Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

   Juan F. Benemelis y Eugenio Yáñez

 

 

 

 

                                                       

 

 

LA INVOLUCIÓN DE CUBA ( I I I). DEL AUSTRALOPITECUS A LAS NO-PERSONAS

 

La imposibilidad democrática del comunismo

 

Un régimen que solamente reconoce la legalidad y viabilidad de un partido único es genéticamente antidemocrático. No puede existir democracia ni en el país ni dentro de ese mismo partido en la medida que se trata de un único actor reconocido. Uno de los elementos básicos de la democracia es la posibilidad de seleccionar entre opciones, en este caso la de militar en el partido que cada quien decida, la posibilidad de los militantes de un partido determinado de trasladarse para otro cuando lo consideren oportuno, o el derecho de cualquier persona a no militar en ningún partido político sin que por eso se le considere ciudadano de segunda categoría.

 

Alegar el hecho de que José Martí solamente fundó un partido único, el Partido Revolucionario Cubano, como fundamento conceptual de la existencia de un solo partido en la Cuba castrista, es una falacia, una soberana tergiversación, y nada más. José Martí fundó el Partido Revolucionario Cubano para organizar y llevar a cabo la guerra de Independencia. Como bien señalaba el Artículo 1°- de las Bases del Partido, “El Partido Revolucionario Cubano se constituye para lograr, con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”.

 

Pero aclaraba perfectamente en esas mismas Bases sus pretensiones futuras, como se señalaba nítidamente en el Artículo 5°- “El Partido Revolucionario Cubano no tiene por objeto llevar a Cuba una agrupación victoriosa que considere la Isla como su presa y dominio, sino preparar, con cuantos medios eficaces le permita la libertad del extranjero, la guerra que se ha de hacer para el decoro y el bien de todos los cubanos, y entregar a todo el país la patria libre”.

 

Como puede verse claramente, nunca las pretensiones de José Martí y el Partido Revolucionario Cubano fueron imponerse sobre el resto del país para ejercer el poder con carácter vitalicio después de la Independencia. Ni siquiera existía una pretensión declarada de mantener la organización tras el logro de la independencia cubana.

 

Intentar definir al Héroe Nacional cubano como “autor intelectual” de la barbarie castrista, no es más que una tergiversación de la verdad histórica y un embuste mayúsculo, que para poderlos imponer ha requerido, entre otras cosas, adulterar la información histórica durante más de medio siglo, mentir impúdicamente, y recurrir a desvergonzados sicofantes disfrazados de “eruditos”, “académicos” e “intelectuales”, para darle un fundamento “martiano”, “científico”, “popular”, y “democrático” a la dictadura castrista.

 

El castrismo como concepto, además de fundamentarse en quimeras y utopías, es esencialmente cobarde. El principio básico de un partido comunista que pretenda construir el socialismo y el comunismo, como se define en sus proyectos -misión imposible, aunque eso no le impide seguir proclamando las mismas falsas promesas- tiene que basarse en el establecimiento de la dictadura del proletariado, tal como lo definieron los propios fundadores de la ideología. Ni aunque ese proletariado se constituyera algún día en mayoría -y ya se sabe perfectamente que el mundo no avanza en esa dirección- le daría a esa dictadura un sentido democrático, como pretendieron algunos teóricos más serios o, al menos, no tan dogmáticos como los insoportables manualistas que hubo que padecer por tantos años.

 

Una sociedad es democrática o no con relación a la forma en que funciona, no con relación solamente a cuántos representa. Aunque el concepto clásico de “democracia” en sus orígenes atenienses tiene que ver con el “gobierno del pueblo”, eso no es suficiente en pleno siglo XXI, además de que la definición de “pueblo” puede admitir muchas representaciones. En Atenas, por ejemplo, los esclavos no eran parte del “pueblo”.

 

Para que exista una democracia en la actualidad se requiere el funcionamiento de un Estado de derecho, donde nadie se considere ni pueda estar por encima de las leyes; donde tiene que existir una clara separación e independencia de poderes; donde se respeten absolutamente los derechos naturales y humanos de todas las personas; donde las mayorías no pueden imponer su voluntad con el propósito de dañar a las minorías; donde los gobernantes son electos por los gobernados para períodos específicos y no con carácter vitalicio.

 

Nada de eso lo puede garantizar un partido comunista en el poder, mucho menos el Partido Comunista de Cuba. La pretensión de Raúl Castro después de haberse hecho cargo del poder en el país a partir de agosto del 2006, de “ampliar” la democracia interna en el PCC, como fundamento para negar la necesidad de otros partidos en Cuba, aunque fueran partidos “revolucionarios” y “no burgueses”, aunque la hubiera proclamado con la mejor intención del mundo -algo que habría que ver, y que no es fácil admitir a priori- es tan utópica y descabellada como cuando proclamó, con la intención de apoyar a su hermano mayor, aquella trasnochada idea en los años sesenta -¿ya nadie se acuerda?- de que “no vamos a construir conciencia con la riqueza, sino riqueza con la conciencia”.

