Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                    Ileana Fuentes, Miami

 

 

 

 

                                                       

 

 

Apuntes para una nueva Historia de Cuba ( I I )

VIII.- Apiádate de mí, Santa Bárbara bendita…

 

… ¡Qué si el secretario del núcleo del Partido no me deja en paz voy a tener que acostarme con él o perderé este cabrón trabajo!

 

El acoso sexual es tan normal en Cuba que ni las propias cubanas se dan cuenta de que sus jefes las están atropellando con sus exigencias de chulo de barrio. No hay mucha conciencia en la Isla sobre lo que constituye el acoso sexual, claramente identificado en gran parte del mundo civilizado desde el momento en que uno de los sexos -usualmente el masculino- ejerce supremacía y poder sobre el otro sexo -usualmente el femenino- y se desatan acciones y hostigamientos se índole sexual contra la mujer subalterna, e incluso entre iguales, haciendo depender la seguridad del trabajo, un ascenso, y hasta algún triste privilegio, del consentimiento mismo de la subalterna -la secretaria, una alumna, la doméstica, la empleada- a entablar una relación sexual con el prepotente superior.

 

Cierto que hay mujeres que asumen el papel de capote rojo en busca del toro que embista, las que asumen la posición de ataque a sabiendas de que en su entorno hay un semental con influencia que está salivando imaginando meneos. Aunque parezca extraño, ellas son prueba fehaciente del tradicional estatus inferior, de la desigualdad, del “sin-poder” de las mujeres. Sus esquemas vienen de tradiciones milenarias, de siglos de no tener otra manera de escalar, de obtener prebenda o derechos, de ser reconocida, que las artimañas del juego entre los sexos.

 

El acoso establecido como norma de conducta masculina y condición sine qua non que determinará, según la actitud de la acosada, si ella retiene su empleo, si hay ascenso o traslado a Remanganagua, si la nota es sobresaliente o suspenso, si se consigue el refrigerador anhelado o una doble jornada de guardia, sucede a diario en los centros de trabajo en toda Cuba, y también con frecuencia en las escuelas al campo, en los preuniversitarios, en los trabajos voluntarios. En cualquier circunstancia que suceda, constituye un acto de violencia sexual contra la persona acosada, aunque el sistema no lo reconozca como tal, ni tome medidas para controlarlo o impedirlo.

 

Era acoso sexual en masa lo que en los años sesenta dio por llamársele “titimanía”: las hordas depredadoras de dirigentes revolucionarios impecablemente uniformados y en sus carros oficiales prestos para la caza, hombres que vestían canas, llegados a los cuarenta y más de uno a los cincuenta, rondando las escuelas de secundaria básica y los “pre” en busca de carne fresca.

 

El 95 % de las víctimas de acoso sexual son mujeres; este mismo porciento se mantiene en masculino respecto a los hostigadores.  La mujer, vista y representada en los medios y en la cultura como ente sexual, como la suma de sus partes anatómicas -caderúa, culona, y si tetona, mejor- es para la mayoría de los hombres en posiciones de autoridad algo así como territorio conquistable, ocupable, poseíble y acechable al que no hay que pedirle permiso para plantarle bandera. Mientras más ella se resista, más fluye la testosterona. Porque en Cuba, aquello de “¿cuál parte de la palabra NO no entiendes, mi socio?” todavía no se conoce.

 

Cientos, miles de cubanas saben exactamente de lo que estoy hablando: las que tuvieron que ceder ante la presión montada por los jefes, los ministros, los coroneles, los delegados de la CTC, los funcionarios, los profesores e instructores escolares, y también las que se negaron y terminaron trasladadas a otros centros de trabajo en peores condiciones laborales, o expulsadas de los centros universitarios por razones políticas inventadas, o cesanteadas con pésimos expedientes laborales fabricados como castigo.

 

Si bien el Artículo 301 del Código Penal (Ley 62) aborda el acoso sexual, éste casi que constituye un no-delito. Activistas de derechos humanos y ex-abogados del sector laboral consultados confirman la infinidad de casos, sobre todo laborales, en que el meollo de las acusaciones en contra de la trabajadora estriba en las represalias de un jefe frustrado en su campaña de conquista. El ego lastimado se esconde tras la cortina de conflictos laborales. El ejemplo de este deporte machista viene de arriba. Impunidad en la cúpula, impunidad en la base.

