Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

LA MASACRE DE TIANANMEN EN LA MEMORIA

 

Hace 25 años de la así llamada masacre de la plaza de Tiananmen, en Beijing, en la que el gobierno chino reprimió brutalmente manifestaciones estudiantiles que reclamaban reformas, provocando una masiva cantidad de víctimas de las que se desconoce la cifra exacta todavía. El régimen chino hace todo lo posible por ocultar ese hecho. Presentamos a continuación seis artículos sobre el tema, escritos por periodistas y especialistas occidentales desde puntos de de vista diferentes. Cubanálisis-El Think-Tank quiere contribuir a que tal masacre nunca se olvide.

 

El régimen chino fuerza la amnesia sobre Tiananmen

 

El Gobierno de Pekín guarda silencio en torno a las protestas y su sangrienta represión

Un movimiento que reclamaba reformas políticas y medidas anticorrupción

 

José Reinoso, El País

 

Pekín 3 JUN 2014.- Hace hoy 25 años, en la noche del 3 al 4 de junio, los tanques del Ejército Popular de Liberación (EPL) entraron en las calles de Pekín con una orden tajante: desalojar la plaza Tiananmen de los miles de manifestantes que la ocupaban. Antes de 6 de la mañana. Como fuera. Los vehículos acorazados y los camiones cargados de soldados armados con fusiles de asalto avanzaron por las avenidas de la capital para imponer el estado de excepción decretado el 20 de mayo y acabar con las protestas pacíficas que desde mediados de abril llevaban a cabo decenas de miles de estudiantes, obreros e intelectuales, y se habían extendido a muchas otras ciudades chinas.

 

Los soldados se abrieron paso hacia la plaza a disparos, y varios cientos de personas -más de mil, según algunas fuentes- murieron bajo las balas del Ejército y aplastados por los acorazados en las calles que conducen a Tiananmen. Algunos manifestantes respondieron con adoquines y lo que pillaron a mano y mataron a algunos soldados y quemaron vehículos militares. Para las 5.40 del 4 de junio, Tiananmen había sido desalojada, y el sueño de reformas y democracia de toda una generación de chinos se evaporó.

 

Los manifestantes, con el respaldo de gran parte de la población, pedían mayor transparencia al Gobierno y reformas políticas, y se quejaban de la gran corrupción reinante y la situación económica.

 

Un cuarto de siglo después, el Movimiento Prodemocrático de 1989, como es denominado, y su violenta represión continúan siendo tabú para el Gobierno, que este año ha redoblado los esfuerzos para borrarlo de la memoria colectiva y ha reprimido con dureza cualquier intento de los familiares de las víctimas y activistas de conmemorar a los fallecidos.

 

“El Gobierno no quiere que los chinos más jóvenes sepan y hagan preguntas sobre la primavera democrática de Pekín, la represión y la matanza. Quiere que todo el mundo olvide la búsqueda de democracia y libertad de los jóvenes estudiantes en 1989, con objeto de perpetuar para siempre el gobierno de partido único del Partido Comunista Chino (PCCh)”, explica Jean-Pierre Cabestan, director del departamento de Estudios sobre el Gobierno y Estudios Internacionales en la Universidad Baptista de Hong Kong.

 

La inmensa mayoría de los jóvenes ignora completamente la existencia de las protestas de 1989, y muchos de los chinos que han oído sobre ellas desconocen las luchas internas en el partido que propiciaron el fatal desenlace. El dramático episodio es obviado en los libros de texto, el término “4 de junio” -o “6, 4”, como es llamado en China- está vetado en Internet, y sus referencias en las redes sociales son borradas rápidamente por los censores, aunque algunos internautas intentan saltarse los filtros con términos como 35 de mayo.

 

Cada año, cuando se acerca el aniversario, las autoridades detienen o someten a vigilancia a activistas y familiares de las víctimas, que piden un año tras otro, sin éxito, a Pekín que revele cuánta gente murió -el Gobierno no ha dado un balance oficial de muertos-, haga públicos sus nombres y revierta el veredicto oficial de que los manifestantes eran “contrarrevolucionarios”.

 

Las medidas para evitar cualquier reivindicación pública y profundizar la amnesia sobre lo sucedido son especialmente intensas este año, dada la simbología del número 25 y las crecientes demandas de reformas de una parte, aunque mínima, de la población. Al menos 70 personas han sido detenidas, puestas bajo arresto domiciliario, han desaparecido o han sido interrogadas por la policía en las últimas semanas, según la organización de derechos humanos Amnistía Internacional (AI).

 

Entre quienes han sido detenidos, están el respetado abogado de derechos humanos Pu Zhiqiang y la prominente periodista Gao Yu, de 70 años. Pu y otras cuatro personas fueron detenidas a principios de mayo, tras participar en una reunión privada de 15 personas en una casa para conmemorar el aniversario. Ding Zilin, fundadora y portavoz de Las madres de Tiananmen, un grupo de familiares de los estudiantes fallecidos en la represión de las protestas, está en arresto domiciliario. Las madres de Tiananmen tienen registrados los detalles de 202 personas que murieron en Pekín y otras ciudades.

 

“Las autoridades están nerviosas y carecen de confianza en sí mismas, conscientes del hecho de que más miembros de la élite e intelectuales cuestionan la falta evidente de cualquier tipo de reforma política”, dice Cabestan.

 

Lo sucedido aquella primavera de 1989 continúa teniendo una alta carga política y emocional en China, como prueba el nerviosismo del Gobierno, que incluso ha advertido por medio de la policía a periodistas extranjeros que no entrevisten a “personas sensibles” ni visiten “sitios sensibles”, que no ha detallado, o se exponen a “consecuencias muy graves”, en una velada amenaza sobre la posible cancelación del permiso de residencia. Algunos de quienes lo han hecho han sido interrogados durante horas mientras eran filmados con cámaras de vídeo.

 

 El esfuerzo censor ha alcanzado también a expertos y académicos. “Creo que no contestaré en esta ocasión”, se excusa Hu Xingdou, profesor en la Escuela de Humanidades y Ciencias Sociales del Instituto de Tecnología de Pekín, tras ser preguntado sobre las manifestaciones de Tiananmen. “No es conveniente hablar. Mi teléfono está intervenido”, afirma Zhang Ming, profesor en el departamento de Estudios Internacionales en la Universidad del Pueblo, en Pekín.

