Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

La moda y el modelo

 

El gobierno desconoce las dimensiones de la tragedia. El gobernador Aristóbulo Istúriz declara que si hacen colas es porque tienen dinero. El ministro de Alimentación entrevé la sobreabundancia de comida en las colas interminables. Esta lógica al revés es una lamentable muestra de impotencia, un torcido intento de mantener la decaída moral partidista

 

Américo Martín, en TalCual, Venezuela

 

“El modelo cubano no le sirve ni a los cubanos”. Fidel

 

¿Hay algún ángulo positivo en el gobierno del presidente Maduro? Es la pregunta que escucho en periodistas ansiosos de juicios objetivos en medio de este mar de pasiones que sacude a Venezuela. Por supuesto, siempre hay cosas positivas si uno busca bien, pero no sé si el esfuerzo valga la pena cuando de lo que se trata es de saber si lo que llaman “el modelo” naufragó de una buena vez o sus adeptos podrán encontrar maneras de reflotarlo.

 

Dicho de otra forma: ¿Puede salvarse el socialismo de Hugo Chávez o solo vive percances que no impedirán su vuelta a la carga? A los periodistas interesados habría que devolverles la pregunta: ¿acaso valdrá la pena espigar "lo bueno en lo malo" sin saber si el enfermo sigue vivo?

 

El gobierno desconoce las dimensiones de la tragedia. El gobernador Aristóbulo Istúriz declara que si hacen colas es porque tienen dinero. El ministro de Alimentación entrevé la sobreabundancia de comida en las colas interminables. Esta lógica al revés es una lamentable muestra de impotencia, un torcido intento de mantener la decaída moral partidista. Son los estertores de la agujereada “ofensiva” contra la guerra económica, los magnicidas, los golpistas y la invasión gringa, entretenida por ahora en auspiciosos intercambios con Raúl Castro.

 

Los más entusiastas siguen con la lata de que no hay inflación sino especuladores, y en la alta cumbre no dejan de prevenir contra las guarimbas. En medio de esta Babel de lenguas confundidas no se hace visible la idea obvia de rectificar, y cuando alguien insinúa algo en ese sentido, lo callan o cambian de destino, como le ocurrió al otrora superministro Ramírez o al diálogo postulado con tan mala suerte por José Vicente y el propio presidente Maduro.

 

Aseguran economistas muy solventes que si el gobierno diera un viraje de 180 grados hacia la racionalidad, la inversión y un clima de libertad capaz de brindar confianza al país incluidos los agentes económicos, todavía deberíamos esperar entre 3 y 5 años para que Venezuela se reconcilie con el crecimiento sin inflación.

 

El gobierno no sale de la trampa de las balbucientes explicaciones que nada explican y de escarnecer a todo aquel que disienta, sin excluir a los de su propia acera.

 

Como el Juan Primito de Rómulo Gallegos, sigue apartando a manotazos los “rebullones” que, cual enjambre de avispas, inventa su locura. De no avanzar intrépidamente hacia el viraje democrático, ¿cuántos años adicionales de bochorno y desgracia abrumarán a Venezuela?

 

No quisiera seguir leyendo el memorial de las desgracias que nos van a asaltar en 2015, haya o no viraje, pero sería un crimen engavetar los informes sobre la crisis energética, la debacle eléctrica y la penuria del agua. Es para un joropo sin alpargatas.

 

El cambio hacia la democracia está en la agenda. Es ya inevitable. Sin esa certeza no quedaría ni la esperanza en el fondo de la caja de Pandora. La vía ha de ser tan democrática y constitucional como el objetivo. Sin sangre, sin venganzas, sin violencia, sin humillar al otro.

 

En el territorio oficialista no faltan quienes por convicción, por cálculo o por interés extra-ideológico, acepten que las cosas van mal, pero en todo caso sin terminar de responsabilizar al “modelo”, hablan solo de mala gestión de unos dirigentes que deben cambiar o ser cambiados.

 

Para ellos el modelo es el socialismo. ¿Cuál de los muchos ensayados con tan mala uva desde 1917? Si los apuran, podrían responder: el nunca aplicado, el de Marx y Lenin, el que imaginó Chávez y han tergiversado sus sucesores.

 

¿Y quién garantiza que el de ustedes triunfará donde fallaron todas las ingeniosas variedades intentadas durante más de ocho décadas por líderes más preparados? En este punto se acabaron las respuestas y las preguntas.

 

En su estupendo análisis de la realidad, el Episcopado parece homologar “modelo” y “socialismo”. Naufragó el modelo equivale a decir que encalló y se hundió el socialismo. Comprendo pero no comparto esa idea tan extendida, en extraña coincidencia del gobierno y sus justificados críticos. Unos y otros suponen que Chávez fundó un nuevo socialismo cuyo apelativo es “siglo XXI”.

 

Una honesta tendencia pesuvista aplaude al socialista Chávez y critica a sus sepultureros, Maduro y Diosdado, quienes tampoco se quieren demasiado, no vayan a creer.

 

En realidad el modelo chavo-madurista no tiene asidero ideológico. Lo que ha fracasado en Venezuela es un régimen muy conservador que confunde socialismo con estatismo y lo acompaña de controles agobiantes.

 

Para salir adelante decidieron sacrificar democracia, alternabilidad, libertad, diversidad ideológica, partidos y organizaciones civiles, militares al servicio del país y no del gobierno, prensa, sindicalismo y educación libres.

 

No hay mal que por bien no venga, balbucean cuando se les pasa el rosario de violaciones a los derechos humanos.

 

Entiendo que ante el naufragio general suela proclamarse que habrán muerto variedades de socialismo revolucionario pero el de los pensadores clásicos sigue esperando su momento. Uno de esos pensadores, Lenin, reconoció en sus últimos artículos que la revolución iba muy mal.

 

Habían construido un Estado de brutalidad sin precedentes en la historia más denostada por su pluma. Para su fortuna, Marx murió sin ver el muestrario caníbal de sus sueños de gran pensador.

 

El socialismo de los clásicos no levantó cabeza en parte alguna del planeta, salvo como vestidura de “modelos” monstruosos. Fue una utopía racionalista sXIX, de peores consecuencias que las aniquiladas por el verbo implacable de aquel severo alemán de tan malas pulgas y fortuna.