Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 Instrucciones para echar gasolina en La Habana a las siete de la mañana

 

Crónica en cuatro partes sobre un viaje reciente a Cuba

 

Alex Heny, Nueva York, en Cubaencuentro

 

-I-

 

Un cuarto de tanque

 

Me fui a Cuba en modo Zen.

 

No voy a criticar lo obvio -que Cuba es obvia hasta su caliza médula-, me dije. Es ocioso, mediocre, regodearse en lo que ya se sabe perenne, me convencí.

 

Allá en Mayami me dan un uhgrái y ya, horas después escuché decir a otro recién llegado. Arengaba a los que supongo eran sus familiares en la oficina donde se rentan autos en el aeropuerto cubano, porque algo no salió como él esperaba.

 

No sea verraco, pensaba al escuchar al viajero declamar su frustración con acento de barriobajero, que a Cuba uno no va a por expectativas, me hubiera gustado decirle. Me alegré otra vez de la paz de mi espíritu.

 

Cuba se toma o se deja, pero no se compara. No es Jayalía, Madrid, Nueva York. No es DF, Caracas o Buenos Aires adonde se llega.

 

Cuba, y su adelantada, La Habana, son únicas; cápsulas extravagantes donde se mezclan a trompicones lo obsoleto y lo moderno, el mendigo y el pionero. Es mi ciudad natal, destino para turismo de decadencia, que es la que ya no es mi Habana.

 

Claro que no le dije nada de eso al quejoso miamero; estaba yo además tratando de solucionar mi propio asunto inesperado. Estaba también relajado, alegre, en éxtasis, por haber abrazado a mi hija -que esperaba junto a su esposo afuera de la oficina- y por tener aún su sollozo en mi hombro.

 

Fui esta vez, como he ido siempre a Cuba, por deber filial. Nunca he hecho el atropellado viaje para perderme en francachelas de cerveza, dominó y baile -que tampoco se me da muy bien-, mucho menos a tocar claves fuera de tiempo o a ir de putas.

 

Allá voy a sumergirme en mi familia. Voy a escucharlos, a dejar una palabra de aliento, una palmada en la rodilla, a llenar los congeladores con paquetes de pollo sanguinolento, a comprar cantidades absurdas de papel sanitario.

 

Disfruto desayunar, merendar, almorzar o cenar con mi gente, a reírme de las expectativas, y de la falta de ella. Me deja satisfecho llevar a mi padre al extremo más remoto de La Habana a que por fin compre una “cajita”, el convertidor de señales que hará que los canales de televisión por fin se vean y escuchen bien - que no hay caja que arregle el contenido, eso no tiene remedio.

 

Lo llevo además al viejo a que le tomen molde de la oreja para un aparato para su sordera, a que se haga análisis de sangre, y un ultrasonido de próstata y vejiga -está entero, mi viejo, le dice el médico y mira asombrado el esfigmomanómetro que muestra ciento veinte con ochenta de presión arterial de este sobreviviente de ochenta y ocho años de edad.

 

Grosso modo, a eso voy.

 

A los tres días, sin embargo, y debo admitirlo sin el menor asomo de vergüenza, mi paz se quebranta y comienzo a escribir, o al menos a pensar, estas notas. Así que debo regresar al principio, al momento cero, aeropuerto John F. Kennedy, en Nueva York, a las siete de la mañana, con una agradable temperatura de un grado centígrado.

 

La Habana, 1ºC

 

¿A cuántos destinos viajan las decenas de aerolíneas que brindan su servicio en el aeropuerto John F. Kennedy? ¿A cientos? ¿Un millar? ¿Usted lo sabe? Yo no lo sé.

 

Solo sé que esa singularidad planetaria que son Cuba y sus viajeros tiene sus propios letreros, colgados por doquier en la Terminal 5 de JetBlue en el JFK: unos carteles amarillos con letras negras que indican cómo llegar a la cosa cubana que está allá, aparte, en cuarentena, excepcional, extraña, en la zona de llegadas por demás, y no en la de partidas.

 

Un par de escollos más tarde -insalvables para el ciudadano americano de origen no cubano- se llega a la puerta de salida donde todo dice -qué digo: grita- Cuba: sombreros alones y ropa de camuflaje, collares de santería y zapatos dorados, cuerpos pasados de peso -emulando con los equipajes- envueltos en ropa demasiado ajustada. Modo y estilo que nos (los) marca, ya que no distingue.

 

Además, están allí los inevitables que, desde ya, llevan boina verdeolivo ladeada, bandera cubana cosida a una mochila, zapatos tenis astrosos, barba descuidada y yo, rehén de mis estereotipos, supongo que escuchan a Carlos Puebla en los audífonos que cuelgan hasta sus iPhones.