 

Minutos después de contactarle por teléfono, Hu Xindou se explica en su cuenta del servicio de mensajes en Internet Wechat: “Los periodistas extranjeros a veces preguntan sobre acontecimientos sensibles. He tenido que rechazar responder. China no es un país normal, un país moderno. Aún hay temas sensibles. Por ejemplo, la Revolución Cultural, el Movimiento Antiderechista, la hambruna. No se te permite comentar en Internet ni siquiera cuando has llevado a cabo una investigación académica. Cuando China sea un país normal, la misión de mi generación habrá sido cumplida”.

 

El Gobierno chino defiende regularmente que el gran progreso económico que ha experimentado el país en las dos últimas décadas prueba que la decisión de enviar al Ejército a suprimir las movilizaciones fue correcta y ha sido una garantía de estabilidad, y que hace tiempo que el partido y el Gobierno llegaron a una conclusión sobre “los sucesos en China a finales de los 80 y los disturbios políticos”.

 

La sociedad china es mucho más próspera que hace 25 años, y la gente tiene más libertades personales. El Partido Comunista ha entregado desarrollo, pero a cambio ha exigido a la población que se olvide de la política. La mayoría de quienes han nacido después de 1980 no saben prácticamente nada sobre el movimiento democrático de 1989, ni muestran ningún interés. Entre estos, quienes saben algo ven 1989 como un evento distante, al que se sienten ajenos. En general, han sido educados en un sistema impregnado de propaganda nacionalista para ser apolíticos y centrarse en progresar económicamente. El control político, la censura de los medios de comunicación, el rápido crecimiento económico -el producto interior bruto (PIB) se ha multiplicado por 30 desde 1990- y la mejora del nivel de vida de la población han minimizado las demandas de democracia.

 

Desde que Xi Jinping llegó a la presidencia de China en marzo de 2013, el Gobierno ha endurecido su posición con los disidentes. Ha detenido a muchos activistas, ha perseguido a los críticos en Internet y ha reforzado el control sobre los periodistas. Mientras Xi ha lanzado una dura campaña contra la corrupción y la contaminación y ha acometido importantes reformas económicas para impulsar un desarrollo más sostenible, no ha mostrado ninguna intención de querer llevar a cabo reformas políticas ni aflojar el control del partido.

 

A pesar de ello, existe una comunidad de activistas e iniciativas, que, según Cabestan, son legado de las movilizaciones de Tiananmen, como Weiquan (grupo de abogados y expertos legales que defienden los derechos civiles), el Movimiento de los Nuevos Ciudadanos y “la explosión de organizaciones no gubernamentales y organizaciones de caridad y religiosas, a menudo relacionadas con la defensa de los derechos humanos”.

 

“El movimiento prodemocrático no ha muerto nunca en China”, afirma el profesor de Hong Kong. “Pero ha cambiado y ha madurado mucho en los últimos 25 años. Los activistas saben ahora mejor que enfrentarse de forma directa al Partido Comunista es contraproducente. Tienden a concentrarse en estrategias indirectas, propuestas suaves, como la Carta 08, y el activismo social, incluido en el campo de las disputas laborales. Al mismo tiempo, Taiwán se ha convertido en una experiencia democratizadora más atractiva y más conocida en China continental”.

 

De momento, el Gobierno no parece tener ningún interés en revisar la historia sobre Tiananmen. Un cambio del veredicto oficial precisaría un consenso político, y los más conservadores en el PCCh podrían pensar que este paso mina la legitimidad del partido y mancha el legado del entonces líder del país Deng Xiaoping. Sometería, además, a algunos exdirigentes, como el entonces primer ministro Li Peng, al riesgo de que la gente le pida responsabilidades criminales, con el consiguiente peligro para el PCCh.

 

Según Willam Nee, de Amnistía Internacional en Hong Kong, “muchas de las demandas de los manifestantes en 1989 -el fin de la corrupción, más transparencia, más participación pública, más derechos humanos, más democracia- aún no han sido satisfechas”. “Esta es una de las razones por las cuales (el movimiento de Tiananmen) sigue siendo un acontecimiento tan potente todavía y el Gobierno llega a tales extremos para intentar suprimir su memoria”. Nee cree, sin embargo, que en la era de Internet y con una clase media china que cada vez viaja más, “solo es cuestión de tiempo que el Gobierno chino tenga que hacer frente al legado (de Tiananmen)”. “Pero está claro que, en este momento, no quiere hacerlo”.

 

Reclamaban reformas políticas y medidas anticorrupción

 

Las protestas prodemocráticas de 1989 comenzaron como un movimiento popular liderado por los estudiantes de Pekín, al que su unieron trabajadores e intelectuales, con el apoyo de muchos ciudadanos. Luego se extendieron por todo el país. Los manifestantes ocuparon la plaza Tiananmen, en Pekín, donde en algunos momentos llegaron a juntarse entre 300.000 y un millón de personas, según las fuentes.

 

El desencadenante fue la muerte el 15 de abril del excsecretario general del Partido Comunista Chino (PCCh) Hu Yaobang, un reformista liberal forzado a dimitir en 1987 por sus oponentes políticos, que rechazaban las reformas económicas y mayor transparencia del Gobierno. El movimiento fue alimentado por la frustración generada por años de dificultades en la economía y altas tasas de inflación.

 

Los estudiantes comenzaron a congregarse en Tiananmen, y a mediados de mayo iniciaron una huelga de hambre. Durante las siete semanas de movilizaciones, se produjeron varias marchas en Pekín en las que participaron más de un millón de personas. Los manifestantes, que se consideraban patriotas, pedían reformas políticas, libertad de prensa, medidas anticorrupción, y se quejaban de la situación económica.

 

El movimiento entró en los focos de la prensa internacional, debido a la presencia de periodistas extranjeros que acudieron a Pekín a cubrir la visita, el 15 de mayo, del líder soviético Mikhail Gorbachev.

 

Las protestas pusieron de manifiesto las facciones existentes en el PCCh, cuyos líderes estaban divididos sobre cómo responder. El moderado Zhao Ziyang, entonces secretario general del partido, se opuso a llamar a las manifestaciones “rebelión contrarrevolucionaria” y enviar los tanques para ponerles fin. Zhao fue acusado por el ala dura del partido, liderada por el entonces primer ministro, Li Peng, de apoyar las revueltas y dividir al partido, y con la aquiescencia del líder supremo, Deng Xiaoping, fue destituido y sometido a arresto domiciliario, donde pasó la mayor parte de los 16 años transcurridos hasta su muerte en 2005.

 

El 3 de junio, con Zhao fuera de juego, fue dada la orden de desalojar la plaza. La operación debía comenzar a las 9 de la noche y acabar antes de las 6 de la mañana del día siguiente. Tras la matanza, el Gobierno detuvo a miles de personas, acusadas de contrarrevolucionarias y otros crímenes, incluidos alteración del orden público e incendio provocado. Algunas fueron juzgadas con celeridad y ejecutadas. Otras fueron encarceladas durante años. Más de 400 líderes de las manifestaciones y disidentes lograron escapar de China con ayuda de organizaciones en Hong Kong y los gobiernos británico y francés.

