Cubanálisis El Think-Tank 

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

HUBER MATOS

 

Roberto Luque Escalona

 

El 10 de marzo de 1952, el pueblo de Cuba mostró una total indiferencia ante la enormidad que había ocurrido ese día, el derrocamiento por un golpe militar del gobierno de Carlos Prío. Faltaban sólo once semanas para las elecciones presidenciales, poco más de siete meses para la toma de posesión del que ganara las elecciones y el jefe del golpe era, además de senador, uno de los candidatos, precisamente al que nadie le daba posibilidad alguna de ganar las elecciones. Por último, era el primer golpe de Estado en cincuenta años de vida independiente, que el extraño fenómeno ocurrido el 4 de septiembre de 1933 no encaja en esa definición.

 

Motivos había para rebelarse contra aquella felonía, pero pocos, muy pocos se rebelaron, que los cubanos estaban convencidos de que aquella República no merecía el asumir riesgos en su defensa. Personas muy convincentes los habían llevado a creer en tal falacia. Porque falacia era: cualquier democracia, por grandes que sean sus defectos y limitaciones, merece ser defendida.

 

Sin embargo, pocos protestaron. Un grupo de estudiantes de la Universidad de La Habana, Rolando Masferrer, que se les unió para luego cambiar de bando, y un maestro de escuela primaria en la lejana e insignificante ciudad de Manzanillo, que suspendió las clases en protesta por el golpe militar.

 

El maestro se llamaba Húber Matos, tenia treinta y tres años, estudiaba Pedagogía en la Universidad de La Habana en cursos irregulares y ya había formado una familia. Emprendedor y laborioso como muchos cubanos, para 1956, cuando ya conspiraba junto a su coterránea Celia Sánchez, era propietario de una pequeña empresa que transportaba arroz en camiones arrendados. En esos camiones llegaron a las estribaciones de la Sierra Maestra los cuarenta hombres enviados por Frank País para reforzar la hasta entonces exigua guerrilla de Fidel Castro. Los mandaba Jorge Sotús.

 

Hacía cinco años de aquel 10 de marzo en que el maestro Matos suspendiera sus clases. Después de llevar a su destino a la tropa de Sotús, en la pequeña Manzanillo no había lugar para él. Se marchó al exilio. A Costa Rica.

 

El año siguiente, por la misma época, Pedro Miret, se enteró de que un avión con armas se aprestaba a salir de Costa Rica rumbo a la Sierra Maestra. Como jefe del Movimiento 26 de Julio en el extranjero, toda acción relacionada con el Movimiento debía ser aprobada por él. Su segundo al mando, Gustavo Arcos, estaba en Caracas, por lo que Miret no podía salir de México, donde una expedición de refuerzo a su cargo estaba casi a punto. Pero Miret, como casi todos los hombres allegados a Fidel Castro, no era lo que se dice un talento. Tomó un avión para San José, dispuesto a hacer valer su autoridad. Nadie se la discutió. Ni Húber Matos, que había conseguido las armas a través del Presidente José Figueres, ni Rafael Díaz Lanz, piloto del avión que las llevaría a Cuba. Complacido, a Miret no se le ocurrió nada que mejor sumarse al viaje.

 

Y allá fueron. Aterrizaron en Cienaguilla, un pequeño llano en las estribaciones de la sierra. Ese sería el último vuelo de aquel DC-3. Quedó inútil. Con Miret en la Sierra Maestra sin posibilidad de retorno y Gustavo Arcos en Venezuela ignorante de todo, la expedición preparada durante largo tiempo quedó sin jefes, y Jesús Suárez Gayol, que estaba al frente del grupo encargado de custodiar el barco y las armas en un lugar de la costa de Campeche, decidió partir hacia Cuba sin encomendarse a Dios ni al diablo ni a la gallega que lo parió  Desembarcaron en Pinar del Río y lo perdieron casi todo, aunque los seis que participaron en aquella estupidez lograron escapar. Atrás quedaron cincuenta hombres, yo uno de ellos. Aunque pasarían muchos años antes de conocernos, fue la primera vez que el destino de Húber Matos y el mío se cruzaron. Debimos encontrarnos mucho antes, en la Sierra Maestra, a donde debí llegar uno o dos meses después que él, pero la irresponsabilidad de Pedro Miret y, sobre todo, la absurda decisión de Suárez Gayol me sacaron del juego. Los odié. Los odié a ambos; sobre todo al muchacho camagüeyano, aún después de su absurda muerte en Bolivia. Hasta que, poco a poco, comprendí que había sido un instrumento de Dios, que siempre ha velado por mí sin tomar en cuenta mis merecimientos. Parece que, para decirlo con palabras de Cormak McCarthy, yo soy uno de esos “a quienes Dios ha tenido a bien proteger de la parte de adversidad que en justicia les corresponde”. 

