Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Huber Matos Garsault, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

Ucrania y Venezuela

 

En dos países separados por historia, cultura y tradiciones, dos pueblos luchan en las calles por preservar sus derechos y libertades. Es una pelea desigual. En Ucrania y en Venezuela quienes controlan el poder han tenido la organización, el entrenamiento y los recursos para enfrentar con ventaja a miles de ciudadanos prácticamente desarmados. En ambos casos la gran diferencia ha sido el apoyo internacional que han recibido las partes en conflicto.

 

Víktor Yanukóvich en Ucrania tuvo el respaldo político y material de Rusia. Como contraparte, los rebeldes ucranianos han sido apoyados por los gobiernos de la Unión Europea, de los Estados Unidos y el de Canadá.  Este apoyo incluyó amenazas públicas de sanciones contra los funcionarios del régimen pro ruso de Yanukóvich.

 

Gracias a esa solidaridad a favor de la oposición ucraniana se firmó un acuerdo en el que participaron los Ministros de Relaciones Exteriores de Alemania, Francia, Polonia y líderes de la oposición con el presidente de Ucrania. El acuerdo provocó la destitución del autocrata Yanukóvich y el virtual colapso de su régimen.  La intervención de la Unión Europea y de los Estados Unidos en los asuntos internos de Ucrania no desató ninguna campaña antiimperialista contra estos países.

 

La razón es muy sencilla, en Europa se considera un asunto normal que los estados defiendan sus intereses políticos, económicos y morales en la esfera transnacional. Si Rusia ha maniobrado con el objetivo de amarrar a Ucrania a su favor, las democracias europeas y los Estados Unidos han estado dispuestos a evitarlo, y parece que lo pueden lograr.  

 

Si el derramamiento de sangre se detiene y se salvan las libertades en Ucrania habrá sido principalmente por la solidaridad internacional a las demandas de los rebeldes.

 

Por el contrario, en nuestro continente la oposición democrática venezolana hasta ahora no ha contado con el respaldo decidido de ninguno de los gobiernos democráticos. Con la excepción el presidente de Chile Sebastián Piñera, que apeló al gobierno venezolano a que respetara los derechos humanos, y algunas referencias a la necesidad de diálogo del presidente Juan Manuel Santos de Colombia y del presidente Martineli de Panamá, la mayoría de los países que se han expresado públicamente sobre este asunto lo han hecho para respaldar la dictadura chavista.

 

El caso venezolano es aun más patético porque todos los países miembros de la Organización de Estados Americanos (OEA) están obligados a que se respete la democracia en cualquiera de los estados, compromiso adquirido cuando suscribieron la Carta Democrática Interamericana. Como contraste, Ucrania no es ni miembro de la Unión Europea, como Venezuela es de la OEA.

 

Adicionalmente, el régimen chavista cuenta con el personal y la experiencia de la maquinaria represiva y el aparato militar de otro país del área (Cuba), que incluye a oficiales de las Fuerzas Armadas Cubanas y del Ministerio del Interior. La oposición rechaza esa abierta intervención extranjera, que se paga con una subvención que se estima en los diez mil millones de dólares anuales, otro punto de fricción entre el chavismo y los demócratas venezolanos.

 

¿Cómo entender la conducta de los gobiernos latinoamericanos?

 

He tratado el tema en otro artículo pero en resumen esta conducta obedece a una buena dosis de oportunismo y a otra de temor. En Latinoamérica se le teme más al imperialismo castrochavista que al americano. Desde que Barack Obama llegó a la Casa Blanca se ha dedicado a cultivar su imagen personal en Latinoamérica tratando de presentarse como la antítesis de George Bush.  Sin duda lo ha logrado.

 

Según las encuestas Obama es el político más popular entre los latinoamericanos, incluso más popular en nuestros países que en los Estados Unidos. Su gobierno hace declaraciones sobre la preocupación por la situación venezolana y sobre el respeto a los derechos de Leopoldo López, pero no se atreve a convocar la Carta Democrática Interamericana porque eso lo haría parecer como un George Bush.

 

Los políticos latinoamericanos pueden darse el lujo de desestimar las opiniones, preferencias o los intereses de los Estados Unidos, porque Washington es un tigre de papel.  El saludo cordial -apretón de manos y sonrisa- que el presidente Obama le dio a Raúl Castro en África del Sur es un ejemplo de su política hacia este dictador que tiene secuestrado a un ingeniero norteamericano y lo ha condenado a 15 años de prisión y cuyo único delito fue llevar algunos equipos de internet a los judíos cubanos en la Isla. No creo que ningún presidente latinoamericano pueda haberse perdido el significado de ese saludo.

 

Las protestas populares en Ucrania y en Venezuela han ocurrido casi simultáneamente permitiendo al mundo apreciar la solidaridad democrática en una parte del mundo y la falta de ella en la nuestra. La oposición democrática venezolana ha ganado la simpatía y la indignación de la mayoría de los ciudadanos demócratas latinoamericanos. Sus ideales son los nuestros y su lucha también.

 

Los venezolanos han desenmascarado a un monstruo de muchas cabezas, responsable hoy de la perdida de vergüenza en la política latinoamericana y de todas nuestras libertades mañana si no se le detiene a tiempo.