 

 

 

El día que cambió el mundo

 

Europa y China tomaron rumbos muy diferentes hace 25 años

 

Timothy Garton Ash, 4 Jun 2014 - EL PAÍS

 

Timothy Garton Ash, profesor de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, es autor de La Linterna Mágica: la Revolución de 1989, un relato de primera mano de las ‘revoluciones de terciopelo’ de 1989.

 

Hace 25 años, el mundo cambió de rumbo. El 4 de junio de 1989, unas elecciones semilibres en Polonia fueron el punto de partida del fin del comunismo en todo el bloque soviético, al tiempo que la matanza de la plaza de Tiananmen hacía que China siguiera una trayectoria totalmente distinta. Las consecuencias aún pueden verse en el mundo actual, desde Ucrania hasta el Mar del Sur de China.

 

Nunca me olvidaré de cuando, aquella tarde, regresaba a la Redacción de un periódico en Varsovia con varios amigos polacos, felices ante la perspectiva de un triunfo histórico, y vimos de pronto, en la pantalla de un televisor, las primeras imágenes borrosas de los cuerpos de los estudiantes y trabajadores chinos a los que llevaban en camillas improvisadas por las calles de Pekín. A partir de ese día, el fantasma de Tiananmen sobrevoló Europa del Este. “¡Recordad Tiananmen!”, susurraba la gente desde Sofía hasta Berlín Oriental. “Si vamos demasiado lejos, podría sucedernos lo mismo”. Y tenían razón. En la ciudad germano oriental de Leipzig, por ejemplo estuvo a punto de producirse la misma represión violenta. En ese sentido, la tragedia de China fue una bendición para Europa. El ejemplo negativo de Tiananmen impulsó a los europeos a seguir la vía de la no violencia, la negociación y el compromiso.

 

Luego se invirtió el sentido de la lección. Los líderes comunistas chinos aprendieron de la caída del comunismo en Europa. Como dijo un alto dirigente chino en una declaración política de 2004: “Hemos extraído profundas enseñanzas del doloroso ejemplo que supuso la pérdida de poder de los partidos comunistas de la Unión Soviética y Europa del Este”. Por eso decidieron facilitar el crecimiento económico, no perder el contacto con lo que pensaban las masas, introducir la rotación periódica de los máximos dirigentes, reclutar para el partido comunista a los estudiantes más inteligentes, enérgicos y ambiciosos independientemente de la clase a la que pertenecieran, y reprimir sin piedad cualquier intento de organización social y acción colectiva, porque eso era lo que había derrocado a sus camaradas europeos. El propio presidente Xi Jinping ha recordado en público la caída del bloque soviético.

 

Ambas vías han producido unos éxitos extraordinarios durante el último cuarto de siglo. China ha vivido un crecimiento económico espectacular y un aumento notable de las libertades individuales. La televisión estatal china suele mostrar imágenes de la violencia y el caos en Ucrania. “Debemos alegrarnos”, es el mensaje nada sutil, “de no haber seguido el camino de la revolución de terciopelo que deseaba Estados Unidos. ¡Mirad adónde lleva!”. Menos frecuentes son las imágenes de una Polonia libre, próspera y democrática.

 

Hay otra diferencia interesante. Lo que hizo Polonia el 4 de junio de 1989 fue increíblemente original, al implantar un nuevo modelo de cambio pacífico de régimen, mientras que lo que ha hecho desde 1989 es bueno, pero no original. El sistema político, económico y legal de la Polonia actual es una mezcolanza de modelos ya probados en Europa Occidental.

 

Por el contrario, lo sucedido el 4 de junio de 1989 en China no fue original en absoluto. Deng Xiaoping hizo lo que solían hacer los líderes comunistas ante un levantamiento espontáneo de los ciudadanos para exigir libertades: disparar contra ellos. En cambio, lo que ha hecho China desde 1989 es tremendamente original, una combinación del dinamismo de la economía de mercado y un sistema de partido único. Si hay algo que nadie podía imaginar hace 25 años era el capitalismo leninista. Por eso me parece que China, hoy, para un estudioso de la política comparativa, es el lugar más interesante del mundo. Es algo muy poco frecuente en política: un experimento verdaderamente nuevo, con un futuro todavía incierto.

 

A pesar de los esfuerzos de Vladímir Putin para hacer retroceder el reloj, puedo entrever con bastante certeza de qué será Polonia dentro de 10 años: una democracia liberal europea, dentro de Occidente, en el mismo barco que Francia y Alemania (el mejor amigo de Polonia en los últimos tiempos). ¿Pero China? ¿Logrará continuar su viaje sin mapas, “cruzar el río palpando las piedras”, según la famosa frase de Deng? ¿O acaso las contradicciones entre su sistema político y su sistema económico y las crecientes tensiones que aquejan a su sociedad desembocarán en otra crisis? En ese caso, ¿servirá esa crisis de catalizador para las anheladas reformas políticas o para la peligrosa distracción del nacionalismo, que podría manifestarse, por ejemplo, en aventuras militares en el Mar del Sur de China? ¿O quizá esto último pueda llevar a lo primero? ¿O acabar todo en algo mucho más desagradable?

 

Tal vez, como escribió el poeta James Fenton, lleno de indignación días después de la matanza, “Volverán a Tianamen”. Es posible que entonces se conmemore a las víctimas como mártires y héroes, en esa misma plaza de la Paz Celestial. Si en 1980 alguien hubiera sugerido que, antes de acabar la década, los líderes de la revolución húngara de 1956 serían enterrados de nuevo, con toda la pompa y circunstancia, en la plaza de los Héroes de Budapest, nadie lo habría creído. Sin embargo, eso es lo que ocurrió pocos días después de las históricas elecciones en Polonia.

 

¿Puede ocurrir un acontecimiento así en China? Es posible, pero no parece probable. Lo más normal es que China continúe avanzando por su particular camino. Y eso nos lleva a una última y significativa diferencia. Esta semana, en Varsovia, los polacos recuerdan y celebran con orgullo su 4 de junio, en compañía del presidente Barack Obama. En Pekín, todos los datos fundamentales del 4 de junio de 1989, fotografías, nombres, incluso el duelo ritual de las madres afligidas, permanecerán ocultos de una manera muy orwelliana. Alguien teme todavía al espectro de Banquo.