 

Me salvó no ya de morir en algún combate, que mi muerte temprana no parece haber estado nunca en los planes divinos. Me salvó, quizás, de estar bajo el mando de Camilo Cienfuegos cuando el futuro ídolo de los cubanos fusiló a un guajiro de dieciséis años por robar una lata de leche condensada y dos tabacos, cumpliendo órdenes de aquel cuyas órdenes siempre cumpliría. Me salvó de esa y de otras desgracias de las que no escapó Húber Matos.

 

Las armas traídas de Costa Rica eran el segundo aporte importante del antiguo maestro de Manzanillo. Pero a Fidel Castro, cuyo mayor rasgo de inteligencia es saber quién puede servirle a sus designios, no le agradó aquel hombre de ojos insolentes.  A poco de llegar, lo asignó a la tropa que mandaba Juan Almeida.

 

Fidel Castro había encontrado un refugio ideal en El Alto de la Plata, un lugar de difícil acceso y casi imposible localización con los medios de que se disponía entonces. Allí, en aquella minúscula meseta rodeada de barrancos y cubierta por una espesa vegetación, se dedicaba a decirles a los cubanos lo que debían o no hacer, mientras sus subordinados se movían de un monte a otro, una escaramuza hoy y otra la semana próxima. Al este de La Plata y siguiendo el ejemplo de su jefe, Juan Almeida ganduleaba, algo para lo que tenía especial talento.

 

Húber Matos, que llegaba a la Sierra Maestra con un año de retraso, quería pelear. Almeida no se mostró dispuesto a acompañarlo en la pelea, pero tampoco le puso obstáculos. Y allá fue Matos, acabado de llegar, sin experiencia ni entrenamiento, a batirse con  el coronel Ángel Sánchez Mosquera. “Échaselo al tigre”, parece haberle dicho Fidel Castro a Juan Almeida, pues nadie de la guerrilla castrista había chocado con Sánchez Mosquera sin que el choque terminase en huida. Increíblemente, el maestro de escuela devenido en guerrillero se enfrentó con relativo éxito al temido y temible coronel.

 

Nunca se sabría el balance final del enfrentamiento entre aquellos dos hombres. Húber Matos llegó en abril a la Sierra Maestra y en agosto una bala alcanzó en la cabeza a Sánchez Mosquera y puso fin a su vida útil. Moriría en Miami, olvidado, medio siglo después.

 

Algunos hombres, muy pocos, nacen con un talento natural para la guerra. La Revolución Mexicana, tan musical y cinematográfica, fue menos trascendente en el plano internacional que la nuestra, pero muy superior en lo militar. Aquello fue una guerra, con grandes batallas y todo. En esa guerra, en esas batallas, se distinguió un joven cuatrero analfabeto que llegó a mandar más de treinta mil hombres, artillería incluida. Pancho Villa era un guerrero natural. En su primera carga de caballería, cuando proyectiles de artillería lanzados desde su retaguardia comenzaron a pasar, amenazadores, sobre su cabeza, volvió grupas para protestar ante quien los disparaba:

 

- ¡Sus pinches cañones nos van a dar en toda la madre, carajo!

 

- Déjese de chingaderas y avance. Yo sé lo que hago – contestó el coronel Rubio Navarrete, jefe de la artillería, Villa volvió a la carga y entonces comprendió que aquellos proyectiles siempre caían más allá del punto en el que él y su tropa cabalgaban, que le estaban allanando el camino. Lo comprendió enseguida por lo que les dije antes: era un talento natural para la guerra.  No fue el único en esa tan mentada revolución. Alvaro Obregón, que lo derrotaría en dos ocasiones, era comerciante de granos antes de convertirse en combatiente revolucionario.

 

En el mundo moderno, los jefes militares competentes surgen casi todos de las academias, como el propio Sánchez Mosquera, como los generales alemanes Guderian y Von Manstein que apabullaron a los improvisados generales soviéticos al principio de la II Guerra Mundial. Pero hay excepciones, como Villa y Obregón. Como Húber Matos, que desde el principio se definió como el mejor jefe de la guerrilla que se hacía llamar Ejército Rebelde.