 

El acoso sexual no es el único tipo de atropello y de violencia que las trabajadoras en Cuba tienen que soportar. De entrada, las trabajadoras cubanas están triplemente sobrecargadas de obligaciones, teniendo no solamente que trabajar por un paupérrimo salario por debajo de los niveles de la pobreza establecidos por Naciones Unidas en condiciones pésimas de trabajo y privadas de un transporte puntual y adecuado, sino que también están obligadas a resolver las penurias de la cotidianidad cubana, como recoger agua, buscar alimentos, verse impedidas por los apagones, y además a participar en los trabajos voluntarios obligatorios, los desfiles en la Plaza, las sesiones de instrucción ideológica, y un sin fin de responsabilidades de las que no han sido relevadas en cinco décadas de experimento revolucionario.

 

En Holguín y en Granma, muchas jóvenes se apuntan en los clubs de cartas y en los diferentes portales románticos de internet, buscando al romeo extranjero que las rescate de la pesadilla. Otras, afilan sus cañones femeninos, en busca de turistas. ¿Qué, si no violencia contra la mujer, es esta terquedad e inmovilismo oficial que ha llevado a las cubanas hasta la tabla obligándolas a buscarse un tío que les resuelva, un chino que les ponga un cuarto, o un veraneante que compre sus destrezas sexuales en dólares?)

 

IX.- Puta no: ¡Jinetera!

 

“¿Decente? ¿Quieren que yo sea decente? ¿Y qué resuelvo con los 160 pesos que yo gano? ¿Qué resuelve mi novio con sus 200 pesos? No alcanza ni pa’ pagar el alquiler. Nadie puede vivir en este país con un sueldo “decente”, cuando un refresco te cuesta un peso, un batido te cuesta tres, y un pan con una lasca transparente de jamón cuesta lo que yo gano limpiando pisos en un hospital.

 

La cubana que concedió aquella entrevista es una cubana decente. No se considera puta. Es una jinetera: la que resuelve los problemas de su hogar lanzándose a la calle a resolver como sea. Como bien afirman las compañeras norteamericanas del colectivo internacional USPROStitutes:

 

La prostituta es una madre soltera que tiene hijos que mantener; una mujer con un sueldo fijo que corre con el sostén de otros miembros de la familia; una mujer mal-remunerada en su trabajo que tiene que suplementar su escaso sueldo. Es una ama de casa, una mujer que se niega a que la exploten por un sueldo miserable. Una mujer acude a la prostitución por una cuestión de dinero, no de sexo. Si las condiciones económicas básicas de la mujer no cambian, la prostitución seguirá siendo una opción para ella…

 

La opinión general en Cuba y en el exterior es que la culpa la tiene el régimen, el sistema. Al considerar la violencia contra las mujeres hay que considerar estas circunstancias cubanas como violencia gubernamental hacia ellas. Quién arrincona a un ser humano es responsable de lo que venga detrás.  Hay un cierto orgullo en el comandante, quien dijera hace unos años en televisión nacional que las mujeres cubanas eran muy hermosas, y que si en Cuba había prostitución, las prostitutas cubanas eran las más educadas y saludables del mundo. El espermatozorro-en-jefe habla demasiado.

 

La activista de derechos humanos Salomé Hernández declaró hace más de 20 años que la prostitución en Cuba “es el resultado de la situación económica, especialmente de la dolarización de la economía”. Las razones económicas son una constante universal, pero lo inaceptable es que esté sucediendo en Cuba, país con un 95 porciento de alfabetización femenina, donde las mujeres son el 47 por ciento de la fuerza laboral y son altísimos los porcentajes de mujeres profesionales y técnicas. En los sectores científicos, médicos y docentes, por ejemplo, las mujeres ocupan entre el 60 y el 70 por ciento de los puestos, aunque no a nivel de alta dirigencia.

 

Esa es la triste ironía: que la dolarización de la economía cubana, dictada por el comandante en 1995, convirtió la prostitución en el cuentapropismo más rentable del país. Se confirma lo dicho por Marx y repetido por Fidel: que la prostitución está y siempre estará relacionada a la pobreza de las mujeres y a su falta de poder político y económico. Como bien lo comenta la crítica y artista conceptual Coco Fusco, habiendo presenciado el jineterismo en las calles de La Habana: “No puede reducirse a la jinetera a un simple discurso de victimazión: ella representa la frustración del pueblo cubano ante el colapso del estado”.