 

Por mi parte, espero y deseo que los chinos encuentren su propia forma pacífica de progresar, de aprovechar los indudables logros alcanzados desde 1989 y remediar sus fallos, asimismo indudables. Pero de una cosa estoy seguro: no podremos decir que China ha construido un sistema estable y ha seguido una trayectoria muy diferente a la de la Europa poscomunista hasta que no sea capaz de afrontar con tranquilidad y públicamente su difícil pasado.

 

 

La pequeña gran masacre de Tiananmen

 

José Carlos Rodríguez, Libertad Digital

 

El régimen chino es especialmente rígido, visto desde fuera. Pero en su funcionamiento interno es más volátil de lo que parece. Como corresponde a la gestión de un país de esas dimensiones, hay corrientes distintas dentro del mismo régimen sobre el camino que se debe seguir. Un caso claro es el de Hu Yaobang. Partidario de Mao desde primera hora, veterano de la Larga Marcha, fue escalando en el escalafón del Partido hasta convertirse en su secretario general, en 1982. Renegó de Mao en los años 80, hablaba con franqueza sobre la necesidad de una mayor liberalización económica y social e intentó sustituir el militarismo por la cooperación con los vecinos. Finalmente, inició una lucha contra la corrupción que fue su tumba política. En enero de 1987 fue obligado a dimitir. Dentro y fuera del país, Hu se convirtió en el símbolo de la apertura del régimen y de las convicciones frente al apego del Partido al poder y la corrupción.

 

Hu Yaobang murió el 8 de abril de 1989, y varios ciudadanos comenzaron a concentrarse en la Plaza de Tiananmen desde el día 15 para honrarle. Los estudiantes, conscientes de la situación, con mucho más futuro que pasado, toman el protagonismo de las concentraciones. Tres de ellos se dirigen al Gran Salón del Pueblo, donde está la Asamblea Popular, para solicitar una audiencia con Li Peng, el primer ministro. La frialdad del silencio ante la petición se funde con la indignación de los estudiantes, que comienzan a realizar boicots y protestas en la universidad.

 

El Gobierno les advierte de que responderá con todos los instrumentos en su mano a los disturbios, en un editorial publicado el 26 de abril. Al día siguiente, estudiantes de 40 universidades (no había Twitter) se concentraron en la Plaza de Tiananmen para protestar por la reacción del Gobierno. Pero su actitud no cambia y las protestas continúan. El 13 de mayo, en un desesperado intento por desbloquear la situación, varios estudiantes inician una huelga de hambre. Y entonces se suceden las reacciones. El Gobierno accede a reunirse con los representantes de los estudiantes, pero no cumplen su promesa de que el encuentro se haga ante las cámaras, de modo que lo suspenden. Una docena de intelectuales pide al Gobierno que reconozca al movimiento estudiantil como "patriótico" y "democrático", sin éxito. El día 15 llega a Pekín Mijaíl Gorbachov, para celebrar la primera cumbre ruso-china en 40 años. Finalmente Li Peng cede y el 19 accede a entrevistarse con los líderes estudiantiles frente a una cámara.

 

Wuer Kaixi se mantiene firme ante las palabras hipócritas de Li Peng y le advierte de que los estudiantes no se van a ir. Wang Dan toma la palabra y dice que el movimiento estudiantil debe ser reconocido como "patríótico" y "democrático", y no como unos alborotadores. Xiong Yan, de la Universidad de Pekín, advierte a Peng de que si el régimen no les reconoce como tales lo hará la Historia. Kaixi incide, antes de hablar de ninguna reforma económica y política, en la necesidad de que el régimen dé carta de naturaleza al movimiento.

 

¿Por qué esa larga discusión sobre la naturaleza del movimiento estudiantil? ¿Por qué no exponen a Li Peng los derechos que tienen como individuos? Porque la moral que se basa en Confucio; Harry Rosemont:

 

No se habla de derechos, dado que yo no soy una persona libre, autónoma. Yo soy un hijo, esposo, padre, abuelo, vecino, compañero, estudiante, profesor, ciudadano, amigo. Tengo una amplia relación de obligaciones y responsabilidades que constriñen severamente lo que hago. Estas responsabilidades pueden ser frustrantes o molestas, en su mayor parte satisfactorias, pero siempre obligatorias.

 

La respuesta de Li Peng es decepcionante. Dice que tiene todo dispuesto para llevarse a todos los estudiantes a los hospitales de la zona. Y sugiere que si algo les ocurre es responsabilidad del Gobierno, pero también de los representantes. Reconoce al movimiento como "patriótico", pero dice que su comportamiento está creando un caos en la ciudad y en el país. Señala que quienes les ayudan a mantener la huelga de hambre tienen malas intenciones, aunque reconoce no conocerlas. Y por último insiste en que los estudiantes abandonen la plaza y vayan a los hospitales.

 

Kaixi retoma la palabra y recuerda a Li Peng que no se trata de convencerles a ellos, sino a los estudiantes que ocupan la plaza. Y dice entonces la siguiente frase: "He dejado muy claro hace un rato las condiciones que deben darse para que se vayan". No se refiere a esas condiciones, por lo que se infiere que han pactado no exponerlas ante las cámaras. La reunión se levanta sin acuerdo.

 

Al día siguiente, el 19, se cumplen siete de la huelga de hambre. El Gobierno informa a los representantes estudiantiles de que va a declarar la ley marcial. Li Peng dice en público que adoptará "medidas firmes para acabar con los alborotos". Los estudiantes abandonan la huelga de hambre y hacen una sentada masiva. El 20 la ley marcial entra en vigor y el Ejército cerca la ciudad, pero estudiantes y ciudadanos detienen su avance: son multitud y obligan al Ejército a elegir entre la espera o la masacre. El día 23 el Ejército se ve obligado a retirarse a la periferia. Los enfrentamientos han empezado, y esas primeras victorias son sólo el presagio de choques más sangrientos. Ellos saben que el Gobierno no puede dejarse humillar. Se crea la Alianza de Defensa de la Constitución para coordinar las acciones del movimiento, así como un cuartel de Defensa de la Plaza de Tiananmen. Su portavoz, Chai Ling, dice al periodista Philip Cunningham: "Nuestros cuerpos están inmaduros y no han crecido del todo. Y la perspectiva de una muerte cercana nos asusta. Pero la historia nos llama, y debemos acudir". El 30 de mayo los estudiantes desvelan una estatua de tres metros, una Diosa de la Democracia que, como la Estatua de la Libertad, lleva una antorcha en su mano derecha. El 2 de junio, a las 5 de la tarde, varios estudiantes se declaran en huelga de hambre. Entre ellos está Liu Xiaobo, que años después será reconocido con el Premio Nobel de la Paz.