 

La élite en el poder

 

La razón por la cual los pronósticos sobre el castrismo, el raulismo y la posible transición en Cuba nunca han logrado suficiente objetividad responde a varios supuestos falsos, algunos viejos y otros más recientes. Hasta el momento, el objetivo y la atención sobre las opciones del cambio y la transición en Cuba se han centrado en la presión popular y en la disidencia interna, obviando el papel fundamental que la élite de dirección está llamada a desempeñar en cualquier modalidad de cambio, ya sea mediante la sucesión actualmente planeada o el reciclaje de la nomenclatura.

 

Entre los falsos supuestos podemos señalar el criterio común de que el poder en Cuba ha sido de corte piramidal, con Fidel o Raúl Castro a la cabeza, y de una estructura lineal, disciplinada y mediocre, donde todo el mundo atiende sólo a las funciones de su cargo.

 

El andamiaje de poder en la Cuba castrista siempre ha estado conformado por grupos y pequeños caudillos con sus clientelas, y la estabilidad del régimen ha gravitado en las fuerzas armadas. Al obviar la institucionalización, el castrismo no adelantó un sistema institucional con mecanismos de transición. En ello radicó la razón de la larga estancia de Fidel Castro en el poder. La propia salvaguarda del caudillismo del Comandante hizo que la transferencia institucional y ordenada de Raúl Castro al poder fuese una alternativa escabrosa.

 

Al bloquease el desarrollo de una burocracia estatal y partidista, capaz de avanzar políticas, programas y decisiones, el extenso aparato de seguridad resultó un miniestado bajo la jurisdicción directa del Máximo Líder. La autocracia militar adquirió el monopolio de las decisiones y se distanció del cuerpo de la sociedad. Fidel Castro quebró así el espinazo de la naciente tecno-burocracia, desmantelando la institucionalización, al entronizar el modelo de construcción simultánea del socialismo y del comunis­mo. Las acusaciones actuales contra “la burocracia” en abstracto como causante de todos los problemas del país son una cortina de humo nada más, para que las críticas no se enfoquen en la élite.

 

A partir del desplome del bloque soviético, Fidel Castro diseñó una exitosa estrategia para inducir a la cúpula dirigente el miedo al cambio, haciendo que ésta identificara su suerte con la de su persona, y convenciéndola de que tras cualquier cambio sería aniquilada, incluso físicamente. La dirección unipersonal de Fidel Castro impidió la consolidación de la nomenclatura como una “nueva clase” con todos los derechos jurídicos dentro del socialismo cubano, debilitando las instituciones políticas y estatales, incapacitándolas para que asumiesen una transición, como sucedió en otros lugares del ex bloque soviético.

 

Es por eso que la élite de dirección está ocupando y va a desempeñar un papel decisivo en la sucesión sólo cuando desaparezcan los hermanos Castro. En la actualidad ya muchos nomenclaturistas controlan empresas económicas y de servicios, especialmente las que se vinculan con el comercio exterior. La élite está paralizada por miedo al cambio que Fidel Castro le ha inculcado, al vincular su suerte personal con la de ellos.

 

Luego de que Raúl Castro fue designado como heredero del mando, no ha confrontado impedimentos dentro del ejército y del resto de la administración. Si bien no ha podido aspirar al nivel de hegemonía absoluta que su hermano logró, la Comisión del Buró Político, que es el aparato que decide las cuestiones importantes tras el retiro de Fidel Castro, está totalmente controlada por Raúl Castro y su grupo (José Ramón Machado Ventura, Abelardo Colomé Ibarra “Furry”). Ese grupo principal incorpora otros elementos en el ejecutivo que amplían su base y logran que Raúl Castro esté consolidado como “primus inter pares”.

 

Raúl Castro y su grupo han ocupado el vacío de poder que se fue produciendo a medida que Fidel Castro perdía su autoridad ejecutiva sobre sectores clave de la administración estatal, partidaria y económica. Todo ello fue en detrimento de las otras fuerzas que aspiraban a mantenerse en el poder, como los elementos provenientes del círculo íntimo del Comandante en Jefe (la UJC, el Grupo de Apoyo), de burócratas antimilitares en la dirección estatal promovidos por el caudillo que enfermó, y de los generales y nuevos coroneles curtidos en las campañas africanas que no han sido promovidos a cargos superiores.

 

Esta situación favoreció a Raúl Castro, pues le concedió tiempo para irse consolidando a la sombra de su hermano. Para imponerse como la figura indiscutible dentro de las Fuerzas Armadas, Raúl Castro reemplazó a los tres jefes de ejércitos en que se divide el país, que se hallaban en manos de veteranos de las guerras africanas, y que habían servido bajo la dirección del fusilado general Arnaldo Ochoa.

 

Hay agotamiento de las estructuras de mando de las FAR que se evidencia en la llamada a servicio activo de altos jefes en retiro, una tendencia peligrosa, pero que parece continuar, especialmente con nombres conocidos para reforzar la imagen histórica de la sucesión. Por auto-conservación, todas aquellas figuras históricas que sostuvieron discrepancias con Raúl Castro, de momento han pospuesto sus contradicciones, acaso esperando que tenga lugar el fin de esta etapa sucesoria raulista; y por ello se han puesto incondicionalmente bajo sus órdenes.