 

Resulta difícil encontrar trazas de la celebrada inteligencia de Fidel Castro en su gestión como gobernante. Matar y encarcelar no son actividades que requieran talento. Sin embargo, muestra de sagacidad es distinguir quién puede servir a nuestros designios y quién puede ponerlos en peligro. Hasta el 18 de junio de 1992, día de mi llegada al exilio, Húber Matos había sido para mi apenas un rostro en la revista Bohemía, que circulaba en México, donde  yo había decidido permanecer luego de la huída de Batista, sabia actitud que, para mi mal, abandoné. Al mirar aquellas fotos de la entrada triunfal de Fidel Castro en La Habana en las que aparecían Fidel, Camilo Cienfuegos, Dermidio Escalona y Matos, me llamaron la atención los ojos del antiguo maestro manzanillero. “Este hombre es de cuidado”, me dije. ¿En qué sentido? No podía saberlo; pero supe que era un hombre capaz de generar peligro. Lo que yo supe sólo con mirar unas fotos no le puede haber pasado inadvertido a Fidel Castro, que lo tenía delante.

 

Nunca ha de haber gustado de él. Menos aún cuando, con su ya por entonces crónica costumbre de insultar a sus subordinados, fue parado en seco por aquel recién llegado cuando intentó tratarlo como trataba a los demás. No, aquel hombre no le gustaba, no podía gustarle; sin embargo, después de su demostración ante Sánchez Mosquera decidió utilizarlo al máximo.

 

¡Y vaya si lo utilizó! Se desentendió de Almeida, hombre de toda su confianza, pero a quien el contacto con la naturaleza campestre parecía haber convertido en discípulo de Fray Luis de León y devoto de la vida retirada, y nombró comandante al levantisco manzanillero. A ocho meses de aterrizar en Cienaguilla, Matos tenía cercada a Santiago de Cuba con fuerzas que normalmente apenas hubiesen bastado para cercar a Palma Soriano, a Contramaeste o a otra población pequeña. Fidel Castro es el político cubano más pragmático de que yo tenga noticia.

 

En fin, el surrealista gobierno de Fulgencio Batista cayó casi por sí solo y Fidel Castro, Húber Matos y Camilo Cienfuegos, personajes de una futura tragedia, entraron triunfantes en La Habana, junto con mi  primo Dermidio Escalona, un buen ejemplo de hombre insignificante convertido en importante por la que quizás haya sido la más absurda de las revoluciones.

 

¿Qué tan importante era Húber Matos en el ejército rebelde? Muy importante. Lo que narré anteriormente era conocido por todos. Entre los comandantes, que eran muchos, muchísimos, abundaban los médicos: Machado Ventura, Fernández Mell, Martínez Páez, Del Valle, Ordaz, Vallejo, Fajardo. ¿Y el Che Guevara? Ese era un enfermero de barco mercante; su título de doctor era un fraude. De otras profesiones, los abogados Fidel Castro, Humberto Sorí Marín y Juan Escalona. Tal escasez de combatientes con estudios superiores le daba cierto realce a cualquiera que hubiese asistido a una universidad. 

 

Otro detalle distinguía a Matos: su edad. Los cubanos, uno de cuyos mitos tutelares son las virtudes que siempre, según ellos, acompañan a la juventud, se vieron de pronto gobernados por un hombre de 32 años, rodeado por otros de su misma edad o menores. En aquel entorno, tener 40 era casi la vejez y solamente cuatro figuras de importancia alcanzaban esa edad, además de Matos, los también comandantes, aunque sin tropas a su mando,  Sorí Marín y Raúl Chibás, hermano del líder cuyo suicidio le abrió el camino a Batista, y Carlos Franquí, antiguo miembro del partido comunista, expulsado del mismo y su enemigo desde entonces. De los cuatro cuarentones, Matos fue a la cárcel, Sorí Marín al paredón, y Chibás primero y Franqui después al exilio. En aquel entonces, la Revolución Cubana se podía describir con el título de una famosa novela escrita décadas después por Cormac McCarthy, ese escritor americano del que ya les hablé, y llevada al cine por los hermanos Coen: No Country for Old Men. ¿Viejo un hombre de 40 años? Sólo cuando se le rinde un culto absurdo a la juventud. Cultos absurdos ha habido muchos en Cuba, y ese es uno de ellos.