 

Tres horas más tarde el aeropuerto es otro; el resto, es igual. Quizás peor.

 

Mi último acto en tierra estadounidense fue tomarme un capuchino triple. Mi primer acto en tierra cubana, antes de llegar a los abúlicos aduaneros, fue orinar. Si usted necesita ir al baño en la zona pre aduanas de la Terminal 3 en el aeropuerto José Martí, mire a la izquierda cuando entre a ese salón cavernoso que usted bien conoce.

 

El baño que verá huele a orines. Solo funciona un urinario. Los otros tres están fuera de servicio, cubiertos con un plástico blanco, como si de extraño luto estuvieran por la orina de los recién llegados.

 

Soy el primero que entro al baño y, cuando termino de orinar, ya hay tres personas que esperan con mal disimulada urgencia. No hay jabón, papel ni secador para las manos, pero hay agua. Me enjuago los dedos, me los seco en el pantalón sin pudor alguno, le sonrío a los que esperan y salgo del baño.

Bienvenidos a Cuba, dice en un cartel.

 

Cuando entrego los pasaportes -que somos dos en uno, santísima dualidad- siento un súbito remordimiento por el aduanero. Usé mi mano izquierda, la de orinar, y ahora los documentos, están untados de invisibles fluidos genitales. Pero el sentimiento es tenue, así que lo supero y avanzo.

 

“Compañero, levante los brazos”, me dice, cuando un poco más adelante cruzo por el marco de detector de metales y se escucha un pitido, una jovenzuela vestida con un uniforme de color que no logro definir y que parece de becado. La funcionaria blande otro detector, este portátil. No me molesta la orden. Ni siquiera la ausencia de un “por favor”, que hubiera convertido el por demás común procedimiento de revisión en otra cosa algo más amable. Al cabo ya he tratado lo suficiente con aduaneros de tres continentes como para saber que su estado natural es de rispidez y paranoia.

 

Lo que me molesta es que yo no soy un “compañero”.

 

Cuando me fui de Cuba y bajé del avión de Aeroméxico en el DF, hace veinte años, ya no era compañero, compañera. Yo soy huero, un puro, un señor, un caballero, el consorte que parqueó el carrito azul, como dijera días después un velador de parqueos. Soy un habitante. Pero no compañero. Compañeros son los bueyes, mi padrino dixit.

 

“Ya. Puede irse”, me autoriza la compañera, irrumpiendo en mis pensamientos.

 

Me tienta tenderle mi mano. No la derecha, la de escribir y saludar, sino la izquierda, y estrechar la suya en fraterna despedida, pero le doy la espalda y en breve salgo al sol, al país donde, y yo no lo sabía, o ya se me había olvidado, ponerle gasolina al auto es un absurdo cotidiano.

 

-II-

 

Dos cuartos de tanque

 

La Habana, 23ºC

 

Esta es una historia verdadera.

 

Es fiel a los hechos, e hilvanada con absurdos de los que los emigrantes cubanos cuentan con gozo y alivio. Anécdota recurrente, que se repite una y otra vez, riendo a carcajadas, allá lejos y a salvo. Pero yo no lo estoy, ni lejos ni a salvo pues, caramba, porque heme aquí otra vez, como si fuera hace treinta años o siempre.

 

Le cuento.

 

Para ponerle gasolina al carro, Usted, como en cualquier otro lugar el planeta, lo estaciona junto a la bomba dispensadora. Hasta ahí llegan todas las similitudes.

 

La bomba de gasolina especial, porque si echas otra te vas a quedar botao, me había dicho el empleado de la agencia de autos en el aeropuerto, entre sorbos de agua helada que tomaba de una botella plástica de dos litros, y un par de eructos, apenas sofocados, que hacen que se estremezca su panza prominente bajo la ajustada camisa.

 

Usted vaya a la ventanilla aquella allá y le dice a la persona qué es lo que quiere, me instruye en el procedimiento ahora un señor que está a cargo de la manguera de aire en la gasolinera y que, en caso de necesidad, a cambio de unas monedas le pone aire a los neumáticos de los autos que se detienen allí.

 

Un buen trabajo, dadas las circunstancias. Yo no necesito aire (en realidad necesito respirar) sino gasolina, especial, así que me voy a la ventanilla, que está cerrada. Pero hay una puerta. La abro y entro al reducido local tras la ventanilla. Buenos días, saludo.

 

No es una persona sino tres las que hay en el pequeño expendio: un joven negro, gordo, que viste un pulóver con el logotipo de CIMEX, creo, y que ni siquiera mira en mi dirección cuando saludo; un joven blanco y barbado que pasaría por hipster en Nueva York, que tampoco responde mi saludo, me da la espalda y continúa en silencio acomodando algo en un estante; una muchacha trigueña, la cara lívida de sueño, desmaquillada, el cabello desarreglado, que al menos me mira cuando pregunto qué hay que hacer para ponerle gasolina al auto.