 

Hasta ahora, el mensaje enviado desde el exterior, tanto de gobiernos y organizaciones del exilio, como de las administraciones norteamericanas, no ha sido enfilado a quebrar esa noción de final nefasto para la élite, de desacoplar su suerte con la de Fidel Castro, e inducirla a organizarse y presionar por los cambios.

 

Esta es la razón por la cual la sociedad cubana se ha congelado, de que los diversos grupos existentes en la élite dirigente se mantengan a la expectativa, de que no se moviesen contra Fidel y Raúl Castro, y de que no se haya “pactado” la transición con la oposición.

 

La élite política actual, o la que se perfila como su heredera, no ha mostrado interés por negociar la transición, y está en el proceso de traspasar propiedades estatales a manos de dirigentes. Por el momento no se vislumbran instituciones, grupos y figuras capaces de discutirle a Raúl Castro las riendas del país. Así, los cargos ejecutivos y económicos se cubren de forma automática por el general-presidente, sin consultar o esperar por la Asamblea Nacional.

 

Al limitar la exclusividad de la rectoría económica a la “nueva clase” es visible que por el momento no exista un conflicto intra-nomenclatura. Al estar vinculada con el régimen, la comparecencia de esta clase media empresarial no le presenta serias dificultades ni retos a Raúl Castro.

 

El carácter monopólico de esta economía bajo Raúl Castro enriquece claramente a esta nomenclatura, portadora de un discurso anticapitalista y no favorable a la libre competencia. Evidentemente, quienes están dentro del aparato gubernamental y tienen aspiraciones realizan todas las maniobras para quedarse con el poder, y se están anticipando a cualquier futuro cambio, en caso de que tuviera lugar.

 

Con vistas a garantizar la sucesión de la actual élite, se ha implementado un programa para ubicar a cuadros procedentes del aparato político, militar y de la Seguridad en puestos clave de la economía, en las empresas comerciales y en el turismo. Al calor de lo acontecido en el extinto bloque soviético, China y Vietnam, dentro de muchos tecnócratas y burócratas ministeriales y empresariales existía la inclinación hacia la reforma económica y la renovación política. Desde el primer momento, Raúl Castro fue purgando todo el aparato estatal y económico de este tipo de “cuadros”, reemplazándolos por elementos provenientes especialmente del ejército.

 

Puede verse en esto, también, una etapa de “piñata” que está facilitando la inserción de los nuevos empresarios civiles en una alianza neoburguesa con los grandes inversionistas extranjeros presentes y futuros. Esta apropiación empresarial por parte de la nomenclatura ha ilegitimado el argumento del Estado propietario como suprema encarnación del interés nacional. La actual etapa raulista es vista como un proceso que justifica y garantiza el poder de un grupo de militares y políticos mafiosos.

 

Estos cambios económicos no benefician a aquel sector de la población al margen de las ramas de la economía donde es posible obtener dólares. De ahí que todo ello está repercutiendo desfavorablemente en el nivel de vida de la ciudadanía.

 

Otro falso supuesto depende del desconocimiento del mecanismo de toma de decisiones, donde las autoridades provinciales, con el Primer Secretario del Partido a la cabeza, disponen de un poder mucho más allá del que las funciones políticas les asignan; de hecho, se ven transformados en verdaderos zares territoriales.

 

El factor regional va a tener tanto peso como el de las estructuras nacionales. Los primeros secretarios del PCC de cada provincia disponen de una base de poder territorial absoluta, al estilo feudal. Ejercen el control directo o la supervisión de las empresas productivas y de servicios en su territorio. Su poder trasciende el real político, y resultan una reproducción a escala de cómo Fidel Castro manejó por décadas a la nación.

 

Estos primeros secretarios, con un poder territorial impresionante, resultarán piezas de importancia en cualquier escenario post raulista, como sucedió en la ex Unión Soviética, y sucede actualmente en China, Vietnam, y en muchos países del ex bloque soviético que afrontaron la transición.

 

La división castrista de los cubanos

 

Por mucho que lo intenten los dirigentes de la camarilla y sus propagandistas, no puede desvirtuarse la realidad de una sociedad cruelmente dividida por la existencia de un partido elitista, discriminador y excluyente. La separación de la población en “militantes” y “no militantes” es intrínsecamente divisiva, segregacionista y prejuiciosa, todo lo contrario de lo que le da sentido a una democracia, donde se imponen los criterios de las mayorías, pero con absoluto respeto de las minorías.

 

En Cuba, por el contrario, la minoría que significan los “militantes” del Partido Comunista de Cuba (que representan menos del 10% de la población total residente en el país), son situados por sobre todo el resto de los cubanos, los “no militantes”, al reconocerse constitucionalmente que el Partido “es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”. Es decir, tanto el resto de las personas como de las instituciones del país se consideran por debajo de esa “fuerza dirigente superior”.

 

¿De dónde sale la legitimidad de tal “fuerza dirigente superior”? Nunca surge de la voluntad popular o del deseo de la mayoría de la población expresada en las urnas. Esa supuesta legitimidad surge exclusivamente de la fuerza, del terror, de la imposición inconsulta.