                                                     

Con la misma alevosía con que, siendo Matos un recién llegado, lo envió a enfrentarse con el coronel Sánchez Mosquera, Fidel Castro lo nombró jefe provincial de Camagüey, la región más fría (quizás seria mejor decir menos cálida) de la geografía política cubana. El Che Guevara se quejó de la falta de entusiasmo revolucionario que mostraban los habitantes de aquel llano que pudo atravesar sin mayores problemas porque el Movimiento 26 de Julio, con dinero de la execrable burguesía, había comprado a la oficialidad del ejército. El argentino decía la verdad. Los del Camagüey, por alguna razón, no parecían participar con el mismo entusiasmo que el resto de los cubanos en el frenesí de bobería que afectaba a nuestra nación.

 

Para Camagüey se va Húber Matos. Lleva órdenes de fusilar esbirros batistianos. Órdenes que cumplió. Pocos fueron los ejecutados en comparación con las masacres perpetradas por el Che Guevara en La Habana y Raúl Castro en Santiago de Cuba, pero el número no exime de responsabilidad. Esos fusilamientos fueron la única culpa importante en la vida de Húber Matos, agravada por el hecho de que nunca ha mostrado arrepentimiento por ella. Alega que, bajo su mando en Camagüey, no se fusiló a ningún inocente. Seguramente es cierto, pero si esos fusilamientos, todos, son una mancha en nuestra historia no es porque fueran inocentes los fusilados, sino porque, en el Código Penal vigente en Cuba entonces sólo se podía aplicar la pena de muerte a espías, y eso en tiempos de guerra. Los cubanos mostraron su desprecio por la ley al aceptar… ¡Qué digo aceptar! Al aplaudir que se aplicase un castigo no establecido por la legislación vigente en el país. La llamada Ley de la Sierra Maestra, en base a la cual se aplicó la condena de muerte, valía lo que un cagajón de mulo en un trillo serrano, que solamente sirve para ensuciarle los zapatos al que por el trillo camine. ¿Acaso un grupo de hombres tienen  derecho a dictar leyes sólo por estar armados? “La Revolución genera derecho”, me dijo un día Húber Matos. He ahí un concepto profundamente enraizado en mentalidad de los cubanos. No sólo en la del comandante Matos.

 

Si queremos ser amables, y yo intento serlo, a esa manifestación de  desprecio por la ley se le puede llamar “cubanía”. Los cubanos son así. Si lo dudan, busquen en la prensa de la época, que todavía era libre, expresiones de condena a los fusilamientos. Las encontrará en el Diario de la Marina, pero se referían a la falta garantías en los juicios contra los batistianos. Claro que no las había, claro que hasta los jerarcas nazis fueron juzgados con todas las de la ley; sin embargo, ese no era el asunto. No se trataba de los procedimientos judiciales, sino de que, con garantías o sin ellas, era ilegal condenar a muerte a alguien en un país cuyo código penal no incluía dicha pena.

 

En fin, que casi todo el mundo aprobó aquellas muertes, que quienes las desaprobaron pasaron por alto la falla fundamental y que aquellos que no estuvieron de acuerdo y comprendieron la ilegalidad de aquellas condenas, callaron. Como yo, que ni siquiera expresé mi repulsa en conversaciones privadas, a pesar de estar en el extranjero, fuera del alcance de la naciente represión. Y es que los fusilados eran esbirros, asesinos, torturadores; en fin, hombres malos. Más de 30 años después dije, por boca de un personaje de mi primera novela: “La maldad no anula la condición humana. A cualquier hombre, sólo por serlo, le corresponden ciertos derechos”. Para entonces, ya había hecho mía una expresión americana: “All suspects are innocent until proven guilty in a Court of  Law”. Todos los sospechosos son inocentes hasta que se pruebe su culpabilidad en una Corte de Justicia”. Todos. Los buenos y los malos. Los que cometieron crímenes y los acusados de cometerlos sin haberlos cometido. Los jerarcas nazis tuvieron un juicio con todas las de la ley.