 

Miro por la ventana y cuento ocho autos que esperan para poner gasolina. La muchacha, que resultó más tarde ser la cajera -y hasta su nombre supe, como se verá-, regresa al manoseo de unos papeles y, mientras mueve de un lado a otro unos frascos plásticos llenos con algún líquido que puede ser aceite de motor o concentrados para refrescos, me dice que tengo que esperar al cambio de turno.

 

Cambio de turno.

 

Coppelia, en el cambio de turno de las seis de la tarde. La cola de tres horas para tomarse, devorarse, seis o siete bolas de helado. La pizzería, cambio de turno. Cafeterías, funerarias, hospitales, la ciudad en cambio de turno. El cambio de turno, paralizante, que nadie logró jamás evitar.

 

Y La Habana, por lo que se aprecia, se sigue despertando a los cambios de turno. Y al humo.

 

Esta era la tercera gasolinera que había visitado esa mañana. Las otras dos estaban cerradas por falta de gasolina, o por reparaciones, o simplemente cerradas. Estoy a una cuadra de Acosta y 10 de Octubre, casi mi barrio, y la mañana hiede a combustible azufrado.

 

Dejo a los tres empleados en su silencioso cambio de turno y salgo del expendio. Me recuesto a la pared, pintada en un verde -o azul- desvaído, veteada por el hollín grasoso -me voy a cagar todo el pulóver, pienso, pero de alguna manera no me importa- y me dispongo a escribir esta nota en mi teléfono.

 

En la acera de enfrente, la de Lawton, el sol por fin asoma por encima de las casas que hasta ahora lo tapaban, y me abofetea. El aire, delatado por la luz terrible, se torna opaco. La temperatura sube como si algún sádico hijo de puta hubiera encendido la calefacción.

 

Diez minutos más tarde hay quince autos esperando en la diminuta gasolinera. La cara me arde. Los choferes muestran paciencia; conocedores de lo que está sucediendo, nada los espanta. El estoicismo –mansedumbre- de los que bregan con la habitual disfuncionalidad cubana merece un análisis y comentario que no me atrevo ni deseo escribir porque me recuerda a mí mismo.

 

Hay una inmovilidad agobiante en la gasolinera.

 

A pesar de haberme hecho aquel propósito, mientras me tomaba aquel capuchino super caro e hipercargado de café en el JFK, de tomarme las cosas con calma, se me va agotando la cuota de tolerancia de esta mañana y decido irme a probar suerte a otra gasolinera.

 

Al cabo tengo tiempo, consideré: dejé a mi padre en el policlínico de Santos Suárez - tiene el nombre de algún muerto, el policlínico, pero no lo recuerdo. Mi memoria ya no es la que era. Y esto es por lo menos dos horas, me dijo mi padre. La espera, no la pérdida de mis memorias que me temo es definitiva.

 

Atravieso La Víbora. Paso por otro par de gasolineras, Mayía Rodríguez y Santa Catalina, Santa Catalina y Vento. Cerradas, sin combustible. Ya comencé a entender el mensaje de los conos naranjas colocados en los accesos a las bombas de gasolina: no pierdas el tiempo en detenerte, no hay nada para ti aquí.

 

Decido entonces ir directo a la gasolinera que está en Santa Catalina y Avenida Boyeros. Es céntrica. Es razonablemente espaciosa. Allí, me digo, debe haber gasolina. Especial. Para no quedarme botao.

 

Sin perder más tiempo, allá voy.

 

La Habana, 25ºC

 

La Habana tiene color y olor.

 

El aire es azul; no el azul de la locura de los Zafiros, ni el aqua de Santa María al amanecer, cuando aún no llega la turba. Es otro azul, químico, azul espeso, letal, tóxico, fétido, azul carbonilla, azufre azul, gas para suicidas. Es humo, lo azul que embarra el aire de La Habana.

 

El aire tóxico se renueva cada mañana.

 

El del día anterior es la nube oscura, el cordón negruzco que bordea La Habana por todo el litoral norte en las mañanas, y que alcanzo a atisbar desde la azotea de casa de mi padre. Se extiende desde más allá del túnel de la bahía hacia el oeste, quizás hasta el Mariel: es la inversión térmica, el aire contaminado, aliento de bestia, que lentamente se arrastra durante la noche desde la ciudad hasta el mar.

 

En el hedor de La Habana predomina el vaho azufrado del residuo de la quema ineficiente de gasóleo y diesel. Su intensidad varía, dejando entonces lugar al tufo sofocante del alcantarillado y al miasma dulzón de la basura fermentada.