 

En 1960 el gobierno revolucionario cerró los prostíbulos e ilegalizó la profesión de chulo. Pero no ilegalizó la prostitución. Es bien sabido que desde el Ministerio de Relaciones Exteriores se controlaba una red de mujeres informantes –prostitutas de high class a sueldo de los servicios secretos-, en función de espionaje y seguridad. La prostitución de la calle resurgió en torno a los barcos de la marina mercante griega e italiana anclados en el puerto de La Habana en los años sesenta. En 1969 se le aplicaría la categoría de “escándalo público” a la relación mercantil privada más antigua del mundo. Ya en 1987, Juventud Rebelde había reportado la existencia de unas mil prostitutas en La Habana. Pero no fue hasta el 6to Congreso de la Federación de Mujeres Cubanas en marzo de 1995 que se reconoció la existencia de la nueva prostitución.

 

El atropello del régimen no radica solamente en el hecho de ser responsable de las condiciones que propician la prostitución, sino también en la persecución de una actividad que no aparece en el Código Penal como actividad ilícita. Jinetear no es delito en Cuba. Entonces, ¿por qué se persigue y arresta a las jineteras? ¿Por qué se les procesa en los tribunales por peligrosidad? ¿Por qué se les confina en centros de prevención y re-educación?

 

En 1999, el entonces Ministro de Justicia Juan Escalona Reguera declaró: “Estamos creando las condiciones que nos permitan recluir al 100% de las prostitutas cubanas en centros de rehabilitación social”.  Ese mismo año, la Relatora Especial sobre Violencia contra las Mujeres de Naciones Unidas, Radhika Coomaraswamy, visitó Cuba. Entre sus más enfáticas recomendaciones está ésta: que Cuba tiene que resolver el problema de la prostitución; que al no ser ilegal su práctica, Cuba necesita examinar a fondo los programas de reclusión y rehabilitación de las prostitutas, prácticas que de hecho calificó de violación de los derechos humanos de estas mujeres; y además que el gobierno cubano tiene que agenciárselas para que las mujeres puedan ser económicamente independientes y solventes y así evitar que la prostitución sea una opción de supervivencia.

 

Cuba no hizo nada para cumplir con las recomendaciones de la Relatora Especial. Por el contrario, la industria turística, principal clientela de la jinetera, se ha convertido en la primera fuente de ingresos del país. En internet abundan las promociones de turismo sexual, que incluyen a Cuba:

 

Se puede escoger a una chica diferente cada noche. La mejor época es durante los meses de junio, julio y parte de agosto, porque las escuelas están en receso y las muchachas de secundaria de Oriente vienen a La Habana para ganarse unos pesos en el verano...”

 

A Cuba se le conoce hace tiempo en la Internet como “el paraíso del chochito”. La parte más grave del problema es que los chochitos todavía ocupan los pupitres del “Pré” y hasta de secundaria. Cuando se habla de “chochitos de Oriente” se habla de los más pobres del país, y además, los de piel morena. Estamos ante el rapto institucional de las mulatas.

 

Paloma, una jinetera de 32 años oriunda de Pinar del Río, lo explicó en términos simples: “Yo no soy ni prostituta ni puta. Soy técnico químico. Pero mi sueldo de 200 pesos mensuales no me permite sino un plato de arroz con frijoles. ¿Qué otra cosa puedo hacer?”

 

Hace años, el periodista Andrei Codrescu le preguntó a una médico en función de jinetera cuál era el secreto de la belleza de la mujer cubana. Ella le contestó “Comemos muy mal. Estamos falta de vitaminas. Somos bellas porque nos estamos muriendo”.

 

No hace dos semanas, la directora del Centro Nacional de Educación Sexual de Cuba, el CENESEX, declaraba en Amsterdam que la prostitución -el trabajo sexual- es una opción laboral. Dijo Mariela Castro, hija del actual presidente cubano, que no era extraño que una cubana pagara servicios de albañilería en su casa con moneda sexual, o sea, “el bollo por el inodoro”. El prostíbulo será legal, si le seguimos el hilo a las palabras de la funcionaria.

