Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

                                Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

                                

 

Oscar Arias en la cumbre de los charlatanes

 

Poco antes de la famosa cumbre de Trinidad y Tobago, Oscar Arias, el presidente de Costa Rica, anunció  que su gobierno restablecería  relaciones diplomáticas con Cuba.  Hace algunos años,  Arias condicionó un acercamiento diplomático cuando se hicieran cambios democráticos en la isla.  La nueva posición del presidente costarricense  implica una apertura como lo es la de Barack Obama al eliminar las restricciones de los viajes y remesas de cubanos a su patria. 

 

Además de cumplir un compromiso de campaña, la acción de Obama fue una forma de anticiparse a la  emboscada de quienes, por designios del viejo dictador cubano, pensaban acorralarlo en Trinidad. Querían ponerlo en aprietos ante el mundo, para obligarlo a que eventualmente levantara el embargo sin negociar la liberación de los presos políticos ni el respeto a las libertades en Cuba. El viaje de Obama a México y la calurosa bienvenida que recibió allí, fue parte de la maniobra del presidente norteamericano.

 

Oscar Arias no había hecho ninguna promesa de campaña al electorado costarricense respecto a Cuba, ni tampoco era el sujeto de una emboscada en esa Cumbre.  Mientras Obama cumplía un compromiso con sus votantes,  Oscar Arias no dio más explicación que el establecimiento de relaciones con Cuba era el producto de la consideración de nuevas realidades.

 

Para aumentar el misterio de su decisión, en esa Cumbre Oscar Arias pronunció un discurso magistral: “Algo estamos haciendo mal”.  En mi opinión fue el único que valió la pena en la reunión. El mensaje fue misteriosamente ignorado por la prensa internacional.  En su análisis Arias demostró a los asistentes que el atraso en Latinoamérica no es responsabilidad de los Estados Unidos sino el resultado de la incompetencia y la demagogia latinoamericana.

 

En cuanto al castrismo y Cuba, Arias, en el artículo: “La hora de la democracia en Cuba” publicado en el periódico La Nación de Costa Rica el 29 de agosto de 2006, afirmaba que: “Cuba no es una democracia “diferente”, ni ha seguido un camino propio, escogido por el pueblo cubano. Cuba es –lisa y llanamente– una dictadura, y eso nos duele a quienes amamos la libertad”.

 

En ese artículo -que copio completo al final de este comentario- el presidente de Costa Rica agrega que Latinoamérica está obligada a asistir en una transición a la democracia en Cuba, que el embargo debe ser levantado y que el territorio de la base naval de Guantánamo debe ser devuelto a los cubanos. Es el único mandatario latinoamericano que condena el embargo de los Estados Unidos pero también condena a la dictadura castrista; señala a Latinoamérica su obligación moral con la democracia a la que aspira el pueblo cubano y le dice al régimen que por “racionalidad” debe iniciar una transición de la que debe dar señales claras.

 

Después de ese artículo la reacción de la dictadura fue feroz, la maquinaria de insultos con que se han acostumbrado a intimidar a los presidentes latinoamericanos no escatimó calificativos contra el Premio Nóbel costarricense: "payaso", "vulgar mercenario", "ególatra" y "personaje vanidoso, mediocre y enfermo de protagonismo".

 

Arias no se intimidó; por el contrario, continuó planteando la necesidad de un cambio en Cuba: "Lo único que estoy pidiendo a los cubanos es que si hemos predicado durante 48 años que tiene de estar Fidel en el poder, que se respete la autodeterminación de los pueblos, que le pregunten al pueblo si quieren que Raúl siga como presidente vitalicio una vez que muera Fidel". "Yo le diría a su hermano Raúl que si aspira a heredar el poder, que le consulte al pueblo cubano a ver si quiere que los hermanos Castro se sigan sacrificando por ellos".