 

El Partido Comunista nunca ha ganado una condición de liderazgo por sobre el resto de las instituciones, en ningún país del mundo y en ninguna época, en elecciones limpias, competitivas y abiertas. Por el contrario, siempre han sido los mismos comunistas los que se abrogan esa condición de “vanguardia” y de “fuerza dirigente superior”, supuestamente apoyándose en las ideas y la “visión” de los fundadores de la ideología, a los que proclaman casi como profetas religiosos, o mucho más, y se la imponen a la población y a la sociedad con el apoyo de los órganos represivos.

 

Es decir, la minoría se autoproclama como un grupo “elegido”, y gracias a esa condición pretende que el resto de la sociedad les reconozca como tales. Como nunca podrán lograrlo por elección popular, adulteran los procesos democráticos, se basan en los órganos represivos y el adoctrinamiento permanente, controlan todos los medios de difusión y todas las opciones, e imponen un totalitarismo brutal y feroz. De lo contrario, durarían en el poder menos que el clásico merengue en la puerta de un colegio.

 

La situación económica

 

En el análisis del periodo que media entre el día de hoy y el momento en que se decrete la muerte de Fidel Castro, pueden estar presentes diferentes factores económicos que por su gravedad podrían obligar a medidas extremas.

 

La difícil situación económica se demuestra en el enorme desempleo y subempleo; en la deuda externa que no se puede refinanciar; en la gestión ineficiente en costos de la industria turística y la continua reducción de los niveles de ingreso neto por turismo; en el papel clave del petróleo en esa crisis; en la imposibilidad de utilizar, después del 11 de septiembre del 2001, la migración masiva como válvula de escape. A estos factores se unen la grave situación de divisas para comprar petróleo y la de abastecimientos a la población. La incertidumbre sobre el futuro de Hugo Chávez en Venezuela complica más aun los escenarios.

 

En ausencia del liderazgo carismático de Fidel Castro, sin una apertura política, unido al agotamiento ideológico y el descrédito del mensaje “revolucionario” ante la población, Raúl Castro está consciente de que el problema clave de su gestión es la alimentación, para lo cual ha implicado a altos jefes de las Fuerzas Armadas en el manejo de la economía y ha tratado de liberar algunos de los mecanismos que afectan la producción agropecuaria, en espera de una futura recuperación que no acaba de aparecer. Asimismo, ha liberado algunas actividades minoristas que han pasado a la esfera del trabajo por cuenta propia, y se afana por incrementar las inversiones extranjeras lo antes posible.

 

No se perfila que Raúl Castro reestructure el sistema político a favor de la democracia, privando al régimen de los mecanismos de legitimación doméstica e internacional.

 

A medida que la crisis se profundiza, la corrupción se agudiza y la delincuencia aumenta, al punto de que hoy existe, a todos los niveles del país, delincuencia organizada, que además se halla en posesión de armas, y representa un peligro latente para la ciudadanía.

 

Las castas en la Cuba castrista

 

Una vez que una sociedad como la cubana comienza a dividirse, las divisiones se multiplican y la sociedad se atomiza y se jerarquiza al máximo, en lo que finalmente resulta, como tan bien lo ha definido en Cubanálisis nuestro colega Lázaro González, en “castas” permanentes de las que es imposible separarse bajo el castrismo.

 

La casta superior la constituyen los “militantes” del partido, divididos a su vez en militantes “de a pie”, “dirigentes” e “históricos”, con deberes y derechos diferentes cada grupo.

 

Después le siguen en jerarquía, un poco más abajo, los “revolucionarios”, esos que no logran (o no desean) ser militantes, que no son considerados tan “superiores” como los militantes, pero sí mucho más que los que no se definen clara y absolutamente como revolucionarios.

 

Una subcategoría de los “revolucionarios” es la de los integrantes del “pueblo enardecido”, esas turbas frenéticas que no se detienen ante ningún requerimiento ético, y que lo mismo insultan y golpean a mujeres o niños que a ancianos y hombres indefensos, que les destruyen sus escasas propiedades, y que no tienen límites morales para difamar, acusar, insultar, calumniar, mentir y pretender descaracterizar a personas decentes e imposibilitadas de enfrentarles de igual a igual. Entre ese “pueblo enardecido” no es extraño encontrar a personas retiradas o todavía activas de las fuerzas armadas o de los órganos represivos del ministerio del Interior, siempre convenientemente vestidas de civil.

 

Para mantener contentos a esos detritus humanos que forman ese “pueblo enardecido” solamente hace falta una cajita de cartón con una magra ración de arroz congrí y pescado, y/o un poco de cerveza, como “compensación” alimenticia a su muy revolucionario enardecimiento y proceder, así como una palmadita en el hombro como expresión de que “la revolución” admira la actitud de ellos.

 

Bajando en la categoría de las “castas” cubanas de tiempos del castrismo, exacerbadas más aun las diferencias entre ellas en estos tiempos del neocastrismo terminal, aparecen en sentido descendente los integrantes de “la masa”, esos grupos que no se definen inequívocamente como revolucionarios ni como pueblo enardecido, pero que no cuentan para nada más que para obedecer, recibir presiones y soportar todas las arbitrariedades y abusos del castrismo.