 

La plaza hierve, y el Gobierno se desgarra. Está sometido a una enorme presión. Es el centro de todas las miradas. Y por vez primera desde la revolución, que cumple medio siglo, parece que la autoridad del PCCh está en entredicho. Salta la noticia de que el presidente, Deng Xiaoping, ha muerto de un ataque al corazón. La noticia es falsa, pero se crea lo que un informe de la inteligencia estadounidense llama "un gran caos entre el alto mando militar". El Gobierno quiere tomar el control de la situación y ordena al Ejército que ocupe la plaza "a toda costa".

 

A la una de la mañana del 4 de junio las tropas rodean la plaza y esperan órdenes. Los cuatro manifestantes que están en huelga de hambre negocian con las tropas la salida ordenada de los estudiantes. A punta de pistola, profesores y estudiantes abandonan la plaza. Nada se sabe de la Cruz Roja que iba a atender a los manifestantes, según las palabras de Li Peng. Nada hay de los hospitales, de la preocupación por la salud de los estudiantes.

 

Ahí acaba la historia de la Plaza de Tiananmen. No hubo allí tal masacre. Pero los estudiantes se enfrentaron con el Ejército en las calles adyacentes y en otras partes de la ciudad en la que estaba presente el Ejército. Algunos soldados disparaban a la multitud, a cualquiera que se interpusiera en su camino. Otros reían mientras caían los cadáveres. Los conductores de pedicabs, esos carros de tracción humana, se aventuraban entre las balas para recoger a los heridos y llevarlos a los hospitales. Los médicos, que recibían una riada de heridos, se acabaron negándose a entregar los cuerpos a las autoridades cuando se percataron de que los incineraban para que no fuesen identificados.

 

El régimen chino, bajo la férrea mano de Mao, había llevado a cabo el Gran Salto Adelante: una socialización de la producción agraria que tuvo como consecuencia la muerte por inanición de más de 30 millones de personas. Luego impuso la Revolución Cultural, una operación de represión intelectual de dimensiones desconocidas antes o después en la historia del hombre. Pero algo había cambiado. Aplastar una rebelión como esta, en la que murieron probablemente mil o dos mil personas, habría sido un episodio más en la sangrienta historia del socialismo. Pero Tiananmen se ha quedado en la caprichosa memoria colectiva como el ejemplo del autoritarismo de la China comunista. El motivo no puede ser otro que la cultura audiovisual. Esa sensación de ser testigos de la historia, más los guiños que hicieron los estudiantes a la cultura occidental, y que nos permitió ver su lucha como la nuestra.

 

No sólo cambió el umbral de la sensibilidad occidental ante los crímenes del socialismo. También cambió el régimen, cuyos miembros mostraban dudas sobre la conveniencia o legitimidad de responder con armas a las exigencias de los ciudadanos. El general Xu Qinxian rehusó atacar a la población. Dentro del propio PCCh también había dudas entre el temor a la represión y el del apaciguamiento.

 

Los estudiantes protagonizaron aquellas protestas, pero las principales fuerzas de resistencia dentro de la sociedad fueron otras. Entre ellas, la de los intelectuales, que habían llegado a un cierto compromiso con Deng Xiaping, pero que volvieron a distanciarse tras los sucesos de la primavera de 1989.

 

Las esperanzas de democratización de China han quedado hundidas en dos décadas y media de continuidad política y crecimiento económico. Los expertos subsumen el período comunista dentro de la ancestral cultura china y tuercen el gesto cuando se les pregunta por una China democrática en un futuro al alcance de nuestros ojos. Pero tampoco se puede descartar que una nueva grieta en esa gran muralla no acabe en una riada de libertad que no pueda parar ni el poderoso régimen chino.

 

 

“La matanza dejó a la sociedad china en una sumisión total”

 

Shen Tong, líder estudiantil en las protestas, huyó a EEUU seis días después de la masacre

 

Jose Reinoso, Pekín 3 Jun 2014 - EL PAÍS

 

Shen Tong tenía 20 años cuando estallaron las protestas de Tiananmen. Alumno de tercer curso de Biología en la prestigiosa Universidad de Pekín (Beida), rápidamente se convirtió en uno de los líderes del movimiento estudiantil, cuyo comité para el diálogo con el Gobierno copresidió. Shen logró huir de Pekín el 10 de junio, seis días después de ser testigo de la matanza, porque previamente había obtenido el pasaporte chino para ir a estudiar a Estados Unidos. Allí, fundó la organización Democracy for China Fund para apoyar la democratización de China. En 1990, publicó su primer libro, Almost a revolution (Casi una revolución), sobre las protestas de Tiananmen.

 

En 1992, regresó a China, atraído por la declaración del líder chino Deng Xiaoping de que los estudiantes que se habían ido al extranjero eran bienvenidos, pero fue encarcelado. A los 54 días, fue liberado tras las presiones, entre otros, de Estados Unidos como parte de la campaña a la presidencia de Bill Clinton. A finales de la década de 1990, se convirtió en empresario en el mundo de la programación y los medios de comunicación. Pero no ha abandonado su vena rebelde. Participó en el movimiento Ocupa Wall Street en Nueva York.

 

Hijo de un profesor de Universidad y funcionario del Gobierno y de una doctora en medicina, está casado y tiene tres hijos. Es ciudadano estadounidense desde 2001. Vive en Nueva York, desde donde ha hablado por teléfono con EL PAÍS.

 

Pregunta. ¿Por qué se unió al movimiento prodemocrático de 1989 (cuyo desencadenante fue la conmemoración de la muerte el 15 de abril del ex secretario general del Partido Comunista Chino (PCCh) Hu Yaobang)?

 

Respuesta. Ya en el colegio, estaba metido en movimientos estudiantes, así que en 1989, en la Universidad, yo era uno de los pocos estudiantes activistas veteranos. A finales de los 80, los estudiantes no estaban muy interesados en política, sino más bien en irse al extranjero o hacer negocios. El pequeño grupo que teníamos (en Beida) tuvo dificultades para recoger apoyos para nuestras actividades hasta la muerte de Hu Yaobang. Hu Yaobang no solo era visto probablemente como el líder comunista más reformista, sino que los estudiantes sintieron en especial su muerte por el movimiento estudiantil nacional de 1986-1987, cuya represión por la fuerza condujo a su dimisión forzada (en 1987).