 

El premio Nóbel de la Paz 1987 recordó que en 1959 el presidente de su país, José "Pepe" Figueres, fue el primero en decir a Castro que esperaba que su gobierno no se convirtiera en una tiranía comunista. "Yo sólo estoy siguiendo los pasos, no sólo de don 'Pepe', sino de todos los costarricenses que somos amantes de la libertad y la democracia pluralista", añadió Arias.

 

Un  comunicado de ACAN-EFE, en Agosto del 2006,  informa que el presidente de Costa Rica, Oscar Arias, canceló la reunión que tenía prevista en Colombia con el vicepresidente de Cuba, Carlos Lage, ya que éste le condicionó los temas de conversación, se informó hoy en San José. El mandatario costarricense había declarado que en la reunión con Lage le enviaría un mensaje a Raúl Castro, quien ostenta el poder en Cuba por la enfermedad de su hermano Fidel, para que si él hereda el mando busque una "transición".

 

Si hemos establecido, creo que sin dudas, el compromiso del presidente Oscar Arias con la democracia de Cuba, la pregunta a contestar es: ¿Cuáles fueron esas nuevas realidades en base a las cuales decidió restablecer relaciones diplomáticas con la dictadura?

 

Imagino varios escenarios:

 

a) Un grupo de presidentes  latinoamericanos creyendo que a la muerte de Fidel Castro su heredero iniciaría una transición en Cuba,  le pidieron a Arias su participación para presionar a los Estados Unidos a levantar el embargo unilateralmente.

 

b) O pudo ese grupo plantearle que había que apoyar la facción anti-fidelista dentro de Cuba, es decir anti-dogmática. Una forma de hacerlo sería un acercamiento latinoamericano que se interpretaría internamente como un apoyo a quienes dentro de la dictadura les habían prometido un cambio.

 

c) O recibió un mensaje de alto nivel de la administración Obama o del Partido Demócrata que necesitaba que Arias flexibilizara la posición de Costa Rica de no restablecer relaciones diplomáticas con Cuba hasta que se iniciara una transición democrática en la isla.  Así le facilitaría a la administración norteamericana  o al Partido Demócrata, una futura maniobra por la que eventualmente pudiera levantarse el embargo sin negociar condiciones.

 

d) O quiso Arias simplemente respaldar a Obama con un cambio político hacia Cuba y apoyarlo con un discurso en la Cumbre que le callaría la boca a los charlatanes del socialismo del Siglo XXI.

 

e) O se convenció él mismo de que, aunque los demás presidentes  estuvieran siendo víctimas de un engaño, de sus ilusiones o tuvieran una agenda secreta, él sería más útil a la democracia cubana modificando su posición original, hubiese o no sinceridad en cuanto a la transición en Cuba.  Así participaría en los acontecimientos desde adentro, cualquiera que fuera la forma y dirección que estos tomaran.

 

¿Cual escenario se aproxima a la realidad?  ¿Es alguno en particular o una combinación de varios?  Es difícil saberlo.  Los futuros acontecimientos o declaraciones de Oscar Arias permitirán conocer que motivó su decisión de restablecer unas relaciones diplomáticas con la dictadura castrista que habían sido rotas unilateralmente por Costa Rica en 1961. 

 

Estoy seguro de que en Cuba, ni Raúl Castro ni ninguno de sus compinches, creen que Oscar Arias se ha convertido en un aliado. Su discurso en la Cumbre es un mensaje profundo e irrebatible contra la demagogia en Latinoamérica, la representada por los “lideres” del socialismo del siglo XXI y la abanderada durante medio siglo por la dictadura comunista castrista.