 

Muchos de ellos ven la vía de escape a su realidad en una balsa salvadora para atravesar el mar y llegar a otras tierras, en una visa para cualquier parte del mundo, o en una doble moral que les mantiene en silencio y tratando de sobrevivir en las difíciles condiciones de la sociedad cubana actual, pero que nunca expresarán rebeldía o descontento en ninguna circunstancia directa.

 

Este grupo, aunque no está considerado “enemigo”, no deja siempre de tener en alerta a los miembros de los aparatos represivos y la infinidad de informantes que colaboran con la represión, pues no resulta de confianza y se requiere tenerlo bajo vigilancia, en condición de potenciales elementos de interés operativo, aunque por lo menos está por encima de grupos mucho menos favorecidos en la sociedad de castas del castrismo.

 

La nueva clase y el futuro incierto

Tras la desaparición de Fidel y Raúl Castro, el derecho a mantener el poder de los que actualmente forman las más altas autoridades del país, fundamentalmente los raulistas, será débil en términos de legitimidad, y estarán sujetos a retos de rivales potenciales, puesto que no existe una verdadera dirección colectiva, lo que no está en el ánimo de las figuras aspirantes. Por eso, cualquier tipo de dirección compartida tenderá a fragmentarse con rapidez, tomando forma el escenario de la hegemonía por vía violenta.

 

La casta militar se halla en el poder, y la solución castrense a la sucesión raulista, es decir, el control directo del ejército sobre el gobierno, implica mayor peligro de violencia intestina. Cualquier sucesión post raulista que provenga de las fuerzas armadas se enfrentará a la presión de otros grupos por defender parcelas de poder.

Igualmente, tendrá lugar una más coordinada presión popular y por parte de los actuales grupos disidentes. La nueva nomenclatura estará obligada a realizar concesiones, acomodos y alianzas temporales, redistribuyendo la autoridad entre los contendientes. Si el aparato de terror del sistema consigue imponerse tras la desaparición de los Castro, el régimen que le sucederá será en extremo inestable y con un gran componente de volatilidad político social, con peligro de degenerar en la violencia política grupal, y con escenarios de estallidos sociales de envergadura.

 

Por eso, tal futuro es incierto, y las variables dependerán de aquellas individualidades con poder político o militar que se envuelvan en tal lucha intestina; con el peligro de que la misma desemboque en un caos político. A ello se unirá un lógico incremento de la oposición política de grupos de poder interno, que presionarían en varias direcciones, incluso una de ellas la de la democratización política.

 

Los disidentes

 

En las escalas inferiores de las castas creadas por el castrismo aparecen todos los disidentes y opositores, incluidos los periodistas independientes y otras agrupaciones, que forman la categoría de las no-personas, que en Cuba son definidas genéricamente como “mercenarios” y que se consideran que cuando se organizan no dejan de ser más que “grupúsculos”. Son las no-personas del castrismo cubano.

 

Muchos “revolucionarios” e individuos de “la masa” consideran “mercenarios” o “grupúsculos” a estas no-personas no porque estén convencidos de que realmente sean mercenarios o grupúsculos, y ni siquiera porque sepan lo que están diciendo al llamarlos así, sino, simplemente, porque es lo que repite continuamente durante años el aparato de adoctrinamiento y propaganda del régimen, y se establece el hábito de hacerlo así.

 

Los que escapan a esa maquinaria propagandística y embrutecedora dirigida por el Departamento de Orientación Revolucionaria del Partido y por el ministerio de Educación, se refieren a todo tipo de opositores y contestatarios, en voz baja y mirando hacia todos lados antes de hablar, como “la gente de los derechos humanos”.

 

Al igual que en el antiguo bloque soviético, la oposición y la disidencia cubana fue el resultado de inviables problemas estructurales del socialismo, con raíces en la supervivencia individual y en el poder unipersonal. La existencia de un vasto y constante presidio político, el aniquilamiento implacable de sus disidentes y opositores, y la masiva violación de los derechos humanos, han hecho de la Cuba de los Castro el último bastión de los estalinistas.

 

Existieron diversos tipos y gradaciones de oposición a lo largo del castrismo. Debido a su desprecio crudo a las masas populares, buscando la preservación del poder y sus privilegios, coartando el ejercicio de la vinculación pueblo-soberanía, pocas voces han podido elevarse contra Castro, dentro de Cuba, sin enfrentar la cárcel o los pelotones de fusilamiento.

 

Cualquier movimiento de disidencia u oposición abierta, pacífica o armada, ha sido escrupulosamente ocultado en aras de presentar una sociedad monolítica; otras veces han sido indetectables para el ojo no previsor. La oposición al sistema se reflejó por largo tiempo en la indolencia de los dirigidos. Muchos en el pueblo cubano se sentían atraídos a apoyar, o temerosos a oponerse, a un victorioso líder mundial que llevaba sus ejércitos a otros continentes y era hasta temido por débiles gobiernos que, con sus adulaciones, pretendían ahuyentar la subversión de origen castrista.

