Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

 

                               

 

 

                                

 

Los Estados Unidos mantienen la hegemonía

 

Cuando se comenta sobre el mundo multipolar pareciera que ya no existiera una potencia preponderante. La realidad es que los Estados Unidos es el país con más poder en el planeta y lo seguirá siendo hasta que aparezca un sustituto.

 

Ese poder le ha servido a los Estados Unidos para enriquecerse y para promocionar su ideología -la democracia y el capitalismo.   

Su aplicación ha dependido de las circunstancias de cada momento histórico y en particular del presidente de turno. 

 

Los Estados Unidos de Abraham Lincoln no es el mismo que el de Andrew Jackson.  Lincoln era un estadista con un profundo sentido de justicia. Jackson era un individuo implacable.

 

Durante la presidencia de Jackson se cometió genocidio contra los cinco grupos indígenas que poblaban el sureste de los Estados Unidos. 

 

Una de ellos, los cherokees, fueron despojados de sus tierras y propiedades y obligados a una marcha forzada en la que murieron, de hambre, frío y enfermedades, 60,000 de los 130,000 miembros de ese grupo.

 

Pero los Estados Unidos es el mismo país que se ha involucrado en dos guerras mundiales y salvó a Europa del despotismo y la barbarie. Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial consolidó sus gobiernos democráticos con un visionario Plan Marshall.

 

Las naciones no siempre son las mismas. La Alemania de Ángela Merkel no es la de Adolfo Hitler.  

 

Los presidentes pueden hacer una diferencia también.

 

Barack Obama no es una excepción. Su visión del mundo y del papel de los Estados Unidos  en él no es la misma hoy que la que planteaba cuando era candidato o cuando asumió la presidencia en 2009.  

 

Del poderío de los Estados y de Barack Obama se trata este artículo.  

 

Quién es poderoso y por qué

 

En The Rise a Fall of the Great Powers el historiador inglés Paul Kennedy establece una relación directa entre la economía y la preponderancia de las naciones. Su profundo estudio ilustra la razón por la cual determinadas naciones han alcanzado y luego perdido su hegemonía en los últimos 500 años. 

 

Su conclusión es definitiva: no puede proyectarse un poder militar superior si no hay una economía capaz de sostenerlo a largo plazo. Sin poder militar superior no hay supremacía.

 

El mundo de hoy es más variado que el de la Guerra Fría, pero entre las naciones más desarrolladas ninguna tiene la capacidad económica y el conocimiento científico y técnico para acercarse a mediano plazo al poderío militar que tienen los Estados Unidos.

 

China, que es el competidor más cercano en términos económicos, está todavía muy lejos, y cuando lo alcance o lo supere la disparidad militar podría mantenerse.

 

No solo el producto interno bruto de los Estados Unidos es más del doble que el de China, sino que los Estados Unidos invierten en su muy superior y sofisticada capacidad defensiva y ofensiva más del doble del porcentaje del producto interno bruto que dedica China a la suya.

 

Esto podrá cambiar en el futuro, pero el futuro está por escribirse.

 

Parte importante de la ventaja de los Estados Unidos sobre China es su sistema político.

 

Una democracia como la estadounidense es sinónimo de vitalidad.

 

En E.U. se debaten públicamente los problemas. Y gracias a la seguridad jurídica que impera el país es un dinamo inagotable de creatividad y progreso.

 

China, por el contrario, es una dictadura que tiene por delante grandes conflictos internos. Su poderío relativo dependerá de la forma en que estos problemas se resuelvan y del entorno mundial del porvenir.

 

Joseph S. Nye Jr, profesor de la Escuela de Gobierno Kennedy, en Harvard, es uno de los que plantea que el poder de los Estados Unidos no está en discusión por el momento. Un estudio afirma que hasta el 2030 no habrá quien lo sustituya.

 

Con la autosuficiencia energética a la vista es razonable esperar otros pronósticos optimistas  sobre los Estados Unidos.

 

Otro aspecto de esa superioridad es que en el bloque de naciones democráticas Estados Unidos es el líder. No es de extrañar que lo siga siendo durante todo este siglo.

 

Además, hay alianzas regionales que cuentan. Las fuerzas armadas de Egipto, Israel, Arabia Saudita y Turquía, sumadas al poderío balístico, aéreo y de información y control de los Estados Unidos representan un muro de contención regional inexpugnable.

 

El debate sobre el poderío de los Estados Unidos no es nuevo.