 

 

 

Artículo publicado en “La Nación”, Costa Rica el 29 de agosto de 2006

 

La hora de la democracia en Cuba

 

“Está demostrado que no se pueden perseguir fines nobles con medios innobles”

 

Óscar Arias Sánchez

Presidente de la República

 

En su tercer discurso inaugural, Roosevelt nos decía que “la aspiración democrática no es una simple fase reciente de la historia humana. Es la historia humana”. Sin democracia, la libertad –y con ella la posibilidad de desarrollar su destino único y trascendente– no es más que un espejismo. Y no solo la libertad individual, también la estabilidad política, el bienestar económico, la justicia social y todas aquellas cosas que definen a una comunidad en la que vale la pena vivir. A estas alturas de la historia está demostrado que no se pueden perseguir fines nobles con medios innobles, que de la opresión no germina nunca la libertad y que una dictadura puede satisfacer las necesidades más básicas de las personas, pero no las más importantes, como el respeto a su dignidad. Eso solo lo hace una democracia.

 

Un largo aprendizaje. Los países iberoamericanos conocen esta verdad como el escozor de una vieja quemadura. Su rostro está surcado por cicatrices que los autoritarismos de todo signo han grabado. La presencia de la democracia en Iberoamérica ha sido un largo proceso de aprendizaje social, tentativo, sujeto a retrocesos, pero cierto e invaluable. También ha sido una conquista obtenida a golpe de llanto y de sangre que, sin embargo, no ha alcanzado todavía a una de nuestras naciones hermanas. Cuba es hoy la única excepción en la gran transformación iberoamericana hacia la libertad. Cuba es hoy el único país hermano que se niega a aceptar que la democracia, a pesar de todas sus carencias y debilidades, es el sino de nuestra historia.

 

Para quienes genuinamente creemos que la democracia es un derecho de los pueblos, ha pasado de sobra el tiempo de tapar con hojas de parra lo que todos sabemos. Cuba no es una democracia “diferente”, ni ha seguido un camino propio, escogido por el pueblo cubano. Cuba es –lisa y llanamente– una dictadura, y eso nos duele a quienes amamos la libertad. Porque una democracia significa cosas muy concretas: elecciones libres, sobre la base del pluralismo; libertad de asociación y de expresión; espacios para ejercer el elemental derecho a disentir y manifestar la oposición por medios pacíficos; libertad de prensa y ausencia de censura. Ante todo, democracia significa un poder político sometido a límites y controles, el más importante de los cuales es el control ciudadano que implican las elecciones periódicas y la posibilidad cierta de la alternabilidad en el poder. Nada de esto existe en Cuba.

 

Si alguien insiste en afirmar que el pueblo cubano desdeña estos privilegios y rechaza esta acepción de democracia, nos tendrá que decir qué extraordinario rasgo antropológico o genético separa a los cubanos de los alemanes del Este, que celebraron con júbilo la caída del Muro de Berlín; de los checos que saliendo por miles a la calle hicieron posible la Revolución de Terciopelo en 1989; de los estudiantes chinos masacrados en la plaza de Tian'anmen; de los activistas que, a pesar de las represión, insisten en unir su voz a la de Aung San Suu Kyi para pedir la democracia en Myanmar; de los miles y miles de españoles, argentinos, chilenos, uruguayos, portugueses, brasileños, peruanos, salvadoreños, nicaragüenses… que perdieron la vida, la libertad o el arraigo a su patria, en la lucha contra las dictaduras y en el afán de hacer valer los derechos que son esencia de una democracia. Nos tendrá que responder, en suma, por qué Cuba camina a contrapelo de la historia.

 

Quisiera pensar que la convalecencia del presidente Fidel Castro abrirá, por fin, un debate largamente pospuesto sobre la transición democrática en la isla. Es una discusión en la que los países iberoamericanos –víctimas muchos de ellos del olvido internacional cuando eran gobernados por dictaduras—tienen el deber de participar. No para imponer un rumbo al pueblo cubano, sino tan solo para crear las condiciones para que este último elija –genuinamente y no de mentiras– un camino propio.

 

Transición ordenada. Al igual que fue el caso hace dos décadas en Centroamérica, los países iberoamericanos debemos ofrecer a Cuba las condiciones para una negociación política sin intervenciones extrarregionales, sin amenazas, sin violencia y sin bloqueos. Para ello, es preciso otorgar al pueblo de Cuba garantías que hagan posible una transición democrática ordenada.