 

Ese análisis de Mariela Castro puede que esconda una realidad que no se haya divulgado. No se sabe aún qué efectos letales tienen o van a tener los últimos 20 años de turismo sexual en la Isla. Puede que se haya ido incubando una epidemia de enfermedades de contagio sexual, o hasta incidencias altas de VIH positivo. Fuentes del MINSAP pronunciaban hace 10 años que no había ninguna medida que pudiera impedir que una cubana fuese contagiada con el virus del VIH al copular con extranjeros. En el “Paraíso del Chochito”, la salud de las cubanas camina una cuerda floja, empujada por un sistema que, en el fondo, las utiliza pero no las valora. De esa violencia de género también es culpable el régimen cubano.

 

X.- ¿Seremos como el “Che”?

 

¿Qué puede pasar en la psiquis de una niña cuya infancia se desarrolla en medio de símbolos y héroes masculinos?  Ha de haber medio centenar de tesis sobre el tema, no sólo en Cuba sino en el mundo entero. Hoy por hoy se sabe que las niñas necesitan figuras femeninas que puedan admirar y emular, tanto en el ámbito privado como las sacadas de la Historia. Hasta en el campo de la literatura femenina se plantea que la falta de un corpus épico de heroínas y aventureras trae como consecuencia un bajísimo número de mujeres novelistas, y pocos personajes femeninos heroicos en la literatura.

 

La simbología épica masculina sublima en el inconsciente de la mujer la noción de su propio protagonismo. Según la crítica literaria Helena Araújo:

 

Sin remedio, la mujer, según el lugar donde haya crecido o la clase social a la cual pertenezca, se verá obligada a soportar la versión ‘clásica’, la versión ‘interiorizada’, o una mezcla de ambas... [sobre] ese padre que ostenta su autoridad magnánima... ese varón ejemplar que sirve de tema e inspiración a tantas escritoras... Naturalmente, la pleitesía y el sometimiento son las únicas actitudes concebibles por parte de la prole femenina hacia los fundadores de la estirpe”.

 

Por su parte, la crítica cubana Zaida Capote Cruz ha propuesto que la bajísima representación de personajes femeninos protagónicos en la literatura se ha reforzado durante la revolución:

           

“(…) habrá que reconocer cuán ajena al proyecto literario de la Revolución concebía la crítica dominante la literatura escrita por mujeres.  Esa visión patriarcal, excluyente, se fortaleció con la sobrevaloración de la llamada literatura de la violencia.”

 

La violencia a la que se refiere Capote Cruz es la épica revolucionaria que entroniza al héroe macho y la gesta combatiente mediante una simbología masculina omnipresente que se extiende a los nombres de las calles, de las escuelas, de los hospitales, de las fábricas, de los barcos de la flota mercante: Piti Fajardo, Hermanos Almeijeiras, Camilo Cienfuegos, Héroes del Moncada, Héroes de Girón, Salvador Allende, Hermanos Saíz, Frank País, Patricio Lumumba, Vladimir Lenin, Carlos Marx.

 

La lista es interminable, y se refleja hasta en los nombres dados a los años a partir de 1959: Año de la Reforma Agraria, Año del XX Aniversario del Moncada, Año del Vietnam Heroico, Año del Guerrillero Heroico, Año del XXX Aniversario del Granma, Año del XX Aniversario del Triunfo de la Revolución, Año del XX Aniversario de la Victoria de Girón, Año del XXV Aniversario del Asalto a Palacio, Año del XXX Aniversario del Desembarco del Granma. El uniforme verde olivo perenne de la alta dirigencia no fue accidental: iba mano a mano con la perpetuación del gran guajiro macho, del gran combatiente, en el subconsciente colectivo, incluyendo, y muy especialmente, el subconsciente de las mujeres. De ahí que “la pleitesía y el sometimiento” a que se refiere Helena Araújo encuentre su máxima expresión en la frase periódica de quien fue presidenta vitalicia de la Federación de Mujeres Cubanas, enunciada a nombre de todas: “Comandante-en-Jefe: ¡Ordene!”. Lealtad en masa a la iconografía masculina -no hay iconografía femenina- de la revolución.