 

En el pasado se discutía que el Japón -post guerra- y su capitalismo con énfasis en una novedosa administración de los recursos humanos, estaba destinado a reemplazar el liderazgo de los Estados Unidos. 

 

Todo quedó en especulación. Japón sigue siendo una economía desarrollada con un alto nivel de vida, pero los Estados Unidos mantuvieron su ventaja relativa sin mucha dificultad.  

 

La URSS fue otro caso aun más espectacular. El estalinismo convirtió a la Unión Soviética en una potencia mundial y la URSS trató de discutir a los Estados Unidos la supremacía mundial. 

 

El poder de la URRS fue principalmente el resultado de una inmensa riqueza petrolera, un régimen de explotación de la clase obrera, y una creencia fanática de que el comunismo era la única solución a los problemas del mundo.

 

El petróleo no salvó al marxismo leninismo, sino más bien lo cegó, le hizo creer a los comunistas que tenían la razón. La dictadura del proletariado se desplomó bajo el peso de sus contradicciones.  

 

Obama y el poder de los Estados Unidos

 

Barack Obama llegó a la presidencia en el 2009 ofreciendo cambios importantes en la política exterior de su país.

 

Su visión era una mezcla de idealismo y autosuficiencia. Para el nuevo presidente el mundo funcionaba como debía ser: lógico y manejable. Era cuestión de tomar con determinación y sabiduría las decisiones correctas.  

 

Planteó que cuando se tratara del uso de la fuerza militar los Estados Unidos no debían actuar unilateralmente, sino con sus aliados, y que Washington no podía considerarse el policía del mundo.

 

Prometió retirar a su país de Irak y Afganistán y no involucrarse en otra guerra.

 

Afirmó que él estaba dispuesto a negociar con los enemigos de su país, porque el diálogo era el método indicado para resolver las diferencias.

 

Obama se distanció del argumento de que el triunfo de la democracia en los países donde se lucha por ella era de vital importancia para la seguridad nacional de los Estados Unidos.

 

Esta posición aislacionista gusta a la mayoría de los estadounidenses. 

 

El profesor Joaquín Roy dice que en los Estados Unidos hay un sector mayoritario que “vive en una permanente contradicción ideológica y sociológica. Es fundamentalmente “anarquista” y preferiría subsistir sin la tutela del gobierno”.

 

Con esa actitud hacia la autoridad política, con dos guerras simultáneas, y padeciendo una crisis económica, el mensaje de Obama fue recibido con aplausos.

 

Bajo su liderazgo parecía que los Estados Unidos dejarían de ser el policía del mundo como lo fue en la administración anterior y otras que le precedieron. La era de Obama había comenzado.

 

La visión de los conflictos y la forma en que debían atenderse limitó las opciones de Obama. Es como si un gigante se esposara las manos y los pies y dijera que en adelante cuando quiera algo lo iba a conseguir dialogando.  

 

(Sobre esta nueva visión y su fracaso con el castrismo en enero de 2010 publiqué aquí en Cubanálisis una serie de seis artículos, titulada Cuba en el limbo y el error de Obama. Las seis partes pueden encontrarse en la Sección “Busque aquí todo lo publicado en El Think-Tank).

 

Desconociendo la experiencia y los consejos de su Secretaria de Estado Hilary Clinton y de su propio enviado especial para Afganistán y Pakistán Richadr Hoolbroke,  Obama y un pequeño grupo de sus allegados se dispusieron a poner en su lugar a Washington en su relación con el mundo.

 

Las cosas no resultaron como el nuevo presidente esperaba. No fue el primer traspié, pero el movimiento conocido como la Primavera Árabe lo tomó por sorpresa -por completa sorpresa. 

 

Seis meses antes, un informe sobre la zona había llegado a sus manos, en el cual ni se preveían los acontecimientos.

 

Obama se vio obligado a involucrarse en esa cadena de revueltas populares porque hay otro sector en Estados Unidos que considera que el triunfo de la democracia en cualquier parte es importante para la seguridad nacional, y que el poderío de los Estados Unidos está ahí para usarse.

 

Además, Francia se le adelantó ofreciendo ayuda, respaldo y ayuda militar a los rebeldes libios. No dejó de ser una situación incómoda para la nación que se siente líder del mundo democrático, aunque no quiera aceptar las responsabilidades del liderazgo o no las acepte con una visión estratégica en la cual el poderío militar debe ser solo un factor.

 

Así comenzó el aterrizaje forzoso de Barack Obama. De una política de civilidad y persuasión a una intervención militar con bombardeos, cohetes y amenazas.

 

(continuará)