 

Pese a que la dirigencia cubana se siente confiada en manipular y absorber ciertas corrientes opositoras, reorganizando el aparato partidario y el represor para encauzar el descontento, el desmoronamiento del comunismo trajo implicaciones políticas. Los firmes principios ideológicos y la convicción del futuro perteneciente a una sociedad comunista, dados por el ejemplo de la existencia de un vasto campo socialista, se desvanecieron de los militantes cubanos.

 

Si bien la disidencia interna cubana podría considerarse masiva en comparación con lo que sucedía en Europa del Este y la ex Unión Soviética, carece del nivel de consistencia teórica y ético-intelectual como la que existió durante el proceso checoeslovaco, y no alcanza la masividad del sindicato polaco “Solidaridad”.

 

Los exiliados

 

Tanto el exilio como la disidencia interna no han resultado elementos de peso en la transferencia de poder de Fidel a Raúl Castro, pues ambos repiten el mismo esquema de intensas pugnas de partidos y caudillos. La disidencia mantiene un perfil bajo, incluso en este instante de deterioro social y económico.

 

En lo más bajo de la escala castrista de la sociedad, por debajo incluso de las no-personas residentes en el país, aparecen los exiliados, los “gusanos”, la “escoria”, los “apátridas”, los “desertores”, todos aquellos que se fueron del país en cualquier momento antes o después de 1959, y que son continuamente ignorados, insultados, subestimados, despreciados y relegados… menos cuando hace falta su dinero, y entonces son llamados “cubanos de la comunidad”. En otras situaciones, cuando hay que llevarlos a las representaciones diplomáticas castristas en el exterior para pedirles más dinero todavía, así como inversiones en el país que los despojó de sus riquezas y de su condición humana, entonces son llamados por el régimen “emigrados responsables”.

 

La apropiación de empresas por militares y jerarcas de la seguridad y del partido acentúa las divisiones en castas y las violaciones de los derechos humanos, al percibir cualquier gesto de oposición o crítica como una amenaza a sus nuevos intereses económicos. Al no existir ni contemplarse el establecimiento de un poder judicial independiente, la situación de los derechos humanos no puede mejorar, con el peligro de que se repitan ejemplos históricos de ajustes de cuentas locales.

 

El pueblo cubano conoce, por demás, que las dificult­ades emanan del entramado totalitario y elitista que consagra por la fuerza un arquetipo comunista, a pesar de la eterna cantaleta gubernamental sobre “el bloqueo” y “el imperialismo”. Sin embargo, pese al barraje de consignas y lemas, nada se logra en el orden de la producción.  Las masas populares se han resistido tenazmente a colaborar activa y fanáticamente con el castrismo terminal, algo completamente diferente a lo que pretende hacer ver la propaganda del régimen. Por eso, en el pueblo tienen lugar esporádicas o continuas manifestaciones de descontento, pero siempre circunscritas a temas económicos puntuales como la alimentación, la vivienda, los bajos salarios, y los servicios de transporte y comunicaciones.

 

Cada casta desprecia a las demás castas subordinadas

 

Cada una de las castas y subgrupos es intolerante y arrogante con todos los demás que están por debajo en la escala social del totalitarismo cubano, pero casi siempre sonriente y comprensiva hacia los que están por encima.

 

Los “históricos” se sienten y actúan por encima de las leyes, y desprecian a los “dirigentes” y militantes “de a pie” tanto como pueden, pero necesitan de ellos para aparentar una legitimidad de que son queridos y admirados por los demás. Porque “los demás” son los que participan en congresos, conferencias, asambleas y reuniones, y están amaestrados para ponerse de pie cuando haga falta, hacer como que se creen lo que se les dice, callarse si no se les da la orden de hablar, sonreírse al unísono, aplaudir clamorosamente, y gritar y repetir consignas uniformes y monótonas mientras aplauden rítmicamente.

 

Un poco más abajo, los “dirigentes” imponen sus criterios a los militantes de a pie, que también actúan amaestrados y rítmicamente, pero no tan solemnemente como “los demás” hacia los “históricos”, porque eso sería darle demasiado relieve a los dirigentes que no son “históricos”, y esa es una acción demasiado peligrosa dentro de las filas del castrismo de alto nivel. Por eso, en realidad, los militantes sin rango solamente les interesan a los dirigentes cuando hacen falta para materializar las decisiones y arbitrariedades que dan sentido al desgobierno, generalmente en reuniones y asambleas de menos nivel que las que presiden los “históricos”.

 

Los militantes “de a pie”, por su parte, se ven por encima de los “revolucionarios”, y son los encargados de imponer la voluntad de la élite partidista a los “revolucionarios” y a todos los demás, mediante asambleas de centros de trabajo, de estudio o de barrios, en reuniones con “los factores”, y en amenazantes conversaciones en privado con algunas personas que no logran “entender” lo que los militantes pretenden.

 

Cuando existen opiniones diferentes entre ambas partes, se considera que los “compañeros” revolucionarios están mal orientados y deben ser “esclarecidos” mediante “trabajo político” por parte de los militantes, es decir, coacciones y presiones de todo tipo, que no descartan, en última instancia, solicitar la colaboración de “compañeros” de la fiscalía o la seguridad para de conjunto ayudar a “persuadir” a los “revolucionarios”.

