nivel de mera subsistencia.

 

Parte de la teoría marxista de la extinción del Estado se basaba en un cierto equilibrio entre su organización centralista y el universal elemento de descentralización. El Estado socialista tenía que ser un Estado de comunas elegidas, consejos municipales locales, gobiernos locales y gobiernos autónomos, aunque todos habían de formar un organismo unificado necesario para un modo racional nacionalizado de producción. Esta concepción presuponía también una sociedad altamente desarrollada, lo que a comienzos de la centuria no era el caso de Rusia.

 

Durante el desarrollo de la sociedad postcapitalista, la tensión entre el trabajador y el burócrata puede mostrar algunos elementos sustancialmente creadores. El trabajador y el burócrata son igualmente necesarios para la transición al socialismo. Mientras las masas trabajadoras se hallan todavía en ese estado de pauperismo intelectual que han conllevado siglos de opresión e incultura, la dirección del proceso de producción debe corresponder al servidor del Estado. Por otra parte, en una sociedad verdaderamente postcapitalista la clase social fundamental la forman los trabajadores, y el socialismo es un asunto de trabajadores y no de burócratas. El equilibrio dinámico entre el funcionario y el trabajador encuentra su paralelo en la autoridad del Estado y en el control del Estado por parte de las masas. Esto asegurará asimismo el necesario equilibrio entre el principio de centralización y el de descentralización. Lo que hemos observado en Rusia ha sido un total desequilibrio. Como resultado de las circunstancias históricas objetivas y de los intereses subjetivos, la balanza se inclinó pesada, decisiva, absolutamente del lado de la burocracia. Lo que hemos visto en Hungría y Polonia en 1956 fue una reacción contra este estado –estalinista- de cosas, con una oscilación extrema del péndulo en la otra dirección y el apasionado, violento e irracional levantamiento de los obreros contra el despotismo burocrático, un levantamiento sin duda justificado por todas sus experiencias e injusticias, pero un levantamiento cuyas consecuencias llevaban de nuevo a un grave y peligroso desequilibrio. ¿Cómo veo, pues, las perspectivas y cómo veo la posterior evolución de esa tensión entre el obrero y el burócrata?

 

He indicado antes todos los defectos de perspectiva histórica de la concepción marxista clásica de la burocracia. Sin embargo, considero que básica y fundamentalmente esta concepción ayuda a habérselas con el problema de la burocracia mucho mejor que cualquier otra a la que me haya referido.

 

La pregunta que he de responder aquí es esta: ¿se ha constituido la burocracia, cuya apoteosis tras la revolución he descrito, en una nueva clase? ¿Puede perpetuarse como una minoría privilegiada? ¿Perpetúa la desigualdad social? Antes de seguir adelante me gustaría atraer su atención sobre un hecho muy obvio e importante, pero frecuentemente olvidado: toda la desigualdad que existe en la Rusia de hoy entre el trabajador y el burócrata es una desigualdad de consumo. Ésta es indudablemente muy importante, irritante y dolorosa; sin embargo, con todos los privilegios que el burócrata defiende brutal y obstinadamente, carece del fundamental privilegio de poseer los medios de producción. Los círculos oficiales todavía dominan la sociedad y la gobiernan despóticamente; sin embargo, carecen de la cohesión y la unidad que los convertirían en una clase independiente en el sentido marxista del término. Los burócratas gozan de poder y de cierta medida de prosperidad; sin embargo, no pueden legar su prosperidad y riqueza a sus hijos. No pueden acumular capital, ni inventarlo en beneficio de sus descendientes: no pueden perpetuarse a sí mismos ni a sus deudos y amigos.

 

Es cierto que la burocracia soviética domina la sociedad económica, política y culturalmente, más claramente y en mayor medida que ninguna clase poseedora moderna. Sin embargo, también es más vulnerable. No 'sólo no puede perpetuarse a sí misma, sino que ha sido incapaz incluso de asegurarse la continuidad de su propia posición, la continuidad de mando. Bajo Stalin, un destacado grupo de burócratas tras otro fue decapitado, un grupo destacado de dirigentes de la industria tras otro fue purgado. Vino luego Kruschev, quien dispersó el más poderoso centro de esa burocracia: todos los ministerios económicos de la capital fueron esparcidos y diseminados por toda Rusia. Hasta el día de hoy la burocracia soviética no ha logrado adquirir esa identidad psicológica, económica y social que nos permitiría definirla como una nueva clase. Ha sido igual que una enorme ameba cubriendo la sociedad postrevolucionaria. Es una ameba que carece de una vertebración social, porque no tiene una configuración definida, ni fuerza histórica que entre en escena al modo en que, digamos, apareció la antigua burguesía tras la Revolución francesa.