 

Más le hubiera valido al comandante Húber Matos oponerse a los fusilamientos. De todos modos, su permanencia en el gobierno revolucionario estaba condenada a una vida breve. Apenas nueve meses y unos días después de entrar en La Habana renunció a su cargo. No se rebeló; simplemente renunció. Más le hubiera valido rebelarse. Cuando se enfrentan dos hombres destinados por sus respectivas naturalezas a ser enemigos, el que mejor conozca a su adversario juega con ventaja. Fidel Castro sabía lo peligroso que era Húber Matos. Húber ignoraba lo perverso que era Fidel. Todos lo ignoraban. Yo también. Pero el que se enfrentaba a la fiera era él, no yo.

 

El libro que escribí en Cuba contra Fidel Castro, Los Niños y el Tigre, le debe su nombre a que los cubanos de entonces éramos como niños de dos o tres años que se ven ante un tigre, animal que nunca han visto y cuya ferocidad ignoran. Jamás hubo en Cuba alguien como Fidel Castro. ¿Quién iba a pensar que un hombre condenado a 15 años de cárcel por la muerte de 18 soldados y amnistiado a los 22 meses iba a mantener en la cárcel durante dos décadas a alguien sólo por renunciar a su cargo? Ese nivel de perversidad no se conocía en nuestro país.

 

Algo que no deja de sorprenderme en Húber Matos es su empecinado afecto por Camilo Cienfuegos, el hombre que lo puso en el camino de la prisión cumpliendo órdenes de Fidel Castro. En realidad, mi estupefacción abarca a gran parte de la población cubana, que convirtió a Camilo Cienfuegos en objeto de veneración, antes y después de su muerte. No lo comprendo. No puedo comprender qué vieron mis paisanos en ese hombre. Y no sólo en Cuba: todos los años debo asistir a las disquisiciones sobre su desaparición .Que si Fidel Castro ordenó su muerte porque recelaba de su popularidad o porque sus ideas eran distintas o porque desaprobó el encarcelamiento de Húber Matos.   

 

Pamplinas. No creo que fuese más popular de lo que era Fidel entonces, dudo que haya tenido una sola idea en su cabeza y si no estaba de acuerdo con que se detuviera a Matos, ¿por qué lo detuvo? No creo en la valentía de nadie que no se atreva a desobedecer pudiendo hacerlo. Entre los hombres corajudos a veces surge un sentimiento de mutua admiración que lleva a la amistad. Al parecer, Húber si creía y aún cree en el coraje de Camilo Cienfuegos.

 

Sin embargo, no soy el único en discrepar en cuanto a la conducta del popular personaje. Me refiero a alguien que estuvo allí. Su combinación de nombre y apellido, en la que se unen la guerra y la poesía, es difícil de olvidar. Se llama Napoleón Bécquer, era capitán y fue detenido y encarcelado, como todos los oficiales del regimiento de Camagüey. Recuerdo sus palabras, que escuché por Radio Martí:

 

-Camilo Cienfuegos se portó como un esbirro con el comandante Húber Matos.

 

Lo llamó por su nombre y apellido, sin usar el grado ni llamarlo “Camilo”, como todavía hacen muchos allá y aquí.

 

No creo ni por un momento en el talento militar de alguien que necesite una semana para tomar un pequeño cuartel como el de Yaguajay. La única vez que lo escuché hablar, en una grabación que se distribuyó en México, su oratoria me pareció una pobre imitación del estilo de Pardo Llada. No sé de un solo caso en cuya intervención le salvara la vida a alguien. Desde que llegó a La Habana hasta que desapareció, su principal actividad parece haber sido la parranda. Eso sí, estoy seguro de que era un hombre con gran encanto personal. Eso y el valor que se le atribuía pueden ser los motivos que han llevado a Huber Matos a tratar con benevolencia su memoria. Para mi, lo que importa es que los hechos de Camilo Cienfuegos dieron inicio a una condena de 20 años de cárcel, cumplida en su totalidad, hasta el último día.

 

En términos religiosos, Fidel Castro es un devoto pero no un fanático de la pena de muerte. Ha ordenado el fusilamiento de miles; sin embargo, cuando, por una u otra razón, cree que le conviene más encarcelar que matar, pues a la cárcel con el enemigo. Cuando le da igual, mata. Con Húber Matos no le daba igual. ¿Por su prestigio entre la oficialidad? Ese mismo prestigio no salvó de la muerte a Arnaldo Ochoa. ¿Por qué acusar a Matos de traición era demasiado absurdo? A Fidel Castro lo intimida el peligro, lo han intimidado algunos hombres; el absurdo y el ridículo no. De las frases que he escrito, esta es una de mis favoritas: “Fidel Castro es capaz de decir las cosas más increíbles como si todo el mundo fuese capaz de creerlas, como si él mismo las creyera”.