 

P. ¿Cuál es su mejor recuerdo del movimiento?

 

R. El 26 de abril, cuando las protestas callejeras y las actividades en las universidades -incluidas huelgas de clases- llevaban ocho o nueve días, el Diario del Pueblo (órgano oficial del PCCh) publicó un editorial que llamó al movimiento “contrarrevolucionario” y controlado por un puñado de “educadores”. Los estudiantes universitarios de Pekín, que en ese momento representaban el cuerpo principal de las protestas, se enojaron mucho porque se trataba de una conmemoración de la muerte de Hu Yaobang y una petición de reformas moderadas. Ante este tratamiento, hubo dos reacciones. Si seguíamos con los planes de la marcha prevista para el día siguiente, 27 de abril, nos encontraríamos con brutalidad policial. Yo era el responsable del centro de información de Beida. Había sido elegido tres días antes como el primero de los cinco miembros del comité para organizar las protestas. Y aquella noche votamos manifestarnos solo en el campus para minimizar la represión. Pero el día siguiente, los estudiantes decidieron ir a la marcha, y los cinco miembros del comité acabamos liderándola. Rompimos una docena de pequeñas barreras policiales entre la Universidad de Pekín y la plaza Tiananmen, y, al parecer, eso ocurrió por toda la ciudad. Fuimos saludados por uno o dos millones de ciudadanos a lo largo del recorrido. Es el momento más memorable. No solo porque conseguimos desafiar la advertencia del Gobierno sino porque la no violencia se convirtió en un principio ese día.

 

P. ¿Y cuál es su peor recuerdo?

 

R. La noche de la matanza. La noche del 3 de junio, estaba en Xidan (unos dos kilómetros al oeste de Tiananmen). Fui testigo de bastantes muertes de manifestantes. En un momento dado, dos jóvenes sostuvieron en alto una camiseta manchada de sangre. Caminaron hacia un vehículo blindado de transporte de personal y un camión cargado de soldados, intentando decir ‘No deberíais disparar a la gente’. Había un sentimiento de que de alguna forma eran invencibles, y que razonando con las tropas podían lograr parar el avance de los soldados y quizás las muertes. Era bonito y descabellado al mismo tiempo. Corrí detrás de ellos, y cuando llegué al camión, me sentí muy excitado, con todos aquellos disparos, muertes, y empecé a hablar a los soldados. Les pregunté “¿Sabéis que estáis en Pekín?”, y negaron con la cabeza. De repente, un par de personas tiraron hacia atrás de mí. Entonces, sonó el disparo de una pistola. Aparentemente, el oficial en aquel camión me apuntó a mí. Era el único que estaba delante, aparte de un pequeño grupo que me había seguido. Pero la bala impactó en la cara de una joven que estaba detrás. Alguien me llevó tras la valla que separaba la zona de los peatones de la calzada. Cuatro personas se llevaron a la chica cogida de los brazos y las piernas. Me deshice de las dos personas que me estaban agarrando, corrí hacia la valla, miré hacia abajo y vi el agujero en su cara. Un familiar, que me encontró en ese momento, me sacó de allí en su bicicleta. También vi a gente persiguiendo a un soldado, tirándole adoquines, hasta que le alcanzaron y cayó herido, y cómo la gente, entre la que había algunos de los que le habían atacado, le puso en un triciclo y lo llevó al hospital. Durante 15 años, tuve pesadillas cada noche. Tardé unos cuantos años más en poder mirar a aquello con alguna distancia.

 

P. ¿Por qué fracasó el movimiento?

 

R. Solo lo supimos mucho después, en diferentes entregas. El movimiento se extendió a muchos niveles de la sociedad. Más de 400 ciudades en China y posiblemente de 100 a 150 millones de personas participaron en la ocupación prolongada de espacios públicos o protestas masivas. Este éxito y la represión sangrienta final fueron debidos, en buena medida, a las luchas internas en la cúpula del Partido Comunista Chino. Fue un momento verdaderamente importante y simbólico para la historia moderna de China, y en muchos aspectos para el resto del mundo. Pero todavía está demasiado reciente. El significado real, el fantasma del 4 de junio en Tiananmen todavía se están revelando.

 

P. ¿Cuál es el legado del movimiento después de estos 25 años?

 

R. Hay dos legados importantes. Pedíamos una mayor liberalización, política y económica, y equidad, aunque era más en la forma de lucha contra la corrupción. Sabemos que hay un llamado milagro económico chino, a pesar del grave retroceso en política, derechos humanos y libertades civiles, y la existencia de un desarrollo muy desequilibrado. El Gobierno puede habar matado al mensajero, pero recibió el mensaje para continuar, a ritmo rápido, abriendo la sociedad china y el desarrollo económico. El otro es mucho más preocupante y triste ¿Puede China ser rica y poderosa solo mediante el desarrollo de fuerza militar y riqueza económica? ¿Puede prosperar realmente y hacer a la gente feliz, con un futuro mejor, solo centrándose en lo material? El legado más importante, más que el desarrollo económico, es resaltar esta cuestión. Lo que hicieron durante la masacre fue no solo garantizar que el estado de excepción era aplicado y no se producían más ocupaciones de Tiananmen y otros espacios públicos en el país, sino utilizar una fuerza abrumadora no solo para conmocionar a los manifestantes sino a toda la nación y dejarla en una sumisión total. La situación ahora es básicamente similar en psicología colectiva al síndrome postraumático de una violación, de una violación infantil. La conmoción fue tan completa que la gente simplemente no habla más de ello, ni siquiera piensa en potenciales reformas políticas, impulsadas desde abajo hacia arriba.

 

P. Usted logró salir de Pekín en avión el 10 de junio. ¿Cómo consiguió pasar el control policial en el aeropuerto?

 

R. No lo sé bien. Aún hoy, desconozco la extensión de la red de mi rescate. Fue casi un milagro, porque muchos otros fueron detenidos o estuvieron días, semanas, y en algunos casos meses y años, escondidos hasta que salieron de China. Una de las razones es que teníamos mucho apoyo. Más de la mitad de los ministros y los generales estaban de nuestro lado. La gente intentó ayudar y esto incluyó gente en el Gobierno. Nosotros éramos patriotas, no intentábamos derrocar al Partido Comunista. Cuando ocurrió la masacre, hubo gente que contactó a mi familia y consiguieron esconderme. Fui en un vehículo de la policía secreta desde el último sitio en el que me oculté hasta al aeropuerto. Parte del Gobierno no tenía idea de que otra parte del Gobierno estaba intentando ayudarme a salir de China.