 

Quien quiera ver exageración en todo esto, léase la información aparecida recientemente sobre la delegada del Poder Popular en Limones, municipio de Majibacoa, en la provincia de Las Tunas, que se proclama a sí misma como “revolucionaria”, y que reclama la reapertura de una escuela primaria en su poblado, que la burocracia decidió cerrar.

 

Y no puede dejarse de mencionar un sector cada vez más significativo por su volumen, aunque todavía reducido, por su audacia y sus planteamientos, de “revolucionarios”, algunos de ellos militantes o exmilitantes del partido, que no comulgan con el régimen debido a las posiciones estatistas que estos revolucionarios contestatarios consideran que mantienen los dirigentes desde el gobierno para favorecer privilegios e intereses creados. Estos “inconformes” defienden una izquierda revolucionaria que quiere acercarse, pero sin decidirse completamente, a posiciones mucho más apropiadas de la socialdemocracia europea contemporánea que del fracasado “socialismo real”, en un intento imposible de lograr un socialismo de tipo cooperativo, participativo y democrático.

 

Siguiendo cuesta abajo en la rodada, los “revolucionarios” que se consideran “decentes” no simpatizan con el “pueblo enardecido” que aparece un poco más abajo y formando grupos pocos recomendables para el buen gusto y las costumbres, pero no se atreven a manifestarlo, y mucho menos a criticarlos, so pena de poder ser considerados también como “objetivos” de esas pandillas o, al menos, personas vacilantes o que actúan con tibieza.

 

Los revolucionarios “decentes” generalmente miran hacia otro lado cuando ocurre o se está preparando alguna operación de los “enardecidos”, y casi siempre tienen a mano un turno médico salvador, una indisposición pasajera pero inesperada, una emergencia familiar que ya se explicará posteriormente, o un simplemente no aparecer en el momento preciso, con cualquier pretexto posterior, para evitar tener que participar en las turbas.

 

La intolerancia, en este caso, es subliminal y evasiva, difusa: se manifiesta en ignorar la realidad actuando como los avestruces, o a través de la evasión psicológica, física y mental, o la alienación, o un “intelectualismo” extremo, pero nunca en el enfrentamiento a las conductas delictivas que supone la acción del “pueblo enardecido”, que en última instancia es gestada y alimentada por los “dirigentes” que la organizan y los “históricos” que las alientan y permiten. Y eso lo saben muy bien las personas “decentes”, aunque hay que reconocer que, al menos, a pesar de todo no participan en la inmoralidad que suponen los mítines de repudio en cualquiera de sus variantes; no se degradan hasta el máximo posible.

 

Consecuentemente, el máximo de la intolerancia directa lo representa la acción de los grupos de “pueblo enardecido” contra las no-personas de los “grupúsculos” de “mercenarios”, pero también, indirectamente, son acciones contra “la masa”, que tiene que ver y sufrir todo lo que ocurre sin poder hacer nada, y que de hecho recibe una brutal advertencia que podría traducirse, sencillamente, en un “ni te atrevas, porque te pasará lo mismo”. En ese sentido, la única diferencia entre “la masa” y las no-personas, es que a “la masa” no la expulsan inmediatamente del trabajo por cualquier pretexto, ni impiden que sus hijos puedan estudiar, ni la insultan públicamente por todos los medios de difusión, ni la acosan tanto ni tan brutalmente como a las no-personas.

 

Increíblemente, tampoco dentro de las “castas” inferiores la intolerancia desaparece del todo. No es casual, lamentablemente, ver a algunas, no todas, de las “no-personas” residentes en la Isla, es decir, a disidentes, opositores, o periodistas independientes, que no desean ningún tipo de relación con los exiliados (a lo cual tienen todo su derecho si no lo desean), al extremo de considerarlos como si fueran enemigos, o pretender ignorarlos como si no existieran, lo cual, aunque tengan derecho a pensar así, sin dudas que no es la alternativa más inteligente cuando se tiene enfrente a un monstruo de mil cabezas como es el totalitarismo.

 

De la misma manera, hay ocasiones en que algunos consideran que como están directamente en la candela frente a la represión al manifestarse como disidentes o como opositores dentro de la Isla, tienen mucha más autoridad moral que “los que se fueron”, que por haber salido del país ya no tendrían ninguna: criterio extremista y absurdo, que no conduce a ningún lugar conveniente, pero que le viene de maravillas a la dictadura. Es triste ver a quienes no comparten los valores y principios del totalitarismo haciendo “trabajo voluntario”, hasta sin saberlo o sin darse cuenta, para los órganos de la seguridad.

 

Finalmente, en los grupos del exilio no todos son arcángeles. Para algunos grupos de exiliados, la fecha de salida del país es tan definitoria de la legitimidad como lo es para los castristas, dentro de Cuba, la fecha en que una persona “se alzó” o se incorporó a la lucha clandestina. En ambas partes, quienes llegaron después tienen menos “derechos” que los que llegaron primero.

 

Una división absurda que cada vez cobra más fuerza, al menos en las encarnizadas batallas que se pelean diariamente a todas horas en el teatro de operaciones militares del Versailles de la Calle Ocho, en todos los frentes de combate de Hialeah, y en la prensa cubana escrita y radial en español, es la diferenciación, también en “castas”, entre “exiliados” y “emigrantes”, y cada cual podría establecer los parámetros de lo que significa cada categoría, aunque por regla general la diferenciación estriba, fundamentalmente, en quiénes van a Cuba y quiénes no.