 

Mi hija y su esposo me escuchan atentos cuando les explico mis experiencias sensoriales. Inmunes como todos los habaneros a la pestilencia que los envuelve, guardan silencio, asombrados y corteses.

 

Viajábamos esa mañana hacia el oeste, nostálgicos y hambrientos.

 

Vamos a un restaurante campestre que está a la entrada de la carretera que lleva desde la Autopista Nacional hasta Soroa, y cuyo nombre he olvidado. Allá había estado varias veces, en visitas anteriores, con mis padres, con mis hijas niñas, pero sobre todo con mi madre, que gustaba del lugar, fascinada por el rural y rústico ambiente y la buena comida. Mi madre nunca dejó de ser una guajira habanera.

 

La primera vez que allí almorzamos, al regreso de una visita a la familia en Pinar del Río, nos sirvieron una fuente de yuca, abundante, crema sedosa, como debe comerse la yuca, con manteca de puerco, empellas, cebollas, ajo y naranja agria. Tanto la alabó la vieja que el dueño del lugar, guajiro restaurantero, emprendedor, y amable, le regaló un saco de yute a medio llenar con yuca recién desenterrada, olorosa a tierra húmeda. Es de allá, allá la sembramos, le dijo, señalando hacia algún lugar tras la carretera que bordea el restaurante.

 

Han pasado quince años.

 

Fue la nostalgia, mi nostalgia, la que nos llevó de regreso al restaurante.

 

El lugar ha resistido el embate del tiempo y nada parecía haber cambiado. El olor es el mismo, aroma herbal de boñiga de caballo, dulce humo de leña, el umami de la tierra mojada y fértil. Hay varios perros. Satos, esbeltos, mestizos, verdugos, parientes lejanísimos y lejanos de las mascotas bitongas del primer mundo. Se acercan, expertos, por un trozo de comida, pero no acosan. Todo parece estar igual. Pero pronto sabría que no lo estaba.

 

El menú es breve y no necesita estar escrito. Es la fórmula que le trajo el éxito a este negocio, platos básicos, apenas media docena, bien hechos: cerdo frito, chuleta de cerdo, pollo frito, lomo ahumado. Esta vez, también bistec de res, a secas, bastardo y enigmático. Dos de mis invitados se decantan de inmediato por este último manjar. Años que no lo pruebo, me dice uno de ellos.

 

Sé bien que la carne de res de por acá tiende a ser dura, correosa, con cordones de grasa sólida, de consistencia plástica. Pero no me atrevo a sugerirles otro plato para evitar malentendidos. Tras breve espera nos traen el almuerzo. Las porciones son más pequeñas que antes. Las de las carnes, y las guarniciones. El arroz congrí viene en platitos para postre. La yuca ya no es una fuente generosa sino unos cuadritos, apenas aderezados, servidos en otro plato diminuto.

 

Para colmo, ya no hay maestría guajira en la hechura. Pido un mojo para regar la carne frita que he pedido -dura, mal cocida- y tengo que explicarle a la mesera qué es ese mojo que le solicito. Cuándo se ha visto que pinareños coman sin un mojo de manteca de cerdo con ajo y naranja agria en la mesa, me asombro.

 

Mis invitados mastican su bistec de res con visible esfuerzo. “Está muy duro…”, dicen al fin. En algún momento se sacan de la boca un amasijo intragable y se lo lanzan a los perros que, sabios, se habían sentado a esperar a unos metros de distancia.

 

Mi hija corta su chuleta de cerdo. Huele a podrido. Esta carne huele a podrido, le digo a la mesera que acudió presurosa a mi llamado. Elevo el plato y lo acerco a la cara de la muchacha. Lo huele y da un discreto respingo. Sin decir palabra se lo lleva a la cocina. Regresa tras unos instantes, nos ofrece una amable disculpa. Le puedo traer pollo, si la muchacha (mi hija) gusta.

 

Pero la magia del regreso, sobre el que Joaquín Sabina alerta -nunca regreses a donde fuiste feliz-, estaba hecha añicos, mi hija asqueada, yo decepcionado.

 

Descontaron la chuleta de la cuenta, ya moderada de por sí, lo cual fue la única buena noticia. Los bistecs de res no, que duro no es lo mismo que putrefacto. Nos marchamos del lugar con la certeza de que solo regresaremos a los recuerdos de tiempos mejores y ya nunca a este restaurante campestre, que está a la orilla de la autopista Nacional, en la entrada a Soroa, y cuyo nombre he olvidado.

 

-III-

 

Tres cuartos de tanque

 

¿A quién se acusa por andar destruyendo buenos recuerdos?