   

Entonces, ¿por qué no fusiló a Húber Matos? Cualquier hombre puede equivocarse, aun cuando se mueva en el ámbito que es su habitat natural, aquel en el que sus propias características son útiles para llevarlo al triunfo. Por su perversidad natural, Fidel Castro está altamente dotado para ejercer el despotismo. Sin embargo, en el caso del rebelde manzanillero se equivocó: lo que le convenía era matarlo.

     

Quizás por ser entonces tan joven pensó que un hombre de 60 años debía estar física y espiritualmente liquidado después de pasar 20 en la cárcel. Porque, de eso estoy seguro, nunca pensó en amnistiarlo antes de completar la condena. Parecía una idea razonable, pero en la práctica no lo fue. Lo mismo que Matos no podía saber hasta dónde llegaba la maldad que albergaba el espíritu de Castro, éste tampoco podía estar al tanto de que Matos, un hombre de aspecto corriente, tenía un físico excepcional. Tres décadas después de salir de la cárcel, fue todo un espectáculo verlo enfrentar en Tegucigalpa a una pandilla de mercenarios enviada por Ortega y pagada por Chávez. Si Fidel Castro vio la imagen del anciano increpando a gritos a la gentuza izquierdista habrá comprendido lo equivocado que estuvo en 1959.

 

Desde principios de los 90’ nuestros caminos volvieron a cruzarse. Creo que desde entonces comenzó a formarse la idea que expongo al final de está serie de artículos. Cuando se formó la Concertación Democrática, un promisorio aunque a la larga fracasado intento de unir a los grupos disidentes, Húber se dirigió a nosotros con lo que me pareció una sorprendente humildad, ofreciendo los medios de su Cuba Independiente y Democrática para difundir nuestros puntos de vista, sin pedir nada a cambio. Y cuando digo nada quiero decir exactamente nada.

    

No fueron palabras. José Luís Pujol, su cuñada Milagros Trujillo y el que escribe grabamos varios cassetes con formato de programa radial. Milagros, que tiene muy buena voz para la radio, era la presentadora; José Luís y yo los comentaristas. Las grabaciones las hicimos en un estudio que tenía en su casa un nieto del actor Aníbal de Mar y fueron difundidas aquí por La Voz del CID.

    

El 18 de junio de 1992 llegué al exilio. Ese mismo día, estando en casa de mi hermano, llamó Húber Matos. Quería pasar a saludarme. “No”, le dije. “Yo iré a saludarlo a usted”. Aquel intercambio de muestras de respeto fue el origen de mi ingreso en el CID, que no se produjo de inmediato, sino a mi regreso de Texas, donde viví dos años. Fuera de los grupos de defensa de los derechos humanos en Cuba y los Boy Scouts en mi niñez, el Cid es la única organización de la que he sido parte. Y no por gusto: yo no sirvo para militar en ninguna organización. Actividades normales en ellas, no sólo normales, sino necesarias, como son las reuniones, a mí me sacan de quicio. Sé que no es una actitud positiva, que es incluso un poco absurda, pero yo siempre he sido así y hace tiempo que soy demasiado viejo para cambiar. Si algo me disculpa es que aquello que más me gusta hacer, casi lo único que sé hacer, escribir, es una actividad solitaria. Por eso y solamente por eso no continué siendo parte del CID

   

Sin embargo, mucho me alegra haber militado en esa organización, donde conocí gente interesante y de gran valía. Además, me permitió tener una visión bastante amplia de la personalidad de Húber Matos.

   

Ya me referí  a las relaciones de los cubanos con la ley, su despego por eso que los americanos llaman Rule of Law. Un despego similar sienten por la propiedad como derecho, algo absurdo si se tiene en cuenta que la mayor virtud de los cubanos, aquella que pudo llevarnos a ser una gran nación, es el talento empresarial, la habilidad para crear y administrar empresas. Sin embargo, estos extraños isleños no parecen quererse a sí mismos, no parecen apreciar lo que constituye lo mejor de su carácter nacional, pues muestran a menudo una sorprendente admiración por las ideas socialistas, o sea, por la intervención del Estado en las actividades económicas. Muestra de ellos es la veneración por la Constitución de 1940, a la que llaman, con orgullo, una de las más “avanzadas”. Tal “avance” está presente en los artículos que ponen trabas a la libre actividad empresarial y son producto de la febril actividad de los constituyentes comunistas, apoyados por el Batista de entonces, que los tenía como aliados.