 

P. ¿Cree que algún día verá una China democrática?

 

R. No sé cuándo, pero tengo esperanza, y al mismo tiempo soy pesimista. Ahora, comparado con 1989, hay una verdadera oportunidad de colaboración mutua y negociación entre las fuerzas en la sociedad china y diferentes facciones del Partido Comunista Chino. En lo económico, el partido ha traído a la población urbana mejores condiciones de vida, y no hay razones para ignorar ese logro. Pero a un precio tan alto para el medioambiente, para más de la mitad de la población que trabaja en condiciones terribles, y a costa de los campesinos. (Los líderes) entienden muy bien que no pueden permitirse perder una vez. Nosotros podemos perder cien veces, porque en China hay más de una generación de activistas. La historia me dice que un sistema así no puede durar, pero lleva décadas. Esto y la continua expansión de la represión y el abuso de los derechos humanos me hacen pesimista. Pero los activistas (en China) me hacen mantener la esperanza.

 

 

A 25 años de la Masacre de Tiananmen, se sigue buscando la verdad

 

Los sobrevivientes se esfuerzan por mantener vivo el recuerdo, mientras el Partido Comunista impone una amnesia forzada

 

Matthew Robertson, La Gran Época

 

Para la mayoría de la gente que la conoce, el significado de la foto del “hombre del tanque” es claro: el individuo valiente, de pie ante el Estado represor.

 

Para Fang Zheng, estudiante chino y activista que ahora está en silla de ruedas, la fotografía misma fue una herramienta de represión.

 

“Tuve que enfrentar a la foto del Hombre del Tanque muchas veces” mientras yacía en la cama del hospital, poco después de la masacre del 4 de junio de 1989, cuando un tanque le aplastó las piernas en la Avenida de la Paz Eterna.

 

Fang Zheng fue uno de los estudiantes que protestó contra la corrupción oficial y pidió más democracia y libertades. Cientos de miles de estudiantes idealistas como él llenaron la Plaza Tiananmen, en el corazón de Beijing, desde abril. Probablemente unos 3.000 de ellos, de acuerdo con la investigación más reciente, fueron asesinados violentamente el 4 de junio, hace hoy 25 años.

 

“Me presionaron mucho. Los funcionarios sostenían la foto y decían: Mira. El tanque no lo está aplastando. Si a ti te aplastó, debes haber sido violento”.

 

Eso era mentira, y los intentos de los funcionarios por metérsela en la cabeza a Fang lo mortificaron. En la mañana del 4 de junio, Fang se había detenido a salvar a una joven que había perdido el conocimiento por las armas químicas que los soldados habían disparado contra los estudiantes. La mayoría de los disparos ya habían disminuido, y él junto a un grupo intentaba volver a casa. Se apresuró y recogió a la muchacha, y la dejó a un lado para que el tanque no le pasara por encima, pero no pudo evitar que aplastara sus propias piernas.

 

“Lo que más querían era que me olvidara de la verdad, tergiversaron los hechos. Fue una lucha constante. Querían encubrir lo que había pasado”.

 

Fang es un atleta al que se le negó la participación en los Juegos Paraolímpicos en China porque no quiso mentir sobre la razón de su discapacidad. Fue puesto bajo arresto domiciliario y aislado, también lo difamaron en su lugar de trabajo y ante todo aquel con quien hablaba. Si simplemente hubiera mentido por el régimen, se habría ahorrado algunos problemas. “Eso duró 20 años, una lucha con los funcionarios sobre la naturaleza de la verdad”.

 

Hablan los exiliados de Tiananmen

 

Fang Zheng habló en la Universidad de Harvard sobre su experiencia el pasado mes de abril, en un panel organizado por otra sobreviviente del movimiento Tiananmen, aunque esta nunca llegó a Beijing.

 

En 1989, Rowena He era una adolescente de Guangdong. Se montó a su bicicleta para reunirse en la noche con los demás, preocupada por las noticias que llegaban de Beijing, con el extraordinario y conmovedor apoyo de todos sus familiares. Su hermano menor colocó solemnemente cinco yuanes (U$S 0,80) en el bolsillo de su vestido y le dijo, “Cómprate algo para beber si tienes sed”. Nadie sabía cuán grandes eran los riesgos que corrían por reunirse.

 

Nueve años después partió de China hacia Canadá y luego llegó a la Universidad de Harvard, donde enseña un curso sobre las protestas y su violenta supresión.

 

Su nuevo libro, Exiliados de Tiananmen, es un registro de las experiencias de algunas figuras principales del movimiento estudiantil, además de incluir su propia historia.

 

El núcleo del libro lo conforman entrevistas con Wang Dan, Shen Tong y Yi Danxuan, todos líderes estudiantiles. Ella demuestra sus luchas personales a través de la violencia política que reformó sus vidas. El movimiento Tiananmen fue un evento formativo en las vidas de todos ellos, al igual que para la Sra. He.

 

Los efectos de la represión se tratan casi al pasar, como en el caso de Cheng Renxing, un graduado de 25 años de edad de la Universidad Popular de China que fue asesinado de un disparo mientras intentaba irse de la plaza el 4 de junio. Su padre, un campesino de la provincia de Hubei, tuvo un colapso emocional y murió seis años después.

 

“La madre de Cheng intentó ahorcarse en su casa”, escribe la Sra. He, “pero su nieto de 10 años de edad la salvó al usar su pequeño cuerpo para sostener a su abuela durante una hora, mientras los adultos llegaban a rescatarla”. Los niños de esa edad no deberían escuchar historias de familiares angustiados y sufriendo por haber perdido a un ser querido bajo las balas del Gobierno.

 

La Sra. He explica precisamente cómo el Partido intentó destrozar los lazos familiares, en un intento por insinuarse como una figura paterna para reforzar su control político e ideológico. A través de su régimen, el Partido ha intentado controlar la mente de los chinos que considera una amenaza, aislando y neutralizando los impulsos sublimes, o incluso los meramente humanos, y reemplazándolos con una incuestionable lealtad y obediencia hacia este.

 

Shen Tong explica cómo su padre, funcionario del gobierno municipal de Beijing, fue presionado para espiar a su hijo. En lo que fue claramente una dolorosa conversación, su padre le dijo a su madre: “Siempre he hecho lo que el Partido me pidió, pero nunca traicionaré a mi hijo”.

 

Amnesia forzada

 

El espíritu humano, la búsqueda de la verdad y la resistencia ante los peores instintos del régimen prevalecieron, a pesar de todos los intentos del Partido Comunista Chino. Otro libro, La República Popular de la Amnesia, escrito por Louisa Lim, ex corresponsal de NPR, se dedica a explorar precisamente estos intentos.