 

Cuando Ladisleisy de la Caridad (el nombre es ficticio) cumplió siete años, la libreta de abastecimiento de su familia dejó de incluir la ración de leche diaria que le tocaba hasta el día anterior. A partir de su séptimo cumpleaños, las autoridades de salud y el régimen dictaban que ni Ladisleisy ni el otro millón de niñas cubanas necesitan más fuentes alimenticias de calcio, como la leche. Desde ese momento, a Ladisleisy se le programó la osteoporosis para sus gastados huesos en la tercera edad. Además, Ladisleisy jamás vio un bistec ni un hígado salteado en su plato ni durante su infancia, ni en la adolescencia, ni mucho menos cuando entró en la fuerza laboral. Los burócratas masculinos, inconscientes de las necesidades alimenticias femeninas, también le han programado una anemia crónica mucho antes de llegar a la menopausia. A las Ladisleisys de Cuba se les ha violentado la salud durante cincuenta años.

 

Y al tiempo que le quitaron la cuota de leche de su dieta, le han puesto alrededor del cuello la pañoleta roja de los Pioneros. Ahí comienza la transformación psíquica de las Ladisleisys de Cuba. Porque en los Pioneros no se jugará a las muñecas, ni a los yaquis, ni parchís. En los Pioneros se ensaya, a menor escala, toda una disciplina que servirá más adelante, sobre todo a los varones, para enfrentar el servicio militar obligatorio, y a las hembras, la militancia en las milicias territoriales y en las micro-brigadas de la construcción.

 

En los Pioneros se da el primer golpe oficial a la autoestima de las niñas, obligadas a interiorizar como modelo al mal llamado guerrillero heroico, a un rebelde-con-causa fracasado, a un inepto administrador de finanzas, a un médico que colgó el estetóscopo (quizás para suerte de sus posibles pacientes), a un sujeto que despreciaba a los cubanos, que era grosero y déspota con las mujeres, y que además, como si todo esto fuera poco, era un frío asesino. De los miles de fusilamientos efectuados en Cuba en los primeros tres años de revolución, sin siquiera haberse celebrado juicio, la mayoría llevó la autorización del argentino trasnochado. Ernesto “Che” Guevara era quien firmaba aquellas sentencias de muerte.

 

Ladisleisy de la Caridad cumplirá 13 años. Le llega entonces la hora de enfrentar la violencia institucional que conlleva la “escuela al campo”. En la escuela al campo trabajará y estudiará simultáneamente, sin saber que el estado la está explotando y que el trabajo infantil está prohibido por Naciones Unidas, por la Organización Internacional del Trabajo, y condenado por Amnistía Internacional y Human Rights Watch. Su alimentación será horrenda, a no ser que sus pobres padres hagan milagros y le lleven cada dos semanas una jaba llena de comestibles.

 

Tendrán que llevarle ropa, sábanas e íntimas, medicamentos para las picadas de mosquito y las erupciones de la piel, y algún anti-diarreico comprado en la chopin en dólares. La vida de la adolescente Ladisleisy de la Caridad será una constante pesadilla en la escuela al campo, donde su educación no es en realidad una prioridad del MINED, y donde tendrá que defenderse como fiera contra el acoso sexual de profesores y administradores, jugar el papel que le toca en la división laboral de género, y las presiones sexuales que sobre ella han de ejercer los machos y machitos que la rodean. Hay que leerse el libro de quien fuera hasta hace unos años la autoridad máxima en educación sexual en Cuba, la Dra. Mónika Krause (Mónika y la revolución, Islas Canarias: Taller de Historias, 2002), para entender el atropello sistémico y sistemático de las jóvenes cubanas.

 

Cuba no es ni remotamente el paraíso de los niños, como afirma la propaganda. Las niñas cubanas también son objeto y víctimas de la violencia general y de la violencia del machismo que reafirma día a día el sistema. “¿Cómo dice usted, Comandante?” preguntarán años más tarde las extenuadas y envejecidas Ladisleisys de la Caridad, abandonadas con sus hijos en Manicaragua por los cubanos maridos que un día se montaron en una balsa. “¿Dijo usted que seríamos como el ‘Che’?”

 

“¡Pues yo me cago en su madre, Comandante!”