 

La primera y más urgente garantía por la que debemos luchar en todos los foros internacionales es el levantamiento del embargo económico y comercial al que ha sido sometida la isla durante muchas décadas. La segunda es el compromiso iberoamericano de presionar fuertemente, a todo nivel, por el cierre de la base naval estadounidense en Guantánamo y su retorno a territorio cubano.

 

El apoyo inequívoco de las naciones iberoamericanas en ambos aspectos constituye una base razonable para pedir al gobierno de Cuba señales claras de apertura democrática. El régimen cubano debería dar esas señales no tanto como una muestra de buena voluntad sino de elemental racionalidad, como un paso estratégico para hacer posible una transición ordenada, con pleno apoyo internacional y capaz de preservar algunos logros significativos de la Revolución.

 

La situación de Cuba es mucho más que un problema político. Es, ante todo, como alguna vez lo advirtió José Figueres Ferrer, un problema humano. Los cubanos merecen la oportunidad de escoger su destino. Si los demócratas de Iberoamérica contribuimos a abrirles esta posibilidad, estoy seguro de que elegirán transitar, junto con todos nosotros, la aventura de la libertad y la democracia que nuestra comunidad de naciones ha emprendido irrevocablemente.

 

 

 

Presidente de la República de Costa Rica

Palabras del presidente Óscar Arias en la Cumbre de las Américas

 

“ALGO HICIMOS MAL”

 

Trinidad y Tobago, 18 de abril del 2009

 

Tengo la impresión de que cada vez que los países caribeños y latinoamericanos se reúnen con el presidente de los Estados Unidos de América, es para pedirle cosas o para reclamarle cosas. Casi siempre, es para culpar a Estados Unidos de nuestros males pasados, presentes y futuros. No creo que eso sea del todo justo.

 

No podemos olvidar que América Latina tuvo universidades antes de que Estados Unidos creara Harvard y William & Mary, que son las primeras universidades de ese país. No podemos olvidar que en este continente, como en el mundo entero, por lo menos hasta 1750 todos los americanos eran más o menos iguales: todos eran pobres.

 

Cuando aparece la Revolución Industrial en Inglaterra, otros países se montan en ese vagón: Alemania, Francia, Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda… y así la Revolución Industrial pasó por América Latina como un cometa, y no nos dimos cuenta. Ciertamente perdimos la oportunidad.

 

También hay una diferencia muy grande. Leyendo la historia de América Latina, comparada con la historia de Estados Unidos, uno comprende que Latinoamérica no tuvo un John Winthrop español, ni portugués, que viniera con la Biblia en su mano dispuesto a construir “una Ciudad sobre una Colina”, una ciudad que brillara, como fue la pretensión de los peregrinos que llegaron a Estados Unidos.

 

Hace 50 años, México era más rico que Portugal. En 1950, un país como Brasil tenía un ingreso per cápita más elevado que el de Corea del Sur. Hace 60 años, Honduras tenía más riqueza per cápita que Singapur, y hoy Singapur –en cuestión de 35 ó 40 años– es un país con $40.000 de ingreso anual por habitante. Bueno, algo hicimos mal los latinoamericanos.

 

¿Qué hicimos mal? No puedo enumerar todas las cosas que hemos hecho mal. Para comenzar, tenemos una escolaridad de 7 años. Esa es la escolaridad promedio de América Latina y no es el caso de la mayoría de los países asiáticos. Ciertamente no es el caso de países como Estados Unidos y Canadá, con la mejor educación del mundo, similar a la de los europeos. De cada 10 estudiantes que ingresan a la secundaria en América Latina, en algunos países solo uno termina esa secundaria. Hay países que tienen una mortalidad infantil de 50 niños por cada mil, cuando el promedio en los países asiáticos más avanzados es de 8, 9 ó 10.