 

La burocracia soviética está asimismo desgarrada por una honda e íntima contradicción: domina como resultado de la abolición de la propiedad en la industria y la finanza, como resultado de la victoria de los obreros sobre el ancien régime y tiene que rendir homenaje a esa victoria; tiene que renovar su reconocimiento de que dirige la industria y las finanzas en representación de la nación, como representante de los trabajadores. Los directores soviéticos, aun privilegiados como son, tienen que mantenerse en guardia: conforme un número mayor de obreros recibe mayor educación, puede fácilmente llegar el momento en que los conocimientos, la honradez y competencia de los directores quede sometida a un estricto control. Medran gracias a la apatía de los trabajadores, que hasta el momento les han permitido dirigir el Estado en su representación. Pero esta es una posición precaria, una base incomparablemente menos estable que la santificada por la tradición, la propiedad 3; la ley. El conflicto entre el liberador origen del poder de la burocracia y el uso que hace de ese poder, engendra una tensión constante entre “nosotros”, los trabajadores, y “ellos”, la jerarquía política y directorial.

 

También existe otra razón para la falta de estabilidad y cohesión del grupo “managerial”, independiente de lo privilegiado que haya llegado a ser. Durante las últimas décadas la burocracia soviética ha estado en un proceso permanente de asombrosa expansión. Millones de personas de la clase obrera y en menor grado del campesinado entraban a formar parte de sus filas. Esta continua expansión actúa en contra de la cristalización de la burocracia, no sólo como clase, sino incluso como grupo social coherente. Sé, por supuesto, que una vez que un hombre de las clases humildes ha llegado a participar en los privilegios de la jerarquía, se convierte en burócrata. Esto puede que sea así en casos individuales y en la teoría abstracta, pero en conjunto la “traición a la propia clase” no es una cosa tan sencilla. Cuando el hijo de un minero o un trabajador se convierte en ingeniero o administrador de una fábrica, no se vuelve de la noche a la mañana completamente insensible a lo que acontece en su ambiente anterior, a la clase trabajadora. Todos los análisis muestran convincentemente que en ningún otro país como en la Unión Soviética existe una movilidad tan rápida de las profesiones manuales a las no manuales y a lo que los americanos denominan “los estratos de la élite”.

 

También debemos advertir que los privilegios de la gran mayoría de la burocracia son realmente muy poco envidiables. El administrador ruso goza del nivel de vida de nuestras clases medias bajas. Incluso los lujos de la reducida minoría situada en la cúspide de la pirámide no son particularmente envidiables, en especial si uno considera los riesgos – y todos sabemos ya cuán terribles fueron bajo Stalin.

 

Naturalmente, incluso pequeños privilegios contribuyen a la tensión entre el trabajador y el burócrata, pero no deberíamos confundir esa tensión con un antagonismo de clase, a pesar de ciertas similitudes que sometidas a un detenido examen resultarían ser sólo muy superficiales. Lo que observamos en este caso es más bien la hostilidad entre miembros de la misma clase, entre -digamos- un minero especializado y otro sin cualificar, entre el maquinista y un ferroviario menos especializado. Esta hostilidad y esta tensión contienen en sí mismas un tremendo antagonismo político, antagonismo que, no obstante, no puede resolverse con cualquier cataclismo de la sociedad. Sólo puede resolverse, en primer lugar, con el aumento de la riqueza nacional, aumento que haría posible satisfacer como mínimo las necesidades fundamentales de las más amplias masas de la población. Podría resolverse con el aumento y mejora de la educación, porque es la riqueza material e intelectual de la sociedad la que conduce a la mitigación de la antigua división -la renovada y agudizada división- entre organizadores y organizados. Cuando el organizado ya no es el callado, tosco y desvalido mujik, cuando el cocinero no es ya el antiguo pinche, entonces la sima que separa al burócrata del trabajador puede desaparecer. Lo que persistirá será la división de funciones, no de status social.

 

La antigua previsión marxista de la “extinción” del Estado puede antojársenos singular. Pero no juguemos con viejas fórmulas que formaban parte de un lenguaje al que no estamos habituados. Lo que Marx quería decir realmente era que el Estado debía despojarse de sus funciones políticas opresivas. Y opino que esto sólo llegará a ser posible en una sociedad basada en los medios de producción nacionalizados, libre de depresiones y alzas repentinas, libre de especulaciones y de especuladores, libre de las incontrolables fuerzas del antojadizo mercado de la economía privada; en una sociedad en que todos los milagros de la ciencia y la tecnología se destinen a usos pacíficos y constructivos; en que la automación de la industria no quede obstaculizada por el temor a invertir en un sector y el miedo a una sobreproducción en otro; en que la jornada laboral sea más corta y el ocio más culto (¡y completamente distinto a nuestros embrutecedores y comercializados entretenimientos de masas!); y, finalmente -pero no menos decisivo- en una sociedad libre de cultos, dogmatismos y ortodoxias: en una sociedad semejante, el antagonismo entre trabajo mental y trabajo manual desaparecerá, como lo hará la división entre organizadores y organizados. Entonces, y solamente entonces, se verá que si la burocracia era un débil preludio de la sociedad clasista, la burocracia caracterizará el cruel y feroz epílogo -pero al fin y al cabo epílogo- de la sociedad clasista.

 

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Notas:

 

[4] F. Engels, Anti-Dühring, Londres 1943, p. 308.

 

[5] Op. cit., p. 311.

 

[6] Op. cit.., p. 309.