 

Lim viajó por toda China, también a Taiwán y Hong Kong, para recoger una serie de historias personales sobre quiénes estuvieron relacionados con las protestas y la masacre. El tema general es cómo el Partido ha encubierto la historia real y ha forzado una amnesia general sobre la población. Los mismos métodos de presión y control social que discute la Sra. He aparecen también aquí: son los métodos típicos del Partido Comunista, y solo hay unas pocas personas con coraje dispuestas a poner sus ideales por encima de las preocupaciones prácticas y a luchar contra el olvido.

 

Al principio del libro, Lim relata, a través de los ojos de Chen Guang, uno de los soldados, cómo se despejó la plaza en realidad. Su ejército se metió en la capital vestido de civil. Metieron las metralletas y las balas en el Gran Salón del Pueblo antes de ponerse las ropas militares y acribillar a los estudiantes que esperaban.

 

Chen solo llevaba una cámara, nunca un arma, dijo. Él y sus camaradas “no sabían que tantos miles de trabajadores, incluso de los ministerios de gobierno, se habían unido a las marchas”, escribe Lim. “No sabían que entre los más altos niveles del Gobierno había divisiones sobre cómo lidiar con las protestas… Y no sabían -todavía- que estaban por convertirse en los peones de un ajedrez político con mucho en juego”.

 

Otros detalles que revela Lim incluyen episodios en los que un comandante de alto rango del Ejército se negó a participar en la represión, y los profundos miedos de que incluso podría haberse dado una rebelión entre las tropas.

 

Otras partes del libro, al igual que el de la Sra. He, incluyen relatos de los estudiantes sobre la represión y las posteriores experiencias. Por ejemplo, está el extraordinario carácter de Zhang Ming, uno de los líderes estudiantiles. Después de la masacre, Zhang se convirtió en empresario. Pero cuando amasó una fortuna, agentes gubernamentales le robaron cientos de millones de dólares por miedo a que alguien como él tuviera éxito. Luego lo metieron en prisión durante siete años. Ahora vive de ahorros, sobrevive gracias a la leche –no alimentos sólidos– y requiere tratamiento con ventosas en su frente para aliviar sus dolores físicos.

 

El último capítulo del libro de Lim relata otra masacre que ocurrió en China ese 4 de junio, en la ciudad de Chengdu, al sudoeste. Allí, al igual que en Beijing, los soldados dispararon contra los manifestantes desarmados que habían llenado el centro de la ciudad. La historia de esa masacre, y lo poco que se sabe de ella hasta hoy, demuestra el resultado de la campaña del Partido Comunista Chino para reprimir y eliminar todo trazo de sus crímenes. Pero claramente, esa estrategia no funciona para siempre.

 

 

Pekín ante el mundo a 25 años de la masacre de Tiananmen

 

La indignación de EU y otras potencias por la matanza de estudiantes ha ido a la baja frente al creciente poderío chino.

 

Shaun Tandon, -AFP

 

Washington.- Veinticinco años después de la represión de la plaza Tiananmen, el gobierno de China pasó de la condición de paria internacional a la de una superpotencia ampliamente cortejada, a medida que los temas relativos a los derechos humanos fueron progresivamente dejados de lado.

 

Tras el ataque lanzado por el ejército contra los estudiantes que ocupaban la céntrica plaza pequinesa, que dejó un saldo de centenas de muertes en la noche del 3 al 4 de junio de 1989, las escandalizadas potencias occidentales lograron imponer sanciones económicas a China

 

Sin embargo, George Bush padre, por entonces presidente de Estados Unidos que anteriormente había sido embajador en el país asiático, rechazó los llamados a la adopción de sanciones más duras y envió en secreto a Pekín a emisarios con la tarea de dar seguridades al número uno chino, Deng Xiaoping, de que las cosas no pasarían a mayores.

 

El sucesor de Bush, Bill Clinton -que durante la campaña electoral de 1992 puso un énfasis particular en la denuncia de los "carniceros de Pekín"- pasó rápidamente de vincular la evolución de las relaciones comerciales bilaterales a los avances que pudieran realizar las autoridades chinas en materia de derechos humanos, a tener una actitud mucho más pasiva en ese terreno.

 

"Nuestro gobierno estaba dividido al respecto, los chinos jugaron con esas contradicciones y no avanzaron de manera significativa en derechos humanos", señaló en una reciente audiencia ante el Congreso, Winston Lord, principal responsable de la diplomacia estadunidense para Asia oriental en esa época.

 

Hoy, Lord, que fue embajador en China hasta seis semanas antes de los acontecimientos de Tiananmen, piensa que EU debe mantener la presión en el dominio de los derechos humanos, pero cree que se podría ser más eficaz si se pusiera el acento en temas "más prudentes", como el medio ambiente, "partiendo de la base de que el gobierno chino hizo de su supervivencia su prioridad número uno".

 

Algunas medidas decididas en 1989 se siguen aplicando de todas maneras: las potencias occidentales y Japón mantienen regularmente diálogos con Pekín sobre los derechos humanos y se niegan a venderle armas a China, aun si en el pasado reciente Francia llamó al levantamiento del embargo impuesto por la Unión Europea.

 

China tiene actualmente una influencia en el mundo incomparablemente superior a la que ejercía en 1989: su economía se multiplicó por 30, en la medida en que el país se fue convirtiendo en una plataforma para la fabricación a bajo costo de productos manufacturados de las grandes firmas mundiales, que trasladaron allá sus plantas.

 

Desde que el presidente Xi Jinping asumió su cargo, en 2013, China multiplicó sus demandas marítimas ante sus vecinos, y se procura la opinión y la incidencia de Pekín en temas tan disímiles como la economía mundial, el cambio climático, Corea del Norte, Irán o Sudán.

 

"Desde un primer momento, los gobiernos (en EU) se resistieron a intervenir en estos temas" de los derechos humanos, dice Warren Cohen, profesor de historia de la diplomacia estadunidense en la Universidad de Maryland-Baltimore County.

 

"Cada cierto tiempo el tema vuelve al tapete (...), pero el muy claro mensaje que hemos enviado a los chinos, es que la relación con ellos es para nosotros mucho más importante que todo lo que ellos hacen sufrir a su propio pueblo", afirma.

 

Al normalizar los lazos económicos y comerciales bilaterales, Bill Clinton dijo que esa decisión era la más adecuada para lograr "avances viables de largo plazo" en materia de derechos humanos.

 

Pero altos funcionarios en EU alertaron sobre el reciente agravamiento de la situación en ese plano, con la detención de disidentes, las restricciones a las minorías y el blackout (censura en internet) absoluto impuesto a cualquier alusión a Tiananmen.

 

"No se puede decir que el desarrollo de la economía lleve a una mejoría de los derechos civiles y políticos. China lo demostró claramente", lamenta Sophie Richardson, directora para China de la organización Human Rights Watch.