 

Nosotros tenemos países donde la carga tributaria es del 12% del producto interno bruto, y no es responsabilidad de nadie, excepto la nuestra, que no le cobremos dinero a la gente más rica de nuestros países. Nadie tiene la culpa de eso, excepto nosotros mismos. En 1950, cada ciudadano norteamericano era cuatro veces más rico que un ciudadano latinoamericano. Hoy en día, un ciudadano norteamericano es 10, 15 ó 20 veces más rico que un latinoamericano. Eso no es culpa de Estados Unidos, es culpa nuestra.

 

En mi intervención de esta mañana, me referí a un hecho que para mí es grotesco, y que lo único que demuestra es que el sistema de valores del siglo XX, que parece ser el que estamos poniendo en práctica también en el siglo XXI, es un sistema de valores equivocado. Porque no puede ser que el mundo rico dedique 100.000 millones de dólares para aliviar la pobreza del 80% de la población del mundo –en un planeta que tiene 2.500 millones de seres humanos con un ingreso de $2 por día– y que gaste 13 veces más ($1.300.000.000.000) en armas y soldados.

 

Como lo dije esta mañana, no puede ser que América Latina se gaste $50.000 millones en armas y soldados. Yo me pregunto: ¿quién es el enemigo nuestro? El enemigo nuestro, presidente Correa, de esa desigualdad que usted apunta con mucha razón, es la falta de educación; es el analfabetismo; es que no gastamos en la salud de nuestro pueblo; que no creamos la infraestructura necesaria, los caminos, las carreteras, los puertos, los aeropuertos; que no estamos dedicando los recursos necesarios para detener la degradación del medio ambiente; es la desigualdad que tenemos, que realmente nos avergüenza; es producto, entre muchas cosas, por supuesto, de que no estamos educando a nuestros hijos y a nuestras hijas.

 

Uno va a una universidad latinoamericana y todavía parece que estamos en los sesenta, setenta u ochenta. Parece que se nos olvidó que el 9 de noviembre de 1989 pasó algo muy importante, al caer el Muro de Berlín, y que el mundo cambió. Tenemos que aceptar que este es un mundo distinto, y en eso francamente pienso que todos los académicos, que toda la gente de pensamiento, que todos los economistas, que todos los historiadores, casi que coinciden en que el siglo XXI es el siglo de los asiáticos, no de los latinoamericanos.

 

Y yo, lamentablemente, coincido con ellos. Porque mientras nosotros seguimos discutiendo sobre ideologías, seguimos discutiendo sobre todos los “ismos” (¿cuál es el mejor? capitalismo, socialismo, comunismo, liberalismo, neoliberalismo, socialcristianismo...), los asiáticos encontraron un “ismo” muy realista para el siglo XXI y el final del siglo XX, que es el pragmatismo.

 

Para solo citar un ejemplo, recordemos que cuando Deng Xiaoping visitó Singapur y Corea del Sur, después de haberse dado cuenta de que sus propios vecinos se estaban enriqueciendo de una manera muy acelerada, regresó a Pekín y dijo a los viejos camaradas maoístas que lo habían acompañado en la Larga Marcha: “Bueno, la verdad, queridos camaradas, es que mí no me importa si el gato es blanco o negro, lo único que me interesa es que cace ratones” Y si hubiera estado vivo Mao, se hubiera muerto de nuevo cuando dijo que “la verdad es que enriquecerse es glorioso”.

 

Y mientras los chinos hacen esto, y desde el 79 a hoy crecen a un 11%, 12% o 13%, y han sacado a 300 millones de habitantes de la pobreza, nosotros seguimos discutiendo sobre ideologías que tuvimos que haber enterrado hace mucho tiempo atrás.

 

La buena noticia es que esto lo logró Deng Xioping cuando tenía 74 años. Viendo alrededor, queridos Presidentes, no veo a nadie que esté cerca de los 74 años. Por eso solo les pido que no esperemos a cumplirlos para hacer los cambios que tenemos que hacer.

 

Muchas gracias.