 

Otra tendencia absurda comienza a dibujarse en algunos sectores, ya no tan miamenses ni tan “americanos”, que pretenden establecer una rígida división entre “izquierdas” y “derechas” dentro del anticastrismo exiliado, que no parece tener mucho sentido ni tampoco convenirle a nadie, sobre todo cuando cada una de las facciones intenta acercar la sardina a su brasa en cada oportunidad posible, aunque eso debilite el enfrentamiento con la tiranía.

 

Para algunos en el exilio, a veces por paranoia y a veces por envidias y rencores, -sin contar los agentes que cumplen misiones ordenadas en este sentido- la tarea principal se convierte en tratar de desacreditar al máximo a disidentes, opositores, periodistas independientes, blogueros, bibliotecarios independientes, y prácticamente a cualquier persona que no les caiga bien o les parezca sospechosa.

 

Sin dudas, en el enfrentamiento al castrismo dentro de Cuba no están todos los que son, ni son todos los que están, pero debería considerarse que bastantes problemas tienen ya con tener que enfrentar la represión cotidiana y a los infiltrados del gobierno, para tener también que estar recibiendo ataques, sarcasmos, puyas, ataques directos o insinuaciones perversas de quienes se supone que deberían ser en cualquier circunstancia sus aliados naturales, independientemente de las diferencias de enfoque o criterios.

 

A manera de resumen

 

Veamos ahora todo esto de conjunto.

 

Anteriormente, al comienzo de la segunda parte, señalábamos:

 

“… mucho antes de decirle a otra persona que tenemos una percepción alternativa sobre determinado aspecto sobre el que estamos conversando, mucho más fácilmente le decimos que está completamente equivocado. Pero si lo que esa persona dice está en concordancia con lo que pensamos, no decimos que tenemos una opinión muy parecida, sino que esa persona tiene toda la razón del mundo. Así de sencillo.

 

No es fácil acostumbrarse a conversar y responder a un criterio que no compartimos comenzando con una frase como “lo que estás diciendo es muy interesante y yo podría estar de acuerdo con eso, pero tal vez habría que tener en cuenta también que…”. Sin dudas, es un estilo que no parece tener nada que ver con nosotros los cubanos”.

 

Entonces, tratemos de conjugar ahora la interacción de estas realidades, intrínsecas en nuestra psicología, nuestro carácter nacional, nuestra idiosincrasia, en definitiva, en nuestra manera de ser desde que surgimos al mundo no como nación, sino como nacionalidad, para tratar de imaginar cómo pueden funcionar las relaciones entre la élite y las “castas” establecidas por el castrismo, y hasta donde caben la tolerancia y el respeto a las diferencias en una cultura como esa.

 

Naturalmente, no pueden (dis)funcionar más que de manera conflictiva y antagónica, destruyendo y destruyéndose, y hay que olvidarse de la tolerancia y el respeto a las opiniones diferentes mientras existan estas realidades. Esa es la esencia de todo tipo de dictadura, de imposición por la fuerza. Eso es el totalitarismo puro y duro, no hay que darle más vueltas. Y eso forma parte de la involución de la todavía llamada revolución cubana.

 

Pero eso no es lo verdaderamente importante, porque ya eso ahora no tiene solución.

 

Lo verdaderamente importante ahora es preguntarnos cómo es que vamos a resolver todos esos problemas en una Cuba del futuro, en una irremediablemente por llegar Cuba post-castrista.

 

¿Aceptaremos tranquilamente y como si no hubiera sucedido nada la herencia maligna de más de medio siglo de castrismo enfrentando a los cubanos entre sí y destruyendo la nación y la sociedad?

 

¿Cómo vamos a restañar las profundas heridas de esta lúgubre etapa de nuestra historia?

 

¿Seguiremos divididos en castas y admitiendo que, por cualquier razón, puedan existir no-personas en Cuba o en cualquier lugar sobre la faz de la Tierra?

 

¿Seremos capaces de aprender a convivir en armonía, a pesar de las desavenencias y discrepancias, sin considerar que los que piensan diferentes son enemigos o seres diabólicos.

 

¿Podremos llegar a comprender que el consenso social es más importante que la unanimidad -lo cual es relativamente fácil de entender- pero también mucho más importante que el hecho de que seamos nosotros quienes tenemos la razón?

 

¿O es que a pesar de todos los golpes recibidos y tantos años de fracasos y miserias llegaremos a aceptar, o desde ya estamos aceptando, aunque a veces ni nos demos cuenta, que también en las nuevas realidades post-castristas tendremos que seguir viviendo en la intolerancia y La Caverna?

 

¿Acaso queremos ser, pensamos que deberíamos ser, o tendremos que ser, ilustradas bestias salvajes con computadoras y celulares, algo así como australopitecus, neandertales o cromañones del siglo XXI?

 

O peor aun: después de tantos años de castrismo ¿seremos como el Che?

 

(continuará)