 

¿Serán los culpables la avaricia, los costos, la desidia, los inspectores venales? Qué sé yo. Vamos, que ojalá fuera en realidad que “¡el criminal bloqueo imperialista que agrede a nuestro país, etc!” fuera el culpable de que nos hayan servido una chuleta de cerdo podrida -que, colmo de males, se veía apetitosa-, para no tener que culpar por tamaña negligencia al dueño irresponsable de ese restaurante campestre que alguna vez fue muy bueno. Al cabo el bloqueo, como el papel, aguanta todo lo que le pongan.

 

Solo sé que se tragaron aquel lugar -el restaurante campestre, a La Habana, a Cuba- y lo regurgitaron mediocre, degradado.

 

No puedo menos que preguntarme si el culpable de tamaña infamia será el mismo que trituró las calles de mi barrio. Mi barrio parece que ha sido bombardeado. Así está desde hace casi dos décadas y sigue empeorando. También talaron los almendros, aniquilaron los ocujes, cementaron los jardines, tapiaron los portales, chapotean en los salideros, verdes de limo, y se cubren con espantosas rejas a medio oxidar.

 

Y al cine Los Angeles, que parece pasado por cien años de envejecimiento en una máquina del tiempo, ¿quién lo mutiló de esa manera? ¿Habrá sido el mismo que motea las aceras con mierda de perro que al sol se endurece y que la lluvia convierte en parduzca jalea?

 

¿Alguien? ¿Todos? ¿Cuba? Lo cierto es que esta es una latitud de fin de mundo; todo se degrada, se pudre, se torna en parda y hedionda mancha que la lluvia arrastra por la calle oscura.

 

La Habana, 28ºC

 

Me abro paso rumbo oeste por Santa Catalina entre autitos, almendrones, camiones, guaguas, motocicletas y el humo. Hay mucho humo. Y una marea de mujeres hermosas, sensuales, que vadean la mugre de calles y aceras como flores un estercolero.

 

La Ward conserva su distintivo letrero en cincuentera cursiva. Me distraigo por un segundo, enredado en un par de recuerdos, e invado el borde del carril contrario. Un claxon brama en la distancia.

 

Además de encontrar dónde ponerle gasolina a su auto, para manejar en La Habana usted necesita un claxon. Pitas, luego existes, parece ser la idea. El que tocó el claxon viene tan lejos que me daría tiempo a hacer dos giros de tres puntos en la avenida, antes de que nos cruzáramos. Pero el sentido de la distancia o la ocasión no parece ser importante para los dueños de los claxons.

 

Al fin llego a la gasolinera, al final, o principio, de la Avenida de Santa Catalina, que sin los flamboyanes floridos es lóbrega. El tráfico en Boyeros ya es considerable a esa hora, y me alegra ver que hay solo tres autos esperando en el lugar. Me estaciono. No veo empleados. Nadie porta una manguera para inflar neumáticos con aire libremente convertible. El turno de la mañana no ha llegado, me dice un hombre con aire de resignación. Los de por la noche cerraron hace un rato y se fueron, añade una señora, vestida con ropa floreada, que nos observa a mí y a mi auto con expresión de desconfianza.

 

Tuve la ocasión de explicar -más bien exponer- en esos días, en varias ocasiones, que el problema no es Trump.

 

El problema, les conté, es ese entre treinta y cinco a cuarenta porciento de los encuestados, esa base electoral de ese presidente, que es incondicional de su ineptitud y que va a seguir ahí, en Estados Unidos, cuando Trump solo sea un mal recuerdo.

 

Son ciudadanos que consideran que la inmigración es más nociva que beneficiosa, que quieren América para los americanos, les comento. Y hay cierto fundamento en ello, abundo, y los ojos de mis interlocutores se dilatan con la sorpresa.

 

Estados Unidos, les digo, es el único país del Primer Mundo con una lotería de visas, visas tipo premio que obtiene cualquier persona, sin que medie un análisis de sus méritos como ciudadano, sus calificaciones académicas, sus habilidades personales, sus finanzas. Países como Canadá, Australia, o Nueva Zelanda, por solo mencionar tres naciones de raíz anglosajona, tienen políticas migratorias mucho más estrictas, y a nadie se le ocurre increparlos por ello, les comento.

 

Pero hay algo más importante, insisto, y me observan ahora en sombrío silencio.

 

Trump no la tiene cogida con Cuba, ni está pendiente de Cuba, ni le interesa Cuba. Cuba está si acaso en la periferia de la agenda del Gobierno de Estados Unidos, fuera de foco, bien abajo en la lista de “to do” de la actual administración.