  

Otra manifestación de este fenómeno son las opiniones de dos líderes situados en los extremos del espectro político opositor sobre el destino de las propiedades confiscadas por Fidel Castro. Jorge Mas Canosa propuso que dichas propiedades fueran vendidas en pública subasta con vistas a obtener fondos para la reconstrucción del país. Es evidente que ni por un momento pensó que la subasta de propiedades robadas es un delito. Por su parte, Osvaldo Payá planteó que el destino de esas propiedades debería decidirlo el pueblo. Sucede que “el pueblo”, la opinión pública, no tiene derecho alguno a decidir sobre bienes privados, derecho que sólo tienen los propietarios de esos bienes.

   

Qué poco cubano suena eso, ¿verdad? Nada que ver con eso que llaman “la cubanía”, algo que, por lo visto, me falta. Aunque tengo o creo tener condiciones e historial suficiente para aspirar a cualquier puesto en una Cuba democrática, carezco de algo fundamental: vocación. Y les aseguro que tal carencia es absoluta. Otra limitación no menos importante es mi manera de ver la vida. Una vez, en estas mismas páginas, les dije a mis lectores: “No soy mejor que ustedes. Soy diferente”. Un líder debe  parecerse, en cierta medida, a aquellos a los que aspira a dirigir.

   

Buen ejemplo de ello es Húber Matos. Sin llegar a las posiciones de Mas Canosa y Payá, tiene al menos aprecio por eso que los cubanos llaman Justicia Social. Para mí, la justicia no admite apellidos y mientras más social, menos justicia: pero esa es una opinión absolutamente minoritaria.

   

Revolución es otra palabra amada por la mayoría de los cubanos y por Húber Matos, que acusan a Fidel Castro de haber traicionado la revolución, de no ser un verdadero revolucionario. Desde la revolución inglesa a la iraní, pasando por la francesa, la mexicana, la rusa, la china y la cubana, todas las revoluciones han sido mataderos de gente y generadoras de despotismo. Pero los cubanos aman esa palabra y el amor comenzó nada menos que con Martí, que aceptó como buena la denominación de Revolución Americana con la que aquí llamaban y llaman a la revuelta de la Trece Colonias. ¿Revolución  aquello? ¿Sin despotismo, sin matanzas, sin despojo? No way. Pero Martí lo creyó y llamó Partido Revolucionario Cubano a su organización independentista y de entonces para acá lo revolucionario es bueno para los cubanos.

   

No para mí. No creo que Fidel Castro traicionara la revolución. La revolución cubana es eso que él ha encabezado y no otra cosa. Si ha resultado más destructiva que otras se debe a la patológica incompetencia de su líder como gobernante. ¿Qué Fidel no es un verdadero revolucionario? Todo lo contrario: es un ejemplo, un paradigma de lo que un revolucionario debe ser. O sea, un perfecto hijo de puta. Por eso se quedó con el poder, y Húber con la cárcel y el exilio. Ese ha sido siempre el destino de los hombres justos que quisieron ser revolucionarios, creyeron serlo y para ello se jugaron la vida. Pero, insisto, tales opiniones no son parte de la cubanía.

 

La Universidad de Miami organizó recientemente un simposio (o como se llame eso) para analizar las diferentes posibilidades de la Cuba post castrista. Si mal no recuerdo, a las diferentes situaciones consideradas posibles o probables se les llamó “escenarios”.  

   

Mi escenario ideal: un golpe de Estado por oficiales jóvenes, coroneles y generales de brigada, no porque los jóvenes sean mejores que los viejos (otra idea sumamente cubana), sino porque tienen menos a que aferrarse. Del golpe debería surgir una Junta Cívico-Militar formada por esos desconocidos miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y encabezada por Húber Matos, el más destacado combatiente vivo del Ejército Rebelde, del cual surgieron las FAR.

    

¿Qué este año cumple 92? Encabezar un gobierno es una actividad mental, no física. Además, se trataría de un gobierno provisional, encabezado por alguien capaz de gobernar con la asistencia de otros y de respetar sus opiniones, algo no muy frecuente entre nosotros. En todo caso, creo que se trata del político cubano con mejor balance de  defectos y virtudes de los últimos cincuenta años.