 

Lo que ha ocurrido es que Cuba, y los cubanos, han perdido una parte fundamental de sus privilegios migratorios al derogar Obama, y no Trump, la normativa de “pies secos/pies mojados”. Por esa razón Obama, y no Trump, colocó a Cuba, y a los cubanos, en el mismo lugar en que ya estaba el resto de los países generadores de migrantes del planeta, algo más de un centenar.

 

Añado que a los cubanos les queda todavía como refugio excepcional la Ley de Ajuste, y que es probable que esta desaparezca a corto o mediano plazo. Y todo será entonces aún peor que ahora, sin importar cuál sea el presidente de Estados Unidos, su política o su raciocinio.

 

Los presidentes de Estados Unidos, tengan en cuenta eso, les insisto, se ocupan de los problemas de Estados Unidos y hacen lo que consideran mejor para ese país. Le corresponde entonces al Gobierno cubano, y no al de Estados Unidos, arreglar el desastre que se llama Cuba.

 

Ni el Gobierno cubano, ni los cubanos de cualquier color político, deben esperar que sea Estados Unidos quien resuelva los problemas de Cuba.

 

Esas conversaciones me confirmaron que la verdad hay que dosificarla, so pena de provocar un choque anafiláctico. La doctrina, toxina mental, actúa como anticuerpo y rechaza de oficio ese tipo de argumentos.

 

Me pregunto cuál hubiera sido la expresión de la señora de la ropa floreada de haberle yo explicado esa mi versión alternativa a la diaria bazofia con que los alimenta el NTV, Granma y demás, de haberme yo quedado a esperar a que apareciera el turno diurno de la gasolinera de Santa Catalina y Boyeros.

 

Pero no me quedé.

 

Lo cierto es que fue muy mala mi decisión de dejar malo conocido por bueno por conocer, de agarrar la vereda, dejar el camino y huir, impaciente, de aquella gasolinera estática y su somnoliento cambio de turno. Tiene uno mucho que aprender de los choferes mansos de La Habana.

 

Remonto entonces Santa Catalina, cegado por el sol -esta vez voy hacia el este- y la bruma del humo. En Juan Delgado tomo derecha pues Santa Catalina está cerrada por reparaciones hasta 10 de Octubre. Sigo hasta Acosta, por Acosta hasta Diez de Octubre, allí derecha, una cuadra y de nuevo la gasolinera donde ya se había terminado el cambio de turno y solo quedaban un par de autos junto a las bombas.

 

Bueno, al menos paseé un rato, me digo.

 

Entro de nuevo al local donde ahora hay cinco empleados. Hay una cola para pagar en la ventanilla, abierta y atendida por la muchacha desaliñada. Les digo que voy a llenar el tanque. El gordo me indica que use la bomba número dos. Hago algo mal y no sale la gasolina. Maldigo, más molesto conmigo mismo que con el engorroso procedimiento.

 

Ahora es el hipster el que sale de la tienda, con cara de pocos amigos. Hace algo en la bomba, dale ahora, me dice, se da la vuelta y entra de nuevo al local. Ahora sí. Lleno el tanque, le digo al señor de la manguera de aire que no, gracias, no necesito aire, le digo que sí a un muchacho que se lanza a limpiar los cristales del auto, y entro el expendio a pagar mi consumo.

 

Cuarenta y siete CUC, dice la muchacha desde la ventanilla, y le pide al seudo hípster que me atienda. Este extiende la mano, cuarentisiete, me dice.

 

Saco la billetera y solo tengo diecisiete CUC porque, me cago en el mercado negro de cambio de moneda, se me había olvidado cambiar dinero…

 

-IV-

 

Tanque lleno

 

Para mi sorpresa y desencanto, el sandwich cubano que comía en La Habana, tal y como lo recordaba -generoso, de dos pulgadas de alto, pan tostado, jamón firme y lleno de sabor- ha sido sustituido en muchos lugares con el llamado Elena Ruth, Elena escrito con H, y Ruth pronunciado como Ruz, horror de apellido para cualquier cosa, aunque sea un emparedado.

 

En lugar de pavo, que es el ingrediente original, le ponen pechuga de pollo, igual de seca e insípida. Le sugiero a mis invitados, mientras leemos el menú en una cafetería en Primera y algo, en Miramar, lugar con una decoración sui generis, con muy buen café y una oferta interesante -para variar, no recuerdo el nombre del lugar- que pidan le pongan jamón en lugar del pollo, y parece gustarles la idea.

 

En mi casa, mucho antes de que yo supiera que una Elena Ruth se comía las sobras del pavo de Thanksgiving con mermelada de fresa y queso crema, mi madre preparaba “discos voladores”, bien tostados, con dulce de guayaba en lugar de mermelada de fresas, queso crema y jamón viking -viki viqui, biqui, biki-, que yo no sé a derechas cómo se escribe el nombre.

 

Juana Bacallao, y no Helena o Elena Ruth, me gustaría como nombre para esa variante de más sabor que merendábamos en mi casa, salao con dulce tropical, muy de La Habana,  muy de mis días en La Habana.

 

Pero tengo la impresión de que, en la búsqueda de lo diferente -y que, por el bien de la buena competencia, así sea-, Elena Ruth, con H y apellido infamante, seguirá invadiendo los menús de esos pininos de buen capitalismo que son las cafeterías habaneras que, importadas de Miami, han proliferado en La Habana como el salpullido en verano.

 

Esa tarde, ya solo en el auto tras dejar a mis invitados en sus casas, hice un alto en un paso peatonal.

 

Una señora atraviesa la calle. Camina lento, con un fatigoso bamboleo. Pasa frente al auto sin mirarme. Enciendo el radio. Un hombre con voz engolada y tono aleccionador dice que no podemos vivir un día sin Fidel. Me apresuro a oprimir la tecla de búsqueda de estaciones.

 

La señora ya casi llega a la seguridad de la acera opuesta. Ahora cruza un hombre que mira en mi dirección por encima de sus espejuelos oscuros.

 

En el radio, en otra estación, otra persona dice que el Ballet Nacional de Cuba también participará en los homenajes por el aniversario del tránsito de Fidel hacia la eternidad.

 

Los angustiosos eufemismos, símiles y metáforas para sustituir “Fidel está muerto” parecen no tener fin. De las loas hiperbólicas y la beatificación en curso, mejor ni hablar. Solo diré que hay un repugnante tufo norcoreano en todo lo que concierne a los hermanos Castro.

 

Oprimo de nuevo el botón de búsqueda en el radio. Dice, ahora una mujer, que a Fidel le han otorgado un doctorado honoris causa post mortem en una universidad nicaragüense.

“Manda pinga...”, murmuro, y apoyo la cabeza en el volante. El hombre curioso de los lentes de sol confunde mi gesto de hastío, acelera el paso, y deja la vía libre.

 

Acelero con innecesaria brusquedad y me lanzo a atravesar la humareda.

 

La Habana, 33ºC

 

“¡Cacha, mira esto: ESTE no tiene dinero para pagar!”

 

Cacha es la cajera somnolienta; el que grita -porque fue un grito, no una exclamación- con una nota de histeria en la voz, es el seudo hípster; y “este”, pues soy yo.

 

Con la billetera en una mano, los diecisiete CUC en la otra, trato de reprimir el familiar calor que se extiende por el diafragma, me calienta el pecho, sube por la garganta, hace que me sonroje -lo sé sin que haya espejo- y socava mi raciocinio. Que no puedo perder la calma, coño. Bajo la vista un momento. Inhalo profundamente, exhalo suavemente. Me concentro en el centro de mi cuerpo. Cuento hasta tres, luego hasta cinco, y diez.

 

Todo para poder mirar a los ojos del energúmeno, con falsa calma, y responderle en voz baja.

 

“Yo SÍ tengo dinero para pagar”, le digo, y muestro el borde de la billetera por donde se asoman dólares de diferente denominación. “Lo que no tengo son CUC”. La palabra CUC me sale con cierto desdén que me gustaría evitar, pero es ese calor traicionero, que me hace hacer tonterías.

 

“A ver…”, dice el muchacho. Extiende el brazo con rapidez, trata de hacerse con mi billetera.

 

Muevo la mano en que sostengo la billetera y la pongo fuera de su alcance. “Calmado, chama, calmado…”, le digo en voz aún baja, y el seudo hípster retira su mano lentamente. Inhalar, exhalar. “A ver, ¿dónde puedo cambiar dinero por aquí cerca?”, le pregunto. “¿A esta hora? En ningún lugar…”, responde con voz chillona e innecesariamente alta. Y lo acompaña con un mohín de disgusto ante mi ignorancia de cosas tan elementales como a qué hora abren los lugares que cambian dinero por papelitos.

 

“¿Cuánto le falta?”, tercia entonces Cacha que, mientras atendía a los que pagan por la ventanilla, algunos con efectivo, otros con tarjetas, mantenía un ojo en nuestro intercambio. “Uff… ¡Un camión de dinero!”, le responde el empleado con un alambicado aspaviento, que termina colocando las palmas de sus manos sobre el mostrador. Bajo el cristal hay cosas para la venta que no atino a identificar.

 

La muchacha deja la ventanilla, sin cruzar palabra con los que esperan su turno para pagar, y que ahora miran con curiosidad lo que sucede de este lado de los cristales. La cajera trae una calculadora en la mano. El muchacho se hace a un lado y Cacha ocupa el lugar que este dejó libre, frente a mí.

 

“A ver… Son cuarentisiete, tiene diecisiete, debe treinta…”, oprime con destreza las teclas de la calculadora. “Le voy a comprar los dólares a noventa y tres centavos”, me propone a media voz. El precio es bueno, lo sé de mi experiencia previa con la compra de CUC en el mercado negro de divisas. Asiento, aliviado. Me dice una cifra, le entrego el dinero y me devuelve tres dólares. “Y le debo los centavos…”, añade. “Usted es una persona lista…”, le respondo mientras coloco los billetes en la billetera. La muchacha no dice nada y solo me mira inexpresiva.

 

“Oye”, le digo entonces al muchacho, que en silencio había presenciado la transacción, “Treinta CUC no es un camión de dinero: no te da ni para una bicicleta”. Antes de terminar de decirlo ya sabía estaba hablando de más. Que debía haber dado por terminado el incidente y haberme marchado en silencio; al cabo era mi culpa no haber tenido el dinero necesario listo para pagar por la gasolina.

 

Además, qué coño hago yo a las siete de la mañana de un lunes en La Habana, casi en Acosta y Diez de Octubre, respirando vapores de diesel, comenzando a sudar el día, protagonizando un pequeño espectáculo que alguno de los empleados o clientes contará en la sobremesa de esa tarde. Un tipo ahí, tú sabes, se creen mucho, vienen de allá, tienen cuatro pesos, se creen mucho esos tipos.

 

“Ah, ¿si? Será poco para ustedes, porque para nosotros, aquí, sí es mucho dinero”, respondieron casi al unísono Cacha y el muchacho. Eso. You had it coming. Tu echa gasolina a su manera, la complicada, paga lo que debes, perdona la tontería ajena, restringe la propia, y vete al carajo. Zen es la idea, consorte del carrito azul. Zen.

 

Pero la moderación no es la mejor de mis virtudes.

 

Ya no respondí pues no había más que decir. Les di la espalda y salí del expendio, sin darle otra oportunidad a ese calor, siempre inoportuno, a jugarme otra mala pasada.

 

“Señor, ¿no tiene otra cosa? Porque con esto no hago mucho…”, me dijo el hombre que había limpiado los vidrios del auto, cuando le di un dólar. “No, mi amigo, lo siento, no tengo otra cosa…”.

 

Le palmeé el hombro, me subí al auto y me alejé de la gasolinera, dando tumbos en las calles minadas de baches -la turbulencia, le llama mi papá-, bajo la mirada curiosa de los choferes que, pacientemente, esperaban su turno para pagarle la gasolina a Cacha, la cajera lista, en la ventanilla del expendio del CUPET-CIMEX Lagueruela, en Diez de Octubre y Consuegra.

 

***

 

Mientras esperaba la hora de tomar el avión de regreso a Nueva York, tuve una placentera conversación de casi tres horas con mi hija y mi yerno sentados en una cafetería de la Terminal 3 del aeropuerto José Martí. En el ínterin me comí dos sándwiches, bien tostados, y me tomé cuatro o cinco cafés dobles, cortados.

 

Tras dos horas y cuarenta y cinco minutos de vuelo, mi primera acción en el JFK, antes de pasar por la aduana -How is family? And the old country? Welcome home...- fue un mensaje de texto a mi esposa, “Llegué”, y otro con un selfie de mi cara sonriente a mi hija menor.

 

La segunda, y con urgencia, fue ir al baño a orinar. Como les decía, no voy a comentar lo obvio.

 

Mi esposa y mi hijo me recogieron fuera de la terminal 5 de JFK. Abrazos y besos. Miré de reojo el indicador de la gasolina. El símbolo que advierte que el nivel de combustible está peligrosamente bajo estaba encendido.

 

“Hay que echar gasolina…”, me dice mi esposa, al tanto de mi mirada.

 

“No me digas…”, digo en tono angustiado.

 

“¿Qué pasó?”, me preguntó alarmada mi esposa.

 

“Nada, no pasa nada…”, y sonrío.

 

Mi hijo parlotea en el asiento trasero. Me reclino en el asiento, bajo el vidrio de la ventanilla, y respiro el aire frío, fresco. “Es Nueva York, hay ocho grados centígrados…”, digo sin dirigirme a nadie en particular.

 

“Anjá…”, responde mi esposa, mirándome de soslayo, entre burlona e intrigada.

 

La silueta de Manhattan se perfilaba a varios kilómetros de distancia en el aire transparente de la noche. A mi esposa le tomó unos tres minutos llenar el tanque de combustible en una gasolinera cualquiera, cuyo nombre nunca sabré.

 

De nuevo en modo Zen, estoy en casa.